
Todos los vecinos de nuestro pueblo eran únicos, y una o dos de las chicas eran guapas. Hubo otras antes y después, pero con Eily establecí un vínculo. A veces te descubres integrada, deseada, querida, una más, y entonces sucede, el destino, y entonces todo acaba y vuelves a tu sitio y sabes que, por desgracia, le toca a otra persona.
Su cara era la de una Virgen María. Tenía el pelo moreno, una buena melena, la piel clara y los ojos tan grandes, delicados y transparentes como la uva espina madura. Siempre le faltaba un poco el aire y jadeaba cuando me acercaba, luego me besaba y me llamaba «cariño». Eso, cada vez que nos veíamos en secreto. Delante de sus padres, o de otra gente, se mostraba un tanto testaruda y retraída, y se contaba que cuando era pequeña se metía siempre debajo de la mesa para escapar a las palizas de su padre. Una vez, en Adviento, se planteó meterse a monja, pero la idea quedó en agua de borrajas y la ropa y las labores pasaron a ser sus intereses principales. Echaba una mano en la finca y en verano no la dejaban apenas salir porque había mucha faena. Le encantaba la carretera principal, con sus coches, sus bicicletas y sus autobuses, y no mostraba interés alguno en el tílburi que sus padres usaban como medio de transporte. Faenaba como una bestia con tal de salir a la carretera principal antes del anochecer para ver a la gente pasar. Era rápida como un potrillo. Mi padre no se cansaba de elogiar esta cualidad, que atribuía a su musculatura. Todo el mundo sabía que Eily y su familia escondían los zapatos debajo de un seto junto a la carretera para encontrárselos limpios cuando iban a la iglesia, o al mercado, o más tarde, en el caso de Eily, al baile de gala.
El baile de gala en beneficio del nuevo altar con mosaicos marcó su puesta de largo. Se puso un vestido de georgette y unos zapatos de salón con remates plateados y dorados. El vestido había llegado desde América mucho antes pero Eily le había hecho varios arreglos, y durante la semana previa al baile no se la vio ni una vez sin un puñado de alfileres entre los labios, haciendo diversas pruebas. Peter el Patrón, uno de los tiranos del pueblo, vigilaba la puerta con dos o tres de sus compinches tanto para contar el dinero como para controlar a las parejas y hacer comentarios acerca de su torpeza o su «técnica de baile». Cuando Eily llegó con el abrigo de tweed y saludó con un «Buenas, caballeros» nadie dijo nada, pero en cuanto se quitó la pelliza y reveló la transparencia del georgette, sumada a los hombros desnudos, Peter el Patrón se escupió en la palma de la mano y exclamó que menudo pedazo de mujer había debajo de aquella tela.
Los vecinos se quedaron patidifusos. No abandonó la pista de baile ni una sola vez, y cuanto más bailaba, más cautivadora se volvía, y lanzaba «oes» y «aes» cuando sus parejas la hacían dar vueltas y más vueltas. Al final, una de las señoras que se encargaban de la cena tuvo que llevársela al comedor y abanicarla con un trozo de cartón. A mí me dejaron mirar por la ventana y observé admirada a las parejas, las serpentinas, y a los guapos músicos de la orquesta, con sus patillas y sus trajes de rayas. Cuando me colé en el comedor, Eily me confió que había ocurrido algo que no era de este mundo. Casi inmediatamente después su hermana Nuala se la llevó a casa.
Eily y Nuala siempre andaban a la greña por cuestiones como quién ordeñaba, quién colaba la leche, quién traía agua del pozo, quién batía la mantequilla o quién hacía el pan. Por lo común Eily se ocupaba de las faenas más sencillas debido a su fatiga y a su maña con las agujas. Tejer se le daba de maravilla y le bastaba ver cualquier punto en una revista o en un patrón para reproducirlo. Iba a su casa a jugar y, aunque eran mayores que yo, me rogaban que fuera y me sobornaban con canillas vacías o retales para mis muñecas. A veces jugábamos al escondite, a veces jugábamos a las casitas y nos atribuíamos nombres y oficios distinguidos, y nos pintábamos la cara como si fuesen paletas con colorantes vegetales o con añil, y luego nos reíamos y nos maravillábamos ante los azules e índigos y fingíamos ser indias, bailábamos el hula-hula y comíamos hojas de acedera. Una vez Nuala me hizo llorar porque me dijo que yo era adoptada y que mi madre no era mi madre de verdad. Para tranquilizarme, Eily escupió sobre unas hojas de acedera y me las pegó por toda la cara, a guisa de máscara.
Nuala solo era feliz cuando alguien sufría, y casi siempre nos obligaba a jugar a los médicos. Ella era la médico, Eily la enfermera. A Nuala le gustaba operar con un cuchillo negro inmenso, y mucho antes de proceder se regodeaba en su método y en el tumor que se disponía a extirpar. Solía decir que cuando acabara no quedaría más que un receptáculo vacío, y que la paciente jamás tendría bebés ni sufriría las molestias de las mujeres. Ponía nombres a las partes femeninas: Susies eran los pechos, Florrie la barriga y Matilda lo de más abajo. Afilaba una y otra vez el cuchillo contra los escalones y ordenaba a Eily que le trajera el agua caliente y el jabón, para esterilizar el instrumental, y una sábana grande.
Eily también tenía que ponerse un delantal, uno blanco que anteriormente había usado en unas clases de cocina. La caldera siempre tardaba una eternidad en romper a hervir en la lumbre, y muy a menudo Nuala echaba azúcar al fuego para avivar las llamas. Las dos puertas se mantenían abiertas, una con un cubo y otra con una piedra. Nuala afilaba el cuchillo y tarareaba «Walzing Matilda», los pájaros casi siempre cantaban o piaban, los perros salían y se sentaban sobre los cuartos traseros, espantando moscas, y yo me tumbaba en la mesa de la cocina, aterrorizada y medio desnuda. De vez en cuando intercambiaba una mirada con Eily y esta alzaba los ojos al techo, como diciendo: «Pobre criatura», pero nunca le llevaba la contraria a Nuala ni desobedecía sus órdenes. Nuala se ponía la máscara. Era una máscara de papel maché de un rojo encendido que llevaba en la casa desde aquella vez en que se presentaron unos mimos el día del San Esteban, el perro los mordió y perdieron parte de su atuendo, incluidas la máscara y unas mallas. Antes de empezar carraspeaba varias veces imitando a la perfección la tos seca y profesional del doctor. Jamás olvidaré esos últimos segundos en que se ceñía el elástico de la máscara en la nuca y le preguntaba a Eily: «¿Todo listo, enfermera?».
Por algún motivo yo siempre miraba hacia arriba y hacia atrás y, por tanto, veía el aparador y su contenido del revés. Había una fila de tazones, casi todos blancos con dibujos color sepia que representaban trigo, o ganado, o una pareja que se afanaba en los campos. Los tazones colgaban de unos ganchos en el borde del aparador, y detrás estaban las bandejas con unas peras maduras pintadas en el centro. Pero lo más bonito de todo eran los platillos de postre de cristal tornasolado, en tonos anaranjados y con los bordes festoneados. Solía despedirme de ellos antes de llegar el momento de cerrar los ojos y aguardar el calvario.
Nunca lo llamaba «operación», sino simplemente «ope», como hacía el médico. Yo sentía la punta del cuchillo igual que la punta de un compás recorriéndome los pechos casi sin formar. No me quitaba del todo el corpiño, solo me lo subía. Nuala comentaba lo que iba viendo y añadía «interesante», o «muy bien», o «uy, madre mía», dependiendo del caso, y entonces, cuando llegaba a la altura del estómago, siempre emitía un sonido de desaprobación y decía: «Qué cosa más fea tenemos aquí». Repasaba la lista de las porquerías que yo había comido, sorbetes o caramelos arcoíris, me golpeaba la barriga con la hoja del cuchillo y pedía dos cucharadas de trementina y tres de aceite de ricino antes de proceder. En ese momento yo debía tragarme las pociones. Entretanto Eily, la presunta enfermera, enjugaba la frente a la doctora e iba entregándole herramientas como las tenacillas para el azúcar, la cuchara o el tenedor. La cuchara servía para apoyarla en la lengua y pedir a la paciente que dijera: «Aaah». Las costras y los cortes se consideraban demonios malignos, y las marcas de los elásticos eran síntomas de iniquidad. También me obligaba a hacer una confesión general. Me quedaba allí tumbada, rezando por que llegara su madre de improviso. Siempre lo hacíamos los martes, el día en que su madre iba al mercado a vender cosas, comprar provisiones y retirar la pensión de su marido. Aguzaba el oído por si oía a los perros. Eran unos animales despiadados que mordían a todo el mundo salvo a sus dueños, y cada vez que yo llegaba tenía que llamar a voces a Eily para que bajara y me escoltara.
En definitiva, era un juego lamentable, pero aun así me presentaba todos los martes, iba directa a su casa desde el colegio, y cuando su madre regresaba ya habíamos terminado y yo estaba tímidamente sentada junto al fuego, esperando a que me ofrecieran una galleta del ultramarinos, que por supuesto al principio yo fingía rechazar con mucho énfasis.
Eily siempre me acompañaba por el primer prado hasta la cancela blanca, y aunque los perros gruñían y enseñaban los dientes, nunca intentaban morderme cuando me marchaba. Una tarde, pese a que ya casi era la hora del ordeño, me acompañó un poco más lejos, y pensé que querría coger unas cuantas avellanas, porque en la linde que separaba su finca de la nuestra había un pequeño árbol cargado. Bastaba con sacudirlo un poco para que las avellanas cayeran rebotando, y con sentarse luego en el murete cercano, coger una de las piedras sueltas y cascarlas hasta no poder más. Estaban en su punto, y tenían un sabor nuevo y puro, y además ayudaban a limpiar la suciedad de la cara interna de los dientes. De modo que aquel día nos sentamos en el murete, pero Eily no alargó el brazo ni tiró de una rama para provocar una lluvia de avellanas. En cambio, me preguntó qué opinaba de Romeo. Romeo era el nuevo empleado del banco, protestante, un señorito rematado, con sus bombachos cortos y su bicicleta de carreras blanca. La bici tenía una dinamo conectada y siempre llevaba el faro encendido. Montaba en ella con el cuerpo hacia delante, y cuando Eily lo nombró me lo imaginé avanzando hacia mí por la carretera con aquel hocico suyo y el mechón de pelo rebelde. También se distinguía por meter la bicicleta dentro de las tiendas y los recibidores de las casas. En realidad, pocas veces se apeaba. Al parecer Romeo había bailado con ella la noche del vestido de georgette verde, y al día siguiente le había dejado una nota en el seto donde su familia y ella guardaban los zapatos. Me contó que había sido la Providencia lo que la había llevado a acercarse hasta allí aquella mañana, de lo contrario, la nota podría haber caído en manos de cualquier otra persona. La citaba para el domingo siguiente, y Eily no sabía cómo iba a apañárselas para salir de casa, ni con qué excusa. Al menos Nuala se había ido, había vuelto a la escuela técnica donde estudiaba para ser maestra de economía doméstica, y mis hermanas habían regresado al convento, así que pudimos cavilar sin la molestia de sentirnos espiadas. Le dije que sí, que sería su cómplice, sin saber en qué estaba metiéndome. El domingo les anuncié a mis padres que iba a acompañar a Eily a visitar a un primo suyo al hospital, y ella les dijo a los suyos que visitaríamos a un primo mío. Nos reunimos en la cancela blanca, las dos hechas un manojo de nervios. Ella se quitó una vieja falda tirolesa negra, y debajo apareció su vestido color guinda con rajas a los lados. Era un atuendo de lo más comprometedor. Lucía un broche en el escote. El broche de su madre, un sencillo alfiler de oro con una estrellita en el centro que brillaba con frenesí. Sacó un estuchito dorado y se aplicó colorete. Como el pompón estaba muy seco, apartó la protección de muselina y me pidió que la sujetara con delicadeza mientras ella se ponía los polvos. Era un mazacote ocre que le estropeaba por completo el cutis. Luego se pintó los labios, se humedeció el rizo de la frente y me obligó a arrodillarme en la tierra y prometerle que jamás la delataría.
Fuimos en dirección al hospital, pero en lugar de emprender el camino sombrío flanqueado de cedros atajamos por un campo, hundiéndonos casi en el pantano y agachándonos continuamente para que nadie nos viera. Comenté que parecíamos soldados en plena guerra y Eily contestó que tendríamos que habernos camuflado vistiéndonos de verde o marrón. Su colorido trasero, que se bamboleaba arriba y abajo, quedaba bien visible para cualquiera que pasara por la carretera. Cuando llegamos a la espesura del bosque, Romeo ya estaba allí. Se lo veía muy indiferente, con la cara echada hacia delante y la cabeza casi a la altura del manillar de la bici; nos estudió detenidamente conforme nos acercábamos. Entonces emitió un par de silbidos para comunicarle a Eily que era muy bienvenida. Ella se puso a su lado, yo me planté frente a ellos, y los tres comentamos el buen tiempo que hacía esa tarde. Me quedé de piedra cuando vi que él le pasaba un brazo por la cintura y el vestido se arrugaba como si lo levantaran desde atrás, y pese a que los dos estaban completamente inmóviles se miraban con insistencia y se hacían señales con los labios. El vestido le quedaba ya por encima de las corvas. Eily empezó a ponerse muy colorada y él observó sus rasgos con sumo cuidado, comentando lo bonitos que eran, que le gustaban. Me ordenó que me largara: «Lárgate, mona», eso me dijo. Yo me fui y me pegué a la corteza de un árbol, con los ojos cerrados, los puños apretados, con el cuerpo entero en tensión. Poco después Eily dio un grito y de camino a casa, mientras avanzábamos a paso ligero, hablamos de los dolores del crecimiento y ella dijo que esas cosas no existían, que no eran más que reuma.
Aquello se prolongó un domingo tras otro, con un festivo añadido, el jueves de la Ascensión. Nos volvimos dos genios de las excusas: un día fue para ensayar con el coro escolar, otro para enseñar a los pequeños a recibir la comunión y en otra ocasión —nuestro ardid más arriesgado— para coger uvas espinas en el jardín de una vieja cascarrabias llamada señorita MacNamara. Esto último se demostró peligroso porque tanto mi madre como la de Eily esperaban la fruta, ya fuera para comer tal cual o para algún dulce, y tuvimos que inventarnos que la señorita MacNamara no estaba, a lo que ellas objetaron que de todos modos los arbustos estarían en su sitio, con las uvas colgando. Por un instante me imaginé que había estado allí de veras, en aquel jardincillo asfixiante, con las gallinas de Bantam y los arbustos enmohecidos y lastrados por las uvas espinas grandes y peludas, que eran suaves al tacto y estallaban cuando las mordías. De camino a casa nos poníamos a rezar, pronunciábamos oraciones y jaculatorias, y con mucha frecuencia, cuando nos sentábamos en el terraplén herboso mientras Eily se ponía la falda vieja y los viejos zapatos de lienzo, recitábamos alguno de los misterios del rosario. Tenía unos zapatos nuevos que en realidad eran zuecos y que su madre no había visto. Eran de un verde aceituna y se los había comprado a una gitana a cambio de un mantel robado a su madre. Se trataba de un mantel especial que una monja había mandado desde Australia. Encima, ladrona. Algún día tendría que pagar por todos esos pecados. Yo temblaba por las noches al pensar en la cantidad de mandamientos que estábamos incumpliendo, pero me afligía más por ella, que estaba faltando al peor de todos con los besos y las relaciones que mantenía con Romeo. Nunca hablaba de él, salvo una vez, para decir que su segundo nombre era Jack.
En aquellas semanas mi madre me decía que yo estaba pálida y me preguntaba por qué no comía y por qué hacía tantas gárgaras con agua salada. Eran formas de expiación dirigidas a Dios. Ya ni siquiera ver a Eily los martes me procuraba el placer de antes. Vivía atormentada. Solía recitar: «¿Es un puñal lo que veo ante mí?», y me acordaba de todas las personas raras que tenían visiones y sufrían delirios. Nosotras correríamos la misma suerte cruel. Ella se enfurecía. ¿La quería o no, caramba? Pues claro que la quería, me habría dejado matar por ella, pero me pedía que hiciera las dos cosas peores que existen: desobedecer a Dios y a mi propia madre. A menudo se enfadaba, me decía que ya encontraría a otra —normalmente Una, mi mayor rival— dispuesta a prestarse al jueguecito de la uva espina y a hacerle de factótum en su vida secreta. Pero luego cambiaba de parecer, y me esperaba en el camino cuando yo volvía de la escuela, y nos encaramábamos a la tapia que daba a sus campos y cogidas del brazo pergeñábamos la excusa del domingo siguiente. Un día se planteó ponerse el vestido verde de georgette, y hasta yo, que carecía de toda moderación en lo tocante a vestimenta, pensé que llamaría la atención de una manera inapropiada, dado que era un vestido de fiesta y dado que Peter el Patrón decía que «parecía que iba desnuda». Le dije que la señora Bolan se olería el pastel. La señora Bolan era una de las muchas mujeres que siempre andaban patrullando y se presentaban en los cementerios o las canteras de pizarra para ver si había parejitas. Siempre decía que buscaba un pavo que se le había extraviado, o huevos de pavo, aunque ella ni criaba aves ni nada, y a resultas de sus calumnias una maestra sustituta tuvo que irse del pueblo, huyendo a escondidas de noche, sin tiempo siquiera para recoger los zapatos que había dejado en el taller del remendón. Sin embargo, Eily decía que nadie nos descubriría jamás, que el dios Cupido nos protegía, y mientras estaba con ella me lo creía.
Pocos días más tarde me llevé una sorpresa. Eily me esperaba escondida en el camino cuando yo volvía de la escuela. Se asomó por la tapia, dijo «Yujuuu» y volvió a desaparecer. Yo me subí. Ella no llevaba nada debajo del vestido porque hacía un calor abrasador. Caminamos un rato y luego nos tiramos encima de un almiar, el último del campo, porque la víspera se habían llevado los otros veintitrés. Se había quedado allí solo muy tontamente debido a un accidente: la yegua se había encabritado y soltado del carro y por poco estrangula al carretero, un pobre idiota en cuya barbilla había permanentemente un rastro de saliva. Me pidió que cerrara los ojos, abriera la mano y viera lo que Dios me daba. Hay momentos en la vida en que el placer supera lo que una puede tolerar, y quieras o no te adentras en un túnel de agitación y vértigo. Ocurre en las atracciones de feria, en los barcos vikingos y en los columpios voladores, ocurre quizá en las cataratas, se dice que a algunos les ocurre cuando se enamoran, pero a mí me ocurrió aquel día, echada sobre un montón de heno, al sol, con la brisa que se levantaba y las nubes igual que veleros en el cielo rumbo a un puerto lejano. Había cerrado los ojos, y entonces sentí el contacto frío del objeto en la palma de mi mano, encajando a la perfección, y mis dedos se cerraron para sujetarlo mejor y adivinar qué era. No me atreví a decirlo, por si me equivocaba. Sin duda era un frasquito, con tapón de rosca y una etiqueta en uno de los lados, pero era demasiado pedir que se tratase de mi perfume favorito, el que se llamaba «Travesura». Eily me pedía que lo adivinara. Temí fuese una botellita vacía, pese a que un regalo así no me habría desagradado del todo, dado que siempre quedaba un resto del aroma; o que se tratara de un perfume más barato, uno menos enigmático con nombre de clavel o amapola, un perfume que no me provocase estremecimientos de alegría en la garganta y el pecho, hasta llegar al mismísimo corazón. Al final abrí los ojos y ahí estaba, mi tesoro más preciado, una botellita azul oscura con la etiqueta plateada y un taponcito de goma, y dentro, la valiosa sustancia. Desenrosqué el tapón, levanté el pequeño protector de goma y una gota del valioso líquido cayó en la yema de mi dedo y acto seguido se trasladó a un punto concreto del hueco detrás de la oreja izquierda. Ella hizo exactamente lo mismo y nos dimos un beso y aspiramos el exultante aroma. El perfume del heno se interponía, así que corrimos adonde no había heno y volvimos a besarnos. La sorpresa y nuestro mutismo revistieron aquel momento de un halo de misterio y santidad, y en un lugar recóndito de mi mente comprendí que estábamos involucradas en un asunto muy turbio, y que los días de diversión habían terminado.
Cuando las cosas iban bien, mi madre siempre decía que era todo demasiado bonito para ser verdad. El dicho se reveló profético el sábado siguiente, porque mientras ella me lavaba el pelo en la mesa de la cocina Eily llegó, se sentó a un extremo de la mesa y se puso a chasquear los dedos en mi dirección. Cuando la miré a través de la cortina de espuma vi que estaba al borde del llanto y llena de churretes. Mi madre casi me abrasa, porque al saludar a Eily se había olvidado de añadir el agua fría a la palangana del agua hirviendo, y me puse a dar gritos y saltos por toda la cocina nombrando los fuegos del infierno y el purgatorio. Luego, Eily y yo rodeamos la casa y nos sentamos en el peldaño de la puerta principal, donde me contó que todo se había ido al garete. Había ido a encontrarse con él, como era su costumbre, debajo del puente, donde él pescaba los viernes, pero le pidió que se fuera. Ella se negó, de modo que él avanzó río abajo y, cuando ella lo siguió, vadeó las aguas. Seguía pidiéndole que se largara, que se largara. Eily se había sentado en el banquito de ordeñar que antes había ocupado Romeo, y entonces él cometió la temeridad de lanzar la caña en su dirección y casi le arranca un ojo con el anzuelo. Eily se echó a llorar y yo me puse a trenzarle el pelo para consolarla. Juró que se tiraría al río antes de que anocheciera, y enseguida añadió que era una pelea de enamorados sin importancia, luego, que él no podía negarse a verla, y al final anunció que tenía el corazón roto en mil pedazos, hecho papilla. Yo llevaba el frasquito de perfume en el bolsillo y lo levanté hacia la luz para mostrarle lo ahorrativa que estaba siendo, pero a ella solo le interesaba dar con la manera de recuperarlo, o si no, de quitarse la vida. Además del ahogamiento se planteó la posibilidad de ahorcarse, de beber lejía o tomar la estricnina que su padre usaba para los zorros.
Su padre era un hombre muy huraño que nunca hablaba con su familia salvo para pedir la comida y ordenar a las niñas que se centraran en los libros. Él nunca había ido al colegio pero era muy perspicaz con la compra y venta de vacas y ovejas, algo que atribuía al hecho de haberse codeado con eruditos. Era un hombre mayor con un carácter de mil demonios, y una vez en una feria le rasgó la ropa a un subastador que intentó timarlo con el precio de una lámpara votiva.
Mi madre vino a sentarse con nosotras, lo que me alarmó porque mi madre jamás se concedía tiempo para sentarse, ni dentro de la casa, ni fuera. Empezó a hablar con Eily sobre punto, acerca de una lana nueva que imitaba el tweed, le explicó que quería comprar unos cuantos ovillos y le preguntó si estaría dispuesta a echarle una mano con una rebeca tres cuartos. Eily había tejido muchas cosas para nosotras, incluido el vestido que llevaba puesto yo, uno color salmón con los bordes festoneados y decorados con un remate de angora blanca. En ese preciso instante, mientras la angora me hacía cosquillas en la cara, mi madre le dijo a Eily que una vez fue a ver a una pitonisa y se quitó la alianza para engañarla, y que cuando la vidente quiso saber si estaba casada y ella respondió que no, le preguntó: «¿Cómo es que tienes cuatro hijos, entonces?». Mi madre añadió que aquellas mujeres eran extraordinarias, con su sangre gitana y sus poderes de clarividencia. Adiviné de inmediato lo que Eily estaba pensando. ¿No podríamos dar con una pitonisa o una bruja que le predijera el futuro?
A treinta kilómetros había una bruja bastante conocida que regentaba una taberna, pero solo aceptaba a quien le apetecía. Cuando mi madre corrió a ver si era un zorro el que había provocado una gran agitación en el gallinero, le dije a Eily que antes de ir a visitar a una bruja debíamos recurrir a otras cosas, como las novenas, poner una tarta nupcial debajo de la almohada o recoger botellas de rocío de buena mañana y colocarlas en cierta fortaleza para pedir un deseo. Además, ¿cómo íbamos a llegar a un pueblo que estaba a treinta kilómetros? Andando, o en bici, pues ninguna de las dos teníamos coche. Pese a todo, el domingo siguiente nos echamos a la carretera con un termo de té, un pequeño juego de reparación de neumáticos y ocho chelines, todo el dinero que logramos reunir.
No llevábamos mucho camino hecho cuando Eily se quejó de que se notaba débil, y de pronto la bici empezó a tambalearse por la carretera y al intentar aminorar cayó de cabeza en un terraplén. Sus frenos eran inexistentes, igual que los míos. Eran bicis prestadas. Tuve que recurrir al mismo método para desmontar, y cuando un motociclista pasó y nos vio a las dos con la rueda delantera encajada en el terraplén y el manillar torcido nos gritó que éramos un par de chifladas y un peligro público.
Le di un sorbo de té y la obligué a comerse uno de los huevos que habíamos sisado en varios nidos, que llevábamos a modo de soborno para la bruja. Además de los huevos teníamos una lonchita de beicon casero curado. Lo cascó contra el manillar, y después de que yo insistiera mucho, se lo tragó de una vez, diciendo que sabía peor que el aceite de ricino. Como era domingo, rememoró otros domingos, los lugares donde había estado en ese preciso instante, y rezó a san Antonio para que le devolviera a su amor. Habíamos oído que ahora Romeo pasaba casi todos los fines de semana en Limerick, y se rumoreaba que salía con la hija de uno que ahumaba panceta y que estaban a punto de prometerse.
La mujer que abrió la puerta de servicio de la taberna dijo que la bruja ya no vivía allí. Estaba muy irritada y tenía las cejas juntas, que eran, igual que su cabello, de un gris amarillento. Nos pidió que nos fuéramos inmediatamente y nos recriminó que la molestáramos en su descanso dominical. Nos cerró en las narices. Le dije a Eily: «Es ella». Y justo cuando estábamos armándonos de valor para volver a llamar, la anciana abrió y nos preguntó en nombre de Jacob quién nos mandaba. Respondí que veníamos de muy lejos, que habíamos recorrido kilómetros y kilómetros, le enseñé los huevos y el beicon con su capa de salazón, y ella repuso que estaba atareadísima, porque era su cumpleaños y venían sus hijos y primos a cenar. Abrió y cerró varias veces, mientras nosotras nos manteníamos firmes en todo momento, hasta que por fin nos hizo pasar, aunque para vaticinar mi futuro, no el de Eily. La cocina era minúscula y sofocante, y tanto el suelo como la mesita coja estaban revestidos del mismo linóleo. Había un pequeño sillón de madera para ella, un banco para las visitas y una estufa que humeaba. Encima se enfriaban dos tartas de ruibarbo, única señal, junto con una tarjeta de felicitación, de una celebración de cumpleaños. Un hombrecillo, su marido, se excusó e hizo mutis por otra puerta. Le supliqué que se ocupara de Eily y no de mí; ella vaciló, incluso salió al jardín a tirar las hojas de té, y dijo que tal vez accedería, pero que éramos unas pesadas. A mí me mandó con su marido a la diminuta despensa, y casi me asfixié con el humo de la pipa. También olía mucho a harina, y el único mobiliario era una máquina de coser con una prenda a medio hacer, un vestido suelto atrapado bajo la aguja. El hombre me dijo en susurros que los Mau Mau iban a invadir el país y que san Columba saldría de su sepultura para que Irlanda volviera a ser la isla de los santos y los eruditos. Yo estaba convencida de que iba a ahogarme. Pero mereció la pena. Eily estaba exultante. Las cosas no podrían haber salido mejor. La bruja no solo había adivinado su inicial, la jota, sino que la había visto dos veces en un mejunje que había hecho con la clara de uno de los huevos y unas gachas. Sí, las cosas estaban mal, muy mal, y había habido unos malentendidos lamentables, pero todo cambiaría, e inclinándose sobre la mesa le dijo a Eily: «Ten por seguro que acabarás tus días con él».
El trayecto de vuelta fue pura felicidad, flechadas cuesta abajo, mandando al infierno la seguridad, al infierno los frenos, saludando a los desconocidos, admirando las casitas, las cuadras, las cisternas de leche y los chuchos quejumbrosos, y pasando sin pestañear por delante de la casa encantada. A decir verdad, nos habría gustado ver una aparición en un día tan feliz. Cuando llegamos al cruce que daba a nuestro pueblo, Eily tuvo el fuerte presentimiento, como yo, de que él estaría esperándonos, contrito, con el cilicio, de rodillas. Pero no fue así. Nos cruzamos con la pandilla habitual de chicos que jugaban a las chapas. Un par de los más pequeños intentaron cerrarnos el paso colocándose delante de las bicis y Eily se puso muy colorada. Aquel verano era la niña bonita de todos y lucía un vestido distinto cada día de la semana. La llamaban «figurín». Nos despedimos y supimos que daba igual que no estuviera allí, porque Eily y Romeo no tardarían en estar juntos para siempre. Mi amiga decidió armarse de paciencia, mostrarse un poco arrogante y no ir detrás de él.
Tres semanas más tarde, un sábado por la noche, mi madre acababa de sumergir los pies en una mezcla de agua caliente y bicarbonato cuando oímos un golpecito en la ventana de la trascocina. Nos sobresaltamos. Rondaba por el pueblo un chiflado que se había instalado en una depresión de la ciénaga, y estábamos seguras de que sería él. «Avisa a tu padre», me ordenó ella. Mi padre se había metido en la cama indignado porque mi madre le había puesto un huevo duro para cenar, en vez de uno frito. Como no quería dejarla sola y sin vigilancia, llamé a mi padre a gritos en el mismo momento en que se produjo un segundo asalto al cristal. Oí las palabras:
«Señor, señor».
Era el padre de Eily, porque nadie más llamaba «señor» al mío. Cuando le abrimos la puerta lo primero que vi fue la hoz que llevaba en la mano, y luego su pelo, tieso y revuelto. «Lo voy a colgar, arrastrar y descuartizar», dijo, y mi madre respondió: «Pase, señor Hogan», sin saber aún a quién le auguraba un destino tan gráfico. Nos contó que había sorprendido a su hija en el calero con el empleado del banco, en una postura satánica, con la barriga al aire.
Mi primer pensamiento fue de alegría por el reencuentro, y luego me molesté porque Eily no me hubiera contado nada y hubiera sido capaz de quedar con él de noche en aquel horno de cal en desuso que apestaba ahumedad. Mucho mejor el bosque, pensé, con el cuco, y yo ejerciendo cierta vigilancia, aunque siempre me quedara pegada al tronco de un árbol.
El hombre explicó que necesitaba que le prestáramos una linterna para perseguirlos, dado que habían huido cada uno en una dirección, y no sabía a cuál de los dos matar primero. Mi padre, que había recobrado el buen humor gracias a la repentina e inesperada visita, respondió que esperara un segundo, y lo invitó a entrar para pensar un plan de acción. El señor Hogan dejó la gorra en el escalón, un gesto que hacía siempre, y mi madre le rogó que la metiera en casa, porque el cachorro nuevo se comía cualquier prenda que se le ponía a tiro. Aquella misma mañana mi madre se había asomado al campo y había confundido con nieve las trizas de toda la ropa blanca que había tendido la víspera. Él se negó a entrar con la gorra, lo que para mí supuso una perfecta demostración de lo cabezota que era y de lo incómoda que sería la situación. Mi padre le ordenó a mi madre que preparase té, y pese a las formas aún un tanto bruscas vi que se había creado entre ambos cierto entendimiento, porque se avecinaba la peor de las tragedias. Mi madre parecía la más afectada; preparó un té pésimo, cortó el pan en rústicos mendrugos y no hacía nada a derechas, como si hubiera sido ella la sorprendida en plena bajeza. Cuando los hombres salieron a iniciar la partida de búsqueda, me arrodillé para rezar con ella, pero me costaba pronunciar las oraciones porque no podía dejar de pensar en la somanta que me llevaría por estar metida en aquello. Ella me interrogó: ¿sabía algo? ¿Se habían visto ya otras veces? ¿Por qué se confeccionaba ropa tan estilosa, sobre todo aquella falda con rajas?
Respondí a todo con negativas. Unas negativas tan apresuradas que, de no haber estado mi madre tan ocupada cavilando y haciendo conjeturas, estoy convencida de que habría sospechado. Allí arrodillada vi a nuestros padres repasando cada uno de nuestros movimientos, extrayendo datos de aquí y de allá, de los supuestos primos, de la mujer que nos prometió las uvas espinas y de la señora Bolan. Yo sabía que no teníamos escapatoria. ¡Eily! Había perdido lo más valioso que tenía, su joya. El interior de una mujer era como un pequeño reloj, y cuando desaparecía la joya o joyas el exterior no era más que una pantomima. La vi morir en el frío calero y luego en una habitación de hospital, y después tumbada en un quirófano, igual que cuando me operaban a mí. Se había unido a la pequeña hermandad de mujeres escandalosas que habían concebido hijos sin procurarse primero un padre y que condenaban su cuerpo y su alma. De haberse congregado no formarían un grupo de más de siete u ocho, y podrían haber dedicado un quejido profano a su creador y sus seductores furtivos. Lo único que me resultaba insoportable era imaginarla con la tripa hinchada y que saliera de ella un bebé balbuciendo. Si hubiera podido verla le habría propuesto que nos escapáramos con los gitanos.
Pobre Eily, desde entonces la encerraron bajo llave y solo la dejaban salir para ir a misa, pero tan tapada por una mantilla que ni siquiera podía hacerme una señal con los labios. Nunca la vi tan guapa como aquellos domingos en la capilla, con el pelo y el rostro velados, los ojos asomando como tragedias consumadas. Una vez me senté justo delante de ella y, cuando nos pusimos de pie para la primera lectura del evangelio y me volví a mirarla, mi madre me asestó tal codazo en las costillas que me doblé en dos.
A la semana siguiente llegó una misión, y un extraño cura con un acento precioso y una gran capacidad retórica pronunció los sermones de las tardes. Era mejor que una obra de teatro: la capilla en un silencio total, filas de velas como escalinatas móviles, todas encendidas, más flores en el altar, la mezcla de olores, la mantelería blanca y el templo tan abarrotado que los más pequeños teníamos que sentarnos en la escalera del altar y lo veíamos todo mejor, incluida la nuez del sacerdote que bajaba y subía. Siempre divisaba a Eily, atrapada entre su madre y alguna otra anciana, pálida e imperturbable, y me convencía de que estaba a punto de morir. El día en que el sermón versó sobre el sexto mandamiento, a los jóvenes nos mandaron fuera hasta el momento de la bendición. Pasamos el rato paseando entre los bancos, mirando las ristras de rosarios, tan deslumbrantes como collares, todos colgados juntos y ondeando con la brisa, de todos los colores y de piedras distintas, y por supuesto los vistosos escapularios, y las medallitas y crucifijos preciosos, tan grandes que no cabían en una mano, algunos hasta con una pequeña reliquia dentro de un hueco, y los bonitos libros de oraciones y misales, algunos con bordes dorados y funditas de filigrana.
Cuando entramos en tropel para la bendición, Eily me pasó a escondidas una estampita. Decía: «Que me recuerdes es lo único que te pido, pero si recordarme no puedes, de ti me despido». Estaba reflexionando acerca del mensaje, conteniendo las lágrimas, cuando Eily empezó a tener arcadas y cuatro hombres se la llevaron en volandas. La levantaron igual que a un cadáver en una camilla. Le dije a mi madre que lo más probable era que mi amiga muriera y mi madre replicó que ojalá, que sería lo mejor. Mi madre ya lo sabía. La noche siguiente Eily vino a nuestra casa, a nuestro salón, y pese a que no me dejaron estar presente, pegué la oreja a la puerta y solo salía corriendo cuando oía un grito, o un golpe, o un porrazo. Le preguntaban por todos los detalles, y por el empleado del banco, y por sus tratos con él. Ella respondía que no, una y otra vez, y por momentos se mostraba insolente, o, como decían ellos, «engreída». Formulaban amablemente una pregunta y al minuto siguiente la asediaban, y justo después su padre juraba que la mandaría al manicomio, y de pronto la madre le recriminaba que no hubiera ordeñado en dos semanas.
Eran la terquedad personificada. ¿Cómo iba a ordeñar si la tenían encerrada en el cuartito anejo a la cocina donde almacenaban la avena, infestado de ratones? Yo sabía de buena tinta que le daban de comer —un mendrugo y una taza de té flojo— dos veces al día, y que ella no podía hacer nada más que llorar, y pensar, y sentarse encima de la avena y hundir los dedos en el cereal, y que seguramente debía hacer ruido continuamente para espantar a los ratones. Durante el interrogatorio mi madre fue la más sensata, pero también la más meticulosa. Le preguntaba cosas como: «¿Dónde os citabais? ¿Cuánto rato pasabais juntos? ¿Había alguien más con vosotros?». Eily negaba haberse citado con él y tuvo la presencia de ánimo de responder: «¿Por quién me toma, señora Brady, por una fresca?», lo que debió de valerle un correazo de su padre, porque oí a mi madre decir que no era necesario recurrir a la violencia. Poco me faltó para desmayarme cuando por el cristal de la puerta de la entrada vi una sombra, luego unos nudillos y la aparición de un hábito marrón, como el del misionero.
Se entrevistó a solas con Eily mientras los demás aguardábamos en la cocina, los hombres sorbiendo té, mi madre partiendo un pomelo para ofrecérselo al cura. Era un poco raro ofrecerle fruta de noche, pero estaba acostumbrada a recibir clérigos solo a la hora del desayuno, cada cinco o diez años, cuando alguno venía a dar una misa dentro de casa para volver a bendecirla y acabar con las obras del demonio. Antes de marcharse, el cura nos estrechó la mano a todos y a mí me acarició el pelo, y al ver su cara cetrina y sus gafas sin montura, mientras me embebía de las palabras que pronunciaba con su bonita voz, pensé que si yo estuviera en la piel de Eily lo preferiría a él antes que al empleado del banco, y que sería capaz de cualquier cosa con tal de disfrutar de su compañía.
Dispuse de un segundo con Eily mientras los demás salían atropelladamente a abrirle la cancela al cura y despedirlo. Me pidió por lo que más quisiera que no la traicionara. Luego mi madre se la llevó arriba, y cuando reaparecieron Eily llevaba uno de los chubasqueros maternos, un sombrero de la señora Miniver y unas gafas de sol viejas. Era una especie de disfraz, porque iban a emprender un viaje. El padre de Eily quería ponerle un cabestro, pero mi madre objetó que ya no estábamos en la Edad Media. A mí me encomendaron fregar las tazas y los platillos, vaciar el cenicero y ahuecar los cojines otra vez, pero en cuanto se fueron me sentí incapaz de moverme por el dolor insoportable que me atenazaba el estómago y los riñones, y me convencí de que yo también iba a tener un bebé, y de que si me movía o separaba las piernas expulsaría algo terrible.
A la mañana siguiente el padre de Eily fue al banco y rompió dos cristales, lanzó por los aires un puñado de monedas, atacó al director e intentó aserrar cierta parte de la anatomía del empleado. Los dos clientes que estaban allí —el carnicero y el enterrador— tuvieron que intervenir, y la cajera, que en ese momento se encontraba en el guardarropa, consiguió alcanzar el teléfono y llamar al cuartel. Cuando entró en escena el sargento, ya habían reducido al padre de Eily, que tenía las manos atadas con una comba, pero seguía intentando dar puntapiés al canalla que le había buscado la ruina a su hija. El sargento fue enseguida al meollo de la cuestión. Se acordó que Jack, que así se llamaba el culpable, iría a casa de los Hogan esa misma tarde. Aunque la cita estaba marcada por el infortunio, mi madre, al enterarse, propuso preparar una cena fría.
Fue una jornada ardua. Hubo que sacar la avena del cuartito a paladas, tarea que recayó en las mujeres, dado que mi padre estaba ocupado haciendo visitas al abogado y al cura, y el padre de Eily se había quedado en el pueblo jactándose de lo que le habría hecho a ese sinvergüenza si no llega a intervenir el sargento.
Eily era el silencio personificado. Ni siquiera me sonrió cuando llevé a su casa la cesta con víveres que su madre me había encargado. La madre aludía sin parar al hecho de que ahora ya no podrían comprar ladrillos y cemento para la casa nueva. Su marido y ella llevaban años ahorrando y escatimando con intención de construirse otra, dos parcelas más cerca de la carretera. Sería idéntica a la casa donde vivían, es decir, una vivienda de cemento de dos plantas, pero con aseo, y un vestíbulo diminuto a la entrada para que, como ella decía, si venía alguien pudieran estudiarlo bien allí, en vez de darle la bienvenida directamente en la cocina. Era una mujer chapada a la antigua, y seguramente porque vivía en el campo no tenía amigos ni había entrado nunca en casa de nadie. Siempre se lavaba al aire libre con el barril de agua de lluvia y trataba de usted a su marido. Al sacar los comestibles dijo que era un derroche que se los comiera él, y el único capricho que se permitió fue olerlo todo, sobre todo el paquete de galletas de vainilla y frambuesa. Había también mermelada de grosella negra, un brazo de gitano, una lata de arenques en tomate, una hogaza y una lata grande de macedonia de frutas.
Eily blanqueaba una y otra vez sus zapatos de ante. Tan pronto como los sacaba a la ventana, volvía a cogerlos y le aplicaba otra capa de blanqueador. Las mujeres estaban en la sala metiendo la avena en sacos. No tenían gran cosa que decir. Mi madre solía reírse porque cuando se encontraba con la señora Hogan, esta solía preguntarle: «¿Hay notisias?», dirigiéndole una mirada desquiciada, abriendo la boca y mostrando los huecos que tenía entre las palas, y sin embargo las «notisias» habían acabado por llegar a su propia casa, y aunque el asunto debía de tenerla preocupadísima parecía más contrariada que avergonzada, como si se hubiera producido una molestia en lugar de una desgracia. Pero a partir de ese día dejó de llamar a Eily por su apelativo, que era Babbie.
Le dije a Eily que si le apetecía podíamos hacer caramelos de dulce de leche, una actividad que siempre la ponía de buen humor. Ella se hizo la sorda. A su madre también le había retirado la palabra, y cuando alguien le hacía una pregunta enseñaba los dientes igual que los perros. Incluso pretendió que uno de los perros, Spot, me mordiera, y me lo acercó estirándole de la oreja, pero el animal se interesó más por una cabeza de cordero que yo traía del pueblo. Fue una jornada ardua, entre sacar la avena en bidones y cubos, rellenar sacos, colocar una mesa y los cajones con el té, encontrar manteles apropiados, poner bien la mesa, quitar todas las telarañas de los rincones, barrer el hollín que caía de la chimenea e incluso colgar una cortinita. Eily debía coserle el dobladillo, y cuando se sentó en la puerta trasera y distinguí su expresión me pareció muy pertinaz, sin atisbo de la docilidad de antes. Mi madre aportó un pollo asado, pepinillos y remolachas recién cocidas. Las peló con las manos cuando todavía estaban calientes, y dijo: «Ay, tú te lo has buscado», pero Eily no dio muestra de haberla oído. Se limitó a lavarse la cara en la tina de aluminio, se cepilló el pelo hacia atrás con brío, se puso los zapatos recién blanqueados y se giró para comprobar que las costuras de las medias estuvieran rectas. Su padre volvió a casa borracho y parecía más joven mientras trotaba por los campos con los calcetines color avena, pues había perdido los zapatos. Cuando vio el saloncito que hasta entonces había sido el almacén para la avena, se sobresaltó y, quitándose el sombrero, preguntó: «¿Es esta mi propia casa, señor?». Mi padre llegó cargado de importantes noticias que ampliaría más tarde, como no dejaba de repetir. Aguardamos sentados en corro alrededor del fuego, y los pocos comentarios, comentarios sin interés alguno, los hacían los hombres. Hablaban de un animal que había tenido lombrices.
Los perros fueron los primeros en avisarnos. Nos pusimos todos en pie de un salto y miramos por la ventana. El empleado del banco llegaba a pie, y mi madre señaló sus andares, clavaditos a los de un vagabundo. Eily corrió a mirarse en el espejo que colgaba de la cornisa de la ventana. Por algún extraordinario motivo mi padre salió a recibirlo y sacó un paquete de cigarrillos. Los dos entraron fumando y fueron directamente a la salita, que quedaba a la izquierda nada más entrar. No había ninguna bebida para ofrecerle porque las mujeres habían decidido que el alcohol desmandaría a los hombres. El padre de Eily no paraba de alabar las bondades de la estancia, y levantó un retal de cretona para asegurarse de que lo que había debajo era una caja de té y no una pieza de valiosa caoba. Mi padre dijo: «Bueno, señor Jacksie, le corresponde cumplir con su deber y hacer de ella una mujer decente». Eily estaba de pie junto a la ventana, mirando la creciente oscuridad. El empleado del banco dijo: «¿Y eso por qué?», y soltó un silbido que yo ya le había oído. No parecía intimidado. Yo temía que sintiera el impulso de abalanzarse sobre Eily y toquetearla. El padre nos avergonzó a todos al decir que su hija llevaba un lechón en la barriga, a lo que el otro replicó que como tantas otras chavalas, lo que le valió un bofetón y la orden de sentarse y comportarse como estaba mandado.
A partir de ese momento debió de darse cuenta de que no tenía escapatoria. En las demás ocasiones lo había visto con una chaqueta color caqui y sus bombachos cortos; aquella noche, en cambio, llevaba un traje marrón que le confería cierto aire de formalidad y monotonía. No se dirigió ni una vez a Eily, ni la miró siquiera, y ella se había sentado en un taburete bajo, miraba por la ventana y mordisqueaba el medallón que le colgaba del cuello. Mi padre dijo que ya estaba bien de hacerse el tonto y que ahora solo podía apechugar y casarse con ella. El empleado del banco puso tres objeciones: la primera, que no tenía casa; la segunda, que no tenía dinero, y la tercera, que ni se planteaba casarse. Durante la cena, la madre de Eily se negó a sentarse y se quedó en la cocina montando guardia frente a la lata grande de macedonia y dándole toquecitos con el viejo abrelatas de hierro. Hablaba sola sobre «esa gente» de al lado y de la lamentable situación a la que habían llegado. Como de costumbre, mi madre solo se comió la rabadilla y sirvió a los hombres las pechugas del pollo. La conversación cambiaba cada dos por tres, lo trataban con consideración al recordar su estatus de empleado del banco, luego le preguntaban qué se cultivaba en su zona del país y a continuación hablaban de él como si no estuviera presente y decían: «Al niño le gusta la carne, ¿eh?». Le informaron de que se casaría con ella el miércoles de la semana siguiente, que el banco le concedería un traslado y que se afincaría con su nueva esposa en un pueblecito del interior. Él se limitó a encogerse de hombros y yo pensé que al día siguiente se quitaría de en medio; pero lo que él no sabía era que todo el mundo estaba alerta, y cuando en efecto trató de largarse al amanecer, tres tipos muy fornidos le salieron al paso y se lo llevaron a dar un paseo por la montaña en su camión. Estuvo malo una semana, y se cuenta que tenía los ojos hinchados como una pompa de chicle. Se le quedó un boquete permanente en la parte baja de la mejilla, como si le hubieran arrancado un pedazo de piel.
En cualquier caso, debatieron los aspectos prácticos de la boda mientras se tomaban la macedonia, que se sirvió en los platitos de cristal tornasolado, y me acordé de todas las operaciones que Nuala me había practicado, y que tanto Eily como yo, de haber podido, nos habríamos ahorrado con mucho gusto. Yo no quería que la obligaran a casarse con él, y poco me faltó para que se me escapara. Pero los planes seguían adelante, le decían que costaría diez libras, que la ceremonia se celebraría en la sacristía de la iglesia católica, dado que él era protestante, y que no habría otros invitados que los allí presentes, más la antigua maestra de Eily, la señorita Melody. Ni siquiera se lo comunicarían a Nuala, la hermana de la novia, hasta pasado el acontecimiento. No dejaban de preguntarle si estaba todo claro, y él respondía sin cesar: «Sí, sí», como si se tratara simplemente de decidir si quería repetir macedonia. Las guindas estaban contadas y por algún motivo tenían un leve tono malva. A mí me tocó una y mi madre me dio la suya. Eily comía pero sin ganas, como si estuviera ausente. Hacia el final mi padre cantó «Master Mc-Grath», una canción sobre un galgo, y el señor Hogan contó la historia de miedo sobre el señor de librea decapitado que se aparecía en un cruce cuando él era niño.
Al cruzar el campo le ordenaron a Eily caminar por delante con su pretendiente, probablemente para que pudieran hablar del ajuar o de algún otro asunto pendiente. Yo nunca había visto tantas estrellas, ni tan brillantes, y la luna emitía un fulgor tan blanco como si acabara de amanecer y el mundo estuviera cubierto de un velo de escarcha. Eily y él avanzaron en completo silencio. Por fin ella lo miró y le dijo algo, pero lo único que hizo él fue apartarse, creando entre ellos tal distancia que podía haber pasado un carro o un coche. Ella se desvió un poco a la derecha para volver a arrimarse, pero él se apartó aún más, de modo que al final Eily caminaba por el borde del sendero y él por los setos e iba golpeando los arbustos con un palo que había recogido del suelo. Nosotros los seguíamos, los adultos discutiendo si llovería o no al día siguiente, aunque sin duda se preguntaban lo que Eily había intentado decirle al muchacho.
Se vieron dos veces más antes de la boda, una en el salón del hotel, donde el abogado itinerante preparó los papeles que garantizaban a Eily una dote de doscientas libras, y en otra ocasión en la ciudad, donde los mandaron a una joyería para que él comprara la alianza. Era la misma ciudad donde él había estado viéndose con la hija del que ahumaba panceta. Eily contó que en la joyería le expresó su deseo de verla muerta. En el convite de boda solo hubo suspiros y llantos, y la maestra, como era su costumbre, se plantó delante del fuego y haciendo caso omiso de la variopinta compañía se levantó el vestido por detrás para calentarse mejor las nalgas. En su discurso, mi padre dijo que solo tenían que poner al mal tiempo buena cara. Eily gimoteaba, su madre lloraba a moco tendido y exclamaba: «Ay, mi Babbie, mi Babbie», mientras el novio decía: «Gato escaldado, del agua fría huye». La recepción se celebró en su nueva vivienda, y a mi madre le pareció muy feo que la casera se hubiera autoinvitado. También dijo que el ajuar de cocina daba pena: dos tenedores, dos cuchillos, dos cucharas, una caldera vieja, una sartén, un hornillo, y, según sus propias palabras, ni un bonito recipiente de esmalte para el pan, sino una caja de galletas oxidada. Cuando se despedían, Eily intentó colarse en la parte de atrás del coche, más de una vez, igual que un animalillo que tratara de meterse en su madriguera.
En el trayecto de vuelta mi madre me dejó pintarme los labios con su barra y me felicitó sin motivo por ser una niña tan buena, tan pura, y me sentí peor que nunca por el protagonismo que yo había tenido en el idilio de Eily. Lo único que mi madre comió en la boda fue una gelatina hecha con leche. Intentamos hacerla el domingo siguiente, una gelatina de frambuesa con la misma cantidad de leche que de agua, y luego batida. Era como una bonita lengua rosa, salpicada de saliva, y con una textura resbaladiza. A mí no me habían descubierto, no había recibido castigo alguno, y la vida volvía a la normalidad. Hacía gárgaras con agua salada, los domingos anhelaba unas visitas que nunca llegaban y los lunes por la mañana renovaba el forro de todos mis libros para que la maestra me felicitara. Desde el escándalo, nos impuso que volviéramos a casa de dos en dos, que habláramos en gaélico y que no caminásemos con andares provocativos.
Ella, sin embargo, seguía plantándose delante de la chimenea y, tras levantarse el vestido, se acariciaba. Cuando se enfurecía nos lanzaba tizas y otros utensilios de clase, y nos soltaba barbaridades.
Fue un año magnífico para las lilas, y los alféizares estaban rebosantes, primero de ramos inmensos y húmedos, con sus bonitas hojas verdes y frescas, y luego con arreglos marchitos, y después con las semillas amontonadas por todo el alféizar y el morado mucho más triste y mucho más doloroso que cuando las habían cortado.
Si soñaba despierta, cosa que ocurría a menudo, todo giraba en torno a Eily. ¿Tendría una amiga, la querría su marido, echaría de menos su casa? Y sobre todo, ¿estaría hinchándosele todo el cuerpo? Escribía a su madre cada dos semanas. Ella solía venir con el delantal puesto y la carta guardada en uno de los bolsillos, se sentaba en el escalón de la puerta de atrás y vacilaba antes de leerla. Nunca entraba, porque le daba vergüenza; se quedaba allí sentada mientras mi madre le preparaba una taza de cordial de frambuesa. Todas éramos muy golosas. En las cartas no se contaba casi nada, solo anécdotas como que la chimenea había echado a arder, o que un pastorcillo se había encontrado una moneda antigua en un campo, o Eily pedía a su madre que le buscase algunas prendas en un baúl y se las mandara, porque no tenía nada que ponerse. «Mucho estilo es lo que tiene…», comentaba entonces su madre con amargura, y luego aconsejaba que lo mejor era cortarme el pelo y no dejarme salir con los bucles, porque «el hábito hace al monje». De vez en cuando derramaba alguna lágrima y luego echaba a los pajarillos las migajas de la galleta que mi madre le había dado.
Le encantaban los pájaros y en su jardín les fabricaba en secreto comederos pequeñitos y, por si fuera poco, les colgaba retales de telas de colores y hasta algún espejito para que se entretuvieran. Mi madre había cosido una colcha para Eily; creo que fue el único regalo de bodas que recibió. La empaquetaron juntas. Era una colcha roja de franela con el forro blanco y rematada con punto de crucetilla. Nada que ver con la colcha grande y suave que una vez estuvo expuesta en el escaparate de la pañería, de un satén color rosa sobre el que cualquier cuerpo se habría hundido para luego levitar. Un día su madre me miró a los ojos y preguntó: «¿Ha vuelto a tener lombrices?». Yo había tenido una solitaria inmensa que fue la comidilla del pueblo durante una semana entera, cuando el escándalo de la boda ya se había aplacado. Luego me regaló media corona. Era una especie de agradecimiento por mi amistad con Eily. Cuando nació el niño, la familia recibió un telegrama. Le pusieron Jack, igual que a su padre, y pensé que la bruja había dado en el clavo al ver la jota dos veces, y en lo equivocadas que habíamos estado nosotras al tomárnoslo como una buena noticia.
Eily empezó a hacer cosas raras, a hablar sola, y luego su precioso pelo comenzó a caérsele a mechones. Yo oía a su madre contarle estas cosas a la mía. Las noticias llegaban con cuentagotas, primero por una familia que había ido allí a alquilar unos pastizales y luego por una enfermera que tuvo que recetarle pastillas y brebajes. Las cartas de Eily no tenían pies ni cabeza y preguntaba por gente que ya había muerto o que ni siquiera conocía. Su madre tenía intención de ir un día en el autobús y pasar allí la noche, pero fue posponiéndolo hasta que su artritis empeoró y ya no pudo viajar.
Cuatro años más tarde, en Navidad, Eily, su marido y sus tres hijos vinieron de visita al pueblo; ella lo escudriñaba todo y le pedía a la gente que por favor dejara de mirarla, y luego se paseó por toda la casa buscando por debajo de las camas a un hombre que según ella estaba espiándola. Iba de marrón y llevaba también guantes largos marrones con forro de piel. Su marido estaba encantador, se había dejado el pelo largo, y durante el té no paró de apretar su rodilla contra la mía y de preguntarme qué prefería, si dulce o salado. El único momento de ligereza fue cuando los tres niños se metieron, vestidos y todo, en el comedero de los cerdos y empezaron a revolcarse. Eily se moría de risa mientras su madre los limpiaba a manguerazos. Luego tuvieron que dormir en el mueble cama, entre los costales de harina, las escobas y las baratijas, mientras les lavaban la ropa y la colocaban sobre un caballito de madera para que se secara junto al fuego. Se reían, pero les castañeteaban los dientes. Eily no se acordaba bien de mí y me preguntaba una y otra vez si era la hija mayor o la mediana. Más tarde nos enteramos de que habían ascendido a su marido y que ahora dirigía una tiendecita donde empleaba jovencitas.
Yo estaba embarazada e iba andando por una calle de ciudad con mi madre, en circunstancias no precisamente felices, cuando vimos a una criatura enloquecida venir hacia nosotras, hablando y discutiendo consigo misma. Tenía el pelo gris y encrespado, la ropa hecha harapos, y nos miró, nos escrutó, como si estuviera a punto de abalanzarse sobre nosotras, y entonces empezó a reírse de las dos, más bien despreciándonos, hasta que se alejó, con intención de atacar a otros. Mi madre dijo: «Creo que era Eily», pero me prohibió que me volviera. Seguimos andando, aterrorizadas, y nos escondimos en la entrada de una tienda para seguirla con la mirada sin que nos viera. Todo el mundo la evitaba, y para entonces estaba gritando algo y enseñando los puños, peleando por que alguien le hiciera caso. Me eché a temblar, y lo mismo hizo la criatura que llevaba dentro de mí, y por un momento quise retroceder y acercarme, pero mi madre me retuvo asegurándome que era peligrosa y que en mi estado no debía arriesgarme. No hizo falta mucho más para convencerme. Eily seguía avanzando y ahora varias personas se burlaban de ella y la seguían con la mirada mientras yo en cambio era incapaz de moverme, y reviví la felicidad de aquel día de verano, el frasquito de «Travesura» apretado de nuevo contra la palma de mi mano, y la vi ágil y guapa como era antes, y en medio de la calle un potente haz luminoso envolvió un montón de heno que revoloteaba por su cuenta.
Años más tarde fui a buscarla. Mi marido me esperó en el cruce y yo bajé la callejuela en pendiente con mi hijo, que estaba emocionado ante la idea de entrar en una tienda. Eily se encontraba detrás del mostrador, con la cabeza inclinada sobre una pila de facturas que ensartaba en un pincho. Levantó la vista y sonrió. La misma cara, pero mucho más tosca. De la permanente sobresalía un lápiz recién afilado. Se alegró mucho de verme y estiró la mano para darle a mi hijo un puñado de caramelos arcoíris.
Fue como si nos hubiéramos visto días antes. No me estrechó la mano, ni hizo aspavientos; simplemente dijo: «Hablando del rey de Roma…», porque esa misma mañana se había acordado de mí. Sus hijos la ayudaban, uno pesaba el azúcar, la niña vertía aceite de ricino en frasquitos sirviéndose de un embudo y el mayor estaba subido a una escalera arreglando un cable de una lámpara del techo. En cuanto Eily me presentó, el chico repitió mi nombre con descaro, pero ella lo mandó callar. A sus hijos no les hacía ningún caso porque ya estaban crecidos, pero con el mío se deshizo en atenciones y repetía que era un nene guapísimo. Lo pesó en la balanza grande para la harina y lo dejó meter la paleta en el trigo y hundir el brazo entero, haciéndolo gorjear.
La clientela entraba y salía y ella seguía hablando conmigo mientras despachaba. Era la dueña y señora del lugar y se lamentó de que su marido estuviera con la furgoneta repartiendo pedidos. Había dejado la banca al ver que el comercio daba más beneficios. Cada vez que abría la caja registradora guiñaba un ojo, para demostrarme que era una verdadera experta. En cuanto había una pausa yo pensaba en decir algo, pero las monerías de mi hijo monopolizaban la situación. Como estaba deseando agasajarme, rasgó el celofán de una caja de bombones de un kilo y me la puso delante, inclinada, apoyada sobre una lata o algo parecido. Eran tremendamente tentadores y cuando los rechacé Eily hizo alusión a la línea.
—Siempre has sido muy generosa —le dije, con el tono que habría empleado mi madre o algún pariente estirado.
—Anda, mujer —repuso ella, dándome una palmadita. Parecía el momento perfecto para sacar el tema, pero ¿cómo?
—¿Cómo estás? —le pregunté.
Dijo que de fábula, cumpliendo años, y que los niños eran un primor y que la próxima vez tenía que avisarla con antelación para poder charlar más tranquilamente. No le dije que mi marido estaba esperándome fuera, y que a esas alturas ya estaría mirando el reloj y farfullando y que tal vez se hubiera puesto a sacarle brillo o hacerle alguna carantoña al coche de época al que tanto cariño tenía. En cambio, hice otro comentario lamentable:
—¿Te acuerdas de los viejos tiempos, Eily?
—No mucho —contestó.
—De los días felices del pasado…
—Ahora es más de lo mismo —dijo.
—¿Malos?
—No, ajetreados —discrepó.
Mi primer pensamiento fue que debían de haberle matado los sentimientos a base de medicamentos; debían de haberle dado extraños brebajes que además de reprimir su locura le habían arrebatado la chispa.
Me dio un beso y me aplicó agua bendita en la frente, apretando mucho el dedo, como si yo fuera de plastilina. Nos despidieron con la mano, saludo que mi hijo no pudo devolverles por tener los brazos llenos de los muchos regalos que tanto Eily como sus hijos le habían hecho. Empezaba a chispear, y entre la lluvia, el agua bendita y el frondoso serbal rojo, cargado de vida, pensé que la nuestra era una tierra de vergüenza, una tierra asesina y una tierra de extrañas mujeres expiatorias.
Traducción: Regina López Muñoz
De: Objeto de amor (Lumen, 2018)
Ph / Edna O’Brien
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