
Decisiva es la forma de los libros —así se dice, desde el inicio de los tiempos—. Pero hay ciertas partes de los libros que parecen destinadas a una inicua oscuridad, como si no pertenecieran al libro, como si el autor no las hubiera pensado con el mismo cuidado obsesivo que ha dedicado a un capítulo, a un párrafo, a una frase, a una palabra. Hablaré de uno de estos parientes pobres o ilegítimos del libro: la bibliografía. Y a propósito de un libro en el cual tengo la certeza de que el autor mucho ha revelado y mucho escondido: Masa y poder de Elias Canetti. Ante todo: el libro no presenta superíndices. Nada interrumpe el proceder de la exposición, que es a la vez un narrar y un pensar. Entrelazados de tal manera que son inseparables. Los superíndices son un fastidioso obstáculo en particular para la narración: su flujo no acepta la intrusión de elementos externos. Ya esto indica cuál es el elemento irrenunciable en el libro: las historias. Apropósito, se puede recordar una anotación de Canetti de 1971: «No evitar la palabra “historia” (en el sentido de relato). Pero cuidarse de “texto”».
Canetti tenía una veneración por las fuentes. Hubiera sido inconcebible para él no precisar dónde, en qué páginas de qué libros, las historias, los episodios, los mitos se le habían aparecido. Así, en la sección Notas encontramos puntualmente las referencias a los libros en los que Canetti se basó. Pero nunca se preocupa por indicar, según la costumbre académica, las distintas obras importantes sobre el tema. Cada vez se trata de una sola aparición, donde la historia narrada está físicamente presente. Este modo de hacer anotaciones en un libro era inusual en 1960, cuando apareció Masa y poder. Hoy se encuentra con más frecuencia, sobre todo en los libros de algunos historiadores que quieren dejar respirar libremente a su página. En Canetti el motivo era más complejo y profundo, como luego se revelará más claramente en la sección sucesiva, que corresponde a la bibliografía y está justamente titulada de otra manera: «Literatura». Sería fácil imaginar una bibliografía plausible para un libro de autor desconocido con el título Masa y poder, publicado en el año 1960. En primer lugar mucha sociología estadounidense, decenas de artículos y de libros, sobre todo a partir de los años treinta. Luego algunos pasos obligados: Freud, Psicología de las masas y análisis del Yo, y algún precursor, como Le Bon. Nada de todo esto se encuentra en Canetti. Y esta clamorosa omisión contribuyó bastante a la sospecha y al azoramiento con que el libro fue recibido —en la modesta medida en que fue acogido— por el mundo académico.
Se empieza a entender Masa y poder en el momento en que se reconoce que es una obra fundada en la hostilidad por el concepto. «Lo conceptual me interesa tan poco que a mis cincuenta y cuatro años aún no he leído seriamente ni a Aristóteles ni a Hegel», escribe Canetti poco antes de publicar Masa y poder. Observación asombrosa en un lector omnívoro. Sobre todo por el tono orgulloso. Pero Canetti sabe bien de qué habla: se trata de una guerra tribal, que tiene orígenes remotos. El combate del lado de los bosquimanos — de aquéllos de quienes, si algo queda, es el nombre de un dios, no un concepto—. Y los bosquimanos significan para él un estadio de la humanidad detrás del cual no logramos entrever nada anterior. El estadio de quienes más saben sobre las sensaciones primarias: por ejemplo sobre los presentimientos. En Masa y poder, de hecho, los bosquimanos aparecen sólo en una breve sección sobre «Presentimiento y metamorfosis». ¿Cómo se da uno cuenta, desde lejos, de que alguien llega? Así responde el bosquimano: «Me di cuenta de que estaba llegando porque me dolía la parte de su vieja herida». Se advierte la presencia de alguien cuando duele en nuestro cuerpo la parte que corresponde a la cicatriz del otro. Esta es quizá también la descripción del proceso de conocimiento que Canetti llevó a la práctica en todo Masa y poder.
Pero la referencia decisiva para entender la naturaleza de la relación de Canetti con los bosquimanos está en una anotación sobre Proust: «No quiero convertirme en esclavo de los adjetivos, jamás, tampoco de los triples adjetivos. En Proust son el toque oriental, la pasión por las piedras preciosas. A mí éstas no me interesan, porque amo todas las piedras. Las “preciosas” quedan bien para sus personajes aristocráticos. Mi “aristocracia” son esos desconocidos de los “primordios”. Bosquimanos, aranda, fueguinos, ainu. Mi “aristocracia” son todos aquellos que viven aún de mitos, y sin los mitos estarían perdidos. (Aunque ahora, en su mayoría, están verdaderamente perdidos)».
Los Guermantes, para Canetti, eran los bosquimanos. Y a los bosquimanos se los había revelado un libro: Bleeky Lloyd, Specimens of Bushman Folklore, London, 1911. Libro hoy rarísimo, que se encuentra citado sólo en la literatura más técnica. De él Canetti habla así: «Este libro obra en mi poder desde 1944, hace dieciséis años. Con frecuencia he llegado a pensar que es el libro más importante entre todos los que conozco». Son palabras desconcertantes. Canetti, que sabía venerar los libros y a los autores, que conocía libros y autores de la más variada especie, que sabía ponderar como un juez las palabras en los libros, escribe de esta oscura obra etnológica: «el libro más importante entre todos los que conozco». Empezamos a entender qué tensión se puede ocultar detrás de un nombre y un título citados en una bibliografía.
En los Nachträge aus Hampstead se habla del libro de Bleek y Lloyd a propósito de una lectura que sacude a Canetti en 1960: El oficio de vivir de Cesare Pavese. Sentimos en esas líneas la sorpresa por el descubrimiento de una afinidad insospechada. Canetti llega incluso a decir: «Su diario es una especie de gemelo del mío». Pero ¿qué lo tocó tan profundamente? Antes que nada, unas pocas líneas anotadas por Pavese ocho meses antes de su muerte: «Necesito encontrar: W.H.I. Bleeky L.G. Lloyd: Specimens of Bushman Folklore, London, 1911». Aquí se encendió la chispa. Todas las demás observaciones de Canetti sobre sus puntos de afinidad con Pavese tienen un peso enormemente menor. El hecho de que Pavese quisiera buscar ese libro en particular es el elemento decisivo, la ordalía de la afinidad.
Deberíamos repasar los autores y los títulos que conforman la bibliografía de Masa y poder siguiendo el resquicio deslumbrante que se abrió detrás de los nombres de Bleek y Lloyd. Cada nombre que leemos es una experiencia. Algunas sobrecogedoras, como la lectura de la Historia secreta de los mongoles («Desde que me volví mongol no pienso en otra cosa, ni de día ni de noche…», escribirá Canetti hablando de ese periodo). O la lectura de las Memorias de un enfermo de nervios de Schreber. Conclusión: la lista de los libros que cierra Masa y poder es la primera forma —la más condensada— que asumió la autobiografía en la obra de Elias Canetti.
De todo esto da testimonio el propio Canetti —y precisamente a propósito de las Memorias de Schreber—. Yo estaba trabajando en la primera edición italiana del libro, aparecida en 1974 en Adelphi, donde el texto está seguido por un largo ensayo, Nota sobre los lectores de Schreber, en el que yo trataba de reconstruir las distintas lecturas de Schreber (directas e indirectas —la mayor parte indirectas, o sea, basadas sólo en la lectura del ensayo de Freud—) que se han sucedido desde el momento en que el libro fue impreso. A lo largo del trabajo, cuando llegué a Canetti, me asaltó la curiosidad de saber cómo se había dado para él ese encuentro decisivo. Y Canetti me escribió una larga carta para contarme el episodio, el 20 de enero de 1973. Un año después—era el 5 de febrero de 1974— me autorizaba a usarla públicamente.
Reproduje una parte en mi ensayo. Aquí quisiera referir un extracto más largo, porque a mi parecer corrobora con la máxima precisión lo que afirmé anteriormente:
«En agosto de 1939 vivía en Londres en el estudio de una buena amiga mía, la escultora Anna Mahler (hija de Gustav Mahler). Ella estaba de viaje y había puesto a mi disposición su estudio durante el periodo que estaría ausente.» Entre sus libros, que yo conocía todos muy bien, noté uno del que no sabía nada: las Memorias de un enfermo de nervios de Schreber. Lo hojeé y me di cuenta enseguida de que me interesaría mucho. No sabía de qué historia había nacido y no lo relacioné tampoco con Freud, cuyo ensayo sobre ese libro aún no había leído. Cuando Anna Mahler regresó, le pedí el libro prestado. Había llegado a sus manos por casualidad: un médico que anteriormente vivía en el estudio y luego había emigrado a los Estados Unidos se lo había dejado, junto con otras cosas que ya no necesitaba. De todo aquello Anna podía disponer como quisiera, así que me dio el libro.
»Pero no lo leí entonces, eran las últimas, febriles semanas antes del estallido de la guerra y ya no se lograba pensar más que en el horror que se cernía.» Durante más de nueve años el libro de Schreber permaneció sin leer en mi casa. Los libros representan para mí una doble aventura: la primera es el descubrimiento, cuando los encuentro en alguna parte, huelo la importancia que podrán tener en un futuro para mí y, por así decir, me apropio físicamente de ellos. Desde entonces pasan con frecuencia muchos años antes de la segunda aventura, cuando por un incomprensible impulso los retomo en mis manos y, excluyendo cualquier otro interés, me abalanzo sobre ellos como en un delirio. Con Schreber esto sucedió en mayo de 1949.»n Lo leí más veces de cabo a rabo, en un estado de gran excitación, y escribí los dos capítulos que luego, con mínimas abreviaciones, incluí en Masa y poder (que apareció en 1960)».
Por muchas razones esta carta nos impresiona, y podría ser leída, un día, como testimonio de alguna civilización europea en fuga, en la primera mitad del siglo XX: piénsese en este libro rarísimo (los parientes de Schreber, para defender el honor de la familia, hicieron destruir casi toda la pequeña tirada) que pasa de las manos de un médico desconocido, también él probablemente exiliado de un país de lengua alemana, a las de Anna Mahler, sin que ésta se dé cuenta de lo que es, y finalmente a las de Canetti, que —exactamente como un bosquimano— tiene un presentimiento de lo que podrá llegar a ser ese libro para él, lo toma y casi lo absorbe «físicamente»: y al final lo vuelve a abrir diez años más tarde para descubrir que es uno de los pilares de la obra a la que ha dedicado treinta años. Esto, de por sí, nos toca profundamente. Pero no quisiera detenerme en este punto. Más bien en las líneas en que Canetti relata la «doble aventura» que los libros representan para él. Creo que en su sobriedad aquéllas son la descripción más icástica de lo que es el proceso de formación —diría casi fisiológico— de una cultura personal, de esa constelación cifrada que cada escritor lleva en sí. Por eso siempre he considerado una prueba estridente de incivilidad los discursos de quienes reprueban que tantos adquieran libros y no los lean inmediatamente. Canetti, con su inmenso potencial arcaico, nos hace regresar a la condición primordial frente al libro, cuando el libro es la asociación de un nombre desconocido y de un título. Al cabo de la experiencia, una vez que el libro haya sido leído, ese objeto puede haberse convertido en una obsesión, como una larga pasión amorosa.
Ocho años después, en mayo de 1981, Canetti volvería a escribirme sobre Schreber a propósito de la novela El loco impuro, que tiene precisamente a Schreber como protagonista y había aparecido en 1974. Aquí, de nuevo, leí palabras sorprendentes. Canetti se disculpaba («ya desde hace bastante tiempo quería escribirle a usted») y explicaba por qué sólo entonces podía hacerlo: «El encanto se rompió, Schreber ya no es tabú para mí… Ya no soy prisionero de todas esas cosas tormentosas que durante las décadas de trabajo sobre Masa y poder se cernían sobre mí». Una vez más la resonancia es arcaica, y se tiene la impresión de una relación intensísima y secreta con algo que un día había sido un objeto desconocido.
Ahora demos una ojeada a la lista de los libros relacionados en la sección «Literatura» al final de Masa y poder. Observamos ante todo que la lista no es funcional. Allí no encontramos sólo libros que contienen episodios o temas a los que se hace referencia a lo largo del libro (éstos se encontrarán en cambio, puntualmente, en las «Notas»). Y entonces ¿qué es esa lista? Una serie de señales que remiten a experiencias de un lector. Es como si, al final de su obra más grandiosa, Canetti hubiera querido dejarnos una especie de códice autobiográfico de aquella larguísima, apasionante, angustiosa experiencia, poniéndonos de alguna manera en la misma situación en que él mismo se encontró, en el estudio de Anna Mahler, mientras hojeaba los libros de un desconocido médico que por ahí había pasado y ahora de esos libros «ya no tenía necesidad».
Más veces me sucedió retomar en mis manos esa lista y fantasear. Hay autores clásicos, inevitables. Pero hay también libros descuidados, ignorados, cuya posesión física debía de estar ligada, según Canetti, a historias análogas a la aludida en el caso de Schreber y de los Specimens of Bushman Folklore. Por una especie de confianza ciega en esa lista, hace años que busco todos esos libros —y me complace saber que aún hay algunos que se me escapan—. Son otras tantas promesas de un descubrimiento. Relataré aquí, como ejemplo, sólo una. Durante mucho tiempo me habían despertado la curiosidad un título y un nombre: Ignaz Jezower, El libro de los sueños. No sabía nada del autor. El título no podía más que hacer soñar. Por fin, con un anticuario, encontré un ejemplar. El libro había sido publicado por Rowohlt en 1938. Dedicatoria para Alfred Döblin. Contiene los sueños de trescientas nueve personas, de todas las épocas. Célebres y desconocidos. Se encuentran Alejandro Magno y Chopin, Mahoma y Lichtenberg, Samuel Johnsony Nietzsche, Flaubert y Cicerón, Alcibíades y Tutmosis IV. Pero se encuentran también muchos nombres de los que nada sabemos. Todos iguales en la tierra del sueño. Todos equiparados en el orden alfabético. Algunos eran conocidos y amigos del autor. Así, recorriendo el índice, encontré también una serie de sueños del joven estudioso Walter Benjamin, entonces desconocido. Reproduzco aquí uno: «Visita a la casa de Goethe. No recuerdo haber visto habitaciones individuales en el sueño. Era una sucesión de corredores enlucidos como en una escuela. Dos ancianas visitantes inglesas y un portero son los extras del sueño. El portero nos pide escribir nuestros nombres en un libro de visitas, que se encuentra en el extremo de un pasillo, sobre un atril que está frente a una ventana. Me acerco, lo hojeo y encuentro mi nombre ya escrito con una caligrafía infantil, en letras grandes y torpes».
De: La Locura que viene de las ninfas / Roberto Calasso 2008
Sexto Piso Editorial, Clásicos Sexto Piso Series (sextopiso.es)
Traducción de Teresa Ramírez Vadillo
Ph / Akira Kurosawa, El infierno del odio (Fotograma)
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