Héctor Viel Temperley: El hombre que nada / Lucía Mazzinghi

Hubo un tiempo durante la pandemia en el que me dediqué a leer diarios y crónicas. Devoré obsesionada todos los diarios o cuadernos que fueron apareciendo en mi radar, las visiones de escritores, músicos, pintores y directores de cine. En ese contexto varias personas me recomendaron que leyera El estanque – Diario de un nadador de Al Alvarez. Arranqué con entusiasmo, empecé a flaquear en la página cuarenta y apenas superando las cien páginas lo abandoné por completo. No hubo caso: me aburrí. Quizás Alvarez tuvo la intención de reproducir el efecto monótono que provoca la natación en la mente y el cuerpo de quien ejerce esa práctica, en mi caso, el efecto fue el del adormecimiento. El libro se me cayó de las manos. Alvarez va contando todo lo que pasa alrededor de esas idas cotidianas al estanque a nadar, la fuerza está puesta en la conciencia de lo que ocurre a su alrededor. Mientras leía sobre diferentes aspectos de su vida cotidiana, las variaciones mínimas de la temperatura del agua, el vínculo que va forjando con los guardavidas y con otros nadadores, los tipos de pájaros que visitan el estanque, aparecía cada tanto en mi cabeza una frase de Viel Temperley, un verso solitario, como un mantra: soy el hombre que nada, solo el hombre que nada. No recordaba si el verso era exacto así que abandoné a Alvarez, busqué en mi biblioteca y me puse a releer la obra completa de Viel Temperley editada por ediciones Del Doc, dieciséis años después de que muriera a causa de un tumor cerebral a los cincuenta y cuatro años. Su prácticamente nula participación en los circuitos literarios, académicos y crítico de la época hizo que sus libros circularan de forma muy restringida hasta la publicación de las obras completas. Era verdaderamente un outsider. Dejó siete hijos y nueve libros.

Encuentro una diferencia entre realizar una práctica cotidiana y relatar lo que sucede alrededor de esa práctica y el hecho de constituirse como hombre en un acto, en este caso en el acto de nadar. Uno no sabe dónde nada Viel ni cuándo, solo que nada, ese sencillo acto, agua que corre y en ese correr se hace un cuerpo, Viel se despoja y se constituye a la vez, para nadar no tengo más que desnudarme. El agua es su elemento. Yo mismo me remonto, me retrepo / como nadando ríos verticales. Y si no hay ríos o mares cerca, solo bajo la ducha caliente / canto y lloro / por alfombras obispo, por putas, / por mentiras / porque voy a dejarte y por los ríos / que miramos pasar como tropilla.  En éxtasis, siente el hueco de su interior como el agujero de una guitarra que saca música para afuera, entre brazada y brazada mira por el rabillo del ojo la publicidad azul de vermut en el espigón alargado y recuerda como refulgía con una mujer, cómo su boca le sacaba todo el odio de encima.

Cuando yo era muy chico vivía en Vicente López, y todas las mañanas mamá me llevaba al río, cargado en la espalda. Yo todavía no sabía caminar. Y un día me caí al agua. Recuerdo que estaba sentado debajo del agua en paz, sin extrañar absolutamente la vida, la respiración, el mundo. Lo único que sentía era el éxtasis de ver una pared color tierra cruzada por el sol: era un manto anaranjado que yo tenía ante los ojos. Y era feliz.

El primer verso del primer poema (El ángel de las botas) de su primer libro (Poemas con caballos) escrito a los veintitrés años, dice: como botas de ahogado / mis botas junto al mar se han azulado. Es un nadador que cada tanto se ahoga (en su infancia sufrió gravísimos ataques de asma). En la foto que acompaña este primer libro, se ve a Viel en cueros, un facón colgado del cinturón, una mano en la cintura, la otra llevando una damajuana a los labios. Los brazos, la espalda de un nadador que nada por la memoria de las aguas, unido a ella por la respiración, fundido con ella, marcas de luz y los brazos haciendo ruido de alas, flap flap flap, cuerpo arrullado entre los pajonales de la infancia.

Viel hace un ángel con sus manos, con eso ajeno que es lo más propio, despojado pero pleno, el ángel es caballo de la pampa, barro, nube, laguna y pasto. Piedra y viento. Y unidos aire y tierra y agua, estallo. La tristeza se lava como una tormenta de verano repentina. Viel se repliega, se ahonda en la oración de los vientos, avanza despacio, agarrado a las crines. El ángel sobrevuela, se le mete en la sangre, cala sus huesos, le marca el pecho con dos herraduras, el llanto atravesado como llave. Un caballo color gris buque de guerra avanza despacio.

Qué calor hace, madre / Quiero inyectarme un poco / de agua helada / en la vena del brazo.

Héctor Viel Temperley

Viel Temperley siempre celebra al cuerpo. Necesito oler limón, necesito oler limón. / De tanto respirar este aire azul, / este cielo encarnizadamente azul, /se pueden reventar los vasos / de sangre / más pequeños / de mi nariz. Drogado de viento, envuelto en el color verde mira cómo se alejan los tiburones en un sueño. Vi una pelota / igual a todas / que el viento se llevaba / mar adentro. / Después de perseguirla / una milla marina / colores de planeta y África / tiraban de la punta / de mis dedos. / Y yo pensaba: / si te sigo, muero. Sensaciones, no razón. Cuerpo. Vida y muerte. Quiere ser ángel para no morir dentro de la carne. Los olores lo atan: a luz, a madera, a incienso. Olor a madrugada en un monasterio. A flores violetas. A lluvia. A gaviotas revoloteando en círculos.

Del niño que ama los caballos y aprende a nadar callado aprende, y a solas / sabe que nada. Ya nada, al hombre internado en el pabellón Rosetto del Hospital Británico con la boca repleta de arena y el pecho lleno de luz, hay un recorrido de treinta años, una vida celebrada y un cuerpo atravesado por las palabras. El cuerpo en singular, el suyo, su erotismo, su desborde y esa fuertísima experiencia mística de estar simultánea y paradójicamente centrado y desalojado. Traspasado de amor.

Aquél / que hizo este mar / y lo escupió de luz.

Nada puede separarlo del cielo, ni el horror ni el cansancio ni sus propios pecados. Un rancho pobrísimo en el sur, tierra en el corral, un arroyo, y su padre muerto hace tres años cerca suyo en ese aire indio del sur.

Hospital Británico es la llegada de ese viaje, es una mirada hacia atrás para comenzar todo de nuevo. Esquirlas, marcas de un cuerpo que ha conocido el éxtasis y el dolor. Las esquirlas de los versos pasados se hunden en la carne, vuelven a decir, es el mismo pero otro. Con eso recorta, ensambla, superpone, abolla, alarga, retoma, reinventa, nada en las aguas de la infancia, entre pajonales, vuelve al presente transformado y munido de todos esos versos decantados, construye su collage. Levanta piedras y las acomoda bajo el cielo inmenso, palabras como piedras elegidas por su color, su forma, su silencio, poemas-piedra húmedos, cubiertos de musgo secándose al sol.

Pabellón Rosetto, larga esquina de verano, armadura de mariposas: Mi madre vino al cielo a visitarme. / Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la luz horas y horas. Soy feliz. Me han sacado del mundo. / Mi madre es la risa, la libertad, el verano. / A veinte cuadras de aquí yace muriéndose.

¿Está vivo? ¿Muerto? ¿Las dos cosas a la vez?

Hospital Británico es un momento epifánico.

En la única entrevista que se conoce hecha por Sergio Bizzio, Viel cuenta: me operan del mate y a los dos o tres días salgo al jardín. Iba del brazo de mi mujer. Nos sentamos delante de un pabellón, al que llamo Pabellón Rosetto. Volaban unas mariposas y había unos eucaliptus muy hermosos, nada más que esto, y fui rodeado y traspasado por una sensación de amor tan intensa que me arruinó la vida en el mundo. La sensación de estar rodeado por cielo, y de que ese cielo me tocara como carne, y que podía ser la carne de Cristo y que al mismo tiempo lo tenía a Cristo adentro… Yo era amado con una intensidad que estaba en el límite de lo soportable. Eso duró una semana. Cuando volví a casa me tiré en el living y abrí la ventana para que el viento moviera la enredadera y estuve hasta el amanecer tratando de recuperar ese estado de comunión, pero no apareció nada. El libro de un trepanado. El que escribió ese poema no existe más.

Cada verso suena como una letanía y al mismo tiempo su contrario, hay vida en cada letra. No hay que confundir el misticismo con lo religioso, Bizzio le pregunta, ¿pensás que sos un poeta religioso? y Viel responde: no, de ninguna manera. Seré un místico, un poeta surrealista, cualquier cosa, pero no religioso. La experiencia mística es liberadora. Jesucristo aparece bajo la forma de un rufián, un vago, un bañero, un marinero judío…

Tenemos que ser como los místicos a quienes ninguna iglesia puede estorbar ya, su diálogo con la divinidad. Esto lo escribe Osvaldo Lamborghini pero perfectamente podría haberlo escrito Viel.

El camino que hace es el de la desposesión para encontrarse de golpe con un éxtasis que lo colma (el misticismo). Se encuentra con sus versos, los va haciendo en el andar, y así construye su relación con lo divino.

Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo.

El cuerpo es el lugar donde ese éxtasis se encarna. Olor a limón flotando en el aire, a cuero sudoroso.

El momento en el que Viel se hace uno con ese ángel construido con sus propias manos es en el agua, en ese rítmico entrar y salir del aire.

 Soy el hombre que nada / sólo el hombre que nada / mis brazos hacen ruido de alas.

Marcas de luz. Cuerpo hueco flotando, se sostiene vibrante en una línea horizontal que avanza y con cada brazada alcanza el silencio, es la voz la que hace cuerpo, arranca en las yemas de los dedos, el pelo, el ojo que sale por un segundo a la superficie y mira de forma lateral, la boca, el cuello, el pecho, los brazos, los músculos tensos, los pulmones, la cintura, las piernas, los pies, patada brazada patada brazada, el aire y la sangre. Aliento y oración.

Lucía Mazzinghi, 2024
PH / André Kertész