Son humanos. Los muertos. Son humanos, madre.
¿Sos ahora una suerte de animal fabuloso como en aquella
Enciclopedia de las cosas que nunca existieron? ¿Recordás?
Una mezcla, ¿una aleación? caballo, Dios, ave nocturna,
mujer. El rostro un girasol salvaje una corona de niños
como plumas reales.
Un motor de mil caballos avanza por ese mundo prodigioso.
Vamos a correr, levanto vuelo en el impulso. Ya no vas
a dejarme voy como las cosas que no existieron jamás.
Firme a tu lado.
Entonces, los animales fabulosos existen y rodean
nuestros sueños.

Estoy escribiendo los poemas de mi madre.
El desafío: acercarme a otro modo de existencia.
Ella no existe en la cronología.

Hoy pienso en lo escaso, en la materialidad disminuida del
lenguaje. El vocabulario no es accesible. El hueso se cortó. Y con él
vasos, nervios, filamentos. Lo que hacía luminoso el atardecer
que vivo. Tengo una edad que no comprendo del todo eso fue
ambicioso, comprender. Madre decía que hasta los ochenta años
fue bueno y ahora ¿cómo vivir este tiempo de cielos
excesivamente abiertos?

Ayer fueron cuatro años, fue el cuerpo el que supo, tu muerte
acordonada en los tendones de mi brazo izquierdo. Descubro
así la residencia de mi memoria. Era cinco de mayo cuando
avanzamos juntas hacia tu muerte.
Escribo esto porque voy a morir.
Vuelve la sensación de que pronunciar algunas palabras
puede iniciar la catástrofe.
Escribo otra vez, la mano se mueve como si supiera qué dirá.
“Dirá” es un futuro. Es que tu muerte se instala en el futuro como
una promesa. Esto me asusta. Voy a borrarlo.
Mientras el hombro izquierdo chilla junto con los pájaros
ahí estás piando para mí.

Pensar la muerte de mi madre es como querer conocer la
materialidad de la luz. No veo su muerte. La muerte suya
va montada en el hueso cansado de mi espíritu. Nunca veré su
muerte en mí como vi su cuerpo muerto.

Escuchar ¡mamá! ¿mamá?
un susurro que es un grito en medio de la soledad de la noche
en una ciudad vacía
que de nuestras bocas emerja un susurro que ruega: mamá
mamita a los diez años, como a los treinta, a los
cincuenta o a los ochenta, no importa, como si algo no
hubiera crecido como si esa palabra agazapada no se
hubiera separado y pudiera aún mecernos en cada noche
atribulada del alma
María Mascheroni
De: Hoy no hay tiempo para la eternidad, (Hilos Editora, 2025)
Ph / Lee Friedlander: A Ramble in Olmsted Parks
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