Asunción del Paraguay en temas / Nicolás Caresano

Un burrito con su dueño enfrente del Lido Bar en los últimos años de la década de 1950. Fuente: revista Life.

Relegada de los imaginarios del turismo y la aventura, la capital paraguaya no suele figurar en las promociones aéreas. Su posición en el canon turístico es, cuando menos, marginal. ¿Por qué recibe considerablemente menos visitas que otras ciudades latinoamericanas? De vuelta a casa desde Asunción, cruzo la frontera con Argentina por Clorinda, en la provincia de Formosa. Hay cuatro horas de espera en la aduana: tiempo de sobra para conjeturas.

La forma de una ciudad

Paraguarí, casi a las puertas de Tape Tuja, no está cerca de Asunción y en rigor no forma parte de su circuito turístico. En la ciudad de Paraguarí está la casa de José Gaspar Rodríguez de Francia, presidente de la República del Paraguay durante el siglo XIX. Es una casa fresca, modesta, de techos bajos, donde me reciben dos guías que me cuentan detalles de su vida. 

Francia fue el primer urbanista de la ciudad. Imaginó nuevos modos de desplazarse por Asunción. Entre las modificaciones para la traza urbana que concluyó están las calles en damero, que permiten el flujo a lo largo y a lo ancho de la ciudad. Pronto descubro que una de esas calles me lleva desde el barrio de Villa Morra, donde alquilé un cuarto, hasta el reducto central de la ciudad. Es un invierno caluroso y en la Avenida España —el eje rector que conecta la bahía con la conurbación— el chipa, el mbeju y las empanadas de mandioca se venden como pan caliente. Atontado por la humedad, el turista asunceno pasea en silencio: a veces filtrado, a veces orquestado, el ruido de fondo de la ciudad jamás se vuelve una molestia. Camino casi dos horas hasta los lugares de la historia colonial paraguaya, hasta la Catedral Metropolitana, la Casa de la Independencia, el Panteón de los Héroes. 

En contraste, a menos de veinte cuadras del centro neural, el Mercado 4 es una especie de tienda árabe abarrotada donde pululan trastos, viejos artefactos inútiles, yuyos, carnes y frutas. Una radio obsoleta desprende un zumbido. Dos mujeres me observan con hostilidad; por lo bajo, torvas, cuchichean en guaraní. Parece como si el mercado hubiera sido montado de un día para el otro. Un movimiento somnífero acompasa las actividades. A unos metros, un cliente se decide por una gallina. El carnicero acerca el cuchillo al cogote del animal y lo decapita de un tajo, quedándose con la cabeza en la otra mano.

Durante mis días asuncenos, la Chacarita, el barrio más antiguo de la ciudad, está asentado en una de las plazas principales. Algunos barrios ubicados en la bahía se ven obligados a desplazarse con la crecida del Río Paraguay, de modo que los habitantes de la Chacarita pasan sus días en carpas y viviendas provisorias hasta ser reubicados en otras comunas, a la espera de que el río baje. Algunos asuncenos dicen que se trata de un barrio peligroso. Otros organizan visitas guiadas. Como Roma, Asunción se levantó sobre siete colinas; esos mismos desniveles favorecen las inundaciones cuando el río se desborda. Por eso, otra de las reformas que ejecutó el doctor Francia fue la adaptación de la fisonomía urbana a fin de reducir los daños de las crecidas.

Los trazados de Francia conectan toda una ciudad que, como cualquier otra, tiene una existencia múltiple y tentacular: los resabios históricos de una ciudad colonial latinoamericana, sus mercados exóticos que recuerdan la medina de Marrakech, sus barrios que deben trasladarse con las inundaciones. A menudo, las ciudades coloniales latinoamericanas han germinado a partir de una plaza con una iglesia, lo que no les ha impedido desarrollar otras partes de su naturaleza. Una ciudad nunca es homogénea. La elástica soltura de la flânerie me ayuda a comprender que Asunción se expande en esquirlas, fragmentos, que no se parece nunca a una unidad: es un reducto de huellas, tráficos y movimientos. La forma de una ciudad, dijo Baudelaire, cambia más rápido que el corazón de un mortal.

Música e identidad guaraníes

No muy lejos del Panteón de los Héroes está el bar Lido. Sirven una cerveza fresca y ligera. Los postres son generosos y la atención es edificante. Durante la pandemia separaron los asientos de la barra con divisores de plástico, de modo que, como en una estampa distópica, uno come y bebe aislado en una cápsula transparente. Visito el bar desde hace algunos días. Ni bien me siento, la camarera me reconoce. Nos saludamos. Es una mujer trigueña, jovial, de unos cincuenta años. Le cuento que espero a un escritor local que viene desde Lambaré. Tiene algunas novelas, relatos y unos cuantos ensayos de contextura desmayada en ABC, el periódico local. Me interesan su relación con el guaraní y su desparpajo; no me gusta, en cambio, su impuntualidad. 

Mientras lo espero, veo entrar a Berta Rojas, una notoria guitarrista asuncena. Rojas fue nominada en varias ocasiones a los Grammy y hasta ganó uno con su álbum Legado. Grabó dos trabajos consagrados a Agustín Barrios Mangoré, el músico más importante de Paraguay. Apodado el “Mozart de la guitarra”, sus composiciones son conocidas en todo el mundo, y los mejores intérpretes de la guitarra clásica han grabado una versión de su obra más famosa, “La catedral”. Desde luego, también Rojas ha grabado esos ocho minutos fúnebres y cenitales en una versión morosa y reposada.

Una de las primeras cosas que Barrios tocó fueron piezas de Juan Alais, el pionero de la guitarra argentina: “La perezosa”, una mazurka melancólica, y “La chinita”. Con todo, su deuda sonora más evidente es con España. Barrios eligió para expresar su genio formas eminentemente españolas, y es lo que se puede escuchar en piezas tales como “Capricho Español”, “Aires Andaluces” o en sus transcripciones o Isaac Albéniz.

Cruzo el bar para saludar a Berta. Es cálida pero reticente. Luego de unos minutos de charla superficial, me despacha con tacto. Vuelvo a mi cubículo y me pregunto por qué el músico más importante de Paraguay suena tanto a España. Pareciera cierto que la cultura latinoamericana se ha forjado con una mirada estrábica, puesta de a ratos en sus raíces prehispánicas y de a ratos en Europa. Ahora bien, si concedemos que los grandes artistas son los que leen críticamente su lugar en la historia, ¿qué lugar debemos asignarle a Barrios? ¿Un insigne compositor latinoamericano o un músico conservador y reaccionario? ¿Habría sido más autóctono si hubiera compuesto exclusivamente brochazos musicales de color local? Miro el celular. Tengo un mensaje del escritor. Me avisa que no va a llegar a nuestro encuentro. 

El bilingüismo paraguayo y su sentido

En un paquete de cigarrillos, leo la advertencia por duplicado: “Jepita nemomba’ asyvaíta”, “Fumar causa cáncer de pulmón”. Paraguay es un país bilingüe, aun si la convivencia del castellano con el guaraní no siempre ha sido armoniosa. El guaraní es la lengua materna de muchos paraguayos. En una reserva ecológica, por ejemplo, el guía me cuenta que aprendió español recién a los dieciocho años con el propósito de trabajar en turismo. Por esto, es común escuchar en el castellano del Paraguay algunas traducciones directas del guaraní, como cuando alguien dice “voy en Areguá” en vez de “voy a Areguá”.

En ciertos momentos críticos de la historia paraguaya, la aristocracia eurófila profundizó su desprecio por la lengua indígena. La dictadura de Stroessner intentó sofocarla durante 35 años. En el transcurso de su gobierno, profesores de escuela media y universitaria prohibieron el uso del guaraní. Obligaban a quienes lo usaban a arrodillarse sobre el maíz y saltearse el almuerzo. Hoy están la Ley de Lenguas, la Academia de la Lengua Guaraní, en suma, un afán por conservar la herencia lingüística.

En mis paseos, los ratos que paso tomando café o comprando, afino el oído y pregunto. Descubro que el guaraní es una lengua aglutinante, como el japonés, el coreano o el turco. En este tipo de lenguas, un concepto se asocia a otro para formar significados. Tomemos por caso la “y”, “agua”: “yguazu” es agua grande, lo que en castellano se traduce como “catarata”; “ysyry” es “agua que se desliza”, lo que podría imaginarse como “río”; “ykua” es “agujero de agua”, traducido como “aljibe”. 

Hablar más de una lengua puede ayudarnos a no cometer el error que cometieron los griegos: el de creer que no existe más que una verdad. A la lengua los griegos la llamaron logos, que es, al mismo tiempo, lengua y razón, la lengua de los que poseen la verdad. Los otros, los bárbaros, no dejan oír más que un murmullo incomprensible. En la medida en que un agujero de agua no es un aljibe, el guaraní muestra otro mundo. Escaparse del monolingüismo es también un destino del habla paraguaya. Nos ayuda a entender que, en cuestiones de lengua, siempre hay otra verdad además de la nuestra.

Madre de ciudades

Fundada en 1537, Asunción es una de las ciudades más antiguas del continente. Su apodo, “Madre de ciudades”, la dota de una sensibilidad maternal. Desde Asunción se fundaron Córdoba, Santa Fe, Corrientes, Santa Cruz de las Sierras, Guairá, Buenos Aires. Y quien llega a Asunción desde alguna de las ciudades fundadas por ella y se topa con el rosa delicado de sus lapachos y el petricor de su tierra después de las lluvias, ¿no llega acaso como una especie de hijo? Y entonces, ¿qué significa pasear por una ciudad maternal? En la Manzana de la Rivera escucho que Asunción es una ciudad mariana, que antes que Cristo, la figura privilegiada es la Virgen María. Pese a esto, el privilegio de la Madre de Dios no explica el carácter materno de la ciudad. Las representaciones heredadas de las misiones jesuíticas son católicas pero conservan, al mismo tiempo, notorios rasgos prehispánicos. Aquí los dioses se mezclan, se superponen. Ningún dios privilegiado ha trazado signos de esperanza o redención. 

En todo caso, ser madre constituye para Asunción su grandeza y su amargura. Algunas de las ciudades fundadas desde Asunción trabajaron deliberadamente para impedir su modernización, obstaculizar su desarrollo y paralizar su progreso económico. Buenos Aires, por ejemplo, luchó en su contra durante la Guerra de la Triple Alianza; Santa Cruz de la Sierra fomentó la Guerra del Chaco a través de sus instalaciones petrolíferas; en la región de Guaíra se conserva una palpable herencia guaraní, pero al mismo tiempo se asienta uno de los grandes problemas de la economía paraguaya: la represa Itaipú, que Brasil administra con un contrato a su favor. Cría cuervos y te sacarán los ojos.

Natalicio González, presidente de Paraguay, afirmó que la civilización del Río de la Plata no fue una obra de Europa sino una empresa netamente asuncena. Parece una conclusión desmesurada. Sin embargo, para quien llega desde Argentina no es difícil distinguir la herencia de una civilización fraterna: un paisaje, una tierra, un pasado compartido. Asunción tiene algo fraternal. O tal vez sea mejor decir algo maternal. Después de todo, cuando Juan de Garay partió hacia la llanura pampeana para fundar Buenos Aires, lo hizo con doscientas familias guaraníes y desde Nuestra Santísima Señora de la Asunción de Paraguay. 

Nicolás Caresano, Buenos Aires, 2024