El siglo maravilloso / Eduardo Wolovelsky

                                                                LA GRAN GUERRA

 

TRINCHERAS

 

Los pies se hunden, la existencia se agrieta y se resquebraja en una infinidad de ríos helados para permanecer, estúpida y sufriente, aferrada al miedo, esperando que algo suceda en el pestilente lodazal. Finalmente ocurre lo único posible: la lluvia cesa, el pegajoso barro se endurece, el calor restituye el aliento y sin embargo, nadie espera sobrevivir. Maldito aguacero que quita la vida mientras cae y doblemente maldito porque se niega a persistir y, de un plumazo, impone la muerte.

El mismo clima que pospuso el final exige ahora que ocurra lo que en breve habrá de suceder. En la mente de los hombres no hay ni horas, ni minutos, la espera es aterradora e infinita, el tiempo solo transcurre en los relojes que cuelgan en la explanada de la trinchera junto a cartas, anillos, alguna cigarrera o una quebrada fotografía que, en su debilidad, se amotina para dar un último testimonio de la vida que fue. Cada objeto se convierte en reliquia, en legado de soldados agotados que, tal vez, creyeron en la razón de la guerra, la misma que ahora los condena a ser ciegos o mutilados o muertos.

Una última inspección del oficial antes de lanzar el ataque que las lluvias negaron, una ojeada final sobre la línea enemiga a través del seguro periscopio y la decisión estará tomada…

El comandante hace sonar el silbato y con el agudo pitido el tiempo regresa a la mente de los soldados que trepan hacia el campo abierto con increíble rapidez, por cortas y ridículas escalerillas o afianzándose con sus pies y manos a las irregularidades de la pared que es refugio de lo poco que dejan para no ser olvidados. Saltan al minado terreno para correr contra los alambres de púas, hacia la trinchera enemiga, para conquistar la posición o lo que Dios, in absentia, quiere que sea. ¿Cuán lejos podrán llegar entre explosiones y certeros disparos? Algunos caen fulminados sin la gloria siquiera de haber avanzado un par de pasos, otros dejan parte de sus cuerpos en el devastado paisaje, pocos, los que fueron perdonados por los azares de la batalla se debaten en la trinchera enemiga.

Nada cambia, las posiciones, las propias y las enemigas, permanecen tal como estaban; solo en la trinchera algo es distinto, hay otros rostros y otros cuerpos para intentar otro ataque.

 

Sin novedad en el frente

 

La lluvia regresa, menos intensa y en un lugar diferente, en el frente francés donde un joven teniente mira, a través de sus lentes empañadas por insignificantes gotas, a la abatida tropa que comanda. Como en cada trinchera y en el momento preciso, deberá dar la orden a través de su silbato que cuando suene será ley para la ejecución de los hombres porque, obedientes todos, se arrojarán hacia el campo de batalla para morir corriendo y disparando contra el único objetivo certero: el agua que se desploma.

Tiempo después, Rudyard Kipling recibe un telegrama en el que se le informa sobre la desaparición de su hijo John en la ofensiva de Loos, batalla torpe, cruel e inhumana en la que los alemanes dispararon desde el seguro parapeto y los ingleses cayeron sin oportunidad alguna. Pero la falta de noticias es un consuelo, al menos por el momento ofrece la oportunidad para pensar que su hijo solo esté herido.

Kipling enfrenta a su propia letra, a sus notables narraciones que le otorgaron una particular belleza al acto imperial, lo que solo es posible bajo la brillante imaginación de la mirada tuerta, porque la conquista ha de ser, en algún momento, dolorosa. Sin duda lo es para los sojuzgados, pero también habrá de serlo para el colonialista, porque la víctima no habrá de permanecer siempre impotente y porque la negación del otro puede que se transforme en la necesidad de dañar lo propio. Kipling creyó en el valor del imperio inglés, “lo que este país ha conseguido en los últimos 150 años es único. Hemos construido, duramente, una familia de naciones y los británicos como los padres, madre y padre, tienen el deber absoluto de proteger a sus niños”, y por ello utilizó sus influencias para lograr que su hijo fuese aceptado en el ejército, a pesar de que había sido rechazado dos veces debido a su miopía.

El drama de Kipling nos conduce a Kantorek, pequeño personaje que porta sus sentimientos nacionalistas y belicistas “en el bolsillo del chaleco (…) para distribuirlos en cualquier momento”. Ambos representan lo que nos es difícil admitir, la consideración de la guerra como acto legítimo, incluso noble y deseable aunque se suponga que pueda llegar a ser sanguinaria.

Con el poder de un maestro, no por sabio sino por la autoridad que le confiere el Estado, aunque trágicamente los alumnos no puedan conocer de estas diferencias, arenga a sus jóvenes estudiantes sobre el valor de la guerra:

Ahora, esto es lo que debemos hacer. Atacar con todo nuestro poder hasta el último esfuerzo para lograr la retirada antes de que acabe el año. Es con renuencia que toco el tema nuevamente. Ustedes son la vida de la patria, muchachos. Son los hombres de hierro en Alemania, son los felices héroes que acabarán al enemigo. Cuando los convoquen, no soy yo quien debe sugerir que alguno de ustedes debe levantarse y ofrecerse a defender a su país, pero, me pregunto si esa idea está en sus mentes. Sé que en una de las escuelas los muchachos se pusieron de pie y se alistaron. Pero si eso sucede aquí, no me culparán por sentirme orgulloso. Tal vez algunos digan que no se les debería permitir ir, que son muy jóvenes, que tienen hogares, madres, padres, que no deberían ser separados. ¿Son sus padres tan olvidadizos de su patria que la dejarán morir en vez de ustedes? ¿Son sus madres tan débiles que no pueden enviar a un hijo a defender la tierra que les dio vida? Después de todo, ¿es malo un poco de experiencia para un muchacho? En el honor de ponerse un uniforme, ¿hay algo de lo que debemos huir? Y si las jóvenes se enorgullecen de aquellos que los usan, ¿es algo por lo que deben avergonzarse? Sé que muchos han deseado el título de héroes. Esa no ha sido parte de mi enseñanza: hemos orado por ser útiles y que llegase un buen motivo. Pero ser el primero en la batalla es una virtud, no debe despreciarse. Creo que será una guerra rápida y que habrá muy pocas pérdidas. Pero si hubiesen pérdidas, entonces recordemos una frase que seguramente dijeron muchos romanos cuando luchaban en tierras lejanas: “dulce y apropiado es morir por mi patria”.

Ustedes deben tener ambiciones. Sé de uno que tiene un gran futuro como escritor. Escribió el primer acto de un drama que sería el orgullo de un experto y supongo que sueña con seguir los pasos de Goethe y Schiller, espero que lo haga. Pero ahora, ¡nuestro país nos llama! La patria necesita ideales. Las ambiciones personales deben hacerse a un lado en nombre del gran sacrificio por nuestro país. He aquí un glorioso comienzo para sus vidas. El campo del honor los espera, ¿por qué estamos aquí?

Nos alejamos por el momento del film realizado por Lewis Milestone en 1930, y del cual reprodujimos la alocución de Kantorek, para voltear nuestro pensamiento hacia las páginas de la novela homónima en la que se inspira la película. Podremos así afrontar el infortunio, la herida, ver en la profunda trinchera en la que yace la actual educación que hipócritamente se declama libertaria pero que a la vez promueve la reificación del hombre al subsumir el saber en la instrucción y reclamar por una ética que no se ejerce. Son las palabras de Erich María Remarque —enunciadas por su personaje, el joven Paul Baümer, alumno de Kantorek— las que conmueven nuestra conciencia impulsando, a su vez, la posibilidad misma de un acto del pensamiento sobre la sabiduría olvidada y los compromisos de muchos intelectuales contemporáneos que, por conveniencia o ceguera, renuncian a su responsabilidad al adherir a ideas y proyectos políticos contra los que dicen luchar. La escritura de Remarque se niega a envejecer y se resiste a quedar perdida en los laberínticos meandros del tiempo:

Al fin y al cabo existen miles de Kantoreks y todos ellos convencidos de hacer lo mejor posible a su cómoda manera. Precisamente en esto consiste su fracaso. Deberían haber sido para nosotros, jóvenes de dieciocho años, mediadores y guías, que nos condujeran a la vida adulta, al mundo del trabajo, del deber, de la cultura y del progreso, hacia el porvenir. A veces nos burlábamos de ellos y les jugábamos alguna trastada, pero en el fondo teníamos fe en ellos. La misma noción de la autoridad que representaban les otorgaba a nuestros ojos mucha más perspicacia y sentido común. Pero el primero de nosotros que murió echó por los suelos esta convicción. Tuvimos que reconocer que nuestra generación era mucho más leal que la suya; no tenían más ventajas respecto a nosotros que las palabras vanas y la habilidad. El primer bombardeo nos reveló nuestro error, y con él se derrumbó la visión del mundo que nos habían enseñado. [1]

Los jóvenes estudiantes sufrirán y morirán en el frente empujados por el amor a la guerra de sus mayores, quienes expresarán al mismo tiempo el valor de la paz, o especularán con ingenua crueldad acerca de cómo será la guerra: corta y con pocas “pérdidas”.

Rudyard Kipling buscó con desesperación a su hijo, a quien nunca encontró. Padeció su falta y se resignó a un acto tardío de reflexión y responsabilidad.

 

 Símbolos

 

Las rústicas y dolorosas redes de trincheras construidas por una ingeniería inspirada en la imprevisión de los generales, los dolores de los pies sumergidos continuamente en el agua, ateridos de frío, inflamados y cianóticos, son símbolos de la crueldad de la Gran Guerra, que, sin embargo, no lograron fijarse en la memoria con el suficiente vigor como para neutralizar las fantasías nacionalistas y bélicas azuzadas por la desesperación. A solo dos décadas de finalizada la contienda que marcó la caída del II Reich, gran parte del mundo se sumergía nuevamente en la guerra; una aún más cruel, porque no solo implicó el dominio brutal de un pueblo sobre otro o el avasallamiento a través de sanguinarias conquistas de algunas naciones, violando todo principio elemental sobre la vida de los conquistados. Implicó, además, un intento de remodelación biológica de la humanidad bajo el concepto de que no hay principio moral que deba frenar la aplicación de los más severos instrumentos tecnológicos y las más feroces prácticas biomédicas para lograr este fin. Por otra parte, significó el inicio a gran escala de la producción de armamento de destrucción masiva tras las bombas arrojadas en Hiroshima y Nagasaki.

 

De Gallipoli a Malvinas

 

Tras el fracaso de la operación naval británica que pretendía tomar la península de Gallipoli, se inició un movimiento de tropas para que allí desembarcasen contingentes franceses, ingleses, australianos y neozelandeses en lo que será una de las más cuestionadas y dramáticas campañas militares de la Primera Guerra Mundial. Bajo la inspiración del primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill, se desarrolla una acción para dominar el estrecho de los Dardanelos como paso al Mar Negro y para tomar Constantinopla. La acción militar implicaba la incursión en distintos puntos de la península. Las fuerzas australianas y neozelandesas (ANZAC) desembarcaron en la cala Anzac con la función de cortar el flujo de suministros turcos hacia el sur de la península. Pero como ocurriera en gran parte de la guerra, los hechos sucedieron de manera muy distinta a como se los había planeado y las fuerzas del ANZAC quedaron sumergidas, como en el frente occidental, en la guerra de trincheras. En agosto de 1915 comenzó una ofensiva para conquistar Chunuk Bair. Como parte de una maniobra de distracción se atacan tres puntos, Quinn`s Post, Nek y Lone Pine.

Es en las trincheras de Nek donde un joven australiano murmura su último rezo, palabras que repetidas en cada uno de sus entrenamientos lo habían convertido en un excepcional corredor y que, ahora, lejos de las emociones de la competición, le ofrecen un evanescente consuelo y le indican, además, qué hacer ante el inminente ataque.

¿Qué son tus piernas? Resortes. Resortes de acero. ¿Qué van a hacer? Me van a lanzar a través de la pista. ¿Qué tan rápido puedes correr? Tan rápido como un leopardo. ¿Qué tan rápido vas a correr? Tan rápido como un leopardo. Entonces, ¡vamos a ver cómo lo haces!

El silbato expide la orden de un asalto sin chances porque, aunque las tropas del ANZAC tienen listas sus bayonetas, en la trinchera turca se exponen los mortales cilindros de los caños de las ametralladoras. Los soldados salen del foso para precipitarse hacia el desordenado territorio, sin tumbas ni túmulos pero plagado de muertos, que es el campo de batalla. Muere uno, cae otro. La metralla mide la existencia de la vida de los soldados con una corta vara que solo se extiende unos pocos metros. Archie, el joven australiano que rezaba su particular plegaria, corre. Corre sin fusil, como un leopardo que tiene la certeza de llegar hasta su presa. Corre como lo hubiese esperado su entrenador y llega más lejos que los otros. Está solo y así habrá de morir, por la fatal metralla, la que no pudo imaginar cuando se enroló empujado por el bello espejismo de la batalla y en la cual el resorte de acero de sus piernas fue tan inútil como la quebradiza costra del hierro oxidado.

Son escenas, y son palabras de una película que debe ser recordada porque Gallipoli, de Peter Weir, es uno de los más elocuentes testimonios antibélicos del cine. Pero la perversión de la publicidad, y la ceguera de una ciudadanía deslumbrada por el discurso nacionalista, por el ensalzamiento de una ruinosa gloria que hiciera la dictadura militar argentina cuando conducía a los jóvenes a morir cruelmente en las Islas Malvinas convirtió a Gallipoli, en 1982, en un alegato a favor de la guerra cuando se le proponía al espectador que viera la “anteúltima derrota de los ingleses”. Habrá que descubrir nuevamente a Gallipoli, habrá que hacerlo cientos de veces si es necesario y mirar para atrás, sentir la guerra del Atlántico sur, oler nuevamente aquel aire irrespirable que transformaba, a todo aquel que se opusiese a ese acto criminal, en un despreciable traidor condenado a la soledad de saber acerca de una tragedia sobre la que no podía siquiera alertar: tragedia conducida por genocidas a los que repentinamente parecía perdonárseles sus crímenes contra la humanidad, tanto como esos otros que iban a acometer bajo la trampa de la honra de una nación, excusa que sigue seduciendo a pesar de todas las miserias y dolores que ha promovido. Tragedia sostenida por ciudadanos que aplaudieron y alabaron una patriotera metralla que condenaba la vida y le daba nueva existencia a las trincheras y a los pies inflamados y cianóticos.

Bajo un silencio obligado por la imposibilidad técnica del sonido, Abel Gance filmó en 1919 Yo acuso, donde los caídos de La Gran Guerra se incorporan para demandar por su muerte, demanda que será negada no con palabras sino con los preparativos para otra guerra, aún más devastadora, con un racismo intenso, con campos de concentración y de exterminio como manifestación extrema de la racionalidad instrumental. Guerra que obliga a introducir y reflexionar sobre las palabras del filósofo Reyes Mate cuando sentencia que “no hemos aprendido nada”.

            …lo que sí me parece obligado es reconocer que sin esas dos últimas claves (la ontología de la guerra latente en el “idealismo” occidental y la necesidad de relacionar pensar con sufrimiento) no hay manera de entender el siglo XX o, mejor, no hay futuro posible. Esas dos claves no permiten “comprender”, por supuesto, Auschwitz, pero sí “entender” por qué se llegó a la barbarie y por qué no hemos aprendido nada. [2]

 

Navidad

 

La ciudad de Ypres es tanto un símbolo sobre la experimentación científico-tecnológica para el desarrollo de armamento químico como un emblema acerca de los encuentros que ocurren entre pueblos y personas a pesar de su manifiesta imposibilidad. Fue en sus cercanías, algunos meses antes de que las nubes de cloro gaseoso cegasen la mirada de los combatientes, donde los soldados decidieron abandonar las trincheras para poder detallar sus rostros ante el enemigo. Esto que relatamos, y que ocurriese en muchos puntos distintos del frente, no debió haber sucedido porque según los generales para entonces la guerra habría terminado, las nuevas fronteras estarían definidas y porque, fuera con el dolor de la derrota o la engañosa exaltación de la victoria, nadie iba a festejar la navidad en la red de zanjas y alambres de púas que delineaban el paisaje de las batallas.

Añoranzas de un lugar acogedor y la repetición de un inevitable ritual festivo que sostiene y le da sentido a la vida pudieron ser la etérea inspiración para lo acontecido, para los cánticos y para la torpe temeridad de un soldado cualquiera que se anima hacia el terreno donde habían sido abatidos sus compañeros, donde podría estar, por la propia lógica de la batalla, su cuerpo inerte, el mismo que ahora expone fuera del seguro refugio, confiando en la humanidad del enemigo, suponiendo que no le dispararán para poder compartir algo de la bondad que lo define como hombre, aún entre tanta víctima irreconocible.

El territorio lo piensa como fantasma, como ciudadano de una nación que le niega la existencia, como hombre que marca su pisada en el barro que anima la “traición” de la confraternidad y que, por ello, deberá ser olvidado para no formar parte de una confusa historia. En la oscuridad de la noche, solo rota por la luminaria del fuego que emana de las heridas del suelo, sus compañeros lo siguen y van al encuentro de los otros, incluso lo hacen algunos oficiales. A pesar de la cerrazón se pueden ver: quien debía matar distingue el rostro de quien debía morir, se miran en el fétido mundo determinado por el espacio entre trincheras, en ese universo que enuncia la condición del soldado, aquella que —lejos de la romántica gallardía imaginada— los obliga a habitar la tierra de nadie.

Los soldados siguen siendo alemanes e ingleses, pero en esa tierra de nadie pueden reconocerse con los mismos deseos, con la misma intención de regreso. Miran las fotografías, no importan los países, son similares, imágenes de amigos, padres, esposas e hijos pequeños a quienes esperan volver a ver. Sin embargo, todos saben que en algún momento tendrán que matarse porque la maquinaria de la guerra no se detiene, solo se atasca. Y ellos son las piezas menos valiosas del juego.

El amanecer revela los rostros endurecidos de los muertos, la mirada entumecida, la rigidez cadavérica en el severo frío de la navidad. Comienzan a cavar las fosas, es lo único que pueden hacer para alejar la guerra de sus ateridos cuerpos, para convertir aquel lugar sin identidad en un cementerio que les devuelva cierta perspectiva humana a quienes cayeron antes que ellos. Rezar. Poco importa quién es Dios y dónde está y por qué posibilita tanto sufrimiento, orar los une, les muestra la fragilidad de los nacionalismos y disuelve la identidad inscripta en las tonalidades de los uniformes. Por un momento olvidan la torpe ilusión de la belleza en la batalla en la que alguna vez creyeron, cuando la guerra les parecía una aventura excepcional relatada por sus maestros de escuela. Clavan las cruces e identifican cada lugar, aunque algún que otro túmulo quede desnudo porque allí yace un soldado judío. Pasan las horas entre palabras, entre silencios, en tensa comunión. El sol se acerca al horizonte y trae el final de la tregua. Los altos mandos están preocupados por lo ocurrido, por la erosión del “espíritu” de combate. Un encuentro como este no debe volver a ocurrir. En los años subsiguientes, en Nochebuena y Navidad se intensificarán los bombardeos para evitar cualquier forma de confraternidad.

 

Shackleton

 

A solo unos días de iniciada la guerra, partía hacia Buenos Aires el barco Endurance que junto con el buque Aurora formaban parte de la Expedición Imperial Transantártica. Este era un hecho ajeno a las batallas en Europa y obligaba a otro tipo de lucha, más silenciosa, contra las asperezas del mundo natural, bien conocida por Ernest Shackleton, quien lideraba aquella empresa en un intento por ser el primer hombre en atravesar el continente antártico de costa a costa y por el punto que define al Polo Sur. Shackleton se embarcó en la capital argentina a finales del mes de diciembre y tras su paso por las islas Georgias dirigió la proa del Endurance hacia el mar de Weddell. Sin embargo, la suerte no lo acompañó porque, a pesar del verano, el buque, atrapado en una banquisa de hielo, quedó condenado a un lento pero inevitable naufragio. Con el barco inmovilizado ya no era razonable ocupar el pensamiento en el cruce de la Antártida y en la mente de Shackleton se definió un nuevo objetivo: sobrevivir sobre una helada plataforma para que su deriva les permitiese llegar a tierra firme. Nadie debía morir. Pero los intentos fueron infructuosos y tras meses en las frías aguas de los mares del sur, la banquisa se quebró y debieron abandonarla para buscar refugio navegando en los tres pequeños botes, de poco más de seis metros de eslora, que rescataron del Endurance. Aquel fue un año difícil con cientos de miles de muertos en las batallas de Verdún y del Somme y la incorporación de un nuevo armamento que, con el tiempo, mostraría su gran poder destructivo: el tanque. Fue en ese mismo 1916 cuando los expedicionarios del Endurance pudieron desembarcar en la isla Elefante, un desierto rocoso que a pesar de su firmeza no ofrecía aliento alguno a hombres extenuados y heridos por el frío. Shackleton sabía que era imposible permanecer mucho tiempo en un lugar tan inhóspito y decidió un arriesgado viaje cuya posibilidad solo era imaginable en las extremas condiciones del yermo y gélido paisaje de la isla Elefante. Acondicionaron uno de los botes, el James Caird, para una travesía de más de 1300 km en uno de los mares más difíciles del planeta, con una temperatura inferior a los veinte grados bajo cero y con la certeza de que un mínimo error en el curso los llevaría a la deriva, lejos de las costas de la isla Georgia del sur.

El 24 de abril, veintidós desajustadas siluetas se esforzaban por despedir a la pequeña embarcación con la cual Shackleton, el capitán Worsley, el carpintero Mc Neish, Tom Crean, Tim McCarthy y John Vincent intentarían llegar a la estación ballenera de Stromness.

En el mar, los bloques de hielo comprimen la mirada expandiendo la ansiedad de los seis navegantes que palpitan lo absurdo de su travesía, que conocen las pocas probabilidades de mantenerse a flote, pero que deben sostener su intención por esquivar a la muerte porque no son libres, están encadenados a quienes se debieron quedar en la agónica soledad de una perdida roca de la geografía antártica, a la espera de su salvador regreso.

Diecisiete días más tarde, los cautivos habitantes de la isla Elefante no lo saben, ocurre lo improbable, el James Caird llega a las costas de la isla Georgia del sur. Sin embargo, para los extenuados viajeros, el drama no concluye porque aún deben atravesar heladas tierras inexploradas. Sin tiempo para el descanso, con la advertencia sobre el escaso valor de su viaje si no logran dar el último paso, con el reflejo de la muerte en suelo antártico, en 1912, del capitán Robert Falcon Scott a tan solo unos 19 kilómetros de un depósito de suministros, Shackleton, Worsley y Crean inician la caminata por la terra incognita.

Mientras los hombres del Endurance intentan sobrevivir, los del Aurora, constituidos en la mitad silenciosa de la expedición transantártica, se encuentran en el cabo Evans, en las costas del Mar de Ross, dando su pelea particular. En mayo de 1915, el buque constituido en refugio y salvoconducto, se soltó de sus amarras y los diez hombres que habían desembarcado con la función de colocar las estaciones de suministros para cuando llegase la partida de Shackleton quedaron aislados. Sin contar con provisiones fundamentales —vestimenta, combustible y alimentos— porque quedaron en el Aurora, y sin imaginar la posibilidad de un rescate, el pequeño grupo se preparó para una difícil invernada en los hielos antárticos. Amenazados por el escorbuto, el congelamiento, la ceguera y a veces la desesperación, los hombres que formaban parte del llamado grupo del Mar de Ross inician, a pesar de la razón que señala las dificultades, los trabajos para constituir los depósitos de provisiones sin los cuales los hombres provenientes desde el mar de Wedell y que deberían lograr el cruce del continente antártico, no podrían sobrevivir. Con muda eficiencia y convicción, contra el clima y los dolores que la naturaleza hostil del polo les impone, aceptando los riesgos de la muerte que finalmente alcanza a Victor Hayward y al comandante Aeneas Mackintosh, cumplen con el inútil trabajo, porque Shackleton jamás iniciará la travesía por las tierras antárticas.

En las frías costas del Mar de Ross un pequeño grupo de hombres, aislados y solitarios, dio una infructuosa pelea que los convirtió en vital metáfora sobre las luchas, las víctimas y los muertos que toda historia olvida.

Finalmente, como si fuese un aparecido, Shackleton se presenta en la puerta de una  precaria construcción. “Adelante, adelante”, tal la invitación del Sr. Sorlle, administrador de la estación ballenera en la isla Georgia del sur. Shackleton sabe que ha logrado lo imposible, que está a un paso de salvar a todos sus hombres varados en la isla Elefante y sin embargo lo asalta otra preocupación:  “Dígame, ¿cuándo terminó la guerra?” (…) “La guerra no terminó. (…) Están muriendo millones de personas. En Europa se han vuelto locos. El mundo está fuera de sus cabales.” Ante la inevitable inquietud de Shackleton sobre el resultado de las batallas, sobre el deseo de saber quién gana, el capataz responde, “El que quede vivo”. [4]

Les quedaba carne de foca y de pingüino para dos días, hecho que en otro momento no habría sido particularmente preocupante porque estaban acostumbrados a cierta desesperada rutina desde que el James Caird se había perdido en el horizonte hacía ya unos cuatro meses. Pero esta vez, una fantasmal ausencia de nuevos animales para cazar les indicaba que se acercaba el final. Aún eran veintidós, nadie había muerto, pero los cuidados de los médicos McIlroy y Macklin eran cada vez más ineficaces para borrar de los cuerpos las dolorosas marcas del aislamiento en la difícil naturaleza antártica. ¿Cómo seguir sosteniendo la esperanza de un rescate después de tanto tiempo, con la insoportable y repetida comida a punto de agotarse? Ni siquiera tenían la certeza de que Shackleton hubiese llegado a algún lugar. Pero era el 30 de agosto y en el horizonte, el vapor chileno Yelcho revelaba su inesperada silueta para darle forma a las fantasías con las que alimentaron su imaginación y que incluían “cualquier viejo budín que fuese lo suficientemente grande”, “roscas con mermelada” o “un enorme omelette”. Era el final. Shackleton observó desde la cubierta del barco las figuras que alguna vez lo despidieron, estaban todos. Había cumplido con el objetivo que el hundimiento del Endurance le impusiese a su conciencia: nadie debía morir. Sin embargo, el regreso a Europa cuestionaría su logro porque no trajo para los integrantes de la expedición transantártica, los del buque Aurora y los del Endurance, el gozo corriente de una variada comida sino la impiedad de una guerra en la cual algunos encontrarían la muerte.

En las consideraciones finales sobre el inalcanzado cruce antártico, Shackleton comentó: “Si tomo la expedición como una unidad de cincuenta y seis hombres murieron tres en la Antártida, tres cayeron en acción y cinco fueron heridos, de modo que nuestras bajas han sido bastante altas”. [4]  Además, en la dedicatoria que escribiera para su obra Sur, crónica de su última aventura en el mundo polar, se lee:

A mis camaradas que cayeron en la guerra blanca del sur y en el campo rojo de Flandes y Francia. [5]

Pero la del sur no fue una guerra, fue un acto por la supervivencia de hombres perdidos que intentaban erguirse contra los golpes del mundo natural, contra el congelamiento, contra la soledad y la desesperación. Significó la muerte para algunos, pero lo sucedido en el blanco mundo de la Antártida no fue una conflagración porque quienes intentaban mantener su vida buscando el regreso no estaban obligados a matar, ni a dejarse morir de manera torpe y por ello doblemente dolorosa. Aunque todos vamos a morir, no debería ser en el rojo campo de Ypres, ni en Gallipoli, ni en las Islas Malvinas, porque la forma en la que estamos dispuestos a hacerlo, o la manera en la que se nos impone, le da o le quita dignidad y belleza a la vida, a la propia y a la de quienes nos acompañan. Como afirma Tzvetan Todorov:

Toda sociedad necesita afirmar su identidad, defender sus ideales y resolver eficazmente los problemas que se le plantean; sin embargo, erigidas en principios últimos, las respuestas a estas necesidades traban su vida. [6]

Esta última reflexión me conduce a una evocación personal vivida a través del relato histórico, me acerca a la figura de Janusz Korszack, médico y pedagogo polaco quien dirigió la casa de huérfanos Dom Seirot en Varsovia desde 1912 hasta 1942.

La constitución por el poder nazi de un ghetto en la capital polaca significó para la población judía y para el orfelinato de Korszack el encierro y el hacinamiento en un pequeño sector de la ciudad. Aunque tuvo la posibilidad de salir, se negó, y cuando ocurrió “La gran acción” para el exterminio de los judíos del ghetto y de los niños del orfanato que serían llevados a Treblinka, él los acompañó en un acto de protección y amparo por la vida, la de los niños, la suya propia (desde el recuerdo, la nuestra), porque aunque pareciera paradójico, ya que todos se dirigían a la cámara de gas, hemos de saber que el cuidado de la vida se manifiesta en tanto el otro y yo vivimos: diez minutos, algunos meses, noventa años, el tiempo que fuese. Podemos ahora parafrasear el texto final de la obra de Todorov, Memoria del mal tentación del bien, reclamando por esta última imagen y por la de Irena Sendler —enfermera católica quien a riesgo de su vida logró rescatar a más de dos mil quinientos niños del ghetto tomando todas las previsiones posibles para preservar sus identidades—, porque más que la espantosa fotografía del fanatismo nacionalista que llevó a los hombres a las inmundas trincheras, sería inspiradora para nuestro tiempo la consideración por el hombre sencillo, por la mujer bondadosa y comprometida para quien un niño o un adulto, el otro o el semejante “no se reducen a una categoría —un enemigo, un prisionero— sino que sigue siendo una persona, infinitamente frágil, infinitamente preciosa”. [7]

 

Eduardo Wolovelsky / El siglo Maravilloso, fragmento.

Libros del Rojas / Universidad de Buenos Aires, 2016

ph/ Soldados británicos en la batalla del Somme

 

[1] Erich María Remarque, Sin novedad en el frente (1929), Barcelona, Edhasa, 2012, p. 17.

[2] Reyes Mate, De Atenas a Jerusalén. Pensadores judíos de la modernidad, Madrid, Akal, 1999, p.9.

[3] Texto modificado a partir del original citado en Ernest Shackleton, Sur. Historia de la última expedición de Shackleton, Ushuaia, Südpol, 2011, p. 233.

[4] Ernest Shackleton, Sur. Historia de la última expedición de Shackleton, Ushuaia, Südpol, 2011, pp. 372.

[5] Ibídem, p. 5.

[6] Tzvetan Todorov, Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el siglo XX, Barcelona, Península, 2002, p. 369.

[7] Tzvetan Todorov, Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el siglo XX, Barcelona, Península, 2002, p. 370.