Onda corta / Rodolfo Cifarelli

Hablé con el médico. En un rato me dijo que viene la enfermera para inyectarte la morfina. ¿Es la morocha, la joven?
Es ella.
La saludé en el pasillo. ¿Le viste las piernas?
No.
No puedo creer que no le hayas visto las piernas a esa paraguayita. ¿Vino tu madre a verte?
Sí.
¿Dónde está viviendo ahora?
En el departamento que alquila en Flores.
¿Cuánto hace que no la ves?
Un mes, más o menos. Vino cuando me hicieron la punción, después otras tres veces, no me acuerdo bien.
Vendrá en estos días. O le habrá pasado algo.
¿Por qué le habría pasado algo?
Porque no vino más.
Vos es la primera vez que venís. ¿Qué fue lo que te pasó?
Andaba con algunos problemas. De a poco voy saliendo. Ella me dejó un mensaje en el celular. Me dijo la fecha y la hora de
la punción, pero yo, en fin, últimamente… Tiempos complicados, ¿no?
Me imagino.
¿Querés verla?
A quién.
A tu madre.
Parece que el que quisiera verla sos vos.}¿Si la quiero ver? La verdad, no. ¿Para qué?
Como preguntás por ella.

Curiosidad. A nadie le gusta estar en un hospital, ni a los pacientes ni a sus visitantes. Menos a los pacientes, por supuesto. Estuve internado cuando vos ni habías nacido. Una apendicitis. En esa época había monjas como enfermeras. Con el mal aliento de la edad media y los rosarios colgados al cuello te rondaban como si fueras una especie de crucificado. No todas eran monjas. Había una, Ivonne, que era una de aquellas. Una madrugada de calor criminal me desperté con el pajarito más duro que una piedra y me encontré con Ivonne arrodillada al borde de la cama. Me dijo que no abriera la boca. Ella le daba al pajarito y yo volaba como una hoja en el viento. Me desmayó con tanto beso la guacha. Pero tenía las piernas como dos palos de escoba, nada que ver con las piernas de la paraguayita.
No sabés si es paraguaya.
No tendría nada de malo que sea paraguaya.
No. Lo que tiene de malo es que supongas cualquier cosa. Se llama Lidia.
Lindo nombre. A la única que yo quería ver cuando estuve en ese hospital era a mi madre y ella tampoco vino.
Mamá vino.
Bueno, es una forma de decir. Una vez el gemelo dijo que a mi madre le gustaba irse a mansiones ocultas en la pampa. Volvía con billetes sucios y arrugados, con leyendas sobre la suerte y el destino. Muchos billetes, la plata valía en esa época. Mi padre esperaba a que se durmiera para robarle. Le robaba para irse a chupar por ahí. Nunca supe dónde ella los guardaba ni de dónde él se los robaba. El gemelo sabía, pero nunca me diría nada porque él también le robaba algunos billetes. Era terrible el gemelo. Así le fue. Suerte, que me perdone dónde esté, que ya no está. Me aterraba que me confundieran con él.
¿Vos también le hubieses robado?
¿A mi madre? No. Qué decís.
Curiosidad. ¿Estás trabajando?

Conseguí la semana pasada. No es la gran cosa pero pude pagar el mes atrasado de la pieza de la pensión. Seis horas sentado en una silla en el centro de un patio enorme con techo de vidrio verde para esperar que unos mirlos rojos bajen a comer de mis manos. Es molesto. Me ponen guantes para que no me lastimen las manos y un sombrero para que no me caguen la cabeza. Están probando un remedio o algo así. Después de comer los mirlos vuelan más alto y algunos se pelean. Les voy a pedir tapones los oídos.
Qué trabajo raro.
Hay que comer, querido. ¿Y tu trabajo?
Me echaron hace cuatro meses. Vivo con la indemnización.
Pero hacía muchos años que estabas.
No les importa nada más que usarte.
¿Cuál es la novedad?
Ninguna.
Lo mejor es ser independiente. No hace tanto empecé a volver a lo mío. Pensaba que no iba a poder. Pero pude: arreglé una radio que encontré en la calle. Cuando tenga la plata pongo un localcito. Capta transmisiones de onda corta a medianoche. Escuché emisoras en alemán, inglés, ruso, etcétera. Unos días más tarde empecé a escuchar una con murmullos de voces en castellano, no alcanzaba a escuchar bien qué mierda decían. Pero era en castellano. Fui moviendo la antena y lo conseguí. Un hombre y una mujer, siempre ellos.
Qué dicen.
Frases inconexas. Secuencias de mensajes que otros reciben al mismo tiempo que yo, pero, a diferencia mía, tal vez los descifren. ¿Quiénes serán? El hombre, ayer a la noche, dijo: «Sus caras sudaban el mismo terciopelo de los vasos de whisky sobre sus rodillas.» Después, la mujer: «Van a cubrir la tierra con peces nacidos en el estanque de la pirámide. Las consecuencias son impredecibles.» El hombre siguió: «La Fontana de Trevi no existe, es un holograma para los turistas. Y no sólo para los turistas.» Ella gimió: «Me senté en la orilla del río a mirar los faroles de las casas de las sirenas de la otra orilla. Me podría haber muerto de felicidad allí en ese momento.» Esa gente no está nada bien.
No es un diálogo.
¿Y entonces?
Captaste la radio de un manicomio.
Después hubo un silencio. Los escuchaba respirar. Cuando vi que había pasado media hora sin ninguna palabra me acosté para dormir y volvieron. El aire estaba bien cargado de electrones y los escuchaba como si estuvieran en la pieza conmigo. La mujer dijo: «Se golpea la nariz con su mano izquierda, la que no tiene dedos. Llora porque le sobran dedos en la otra mano.» Enseguida habló el hombre: «El destello de la luz de los dibujos animados es peor que la metanfetamina.» Otro silencio de cinco minutos o más. Después una sirena de bomberos. Después zumbidos de insectos, cinco minutos. Después silencio absoluto. Ese silencio habrá durado dos o tres minutos. Ella, que parecía más relajada, dijo: «Sembradores de nubes. Cazadores de huevos. Esta es la historia nuestra y la de todos.» Siguió el hombre, también más relajado: «No el sentido homogéneo de una obra, sino un collage de fantasmas que la vida me impuso o que acaso yo creé porque la vida me era imposible sin fantasmas.» Después no pude aguantar y me dormí.
No puede ser que recuerdes tantas frases.
Las recuerdo. Tengo buena memoria. No sé qué querés decirme.
Que todo eso está en tu cabeza.
Me enorgullece que pienses que soy tan imaginativo.
No es imaginación.
Qué sería.
Alguna alteración mental.
Me hacés reír. No estoy loco.
No dije que estás loco.
Los escucho como te estoy ahora escuchando a vos. Están en alguna parte, no en mi cabeza. La radio los capta. No es tan difícil de entenderlo. Recuerdo la primera frase que les escuché: «Todos dicen lo que quieren menos lo que uno necesita saber.»
Será el nuevo trabajo que te está afectando.
Es monótono, salvo cuando los mirlos se pelean. Son temerarios. A mí me ignoran.
Es mejor que te ignoren antes de que te ataquen.
Si no querés creerme no me creas.
Que no crea qué.
Mi trabajo.
Te creo. Habrá incluso trabajos peores.
Es claro. En el fondo nadie le cree a nadie. Basta salir a la calle para darse cuenta. Todas las caras son obligaciones, órdenes, necesidad de sobrevivir. Una mentira tras otra, una tras otra, las veinticuatro putas horas del día. Nadie entiende que es un silencio que otros llenan de palabras. Esas palabras son las que te levantan o te aniquilan. La pregunta es quién es uno, de dónde les vinieron a los otros las palabras que llenan sus silencios. Yo, por eso, prefiero decir lo justo. Trato de pensar lo que digo. Trato, aunque es cierto que muchas veces pienso si soy yo el que está hablando o es otro que habita mi silencio y me copia la voz. Pero es mi voz cuando hablo o pienso. No veo diferencias. Cuando me animo me hablo con otra voz. Como si fuera un payaso hablándoles a los chicos en un circo o un gran pensador reflexionando sobre esto o aquello. Puedo hacer tanto una cosa como la otra, me salen bien, pero nunca les hablaría a los demás con esas voces. Me encerrarían. Mejor dedicarse a ganarse los garbanzos y hacerse el tonto. Pareciera que somos libres sólo cuando estamos en absoluto silencio. Vos, ¿qué pensás?
El silencio es lo más parecido a la muerte.
¿Y la muerte lo más parecido a la libertad?
No, no pienso así.
Las palabras esconden el caos, no el orden. Pero son necesarias. ¿Por qué? El caos es un sistema de información, pero son pocos los que lo manejan. Guerra psicológica. Ahí está la cosa. Oculta. Ahí. Es simple, en alguna forma. Hay un lenguaje desconocido sobre lo que deberíamos especular. Es nuestra única posibilidad. Empezar desde cero. El tema es llegar al cero. A ese cero.
Quiero dormir.
Descansá. Mañana vas a estar mejor.

Me voy.

Mañana, si puedo, vengo. Descansá, así te pones bien.

Mañana… No te aseguro nada.

*

Mientras el paciente despierta, apenas dolorido, desde afuera penetra el rumor naciente del tráfico que empieza a circular por las calles aledañas. Es señal de que podría estar a punto de amanecer.
No es el flagelo que irrumpe, dice una suave voz de mujer, es una corriente nada violenta que arrastra la barca como una brisa primaveral a una mariposa.
El paciente busca la voz girando la cabeza. Ve sobre la mesita al costado de la cama una diminuta luz roja que titila. No es la luz de ninguno de los aparatos que lo controlan. A pesar de las penumbras de la hora, una línea fina y brillosa, como la huella bajo la luna de una llovizna en una rama, destella un matiz platino en la antena de un aparato negro que antes no estaba allí.
Instantes después interviene una voz, asimismo suave, de hombre: Ni son las ilusiones perdidas que nos tocaron a todos.
No, dice la mujer, ni las ruinas de ninguna ciudad en cualquier crepúsculo del pasado.
Quién habla, pregunta el paciente al punto rojo, que titila más intenso, más acelerado.
Puro hueco, dice la mujer, no vacío, un hueco que se crea a sí mismo, se llena de sí mismo y no es un hueco, es mezcla, es cumbre, extensión, devenir, bosque.
Quiénes son ustedes, pregunta el paciente.
No te agites, dice el hombre, no es necesario ningún esfuerzo.
Tranquilo, dice la mujer, no te asustes, estás por ver las palmeras de aquel boulevard, pero antes cerrá los ojos.
El paciente cierra los ojos. Más allá de sus párpados palpita una luminosidad incandescente que se irradia como un líquido tibio hacia los músculos entumecidos. Los dolores y el frío aminoran. Leve, muy leve, baja con paso firme los primeros escalones de un aire empapado de olor a agua de aljibe.
Lo estás haciendo bien, dice la mujer.
Estás viajando, dice el hombre.
Adónde, pregunta el paciente.
El rumor del tráfico, el punto rojo y la luz del nuevo día que brotaba en las paredes de la habitación en manchones lechosos se apagan al mismo tiempo. La luminosidad incandescente se aleja.
No me duele nada, dice o piensa el paciente, es como si tuviera veinte años y camino sin dolores ni miedos bajo un cielo radiante junto a los rieles de una vía abandonada en el campo, como si tuviera diecinueve años, dieciséis…

*

A Lidia, la enfermera, le llamó la atención la vieja radio en la mesita junto a la cama del paciente y se la entregó a la jefa de enfermeras. Llamaron al celular de la madre para avisar el fallecimiento, pero nunca atendió. También a su trabajo, un salón de estética, pero les dijeron que había renunciado unos días antes y no tenían otro dato que el número del celular mudo. Del padre no había un solo dato de contacto. Nadie pidió por el cadáver. Tras haber permanecido una semana en la morgue del hospital y otras dos en la judicial lo enterraron en una fosa común en un cementerio del conurbano bonaerense.
Como el aparato de radio no funcionaba, la jefa de enfermeras lo tiró al tacho de la basura.

Roberto Cifarrelli, 2026
Ph / Graciela Itúrbide / Khajuraho. India, 1998.