Un semblante para Osvaldo Lamborghini / Matías Boni

¿Es posible un discurso que no fuese semblante? ¿Cómo hacer creer que hay algo allí donde no lo hay?

Siempre se leyó a O.L. mucho menos de lo que fue comentado. Nada ha cambiado, hay nuevas formas para mejorar ese desconocimiento. A Lambor cada vez que se lo lee y relee está en otra parte, su soledad definitiva lo vuelve inalcanzable. Esta distancia adquirió siempre el valor de provocación. Leído, comentado o tolerado son señuelos de la idea que se puede hacer del escritor y su escritura. Todavía no se encontró nada para neutralizar lo que tiene de irreductible esa escritura. El reciclado generalizado de la literatura se confunde con la actividad cultural. Igual muchos saben adaptarse a las modas del momento. Nombrar a O.L. o citarlo en dos párrafos es otra forma de dejar de ocuparse de él y de lo que le hizo al lenguaje y a la literatura: “perfecciono su falta”. Con la perspectiva de una “contemplación sonriente” como lucidez alucinatoria de su escritura confundió a toda la metafísica de la literatura y por defecto, su estética. Todavía se desconoce el alcance de esta perspectiva. Cómo imaginar a quien promovió el enfoque de la escritura, su actividad, fuera de la literatura, que hizo de la literatura y de sus límites, de sus aporías, el punto de partida, la interrogación del sujeto que escribe, de su ley, de lo político, la propia escritura. Esta visión radical no necesariamente tuvo que ver con una época. Develar y velar por los excesos es el deseo del sujeto de la escritura bajo todas las formas de comportamiento, bajo todos los desvíos, bajo todos los caracteres: “soy un caracterópata”. Abrir las entrañas de la libertad y hacer aparecer y desaparecer todas sus virtualidades peligrosamente inéditas. Todas las corrupciones son posibles, son habladas, discurseadas, todo sobre un fondo de distorsión deliberado. Una de las propuestas de esta escritura es adentrarse en la dimensión criminal como conciencia para hacerse de esa dimensión el tiempo de un pensamiento (el fiord – el niño proletario – el pibe barulo – la causa justa). O.L. también es un producto de consumo para todos los literatos de talleres de escritura que eligieron la transgresión como tema: “Los imbéciles progresan con la transgresión” (Tadeys). Para algunos analistas de la obra de Lamborghini, para algunos periodistas de corto alcance con los principios de contradicción e intercambio sobran motivos para dar a ver y escuchar el funcionamiento del mundo en el que vivimos. Una vez más “la incomparable intimidad del orgullo” genera sus efectos en la literatura argentina, “como todo en la vida, incluso la práctica de la autopsia”. Esta banalidad del orgullo declarado ha arruinado muchos egos de escritores en su “transgresora” estadía. Los mismos clichés de siempre adaptados, difundidos y consumidos por el sentido: el realismo. Incluso su biografía, “su inmunda autopsia” es objeto de lecturas seudoeruditas propios del reciclaje cultural imperante, que se distraen con el decontructivismo la diferencia de la repetición quedando así como una obra y un escritor “algo diferente” dentro del orden de las cosas. Siempre la literatura con sus estofados y refritos, digo el canon de la academia, puja por neutralizar todas las variantes de lo falso para terminar concluyendo que la obra de Osvaldo Lamborghini solamente se le puede decir lo que dice. Pero la escritura de O.L. reenvía estas miserias a quienes tratan de menoscabarlo, a su ilusión recíproca en el deseo del sujeto de saber. Su punto de imbricación, su “implicancia recíproca” es su humor, el bro/meo, ante el cual nadie se resiste a continuar la humorada. La escritura de O.L. tiene el poder de hacernos tropezar con el reflejo de nosotros mismos, ya que siempre se corre el riesgo capital de descubrir (“la pasión moral, es el capital que funda bancos”) allí la imagen de lo que se es, atrapada en la red de su infinita puesta en escena. Es tan difícil hacer trampa acá, desde la lectura entramos en contacto  con lo que cada uno encuentra y trae en su soledad y en su seguridad, además de terminar perdiéndolas. La escritura de O.L. es su manera de pensar, su manera de fumar en los salones literarios, su manera de leer;  un pensamiento que hace sujeto en el cuerpo y la escena, la ilusión que nos gobierna remite al cuerpo. El funcionamiento del deseo se anticipa a toda representación y moral. La escritura del pensamiento habla y descubre el origen físico de esos reflejos, allí donde parece desaparecer. En esa aventura: “terso hormigueo lento”, sin lógica ni concepto, es donde ningún lector puede reducir ni obturar esta escritura oblicua, transversal, perversa y abyecta. Así nos libera de todo lo que decimos para engañarnos de lo que somos y hacemos. Decir esto ya es una manera de simplificarlo. La única certeza está en la imaginación de esa escritura, la invención de hacer desaparecer la forma para dar cuerpo a lo que no lo tiene.

BONI

Ph / Jacques André BoiffardSin título, 1932