Noches blancas / Adolf Rudnicki

I

Vivió y murió en la casa frente a la cual estoy parado. La tarja conmemorativa en la pared dice que pasó los últimos años de su vida aquí, y que fue esta casa la que vio el nacimiento de Los Hermanos Karamazov, uno de los mejores libros que se han escrito. La tarja ha desaparecido de la vista, la casa es solo una sombra vaga en la opaca luz. Es de noche. Ya no puedo ver la casa o la tarja, pero estuve aquí hace unas horas: ahora he regresado. La casa duerme, todas las ventanas alrededor están oscuras, las tiendas cerradas firmemente, hasta el mercado de enfrente duerme. Dos personas con una pequeña linterna curiosa están ocupadas con un camión. Yo estoy parado en la esquina de Kuzriitkaya y Dostoievski (durante su vida se llamaba Calle Yamskaya). Aquí fue donde vivió, donde frecuentemente se paró. He esperado este momento por mucho tiempo.

Pasó la mayor parte de su vida aquí en Leningrado. Como muchos otros, trató de describir esta ciudad, que le causó honda impresión, hasta que a su vez él dejó su impresión en la ciudad, cuya arquitectura le sorprendió por su falta de carácter e individualidad. El vio en ésto la influencia de toda clase de ideas insignificantes y de estilos, pero cuando escribió sobre una de estas calles la convirtió en algo único y etéreo.

Su descripción de San Petersburgo en Noches Blancas y en Humillados y ofendidos es inolvidable. Escribió sobre los callejones más pobres y más oscuros de algún lugar detrás del mercado, hoy llamado la Plaza de la Paz. La guerra, la revolución y el tiempo no los han robado, y hoy es muy fácil seguir todos los pasos de Raskolnikov. Para los lectores de Dostoievski, Leningrado ofrece emociones muy específicas, los envuelve en una especie de sueño que destruye el tiempo y la realidad.

Las casas permanecen iguales, aunque su esencia haya cambiado; no hay prostitutas ni tabernas apestosas, ni pobreza gritando al cielo. El grito de la pobreza ha desaparecido.
En tiempos de Dostoievski, el pequeño mercado de enfrente le daba carácter a todo el vecindario y lo hacía parecerse al mercado mayor. Fue hacia el final de su vida, cuando estaba bastante bien de posición, que vivió en la casa frente a la cual me encuentro parado. He visto muchas casas iguales en mi vida. Cuando me paré aquí por vez primera, hace unas horas, estaba viendo la calle Pawia antes de la última guerra, antes de que desapareciera entre las llamas. Gentío, fango, letreros de tiendas, casas, tranvías, los armenios a los que le compraba granadas. Pensaba todo el tiempo en la calle Pawia. Esta fue una de las mejores casas de Dostoievski. Antes había vivido en peores circunstancias, más abajo, nunca más arriba; nunca llegó a Nevsky, por ejemplo. Se mudaba muy frecuentemente y sus biógrafos han descubierto que le gustaban particularmente las casas de esquina. Nadie ha ofrecido una explicación; quizá, como todo hombre solitario, añoraba el bullicio de la vida, o estas casas lo atraían.

II

Es tarde. A lo largo de la calle me he cruzado con no más de cinco personas, parejas jóvenes. Hace unas horas, cuando estuve aquí por primera vez, entramos e hicimos un recorrido de todos los pisos. Una vieja y ancha escalera de piedra me trajo vagas asociaciones que no puedo situar. ¿El calor? ¿El olor? No lo sé. Hace ochenta años pudo haber sido una casa bastante buena, aunque hace ochenta años la gente era más exigente. Los comerciantes se hacían fabricar casas separadas, y solo la gente pobre vivía en casas de vecindad. La casa es de tres pisos, aquí dicen que cuatro: para ellos el piso de abajo es el primer piso. Hace unas horas estuve aquí con un compañero ruso, pero no me pudo decir en qué cuarto estaba la mesa del escritor, y de quién era la mesa que está ahí ahora. Debíamos haber llevado a alguien que supiera más de la vida de Dostoievski, pero por una razón u otra, nos fue imposible. Los guías estaban ocupados y nosotros estábamos apurados. «Vamos a pedirles que arreglen, que nos unamos a uno de los grupos con guías —propuse—, cualquiera que sea». «No es tan sencillo como cree, panie Rudnicki», me contestó B., que era un muchacho muy agradable, y los dos nos echamos a reír. Desde el piso más alto me puse a mirar el patio: paredes como las hojas desmoronadas de un libro; pilas de troncos ordenadas —todos los patios de Leningrado tienen pilas de madera— el camión del carnicero con el techo de hierro laminado, cargado de carne. Me sobresalté: vi todo esto como Dostoievski lo había visto. En Moscú, Loryn, un joven escritor, me llevó al museo de Dostoievski. Caminamos a través de la parte más pobre de Moscú, aparentemente igual que hace ciento cincuenta años, hasta la pequeña casa donde nació el escritor. Nos recibió una anciana cubierta con un pañuelo. El museo estaba cerrado ese día, y la anciana extendió las manos, desconsolada. Mientras meditaba en el corredor, lleno de carteles de películas basadas en las novelas de Dostoievski (los pequeños cuartos estaban cerrados), vi de pronto a aquellos viejos, vestidos curiosamente, que todavía merodean cerca de las sinagogas, que ya nadie visita. Cuando alguien se les acerca, los viejos lo observan con calma, preguntándose evidentemente si es un descreído, o por el contrario, alguien que «no ha perdido la fe, y no ha sido llevado por el mal camino». Los rusos han dejado al autor de El Idiota donde nació, no lo han mudado al centro de la ciudad, ni le han puesto su nombre a alguna calle importante, como han hecho con todos sus grandes escritores: Pushkin, Tolstoi, Chejov, Turgenev. Con todos menos con él.

III

Dentro de las cuatro paredes de esta casa se desarrolló uno de esos misterios que nos quitan el sueño. Esta acumulación de tiempo: esto es lo que me había sorprendido antes. La vejez de una casa de vecindad en un distrito pobre se torna más pobre a través de los años. La obra de Dostoievski es una casa de vecindad también. Una casa de vecindad que es también un palacio y una iglesia. El tiempo ha hecho de algo corriente una cosa extraña. Antes, y ahora también, al caminar por aquí, me sorprendió la pobreza de esta calle, una pobreza que es riqueza. Recuerdo que en Francia e Italia, frente a vetustos edificios, siempre tuve el mismo pensamiento: estas paredes lo han absorbido todo, las piedras se han impregnado de tanta experiencia humana, que un día alguien puede llegar y sacarles todo lo que contienen. Todo se puede exprimir de las piedras, porque lo contienen todo. Las piedras viejas lo contienen todo, pero esas millas de cuadras nuevas son jóvenes y verdes, nada se le puede exprimir. Todo está solo comenzando en estos nuevos bloques, de los cuales se sienten tan orgullosos los concejos municipales; todo está solo comenzando, empezando a amueblarse; sus habitaciones solo piensan en adquirir mercancías y bienes. La piel nos dirá todo acerca de un hombre, las piedras nos dirán todo acerca de un pueblo, acerca del tiempo. Estos enormes bloques nuevos, dondequiera que estén, no están maduros para palabras, pero en una calle como esta… Él le sacó todo lo que había que sacarle. Ahora solo mueren.

IV

Todo está vacío, quiere arrojar la piedra del tiempo y retroceder ochenta años, pero no lo consigue, por lo menos con esta calle. Estoy en otra noche, en otro pasado, veo una calle de Varsovia en la tenue luz del gas, oigo voces, siento el aliento de gente que conocí una vez y que ya no existe. Miles de casas similares se encuentran en diferentes ciudades alrededor del mundo, pero solo en ésta se realizó la iniciación. Se realizan iniciaciones en todas partes, pero solamente aquí dejaron una huella visible. Vine como los peregrinos a inclinarme ante ella.

V

«Panie Rudnicki está interesado en Dostoievski, hasta ha escrito sobre él», algunos rusos bromeaban conmigo… Hace un cuarto de siglo, quizás a su regreso de la Unión Soviética, Gide nos llamó la atención sobre algo que debió haberlo afectado profundamente: los jóvenes rusos se estaban olvidando de este gran escritor, quien era para Occidente el principio y el fin, sin el cual no se concibe la literatura. El mismo Gide había escrito un libro sobre Dostoievski y por muchos años lo convirtió en una especie de moda literaria que desaparece en seguida, o engendra raíces muy profundas. No recuerdo si Gide solo notó este fenómeno, o si trató de analizarlo. Una vez escribí que durante la guerra Dostoievski me repugnaba: no podía leerlo. La revolución es una guerra permanente, una guerra a cada hora y para cada hora, una guerra que cambia intereses, necesidades, prioridades. Cuarenta y tantos años de revolución tienen que multiplicarse por meses, semanas, días y horas de incesante luchar por algo nuevo, por leyes nuevas, costumbres nuevas, por cosas básicas de todos los días. Cuarenta y tantos años de lucha, de errores inevitables, explosiones de locuras y de aciertos, son suficientes para hacer de cualquiera un verdadero hombre. No, una revolución no es un juego de niños. Después de años de tanta presión las palabras adquieren un nuevo significado y fue para solo unos pocos que Dostoievski aún podía ser lo que había sido para aquella gente que no había vivido semejantes experiencias. Después del abandono inicial que Gide había señalado, el proceso continuó.
Cuatro años después esos jóvenes rusos entraron en la Segunda Guerra Mundial y vivieron nuevas experiencias que afectan aún más hondo. Para dos generaciones Dostoievski no ha sido lo que fue para generaciones europeas anteriores. Un hombre nuevo ha surgido en el escenario: el rústico.

VI

Cuando salí del hotel por la mañana, después de mi llegada a Moscú, y me alejé unos cien o doscientos pasos del centro, tuve la sorpresa que experimentan aquí todos los turistas. Detrás del hotel había una aldea genuina, con una vegetación tan floreciente como la de Kasimierzj en el Vístula. Pero mi asunto no es con la aldea —un Nueva York sumado a una aldea—: Moscú es la mezcla más dura e inagotable que existe, mi asunto es con el rústico, para usar un término algo suelto. De los siete millones de habitantes de este gigantesco mar de piedra, el rústico forma un alto porcentaje. Su influencia en la ciudad es enorme. Es sobrio en el vestir ¡nunca se permitiría ninguna liviandad en su vestimenta! Sus ideas sobre decoración interior son extremadamente rígidas. Durante casi toda o una gran parte, de su vida en la ciudad, el rústico es realmente el «gran intruso», atormentado por temores y fobias. Es muy firme, y naturalmente tiene puntos de vista muy firmes y decididos acerca de todo (los cuales, según las apariencias, cambia con bastante facilidad). En principio, representa una fuerza valiosísima, viva, elástica, joven, progresista; pero cuando se trata de literatura, retrocede a la ciudad. Su misma naturaleza biológica, su fuerza, no le permite apreciar a Dostoievski. No hubo necesidad de suscitar una aversión ficticia. Las observaciones de Gide fueron y todavía son valederas.

«Panie Rudnicki está interesado en Dostoievski, hasta ha escrito sobre él», se burlaban gentilmente. Hablaban como si fuera víctima de algún germen, al que ellos no habían sucumbido.

VII

Hace dos días, en el Ermitage, estaba parado ante un cuadro que debe verse de rodillas. Primero, pasó un grupo de personas con su guía. La mujer-guía señaló el cuadro y dijo: «Aquí tienen otro cuadro del conocido artista Rembrandt, La Vuelta del Pródigo«. Para aclararles más la cosa agregó: «Hubo una vez un hijo pródigo, ¿saben?». Alguien en el grupo contestó: «Hoy ya no existen hijos como ese». Después de diez segundos siguieron hacia el próximo cuadro del «muy conocido artista Rembrandt» y se me acercó un rústico, que se paró a mi lado a mirar El Hijo Pródigo. Después de un silencio prolongado me dijo conmovido: «Lo que debe haber pasado para haber llegado a este estado. Es un animal, no un hombre…». «Se ve que es un hombre pobre, ha sufrido mucho», dijo frente al Retrato de un Viejo. Bernanos comentó que no puede leer las descripciones de la pobreza hechas por escritores rusos sin llenarse de horror. Solo a primera vista el comentario del rústico nos parece primitivo: son aquellos que lo consideran así los que son realmente primitivos. Sus comentarios esconden el sentido más profundo que es la justificación de la revolución. Mientras miraba en la Catedral de San Isaac uno de esos aguafuertes donde aparecen campesinos arrastrando enormes bloques de piedra para construir a San Petersburgo sobre bases de fango y pantano, se me ocurrió súbitamente que la historia rusa es tan fascinante porque en un tiempo relativamente corto muestra todo lo que hay en la historia de todas las grandes naciones, diseminado a través de los siglos. Aunque el pasado de aquellos otros se pierde en el tiempo, la historia de Rusia parece casi contemporánea, y al mismo tiempo, de interés, no solo para ellos sino para nosotros. Un brazo del péndulo cubre la historia de Pedro el Grande; el otro, los acontecimientos que llenan las primeras planas de los periódicos en todas partes del mundo. El hijo o nieto del hombre con zapatillas harapientas que levantó a San Petersburgo sobre un pantano, tomó una pluma y escribió novelas geniales, que son grandes porque él estaba buscando una respuesta a todo aquello que el Occidente había descartado hacía mucho tiempo por indescifrable. El limitado período de tiempo significaba que la sombra del hombre en harapos nunca había desaparecido totalmente de la literatura rusa. Los escritores de aquí pueden sentir la soledad como individuos, como personas, pero nunca pierden de vista al hombre que arrastra su piedra.

La sombra de este hombre enjaezado, como un caballo, cae sobre toda la literatura rusa y le da ese sentido de «caridad» que conmovió tanto a Bernanos y a todo el mundo. Todo lo que he dicho sobre el rústico me desacredita —no a él—, si no lo he rodeado con ese manto de caridad que es el primer mandamiento de todo escritor.

VIII

Cerca del mercado, la luz indiscreta de una linterna. Dos hombres están acostados, bajo de un camión, reparando algo. Cuando estuve aquí hace unas horas, mi guía me dijo que había llevado a otros dos escritores polacos a ver la casa. Ellos habían venido también fascinados por la literatura rusa, aunque de una manera diferente, me imagino. Mi masoquismo debe jugar un papel aquí. Rusia adora a sus escritores y esto nos demuestra la importancia que todavía tiene el alma humana para ellos. Y esto a su vez nos demuestra que la fuente de la cual esta alma se nutre, todavía existe. De todo esto puede uno deducir cuán joven es este país. Hay que estar aquí para darse cuenta de que es una nación joven en marcha. Basta ver las multitudes en las calles para comprender que no se trata de una fórmula vacía, es el primer pensamiento que nos viene a la mente. Si el amor a la poesía es tan profundo como ciertamente lo es, esto quiere decir que a pesar de lo que dicen, ellos no le dan importancia decisiva alguna a lo que comen, a cómo se visten o cómo viven, aunque aquí la aburrida prensa insista interminablemente sobre estas cosas.

Las grandes avenidas de Moscú y Leningrado llevan los nombres de sus poetas, las estatuas son todas de poetas. Una noche que salíamos del hotel en Moscú vimos a un grupo de jóvenes en la Plaza Maiakovsky escuchando a otros jóvenes recitar sus poemas, discutiendo los recién publicados, criticándolos y alabándolos. Las muchachas recitaban versos, para expresar lo que sentían sobre el amor y lo que esperaban de los muchachos. Cuando llegamos nos pidieron inmediatamente que recitáramos poesías polacas y que les dijéramos lo que sinceramente pensábamos sobre ellos. «Si ustedes nos van a celebrar o a repetir la jerga oficial, entonces preferimos que no se molesten. Digan lo que realmente piensan». A veces parece que la poesía es la única fuerza que puede integrar esta moderna Babilonia, «esta ciudad que se extiende como un mar sin límites».

Un escritor ruso nos dijo: «¿Van a Leningrado?», y añadió pensativo: «Es una bella ciudad… un museo… Sí, es un museo histórico y literario». Hay solamente dos ciudades en el mundo donde las asociaciones literarias son tan fuertes, París y Leningrado. Aquí no hay una sola calle que no parezca un libro conocido. Los Decembristas, Groboyedov, Pushkin, Lermontov, Gogol, Belinsky, Nekrasov, Dobrolibov, Chernyshevsky, Saltykov (Schedrin), Goncharov, Turgenev, Blok, Gorki, Maiakovsky, todos ellos vivieron aquí y escribieron sobre esta ciudad. Si la literatura pudo surgir con tal fuerza, entonces esta ciudad debe haber alcanzado de alguna manera su cénit, y cierta estabilidad. Al mismo tiempo, esta estabilidad solo afectó a la ciudad en sí; cuando una vida nueva y joven surgió alrededor, la ciudad no pudo soportar la presión. En este nuevo mundo, San Petersburgo era una vieja ciudad que tenía que ceder. Puedo imaginarme cuán difícil sería traer el comunismo a esta ciudad con ricas y viejas tradiciones, costumbres establecidas y un considerable estrato social, tan próspera, fuerte, elástica y emprendedora como sus comerciantes, quienes fabricaron palacios para ellos o para sus amantes. Me puedo imaginar cómo esta vieja ciudad empujaba a la nueva, y cómo fue necesario romper su voluntad. La historia de Leningrado es una prueba trágica de todo esto.

Mientras caminaba por Leningrado tuve la fuerte impresión de que nuestra propia Cracovia le debía el tratamiento especial que se le había reservado al hecho de parecerse a Leningrado; es decir, Cracovia también es una vieja ciudad en la que parte de sus habitantes acomodados se oponen a todo cambio. Pero a pesar de su pasado trágico, uno se encuentra a cada paso en Leningrado con viejos que parecen salidos de las páginas de una novela rusa del siglo diecinueve. Uno recibe la impresión de que las olas les han pasado por arriba como el agua sobre las plumas de los patos. Al mediodía se acomodan en bancos frente a sus casas y parecen pensionados de un asilo de viejos. Leningrado tiene la reputación de ser intelectual, y, por lo tanto, parecería una débil ciudad. Débil, trágicamente oprimida, destruida por el tiempo, pero cuando la hora de la prueba llegó, la débil, intelectual Leningrado demostró que estaba hecha de acero. Aguantó tres años y medio de sitio y de hambre. Yo estaba en Varsovia cuando la sublevación y sé lo que esto dignifica, en un grado insignificante, desde luego.

La presión ha dejado sus huellas. Esta ciudad tiene realmente un aspecto de museo, de algo inerme. Pero no es eso lo que yo quiero decir. La ciudad pasó su prueba a costa de tremendos sacrificios, pocas ciudades han sufrido tanto, pero esta prueba no ha sido reconocida. La literatura no ha pagado su deuda. Por muchos años Io que se esperaba de la literatura era que pesara los valores hasta la última onza del farmacéutico, lo que era una pedantería, una falsa fachada. Durante años se suprimió la espontaneidad y el canto de los corazones humanos, y cuando el canto era otra vez necesario, cuando pudo haber sonado en los próximos cien años y llegado a ser el valor supremo, ya no se pudo encontrar.

IX

Sucedió aquí, detrás de estas ventanas. Aquí se creó un mundo que era diferente a todos los demás. Sangre de su sangre, hueso de su hueso… El último hecho real en literatura fue el suyo. Solo las obras que conducen a hechos tienen alguna influencia. El resto es solo un modo placentero de pasar el rato, una charla agradable, una explicación grata de cosas que son inexplicables. Los hechos en la literatura deben ser algo extraordinariamente difícil, ya que ocurren tan raramente. Requieren raíces muy hondas, una savia poco corriente. El suyo fue el último hecho real en la literatura; él creó a Raskolkinov. Desde Raskolkinov no ha habido más hechos en la literatura, aunque ha pasado casi un siglo. Todos los hechos en la literatura occidental son esencialmente comentarios sobre Raskolkinov. Han pasado cien años pero parece que nadie va a ocupar su lugar. Parece que alguien puede asesinar millones de seres humanos, quemarlos en crematorios, barrer naciones enteras del mapa del mundo, pero todo esto no es suficiente para hacer hechos verdaderos —los hechos en la literatura tienen una vida independiente y una lógica propia. Raskolkinov no es el retrato de un hombre que comete un asesinato; él representa todo lo que hay que decir respecto al crimen. Raskolkinov tiene una fuerza de expresión mayor que la de todos los tiranos que vinieron después de él y se inmortalizaron con hechos que espantan a la imaginación. Hace cien años Raskolkinov cometió un asesinato; desde entonces hemos tenido Auschwitz, Treblinka, Hiroshima, pero cuando buscamos el retrato de un criminal volvemos a Raskolkinov. Todo lo que sea un hecho en la literatura europea es solo un comentario sobre Dostoievski. Cien años después lo vemos bajo una luz distinta, el Occidente ha perdido indudablemente su capacidad para los hechos, una capacidad que esta gente de aquí ha mantenido.

Todo lo que Europa y América tienen que ofrecer en forma literaria sigue confirmando esta incapacidad para los hechos. Ionesco, Sartre, Faulkner, todos nos demuestran esto. Quizás Hemingway buscaba estos hechos a su modo, pero no pasaba de las apariencias.

X

Hay otra razón por la que esta influencia ha sido tan grande; él se adelantó a su tiempo y tomó parte en las discusiones que empezaron realmente después de su muerte. El crece junto con la grandeza de su país. Hasta el momento él es el testigo principal citado en la discusión clave de nuestra época. Manes Sperber ha dicho que él fue el primer escritor que describiera al renegado del partido. Lyubev Dostoyevskaya, la hija del novelista, menciona en un libro escrito y publicado en Suiza alrededor de 1920 que los libros de su padre nunca fueron del agrado de los «judíos» o de los «izquierdistas». Hoy los «judíos» y los «izquierdistas» escriben continuamente sobre su padre, quien se ha convertido en el escritor más allegado a ellos, al que más a menudo leen y citan. A Dostoievski lo mataron realmente el día que se paró delante del pelotón de fusilamiento; el perdón del zar no lo salvó y solo se volvió a levantar de entre los muertos en sus novelas, que fueron escritas «al revés». Fueron escritas por un hombre al que nunca lo abandonó el terror: todo lo que escribió transparenta ese terror y le da a su obra su tono específico. Sus personajes están moldeados no solo en su grandeza sino también en su miedo. En su terror perdió la fe en el hombre que puede alcanzarlo todo si lucha por ello. Como tenía una mente profunda, le dio a los marxistas en su punto más débil; los atacó porque rechazaban el pecado original, el miedo, el egoísmo, cuyo efecto no es solamente negativo, sino que tiene dos aspectos. Los atacó porque no creían en el mal, mientras que él creía en un diablo personal, en el mal como algo que tiene iguales derechos sobre el hombre. Los atacó por querer persuadir al hombre de que era bueno cuando era por lo menos tan traidor, maligno, despreciable y oscuro consigo mismo como con los demás. Para él todo experimento socialista era una locura que solo podía llevarnos a un «diluvio». El no creía que el hombre se podía salvar sin la gracia. El terror lo cegaba ante los proyectos de realizaciones humanas, porque al fin y al cabo no todo lo que el hombre hace está contenido en el esquema del pecado original.

Él yace en medio del camino de la discusión central y no podemos ignorarlo. Tenía que ganar, ya que es verdad que el hombre es un monstruo, vacío, oscuro, que no sabe nada sobre sí mismo. Tenía que perder, ya que la humanidad nunca estará satisfecha con esta opinión sobre el hombre y nunca abandonará la lucha. Después de todos los desastres, el socialismo ha sobrevivido como vencedor, el socialismo abrazado en una lucha con el pecado original, y el socialismo en armonía con el pecado original. Aceptar que el pecado original nos abre nueva perspectiva: nos trae una alegría con la más ligera victoria del bien sobre el mal; mientras el rechazo del pecado original amenaza al hombre con la desesperación a la menor recaída.

Él yace en medio de los caminos de nuestra época; suscitó problemas que solo nuestra época ha puesto de manifiesto. Dostoievski sufría de un complejo anti-occidental. Odiaba el Occidente del mismo modo que alguna gente hoy día odia el Oriente. Debe haberlo decepcionado, y si lo hizo significa que él esperaba mucho de él, como tantos «pro-occidentales» de aquel tiempo que pensaban que ellos no valían nada y ponían el Occidente como modelo. La intensidad del complejo delata la intensidad del amor. Además, la moderación le era casi desconocida; como él mismo escribió, siempre fue un hombre de extremos. El careo significaba el desastre, como pasa inevitablemente con los careos. En cualquier caso, ¿qué nación podía ponerse a la altura de sus exigencias? Podemos imaginarnos cómo el Occidente lo hería a cada paso —las paredes, las cercas, las cerraduras que los hombres usan para aislarse de los otros hombres— y sobre todo de él, un mendigo de un país bárbaro. El no comprendía la cultura «en sí», ni el valor de la vida; solo veía que ellos helaban los corazones y los caracteres. Podemos imaginarnos cómo le irritaría la acumulación de dinero y posesiones. El venía de un país donde las fortunas eran todavía demasiado nuevas, demasiado enormes, para que su durabilidad no fuera sospechada por los mismos dueños. En el Occidente todo le estaba cerrado y prohibido; vivía solo, aislado y ni quiso ni pudo juzgar el Occidente como realmente era. Cuando volvió a Rusia debió sentirse feliz con la juventud de su país, una juventud que lo miraba todo con ojos muy diferentes. Juventud que continúa sorprendiéndonos.

A menudo, al ver la gente de aquí, tenía de pronto la idea de que eran niños. Son niños en su actitud hacia la literatura, niños en su necesidad de entenderlo todo hasta el último detalle, comprenderlo todo, niños en su negativa de quedarse a mitad del camino. Son niños y lo imposible no existe para ellos. Hay que estar aquí para poder entender que los primeros sputniks no salieron de aquí por accidente. Muchas otras cosas van a tener su principio aquí: ¡Son todavía tan terriblemente jóvenes!

XI

Todo está tranquilo. Pasos en la distancia; después de un rato, ellos también desaparecen. ¿Qué pasaría si él emergiera de la oscuridad? ¿Quizá fue para eso para lo que vine? ¿A mirar las huellas, hundirme en la noche, sentir la caricia del aire donde él la sintió? ¿No debiera todo terminar en una resurrección? Lo he buscado en muchas ciudades, lo he llamado en la profundidad de muchas noches. Muchos se consumen por muchos deseos, a veces la cara de una mujer, a veces la de un niño, de un profeta, un maestro. Todas estas caras son realmente una sola, la cara de la armonía. Nuestra existencia individual la contradice, pero no hay otro camino. Lo he visto a mi lado a través de los años como una prueba de que la suma de las debilidades humanas puede ser la plenitud. ¿Por qué no ha de surgir aquí, a mi lado? No, no vendrá. Ni hoy ni mañana. Pero, ¿no ha venido en el pasado? ¿Qué importa que nunca haya sentido —ni siento ahora— la presión de su mano en mi brazo? ¿Es la única prueba de una presencia? ¿Acaso no son reales las casas donde Raskolkinov vivió, donde asesinaron a Anastasia Pilipovna, aunque nunca hayan existido? ¿No era mi espera una forma del venir? ¿Un venir en otra dimensión? ¿No siento su presencia —a pesar de su ausencia— más fuertemente que la presencia de la gente que encuentro todos los días? ¿No ha vuelto para mí de entre los muertos? ¿No podría decir que ha vuelto a mí en muchos lugares? ¿Y estoy seguro que no está parado a mi lado, ahora mismo?

De: Antología del cuento polaco contemporáneo / Editorial ERA, México (1967)
Traducción y notas: Sergio Pitol
PH/ Adolf Rudnicki