Recientemente ha salido a la luz un texto de Néstor Sánchez sobre Herman Melville (Al borde del silencio). El contexto nombra como protagonista al libro Las encantadas, publicado por primera vez al español en 1968, en Buenos Aires, bajo la dirección editora del poeta Rodolfo Alonso y la traducción de E.L. Revol.
El artículo es acompañado por una foto (idéntica a la que acompaña esta trascripción), cuya nota de cabeza se lee “HERMAN MELVILLE, Escribir para respirar” (quedará en la mente de otro curioso descubrir la autoría de esa frase).
Tres aspectos resultan interesantes para mencionar: Néstor Sánchez parece apuntar, en su acostumbrado humor, cierta distancia de la manera de cómo se ha presentado este libro de Melville, haciendo hincapié en la palabra “autor” que inicia el artículo y esta presente en la portada (mírese más abajo la foto del libro); su distancia respecto a la traducción de E.L. Revol, cuya reputación de traductor oficial no le faltaban nombramientos universitarios; y finalmente la contraportada (mírese el anexo) del libro, que también menciona a Cesare Pavese pero se inclina por una descripción mucho más “cultural”, mostrándose Néstor Sánchez claramente distante, demostrando en su artículo el gran costado de lector que es de la obra de Herman Melville, y no sólo de su libro más popular.
Desafortunadamente, debido a la mala preservación del archivo original, el artículo esta completo a un 97%, aceptando la alta posibilidad de una palabra mal descifrada, o el medio párrafo faltante. Confiamos en que esta publicación anime a otros a buscar el archivo y corregir las debilidades de la versión que aquí presentamos.
Diego Solares
(transcriptor)

Al borde del silencio
Autor: Néstor Sánchez
No deja de ser significativo que la elección del “autor” de la solapa de esta primera edición argentina de Las encantadas haya estado en Cesare Pavese. El italiano no solo fue el más brillante traductor y comentador de esa extraordinaria poesía épica, Moby- Dick, sino uno de los pocos europeos de posguerra que trataron de enfrentar la concepción literaria de Melville (una eticidad de la lengua) al auge aparentemente inconcebible de un realismo desencantado.
Este conjunto de relatos breves sobre las islas de los Galápagos (islas que parecen alegorizadas por sí mismas frente a las costas del Ecuador), no solo procura saltar hacia atrás, hacia los dos primeros libros de Melville, Typee y Omoo, sino que ofrece una pauta bastante clave para la comprensión global de su obra incuestionablemente centrada en el encuentro de la ballena blanca con el capitán Ahab.
Nacido en 1819, en Nueva York, ya a los veintidós años este futuro fervoroso del adanismo miltoniano había conseguido una experiencia decisiva como consumado “cow-boy del mar”: atravesar el Atlántico, irrumpir en los mares del Sur, tocar todas las costas de Japón, convivir con caníbales. Vuelto a la tierra [ilegible]…
Instalado en montañas de Massachussets, sin el vértigo de una correspondencia en la que Hawthorne brindó también lo mejor de sí mismo, un Melville de treinta años ahora “metido” en la tierra escribe su pacto libre en el invierno de 1850: Moby-Dick. Y el eco, casi garantizado por una especie de ley biográfica, entra en la retórica de las más desveladas historias de la literatura: incomprensión, olvido, nadie en los alrededores. Sin embargo, en pleno tobogán económico, sin ánimo para volver al temblor de ese momento más alto, Melville escribe todavía Benito Cereno, una novela atravesada de desencanto metafísico. Recién entonces, de un tirón, al borde de los cuarenta años, sale este “andante” sin mucha convicción hacia las islas con tortugas, con cuatro o cinco personajes inacabados, con nada más que la respiración cuestionable de un narrador que escribe para respirar.
Con todo, más allá de su tono menor, estás páginas redescubren, cada tanto, la grandeza esencial del norteamericano: con desconfianza por la convención narrativa (por toda convención sin atenuantes), esa respiración, en medio de la “prosa”, en el desajuste de la descripción, de una voz que habla, de una primera persona que busca proximidad, casi complicidad, para seguir adelante: “Si usted se propone escalar Roca Redonda, siga las siguientes instrucciones. Dé tres vueltas al mundo en el sobrejuanete mayor de la fragata más alta que flote; luego haga uno o dos años de aprendizaje bajo los guías que conducen forasteros al pico de Tenerife; y otros tantos más respectivamente con un ballarín de cuerda floja, un saltimbanqui y una gamuza. Una vez hecho esto, venga y sea recompensado con una vista desde nuestra torre”.
A pesar de todo, algunos críticos han querido encontrar en Las encantadas el otro extremo del símbolo: Moby-Dick era una ballena blanca, enorme; aquí son tortugas pequeñas, oscuras. Pero todo no pasa de una cierta inclinación asociativa.
La traducción de E.L. Revol (cada adjetivo delante de cada sustantivo: cada veinte líneas una rima), se aproxima, por momento, a la crueldad.
N.S.
Fuente: Al borde del silencio / Diego Solares
https://diegosolares.wordpress.com/2023/04
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