
No, Faulkner no es ese novelista regionalista, prolijo y mal puntuado, confuso, ambiguo, puritano, sexista y quizá insuficientemente antirracista, que se nos presenta a lo largo del tiempo sobre un fondo de figuras folclóricas del Mississippi, color del pasado, cuando se perpetuaba la memoria corrupta de la esclavitud, el martirio de los Negros, la arrogancia de los Blancos. No, Faulkner no pertenece al pasado de malestar de los Estados Unidos, guerra de Secesión mal digerida, nostalgia pseudo-aristocrática, culto de fantasmas, oponiéndose al radiante porvenir de una democracia planetaria. No: Faulkner es un autor ardiente, actual, todavía y siempre muy por delante de nosotros.
Que un escritor, entre los treinta y cuarenta años, haya podido escribir tantas obras maestras (¡desde El ruido y la Furia hasta Absalon, Absalon!) es ya un problema. Que haya podido hacerlo, en paralelo, como si de nada se tratara (nada: la sociedad en plena convulsión de su tiempo, la crisis mundial, el reemplazo de la realidad por Hollywood, el acercamiento rápido de una nueva catástrofe), es un puro misterio. Sartre, desde 1938, ve muy bien el desafío, el peligro. Encuentra inmediatamente a Faulkner “deslealmente secreto”. Lo admira, pero es cauteloso, prefiere a Dos Passos, más social, más humano, más comunicativo. ¿Faulkner? “Podríamos decir “demasiados movimientos”, como se diría “demasiadas notas” en Mozart.”
Ya, Faulkner es demasiado. ¿Acaso porque Malraux, en una fórmula que se hizo célebre a propósito de Santuario, ha hablado de «la introducción de la tragedia griega en la novela policial” (lo que constituye una violenta conmoción histórica)? ¿Acaso porque Edipo, entre otros, saldría alterado? Sí, sí, algo se estremece, los fundamentos son tocados. Faulkner, nos previene Sartre, describe un mundo en “trampantojo”. Este obseso, surgido no se sabe de dónde, parece no ver nada para nosotros, para mañana. ¿Nos miente? “¿Qué hace cuando está solo? ¿Se acomoda a la cháchara de su conciencia demasiado humana? Sería necesario conocerlo.” Dicho de otra manera ¿es verdaderamente humano? Un autor de esta potencia, en pleno S. XX, apoyado sin esfuerzo, como si estuviese en su casa, sobre la Biblia y Shakespeare, es razonable; Sartre comienza a querer curarse de su admirable Náusea. ¿Lo logrará? Por desgracia, es probable.
Tenemos que decir que las novelas de Faulkner tienen motivos para inquietar. Sin narración en orden, puntos de vista múltiples y enmarañados, un estallido del tiempo y de la conciencia clásicas en favor de un presente monumental y de un pasado arremolinado.
“Nada sucede, dice Sartre, la historia no se desarrolla: la descubrimos bajo cada palabra, como una presencia engorrosa y obscena, más o menos condensada según el caso.”
Y sí, el “desarrollo” ha cambiado de sentido y de ritmo, sobre todo uno no se va a conformar con la lógica del cine. Ella rueda, la historia, alrededor de sí misma, hacia adelante, hacia atrás, de nuevo hacia adelante: ella se tambalea, se hunde, se extravía, se pregunta. El progreso no es especialmente su brújula. El pasado no es una tabla rasa sino un bosque. Está a punto de llegar a algo sin precedente en el Tiempo. Sartre, inmediatamente, siente bien que Faulkner es el exacto contemporáneo de Ser y Tiempo de Heidegger. ¿Faulkner novelista metafísico?
“Una técnica novelesca reenvía siempre a la metafísica del novelista… Ahora bien, salta a la vista que la metafísica de Faulkner es una metafísica del tiempo.”
Sí, a menos que se tratase aquí, precisamente, de una explosión del tiempo contenido, hasta entonces, por la metafísica. Es serio, muy serio.
“Los monólogos de Faulkner, escribe todavía Sartre, hacen pensar en viajes en avión llenos de turbulencias.”
Atención, vértigo. Lo que le ocurre al tiempo es insólito, quizá monstruoso, una conmoción global (pero se podía sospechar con la aparición de Proust, de Joyce, y aquí ya está Céline). ¿Qué quieren todos estos escritores? ¿“Mutilar” el tiempo, “decapitarlo”? ¿Privarnos del futuro cambio voluntario y consciente? ¿Impedir los futuros que cantan ? ¿El ser social en curso? ¿El hombre mismo, que se trata, como de costumbre, de educar, rectificar, mejorar? Sartre escribe:
« El pasado, para explicarlo, la tarea del historiador ¿no es en primer lugar buscar el futuro?
Pero, ¿y si el pasado ya no estuviera sujeto al futuro? ¡Ah, no, eso no! ¡Demasiadas notas!
Los escritores que releemos pensando que nunca los hemos leído suficientemente, y el corazón latiendo, es raro. Faulkner es uno de ellos: encantamiento, hechizo, contagio físico, paraíso contante de detalles. Abre Pilon, llegas a un campo de aviación donde va a tener lugar la tragedia de los pilotos acróbatas y de los paracaidistas de competición. Vas a estar por encima de las turbulencias. De repente, te embarcas en la actividad frenética y publicitaria de un aeropuerto, escuchas claramente el caos de los ruidos, motores, voces, locutores, altavoces. Y luego, después de un largo rodeo, he aquí los aviones:
“Silenciosos, esbeltos, traicioneros, fluidos, inmóviles, con su tamaño de avispa, su ligereza de avispa, parecen estables sin gravedad, como hechos de papel, con el único propósito de descansar sobre los hombros de los hombres en trajes que los rodeaban.”
He ahí: Pilon (y esta es quizás la razón por la que se habla tan poco de ello) es una novela sobre la expansión del reino de la Técnica, rendimiento, velocidad, periodismo. Tanto tiempo “para nada”: hacen altas performances, nuevas sensacionales, drama, un automatismo general de los cuerpos y del pensamiento. Esta nueva tiranía tiene antihéroes sacrificados: los pilotos. Su testimonio fantasmático, fascinado, celoso, asqueado: el reportero. Sus víctimas inocentes: el pequeño muchacho que no sabe siquiera quien, de los dos pilotos, es su padre, la mujer libre (Laverne), prometida, como siempre al resentimiento de la multitud de espectadores.
El mundo está abandonado a las máquinas y a la información. Faulkner ha dicho que él había querido, con Pilon, escribir una “leyenda de la velocidad en sí mismo”. Era también un homenaje fúnebre a uno de sus hermanos, muerto en un accidente de avión. Más de sesenta años después, el libro es de una grandeza conmovedora. Es, si uno quiere, la introducción de Shakespeare en el universo de las carreras y la prensa. O al contrario. Como ¡Absalon, Absalon! es la intrusión de la nueva violencia erótica en la Biblia. O al contrario. Todo es sin cesar parecido y diferente bajo el sol.
Algo está fijado, petrificado, pero habla: es una mujer, Rosa Coldfield, una rosa de hielo en el calor sofocante del verano. Nadie, mejor que una mujer, puede representar el tiempo confundido, charlatán, muerto, repetitivo, efervescente, y sin embargo detenido (Beckett lo recordará en su espléndido No yo). Abrid ¡Absalon, Absalon!, sois tomados por la frase floral y exuberante de Faulkner, su empuje, su avance, la precisión de sonido, de temperatura, de atención. La glicina, los gorriones, el polvo, la oscuridad de la habitación, el testimonio hipnotizado (Quentin), y luego el antepasado hablador: “su voz no cesaba, simplemente, desaparecía”.
Sartre había definido bien el estilo de Hemingway, el otro aventurero americano del fin de la metafísica: “Hemingway tiene un modo entrecortado de narración que hace salir cada frase de la nada hacia una suerte de espasmo respiratorio.” Faulkner, él, hace exactamente lo contrario: sus frases, en forma de pases magnéticos cada vez más profundos, su método en torsión, hacen a cada instante bascular una sobreabundancia de ser en la nada, él sopla sobre nosotros la luz deslumbrante de la nada. Esta negatividad febril, apresurada, salida, por así decirlo, del «rancio olor a carne vieja femenina desde hace tiempo consciente de su virginidad”, ilumina una extraña ley cuyas religiones no son más que derivaciones más o menos locas:
“Una acusación viviente, omnipresente e igualmente trasmisible contra el principio masculino entero aquí abajo.”
¿Obedecen los hombres a esta ley? Por supuesto, y es por lo que ellos se cortan la garganta. ¿Misoginia de Faulkner? De ninguna manera. Al contrario. Las mujeres son las primeras víctimas de esta barbarie de base (tanto si «ellas han siempre preferido la muerte a la paz »). ¿Las religiones? La que Faulkner muestra, en su devastación psíquica y física, es el cristianismo en su crispación protestante:
“La música, como toda música protestante, guarda siempre algo de severo y de implacable, de premeditado y de frío. Las ondas sonoras, con menos pasión que inmolación, demandan, imploran el rechazo del amor, el rechazo de la vida, los defienden a los otros, reclaman la muerte, como si la muerte fuese el más grande de los beneficios”
Y todavía:
“Placer, éxtasis, parecen incapaces de soportar esto. Para evadirse, solo conocen la violencia, la embriaguez, las batallas, la oración.”
Y todavía:
“En estas condiciones, por qué su religión no les empujaría a crucificarse ellos mismos, y a crucificarse mutuamente?”
Estamos aquí en Luz de agosto, sin duda la más “lograda” de las novelas de Faulkner. Es el pastor Hightower quien habla, y sabe de lo que habla. Tiene su frase clave: “Ahora, pronto.” A la caída de la noche, los caballos de la guerra de Secesión pasan delante de él como una visión. Christmas, él, el Banco-Negro convertido en el asesino de Joanna Burden, tiene también su frase clave: “Ella no habría debido ponerse a orar por mí.” Faulkner se proyecta intensamente en estos dos personajes, y con razón.
La huida de Christmas (este Cristo que perturba a la comunidad ya que está en ambos lados al mismo tiempo, lo que le valdrá la pasión erotómana de la mujer blanca negrófila, luego la castración de los Blancos negrófobos) es una ocasión soñada para hacer sentir lo que es el tiempo desencadenado, no contado, respirado desde todas partes:
“Le parecía que un día sería seguido por otro día, lleno de huida y prisa, sin noche entre ellos, sin intervalo para pararse, como si el sol, en lugar de ocultarse, hubiera vuelto en el cielo, regresara en el último momento sin haber tocado el horizonte.”
Pero también:
“Le parecía que, mientras que él permanecía allí, sentado, el día dorado le contemplaba con indiferencia, como un gato joven acostado y somnoliento.”
Faulkner es el pastor expulsado de su templo por lo fieles: es el asesino, en el fondo inocente, que, desde la infancia, es sospechoso de saber demasiado sobre la sexualidad reprimida de los actores (Christmas, a la edad de cinco años sorprendiendo a la dietista en su habitación haciendo el amor, él está escondido en un armario, come el “gusano rosa” del dentífrico; Christmas utilizado como objeto sexual por la propietaria blanca queriendo, para terminar, conducirlo a la sociedad y a Dios.)
El pastor ve “todas las iglesias del mundo… como un baluarte preparado contra la verdad y contra esta paz, abierta al pecado tanto como al perdón, que es la vida del hombre”. Christmas, él, repite:
“Yo no quería más que una cosa, la paz.”
Pero no hay paz, no la ha habido jamás, no la habrá jamás. Los falsos profetas no paran de bordar sobre esta cuestión, de declamar, de perorar, de especular; Faulkner, verdadero visionario, no ha sido un falso profeta, es por lo que él sigue siendo leíble, como leemos a Macbeth, Hamlet, o aun Isaías, Ezequiel, Jeremías, Revelación del ser-ahí:
“Él se sostenía allí, simplemente, en el medio de no se sabe qué suprema destilación del día despiadado, casi tropical, no sabiendo más si parpadeaba o no, en el medio de una implacable infiltración que los muros mismos no podían detener, y que venía de la atmósfera que lo envolvía, olores de pescado y de café, de azúcar y de frutas, de cáñamo y pantano…” (se trata del reportero, en Pilón)
Las dos palabras que vuelven sin duda más a menudo, en estas historias activas y meditativas, son “implacable” e “imponderable”. La implacable obra sobre lo imponderable. Suspense, luz, libertad vacía perdida en el tiempo, himno.
Así, de los caballeros sudistas, muertos desde hace mucho tiempo, que aparecen al pastor herido en Luz de agosto:
“Giran y desaparecen. El polvo se eleva, aspirado hacia el cielo, se desvanece en la noche que ahora ha venido del todo. Y sin embargo, asomado a la ventana, su cabeza vendada enorme y sin volumen sobre las manchas gemelas de sus manos sobre el alféizar, tiene la impresión de escucharlos todavía: los clarines salvajes, el ruido de sables y el trueno expirante de los cascos.”
O todavía, para describir el rostro de Christmas muerto, lo que sus asesinos serán obligados a ver toda su vida:
“Estará siempre allí, soñador, tranquilo, constante, sin nunca palidecer, sin ofrecer nunca nada amenazador, sino por sí mismo sereno, por sí mismo triunfante.”
Tal es la extraña luz de Faulkner atravesando el siglo.
Philippe Sollers, Le Monde de 19. 05. 95.
Traducción: Miguel Ángel Alonso
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