Dos alemanes / Karl Löwith

Durante el periodo de disolución general de todas las estructuras internas y externas, en cuya pervivencia únicamente seguían creyendo nuestros padres, sólo había en Alemania un hombre cuyas palabras nos espolearon, por la fuerza de su prudencia y su carácter: Max Weber.

Cuando digo «nos» me refiero a un reducido círculo de estudiantes que se autodenominaba «estudiantes libres» para distinguirse del resto. Nos reuníamos semanalmente, se organizaban discusiones y se hacían informes en grupos de trabajo sobre temas filosóficos, sociales y políticos. Nos cedía el sitio un librero de Munich, un célebre nativo de Suabia. En su sala de conferencias fue donde en el semestre de invierno del curso de 1918-19, y a instancias nuestras, Max Weber dictó su conferencia «La ciencia como vocación». 

Todavía puedo ver a Max Weber delante mío, pálido, caminando con gesto abatido y movimientos rápidos por la sala repleta, dirigiéndose hacia la tribuna, saludando al pasar a mi amigo Percy Gothein. Su cara, orlada por una barba hirsuta, recordaba el ardor oscuro de las imágenes de los profetas de Bamberg. Hablaba de un modo totalmente libre y sin interrumpirse, su discurso fue taquigrafiado y publicado literalmente tal como lo pronunció. La impresión fue estremecedora. En sus palabras se concentraba la experiencia y la sabiduría adquirida en toda una vida. Cada pensamiento nacía directamente de su interior y se ponderaba con una inteligencia crítica. Resultaba enormemente persuasivo por el gran peso humano que su personalidad le otorgaba. La agudeza en la formulación de las cuestiones se correspondía con la renuncia a cualquier solución fácil. Rasgó todos los velos de cuanto puede ser deseado y aún así, todos asumimos que el núcleo de su claro intelecto descansaba en una humanidad profundamente rigurosa. Después de tantos discursos revolucionarios pronunciados por activistas literarios, la palabra de Weber era como una liberación. Su segundo discurso sobre «La política como vocación» ya no tenía ese enorme empuje. 

Un año más tarde este hombre cansado y consumido por la pasión de su tarea intelectual y política, murió víctima de una enfermedad. La organización estudiantil reaccionaria se incomodó por sus airadas declaraciones a raíz del asesinato del primer ministro Kurt Eisner, sin saber lo que con él perdíamos. Desde entonces, las universidades alemanas no contaron entre sus profesores con nadie como él, y si Weber hubiera vivido en 1933, se habría mantenido firmemente contrario a la homologación de los catedráticos alemanes, y habría reaccionado del mismo modo frente a problemas más graves. Sus miedosos, débiles, e indiferentes colegas, que eran la mayoría, hubieran encontrado en Weber un antagonista implacable y, a lo mejor, su palabra hubiera cambiado el lamentable destino que la «inteligencia» alemana se preparó para sí misma como un «locus a non lucendo». Weber no hablaba de la «formación del carácter», pues poseía ambas cosas: carácter y formación. Tampoco hubiera tolerado bajo ningún concepto la degradación de sus colegas judíos- no porque se sintiera predilección por los judíos, sino por un sentimiento de caballerosidad y porque era rigurosamente íntegro-. En Roma, en 1934, cuando expresé esta opinión frente a un catedrático alemán, me contestó con la siguiente pregunta: Sí, pero ¿acaso Max Weber no era descendiente de judíos? Por lo visto, a este señor le resultaba completamente incomprensible que un alemán al cien por cien pudiera defender a los judíos que no podían defenderse por sí mismos. 

Al final de sus dos conferencias Max Weber predijo lo que pronto se haría realidad. Dijo que aquellos que no pueden soportar el duro destino de la realidad actual, regresarían de nuevo a los brazos de las viejas religiones, y que los «políticos de la convicción» que se embriagaban con la revolución de 1919, sucumbirían a la reacción cuya llegada se produciría en diez años. Puesto que no estamos cercanos a la llegada de una primavera florida, sino que nos hallamos ante una noche de impenetrable oscuridad, resulta vano confiar en que lleguen a nuestro desencantado mundo profetas que nos digan lo que debemos hacer. De todo esto concluía Weber que debemos cumplir con nuestro trabajo y realizar la «tarea de cada día» que es sencilla y simple. Para mí, el siguiente paso fue el comienzo de los estudios académicos. No podía interesarme por la lucha de los partidos políticos, pues desde la izquierda hasta la derecha todos litigaban por cosas que no me incumbían y que sólo significaban obstáculos a mi desarrollo. Una especie de justificación a mi postura llegó con la publicación, en 1918, del libro de Thomas Mann Consideraciones de un apolítico«. 

Aparte de Max Weber sólo sabría hablar de otro alemán relevante que me dejó una impresión duradera para toda mi vida: Albert Schweitzer. Este hombre incomparable, cristiano, médico, músico y pensador, dio tres conferencias en la Universidad de Munich, cuyo contenido ha tenido tan poco efecto como sugestivo resultó escucharle. Nunca he vuelto a oír a un orador que sólo con el silencioso poder de su sencilla personalidad se haya ganado un auditorio de más de mil personas, que le escuchaban como un único oyente, tras pronunciar unas pocas frases en voz baja. Lo que emanaba de ese hombre no era la fuerza arrebatadora de Weber, sino la la serenidad de la paz y la magia de la templanza. Me consuela saber que ese hombre vive todavía y que trabaja y lucha contra la mentira. 

Karl Löwith
De: Mi vida en Alemania antes y después de 1933 / Ed. VISOR S.A. Madrid, 1992, Colección La balada de Medusa
Traducción Ruth Zauner (Revisada por Andreas Lotha)