En las afueras / Natalia Coluccio

 

“Amado” es -teatral, “amante” -sincero, “amigo”- impreciso.  ¡País de desamor!

M. Tsvietáieva

 

En este mundo, donde el negro es gris, “a Marina Tsvietáieva no la tranquilizó nadie” afirma Hugo Savino en Salto de mata. Su cuerpo era un campo de batalla. Toda su vida fue un campo de batalla. O, mejor dicho, ella, si vida: toda guerra. Por eso no podía tranquilizarla nadie. “La vida es el lugar donde no se puede vivir…. La vida es el “pogrom”.”.

¡Qué haré yo, ciego y bastardo,

En el mundo donde todos tienen padres y ven,

Donde las pasiones recorren un terraplén

De anatemas, donde llaman

Resfrío al llanto!

¡Qué haré yo con mi fibra y oficio

De bardo! ¡Soy cable! ¡Siberia! ¡Fuego!

¡Por mis alucinaciones, como por un puente,

Con mi levedad

En el mundo de lastres!

¡Qué haré yo, poeta y primogénito,

En el mundo, donde el más negro es gris!

¡Donde la inspiración la guardan como en un termo,

Con mis desmesuras

En el mundo de medidas!

¿Y qué hará Marina Tsvietáieva? Escribir. Escribir poemas, escribir diarios, escribir cartas. Escribirá. Escribirá sus desmedidas en este mundo de mesuras. Ni una opción ni la otra sino lo tercero. En “Carta de fin de año”, dice:

El sonido que rompe los oídos, / Que hasta el límite de la angustia se estira…/ Despedida – ¡esto no es ruso! / ¡Ni es femenina, ni tampoco varonil!.

En poemas, diarios y cartas expresa que ninguna opción es viable, así como nada de lo existente es lo posible. Lo más representativo se ve condensado en: la vida es el único lugar donde no se puede vivir.

Cuando en sus diarios habla de su vida cotidiana, es lo imposible: “Todos mis esfuerzos en la vida activa son los esfuerzos de un ahogado que no sabe nadar”. La vida no es posible; no es posible en cuanto a que -la vida tal como la conocemos- no tiene que ver con la poesía, y no hay lugar para el poeta, que es lo tercero.

La poesía y las obligaciones están en tensión: “no tengo tiempo para oírlos: tengo muchas cosas que hacer, lo oigo siempre en tensión. La bodega: 100 veces al día. ¿¿Cuándo – escribir??” Eso provoca una angustia insoportable. En “Poema de la montaña” Tsvietáieva escribe: “No podré ni hoy, ni más adelante/ Tapar aquel agujero negro”.

Su Pushkin

A cada paso, su vida tenía un nuevo agujero. Desde chica ella leía. Y dirá en Mi madre y la música que lo que no se aprende en la infancia no se aprende nunca. Su primer poeta y una -su- tragedia: “Pushkin fue mi primer poeta, y a mi primer poeta- lo mataron”.

Tsvietáieva destacaba especialmente a la niñez: “Los niños entienden demasiado. A los siete años “El novicio” y Eugenio Oneguin se entienden más profundamente que a los veinte”.

Tarkovski, cineasta ruso, en consonancia con este pensamiento, dice:

El poeta es una persona con la fuerza imaginativa y la psicología de un niño. Su impresión del mundo es inmediata, por mucho que se mueva por las grandes ideas del universo. Es decir, Es decir, no “describe” el mundo, el mundo es suyo.

Lo que dice Tarkovski ayuda a pensar la relación entre lo que captan los niños y lo que captan los poetas. Es justamente esa apropiación del mundo la que hace imposible la vida en el mundo.

Tsvietáieva dirá en un cuestionario que “Al mar” de Pushkin es su poema preferido de la infancia. Este poeta también será una vía de contacto con la tragedia, pero no con una tragedia que ocurre y concluye, sino que se repite, una y otra vez, en su interior. Las experiencias de un poeta no tienen tiempo y no terminan.

Desde aquel momento en que, ante mis ojos, a Pushkin en el cuadro de Naumov- lo mataron, diariamente, a cada hora, ininterrumpidamente lo mataban a toda hora, ininterrumpi damente lo mataban toda mi niñez, infancia, adolescencia -yo dividí el mundo en poeta – y los demás, y elegí al poeta, tomar al poeta bajo mis custodio: defender al poeta -de todos, sean cual sean sus nombres o ropa.

En la guerra entre la realidad y la poesía, ella eligió la poesía, las afueras. Ser lo otro: “el poeta es un judío”. Cuando Tsvietáieva describe a Pushkin, lo describe como negro, que Pushkin era negro y sus ojos eran negros. Pushkin era la estatua negra de la infancia. Y ella dice en Mi Pushkin que todo poeta es negro y que todo poeta fue asesinado. Su Pushkin recibió una bala en el estómago.

Y el estómago toca de cerca a Tsvietáieva y pareciera que más que el estómago -el estómago que recibió la bala, Pushkin, bala que recibieron todos los poetas. Porque están los poetas y están los otros. Ella pertenece al bando de los poetas y ella habla por todos ellos -los poetas- y todos -los poetas y solo los poetas- hablan por ella.

Pushkin es su Pushkin.

Y su Pushkin, Mi Pushkin, quizás tan indivisible como “monumento-Pushkin”, sin caso genitivo tal como lo escribe ella. Dos nominativos unidos por un guión-puente. Y en su niñez -y en su adultez, recordándolo- quiere comparar sus muñequitos con el monumento-Pushkin. Pero, ¿son posibles las comparaciones? “Nadie se parece a mí y no me parezco a nadie.”.

Tsvietáieva habla de escultura, de pintura, de poesía, todo está entrelazado. La verdadera división es entre lo que es poesía y lo que no, los que son poetas y los que no. “Al hablar de poesía no estoy pensando en ningún género determinado”. Tarkovski en su libro Esculpir el tiempo, divide lo que no es poético de lo que no y subraya: “La poesía es para mí un modo de ver el mundo, una forma especial de relación con la realidad”.

Y ese modo de ver, de vivir el mundo genera enfrentamientos que terminan en imposibilidades para Tsvietáieva quien alguna vez dice que “quizá callada la vida la soporte”.

El poeta no soporta la vida y la vida no soporta al poeta.

En la poesía está la soledad.

Queda la sensación de una soledad absoluta, una soledad que no tiene cura. El cuerpo de otra persona es una pared, impide ver su alma. ¡Oh, como odio a esa pared!

¡No quiero el paraíso, donde todo es apacible e inaprensible, – me gustan tanto los rostros, los gestos, el acontecer cotidiano! ¡Tampoco quiero esa vida en la que todo es claro, sencillo y tosco-tosco! Mis ojos y mis manos parecen arrancar involuntariamente los velos – ¡brillantísimos! -de todo

La vida y la poesía están enfrentadas, los libros están en contra de la vida. En sus Confesiones, dirá: “Cada libro es un latrocinio a la propia vida”. Escribir poesía es destruir la vida a manos de la poesía: lo mismo que hace que su vida tenga sentido, la destruye.

 

 

La desmesura

“Pero esas palabras, ¿podían expresar siquiera la mitad de todo aquello que llevaba en su corazón, que contenía su corazón rebosante?”. Esta cita de Tarkovski bien podría haberse referido a Marina Tsvietáieva. Ella en sus poemas vuelve una y otra vez sobre sus desmedidas en este mundo de medidas. En cuanto a los hechos importantes de su vida, ella afirma que siempre estuvieron por debajo de ella:

Todos los acontecimientos de mi vida han estado tan por debajo de mi fuerza y de mi sed, que simplemente no intervengo: ¡y menos rectifico! (….) En esta causa injusta no intervengo. Sobre estar viva, en Un espíritu prisionero dice: “Me avergüenzo de estar viva todavía.

“El poeta es aquel que debe superar la vida” dice en una de sus cartas a Rilke en 1926. Y en esto residen -y merodean- las desmesuras y el construir en las afueras.

Hay un problema de intensidades. El mundo o bien es frío, indiferente o bien tiene un fuego que apenas puede comparárselo con el fuego para cocinar. Marina por esto se siente apartada, innecesaria: “Nadie me necesita: nadie necesita mi fuego porque en él no se prepara una papilla”.

O bien se lee que su fuego es un fuego inútil -porque no sirve para cocinar- o bien que es tan intenso que quemaría todo. Esto la lleva necesariamente a la soledad.

Lo mismo que con el mar: a solas, a solas, a solas.

Los libros me han dado más que la gente. El recuerdo de una persona siempre palidece frente al recuerdo de un libro (…) mentalmente lo he experimentado todo, lo he tomado todo. Mi imaginación siempre se adelanta.

En Marina Tsvietáieva todo es guerra. La poesía era suya y la poseía en forma de guerra, guerra que no está hecha de batallas sino de guerras. De ahí podemos pensar -decir, mirar, oír, palpar su “qué haré con mis desmesuras en este mundo de medidas”. Marina hace caber lo que no cabe, multiplicidades -o unidades- dentro de la unidad. ¿Cómo puede entrar su universo poético en este universo? No lo hace. “Para mí – todas las palabras resultan pequeñas. Y el exceso de mis palabras – es únicamente una tenue sombra del exceso de mis sentimientos” escribió en Locuciones de una Sibila.

Para Tsvetáieva todo es un exceso y cada exceso una totalidad. Para ella todo es una totalidad. Y la totalidad más importante es la poesía, la que hace su vida sea su vida. ¿cómo podía haber medidas para quien todo es totalidad?

“En amor, sólo supe una cosa: sufrir como una bestia – y cantar. Ni siquiera supe esperar – como Ajmátova: “No habría hecho más que cantar y esperar”. De manera general, hay una cosa que no supe hacer: es vivir”. Tsvietáieva solo supo escribir. Y vivir fue para ella escribir.

Y sufrir como una bestia -siempre más allá de lo humano- por sus amores. Siempre las desmedidas en este mundo de medidas. Ser poeta es ser de una raza , la “raza de las marinas” como la llamaría Milita Molina-.

“Ya sé yo – ¡de dónde viene mi raza!

Como la llama -insaciable,

Alimento y muerte soy para mí mismo.

Brasas -todo lo que toco,

Carbón -todo lo que dejo,

¡Soy el auténtico fuego!

Me abrasa, por supuesto, que no haya -si se da el caso- adónde ir – ni en dónde permanecer un momento. Que Sóniechka no exista más -que no exista en absoluto. Ni siquiera sus huesitos . Pero Sóniechka – y los huesitos… ¡no!”

Libre elemento

Tsvietáieva se despedía de sus amores siempre, siempre imposibles. Oscilaba entre el amar como una bestia o la soledad -que es lo mismo-. Tarkovski afirma que “El genio no es libre. Thomas Mann escribió una vez, más o menos, esto: Libre es sólo lo impasible. Lo que tiene carácter no es libre, sino que está marcado por el propio sello, condicionado y preso…”

La poeta habla de la poesía como el elemento libre, pero a su vez, dice que es del que uno no se despide nunca: “el Libre Elemento resultó ser Poesía, y no el mar; poesía, quiere decir, el único elemento, del que uno no se despide nunca.

en mi enorme ciudad – la noche

de la casa del sueño salgo -me voy

una esposa, una hija, piensan que soy,-

pero mi único recuerdo es: la noche.

(…)

Amigos, libradme de las trabas del día.

Comprended que a vuestro sueño acudo.

pues el mundo es tu cuna -y tu sepulcro-

La poeta volverá una y otra vez al mar y a la montaña, así como a la infancia. En Tres poemas, donde encontramos amor e ineludiblemente, despedida, se encuentra “El poema de la montaña”. La montaña es una imagen importante en la poeta. En ese poema, Tsvietáieva escribe: “acá la pena la pena en la montaña, como toda montaña enorme/ la montaña esa era “como el pecho/ de un recluta por el proyectil”

La guerra, las desmedidas. La profundidad de Marina Tsvietáieva es hacia arriba hacia lo alto. Como la estatua de Pushkin, alta como ella -profunda- quería medir las estatuas con sus muñecos: “Exigía aquella montaña/ El océano en el pabellón de la oreja/ Irrumpiendo de pronto con el ¡hurra! / La montaña perseguía y atacaba (…) Han sido mundos – la montaña aquella.”.

En este poema aparece Perséfone, quien en el mito había comido de lo que no había que comer. Perséfone conoce los infiernos y Tsvietáieva la invoca con el verso “De la Perséfone de un grano de granate” / ¡cómo olvidarte en los ríos infernales! En Mi Pushkin la poeta recordará a su madre diciéndole “siempre mirando donde no hay que mirar”. Esto define su mirada, la mirada de poeta. “Si no se siente pasión por el transgresor – no se es poeta afirma en Locuciones de la Sibila. La poesía para Marina Tsvietáieva es no obedecer. Perséfone conoció las profundidades y transgredió.

En Mi madre y la música la poeta recuerda su infancia y sus comienzos con el piano. Su madre, pianista, deseaba que ella siguiera su camino. Marina, como Perséfone, transgredió, llevándose la música a sus poemas: “los versos y toda la música – son promesas”.

 

Ser todo

YO NO AMO EL MAR. No puedo. Tanto espacio, y no se puede caminar (…) el mar no tiene frío, él es – el frío, todo lo que hay en él es terrible es -eso-. … El mar es – dictadura”

La montaña es variada -divinidad. La montaña es variada… La montaña es ante todo mis penas, Boris. Mi valor exacto

La montaña es libertad y se contrapone al mar, por eso Tsvietáieva prefiere la primera. Ella, en su búsqueda de libertad, desea ser todo. Así lo expresa en otra carta, donde define qué es ser poeta: “…Te conviertes en poeta (si es posible convertirse en poeta, si no se es de antemano) para no ser ni francés ni ruso, para ser todo.”.

En ese ser todo, ella dice asombrarse cuando la consideran un poeta ruso y que la nacionalidad es inclusión y reclusión. Que la lengua materna no existe, que ya de por sí escribir en lengua materna es traducción; aunque hace la salvedad con el alemán: el alemán es lo más cercano a una lengua materna porque el poeta se escribe a sí mismo. “Sepa encontrar en esta carta a mi verdadero yo.”. Lo escrito tiene al poeta en él, hay que poder leerlo.

Y en cuanto este escribir o escribirse, escribirá sobre la inspiración y al trabajo del poeta:

Así, por ejemplo, a la afirmación “No existe la inspiración, todo lo hace el oficio” (el método formal, es decir, una variante del bazarovismo) surge inmediatamente del mismo campo (de la estupidez) la respuesta: “No existe el oficio, todo lo hace la inspiración (la “poesía pura” la “chispa divina”, la “verdadera música”- todos los lugares comunes del espíritu profano). Y el poeta de ningún modo preferirá la primera afirmación a la segunda, ni la segunda -a la primera- La misma evidente mentira en otra lengua

Y en esta postura también vemos una tercera opción: ni inspiración ni trabajo disociadas sino las dos cosas. Los versos se escriben, con trabajo e inspiración. En ellos está el verdadero yo que es, en este caso, la poeta ¿Pero es ella la que escribe? Cuando en Diario de la Revolución de 1917 habla sobre el dar las gracias, hace una distinción importante (y donde vuelve ineludiblemente la imagen de la montaña):

La alegría por el pan – ¡no hay mejor gratitud! Esa gratitud que termina con el último bocado que pasa por el esófago.

¿Es posible que esta minucia, esta nadería, este sobreentendido (para mí) –dar– deba crecer ineludiblemente hasta volverse una montaña, debido al añadido -a mí?

Yo sé cómo se da: ¡a ciegas! ¿Y acaso toleraría que me agradecieran por el pan? (No lo tolero ni por los versos – ¡eso no!).

El pan – ¡¿acaso soy yo?! Los versos (la casualidad del don del canto) – ¡¿soy yo?!

Yo, bajo el cielo, sola. Aléjense y agradezcan. (…)

Las almas son agradecidas, pero las almas sólo agradecidas por las almas. Gracias por existir.

Todo lo demás -lo que va de mí a una persona y de una persona a mí -es una ofensa.

Tsvietáieva hace una separación taxativa y explícita entre los cuerpos y las almas. El pan no se agradece porque va de su mano al esófago y eso es su cuerpo, no su alma. Solo es digna de agradecerse la existencia. Y lo más importante: separa y pone en cuestión si ella es el canto, si ella es los versos.

El poeta también está en tensión con el cuerpo. En Un espíritu prisionero, Tsvietáieva narra: “Kogan dice: `tengo que hacer cola para comprar pescado y quiero escribir, pero también quiero comer no soy- un espíritu”. El poeta vive necesariamente en una imposibilidad: “El poeta es prisionero de Psiqué “y “quien lee mucho no puede ser feliz” sentencia Marina Tsvietáieva en Locuciones de la Sibila.

En una carta dirigida a Pasternak en 1926, Tsvietáieva dice: “Yo vivo con tu alma…” que se relaciona a su vez con la negación del cuerpo: “yo jamás he sido un cuerpo”.

Cuando habla de ser, lo relaciona directa y totalmente con la poesía: “La poesía es el ser: no poder hacer de otra manera”.

De nuevo en sus cartas a Pasternak ,escribe sobre este ser -poeta- que la desconecta del mundo: Boris, ¿dónde nos encontraremos? Tengo la sensación de no vivir ya en ninguna parte. Por lo pronto -la Vendée, ¿y después? Sufro de atrofia del presente, no solo no lo vivo sino que nunca estoy en él. Pero este mundo tampoco es lo que le interesa: “Todo esto es -transitorio,” y´/ “El tiempo -es un mal menor:

Tsvietáieva, reflexionando su estar en el mundo y en su ser, se lamentará de que en este mundo no se necesitan poetas. Y como contraparte, desesperanzada, le plantea a Pasternak que quizás un mundo maravilloso exista, pero los poetas no tienen acceso a él: “Boris, no se te ocurrió pensar que hay todo un mundo inmenso y maravilloso que está vedado a la poesía y en el que se abren unas leyes igualmente inmensas”.

En este sentir, describir el mundo y la poesía, la relación de los poetas y el mundo, piensa una y otra vez en ella misma. En sus Confesiones, hablando nuevamente de ella y sus desmedidas: “Como mujer soy IMPENSABLE, como poeta – solo soy natural. – ¡Y esta es –(demasiado tiempo abjuré)- de una vez y para siempre -mi única medida!”

Este mundo, el que habitan -sus cuerpos- está en contra de los poetas. Marina, con motivo de la muerte de Rilke, le escribe a Pasternak en una carta: “Boris: murió el 30 de diciembre y no el 31. Un error más de la vida. La ultima pequeña venganza de la vida -contra el poeta.”. En una reflexión más extrema, afirma: “Querido, si has muerto, -es que no existe ninguna muerte (¡o ninguna vida!)” y “De una sola cosa en el mundo tengo miedo – de los momentos cuando se congela en mí la vida.”

Y ante este panorama agobiante, donde “la vida es un suburbio”, donde la vida es el lugar donde no se puede vivir, donde la vida no es vida, se (nos) rescata su exhortación “¡Construyan en las afueras!”.

 

Natalia Coluccio