Un viaje singular: al filo de la pandemia / Nora Strejilevich

                                                Quien quiere vivir está condenado a la esperanza. Fillip Müller

 

Ya no recuerdo cómo fue ese vuelo, el que partió de Ezeiza a fin de febrero hacia el aeropuerto de San Francisco. Apenas pasó un mes y medio pero ese tramo se me borró, como tantas cosas que se esfuman de la memoria cuando otras ocupan todo el espacio, todas las sinapsis, todo el cuerpo.

 

Lo que sé es que unos colegas me convocaron para pensar juntos cómo contar la desaparición. Desaparición forzada de personas, en mi caso, desaparición a secas en otros (en el Mediterráneo, en México, en su frontera con los EEUU).  No me va eso de rejuntarlas bajo un solo paraguas, como si el plan sistemático de exterminio se pudiera asimilar a las muertes anónimas contemporáneas. El bosque no deja ver cada árbol: lo que se diluye en un término comodín se banaliza y muere. Me niego a que una noción engulla al resto.

 

El día de debates no afectó mi convicción aunque valió la pena conocerse, abrazarse, reír y llorar al unísono; sobre todo, escuchar (en vivo y en directo) a otros, confrontar, pensar en grupo. Eso que ahora, un mes y medio después, no podríamos lograr porque el planeta, de repente, nos exige aislarnos. Se produjo una suerte de rotación del eje. Tras el viraje esa escena es apenas punto de partida para rememorar.

 

A la mañana siguiente retornamos a nuestros lugares de origen: Bogotá, Madrid, Ciudad de México, Oakland, Chicago. En mi caso el viaje recién empezaba. Si decido volar 18 horas desde Buenos Aires no es para hacer el tramo inverso la misma semana. Por eso planifiqué otras ocupaciones en el Norte: dar un par de charlas en universidades de otros estados y usar mi seguro médico. Año tras año cumplo con los religiosos exámenes llamados physical. El físico puesto al día, procesado cada 12 meses por manos y equipos conocedores, a ver si el cuerpo dura un poco más o si le hacen falta retoques para seguir tirando.

 

Hay que llegar a la estación de trenes y preguntar de qué lado tomo el que va al sur de California. En cada parada voy visitando conocidos, así le doy respiro a horas y kilómetros que se esfuman por la ventanilla al ritmo del traqueteo. Me encanta el encierro voluntario en el tren, el tiempo suspendido, y también los remansos: el lujo de hacer escala en el pasado. Primera estación, Santa Cruz.

 

Celia es una querida ex colega de un programa de estudios que se organizara años ha en Chile y Argentina. El programa quedó atrás, nosotras no. Vive con Tim y la pareja lleva una vida perfecta, en una ciudad perfecta, con una perrita perfecta. Se hablan con una delicadeza que solo conozco por las películas de la década del 50, agregando calificativos melosos tras cada frase que se dirigen, aunque Lucy conteste ladrando y moviendo la cola: Yes, honey! No, darling, sin dejar de sonreír. Me pregunto cómo pude no haberlos pescado jamás en el recreo, a la hora del golpe bajo o del enojo súbito, de la sangre que se sube por la aorta o de la lengua que se suelta y arroja sus verdades. Nada por aquí, nada por allá, todo en su lugar. Trato de fluir a la altura, aunque confieso que me cuesta. ¿No se podrá tirar un zapato contra la pared, de repente, para variar de atmósfera? No, por supuesto que no. Además, no hace falta: las noticias lo hacen por mí. El zapato se llama Covid-19 y aparece en la tele, que se prende un ratito a la noche antes de ir a dormir (tempranísimo, como corresponde). Los noticieros difunden la aparición de un misterioso virus proveniente de una remota ciudad, Wuhan, que cada uno pronuncia como puede. O como quiere, total el presidente de cuyo nombre no quiero acordarme autoriza a decir cualquier cosa y da el ejemplo. Para simplificar o, mejor dicho, para provocar, le otorga nacionalidad: el virus chino.

 

Celia cumple años en marzo y ama París. Ahí nos cruzamos por azar una vez: Tim entraba a un café junto al Sena dispuesto a tomar prestados cubiertos de plástico para sus ensaladas, listas para ser saboreadas al aire libre, mientras yo conversaba con una amiga argentina sobre una película del exilio que queríamos hacer. Se me acercó sin que lo viera, surprise, surprise! y la llamó a su tesoro para la fiesta del encuentro, los aplausos y las fotografías.

 

A mi amiga le apasiona vivir como lo hacían sus heroínas de la Belle époque y quiere celebrar sus 50 en la Ciudad Luz. Lujos de los académicos del primer mundo, que pueden volar para aquí y acullá sin que eso deteriore su presupuesto. Que deteriore el planeta es otro asunto. Partirán en unos días, en cuanto yo siga rumbo a Los Ángeles. Pero hete aquí que la locutora tira su zapatilla enlodada, el Coronavirus, en medio del perfecto plan. ¿Qué está pasando? Incertidumbre por todos lados, compañías aéreas que no responden los llamados del público. La clase media acomodada se desorienta. ¡No se puede ni planificar un paseo! París se disuelve entre hilachas de ansiedad, paralizada por el miedo. Maybe we should cancel, love.

 

Día tras día, desde hace años, me comunico con Beatriz, hermana por elección: una artista que vive en Jerusalén desde 1977 (época del gran desbande, aunque nada que ver con el actual, si bien la caza de “subversivos” se valía de un vocabulario médico: éramos el cáncer que había que extirpar). En un Watsapp me cuenta que el Louvre cerró y que las galerías van cancelando sus muestras. Que los turistas se agolpan en los aeropuertos para volver donde sea. Atando cabos con la catarata de informaciones a la que tan fácilmente accedemos hoy por hoy, o en la que nadamos sin remedio, el plan vacacional de Celia y Tim hace agua. El mío no.

 

El tren sigue siendo un transporte amigable donde circula el aire al menos, musita mi cantinela autodidacta mientras saca de la galera razones de la sin razón. Me sirven para encaminarme, sin temor, hacia Los Ángeles. Ya arreglé con Casué, la sueca: me irá a buscar y pernoctaré en su casa. Ella también viene de otro tiempo y andamos por caminos que se bifurcan. Por suerte ya aprendió a no bajarme línea con las múltiples vidas que ya atravesé y que aún me esperan, en esa larga serie de encarnaciones que transitamos. Tampoco me insiste en los estudios médicos a distancia que realiza con su aparato mágico (diseñado tras la Segunda Guerra Mundial para detectar y diagnosticar enfermedades, sin necesidad de contar con otros saberes para manejarla).  Conoce nuestros límites: puede hablar conmigo del pajarito que trina en la rama de su árbol toda la noche y de las dificultades de volver a mudarse (acaba de volver a California tras media vida en Buenos Aires). Hasta puede contar historias de nietos siempre que no rebase el tiempo presente y derive en el de sus ánimas pre y post. Dentro de esos marcos el encuentro es grato, lo admito: es tan loca que me cae simpática y me saca de mi mundillo (también, a veces, de las casillas). Se consiguió una casita de madera rodeada de verde como la que hice mía hasta el 2006 no muy lejos de ahí, y recuperamos a dúo esos lugares gratos al olfato y la mirada. Claro que nuestro intercambio no da para más de una noche, y eso es justo lo que dura la visita. El tema del Covid-19 asoma entrelíneas pero todavía, junto al Pacífico, es un dato remoto. Sabiendo que tratar el asunto daría pie a alusiones sobre sus métodos terapéuticos, que siempre me ofrece por si acaso, damos vuelta la página al unísono. A la mañana siguiente paseamos por playas desérticas, por barrios por donde habitualmente no pasa nadie, sacamos unas selfies en la estación y me deposita en mi tren.

 

Hasta aquí, sin mayores preocupaciones. El Coronavirus vuela de la China al Primer Mundo a toda velocidad, arrasando miles de vidas a su paso, con elementos tan invisibles como devastadores. No se sabe bien por qué no parece aterrizar donde me encuentro. Que yo esté en el mismísimo corazón del monstruo no parece colarse por mi imaginación, porque los Estados Unidos no están registrando a sus enfermos –detalle que aparecerá en los titulares mucho más adelante. Sin embargo, estoy alerta. Por las dudas me alejo, por las dudas me siento sola, por las dudas mis oídos empiezan a advertir densidades de una tos colectiva notoria que modulan a coro varios pasajeros del vagón.  Observo el espectáculo: un señor se explaya con su mochila y cubre el asiento de al lado para que a nadie se le ocurra ocuparlo, otro llega en bicicleta ortopédica y no deja que nadie lo ayude. ¿Será que a estos gringos les inyectaron individualismo hasta la médula y no quieren aceptar la más mínima mano? Supongo, en ese momento, que sí. Hoy sospecho que estaban mejor informados que yo.

 

Llego de noche a mi destino, San Diego, tras una semana de travesía. Cargo dos valijas chicas y, aunque no sean pesadas, es incómodo cruzar las vías y buscar un taxi. Pero no, la vereda está vacía y soy la única clienta potencial: uno se acerca, todo fácil. El conductor es músico y dice que ahora, con esta cosa, se acaban los recitales y se ha vuelto esclavo del auto. No hay cómo encontrar otro trabajo. Esto recién empieza, pienso, aterrizando al fin en lo que se viene.

 

Cuando damos con la dirección de otro colega que me invitó en un encuentro casual, hace meses, en una callecita de cualquier lado, quedo deslumbrada. Un jardín de cactus multicolores rodea la escalera que seguramente asciende, con sus cuatro escalones, al cielo. Me recibe su mujer, Nelly. Con una sonrisa de oreja a oreja me ayuda a subir mis bártulos y me ofrece una copa de vino. No estoy en casa, es cierto: apenas en el paraíso.

 

Y en el paraíso me enfermo. No digo que me enferme el paraíso, aunque también puede ser porque desconfío de ese sitio. Lo que sostengo (sin ninguna garantía) es que me contagio justo donde me siento más resguardada. Nada es blanco o negro y este es apenas un ejemplo. Peter, el dueño de casa, se había ligado una gripe en un paseo de esquí y parece o me imagino o puede ser que me lo pasara a mí. No vale la pena saberlo a ciencia cierta porque no se trata de un problema personal: los virus necesitan de nuestros cuerpos para sobrevivir y se nos pegan sin pedirnos permiso. Me basta con que contagiarme ahí le venga bien al relato.

 

Esa gripe hubiera sido inocua en otra oportunidad pero, a esta altura del partido, la alerta roja ante el Covid-19 se disemina por doquier, penetrando nuestra conciencia e inconsciencia. No se habla de otra cosa. Los techos se van perforando de grietas y  agujeros por los que se filtra la palabra infección con sus dendritas amenazantes. En un santiamén es epidemia y en otro se gradúa de pandemia. Desde entonces un viento mortal acosa al mundo globalizado. Su silbido suena tan desolador como el ulular de sirenas que atraviesan ciudades mudas, acarreando pacientes a hospitales donde reina la escasez. El mundo se vuelve más espectral que nunca. Las universidades se van cerrando y, una tras otra, se cancelan las visitas académicas que ocupaban mi calendario. Una estadounidense de pura cepa me cuenta que su marido salió a comprar balas. El arma ya la tiene. Reacción típica que indica, en los Estados Unidos, pánico en estado de ebullición.

 

Pero vayamos por partes. Al día dos o tres de mi alunizaje en ese hogar dulce hogar, donde Peter cocina delicias, donde la tersura de las palabras y los gestos hacen juego con tonos cálidos de ambientes de techos altos y ventanas generosas, empiezo a sentirme mal. ¿Tendré fiebre? Me toco la frente, a falta de termómetro para verificarlo (en los negocios ya no hay termómetros, ni papel higiénico, ni guantes, ni ni ni…). Parece que a la noche me sube, porque sudo, pero nada del otro mundo. Resfrío, quizá, aunque no estornude. Toso cada tanto, pero no distingo si el exabrupto es seco o no, clave para detectar al novedoso “enemigo”. Enemigo entre comillas y con ironía: darle intencionalidad a un virus es insostenible. La gente empieza a leer textualmente lo que antes era un giro travieso del lenguaje y se acaba el humor.  En todo caso, la revisación anual sigue siendo mi brújula. Nada más oportuno: tengo cita para ver a un médico que, a la brevedad, despejará mi inquietud.

 

Y así fue, aunque no del todo. Me auscultó y dijo: –Es una gripe, no se preocupe.

 

El alivio que sentí de los pulmones para arriba y para abajo me obnubilaron la pregunta que hubiera debido formular: ¿Cómo lo sabe, doctor? Ni siquiera me tomó la temperatura… Cuando se me ocurrió ya había entrado otro paciente, y la amable secretaria me sugería pedir otro  turno para dentro de un mes. –One month??!!

 

Salí del edificio y empecé a caminar por ese sector tan plácido de la ciudad, salpicado de verde, con jardines frente a edificios bajos y nada pomposos (algo que habitualmente me levanta el ánimo). No obstante, mi estado general empeoraba. Podía ser sugestión, pero ¿por qué no aprovechar el servicio médico, un lujo asiático en este país?

 

Entré a un edificio que anunciaba emergencias. Me recibieron carteles tranquilizadores donde explicaban que el hospital tomaba todos los recaudos necesarios: los pacientes podíamos estar tranquilos, ahí no íbamos a contagiarnos. (Ayer me contaron que en uno de esos hospitales casi TODOS se contagiaron: enfermeros y pacientes).

 

–¿Sabe si me pueden dar el test del Covid-19?

 

La mujer sentada frente al enorme cartel de INFORMACIONES no entendió.

 

Do you know if I can get a test for Covid-19? –le traduje por las dudas, sabiendo que esta ciudad fronteriza es bilingüe, o sea que también se habla inglés.

 

Tampoco captó a qué me refería: no tenía idea. Me inundó la certeza de compartir el planeta con una manada de zombies (me ataca cada tanto pero la controlo y sigo como si nada). Entonces cambié de estrategia: le pedí indicaciones para la sala de urgencias.

 

En esa sala sabían de qué hablaba. Me tomaron la temperatura, y tenía. Acto seguido me llevaron a una pieza, donde una serie de expertos iniciaron su desfile para hacerme estudios (análisis de mucosas y otras yerbas). Parecían astronautas, cubiertos de pies a cabeza, con plástico alrededor de las botas que luego se sacaban y descartaban, como los guantes. De un segundo a otro registré la novedad: yo era un peligro andante.

 

Sé que me irritan las situaciones menores: soy ansiosa y lidiar con nimiedades me saca canas verdes, por eso no sé cocinar ni me molesto en aprender. No tengo paciencia ni para dejar que hierva el agua y recién después agregar la verdura o la pasta que haga falta: prefiero tirarlo todo junto y… así sale. Necesito llegar a los aeropuertos con al menos cuatro horas de anticipación por eso mismo: para mantener la calma. Y la ansiedad es la otra cara de la distracción. Recuerdo la película ´1984´ por una escena donde, en un autoservicio, aparece en primer plano una bandeja con huevos que retira el protagonista. ¿Cómo puede ser que retenga esa toma insignificante de un clásico de tal calibre? Porque en ese instante grité ¡los huevooooos! (no sé si para mis adentros) y salí corriendo a mi departamento: los había dejado al fuego. Como esto pasó en Canadá, el acomodador me persiguió por el hall para darme una entrada gratis.

 

–Next time you can see it from beginning to end! – remató el santo. Para que la viera enterita en otra ocasión, algo que también se me olvidó.

 

En las antípodas de estos avatares atesoro algunos que me reconcilian conmigo misma: lo realmente grave me serena. En ese cuarto del hospital donde la incertidumbre sobre mi condición me acompañó por horas, donde no tenía ni un libro ni un lápiz ni un celular para matar el tiempo, donde estaba al borde de la peor noticia que le podían dar a una adulta mayor en esos días, yo estaba tranquila cual madre después de parir: como si ya hubiera pasado lo peor.

 

Tardaban tanto que me asomé y un enfermero mexicano me retó:

 

–Usted no puede abrir la puerta ni moverse de ahí, ¡tiene que esperar a que la vengan a ver! Eso me ratificó el susto que generaba mi presencia (algo nuevo para mí, que con mi brevísimo tamaño soy incapaz de espantar a un moscardón). Cuando al fin llegó la doctora me dijo, un tanto ofuscada:

 

–Me gustaría haber dado con el virus de la gripe (flu), así el resto quedaría descartado. Pero no, no tenemos ninguna clave. No sabemos qué tiene.

 

–Ah, entonces me harán el test del Covid-19, inferí con entusiasmo.

 

–No, lo lamento. Para eso la tengo que aceptar al hospital y usted no está lo suficientemente grave como para internarla. No se lo puedo ofrecer.

 

–Perfecto, remato con el cuchillito afilado siempre a mano haciendo juego con una sonrisa sarcástica: Vuelvo cuando esté a punto de morirme y listo.

 

Ella, por suerte, capta el tono: no es de enojo sino de triste corroboración del mundo que supimos conseguir.

 

–Y… sí. Lo siento mucho. No creí que me fueran a responder así, pero los de arriba deciden.

 

No me sorprende. Conocemos los dichos de la Trompeta presidencial, este no es más que su eco a nivel de nuestros oficios terrestres. El virus se encarga de desenmascarar los cuentos que nos venden disfrazados de noticias de actualidad.

 

Ya en la casa (tratando de mantener un metro y medio de distancia de mis queridos amigos), observo el detalle de los análisis. Confieso que por un segundo me volví cubo de hielo: en la lista de lo detectado en mi sangre leí Coronavirus. En cuanto los ojos atravesaron el paréntesis que lo acompañaba (no Covid-19), me derretí. Pero, ¿cómo estaban seguros de que NO era?

 

Traté de creerles, total no hay tratamiento. Sea como fuera lo ideal era quedarse en la pieza y tomar líquidos calientes. Así pasaron los días, y poco a poco mejoré. Nunca sabré si lo tuve, tampoco si me inmunicé. Lo que sé es que entendí, con las entrañas, que tenía que partir.

 

Retornar ¿adónde?

 

Me pasé la vida llamada adulta preguntándome cuál era mi lugar: si acá o allá o todo lo contrario, aunque un acá parecía ser más acá que el otro. Norte o Sur. En tiempos de desapariciones y reapariciones forzadas los puntos cardinales a veces colapsan. Nunca resolví la ecuación y por eso dejé todo como estaba. Un tanto disléxica mi geografía, pero ya se resolvería. Por el momento, un par de aviones y algo de ahorros o alguna invitación académica podrían solucionar el problemita de los 9670 kms. de distancia: seguro médico allá, vivienda acá.

 

El tema no es fácil de resolver, por eso dejo que vaya brotando, como por su cuenta, la forma de lidiar con mis dos vidas. Si bien allá (el Norte) es peor para mí en mil sentidos, lo cierto es que cualquier desastre en inglés me afecta menos: lo que ocurra allá es algo que les pasa a ellos. Que este criterio no tenga ni pies ni cabeza y que esté sutilmente embebido en el prejuicio (¿por qué ellos van a ser diferentes a nosotros?, ¿y de qué nosotros estoy hablando?), no significa nada. Toda existencia se guía por principios similares. Lo de allá me resulta agobiante, lo de acá –a menudo– asfixiante. Y este vaivén moldea mi modus vivendi.

 

Las pestes, si usamos otra metáfora, ponen al descubierto ciertas nociones que andan rondando y que la urgencia cuelga como trapitos al sol. En lo personal, la abstracta idea de seguridad, que en general no me atrae pero resultó acuciante, cobró la forma de un techo. En San Diego, mientras evaluaba qué hacer, fantaseé con ocupar el chalet de un muerto reciente, el padre de una amiga: un artista que vivía frente al océano. Uno de los paseos que emprendí con Casué en los alrededores de Los Ángeles fue visitarlo, y pudimos acceder con un código al estilo Ábrete Sésamo. De golpe los ojos se rindieron a la magia de vitrales multicolores desplegados frente al celeste mediodía. Sus reflejos eran flechas luminosas que le hacían cosquillas al ánimo. ¿Cómo puede morir alguien acá? Parece un recodo de vida eterna, con su ventanal abierto al mar. Una casa nerudiana. Qué tentación, encerrarme y hacer mi nido por un tiempo en esta placidez. Pero dudé, para variar. No tengo auto y para hacer las compras hay que andar demasiado. No es grave, hoy por hoy todo se puede pedir por Internet. Pero, ¿y si me siento mal y necesito una mano? Casué me anticipó que con suerte podría venir una vez por semana, pero solo con suerte. Esa carencia del factor humano me acobardó. Deshojé margaritas durante tantos días que al final, cuando quise dar el sí, era tarde: otro candidato la ocuparía pronto. Me quedaban apenas dos semanas para saborearla.

 

Entretanto la situación se agravaba: en China y en Italia morían como moscas, Francia, Alemania e Inglaterra se sumaban, el “bichito” rebotaba de un país a otro embarcándose en aviones sin mostrar pasaporte. En Argentina mis cumpas cinéfilos no dejaban de reunirse los domingos para ver películas y tomar mate. No tenía cómo alertarlos: eso pasaba lejos para ellos, todavía. Y yo, ponderando: si no tengo casa más que por dos semanas, ¿no será mejor seguir el plan B, Canadá? (mi refugio en los ochenta, mi familia sustituta, paisajes que atesoro). Ahí todavía no pasa nada grave (el primer ministro se aisló poco después, cuando su mujer dio positivo). Como Air Canada anunciaba generosas devoluciones en caso de necesidad, compré un pasaje para el sábado de esa semana. Podría, en el interín, visitar a mi dentista chino (pobre, habrá perdido gran parte de su clientela: ¡no puedo abandonarlo!) y terminar de curarme.

 

Claro que estos cálculos, los de la vida, son juegos de azar sin ganador. Se apuesta al plan A por una corazonada. Y nunca se gana o se pierde del todo porque jamás se sabrá qué hubiera pasado si la apuesta caía en el plan B. En mi caso disponía de un alquiler ideal, en Vancouver, hasta fin de abril. Vería a mis compinches tras la cuarentena y luego enfilaría hacia Montreal, a retirar una valija atascada en un subsuelo desde hace años. Mi amigo Joe (cuya residencia llamamos Hotel Laval) es un yanqui emigrado en los setenta para no engordar filas de soldados ni pilas de muertos en Vietnam. El Pibe me manda, cada tanto, reportes del equipaje que, según él, pide a gritos que su dueña lo recoja y lo lleve a su lugar de origen. Pero un día cualquiera me alerta sobre el posible enclaustramiento de Quebec. Las murallas se levantan por doquier ante la Gran amenaza.

 

Forzada a resolver mi encrucijada me concentro en mover las piezas para el retorno con mayúsculas: día tras día se asienta en mí el departamento en Buenos Aires como el lugar que me corresponde. Si bien el privilegio de tantas vidas me marea por un rato, con tiempo capto lo que resuena in profundis.

 

Otro amigo me lo dijo con todas las letras: –¿Dónde te gustaría morir? Vete allí.

 

–Eso es difícil de imaginar –le contesté: no me gustaría morir en ningún lado.

 

Pero dio en la tecla de algún modo, me atizó el sentido de urgencia. Sé que otros habrían llegado a este punto mucho antes, pero como mi ecuación está ligada al exilio y al peregrinaje, la idea de volver a casa no me resulta tan familiar. No la tengo resuelta, diría un psicólogo.

 

En todo caso, el vértigo me marcó un rumbo: la frontera canadiense se cerraría pronto y no lograba adelantar el pasaje (desde ahí, calculaba, podría embarcarme hacia Buenos Aires, ya que ese país no era, todavía, una mancha en el mapa de estados condenados al ostracismo por la enfermedad). Por suerte el ala solidaria del planeta (condensada en un par de amigas porteñas) me mandaba información pertinente y me enteré que Delta, la compañía con la que me tocaba volar, tenía un acuerdo con Aerolíneas Argentinas. Se me ocurrió una estrategia: rechazar el NO que, sistemáticamente, me daban cuando pedía adelantar mi pasaje de regreso. Los invité a que averiguaran mejor, no les permití cortarme la llamada y cerrar el caso. Como por arte de magia, funcionó. El joven que me atendía volvió a la línea me anunció:

 

–Tiene razón, puede embarcarse mañana –y me dictó el recorrido: San Diego, Atlanta, Santiago de Chile, Buenos Aires.

 

Por suerte hacía estos trámites al aire libre, con un clima primaveral y cafecito en mano, creando un ambiente propicio para limar asperezas y no levantarle la voz a cualquiera, primer impulso que se dispara al lidiar con estos menesteres. Ya me había comunicado con el consulado argentino en Los Ángeles y había llenado un formulario, y esperado que se comunicaran conmigo. Aerolíneas rescataba a argentinos y los llevaba a Ezeiza desde Miami o Nueva York, ya me llegaría el turno. Pero esto salió primero. Pájaro en mano. Sí sí sí, vivan los vuelos carreta, cuenten conmigo.

 

En el aeropuerto de Atlanta tuve que esperar bastante, pero contenta. Ya se acercaba la hora de partir de este país modelo donde los millonarios prefieren hacer trabajar a la gente que mandarla a casa para prevenir contagios, donde el servicio médico federal cerró sus agencias, donde el shock se quiere aprovechar, una vez más, para engordar las arcas de los que ya no tienen dónde atesorar lo que les sobra.

 

Llaman al mostrador a quienes tenemos pasaporte argentino. Soy la primera en presentarme. La novedad es que no puedo volar porque hace tres horas Chile cerró sus fronteras.

 

– ¡No hay problema, tengo tres pasaportes! (casi me confundo con “tres tristes tigres”). Saco las armas de mi gabán no sin cierta pedantería exhibicionista: argentino, canadiense y estadounidense.

 

–Solo pueden entrar los surcoreanos y los de Singapur –me corta en seco.

 

Si bien no confío en mi capacidad de convencer a nadie, lo intento. Le explico que no entraré a territorio chileno, que estaré en tránsito. La empleada mira a un punto en el infinito, no a mí. No quiere entender, no tiene ganas de lidiar ni conmigo ni con nadie. Me manda a Servicio al cliente. Allá se repite la misma historia y ratifican que debo pernoctar en Atlanta. Mañana puede volar a San Pablo, y de ahí retornar con Aerolíneas.

 

Entonces le pido que me mande a un hotel. A primera vista esta compañía aérea no brega por una buena atención al público y no podré inculcarle su importancia en una noche. Con cara de póker la señorita me informa que no es culpa de Delta que yo no pueda entrar a un país, ergo el gasto corre por mi cuenta. Está de más replicarle que no es culpa mía tampoco y reiterar que no voy a territorio chileno. Nada vale la pena. Quiere dejarlo todo en mis manos y anticipo la desolación del piso del aeropuerto ya que en esas sillas, más bien butacas, nadie se puede estirar. Entonces me planto, juego a las estatuas: hasta que no me entregue una orden que me permita acceder a un hotel cercano no me mueve nadie.

 

Al final me da el voucher. Tomo un tren del aeropuerto y después el ómnibus que en cinco minutos estaciona frente al residencial Country Land. Es de noche. Le saco una foto al balcón de la planta baja: luce esas típicas hamacas sureñas, blancas, que aparecen en las películas con un hacendado blanco controlando, a la lontananza, a sus negros cortando el blanco algodón. ¿Seré yo la heroína que se sienta en la sección blanca del ómnibus en tiempos de secesión? Basta de esa manía de meterte en todo, Nadia: en esa película no entrás (sos más blanca que una bandera de paz).

 

La foto será mi registro de: llegué, sinónimo de: gané. Que me traten como a un ser humano y me consigan una cama es mi modesta victoria. Me tiro en diagonal para usar todo el colchón y me dedico a espiar por la tele cómo el Coronavirus se desparrama por la pantalla y por el globo. Ante tamaño espectáculo, me quedo dormida.

 

Al día siguiente tengo que hacer tiempo hasta la hora de mi vuelo, que sale de noche. Un amigo argentino me recomienda llamar al consulado local, por cualquier cosa. Le hago caso y les cuento mi historia. Yo tenía razón: debían haberme dejado embarcarme porque en Chile estaría en tránsito. Ya fue, lo importante es llegar. Me siento apoyada: una línea telefónica de urgencias atiende 24 hs. al día a argentinos varados en el exterior.

 

Cuando piso el avión recuerdo esa insoportable levedad del ser de la que tanto se habló en una época. Para mí es muy soportable. Estoy de buen humor, soy una levedad burbujeante. Prefiero ventanilla y me toca pasillo pero me dejan elegir. La suerte anda conmigo. La tripulación nos cuenta que está formada por voluntarios que se ofrecen a hacer este trabajo riesgoso. Hay una atmósfera épica, aplausos y sensación de bienestar ante un Estado que al fin protege a sus ciudadanos: el año verde hecho realidad. Pero nada es perfecto. Mi vecino empieza a toser, por suerte dentro de su barbijo. Me doy vuelta hacia la ventanilla y a falta de fe, le rezo a Spinoza para que el universo panteísta que describe no me destruya. Aunque el caballero siga tosiendo no se me ocurre, cuando despega el vuelo, pararme y salir de esa trampa. ¿Confío en mi protección enmascarada y enguantada? Quién sabe.

 

Tal vez esté centrada en otra cosa, a saber, en mi grado cero de coordinación. Hay que llenar un formulario vinculado a la salud que nos pedirán al llegar (para determinar de dónde venimos, si tenemos síntomas y cuáles). Para eso me hace falta una birome, que dejé en la mochila, a mis pies. Como no la desinfecté tengo que abrir el cierre con los guantes. Son guantes descartables yanquis, hechos para las manos de su población: me van grandes, me sobra un centímetro por lo menos de cada dedo. Conclusión: se me traba la goma en el cierre, y no es la primera vez aunque sí la misma mano. El guante izquierdo me queda mocho porque, para salir del trance, tiro con fuerza (o con desesperación). Quedan atascados los dedos índice y gordo. El Covid-19 no distingue tipos de dedos, evalúo, no me sirve proteger cuatro si dejo dos al aire. Me lo saco y eso funciona: aparece la maldita birome. Ahora busco el spray con alcohol, porque la hojita también puede albergar microbios no deseados. A todo esto mi vecino sigue tosiendo. Cuando consigo relajarme miro el formulario y veo que piden el número del pasaporte y la fecha de emisión. No guardo nada en la memoria, soy una tábula rasa. Otra vez el cierre de la mochila, con la otra mano: dar con el pasaporte, copiar el dato, guardar todo, desinfectarse. Mis guantes ya perdieron todos los dedos pero no todo su sentido: resguardan parcialmente del frío y permiten afirmar el volante al manejar. Lástima que yo no maneje nada. Los quiero tirar y no encuentro dónde. Y el vecino tose a todo lo que da.

 

En medio de este entuerto, aterrizamos. Nos advierten que habrá que esperar un buen rato. Llamarán primero a los que confesaron tener algún síntoma. El señor de al lado, seguramente para sus adentros, dice: yo, argentino. Cruzo los dedos para que no se saque el barbijo, para que haga cuarentena. No me da el cuero para denunciarlo.

 

Después viene el mecanismo de llegada habitual al país. Por suerte rescato en seguida mis valijas, que siguieron pegaditas a mis cambios de recorrido. Tras las revisiones de rutina, me avisan  que el Estado ofrece buses al Aeroparque Jorge Newbery. Todo fluye: al llegar tomo un taxi y no nos paran (si lo hicieran puedo mostrar el pasaje y probar que tengo un motivo para circular, ya que rige la cuarentena nacional).

 

Veo por primera vez en mi vida a mi Buenos Aires vacía, despojada de su motor: la presencia humana. Esta ciudad tan populosa, ahora pelada, me da la dimensión de la pendiente hacia la ciencia ficción que estamos transitando a 9.670 kms. por segundo.

 

Desde entonces la vida transcurre entre cinco estaciones: dormitorio, cocina, living, baño y balcón.  Y ni tengo que preocuparme por las compras, una vecina las hace por mí. Cuando me las deja toca el timbre, abro la puerta y recojo la bolsita de la semana. Acá sobran buenos vecinos. A la noche salen a los balcones a compartir música y aplausos, a paliar el aislamiento como pueden. Están abrumados por este régimen de encierro. Yo celebro no tener que desinfectarme cada vez que toco algo. Las manos son las primeras en captar el cobijo que irradia la palabra hogar.

 

Un compañero de San Francisco quiere retomar la comunicación para evaluar lo que pasa. Nos manda este correo:

Encerrado en mi departamento estoy pensando en las similitudes y diferencias con la desaparición. La incertidumbre sobre la “suerte” de la persona desaparecida –hoy también tenemos la incertidumbre sobre “nuestra suerte” y en realidad la “suerte del mundo”. El aislamiento. La restricción de la libertad de movimiento. El distanciamiento social obligatorio o voluntario (la imposibilidad de desaparecidos de tener contacto entre ellos, el distanciamiento social hacia familiares de desaparecidos)…

 

Interrumpo la lectura y le digo en voz alta, como si estuviera al lado mío: –Pero el virus no es un Estado criminal, Abel, ni un ser que planifique borrar grupos humanos.

 

¿De dónde sale esta necesidad de pensar todo fenómeno en relación al genocidio?, me acaba de plantear Aída. Buena pregunta. Lo que sí se me ocurre es una asociación con el spleen totalitario: quisieron prohibir, en la ciudad de Buenos Aires, la salida a la calle de los mayores de 70 que no tuvieran permiso especial. Uno en seguida se fabricó una estrella de David amarilla que decía +70. La medida pasó al olvido, pero siempre afloran las ansias de discriminar. Por supuesto y para completar el cuadro, la policía y la gendarmería aprovechan  para reprimir donde pueden, y pueden sobre todo en barrios pobres. Los viejos hábitos aspiran a renacer en estos climas aunque se los trate de mantener –en la Argentina de hoy– a raya.

 

Habiendo pasado por un centro clandestino mido la distancia sideral entre ese pozo y la reclusión actual, decretada para protegernos. Sí: el planeta muestra visos macabros, se avecina una crisis como la del 30 ¿o peor? y el poder que amasa fortunas aprovecha para elevar los índices de impotencia. Pero desde mi rincón infinitesimal veo fantoches de papel cada día más al descubierto: sus globos y sus billetes arrastran una vieja y destartalada máquina productora de cadáveres. Se apagan, semana a semana, las luces de fanfarria, cae el telón sobre el espectáculo del mercado y se incendia el escenario.

 

Salgo al balcón a servirme vino en mi copa favorita. Saboreo el tinto y mi refugio.

 

Escucho letras con las que, a las nueve de la noche, muchas voces rompen nuestra existencia de mónadas: Tantas veces me mataron, tantas veces me morí / sin embargo estoy aquí, resucitando… La música a todo lo que da, en ese entonces, se ponía para tapar los alaridos que arranca la tortura. Hoy la elegimos y la cantamos a gritos, porque se nos da la gana.

 

Nora Strejilevich, 2020

Ph / Facundo de Zuviría