Notas a lo lírico (Poesía Argentina Contemporánea de Mujeres) / Laura Estrin

 

 … tu verso, solo está dotado de un débil poder exterior…

Defiéndete, entonces, y mantén tu presencia.

(Mallarmé, “La acción restringida”)

 

Una poeta me cambió la vida. Esa poeta dio a luz en los suburbios de Praga fumando. Era la entreguerra. En el ´20 ruso había muerto de hambre una de sus pequeñas hijas. Esa poeta se quejará de que le robaban las mañanas cuando ella solo quería escribir y leer. Fue la que afirmó no escriben todas, escriben algunas entre todas cuando se desilusionó de una amazona; fue la que dijo que los poetas son negros, judíos y construyen en las afueras, la que supuso que lo importante es lo tercero, el mitten drinnen. La que supo que el mundo confundía el llanto con la gripe. Estoy hablando de Marina Tsvietáieva. No necesita más presentación.

Si hablo de poesía argentina contemporánea de mujeres pienso en Claudia Schvartz, Perla Sneh, Claudia Lopez Swinyard, Susana Szwarc, Silvia Jurovietsky, entre otras que ahora olvido porque no diferencio géneros, ni prosa ni poesía, ni femenino ni masculino, sino escrituras. O lo tercero, como decía Tsvietáieva.

Considero que venimos de una historia teórica que mató al autor y yo creo en el autor. Y luego hemos pasado a la opacidad (de opaco y de opa), opacidad absoluta de afirmar que son todos iguales, que todos son autores. Asistimos entonces a una zarabanda y mediocre transparencia de ese extremo donde todo parece lo mismo, será porque estamos en el centro de una tormenta relativista donde solo se percibe un silencio sucio, el de lo políticamente correcto, por ejemplo, y una guerra sorda: casi nadie lee, todos escriben. No veo salvo excepciones, en la literatura capitalina, nada más allá del collage o la yuxtaposición de un modo del consenso que en nuestro país siempre atrasa con respecto al Occidente central. Es decir que lo que parece una totalidad solo atraviesa algunos segmentos culturales de Buenos Aires [1].

Y yo… tengo nostalgia de la literatura –como escribió Milita Molina [2].

Por lo que me quedo, en esta presentación, anotando algunas cosas sobre lo lírico, un acá de la escritura que para mí constituye el verdadero arte. Me quedo en eso lírico, lo lindo –como decía Leónidas Lamborghini- que arrastra la inutilidad del arte, su desinterés en todo lo que no sea él mismo, como Jane Bowles que se dormía si le preguntaban sobre la guerra pero también como Ingeborg Bachmann que tuvo un solo tema: el crimen de la guerra.

Baudelaire, en El pintor de la vida moderna, define lo bello y la modernidad como compleja síntesis diciendo: “Lo bello siempre es, inevitablemente, de una composición doble… La modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte, cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable.” Hace tiempo que todo esto es  mala o anacrónica palabra para la crítica [3] pero de allí deriva lo único que me importa, el encuentro milagroso que constituye obra, y otra vez estoy con Tsvietáieva.

Lo lírico es una materialidad que no es completamente formulable por lo que no es mercantil, no tiene precio. Diría que por el contrario se lleva la vida, como le pasó a Pizarnik. Se la suele asociar con el elitismo y la irracionalidad pero en realidad lo que no tiene son relaciones sociales previstas de antemano sino que es autosuficiente, es decir que emite y recibe desde la soledad.

La poesía que me interesa, al parecer muy egoísta, prescinde de deberes exteriores y recibe la descalificación de debilidad, marginalidad, incluso, de irrealidad. Es ajena al presente directo, a la espuma berreta de los días, y a la contradicción. Lo lírico, excéntrico siempre, destruye muchas lógicas, se vuelve a veces agramatical porque funda lenguas, quedando incomprensible para la cultura –otro fenómeno de superficie; lo lírico es hermético a todo lo que no sea su propio mundo. No repite ni reproduce, es una intensidad cambiante e inagotable, sin delimitación posible. Lo lírico tiende a fundar una trascendencia nueva contra cierto nihilismo cool de los valores que impera. Es una oferta al azar, sin expectativa, sin proyecto, elude la comunicación rápida aunque tiene una velocidad pasmosa, huye de todas las condiciones con una caprichosa disponibilidad. Es una cualidad azarosa que la excluye de la repetición de lo conocido y de otras formas de representación que tiene el espectáculo y el mercado. Lo lírico es un soporte y un horizonte absoluto que diferencia exactamente función social-histórica de función artística.

Y esa nostalgia de lo lírico que anoto aquí hace que sólo pueda leer escrituras-portento. Escrituras que vienen del futuro –como dijo Tsvietáieva, escrituras que resisten para siempre, que siguen con la seguridad de su grito: nos repondrán. Una seguridad sin red, sin más confianza que la de lunes yo, martes yo, miércoles yo, de alguien que tuvo por enemigo la forma y por deseo la vida [4]

Es decir, la nostalgia y el afán de lo lírico me permiten pensar en formas informes, sin bibliografía, pero con mundos y lenguas propias, en apax –como decía Nicolás Rosa, es decir, en una voz registrada una sola vez, sea en una lengua, un libro o un autor.

Parezco polémica pero digo cosas sencillas, polemiza el que tiene el poder -dice Meschonnic, y el poeta, la literatura de la que hablo, nunca lo tiene, solo escribe porque quiere seguir y ser sujeto y sentido de su discurso. Pero en ese camino donde concibo solo escrituras suele haber lugar para que se piensen o armen batallas y dualismos (poesía/feminismo, en nuestro caso) porque la literatura es un campo privilegiado para enfrentar cánones y negar la constitución de un yo. La literatura, el arte, es una experiencia muy singular para constituir un hombre, ya que es una búsqueda y una práctica material única, además de ser algo que algunos no podemos dejar de hacer. Pero si es tomada solo como símbolo o adoptada como bandera, la obra pierde su infinita potencia y se vuelve unívoca. Y esa pérdida de múltiples capas de sentido siempre futuro impide que la escritura cumpla la única operación política que tiene: hacer algo dentro de la historia literaria, tejer y destejer la tradición de lecturas-escrituras en que vive. El asunto político de la literatura, la política de la literatura es la guerra literaria, para decirlo con otro poeta ruso. [5] Esa es su única función y compromiso, su ética.

El último libro de poesía argentina contemporánea escrito por una mujer que leí es Hacer pie de Silvia Jurovietzsky y al correr de la lectura estas notas escribí que tal vez sirvan para mostrar qué leo cuando leo:

-Siempre sabemos, sin poder explicarlo demasiado, cuándo hay literatura. Hacer pie lo es. Es un libro-ciudad, un recorrido de versos literales. También es un apunte subterráneo, es perro y no liebre lo que ahí anda –y escribo tomando las palabras del mismo libro. Y son perros resentidos, ladradores: una riqueza y una pobreza simultáneas anotadas. Lo real, la escena que maravilla. Allí están el abuelo y la lista de penas que aquél le deja a la nieta mayor, la que escribe…

Hacer pie es la escritura de una vida. Allí las frases son el genial detalle, la vivencia propia, dice Silvia Jurovietzki:

                                        “Toda la vida me arreglé/ para ser    Vieja”!

Elijo libros que me dicen mejor a mí misma, Hacer pie escribe poemas familiares que vuelven de la casa a la calle, al colectivo, al tranco que ve aunque también ciego puede andar la vida. Y la vida es -nos dice la autora, como ese juego de palitos chinos: quedarse sin nada. Hacer pie es la vida que sabe escribir una escena vacía, terrible, pero que igual corremos a anotar.

Y hay –como allí un verso dice, “Pensar abajo” y hay alma y conde y cosacos rusos y “ríos de páginas”. Todo eso siento y entiendo cercano.

Dice Silvia en su libro: “Hay que estar en casa/ para cantar sola”: exacto, sí, también lo siento así. Tal como decía Zelarayán que podemos llorar solos pero para reír hay que estar en compañía porque si no parecemos locos. Y lo que los versos narran, pintan, señalan, pone en marcha “la rueda del molino de agua” como define perfecto y justo el mismo libro, que puede anotar el barrio y las esperas y Jerusalém escrita con ´M´ -como lo hacemos los judíos.

Dice este libro: “Apenas hacer pie/ en el hilo finito de las palabras// Así las cosas/abrirse en escamas”. Elijo leer este libro porque anota la vida, porque, tal vez, la herida que tenemos es ese “soy nomás” que muy muy justamente otro verso marca sin vueltas. Tan cercano a “De solo estar de Manuel Castilla”.

Y cito sus justísimas últimas frases: “No hay llanto/se seca/ no hay cuerpo/se pudre/ las voces se apagan /en el estruendo de la forja//¿y la risa?…”

Puede ser que solo la risa esté a la altura de lo que vivimos. Una materialidad y una actitud lírica única, el horroreír de Leónidas Lamborghini que no sabe cómo termina abrazado a un árbol. El poeta no escribe para el código civil, ni para el canon político, su motor es otro, más grande, viene de un tiempo anacrónico y lo espera todo.

Tengo una concepción trágica de la escritura que puede pensarse como una conciencia de lo imposible o como dice Beckett “rumbo a peor”, una flexión donde la escritura puede trasponer de lo real y, además, saberlo.

El poeta, el autor, no es ideólogo, no lo guía ni el optimismo, ni lo bien pensante sino el encaje del tiempo y su propia desesperación. El poeta es solo contemporáneo de lo que lee y tiene una política propia, singular, intensísima.

Laura Estrin, Agosto 2018

ph/ Mujeres españolas, 1922 / Natalia Goncharova

 

[1]En nuestro país puede pensarse solo segmentariamente lo que sucede en el orden artístico occidental tal como se plantea en distintos historiadores y críticos del arte. Hiyo Steyrel en su Arte Duty Free señala: “Las formas organizativas lideradas por las ONG de derechos humanos y las campañas liberales por los derechos de la mujer son hoy implementadas por batallones fascistas financiados por oligarcas, unidades yihadistas con GOPROSS, tipos desplazados … y trolls de Internet que se hacen pasar por euroasiáticos de feng shui”.

[2] “Infinitamente más raro hoy en día, el uso especializado de la palabra ´nostalgia´ solo vacila y se desvanece; tengamos la certeza de que pronto desaparecerá. Por supuesto que el término sigue usándose en el habla cotidiana, su valor primitivamente poético ha tomado paulatinamente una connotación despectiva. Ahora, la palabra designa la añoranza inútil de un mundo social o una vida pasados, cuya desaparición resulta vano lamentar” (Starobinski, La tinta de la melancolía).

[3]Sigo, además, en este caso a Jorge Barón Biza, en “Notas para una identidad de las artes plásticas argentinas contemporáneas” y “La loca no se rinde. La actitud lírica en los tiempos del mercado” de su libro Por dentro todo está permitido. Autor que llega a decir que “de hecho, el arte contemporáneo ha cedido a la publicidad y a la moda gran parte de la responsabilidad que tenía en la representación de la mujer”.

[4] Enemigo de la forma se declaraba Gombrowicz pero también puedo decirlo en el sentido de Beckett: “la forma es orden” (Recordando a Beckett), o en el sentido de Leónidas Lamborghini, “carroña última forma”.

[5] “El arte no es político, en primer lugar, por  los mensajes y los sentimientos que transmite acerca del orden del mundo. No es político, tampoco, por la manera en que representa las estructuras de la sociedad, los conflictos o las identidades de los grupos sociales. Es político por la misma distancia que toma con respecto a sus funciones, por la clase de tiempos y de espacio que instituye, por la manera en que recorta este tiempo y puebla este espacio… La política del arte no es el ejercicio ni la lucha por el poder sino la configuración de un espacio específico…” (Ranciere, El malestar en la estética).