¡No, ya déjenme litigar! ¡Ya déjenme hacer constar en actas! ¡Déjenme, por así decirlo, incluirlo en el expediente! ¡No me priven, se los pido encarecidamente, de mi juicio! (Mandelstam, “Cuarta Prosa”)
“A veces pienso en los árboles / sobre cuya corteza escribía Mandelstam sus poemas / en los postreros años de su vida. / ¿Cómo se habrán integrado en sus ritmos vegetales / después de muerto el poeta? / ¿Qué clase de hojas les brotaron? // Y la escritura, la escritura aquella, ¿cómo la habrán conservado / durante el invierno, hasta hoy?».(Poeta Rumana recordada por (Norman Manea)
“Una cita no es un resumen, una cita es una cigarra, no calla nunca, retiene el aire y no lo suelta. La erudición está lejos de identificarse con el teclado de alusiones que es la esencia misma de la instrucción” (Mandelstam, Coloquio sobre Dante).
Algunos aspectos de la obra de Mandelstam
Cuadernos de Vorónezh, nombre que remite a su escritura en cuadernos escolares, este libro de poemas usó tres. Frente a esa simple denotación, la poesía de Mandelstam es todo lo contrario, incluso de lo que hoy se escribe como poesía: es intenso trabajo, saber profundo, escribir teniendo toda la lengua, la tradición, la literatura, del pasado y de la contemporaneidad, en la mano. Y sobre eso “la educación rítmica” (Mandelstam, “El estado y el ritmo”), el ritmo es también parte del saber y la aspiración a lo clásico, aspecto que comparte con los simbolistas, mundo literario del que parte el autor. Ellos decían que la música era esa civilización o el humanismo al que aspiraban, especie de cultura universal. Avidez distinta a la de la poeta Marina Tsvietáieva, que era física, avidez de amor frente a la de Mandelstam, al que podemos pensar mallarmeano, porque entendemos que él componía a favor de determinadas formas librescas. En sus reflexiones dice: “Los libros se funden como trocitos de hielo llevado a la habitación. Todo disminuye. Cada cosa me parece un libro. ¿Qué diferencia hay entre un libro y un objeto? No conozco la vida. Me la sustituyeron (“nos quitaron la biografía” -anota en otro lugar)… Todo disminuye. Todo se funde. También Goethe se funde. Se nos ha concedido un plazo muy breve…. pero el pensamiento no se ha embotado…Vosotros, depósitos de madera, negras bibliotecas de la ciudad, todavía leeremos, todavía veremos… Incendios y libros, eso está bien. Todavía veremos, todavía leeremos”. Tsvietáieva le dedica en 1916 una serie de poemas donde expresa su diferencia: “Sé que nuestro don es – dispar/ Más tierno, más irrevocable que yo/ Nadie siguió con la mirada…/ ay hombres felices y mujeres afortunadas/ Que NO pueden cantar./ A ellos les fue dado – ¡Verter las lágrimas! ¡Qué dulce es derramar – /La pena – en forma de una lluvia torrencial”.
La poesía de Mandelstam, llena de paronomasias que él mismo trabaja sobre la de Jlébnikov, usa el pentámetro yámbico, clásico, que facilita un particular sistema nemotécnico,[2] y muchas fueron así conservadas. Sus rimas consonantes no tienen la musicalidad de los Simbolistas (la de los sonidos) sino la del ingenio y los conceptos -así lo sugieren algunos críticos.
Los Acmeístas, poetas donde suele ubicarse inicialmente a Mandelstam, unieron la naturalidad de la frase y la audacia de la metáfora, como es el caso de Pasternak. Además, en Mandelstam encontramos poemas que tienen juegos de palabras a partir de su raíz filológica, como es el caso de Solóminka y Salomé, pajita y mujer, en Tristia, obra anterior a Cuadernos de Vorónezh. Y del mismo modo que lo que en su contemporáneo, Serguéi Esenin, podemos considerar lo ruso, la provincia, la tradición, en Mandelstam puede pensarse lo europeo, a veces presentado a partir de la ciudad de San Petersburgo, al modo de Alexander Blok, polos de la poesía en esas décadas rusas. Con diferentes títulos: “París”, o “La Bisabuela de las ciudades” -lo europeo, la civilización, es tan contundente como la piedra, otro símil importante de su metafórica: “Más que al palomo, mejor entiendo el lenguaje de guijarros/Aquí las piedras son palomos, las casas – son palomares”.
Sin embargo, Mandelstam se aparta singular de la poesía de su tiempo, y lo escribe claro: “Me quito mi pelliza literaria y la pisoteo”, “el canon del escritor de hoy, enemigo mortal de la literatura” o en “¡No! ¡Permítanme, al menos, juzgar!” (“Cuarta Prosa”) y lo podemos inferir al leer en Vorónezh cuando dice “Un salto y el juicio recobré”. Viktor Shklovski señaló que Mandelstam escribía sus poesías verso por verso, es decir que el fragmento fue base de su composición. En “Poema/Oda al Grafito”, que tanto le gustaba a Irina Bogdaschevski, la primera traductora argentina del autor, anota que escribe el aire y la piedra tanto como “Aquí escribe el temor, escribe el movimiento”. Y agrega, “Sólo por la voz comprenderemos” y toda voz tiene un cuerpo y en Mandelstam hay un yo contundente que, en este caso, podemos considerar semejante al de la obra de Tsvietáieva. El autor escribe en un poema “Me honrarán por completo/ en otra vida”, “Nos repondrán” -dice el verso de Tsvietáieva.
Como se ve, relacionamos a autores sin grupo ni escuela, en los ´ismos´ se pierde lo literario de la literatura. En El sello egipcio, uno de sus relatos, escribe: “¡Qué placer para el narrador pasar del relato en tercera persona a primera! Es lo mismo que si después de haber bebido en pequeños e incómodos vasitos dedales, uno, de pronto, renunciara a ellos y se pusiera a beber directamente del grifo el agua fría y cruda tal como sale”. Mandelstam, justamente ubicado en la tradición literaria universal, entiende que en Dante se define por la voz el origen, el destino y el carácter de una persona, quizá, parecido, pero a la vez distinto de Borges, quien en nuestra literatura decía que encontrar una voz es encontrar un personaje. La potencia de la vocería del ruso, además, se engarza a la invocación y presencia de un lector, un tú, en sus prosas y en su poesía. Paralelamente, su noción del relato se ampara en la estructura de la biografía que, a partir de ella, se convierte en trama, esa es su medida -asegura el autor que escribió varios ensayos literarios de enorme erudición y belleza. La literatura como cuestión de medidas es una aproximación múltiple también en Tsvietáieva, en Mi Pushkin, por ejemplo.
Una biografía o un sistema de biografías -nuevamente la brillante concepción de Shklovski en juego- parecen componer sus relatos y, en otro sentido, el uso de ese mismo yo poderoso y central, es notable como en algunas épocas, puede ser leído cual hermetismo o estratégico oscurecimiento, procedimiento que no parece corresponderse con algunas de las afirmaciones de los versos de Mandelstam: “¿Quién soy? No soy el albañil dilecto,/ Ni constructor de techos, ni de barcos,/doble juego soy, y con el alma doble./ Amigo soy de la noche, del día soy causante (…) Y ahora yo estudio el diario / Del verano de grafito y de sus rasguños” o “ Y quiero hundir los dedos en la ranura /Del camino pedregoso de poema de antaño/ Como dentro de la úlcera, incluyendo en el empalme/ El sílice con el agua, el anillo con la herradura”.
La literatura de Mandelstam tiene una insistencia en lo formal, en la lengua -decíamos-, aspecto que seguirá Joseph Brodsky –quien se decía discípulo de Tsvietáieva pero consideramos que tiene más tintes de la literaturiedad de Mandelstam que de la poeta moscovita- y que continúa a Jlébnikov, en cierta medida, también a autores distantes como Poe (un poema del 1913 decía: “De la casa de los Usher cantaba el arpa de Edgar”), pero donde vida/lengua no se corresponden, no tienen una constitución paralela. Su insistencia en lo duro, la piedra, lo que se conserva, el pasado, ¿la alta cultura?, compuso un modo de rechazo del presente. Posible parangón con la idea que tiende Notre Dame de París de Víctor Hugo, decimos, en todo caso, que escribir para él era esculpir en piedra: “Una piedra es como un diario del tiempo… Una piedra no es otra cosa que el tiempo mismo, sacado del espacio atmosférico y puesto en el espacio funcional… Una piedra es un diario impresionista del tiempo atmosférico acumulado por millones de años de desastres; pero no sólo del pasado, sino también del futuro, en ella está la periodicidad” -como brillante señala en El rumor del tiempo, su otro gran relato.
Obra política e histórica
En Cuadernos de Vorónezh aparece la mención a la actualidad soviética de los ’20-’30, por ejemplo, en el uso de acrónimos –juegos consonánticos sobre la burocracia real, lo que otras obras de la época llevan al paroxismo como la del genial Andrei Bieli, pero, para Mandelstam, éste los incrusta en un ritmo alocado, lo cual es cierto, aunque el mundo presentado necesitaba ese volcán de impresionismo-expresionismo.
En La piedra, el primer libro de Mandelstam (recordemos que Cuadernos de Vorónezh será el último), leemos un malestar que parece presagiar o directamente ver su atroz destino : “¡Oh, mi profética pena”; “apasionadamente el destino llama/ a una puerta prohibida, a la nuestra…”; “Acaso soy de verdad, /y realmente la muerte vendrá”; “¡Y toda mi alma está en las campanas/ pero la música desde el abismo no me salvará”; “y pensé: no hace falta la grandilocuencia,/ no somos profetas, /ni siquiera precursores,/ no amamos el paraíso, no tememos el infierno/ y en el opaco mediodía ardemos como velas”. En ese poemario hay un presente más cercano a Europa -como señalamos antes-, por ejemplo a Roma, un poema de 1914 dirá: “La naturaleza es también Roma, y parece/ que volvemos a molestar a los dioses en vano;/ hay entrañas de las victimas para predecir/ la guerra, esclavos para callar y para edificar/ hay piedras”; “He recibido una beatífica herencia: / los sueños errantes de cantores extranjeros”. Mientras que en “Estrofas Petersburguesas”, dedicado al malogrado Nikolái Gumiliov, leemos: “Monstruosa, como un acorazado en el dock, /descansa pesadamente Rusia// Es pesada la carga del esnob del norte, /la antigua angustia de Onieguin// vuela en la neblina una fila de motores, un peatón orgulloso y humilde, Evgueni”). Mandelstam ve a Rusia cual pesada piedra, como ha dicho de la cultura, y amarilla, como la “de los edificios estatales (donde) giraba largamente un viento turbio”. Pero Rusia es una piedra pesada.
Ya en Tristia, “El ocaso de la libertad” afirma: “¡Celebremos el ocaso de la libertad, /hermanos, el gran año crepuscular!/ (…) ¡Subirás hacia años sordos/ tú, sol, pueblo-juez/ (…) Quién tenga corazón debe escuchar, tiempo,/ cómo tu barco a pique se va/ (…) que para nosotros la tierra vale diez cielos”. Y en el caso de los poemas que incluye en Viaje a Armenia, también concebido como un retorno al pasado clásico o huida del horrible presente, pues Mandelstam va a Armenia en el ´30, en pleno estalinismo, su crónica de koljoses, de kulaks, de expropiaciones, cuarteles, sindicatos y campesinos llorosos, es una especie de friso o historia en off bajo del recorrido lingüístico que la superficie del texto detenta, una filología enhebrada a su visión histórica: “como resultado de una incorrecta apreciación subjetiva, me acostumbré a ver en cada armenio a un filólogo… Aunque, en parte, esto era cierto. Hay gente que hace resonar las llaves de un idioma, incluso cuando no tiene ningún tesoro para abrir”.
Así puede entenderse que su movimiento fue contraponer clasicidad, viaje anacrónico a un origen, a Europa, a la era clásica griega o a Armenia, como sucedáneo cercano, frente al devenir de la revolución rusa, una operación restitutiva. Por eso, tal vez, Iliá Erhenburg definió esta obra como “poesía civil”, es decir, no revolucionaria o no comprometida, pero estas fueron lecturas atadas a concepciones que no sirven para Mandelstam, un autor que escribe: “Debo vivir, respirando y bolchevizando,/ y, mejorando antes de la muerte,/aún quedarme y jugar con la gente(…) / Me quité el tableteo del pájaro carpintero./ Un salto. Y el juicio recobré (…)/ Mi país hablaba conmigo,/ me consentía, me regañaba, no me leía,/ pero me hizo madurar, como a un testigo,/me advirtió y de repente, como una lente,/con la aguja del Almirantazgo me encendió (…)/ Debo vivir, respirando y bolchevizando,/trabajar el habla, sin escuchar, mi propio amigo./En el Ártico de las máquinas soviéticas oigo el golpeteo,/ recuerdo todo: los cuellos de los hermanos alemanes,/ y que, con el peine lila de Lorelei,/el jardinero y verdugo pasaba el tiempo./ No fui saqueado ni quebrado,/pero solo me he agigantado (…) Como en el Cantar de Ígor, mi cuerda está tensa,/ y en mi voz, después del asma,/ resuena la tierra – la última arma –/ ¡Seca humedad de una hectárea de tierra negra!(…)/ Para que la mercadería milagrosa de Pushkin no cayera en las/ manos de parásitos,/ se educa una tribu de pushknistas de capote y revólver –/ jóvenes amantes de versitos de dientes blancos./ ¡Si tuviese un vershok de mar azul, solo en el ojo de una aguja! (…)/ El tren iba hacia el Ural. En nuestras bocas abiertas/ hablaba Chapáiev, cabalgando, desde una película sonora/ tras la retaguardia de troncos en una cinta de sábanas/ para ahogarse y saltar sobre su caballo(…)/ Mídeme, país, recórtame de nuevo (…)/ que esté yo en la respuesta y no en la pérdida:/ hay una vida de muchos fondos fuera de la ley (…)/ Todavía no has muerto, todavía no estás solo, / Mientras con tu amiga mendiga / disfrutas la dimensión de las llanuras,/ la niebla, el frío y la nevisca./ En la pobreza lujosa, en la miseria poderosa,/ vive tranquilo y consolado./ Benditos son las noches y los días,/ y el trabajo de dulce voz es impecable. /Infeliz es aquel a quien, como su sombra,/ asusta el ladrido e inclina el viento,/ y pobre es aquel que, semivivo,/ a la sombra pide limosna”. Poema de enero de 1937 donde es evidente su trato con la contemporaneidad que también leemos en: “Pero ¿acaso el corazón es sólo carne asustada? (…)/ En el foso de los leones y en la fortaleza hundido/ estoy, y desciendo más, más y más, debajo/ del chaparrón de levadura de estos sonidos,/ más fuerte que un león, más poderoso que el Pentateuco(…)/ No está limitado aún mi tiempo:/ yo acompañaba el éxtasis universal/ como una pieza en tono bajo para órgano/ acompaña la voz de una mujer (…)/ Si me atrapasen nuestros enemigos/ y la gente dejase de hablar conmigo,/ si me privasen de todo en el mundo:/ el derecho de respirar y abrir la puerta/ y de afirmar que habrá una vida cotidiana/ y que el pueblo, como juez, juzgará;/ si se atreviesen a conservarme como fiera,/ y me dejasen en el suelo mi comida,/ yo no callaré, no reprimiré el dolor,/ pero esbozaré lo que sea libre de esbozar,/ y, balanceando la campana desnuda del muro/ y provocando la esquina en tinieblas enemigas,/ unciré diez bueyes al cabello/ y dirigiré mi brazo a las tinieblas con el arado,/ y en la profundidad de la noche de guardia,/ y a la legión muy compacta de enemigos/ le caeré con todo el peso de la siega,/ con el compacto juramento a lo lejos arrancado,/ y volará la bandada de los años ardorosos,/ susurrará Lenin una madura amenaza,/ y en la tierra, que evita la corrupción,/ despertará Stalin la razón y la vida”.
Mandelstam decía que en este poema hay una formulación precisa del “sentimiento carcelario”, de cuando privan del derecho de respirar, de ser libre. Los dos últimos versos surgieron en él inesperadamente, provocándole cierto temor: “¿Por qué apareció esto de nuevo?” -se preguntaba, según recuerda su esposa. Por todo esto señalamos que su poesía es clara denotación, incluso podemos decir que es guerra -como afirma de la literatura en “Cuarta Prosa”, su obra es política, combativa, enfrenta a su contemporaneidad. Poesía imposible en el marco de la censura soviética por eso, en algún sentido, lo hermético o, más bien, elíptico, que señalamos antes. Incluso lo que, desde acá, desde la literatura argentina, puede definirse como difícil, ambiguo o irónico, eso que la crítica no sabe leer más que como subjetividad, impresionismo, individualismo o solipsismo, modo escriturario que el propio Mandelstam ayuda a comprender al comparar la lectura con la visión de un cuadro: “Los cuadros no se hacen para comprometer con ellos al sol. Somos nosotros mismos quienes, cuando el arte se vuelve manera, resultamos en una jaula, en una red que nos separa del mundo”. Estilo al que un informe de la KGB, definirá como: “El lenguaje de sus versos es complicado, oscuro: huele a Pasternak”, por lo que Shklovski tenía razón al afirmar que el estado soviético hacía crítica literaria. Y leía tan bien que por ello fusilaba y enviaba al Gulag.
Decimos que Mandelstam, como todo autor genial, lo escribe preciso: “A veces, Dante es capaz de describir un fenómeno de tal manera que no quede nada en absoluto de él. Par eso utiliza un procedimiento al que yo denominaría metáfora heraclitiana. Con tal intensidad subraya la fluidez del fenómeno, y con tales rúbricas lo borra, que la contemplación directa, una vez que la metáfora ha logrado su efecto, en esencia, no tiene con qué alimentarse. Varias veces he señalado que los procedimientos metafóricos de Dante están más allá de nuestras nociones de la composición, de tal manera que nuestra crítica artística, que se desarrolla a través del pensamiento sintáctico, es impotente ante ellos” (“Coloquio sobre Dante”).
Mandelstam vivió entre soplones, escuchas, parvenus y burgueses. En “Cuarta prosa” dice que el burgués es una mezcla de asco y honradez, parecido a una bestia y tiene “sueños ferroviarios”, en su caso Tsvietáieva, en Indicios terrestres, escribe: “Así me quedó grabada, esta primera visión de la burguesía durante la Revolución: las orejas, escondidas bajo los gorros, las almas, escondidas tras los abrigos, las cabezas, escondidas en los cuellos, los ojos, escondidos tras los cristales. Una enceguecedora –por la chispa de la cerilla- visión de la piel”. Asesino mundo soviético que censuró su obra y lo llevó al Gulag, Shklovski dirá sociedad militarizada, estética policíaca- anota en El rumor del tiempo. En Contra toda esperanza, las memorias de Nadiezhda Mandelstam, su viuda, se recuerda cómo en cierta ocasión circuló el rumor de que en todo Moscú los teléfonos habían sido cubiertos con almohadas porque se había corrido la voz de que servían como terminales de escucha. Mandelstam había definido a esos soplones como “caciques de cuello extrafino” que rodeaban al dictador de turno y a sus secuaces, por lo que es fundamental entender que a Mandelstam, tanto como a Bulgakov y a muchísimos otros escritores, los delataron escribas oficiales, de ahí la furia de “Cuarta Prosa” y de su mujer toda su vida, porque fueron los cercanos sus primeros enemigos
En la URSS de los años treinta, se conoció el florecimiento y la expansión de un complicado sistema de patronazgo entre altos mandos del partido y la elite intelectual: uniones y sociedades de pseudo-escritores que funcionaban con acrósticos, como el conocido de AGITPROP. También era frecuente que esos escribientes y figurantes asistieran a los salones de la clase gobernante, a esos diletantes el poder definirá primero como “compañeros de ruta” y a los comprometidos-sometidos totales, como los “realistas socialistas”.
Entonces será frecuente que los censurados escriban cartas al poder para pedir clemencia o la posibilidad de emigrar, en 1931 Yevgueni Zamiatin pidió ese permiso y le fue otorgado, Mijaíl Bulgákov remite igual solicitud, la petición le es negada. Conocida y mítica es la probable conversación telefónica entre Stalin y Pasternak -donde el tirano le pregunta al poeta si Mandelstam es un maestro y este último le responde que, en todo caso, deben hablar de la vida y de la muerte- pero más certero es el verso de Vorónezh: “No quiero entre jóvenes de invernadero/ cambiar el último centavo del alma” y difícilmente eludible es el relato de “Cuarta Prosa” que denuncia: “Entré a trabajar en el periódico Moskovski Komsomólets directo desde la caravana-barraca de la Tsekubu. Allí había doce pares de soplones, casi todos corruptos, y una sala de lectura, transformada a partir de una iglesia, sin libros, donde dormían caracoles (¿ñoquis?) en divancitos redondos. La servidumbre de la Tsekubu me odiaba por mis canastas de mimbre y porque no era un profesor.” Muy específico, además, en “Prosa sobre poesía”, Mandelstam postula: “Conjeturas líricas sobre la lírica continúan. Es el aspecto más negativo de la interpretación lírica… Sospechas. Premisas arbitrarias. Suposiciones metafísicas.” Creemos que a partir de muchas de estas aproximaciones del autor ruso tenemos la concepción crítica de Henrí Meschonnic, quien señala que el enemigo del poema es precisamente la institución literaria (La poética como crítica del sentido).
A la par de esta obra como visión y denuncia, Mandelstam compuso toda una perspectiva que puede entenderse como crítica y metacrítica, en su obra literaria y ensayística, su monográfico “Coloquio sobre Dante” es un ejemplo central pero la enorme cantidad de ensayos que escribió revela una concepción que se fundamentaba en que “La determinación de la génesis literaria del poeta, de sus fuentes literarias, de su origen y parentesco nos lleva en seguida a pisar la tierra firme. A la pregunta, qué es lo que quiso decir el poeta, el crítico puede no saber contestar, pero a la pregunta cuál es su procedencia, está obligado a responder”.
Muchas veces hemos supuesto que a estos autores de las primeras décadas del siglo XX ruso los rodeaba un mundo del revés, donde los malos son tenidos por humanistas, por buenos, y los poetas, por bandidos. Una de las lecturas favoritas de Mandelstam era Villon, el viaje literario de Villon es el viaje del ladrón, del marginal, es ese vagabundeo que mina la moralidad, el viaje del delincuente frente al viaje artístico y lingüístico del ruso del XX. Pero el ritmo, que es el motor de la obra de Villon –dice Mandelstam- es amoral también, tal vez donde la literatura es perseguida, el escritor auténtico es un delincuente. Inversión y tensión que los versos de éste puntúan así: “Convivió con el gótico vivió escandalizando/y escupía a los derechos de la araña/el insolente escolar y ángel peleador,/ el incomparable François Villon.” Del mismo modo, dijo que Dante perteneció a un siglo peligroso, turbulento y criminal y agregó: “Es impensable leer los cantos de Dante sin dirigirlos hacia lo contemporáneo. Fueron creados para eso. Son proyectiles para revelar el porvenir. Exigen un comentario in futurum”.
Tiempo y espacio en la obra de Mandelstam
En la literatura de algunos autores, el tiempo también es el-tiempo-que-hace[3], la historia, lo contemporáneo, y el tiempo se hacen espacio: “Un cielo bajo, rugoso, pendía como un policía sobre la tierra”. La metáfora del tiempo en los Simbolistas fue exactamente la del rumor del tiempo, del buen y mal tiempo que hizo en Rusia por esos años. Está también en La piedra, el primer poemario de Mandelstam: “De la vida estoy mortalmente cansado(…)/ pero amo mi pobre tierra ,/ ya que otra no se ha de ver”;/ “O, mi camino y mi tiempo/ agotados, regreso: allá-no pude amar, acá- temo amar”;/ “a veces la naturaleza es una mancha gris”. Mandelstam, originalísimo, escribe en diciembre de 1936: “Como un regalo atrasado/ es sensible para mí el invierno:/ amo desde el comienzo/ su indeciso balanceo./ Es bueno por el miedo, /como principio de temibles cosas,/ frente a todos, círculo sin bosque, /hasta el cuervo se asustó./ Pero más fuerte que todo es lo efímero,/ el azul celeste de lo convexo,/ el hielo semicircular de la sien/ de los arroyos que hablan sin sueño”.
Representación de un tiempo sobrecargado: alusiones, referencias más o menos ocultas, no hay lamento por el paso del tiempo: hay registro y condena. Y velocidad: cuando se acaba el espacio, se pelea contra el tiempo. Mandelsatm cita a Bergson quien “observa los fenómenos no en relación con su dependencia de la ley de concatenación temporal, sino en relación con su expansión espacial. Le interesa exclusivamente la relación interna de los fenómenos, liberar esta relación del tiempo”. Todo lo contrario de la idea de progreso y evolución elemental de ciertas utopías: la literatura es un proceso de alternancia, de sustitución, de perdida, no hay superación, Jléblnikov nos lleva al Cantar de las huestes de Igor, la lengua rusa nos lleva a Grecia antigua con Mandelstam. Y de todo esto colegimos el formalismo del salto, el de Tinianov. Formalismo como construcción y deconstrucción -dice el propio Mandelstam, adelantándose a toda teoría: “El discurso poético crea sus propios instrumentos en su decurso y en su decurso los destruye” y “Nuestra ciencia dice: si alejo el fenómeno, me hago con él, lo asimilo. El ´distanciamiento´ (la expresión es de Lomonosov) y lo cognitivo tienen casi el mismo significado para la ciencia”. Para cierta literatura no hace falta teoría externa a ella misma o, dicho de otro modo, ella funda teorías, lo que suele olvidarse en el caso del Formalismo ruso.
Otro poema apunta: “¡Oh, este espacio lento y sofocante!/ Estoy hastiado de él hasta el rechazo/ y está abierto el horizonte, que toma aliento,/ ¡como con una venda en ambos ojos!(…)/ ¿Qué hacer con la opresión/mortandad de las llanuras,/ con la extendida hambruna de su milagro?/ Pues lo que en ellas consideramos apertura/ lo vemos, al derramarse, visible,/ y siempre surge la pregunta/ de a dónde van, de dónde vienen,/ y si por ellas no se arrastra lentamente/ aquel por quien gritamos en sueños,/ el Judas de los pueblos futuros.” El tiempo en esa obra adquiere una precisión y concreción extremas: “¿Dónde meterme en este enero?” escribe en enero de 1937 y acerca el “gutural Ural, región del Volga, de anchos hombros/ o esta región llana –son todos mis derechos– / y con todo mi pecho aún debo respirarlos(…)/ Al verano que parece joven y envejece (…)/ —Nací en el noventa y cuatro,/ nací en el noventa y dos (…) Y en el puño apretando el desgastado/ año de nacimiento, en tropel y en bloque/ susurra mi boca desangrada:/ —Nací en la noche del dos al tres/ de enero del desesperanzado/ año noventa y uno – y los siglos/ me rodean con el fuego.” Y, por supuesto, en el conocido “El siglo”: “Siglo mío, bestia mía, ¿quién sabrá/ mirar a tus pupilas/ y con su propia sangre pegar/ las vértebras de dos siglos”. Eras ciegas y eras videntes puede componer la literatura a la par de la historia.
Mandelstam supo en soledad y escribió que “la verdad es más cara que la patria” de la que “Solo quedan/ el espacio, las estrellas y el cantor” o “Solo, miro el rostro de la helada: no va a ninguna parte; yo, de parte alguna vengo, y todo se aplana y se ondula sin arrugas de la llanura el milagro que respira. El sol entorna los ojos a la pobreza almidonada. Su guiño es tranquilo y consolado (…)/ Bosques de diez cifras – casi iguales…/ y la nieve cruje en los ojos, como el pan puro, sin pecado.” También versos como “Y no tengo con quién aconsejarme,/ no sé si solo lo encontraré:/ piedras tan llorosas y transparentes/ ni en Crimea ni en el Ural puede haber. // Como el mártir del claroscuro Rembrandt,/ entré profundamente en un tiempo que enmudece,/(…) fui separado de ustedes y apenas los había valorado:/(…) Armado con la vista de agudas avispas/ que succionan el eje terrestre,/ percibo todo lo que tuve que ver, /y lo recuerdo de memoria y en vano.// No dibujo, tampoco canto,/ ni un arco de negra voz deslizo: /sólo me adhiero a la vida, y me gusta/ envidiar a las poderosas y astutas avispas./(…) Y después de Mijaíl Lérmontov/ te entregaré un informe riguroso,/ como enseña la tumba al encorvado/ y la fosa aérea atrae.”
Es inevitable entonces aproximarse a este poeta, a su obra, a partir de su afirmación de que “La literatura es la guerra” (“Cuarta prosa”), autores de eras violentas por lo que sus textos pueden tenerse como contramanifiestos, lo contrario de la literatura comprometida, realismo socialista, panfleto, publicidad o vanguardia -una de las series literarias mal conocida y más pensada de esos años soviéticos. En El rumor del tiempo su diatriba puede acercarse a algunas formas celinianas: “Vuelvo a decir que mi memoria no es cariñosa, sino hostil y no se esfuerza en recordar el pasado, sino en rechazarlo. Un ´raznnochiñets´ no precisa de memoria, le basta con hablar de los libros que ha leído para tener hecha su biografía. Allí donde la épica de las generaciones felices se expresa en hexámetros y anales, yo pongo un signo de abertura entre mí y el signo hay un abismo, un foso lleno de tiempo rumoreante, un lugar consagrado a la familia y al archivo doméstico… no aprendimos a hablar, sino a balbucear, y gracias tan sólo al creciente rumor del tiempo que escuchábamos con atención, y blanqueados por la espuma de su cresta, adquirimos el odio. La propia revolución es, a la vez, vida y muerte, y no tolera cuando en presencia suya se divaga sobre la vida y la muerte”. En El sello egipcio escribe: “El literato construye la historia literaria con ídolos móviles” y al hablar de la furia como aprendizaje literario opuesto a los “atestadores de literatura” es mejor el “iracundo asombro”, “agonía belicosa y ardiente”, la flama de Pushkin, tal vez.
Decimos que sus ensayos son más que manifiestos, tienen esa impronta formal de grito de batalla como en: “¡Señores literatos! Igual que a las bailarinas les pertenecen las zapatillas de ballet, a vosotros os pertenecen los chanclos… Veinte años de semejante danza constituyen una época; cuarenta, la historia… Hasta cierto punto todo ballet tiene su origen en la servidumbre… Chalanes, soplones, soplones, chalanes” y, muy contundente en: “Canción desinteresada – elogio para sí misma:/ consuelo para los amigos y para los enemigos – brea” (Cuadernos de Vorónezh). Mandelstam apunta a la singular simbiosis entre el mundo criminal y bolchevique, semejante a la mezcla de Isaac Bábel en Caballería Roja[4]. No hay memoria del Gulag que no mencione el uso de los presos comunes en los Campos contra los deportados del artículo 58, los “políticos”, acusados de traición a la patria. Los asesinos no compartían el pecado original de ser “enemigos de clase” y, por lo tanto, podían ser “reeducados”. Mundo del revés nuevamente.
La obra de Mandelstam cubre una era de guerras múltiples, guerra civil, guerras mundiales, guerras de oleadas de deportados a Siberia. La obra de Mandelstam hace extensiva esa guerra a la literatura en “Cuarta Prosa”, lo repetimos y podemos citarla extensamente aquí: “Todas las obras de la literatura universal yo las divido en permitidas y escritas sin autorización. Las primeras son basura; las segundas, aire robado. A los escritores que deliberadamente escriben obras permitidas los quiero escupir en la cara, golpearlos en la cabeza con un palo y sentarlos a todos a una mesa en la Casa de Herzen, dejando frente a cada uno un vaso de té policial, y darle a cada uno en la mano una muestra de orina de Gornfeld.
A estos escritores yo les prohibiría que se casen y tengan hijos. ¿Cómo pueden tener hijos? Si los hijos deben continuar detrás de nosotros, demostrar detrás de nosotros lo más importante, que los padres se vendieron a un diablo picado de viruelas por tres generaciones sucesivas.
Ahí tienen una paginita literaria.
No tengo manuscritos, no tengo libretas de notas, no tengo archivos. No tengo letra, porque nunca escribo. Yo sólo trabajo”.
Algunos poemas de Mandelstam de Cuadernos de Vorónezh, Buenos Aires, Blatt y Ríos, 2024. Trad. de Fulvio Franchi
Estancias
No quiero entre jóvenes de invernadero
cambiar el último centavo del alma,
pero, así como va al koljoz el campesino libre,
yo entro al mundo – y la gente es buena.
Me gusta el capote con pliegue del ejército rojo,
largo hasta los talones, de mangas lisas y sencillas
y de corte familiar a una nube del Volga
para que al hundir la pala en la espalda y el pecho
yazga y no se consuma en la reserva
y se haga pelusa en el verano.
Una maldita costura, un absurdo capricho,
nos separaron. Y ahora, comprende:
Debo vivir, respirando y bolchevizando,
y, mejorando antes de la muerte,
aún quedarme y jugar con la gente.
Piensas cómo en Cherdyn, mi querida,
donde huele el Ob y desemboca el Tobol,
me agitaba en un bullicio de siete vershkí:
no miré toda la pelea de cabrones difamantes,
como un gallo en la penumbra transparente del verano –
come, escupe, sí, algo, sí, es un enemigo –
de un picotazo me lo quité de encima.
Un salto. Y estoy en mi sano juicio.
Y tú, Moscú, hermana mía, eres ligera,
cuando encuentras en un avión al hermano
antes del primer llamado del tranvía:
más suave que el mar, más embrollada
que una ensalada de madera, vidrio y leche…
Mi país hablaba conmigo,
me consentía, me regañaba, no me leía,
pero me hizo madurar, como a un testigo,
me advirtió y de repente, como una lente,
me encendió con la aguja del Almirantazgo…
Debo vivir, respirando y bolchevizando,
trabajar el habla, sin escuchar, mi propio amigo.
En el Ártico de las máquinas soviéticas oigo el golpeteo,
recuerdo todo: los cuellos de los hermanos alemanes,
y que, con el peine lila de Lorelei,
el jardinero y verdugo pasaba el tiempo.
No fui saqueado ni quebrado,
pero solo me he agigantado…
Como en el Cantar de Ígor, mi cuerda está tensa,
y en mi voz, después del asma,
resuena la tierra – la última arma –
¡Seca humedad de una hectárea de tierra negra!
Mayo – junio de 1935
* * *
Privándome del mar, del camino y del vuelo,
y dando a mi paso de la tierra forzada la medida,
¿ustedes qué lograron? Un cálculo brillante:
no pudieron quitarme el labio que se agita.
Mayo de 1935
* * *
El día salía sobre cinco cabezas. Cinco días enteros
encogiéndome, me ufané del espacio que crecía como levadura.
Sueño más grande que el ruido, ruido más viejo que el sueño; compacto, preciso,
y nos seguían carreteras con riendas de cocheros.
El día salía sobre cinco cabezas y, apestando por la danza,
marchaba yo a caballo, y a pie iba la masa de negras cumbres –
con la expansión de la aorta del poder en las noches blancas – no, en los cuchillos –
el ojo se convertía en carne de coníferas.
Si tuviese un vershok de mar azul, solo en el ojo de una aguja,
para que a la pareja escoltada llevasen a tiempo bien las velas.
¡Cuento ruso de menta seca, cuchara de madera!
¿Dónde están ustedes, los tres célebres muchachos de la puerta de hierro de la GPU?
Para que la mercadería milagrosa de Pushkin no cayera en las manos de parásitos,
se educa una tribu de pushknistas de capote y revólver –
jóvenes amantes de versitos de dientes blancos.
¡Si tuviese un vershok de mar azul, solo en el ojo de una aguja!
El tren iba hacia el Ural. En nuestras bocas cerradas
hablaba Chapáiev, cabalgando, desde una película sonora
tras la retaguardia de troncos en una cinta de sábanas
para ahogarse y saltar sobre su caballo.
Abril – junio 1935.
* * *
Hablando desde una sábana húmeda –
mira, se halló un sonoro depósito a los peces –
se nos venía encima la película sonora
a mí, a todos, a ustedes…
Con desdén hacia las pérdidas curvadas,
con un mortal cigarrillo en los labios,
los oficiales de la última extracción –
hacia la ingle entreabierta de la llanura…
Se escuchaba un zumbido bajo
de aviones del todo consumidos,
la navaja inglesa del caballo
afeitaba las mejillas del almirante.
Mídeme, país, recórtame de nuevo.
¡Es milagroso el ardor de la tierra inscripta!
Se encasquetó el fusil de Chapáiev:
¡ayuda, desata, divide!…
¿Abril? – junio de 1935
* * *
¡Oh, este espacio lento y sofocante! –
Estoy hastiado de él hasta el rechazo –
y está abierto el horizonte, que toma aliento –
¡como con una venda en ambos ojos!
Mejor sufriría yo el carácter foliáceo de la arena
en las orillas del dentado Kama:
retendría yo su pudoroso brazo,
sus vueltas, orillas y hoyos.
Trabajaría con él – un siglo, un solo instante–
envidioso de los rápidos no profundos,
escucharía, bajo la corteza de los troncos
que arrastra, cómo se forman sus anillos.
16 de enero de 1937
* * *
Como el mártir del claroscuro Rembrandt,
entré profundamente en un tiempo que enmudece,
y la aspereza de mi costilla ardiente
no es defendida ni por esos guardianes,
ni por este combatiente, que duermen bajo la tempestad.
¿Me perdonarás, magnífico hermano,
maestro y padre de la verdinegra oscuridad? –
Pero el ojo de la pluma de halcón
y los calientes joyeros a medianoche en el harén
confunden no para bien, confunden sin el bien
a la agitada tribu con las pieles de las tinieblas.
4 de febrero de 1937
* * *
Rupturas de bahías redondas, arcilla y azul,
y una lenta vela que continúa en una nube,
fui separado de ustedes y apenas los había valorado:
más larga que las fugas para órganos, amarga es la hierba de los mares –
de falsos cabellos – y huele a larga mentira,
la cabeza emborracha la ternura de hierro,
y la herrumbre apenas roe la orilla moderada…
¿Por qué me pusieron otra arena bajo la cabeza?
Tú, gutural Ural, región del Volga, de anchos hombros
o esta región llana – son todos mis derechos –
y con todo mi pecho aún debo respirarlos.
4 de febrero de 1937
* * *
Si me atrapasen nuestros enemigos
y la gente dejase de hablar conmigo,
si me privasen de todo en el mundo:
el derecho de respirar y abrir la puerta
y de afirmar que habrá una vida cotidiana
y que el pueblo, como juez, juzgará –
si se atreviesen a conservarme como fiera,
y me dejasen en el suelo mi comida –
Yo no callaré, no reprimiré el dolor,
pero esbozaré lo que sea libre de esbozar,
y, balanceando la campana desnuda del muro
y provocando la esquina en tinieblas enemigas,
unciré diez bueyes al cabello
y dirigiré mi brazo a las tinieblas con el arado –
y en la profundidad de la noche de guardia,
y – a la legión muy compacta de enemigos
le caeré con todo el peso de la siega,
con el compacto juramento a lo lejos arrancado –
y volará la bandada de los años ardorosos,
susurrará Lenin una madura amenaza,
y en la tierra, que evita la corrupción,
despertará Stalin la razón y la vida.
<Primeros días de> febrero – principios de marzo de 1937
Fulvio Franchi y Laura Estrin, Mayo 2024
Ph / Ósip Mandelstam
[1] Este trabajo tiene por origen la presentación de Cuadernos de Vorónezh de Ósip Mandelstam (Blatt&Ríos). Conversación que tuvimos con su traductor Fulvio Franchi el 1 de marzo de 2024.
[2] Mucho se repite sobre la memoria de Nadiezhda Mandelstam de la obra del poeta. Shalamov anota en cambio que: “Tsvietáieva escribió un día que ella no sabía sus propios poemas de memoria, y explicó por qué: ´Muy raramente tengo ocasión de recitarlos´. Esta reflexión es muy justa.». Ariadna Efron, su hija, los conocía y repetía de memoria, como cuenta en Marina Tsvietáieva, mi madre.
[3] Cf. Barthes, R (2015), Vivir juntos, Buenos Aires: Siglo XX y Estrin, L (1999), César Aira. El realismo y sus extremos, Buenos Aires, Andrés Valle Editores.
[4] Estrin, L. (2012), Literatura rusa, Buenos Aires: Letranómada.