Museo Literal / Laura Estrin

                       “Quien lee determina a quien escribe, de manera que aún en aquello que le molesta leer puede demostrar sus palabras perdidas.” (Literal, 1977)

 “…nosotros sabemos que el que está en la oscuridad puede ver al que está en la luz pero que el que está en la luz no puede ver al que está en la oscuridad” (Edgardo Russo, Literal 2/3)

            Me he equivocado mucho (…) y seguiré equivocándome todavía. No hay verdad en las flores, pero existe la botánica… Entre tanto, el método formal se transformó en un atado de libros” (Shklovski, Tercera fábrica)

Entre Museo Literal, lo que escribe Di Paola de y con Osvaldo Lamborghini, y “Nosotros no somos los polacos”, el relato de Edgardo Russo que está en Literal 2/3, puede estar hoy mi lectura.

Literal y Gombrowicz. Jorge Quiroga, que me invita a este encuentro, me sugiere que hable de Gombrowicz en Literal, todos parecen acordar en que (cito) “la revista ordenó una tradición de la literatura argentina en la que se combinan la literatura gauchesca y las líneas más vanguardistas del Siglo XX (Girondo, Macedonio, Borges y Gombrowicz)”.Pero leer es alegría de solitario, de autor, de hecho, en la revista los textos “literarios” llevan firma mientras los artículos críticos, teóricos y programáticos no lo hacen, y, también, “Blanca –la madre de Leopoldo Fernández en Cancha Rayada– leía un libro de Freud que le habían prestado y -cito- “tenía amor por el amor mismo hacia los libros. Eran más grandes que las revistas y los escribían gente más inteligente y de todo el mundo. No eran como las revistas”. Parece que los libros eran más que las revistas para algunos autores de Literal.

Cuando Literal aparece Gombrowicz se ha ido de Buenos Aires, podría haberles escrito a sus lectores lo que Bataille a los conjurados de Acéphale (Acefál) en una primera carta: “Les pido que se consideren libres de todo vínculo conmigo. Seguiré solo: estoy convencido de que eso es preferible para ambas partes. Debe ser raro un acuerdo tan grande dentro de un grupo contra quien se encuentra en su origen”. O, tal vez, lo dijo Libertella en “La bola de metal”, en Literal 2/3: “su personal ojo impersonal no quiere ver nada fuera de sí salvo la visión del deseo de verse en otro Punto de Metal”.

Literal se museificó, las burografías arrecian, claro que hay y hubo capilaridades literarias que no andan pidiendo permiso y los autores de Literal por ahí siguen andando. Además, hoy hay lectores de Gombrowicz, de Macedonio, algunos los leen ensimismados del mismo modo que los leían algunos de los que escribían en Literal. German García cuando se pregunta en Babel qué pasaría si aplicáramos Gombrowicz al psicoanálisis responde con el mismo Gombrowicz que se reivindicaría lo particular, protestaría lo particular, creo que dice justo. Para algunos críticos lo individual no es político, para mí, es más que político, es ético.

Por eso, como dice el polaco-argentino, citado por García, “escribo para que nos entendamos”, y yo escribí esto para que nos entendamos, aunque nunca soy optimista. En ese caso, puedo recordar una de las consignas de la revista: “toda política de la felicidad –el realismo, como denuncia Literal– instaura la alienación que intenta superar”, y si voy por ahí, entonces, Literal, fracasó, ya que hoy, un realismo cualunque nos inunda.

Hoy que la literatura es cualquier cosa -como dice Christian Ferrer-, Literal se museificó y todos repiten que esta “revista de vanguardia -aunque Libertella marca la estratégica ausencia retórica de este término en ella- (repito y sigo la cita, todos acuerdan en que Literal) representó una instancia decisiva en la historia de la literatura nacional. (Dicen que) Fue un punto de inflexión dentro de un contexto signado por la agitación política y social”, pero fracasó si miro hoy el mercado literario.

Solo quedaron ciertas perspectivas que algunos repetimos, por ejemplo la insistencia de que la literatura tiene una política ínsita aunque una autonomía difícil donde ciertos autores construyen genealogías propias. A los que leen Macedonio, a los que leen Gombrowicz, a los que leen las lecturas de Osvaldo Lamborghini y de Germán García se les nota. Y esos siguen siendo clandestinos, como si hablaran en un castillo -como le dijo Libertella a García Vega o al revés, porque los que no hacen géneros, no entran en la ciudadela del canon oficial. Allí donde siempre se preferirán los lugares comunes, los mitos, lo coagulado, lo repetido una y otra vez.

Es así que por ahí escriben que Literal “había sido rescatada parcialmente hace unos años por Santiago Arcos” y “aquella edición era ya, por supuesto, una versión libertelliana del acontecimiento Literal”. Ya conté muchas veces como surgió esa publicación, pero de qué vale lo real cuando la materia de la historia es el bordado en punto relleno, como dice la bibliografía “alegría de fetichistas e investigadores” -sigo viendo en el museo Literal. Sin embargo, me gusta encontrar que noten que “María Moreno leyó en esa suerte de transvaloración nietzscheana que pulsa la escritura literaliana ciertos efectos sarmientinos”. Entonces de padres, hijos y entenados que van a los saltos se trataba y no de precursores y duritas series letradas, el continuo de la literatura no es “la angustia de las influencias” sino bailar en una biblioteca o en la librería, ya lo dije.

Di Paola anota que Sebregondi fue “contra el desarraigo de una vanguardia que exaltó el collage, la mera yuxtaposicón, en detrimento de las conexiones (…) que no arrastra su tradición sino que la empuja hacia adelante”. Por eso festejo cuando leo, también en algunos escritos sobre Literal, que ésta levanta su nombre como “grito de guerra”, que desafía la representación, el voluntarismo del compromiso y descubro que lo que siempre encuentro en Libertella era mucho de eso.[1]

 También en algunos otros quedó algo de lo caballeresco o aristocrático de cierto hermetismo “para que crean que somos Góngora” -como escribió Héctor. Así, es evidente que con los mismos elementos con que se creó el mito o museo Literal, algunos autores compusieron una obra. Así, la altanería de Gombrowicz, por llamarla de algún modo, reverbera (cito) “como conspiración frente a las formas discursivas hegemónicas que confiaban la literatura a la lógica representacional de la servidumbre comunicativa” y ahí escucho algo muy parecido a lo que la obra de Hugo Savino clama contra el realismo, entendiéndolo como “la censura de nuestro tiempo”. Parece que la cosa viene de lejos, parece que Literal los llamaba “técnicos de la felicidad”, evidentemente el imperio del bien triunfaba ya en los 70.

Poses, actos, estilos, dones, algunas las lecturas de Literal son algunas de nuestras lecturas, no de todos, de algunos entre todos. Y mezclar sin permiso lo que se sabe, como enseñó Nicolás Rosa, y barajar restos activos, no museificados, es el asunto. Y por ahí, el polizón o el fantasma o el ánima sigue siendo Gombrowicz. Gombrowicz que no retrocede sino que siempre se excede. Pero no todos los que lo mentan lo leen, quiero decir, no se elige ser discípulo, no se elige lo que nos afecta.

Alguna vez pensé que solo Di Paola, entre sus primeros amigos, pudo con esa obra, Gómez quedó carcomido y aunque dedicó sus últimos 20 años a escribir locamente alrededor de Gombrowicz, solo hizo sabio ditirambo reflexivo. Lo mismo habría que preguntarse en el caso de otros autores de Literal y podríamos ver quién atravesó el espejo -como le dijo Libertella a Savino en mi casa. 

Algunos son tocados y la historia tiene sus momentos, momentos de miedo o de mucho miedo -como dice Steimberg. Algunos siguen el hilo sin retorno, pero hoy la guerra literaria es correcta, suave porque sabe que haciendo los deberes -como dice Savino, se triunfa. Y Libertella tenía maneras suaves y  supo que también criaba cuervos, pero continuó una velocidad del ojo que parece le venía de la “flexión literal”: ese ojo que se divierte solo en lo oscuro -como recuerdo que escribió.[2] Imagen superior a “crítica y ficción” (de Ricardo Piglia) o “ficción crítica” (de Nicolás Rosa) o “crítica lírica” y “literatura crítica” (del mismo Libertella) o “ficción calculada” (de Luis Gusmán) o “metalenguaje apasionado” o “ficción conceptista” (de Oscar Steimberg). “Intriga”, de Osvaldo Lamborghini, es más quiasmática y por eso repone la guerra que tapa.

Las revistas son ghettos, grupos, complicidades, encuentros milagrosos y negocios. Todo junto. Y yo detesto leer la literatura por revistas, hacerlo es asunto sociológico y hoy de estudios culturales con los que nada tiene que ver la literatura, salvo en el momento de las estadísticas y las ventas, sean académicas o no.[3] Leer a la literatura por grupos es perder lo que de literario tiene la literatura. Los grupos, los géneros, los corpus, son envases, cajones para muertos, rótulos, campo arado. Habría que hacer, tal vez, una historia, o solo una lectura, o tan solo recordar las peleas individuales, singulares, que marcaron, disolvieron, transformaron esos grupos. Germán García en sus retratos de Sánchez y de Lamborghini lo hizo. La pelea, la guerra, señala la institucionalización de un modo, de un sistema de leer y escribir que se ocupa de reproducir el statu quo -como dice Meschonnic. Porque la guerra descubre los poderes, los afanes, las maneras que la sociabilidad oculta -todo lo contrario de la literatura. Y el que hace la guerra, lo no convenido, se vuelve insoportable, incluso monstruoso, como lo fueron Ricardo Zelarayán y Luis Thonis, que -los que se ocupan de Literal dicen- andaban cerca, como andaba cerca Correas de Contorno que  también fue más lejos con su inesperada escritura que el concentrado núcleo de aquella. Panesi leyó bien algo de esto y Peller es el más completo de los críticos de esta serie ya que lee desde lo literario.

Hablan entonces de la macedonización de Gombrowicz –y también de Zelarayán, pero digamos que leer de verdad es apropiarse y desesperarse, sobran entonces estas atribuciones y secundariedades críticas con las que nos obligan las instituciones de enseñanza, ese andar con el “metro patrón” -como dice Savino. Cada uno fue construyendo su lectura y de allí su obra. La de Milita Molina muestra bien la flexión Literal, valga ahora el oxímoron y, como decía Luis Thonis, “las correas de transmisión” ahí funcionan.[4]

En la Argentina hay gran literatura, grandes autores, grandes intrigas y conspiraciones, a Zelarayán le gustaban y hacía aparato con ellas -según expresión de Nicolás Rosa. Sino no hay campo no hay trilladora y hay que quedarse “a ver qué pasa” con la cosecha. Frase (a ver qué pasa) con que Libertella repetía un ademán que estaba en Literal. Libertella escribió siempre ese a ver qué pasa si mezclo teoría con ficción de Literal y enroscándolo enloqueció su obra. Movimiento que en parte la academia capturó, canonizó y desde hace un tiempo abandona por el realismo berreta que impera.

Nicolás decía en sus últimos años que había que volver a lo literal, cansado de las connotaciones del imperio del signo -supongo yo. Nicolás abogaba por “maestros de la estupidez” o la inmadurez, Gombrowicz caló hondo en algunos aunque no necesariamente en quienes lo vocean agrandados, nada de recepción pasiva, la lectura es una dramática que afecta sin retorno. Y Jorge Quiroga me invita a estar hoy acá. A mí, que no creo en los grupos, porque los grupos siempre están podridos (como dice el primer verso de mi primer libro, editado por Jorge Quiroga), los grupos se pierden, se los lleva el viento -anotó Sollers- o el primer colectivo que pasa -para repetir a Macedonio. Pero las lecturas no pasan, arraigan en obras, en milagros literarios -como dice Milita Molina que es la obra de Osvaldo Lamborghini. Aunque todo gira en el mercado -como bien supo Libertella y somos “la bahía de la envidia” – según leí en algún lado pero no recuerdo dónde.

Laura Estrin, noviembre 2023
Homenaje a los 50 años de Literal, Biblioteca Nacional, Buenos Aires
Ph / Edward Steichen, 1984

[1] “Muchas frases eran apodícticas: parecían saberlo todo. Detrás de ellas despuntaba sin embargo el gesto cómico del que quiere ser cortés con su interlocutor y prueba versos varios, variedad de retóricas. Una especie de actitud esforzada, heroica, que Lacan iba a recuperar del inglés para bautizar como “mock heroism”. Es decir, una forma grotesca de ser amable en el interior de una cultura, sin saber cómo serlo. Ni quererlo.” (Libertella, Literal, Santiago Arcos).

[2] En el mentado prólogo de Libertella a nuestra antología de Literal, él escribe: “Hubo muchas peleas personales porque nadie se reconocía en su lugar y todos cultivaban el célebre verso de Rimbaud: ´Yo es otro´”.

[3] “El creciente interés por Literal se enmarca dentro de la consolidación del estudio de las revistas literarias y culturales como un área definida dentro de la crítica académica en Argentina.  Ese estudio, y la forma singular que asume entre nosotros,  tiene un origen fácilmente identificable: la revista Punto de  vista, que por un lado publicó ensayos clásicos de análisis de  revistas (los trabajos de María Teresa Gramuglio sobre Sur  y de Beatriz Sarlo sobre Sur y Contorno) al tiempo que, con  Williams y Bourdieu como guías, estableció el marco teórico adecuado para llevar a cabo dichos análisis (me refiero al  influyente apartado “Revistas y formaciones”, en Altamirano  y Sarlo 1983). Allí se postula que las revistas deben pensarse como un “espacio de articulación de discursos de y sobre la  literatura” en términos de alianzas y oposiciones estratégicas” (Diego Peller, Pasiones teóricas)

[4] Tal vez, también, la guerra que trazan las maneras literarias de Fogwill también tienen en Literal su engarce. La bibliografía dice que “Fogwill también ha manifestado la trascendencia de Literal en numerosas entrevistas, en una de ellas publicada en 1993 en el Diario de Poesía, afirma: ´Para mí, el único lugar desde donde se podía pensar durante los años setenta era Literal