JARDÍN BOTÁNICO
¿Recuerdas mi alma, ese árbol favorito?
Verdes eran las tardes a su vera;
era un ombú, era sagrado y era
como un hotel variadamente escrito
por los paseantes de otra primavera.
Nosotros no grabamos nuestros nombres;
y sin embargo, cuando todo muera,
¿no quedará un recuerdo de dos sombras
besándose las manos en la hierba
aunque esas sombras no se nos parezcan?
Las preguntas retóricas no requieren respuestas.
Me alejo para verte en la memoria;
tan joven y en el sol, como en un barco.
Los teólogos pensaron
que el orden y el desorden alababan a Dios
con semejante intensidad.

USPALLATA
¡Glorieta de Renoir que mira un lago!
siempre la mera rememoración,
que inscribe el movimiento y no el impulso,
tiñe de amor lo inanimado,
como un diván, un verso, una pared,
o el hecho de tomar el té.
No hay más digno deleite
que recordar las épocas felices
en silenciosa intimidad;
horas que sin embargo son felices
en el recuerdo y no en la realidad,
importantes momentos literarios
donde invisiblemente cambiaban nuestras vidas
su curso impredecible.
La música conmueve con ternuras
que no son suyas sino sugeridas;
los ocasos son dulces porque son
diversamente insólitos
como Ulysses de Joyce.
Horas que habré pasado en la terraza
junto a las frescas hojas de las enredaderas
esperando el llamado del teléfono
Esa casa no existe:
no ha sido profanada sino modificada
por los ojos distintos que la miran;
y sin embargo la contemplación
de una sola baranda, o de una puerta,
que aún sean como entonces
podrían conmoverme hasta las lágrimas.
J. R. Wilcock, 1951
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