Kleist en Thun / Robert Walser

Castillo de Thun, Cantón de Berna, Suiza

Kleist encontró comida y alojamiento en una casa de campo situada en una isla del Aare, en los alrededores de Thun. Con exactitud es imposible saberlo ahora, pasados más de cien años, pero yo me imagino que atravesaría un puente muy pequeño, de unos diez metros de largo, y tiraría de la cuerda de una campanilla. Al oírla, alguien, veloz como una lagartija, habrá bajado las escaleras de la casa para ver quién era.
«¿Hay alguna habitación para alquilar?». Y, en pocas palabras, Kleist acabó instalándose en las tres habitaciones que le cedieron por una suma asombrosamente exigua. «Una encantadora chiquilla bernesa se encarga de las tareas domésticas». Un bello poema, un hijo, una acción valerosa: son las tres cosas que tiene en mente. Por lo demás, está un poco enfermo. «El diablo sabrá qué tengo. ¿Qué me ocurre? Es tan precioso todo esto».
Está escribiendo, naturalmente. De vez en cuando viaja en diligencia a Berna, a casa de amigos literatos, y lee allí en voz alta lo que ha escrito. Claro está que lo colman de elogios, pero encuentran que el personaje es, en conjunto, un poquitín extraño. Escribe El cántaro roto. Pero ¿de qué sirve todo eso? Ha llegado la primavera. Las praderas en torno a Thun están repletas de flores; todo perfuma y zumba y se afana y resuena y gandulea; al sol, el calor es para volverse loco. Kleist siente unas como oleadas de embriaguez incandescente que le suben a la cabeza cuando, sentado a su mesa de trabajo, intenta escribir. Maldice su oficio. Quería ser campesino cuando vino a Suiza. Simpática la idea. En Potsdam es fácil imaginar algo así. Los poetas, en general, se imaginan esas cosas muy fácilmente. A menudo se sienta junto a la ventana.

Podrían ser las diez de la mañana. ¡Está tan solo! Quisiera que le llegase alguna voz, ¿qué clase de voz? Una mano, bien, ¿y luego? Un cuerpo, pero ¿para qué? Totalmente perdido entre perfumes y velos blancos está allí el lago, enmarcado por esas montañas innaturales, mágicas. ¡Cómo deslumbra e inquieta todo aquello! La campiña entera es, hasta el agua, un puro jardín, y en el aire azulino parecen colgar multitud de puentes cargados de flores y terrazas llenas de aromas. Los pájaros cantan lánguidamente bajo todo aquel sol y toda aquella luz. Están dichosos y adormilados. Kleist apoya la cabeza en el codo, mira y mira y desea olvidarse. A su memoria acude la imagen de su patria nórdica, lejana, puede ver claramente el rostro de su madre, antiguas voces, ¡maldición! —se ha incorporado de un salto y ha bajado corriendo al jardín de la casa de campo—. Allí se sube a una barca y se interna remando en el despejado lago matinal. El beso del sol es único y se repite continuamente. Ni una brisa. Apenas un movimiento. Las montañas son como el artificio de algún hábil escenógrafo, o bien dan la impresión de que el paisaje entero fuera un álbum y un aficionado de buen gusto las hubiera dibujado en una página en blanco para la dueña del álbum, como recuerdo, con un verso. La cubierta del álbum es de un verde pálido. La apropiada. Las estribaciones a orillas del lago son verdes sólo a medias, ¡y tan altas, tan torpes, tan vaporosas! ¡La, la, la! Kleist se ha desvestido y se lanza al agua. ¡Qué inefablemente hermoso le resulta todo aquello! Empieza a nadar y oye risas femeninas que llegan desde la orilla. La barca se mueve perezosamente sobre el agua verdeazulina.

La naturaleza es como una sola gran caricia. ¡Qué alegre y a la vez doloroso puede ser aquello!

A veces, sobre todo en atardeceres bellos, tiene la sensación de que allí quedaran los confines del mundo. Los Alpes se le antojan la infranqueable puerta de acceso a un paraíso situado en las alturas. Recorre su pequeña isla paso a paso, de un extremo a otro. La chiquilla cuelga ropa blanca entre los arbustos, sobre los que brilla una luz gualda, melodiosa, mórbidamente bella. Los rostros de las montañas nevadas son tan pálidos; una belleza última, intangible se enseñorea de todo. Los cisnes, que se deslizan de un lado a otro entre los juncos, parecen hechizados de belleza y luminosidad vespertina. El aire está enfermo. Kleist querría verse inmerso en una guerra brutal, en alguna batalla, se siente un personaje miserable y superfluo.
Da un paseo. ¿Por qué, se pregunta sonriendo, ha de ser precisamente él quien no tenga nada que hacer, nada que golpear ni derribar? Siente cómo las savias y energías se quejan soterradamente en su interior. En su alma entera palpita un ansia de esfuerzos corporales. Trepa hasta la colina del castillo por entre altas y antiguas murallas, sobre cuyas corroídas piedras grises se enrosca apasionadamente, al bajar, la hiedra verdinegra. En todos los ventanales altos resplandece la luz del atardecer. Arriba, al borde de la ladera de roca, se alza un gracioso templete; allí se sienta y lanza su alma hacia el panorama espléndido, sagrado, silencioso que se abre a sus pies. Ahora se sorprendería si pudiera sentirse bien. ¿Leer un periódico? ¿Qué sentiría? ¿Mantener un diálogo tonto sobre política o asuntos de interés público con algún respetable y mediocre funcionario de la administración? ¿Sí? No es desdichado, en su fuero interno considera dichosos a quienes pueden sentirse desconsolados: natural y poderosamente desconsolados. Él lo tiene aún peor debido a un pequeño matiz distintivo. Es demasiado sensible para ser infeliz, tiene demasiado presentes todos sus sentimientos vacilantes, cautelosos, suspicaces. Querría gritar, llorar. ¡Dios del Cielo, qué es lo que me ocurre!, y echa a correr cuesta abajo por la colina ya medio a oscuras. La noche lo alivia. Una vez en su alcoba, se sienta a su escritorio decidido a trabajar hasta el delirio. La luz de la lámpara le borra la imagen del paisaje; eso lo despeja y se pone a escribir.

Los días de lluvia son atrozmente fríos y vacíos. El paisaje lo hace estremecerse. Gimen y lloriquean los verdes arbustos, goteando lluvia por un poco de sol. Nubes sucias y monstruosas se deslízan por las cabezas de los montes como enormes y temerarias manos homicidas alrededor de las frentes. La campiña parece querer ocultarse del mal tiempo; quiere contraerse. El lago se pone duro y sombrío, y las olas dicen palabras llenas de malignidad. Como una siniestra admonición llega mugiendo el viento huracanado y no logra salir por ningún sitio. Se estrella con violencia de una pared montañosa a otra. Todo es oscuro y pequeño, pequeño; uno lo siente pegado a la nariz. Entran ganas de agarrar un mazo y repartir golpes a diestra y siniestra. ¡Escapar, escapar!

El sol brilla otra vez, y es domingo. Repican las campanas. La gente está saliendo de la iglesia de la colina. Las niñas y las mujeres, de ajustados corpiños negros con lentejuelas de plata; los hombres, vestidos con trajes sencillos y austeros. Llevan los libros de oraciones en las manos, y sus caras se ven tan plácidas y hermosas como si todas las preocupaciones se hubieran desvanecido y todas las arrugas del pesar y de las discusiones, todas las fatigas, hubieran sido olvidadas. Y las campanas, ¡cómo repican desde allí! ¡Cómo rebotan sus ecos y llegan arriba en oleadas! ¡Cómo todo centellea, reluce, se tiñe de azul y resuena sobre el pueblito inmerso en el sol dominical! La gente se dispersa. Kleist, abanicado por extrañas sensaciones, se queda de pie en la escalinata de la iglesia y sigue los movimientos de los que bajan. Ve a más de una joven campesina descender las gradas como una princesa de sangre que lleva en los huesos la majestad y la libertad. Ve hermosos mocetones del campo, rebosantes de vitalidad y energías, y de qué campo, no de la llanura, no muchachos de los llanos, sino venidos de valles profundos y extrañamente excavados en las montañas, a veces angostos como el brazo de un hombre de talla algo mayor que la normal. Son muchachos oriundos de montañas donde los campos y terrenos de labranza caen de lleno en abruptas hondonadas, donde el cálido y oloroso césped crece en minúsculas superficies al lado mismo de aterradores precipicios, donde las casas parecen puntos de color adheridos a los prados cuando, desde el amplio camino comarcal, uno alza la mirada por ver si allá arriba aún pueden existir viviendas humanas.

A Kleist le gustan los domingos, y también los días de mercado, cuando el camino y la calle mayor son un continuo pulular de delantales azules y trajes típicos de campesinas. Allí, en la calle mayor, las mercaderías son amontonadas debajo de la acera en bóvedas de piedra y casetas ligeras. Con coquetería campesina pregonan los mercaderes sus preciosidades de dos reales. Por lo general, en esos días de mercado brilla el más luminoso, cálido y tonto de los soles. Kleist se deja llevar de un lado a otro por aquella multitud entrañable y abigarrada. En todas partes hay olor a queso. Con aire circunspecto, las campesinas serias, y a veces hermosas, entran en las mejores tiendas a hacer sus compras. Muchos hombres llevan una pipa en la boca. Cerdos, terneras y vacas son arreados por la calle. Un hombre se ha parado e intenta, a bastonazos, que su cerdito rosado siga caminando. Como éste se niega, lo coge bajo el brazo y se lo lleva cargado. El olor de la gente atraviesa las ropas; desde las tabernas llega el vocerío de los que beben, bailan y comen. ¡Qué potencia y libertad las de esos ruidos! A veces no pueden pasar las diligencias. Los caballos quedan totalmente cercados por el gentío que negocia y cotillea. Y el sol, ¡con qué precisión reverbera sobre los objetos, rostros, telas, cestos y mercancías! Todo se mueve, y el resplandor solar también tiene, claro está, que desplazarse. Kleist querría rezar. No hay música majestuosa que le parezca más bella ni encuentra alma más delicada que la música y el alma de aquel trajinar humano. Le entran ganas de sentarse en algún descansillo de las escaleras que bajan hasta la calle mayor. Sigue andando y pasa junto a mujeres con las faldas arrezagadas, junto a muchachas que, con gesto noble y calmado, llevan cestas sobre la cabeza como las italianas sus cántaros —lo ha visto en grabados—, junto a hombres chillones, borrachos, policías, escolares que deambulan con sus bribonescos propósitos, junto a lugares sombreados que exhalan frescos aromas, junto a cuerdas, bastones, viandas, joyas falsas, hocicos, narices, sombreros, caballos, velos, cubrecamas, medias de lana, salchichas, bolas de mantequilla y bandejas de quesos, hasta que sale del gentío y se detiene al llegar a un puente sobre el Aare, en cuyas barandillas se apoya para mirar el agua de un tono azul profundo que discurre deliciosamente ahí debajo. Encima de él, las torres del castillo refulgen y destellan como un fuego líquido de tonos parduzcos. Aquello, casi, podría ser Italia.

Algunas veces, los días de trabajo normal, el pueblo entero le parece estar bajo el hechizo del sol y del silencio. Se detiene frente al vetusto y extraño edificio del Ayuntamiento con su fecha señalada en cifras angulosas sobre la brillante blancura del muro. Todo está tan perdido como la forma de una canción popular que la gente hubiera olvidado. Poca vida, no, ninguna. Sube las escaleras recubiertas de madera que llevan al que fuera castillo condal, la madera huele a viejo y a destinos humanos desvanecidos. Una vez arriba, se sienta en un banco verde, ancho, curvo, para disfrutar de la vista, pero cierra los ojos. Es terrible cómo todo aquello se ve adormilado, polvoriento, falto de vida. Lo más cercano se encuentra como en una gran lejanía blanca, misteriosa, ensoñadora. Todo está envuelto en una nube caliente. Verano, pero ¿qué verano realmente? Yo no estoy vivo, grita, y no sabe hacia dónde volverse con sus ojos, manos, piernas y respiración. Un sueño. Nada de eso. No quiero sueños. Por último se dice que vive demasiado solo. Tiembla al tener que admitir con qué hermetismo se comporta frente a quienes lo rodean.
Luego vienen las tardes de verano. Kleist se sienta en el alto muro del cementerio. Hay muchísima humedad y a la vez un gran bochorno. Se abre la casaca para dejar el pecho libre. Abajo, como arrojado a las profundidades por la poderosa mano de un dios, yace el lago iluminado por luces rojizas y amarillentas, aunque toda esa iluminación parece flamear desde el fondo del agua. Es como un lago en llamas. Los Alpes han cobrado vida y sumergen sus frentes en el agua haciendo gestos fabulosos. Los cisnes nadan allá abajo en torno a su isla tranquila, y las copas de los árboles flotan por encima en una beatitud oscura, cantarina, perfumada. ¿Por encima de qué? De nada, de nada. Kleist bebe todo aquello. El lago entero con su oscuro brillo le parece una alhaja sobre el gran cuerpo dormido de una mujer desconocida. Los tilos, abetos y flores embalsaman el aire. Hay un repiqueteo suave, apenas perceptible, él lo oye, pero también lo ve. Ésa es la novedad. Quiere lo inasible, lo inconcebible. Abajo, en el lago, se mece una barca. Kleist no la distingue, pero ve oscilar de un lado a otro los farolillos que la acompañan. Allí está sentado, la cara inclinada hacia delante como si debiera estar listo para el salto mortal hacia la imagen de esas bellas profundidades. Quisiera morir en aquella imagen. Quisiera no tener sino ojos, no ser ya sino un solo ojo. No, algo totalmente distinto. El aire debería ser un puente y el paisaje entero un respaldo sobre el cual apoyarse como un ser sensual, dichoso, exhausto. Está anocheciendo, pero no le apetece bajar; se echa sobre una tumba oculta entre las malezas, murciélagos revolotean a su alrededor, los puntiagudos árboles susurran al leve soplo de las brisas. Qué bien huele la hierba bajo la que yacen los esqueletos de los enterrados. Está tan dolorosamente feliz, demasiado feliz, de ahí esa sensación de ahogo tan árida, tan dolorosa. ¡Tan solo! ¿Por qué no vienen los muertos y conversan media hora con el solitario? En una noche de verano es preciso tener una amante. Y al pensar en pechos y labios de resplandeciente blancura, Kleist baja corriendo la colina hasta llegar a la orilla y se lanza al agua vestido, riendo, llorando.

Pasan semanas. Kleist ha destruido un trabajo, dos, tres. Quiere la suprema maestría, bueno, bueno. ¿Qué pasa? ¿Titubea? A la papelera. Algo nuevo, más fogoso, más bello. Empieza La batalla de Sempach, en el centro la figura de Leopoldo de Austria, cuyo extraño destino lo fascina. Entretanto recuerda a Roberto Guiscardo. Lo quiere magnífico. La dicha de ser un hombre racional y ponderado, de sentimientos simples, es algo que ve precipitarse, deshecho en mil fragmentos, por la pendiente desmoronadiza de su vida, como rocalla que se estrellara y rebotara estrepitosamente en su caída. Y encima él colabora, es algo ya decidido; quiere entregarse por entero a la mala estrella de los poetas: lo mejor será encaminarme a mi perdición lo más rápidamente posible.
Su trabajo le hace muecas, le sale mal. Hacia el otoño cae enfermo. Lo asombra la sensación de dulzura que ahora lo invade. Su hermana viaja a Thun para llevárselo de vuelta a casa. Profundos surcos recorren sus mejillas. Su rostro tiene los rasgos y el color de un hombre con el alma totalmente corroída. Sus ojos tienen menos vida que las cejas que los coronan. Los cabellos le cuelgan apelmazados en espesas y puntiagudas greñas sobre la frente, desfigurada por todos los pensamientos que, según se imagina, lo han arrastrado a sórdidos e infernales agujeros. Los versos que resuenan en su cerebro le parecen graznidos de cuervos; le gustaría arrancarse la memoria. Le gustaría derramar la vida, mas no sin antes destrozar las copas de la vida. Su encono es igual a su dolor; su escarnio, a sus lamentos. ¿Qué tienes, Heinrich?, le dice su hermana, acariciándolo. Nada, nada. Sólo faltaría que ahora tuviera que decir lo que tiene. En el suelo de la habitación yacen sus manuscritos como niños atrozmente abandonados por padre y madre. Le da la mano a su hermana y se contenta con mirarla largo rato en silencio. Aquello se asemeja ya a una mirada perdida, y la joven se estremece.

Luego emprenden viaje. La chiquilla que se encargaba de las tareas domésticas les dice adiós. Es una radiante mañana de otoño, el carruaje atraviesa puentes y callejas mal empedradas, hay gente asomada a las ventanas, arriba en el cielo; bajo los árboles se ve el follaje amarillento, todo muy pulcro, otoñal, ¿qué más? Y el cochero lleva una pipa en la boca. Todo está como siempre. Kleist va en un rincón del carruaje, abatido. Las torres del castillo de Thun desaparecen tras una colina. Más tarde, en lontananza, la hermana de Kleist divisa una vez más el bello lago. Ya se siente algo de frío. Van apareciendo casas de campo. Vaya, vaya, ¿cómo hay quintas tan elegantes en una región montañosa? Siguen viaje. Al mirar a los lados todo parece volar y caer por detrás, todo baila, gira y se desvanece. Muchas cosas están ya envueltas en un velo otoñal, y todo se ve algo dorado por el poquito de sol que atraviesa las nubes. ¡Cómo destella aquel oro! ¡Y pensar que sólo se lo puede encontrar en el fango! Cumbres, paredes rocosas, valles, iglesias, aldeas, mirones, niños, árboles, viento, nubes, ¿qué son? ¿Tienen algo de particular? ¿No son acaso lo más común y corriente del mundo? Kleist no ve nada. Sueña con nubes e imágenes y vagamente con manos amorosas que lo cuidan y acarician. ¿Cómo te sientes?, pregunta la hermana. Kleist frunce los labios e intenta sonreírle un poco. Lo consigue, pero le cuesta. Es como si, para poder sonreír, tuviera que quitarse un peñasco de la boca.

La hermana se atreve a hablarle con cautela del pronto inicio de una actividad práctica. Él asiente, es de la misma opinión. Claros destellos acompañados de música titilan en torno a sus sentidos. La verdad es que, sinceramente hablando, se siente muy bien; dolorido, pero a la vez bien. Algo le duele, sí, muy cierto, pero no en el pecho, ni tampoco en el pulmón ni en la cabeza. ¿Cómo? ¿De veras? ¿En ningún sitio? Pues sí, un poco sí, en algún punto, puede decirse que sí, aunque sea imposible precisarlo. Por lo demás, tampoco vale la pena hablar de ello. Dice algo, y luego vienen momentos en los que es feliz como un niño y la joven pone, claro está, una cara algo severa, punitiva, para hacerle ver lo extrañamente que está jugando con su vida.

Después de todo, la muchacha es una Kleist y ha tenido una educación, cosa que su hermano ha querido arrojar por la borda. Por supuesto que está contentísima de que él se sienta mejor. ¡Sigamos, sigamos, qué viaje tan estupendo! Pero al final habrá que abandonar a su destino aquella diligencia, y al final aún podrá uno permitirse observar que en la fachada de la casa de campo donde vivió Kleist hay una placa de mármol que indica quién vivió y escribió allí. Pueden leerla los viajeros deseosos de hacer excursiones alpinas; los niños de Thun la leen y descifran letra por letra, y luego se miran a los ojos con gesto interrogante. Un judío puede leerla, un cristiano también, si tiene tiempo y su tren no está a punto de partir en ese instante; o un turco, una golondrina, en la medida en que le interese, y yo también, ocasionalmente yo también puedo volver a leerla. Thun se encuentra en el acceso al Oberland bernés y es visitado anualmente por muchos miles de extranjeros. Creo conocer un poco la región porque trabajé allí como empleado en una fábrica de cerveza. La región es notablemente más bella de lo que yo he podido describirla aquí, el lago es el doble de azul, el cielo tres veces más hermoso. En Thun se celebró una exposición industrial, no sé, creo que hace unos cuatro años.

Título original: Geschichten Robert Walser, 1914
De: Robert Walser, Historias Ediciones Siruela, 2010
Traducción: Juan José del Solar