The Caretaker (1963) / Clive Donner

Lo conozco. Debe encontrar un placer especial en deshonrar mi nombre y en burlarse de mí, precisamente porque me he preocupado por él, porque lo he acogido y lo he ayudado. Comprendo la sal que debe tener para él … Así razonaba Pedro Bezujov mirando los ojos del insolente y provocador Dolojov.

Este pensamiento del conde Bezujov, uno de los personajes más queribles de Guerra y Paz, se me vino a la cabeza cuando miraba The Caretaker,  (El cuidador), a pesar de que no hay nada más alejado de esta obra que la concepción tolstoiana de los hombres.

The Caretaker, es una película basada en la obra en tres actos de Harold Pinter, traducida también como El portero, El conserje… El clima deshumanizado en el que se mueven los personajes remite a un mundo hostil, en el que no caben los afectos, ni los sentimientos, ni la posibilidad de darle un sentido a la existencia. Parecería que no hay nada rescatable, nada por lo que valga la pena haber nacido. Volverse un autómata, o un déspota, o simplemente un ser mezquino y despreciable. No parece haber otra salida.

A diferencia del ruso, cuyo ojo estaba pulido como un diamante y lanzaba miradas sobre el personaje que lo envolvían revelando las mil caras de lo humano, aquí los personajes no tienen volumen, son como una bofetada sin posibilidad de blandura. La mano del vacío y el horror cae sobre el que  mira, sobre el que lee, sin posibilidad de reparación.

El mundo está roto, el hombre se empobrece. Definitivamente, va perdiendo sus múltiples caras, su riqueza. Se destruye: planicie solitaria, desconectada de la vida, tierra en donde, ni siquiera, prenden las semillas del odio.

Esta maravilla, realizada gracias al aporte de nombres como Richard Burton y Elizabeth Taylor, está protagonizada por el genial Alan Bates, Donald Pleasence, contundente y expansivo,  y un inolvidable Robert Shaw. Dirigida por Clive Donner, The Caretaker (1963) nos confronta con el mal, que tanto duele justamente porque no tiene remedio, porque se da así, necesaria, gratuitamente, destruyendo eso que nos sostenía en un lenguaje común, y despertando en nosotros una desesperada e imposible ansia de justicia.

Sofía González Bonorino