Tolstói habla de Chéjov / Alexéi Zenger (1904)

No me dirijo a mi casa, no me conduce el viejo Mitréi, sino el cochero del conde Tolstói, Andréi; un cochero acostumbrado a llevar a extranjeros notables y orgullosos, y por eso…
Busco en el monedero –aprovecho que nadie nos ve aquí, en la vía arbolada–, encuentro cincuenta cópecs y los meto en la mano de Andréi. Me mira, mira los cincuenta cópecs, y luego sin decir palabra mete el dinero en el bolsillo y por alguna razón arrea fuerte al caballo… Es una verdadera tontería. Y me apeno por él y por mí mismo.
De pronto divisamos la casa. ¡Sí, sí! Exactamente como la veíamos de niños: limpiecita, blanca, y el balcón achaparrado cubierto de cristales, en donde hay una mesa, en la mesa un samovar, sobre el samovar una cafetera.
Solo que yo aquí soy un forastero, un advenedizo, que irrumpe sigilosamente en el sosiego de una persona mayor. Es embarazoso para mí pasar a ese balcón con alegría y soltura, y mientras permanezco en el zaguán, secando cuidadosamente los pies sobre un pequeño tapiz, inquieto le inquiero al lacayo:
–¿Ya se habrá levantado? ¿Cómo está de salud? ¿No lo molestaré?
–Permítame, iré a informarle –me responde.
–Llévele mi tarjeta…
El lacayo se va; dos minutos después aparece de nuevo:
–Piden aguardar un poco; ahora salen… Pero usted pase, señor, al balconcito.
Por la puerta del balcón se asoma una persona amable, de barba, y dice:
–Pase, por favor.
Entro, un poco cohibido, por supuesto; todo es un tanto extraño: es la primera vez que estoy en esta casa, y de repente, así, casi de inmediato, caigo directamente del camino a la mesa.
–Siéntese, por favor, siéntese… ¿Este es su apellido? El mío es Tolstói (hijo de Lev Nikoláevich). ¿Desea tomar té? ¿Café? Hay de todo… ¿De dónde es usted? ¿De Moscú? ¿Sepultaron a Chéjov?* Mi padre se pondrá contento con su visita… Él quería ver a alguien de la prensa… Quiere hablar sobre Antón Pávlovich y otras cosas… Beba, por favor.
Así, sentados a la mesa, hablamos; a duras penas respondo, porque me distraigo pensando: “Ahora me llamarán a donde está el escritor; pasaré y lo veré en el gabinete medio oscuro lleno de libros, en silencio, sentado en un sillón.”
Y de pronto siento, en absoluto contra mi voluntad, una fuerza que me hace poner de pie. Y, sin comprender todavía, me levanto y miro: la puerta del balcón palmotea bruscamente, y con paso firme y veloz entra un anciano de baja estatura, con el rostro enteramente cubierto por el cabello, y un sombrero flexible blanco sobre la cabeza. Rápidamente se me acerca, y aunque me encuentro intimidado, me extiende su mano y dice:
–¿Cómo está? Mucho gusto… Soy Tolstói.
Los retratistas lo representan de manera incorrecta. Mirándolo, uno no puede notar ni aquella barba, que tan escrupulosamente le adjudican los pintores, ni la frente abultada, especial, ni la expresión severa del rostro.
Lo que uno puede ver es ante todo unos ojos: pequeños, redondos y –como rasgo muy particular– completamente planos que irradian un solo color; es como si uno mirara a una potente fuente de luz: ves un resplandor continuo y no puedes distinguir de dónde viene ni cómo se genera. Todo lo demás, la nariz ancha, la frente despejada, las cejas espesas, la barba, e incluso todo el cuerpo, parece construido para acompañar a esos ojos. Primero los ojos, y después todo lo demás… Así me parece que es Tolstói.
Pasa por un lado de la mesa, sin sentarse; me dice:
–¿No está en contra de ir a caminar?
–No, por favor –por alguna razón quisiera llamarlo “conde”–, Lev Nikoláevich…
Mira cuidadosamente mis pies, calzados con unas botas citadinas de suela.
–¿Usted no lleva zapatos de goma? Bueno, caminaremos por donde pueda andar con esas botas.
Salimos. Bajamos por la escalera. Él camina rápidamente. Me mira de soslayo:
–Me da gusto que alguien de la prensa haya venido a verme… Quiero decir algunas palabras sobre Chéjov; algo que yo mismo no me dispongo a escribir.
En realidad, ahora, como entonces, no puedo captar ni el sonido de su voz, ni sus entonaciones… Percibo directamente lo que él me dice.
–Así que falleció Antón Pávlovich… ¿Usted dice que los funerales estuvieron bien? Excelente… ¿No hubo discursos? ¿Fue su deseo? Perfecto, así debe ser. Los discursos no son necesarios. Precisamente por eso yo no acepté ninguna participación en sus funerales. Soy adversario de toda manifestación… Incluso, por la misma razón, me negué ante Turguéniev cuando vino ex profeso a invitarme a los festejos de Pushkin, esa es la visión que tengo desde hace tiempo: no son necesarias las manifestaciones de ningún tipo, especialmente las póstumas. Pero ya que hemos tocado el tema, puedo expresarle lo que pienso de Chéjov.
Me quedo mirándolo: Tolstói camina con presteza y animosamente, atisba la lejanía con las manos atrás.
–Chéjov… Chéjov fue un artista incomparable… Sí, sí… Incomparable… Un artista de la vida… Y la virtud de su obra estriba en que es clara y afín no solo para cualquier ruso, sino para cada persona en general… Y esto es lo más importante… Hace poco leí un libro de un autor alemán, en el que un joven desea hacerle a su novia un regalo muy especial, y decide regalarle libros. ¿Sabe de quién? De Chéjov. Porque lo consideraba el más grande de los escritores conocidos… Me parece muy justo. Cuando lo leí quedé sorprendido…
–Chéjov tomaba de la vida lo que veía –continúa diciendo Tolstói–, independientemente del contenido de lo que veía. Pero si él tomaba algo, lo transmitía a un mismo tiempo de manera extremadamente simbólica y comprensible, clara hasta la nimiedad… Lo que lo ocupaba en el momento de la escritura, él lo rehacía hasta los últimos detalles. Era sincero, y eso es una gran virtud; escribía sobre lo que veía y cómo lo veía… ¡Y gracias a esa sinceridad, logró crear formas inéditas, en mi opinión, completamente nuevas en  el mundo de la escritura, como no he encontrado igual  en ninguna parte! Su lengua es una lengua insólita. Recuerdo cuando comencé a leerlo por primera vez, me pareció un tanto extraño, “desaliñado”; pero tan pronto como lo leí con atención, su escritura me atrapó… Sí, gracias a ese “desaliño”, o no sé cómo llamarle, es que Chéjov atrapa de un modo excepcional y, con exactitud involuntaria, le implanta a uno en el alma maravillosas imágenes artísticas.
Miro a Lev Nikoláevich y me río sin ganas, ya que sobre su propia escritura podría hablar con la misma convicción, casi con fastidio… Con sorpresa me dirige una mirada.
–Perdone, Lev Nikoláevich –me apresuro a explicarle el motivo de mi risa–. Es que precisamente esta es una de las características suyas: ¡escribir plenamente de una manera nueva, sencilla y, gracias a ello, atrapar por entero al lector!
–¡No, no! –responde Tolstói con enfado y sacude la cabeza–. Le repito que las nuevas formas las creó Chéjov y, alejado de cualquier falsa modestia, afirmo que por la técnica él, Chéjov, es mucho mejor que yo. Es un escritor único en su género.
–¿Y Maupassant? –me atrevo a proponerle.
–¿Maupassant? –repite–. Sí, tal vez… Para mí es complicado dar a alguno de ellos preferencia… ¿Ha escrito lo que digo?
Todo el tiempo me observa con atención para darme la posibilidad de apuntar en mi libreta sus palabras.
–¿Ya anotó? Quiero decirle además que en Chéjov hay todavía una peculiaridad muy especial: es uno de aquellos raros escritores que, como Dickens, Pushkin y algunos otros, se puede releer muchas, muchas veces. Lo sé por experiencia propia…
Temo volverlo a enojar y por eso ya no le digo nada, pero pienso: “Otra vez esa es una de sus propias características… ¿La guerra y la pazAnna Karenina, quién de nosotros no las ha releído una decena de veces?”
Y Tolstói termina su razonamiento:
–Puedo decirle una cosa: la muerte de Chéjov es una gran pérdida para nosotros, ya que, además de un artista incomparable, hemos perdido a una persona encantadora, sincera y honesta… Fue una persona cautivadora, modesta, amable…
Tolstói pronuncia las últimas palabras pensativa y afectuosamente… Vamos por una alameda angosta, cubierta de zacate. A veces nos detenemos y, mirándome directamente a los ojos, profiere sus pensamientos, luego caminamos de nuevo y él continúa hablando, mirando alrededor…
Nos acercamos por fin a la casa, dando una vuelta grande por la periferia del jardín… Tolstói calla un poco, luego habla de nuevo de Chéjov:
–¿Así que no hubo discursos en los funerales? ¿Sí? Eso está muy bien. Porque los discursos ante la tumba… siempre son engañosos. Vea usted… –y en ese momento sus palabras suenan en cierto modo más lentas, más precisas–. Vea usted, cuando estamos ante una tumba, y si queremos hablar, en absoluto recordamos cómo vivía el difunto y qué hacía… Queremos hablar de la muerte, y no de la vida. ¿Comprende? La muerte es un acontecimiento tan importante que, al contemplarla, pensamos ya no “cómo vivió” la persona, sino “cómo murió”.
Calla de nuevo. Ya estamos ante el balcón.
Tolstói entra rápidamente al balcón, toma de la mesa un paquete de cartas y los periódicos y se va a trabajar. Yo pido permiso para ir al parque, meditar un poco y acabar de anotar nuestra conversación: quiero antes de mi partida leerle todo a Lev Nikoláevich. Y él me concede esa cortesía: está de acuerdo en escucharme.
En un banco, bajo un tilo espigado, escribo, preocupado y azorado para no olvidar nada importante. Todo parece estar bien. Con cuánto gusto y naturalidad fue captado todo lo que se dijo sobre Chéjov.
De nuevo ante Tolstói. Se sienta a la mesa, pero no come nada. La hija le habla de una tal María, que debe ser hospitalizada.
–No, tú mejor llama a fulanito y haz así…
–Hace un rato hablábamos de Gorki, Lev Nikoláevich, de su poema “El hombre”.
De inmediato se anima:
–Es una declinación, una auténtica decadencia. Comenzó a enseñar, y eso es ridículo… En general no comprendo, por qué han hecho de Gorki algo tan “grande”. ¿Qué es lo que él ha dicho: que el vagabundo tiene alma? Por supuesto que es así, pero eso se sabe desde hace tiempo… No hay nada nuevo en ello… ¿Lo ha anotado todo? –se dirige a mí.
–Sí, sí, sin falta. Ha sido usted muy amable al prometer que escucharía lo que he escrito de nuestra conversación.
–Bien, bien… Pasemos a mi estudio.
Vamos. Cerca de la puerta de la entrada principal hay una pequeña recámara, toda blanca y clara; hay una cama cubierta con una colchoneta magra y una manta vieja. Nos sentamos a la mesa. Le leo lo que escribí, él escucha con atención; algo quita, algo agrega…
–Yo –le digo– escribí como entendí; he tratado, en cuanto pude, de transmitir su punto de vista…
–Lea… Lea… Así… Así… Aquí esto no es así, esas no son mis palabras. ¡Así, así! –corrobora Lev Nikoláevich–. ¡Muy bien! Bueno, acabe usted de escribir, después venga al balcón, sin ceremonias. Yo estaré allí.
–Debo irme ahora, Lev Nikoláevich
–¿Ya? ¿Adónde?
–A Tula. Quiero telegrafiar a la mayor brevedad nuestra conversación al periódico.
–¿Telegrafiar? ¿Tantas palabras?
–Sí, por supuesto.
Tolstói se va y me deja solo en este templo, donde se respira con más libertad que en ningún otro lugar. Acabo de escribir y salgo a la calle. En el balcón está Tolstói y una mujer que llora. Vagamente me llegan los ecos de su conversación.
Al notar Tolstói que quiero volver atrás, me dice:
–Venga, venga, por favor. Conózcase con Sofía Andréyevna…
Es la condesa. Dios, aquí todas las personas son famosas. A Sofía Andréyevna es como si la conociera desde hace decenas de años.
La conversación con ella se encamina a nuestros conocidos comunes en Moscú, que resultan ser muchos, mientras Tolstói se sienta a la mesa y desayuna.
La condesa me pregunta amablemente:
–¿Se quedará un buen rato con nosotros? ¿Ya le preguntó todo lo que quería a Lev Nikoláevich?
–No, debo irme ahora a Tula.
–¿Ya? ¿Valió la pena venir desde Petersburgo a Yásnaia Poliana solo por dos horas? Aquí todo es muy agradable. ¡Sí oyes, Lev Nikoláevich, quiere irse ya!
–Sí, sí –muy serio responde Tolstói–, debe telegrafiar al periódico.
–Ya –dice la condesa–, acaban de enterrar a Chéjov, usted logró hablar con Tolstói; es un gran material.
Cuando veo a la cariñosa condesa, y a Lev Nikoláevich, que con semblante serio come sus habas, un sentimiento bueno y alegre llena mi alma: qué sencillos y buenos me parecen.
Al mirar por última vez a Tolstói un pensamiento persistente y absurdo me ronda la cabeza: “Y sin embargo no es él, el que está ante mí, el que escribió La guerra y la paz y Anna Karenina.”

Alexéi Zenger / Conversación con Tolstói aparecida en el periódico Rus de Petersburgo, el 28 de julio de 1904
Traducción: Jorge Bustamante García / De: Lev Tolstói, Conversaciones y entrevistas: Encuentros en Yasnaia Poliana
Ph / Lev Tolstói y Antón Chéjov, 1901. Los escritores se conocieron en 1895 en la finca Yásnaia Poliana (región de Tula), la propiedad donde nació, vivió y fue enterrado Tolstói.

*Se refiere a los funerales de Chéjov, fallecido el 15 de julio de 1904 en Badenweiler (Alemania) y cuyo sepelio tuvo lugar en Moscú el 22 de julio de ese año.– N. del T.