TIO TUNGSTENO (Fragmento) / Oliver Sacks

 

 

Crecí en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, en una enorme casa eduardiana llena de recovecos situada en el noroeste de Londres. Como estaba en la esquina donde se encontraban Mapesbury y Exeter Road, la casa del 37 de Mapesbury Road daba a ambas calles, y era más grande que las de nuestros vecinos. Era un edificio básicamente cuadrado, casi cúbico, aunque tenía un porche delantero con tejado a dos aguas que sobresalía, como la entrada de una iglesia. También había miradores en saledizo a ambos lados, por lo que entre ellos la pared se ahuecaba, dándole al tejado una forma bastante compleja, que a mí me parecía la de un cristal gigante. La casa era de ladrillo rojo, de un peculiar color crepúsculo suave. Tras haber estudiado un poco de geología imaginé que debía de ser alguna vieja piedra arenisca de la era devoniana, idea auspiciada por el hecho de que todas las calles que nos rodeaban Exeter, Teignrnouth, Dartrnourh, Dawlish eran nombres devonianos.

En la parte delantera tenía dos puertas contiguas para evitar corrientes, y entre ambas quedaba un pequeño vestíbulo; luego se pasaba al hall, y de ahí a un pasillo que conducía a la cocina; el hall y el pasillo tenían el suelo con mosaico de piedras de colores. A la derecha del hall, nada más entrar, la escalera se curvaba hacia arriba, y tenía un macizo pasamanos que mis hermanos lustraban de tanto deslizarse por él.

Algunas habitaciones de la casa poseían una cualidad mágica o sagrada, quizá, por encima de todas, el consultorio de mis padres (los dos eran médicos), con sus frascos de medicamentos, sus balanzas para pesar los polvos, las hileras de tubos de ensayo y vasos de precipitados, la lámpara de alcohol y la mesa de reconocimiento. Había todo tipo de medicinas, lociones y elixires en una gran vitrina parecía una farmacia de otros tiempos en miniatura, y un microscopio, y frascos de reactivos para analizar la orina de los pacientes, como la solución Fehling de color azul brillante, que se volvía amarilla cuando detectaba azúcar en la orina.

Procedente de esta habitación, donde se dejaba entrar a los pacientes, pero no a mí de niño (a no ser que la puerta no estuviera cerrada con pestillo), veía a veces un resplandor de luz violeta que asomaba por debajo de la puerta, y me llegaba un extraño olor a mar, que posteriormente descubrí que era ozono: señal de que la vieja lámpara ultravioleta estaba encendida. Yo no estaba seguro de qué «hacían» los médicos, y ver los catéteres y sondas en los platos en forma de riñón, los retractores y espéculos, los guantes de goma, el catgut y los fórceps, me asustaba, creo, aunque al mismo tiempo también me fascinaba. En una ocasión en que la puerta quedó abierta accidentalmente, vi a una paciente con las piernas levantadas en los estribos (lo que posteriormente aprendí que era la “posición de litotomía»). El maletín de obstetricia y el de anestesia estaban siempre a punto por si había alguna emergencia, y yo sabía cuándo harían falta, pues oía comentarios como “La dilatación es del tamaño de media corona», comentarios que por su cualidad ininteligible y misteriosa (¿acaso eran una especie de código?) estimulaban enormemente mi imaginación.

Otra habitación sagrada para mí era la biblioteca, que, al menos por las noches, era sobre todo el dominio de mi padre. Una parte de la biblioteca la ocupaban libros en hebreo, pero había volúmenes sobre todos los temas: los libros de mi madre (era aficionada a las novelas y las biografías), los libros de mis hermanos y libros heredados de mis abuelos. Había un estante completo dedicado al teatro, pues mis padres, que se habían conocido cuando eran miembros entusiastas de la Sociedad Ibsen de la facultad de medicina, iban al teatro cada jueves.

La biblioteca no era sólo para leer; los fines de semana, los libros que estaban sobre la mesa de lectura se retiraban para hacer sitio a juegos de diversa índole. Mientras mis tres hermanos mayores se enzarzaban en una intensa partida de cartas o ajedrez, yo jugaba a algo sencillo, al parchís, con la tía Birdie, la hermana mayor de mi madre, que vivía con nosotros; en mis primeros años, jugó más conmigo que mis hermanos. El Monopoly despertaba pasiones extremas, e incluso antes de aprender a jugarlo, los precios y colores de las propiedades ya estaban grabados en mi mente. (Todavía puedo ver Old Kent Road y Whitechapel, que eran propiedades baratas de color malva, el azul pálido de Angel y Euston Road junto a ellas, no mucho mejores. Por contra, el West End está ataviado con colores vi vos y caros: el escarlata de Fleet Street, el amarillo de Piccadilly, el verde de Bond Street y el azul oscuro de Park Lane y Mayfair.) A veces todos jugábamos al pingpong, o nos dedicábamos a la carpintería, sirviéndonos de la enorme mesa de la biblioteca. Pero después de un fin de semana de frivolidades, los juegos regresaban al enorme cajón que había bajo uno de los estantes, y la habitación recuperaba el silencio en el que mi padre pasaba las veladas leyendo.

Había otro cajón al otro lado de la estantería, un cajón falso que, por alguna razón, no se abría, y a menudo se me repetía un sueño relacionado con ese cajón. Como cualquier otro niño, adoraba las monedas su brillo, su peso, sus diferentes formas y tamaños, desde las brillantes monedas de cuarto, me dio y un penique de cobre hasta las diversas monedas de plata (sobre todo las diminutas de tres peniques: por Navidad siempre había una escondida en el pudin), pasando por el pesado soberano de oro que mi padre llevaba en la cadena de su reloj y mi enciclopedia infantil me había informado de la existencia de los doblones y los rubios, monedas que tenían un agujero en el centro, y de los «ochavos», que imaginaba como octógonos perfectos. En mi sueño, el falso cajón se me abría, mostrando me un centelleante tesoro de cobre, plata y oro, monedas de cientos de países y de épocas distintas, que incluían, para mi satisfacción, ochavos octogonales.

Me gustaba especialmente entrar arrastrándome en el armario triangular que había debajo de las escaleras, donde se guardaban los platos y cubiertos especiales para la Pascua. El armario era menos profundo que las escaleras, y el fondo sonaba a hueco, por lo que me parecía que detrás debía de haber algo, un pasaje secreto quizá. Me sentía a gusto allí dentro, en mi escondite secreto: nadie, aparte de mí, era lo bastante pequeño para poder meterse en él.

Más hermosa y misteriosa era a mis ojos la puerta delantera, con sus vidrios pintados de muchas formas y colores. Miraba a través del cristal carmesí y veía todo un mundo teñido de rojo (pero en el que los tejados de las casas que había delante se veían extrañamente pálidos, y las nubes asombrosamente nítidas sobre un cielo que ahora se veía casi negro). La experiencia era por completo distinta con el vidrio verde y con el violeta oscuro. El que más me intrigaba era el cristal verde amarillo, pues centelleaba, a veces amarillo y a veces verde, según dónde me colocara y cómo incidiera el sol.

Una zona prohibida era el desván, gigantesco, pues cubría toda la planta de la casa, y se extendía hasta los aleros cristalinos y puntiagudos del tejado. En una ocasión me subieron a ver el desván, y a partir de entonces soñé con él repetidamente, quizá porque fue zona vetada desde que Marcus subiera solo en una ocasión y se cayera por la claraboya, haciéndose un tajo en el muslo (aunque un día que estaba fantasioso me dijo que la cicatriz se la había hecho un jabalí, como la cicatriz del muslo de Ulises).

Comíamos en la habitación del desayuno, que estaba junto a la cocina; el comedor, con su larga mesa, se reservaba para las comidas del Sabbath, las festividades y las ocasiones especiales. La misma distinción se establecía entre la sala y el salón: la sala, con su sofá y sus butacas cómodas y raídas, era de uso general; el salón, con sus elegantes e incómodas butacas chinas y armarios lacados, era para las grandes reuniones familiares. Tíos, tías y primos del vecindario venían a casa los sábados por la tarde, y entonces se sacaba un servicio de té especial de plata y se servían en el salón sándwiches de salmón ahumado y de huevas de bacalao, manjares que sólo se veían en dichas ocasiones. La araña de luces del salón, originariamente de gas, era de luz eléctrica desde la década de los veinte (pero todavía había curiosos quemadores y accesorios de gas por toda la casa, por si, en caso de necesidad, hubiera que volver a la iluminación a gas). En el salón había también un enorme piano de cola, cubierto de fotos familiares, si bien yo prefería el sonido más tenue del piano de estudio que teníamos en la sala.

Aunque la casa estaba llena de música y libros, apenas había cuadros, grabados ni obras gráficas; y, del mismo modo, mientras que mis padres frecuentaban el teatro o los conciertos, nunca, que yo recuerde, visitaron una galería de arte. En nuestra sinagoga había vitrales en los que se representaban escenas bíblicas, que yo solía quedarme mirando durante las partes más insoportables del servicio. Al parecer se había entablado una disputa con relación a si dichas imágenes resultaban apropiadas, dada la prohibición de que hubiera estatuas, y me preguntaba si no sería ésa la razón por la que en casa no había cuadros ni dibujos. Pero pronto comprendí que la explicación era que a mis padres tanto les daba la decoración de la casa o su mobiliario. De hecho, luego me enteré de que cuando compraron la vivienda, en 1930, le dieron el talonario de cheques y carta blanca a la hermana mayor de mi padre, Lina, diciéndole: «Haz lo que quieras, compra lo que quieras.»

Las compras de Lina bastante convencionales, a excepción del salón chino no fueron aprobadas ni reprobadas; mis padres las aceptaron con desinterés e indiferencia. Mi amigo Jonathan Miller, cuando visitó la casa por primera vez eso fue poco después de la guerra, dijo que le parecía una casa alquilada, pues no había casi nada que reflejara un gusto personal. La decoración de la casa me i portaba tan poco como a mis padres, aunque me irritó el comentario de Jonathan. Pues, para mí, el número 37 estaba lleno de misterios y prodigios: era el escenario mítico en el que se desarrollaba mi vida.

Casi todas las habitaciones tenían estufas de carbón, y en el cuarto de baño había una de porcelana, flanqueada por azulejos decorados con peces. La estufa de la sala tenía un gran cubo de cobre para el carbón a cada lado, un fuelle y accesorios para la chimenea, que incluían un atizador de acero ligera mente doblado (mi hermano mayor, Marcus, que era muy fuerte, había conseguido doblado estando casi al rojo). Cuando nos visitaba alguna tía, todos nos reuníamos en el salón, y las recién llegadas se recogían la falda y se calentaban las posaderas en el fuego. Todas ellas, al igual que mi madre, fumaban como carreteros, y tras haberse calentado, se sentaban en el sofá y fumaban, arrojando las colillas encendidas al fuego. Por lo general tenían muy mala puntería, y las colillas ensalivadas solían golpear la pared de ladrillos que rodeaba la chimenea y se quedaban allí pegadas, de manera repugnante, hasta que se consumían.

Sólo tengo recuerdos breves y fragmentarios de mi infancia, de los años anteriores a la guerra, pero recuerdo que de niño me daba miedo observar que muchos de mis tíos y tías tenían la lengua negra como el carbón. ¿Y la mía?, me preguntaba, ¿se me pondría también negra cuando creciera? Me quedé enormemente aliviado cuando mi tía Len, intuyendo mis temores, me dijo que no es que tuvieran la lengua negra, que se les había puesto así de masticar galletas de carbón vegetal, que todos ellos tomaban porque tenían gases.

De mi tía Dora (que murió siendo yo muy pequeño) no recuerdo nada a excepción del color naranja. No tengo ni idea de si era el color de su tez, el de su pelo o el de su ropa, o de si se debía al reflejo del fuego de la chimenea. Todo lo que permanece es un cariñoso sentimiento de nostalgia, y un peculiar gusto por el color naranja.

Como era el pequeño, mi dormitorio era una diminuta pieza conectada con la habitación de mis padres, y recuerdo que el techo estaba adornado con extrañas concreciones calcáreas. Antes de nacer yo había sido el cuarto de Michael, quien era aficionado a lanzar gelatinosas cucharadas de sagú cuya viscosidad le repugnaba al techo, donde se quedaba pegado con un chasquido húmedo. A medida que el sagú se secaba, iba formando una acumulación calcárea.

Había varias habitaciones que no eran de nadie y cuya función no estaba clara; se utilizaban para albergar objetos de todo tipo: libros, juegos, juguetes, revistas, impermeables, material deportivo. En un pequeño aposento no había nada más que una pequeña máquina de coser Singer de pedal (que mi madre había comprado al casarse, en 1922), y una tricotosa de complicado (y para mí hermoso) diseño. Mi madre solía hacemos los calcetines, y me encantaba ver cómo hacía girar la manivela, cómo las relucientes agujas de acero emitían al unísono su tableteo mientras el cilindro de lana, lastrado con una plomada, descendía a ritmo constante. En una ocasión la distraje mientras tejía un calcetín, y el cilindro de lana se fue alargando y alargando hasta que finalmente golpeó el suelo. Mi madre, que no sabía qué hacer con ese cilindro de lana de un metro de largo, me lo dio para que lo usara de manguito.

Esas habitaciones extras permitían que mis padres alojaran a parientes como la tía Birdie y otros, a veces por largos períodos. La más espaciosa se reservaba para la formidable tía Annie, las raras veces que venía de Jerusalén (treinta años después de su muerte, aún se la llamaba «la habitación de Annie»). Cuando la tía Len venía de Delamere a visitamos, también tenía su propia habitación, y allí se instalaba con sus libros y sus cosas para el té había un hornillo de gas en el cuarto, y ella se preparaba su propio té, y cuando me invitaba a entrar, aquel cuarto me parecía un mundo distinto, un mundo de intereses y gustos diferentes, de refinamiento, de amor incondicional. Cuando mi tío Joe, que había sido médico en Malasia, fue hecho prisionero por los japoneses, su hijo mayor y su hija vinieron a vivir con nosotros. Y mis padres acogieron refugiados europeos durante los años de la guerra. Por eso la casa, aunque grande, nunca estaba vacía; parecía, por el contrario, albergar docenas de vidas separadas; no sólo a mi familia más cercana, mis padres y mis tres hermanos, sino a tíos y tías itinerantes, el servicio permanente —nuestra niñera y enfermera, y la cocinera— y los pacientes, que entraban y salían.

 

Oliver Sacks: TIO TUNGSTENO , 2001

Título Original: Uncle Tungsten

Traductor:  Damián Alou

Ed.  Anagrama, 2003