Escucho un audio de Terranova mientras meriendo en Maurice, café de especialidad del centro de Toulon. Hablando de mis vecinos, Juan sentencia: «los franceses inventaron el cine». Tiene razón. Se dice que un médico borgoñés fue el primero en definir el movimiento como una serie de quietudes. Marey era fisiólogo y sus cronofotos inspiraron a Le Prince a realizar una animación de dos segundos. Endeudado y luego desaparecido, los Lumière tomaron la posta, reemplazando las placas por celuloide y patentando el cinematógrafo que proyectaría, en 1895, las primeras películas.


¿Dónde fue el estreno? Tras Toulon, busco alquiler en los pueblos cercanos a Marsella. Doy con un monoambiente emplazado en un palacio de paredes rasas, antecedido por una verja inmensa y el bulevar que desemboca en la playa mediterránea. La urbanización es La Ciotat: calles estrechas, el barrio gitano acobachándose junto al astillero y el dique apacible, repleto de veleros. La hacienda está alejada, camino a la gare. Era la casa de verano de Antoine Lumière, quien hizo fortuna fabricando placas fotográficas en Lyon, aunque el devenir fue más justo y apocado: en 1937 se dividió en departamentos y el parque se loteó.

Mediaba 1892 cuando el padre de Louis y Auguste compró esas 90 hectáreas y 3 km de costa con el guiño de unos amigos masones. Luego levantó el casco principal, los establos, la central eléctrica, anexos que giraban en torno a los caprichos familiares. Su ladera estaba cubierta de viñedos. Ahora solo quedan cedros, palmeras, algunas estatuas y un estanque vacío. El archivo municipal exhibe esa primera fachada: las columnas de peristilo, las pilastras, las cornisas y balaustradas con detalles en estilo rocalla. Para 1930 se había convertido en hotel pero el proyecto no prosperó. Sobrevino entonces la guerra, la ocupación, el remate.


Desde el balcón mido esos jardines que atestiguan el extraordinario pasar de los hermanos-luz. La glorieta invoca a Renoir: el manierismo bucólico, los picnics en camisa y sombrero de mimbre. Pero los Lumière filmaron escenas más modestas, como la del tren a vapor, el escorzo en crescendo y el mito del pánico que desató esa locomotora espectral. El corto se presentó en París tras mostrar el piloto en este edificio, una tarde de allegados de 1895. Su entorno silencioso me revela un corolario: fue acá donde la gente admiró una pantalla por primera vez, dando la espalda al mar, a los árboles, al cielo siempre azul de la infancia.
Felipe Devincenzi
La Ciotat, febrero 2026
Ph / Felipe Devincenzi
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