¿De quién de qué somos contemporáneos? / Henri Meschonnic

Contemporáneos, esos extraños con quienes compartimos el tiempo de nuestras vidas. La época. Pero según lo que hacemos con el tiempo, y su partición, están los contemporáneos del afuera, los colegas del momento, y los contemporáneos del adentro. La palabra es tan limitada, no nos alojamos bien en ella, que inmediatamente se convierte en una metáfora.

Afuera, está el reino de lo contemporáneo: el marketing marca el estado presente del pensamiento y del arte, el establishment de los Instalados, la prensa y las costumbres literarias, todo entre amigos. El presente es odioso, es lo que rechazo. Solo mediante este rechazo se piensa y se trabaja. Aquellos que aceptan el presente, que piensan con el presente, que están conformes con su época, hacen como si la precedieran pero no hacen más que seguirla, enciendan el televisor para verlos, el contemporáneo está contento.

Pero si a lo largo del tiempo se ve la forma-sujeto, el contemporáneo es aquel con quien, a través de quien uno se convierte en un sujeto. La afinidad. Mi familia, a través del tiempo. Me siento un contemporáneo de Lucrecio, d´Aubigné, y Montaigne, de Nerval, Baudelaire, Péguy, Apollinaire, Proust y algunos otros. Fuera del tiempo. Sin embargo, el sujeto solo es tiempo, solo es su historia. No tiene el espacio. Es de la utopía. Y tampoco tiene el tiempo. Tiene otra cosa. Tiene el componente del continuo.

El contemporáneo, con la mano sobre el presente, es justamente la ocupación del espacio. No hace más que bordearlo. El desconocimiento es lo que tiene en común.

Los únicos contemporáneos verdaderos: aquellos con quienes somos nosotros en ellos, ellos en nosotros. Tengo algunos verdaderos contemporáneos. Otros también, como yo, supongo.

Somos contemporáneos de un lenguaje, pero también mediante las lenguas. Los retrasos y las falsas maneras del  traducir hacen que, salvo raras excepciones, los contemporáneos a los que leemos en traducción solo sean contemporáneos ilusorios. Somos contemporáneos por el ritmo. Una traducción nueva, de ritmo a ritmo, puede, por encima de las épocas, traernos contemporáneos imprevisibles.

Si el arte y el pensamiento son una influencia sobre el presente, una transformación permanente del presente, el arte y el pensamiento son indisociables de esta tensión que para mí define la modernidad como búsqueda e invención de una presencia en el presente, trabajo del sujeto.

Y lo contemporáneo es el enemigo de la modernidad. Puesto que vive del resultado presente, socializado, de las búsquedas pasadas, por donde tiene el poder sobre la opinión, sobre el presente, y además piensa que tiene el poder sobre el tiempo.

Fue contra lo contemporáneo que Baudelaire inventó un concepto nuevo de la modernidad, y Mallarmé escribió: «Replicaré que algunos contemporáneos no saben leer.» Lo post-moderno, del que somos contemporáneos, es tan contemporáneo de todo que ni siquiera es contemporáneo de sí mismo. Los directores de Museos de Arte Contemporáneo que corren persiguiendo lo moderno solo atrapan lo contemporáneo. En masa, lo ya hecho. Lo adecuado para ellos.

Porque hay una cosa que el contemporáneo, que ya tiene tanto, no pudo y no puede tener, el futuro. Porque el arte y el pensamiento nunca son contemporáneos de  su  pasado. El arte, el pensamiento, es ser contemporáneo del futuro, no del presente pasado. En este sentido, apenas si somos contemporáneos de nosotros mismos, salvo por momentos. Y en esos momentos es cuando escapamos de lo contemporáneo.

[Del libro Politique du rythme, politique du sujet (Política del ritmo, política del sujeto), ediciones Verdier]

Traducción: Hugo Savino