Zelarayán mi abuelo (Fragmento) / Pablo Aranda

Vuelvo sobre el asunto. Me digo que aparece la voz de mi abuelo cuando leo a Zelarayán. Leo a orejazos los libros que ha escrito, los dispongo sobre el piso de la casa. Los miro, los pateo, los giro, los toco con las manos sucias. Aguzo la escucha. El verdadero corazón es el oído, me recuerdo. Busco a mi abuelo, pero escribo sobre RZ. ¿Cómo se construye una memoria? Los pongo a los dos de perfil hacia mí, pero de frente hacia ellos. La nariz, ya de por sí gigante, les crece hasta que, ¡zas! se tocan.

Parece que empiezo por mí y no paro, ¿por qué? porque no sé, abro la boca y me dejo llevar. Meto la mano en la boca y tiro la lengua que se resiste a salir. En esa, me digo que até a RZ con mi abuelo materno desde lo oral, porque con ocho o nueve años me sentaba en uno de esos sillones a tiras que estaban en el patio de su casa y me disponía a escucharlo, seducido por las palabras y frases que salían de su boca. Mi abuelo contaba historias de la Pulguita Renga[1] o cantaba de principio a fin el Martín Fierro, el Santos Vega, el Fausto criollo y otros. Las horas se me pasaban escuchándolo. Yo, el convidado, sentado ahí, con las canillas flacas, el pelo lacio cayendo sobre mis ojos miopes, soplándome, cada tanto, el flequillo, absorto, es decir, agarrado por esa voz. No sabía, en ese momento, que se trataba de libros y me llevó varios años descubrirlo. De tanto que lo canto creo que lo escribí yo, respondía mi abuelo cuando le preguntaba, con insistencia, de dónde venía eso. Alguna vez me dijo que cuando era chico leía por las noches con una lámpara a querosén, que al otro día se levantaba con la nariz toda pintada de negro y así andaba, con la cara manchada, el resto de la jornada. El ojo, la lectura, mancha. Lo que despertaba realmente mi curiosidad era que nunca había visto un libro en su casa. Nunca supe cómo era esa memoria, esa biblioteca, o cuándo y dónde la lectura que en ese momento me compartía se dio por primera y, quizás, única vez. Atado a la escucha atenta, yo disfrutaba esas historias.

Pienso en la otra memoria, la de Zelarayán, ¿tenía biblioteca? Uno imagina que debería haber tenido una biblioteca enorme, imposible. Pero pensando las condiciones en las que llevó adelante su vida y en las que decidió vivirla ¿cómo retenía? ¿cómo recuperaba? ¿cuál es el espacio de una memoria? “He leído mucho hasta los 30 años. Después poco, muy poco”. Con más de 17, a veces 20, otras 27 mudanzas, las condiciones de vida de RZ fueron de mínima dos: falta de espacio y movimiento. ¿Cómo se construye una vida? Hace días que esta pregunta me ocupa, me insiste, la pateo para adelante y me vuelve encontrar. Entonces, ¿cómo se construye una vida? Moviéndose, me apuro a responder.

Olvido y recupero que mi abuelo también era entrerriano y hago el gesto de golpearme la cabeza con la mano derecha abierta, que Leandro dice que es bien zelarayiano. Entonces, acá hay algo, acá hay algo, algo biográfico que está empujándome. Mi prima me devuelve recuerdos de un viaje a Paraná ante mi pregunta ¿lo inventé o fuimos a Paraná con el abuelo? Ella asegura: boludo, fuimos y comimos fideos caseros con agujeritos ¡riquísimos! ¿te acordás? Había mucha gente sentada en la mesa, ¿de la casa te acordás? Era una casa adelante donde vivía la hermana de él y atrás había un patio grande y otra casa, donde vivía la hija de la tía y sus dos hijas que eran flacas y laaargas, completa entre risas. Le digo que fuimos en auto, que manejó el abuelo y que en un momento se rompió. Siempre se le rompían los autos, agrega mi hermano menor. Mi prima dice: sí, era un auto marrón y largo. Recuerdo esto como mis primeras vacaciones, ahí aprendí sobre las cuchillas paranaenses, esas subidas y bajadas que me parecían una locura y del auto me acuerdo muy bien, era un Rambler, cien por ciento industria nacional.

Contratapa (Laura Estrin)

Zelarayán es un encuentro milagroso. Entre sus frases sonoras, sus apodos elocuentes y las cosas perdidas que lo obsesionan, y si, además, somos provincianos, la combustión se hace relato, como acá, donde “el verdadero corazón es el oído”.

Zelarayán entonces es ocasión de una historia familiar, corriente que trasponemos. Lectura intensiva, verdadera agricultura, leído con todo el cuerpo, con todo el recuerdo, con el voy a hablar de mí de Shklovski sobre Maiakovski. Literatura imperdonable, la que no salva distancias: Aranda incrusta párrafo de Zelarayán/párrafo de su abuelo, un té con limón -lo llama. “Una postura, sí, pero más bien una posición de campo, una poética”/”Una cosa que recuerdo muy bien de mi abuelo es que no le interesaban los modales. Ser asqueroso o ser encantador también eran decisiones de RZ”.

Mientras se lee Zelarayán, se escribe, no muchos autores dan eso. Y se escribe lo que se sabe, “absorto, es decir, agarrado por esa voz” pero “a lo escrito sobre él, voy solo. A escribir sobre él, voy con mi Abuelo”.

Pablo Aranda / Zelarayán mi abuelo
Ediciones La Yunta, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2025

[1] El lugar era una casa de barro, cuadrada y oscura, con un mostrador muy precario, donde a mitad de los ochenta se juntaban los hombres de La Gran China a beber y a jugar al truco por plata, por animales, por la jarra.