Poemas / Laura Klein

La Vara y el Río
(Selección de La vara y el río, Hilos Editora, Bs. As., 2025)

Me golpeo el rostro
con una vara de junco que partí en noviembre
una tarde sin sol.
El cuerpo no me acompaña. Pienso,
una vez más
en lo propio y en lo impropio.

El junco en mi mejilla suena sin vergüenza
a dolor prestado, a cosa acabada
entre golpe y golpe
una lancha pasa sobre mi cara.

Es el tiempo que me doy para saber si quiero vivir.

Le golpeo el rostro con una vara mía.
La había partido para mi uso
pero cuando vi ese desorden de rasgos frente a mi persona distinta
me decidí.
Mi mano en el junco y su cara
iban a ser un río abierto, alejado de cualquier rostro viviente.
Miro por inercia el camino entre mi puño apretado
y su mundo. No lo pienso
—mi mente también tiene miedo de golpear. 

Lo haré, me digo,
lo haré.
Hasta cuando amanece hay un sector del bicherío que se está muriendo. 
Yo no soy menos, me dije,
busqué en la superficie
y le rajé las ganas de vivir.

Yo quise hacerle una tumba y un río.
Pienso en el odio y en las cosas que le haría a su cara
si me acompañara otra vez.
Sí. Cada vez en el agua lo haría otra vez.

Veo la lancha pasando por mi junco derecho
el agua tiembla donde la he golpeado.

Era una tarde cualquiera y no se podía vivir. Pero el junco vivía, sobre estas secas mejillas, enzarzado en su tarea de golpear. Que había sido creado, no había duda. Que yo tenía miedo, tampoco. Y ahí se demoraban junco mejillas y yo. Algo estaba por resolverse. Mi cuerpo, por una ráfaga junto, observó la zanja donde el drama no llegaba a desplegarse. La ola pujaba porque la lancha no me aplastara entera, otra vez, esta semana. Algo estaba por extinguirse. Yo estaba ahí, sin embargo. Y alguien decía: “Te suplico, te suplico: ´No quieras morir´”.

Nuestras Águilas
(Fragmento, de La comedia de los panes, Hilos Editora, Bs. As., 2011)

Fue que yo estuve viva el año de la humillación.
Por el codo de los siglos que me siguieron
sobre una columna, para ver, la hembra que era
hasta que no pueda más
alguien, yo, diga, no puedo más.

Si el hacha hubiera sido nuestro destino
hoy no me quejaría.
Tendría las agallas de volver la cabeza
atrás y ver
mi frente sana con el ojo partido.

Afortunada fui, al cabo de las horas.
Hubo un mes y un día para los vivos.
Hinché el pecho como para respirar o para rezar
y otros hincharon el pecho para respirar o rezar. Para ser
mis semejantes eran muchos.
Contemplamos la falta de ternura en el rostro de cada uno
como un foco político de la desgracia.

Laura Klein
PH / Ansel Adams