Ricardo Zelarayán tiene una obsesión / Lucía Mazzinghi

Ricardo Zelarayán tiene una clarísima obsesión: el espacio. No hay ninguna duda sobre este asunto. El espacio de la luz y el de las sombras, el norte, el sur, el este y el oeste, el espacio inmenso de la salina y del tren que la bordea traqueteante y lento, el espacio del que escribe (¿dónde está?), de lo que escribe (¿qué queda? ¿Qué se pierde?) y de dónde es escrito. La dimensión, la materialidad, la estructura del espacio que incluye, por supuesto, al vacío que también ocupa su lugar. Todo esto lo obsesiona terriblemente, lo altera y lo empuja a poner por escrito las marcas que dejan las cosas que pasan.

Zelarayán cuenta que allá por el año 1972 pierde trabajo, casa y amor casi simultáneamente y de golpe se encuentra en la calle, a la intemperie (espacio abierto), sin saber qué hacer ni dónde ir. ¿Volver a Paraná? Imposible. Ya no queda nada allí. ¿A Salta donde está la familia paterna y los amigos? Tampoco. Por fin alguien le presta un lugar, un espacio chiquito: piso techo cuatro paredes, y en veinticinco días de escritura frenética hace La obsesión del espacio.

Dejar vacío un espacio / para ocupar otro escribe en uno de sus poemas crudos.

Cuatro meses después se lo edita Corregidor. Tenía cincuenta años, mucho escrito y nada publicado. Reconoce que a partir de esta primera publicación empezó a conservar mejor las cosas que escribía.

Más tarde vendrán La piel del caballo (también producto de una crisis sentimental, laboral, económica, ideológica, personal y nacional que lo llevó a refugiarse en casa de unos amigos y ponerse a escribir), y Lata peinada, novela enorme y torrencial en la que se ve sumergido durante años y años agregando fragmentos, abriendo historias y caminos y voces, Traveseando (un libro infantil) y Roña criolla: poemas como para calentar motores, frases de arranque que ponen primera y avanzan no se sabe hacia dónde pero en el camino van armando un paisaje, su paisaje. Además dejó un tendal de poemas inéditos que fueron apareciendo y publicándose en diversos lugares.

La obsesión del espacio se divide en seis partes que forman un todo que es abierto, es un todo no todo, son capas después cortes después líneas que se cruzan, se separan, se superponen y forman planos.

Topología de torsiones.

  1. Espacios

Un sueño de día, ¿es una ensoñación? No siempre.

Ensoñar es divagar pasando por el otro para luego volver a uno. Es evocar, retransformar. Hugo Savino dice que la ensoñación es la posibilidad de escapar a los garfios de la sociedad. Un salto a tu propia voz. A tu paisaje. Hacerte tu tiempo. Para fabricar tus visiones. A veces soñamos, a veces nos ensoñamos, a veces nada.  

De entrada se lo nota intimidado. No se mete con el meollo del asunto, quiere distraerse, da vueltas, arranca corriendo, huye hacia adelante para ¿escapar de la angustia? Para no pensar en lo impensable, en lo inexplicable que inevitablemente vendrá.

Puta este Hermengildo… / que es correntino. / (Pero, ¿por qué no se va corriendo hasta su Corrientes en patas…?)

¿Qué se lo impide además del sueño? ¿Que adora la noche? ¿Que es cuatrero? ¿Comisario? ¿Manzanero?

En una juntidad espeluznante las patas del comisario Hermenegildo pueden asociarse con Las patas en las fuentes de Leónidas Lamborghini (escrito en un rancho de lata y cartón en Llavallol y publicado en 1965) donde obreros, saboteadores y desempleados se refrescan las patas en las fuentes de Plaza de Mayo y sueñan con dormir perfectamente en pedo en el país de los equívocos. Leónidas apoya el oído en el obrero, en las llagas de sus patas, el oído vibra y desde esa fuerza escribe, no el mensaje social, por favor eso no, escribe su voz. Cuanto más sordo se volvía Zelarayán, más apoyaba el oído en las letras y frases que lograba pescar. Escribía lo roto, palabras piedra, palabras como cascotazos que vuelan y golpean en duro estallido dice Leónidas para que los zombis despierten, rompiendo el mito de que has nacido antes que nada / para expresar “lo bello” / para decirlo ante todo / “bellamente”, hurgando en cambio en las grietas y hendiduras para sacar palabras en completa libertad. El que explica es culpable.

Los dos comparten una frecuencia de onda, escriben y hacen cuerpo, escriben con el cuerpo y desde ahí sueltan la voz que empuja, envuelve, rodea, hace estallar el lenguaje y se cuela entre las esquirlas. Una vez escuché una entrevista en la que Messi contaba que mientras practicaba tiros libres en la selección, el Coco Basile pasó por atrás y le dijo con esa voz inconfundible de cigarro y whisky: soltá el pie nene, soltá el pie, fíjate como lo hace Riquelme. Y algo pasó, soltó el pie y las pelotas empezaron a entrar. Zelarayán suelta la voz, y algo entra diferente en el oído.  

Mientras Hermenegildo duerme les agarran ganas de cortarle algo con una cuchilla afilada. No todo, un dedo, una oreja, un pedacito. No terminan de decidirse, si cortarle una parte de algo o echarle el ojo a alguna mujer que ande por ahí.

El ojo no es la hoja, a no confundir.

Hermenegildo adora la noche y sueña el día, rueda como un choclo, duerme la mona con la guitarra boca abajo y las hormigas por más que hagan fuerza no pueden meterse en la boca, en la miel de la música porque son trabajadoras por excelencia. A las hormigas no les gusta bailar, aunque cada tanto una se sale de la fila y ejecuta una especie de danza loca medio macabra hasta caer exhausta ante la mirada indiferente de sus compañeras. A Hermenegildo no hay quién lo despierte, sueña un sol gigante que hace madurar a las naranjas mientras las moscas vuelan sobre la vida, sobre la fruta y las hormigas y acechan la miel, se pegotean en el borde del frasco, empalagadas.

Salustiano le tiene ganas a Leocadia -la mujer de Hermenegildo- y a veces sueña también con la maestrita cabeceadora del ómnibus desvencijado que pasa por ahí y lo mira a través del vidrio polvoriento, el que habla sueña con la hija de Hermengildo y Leocadia no sueña con nada, está en cualquiera, ni siquiera sabemos dónde está la tal Leocadia.

Soñar es estar en otra parte, en otra escena, soñar tiene que ver, de alguna manera, con el espacio. Un muerto no sueña. Para vivir hay que soñar.

Acá el tiempo corre lento como la miel. Las uñas crecen como las moscas / y las moscas vuelan sobre la vida.

  • La gran salina

Quien tenga la metáfora de la siesta, la dé. Macedonio Fernández.

Pseudo dijo, la sal me tiene de hijo. Martín Gambarotta

La locomotora ilumina la sal inmensa, / los bloques de sal de los costados / los yuyos mezclados con sal que crecen / entre las vías / Yo vacilo… / Y callo…

Quiere cerrar los ojos ante la palabra misterio, ante la luz que encandila (Ya dormido, en Bolsas Zelarayán escribía: sueño entonces que mis grandes orejas vomitan todas las palabras que escuché en la vida, interminablemente…mientras un palo me tantea para ver si ladro). Abrumado de cielo, nervioso ante la inmensidad, se escapa, rehúye pensar en el sueño de la gran salina que lo estremece, lo hace trepidar tanto de día como de noche. Trepida la pera sobre el plato y trepidan los anteojos sobre el mantel de la mesa tendida en el tren que pasa al mediodía y la palabra trepidar se me queda traqueteando en el cerebro todo el día, es bellísima.

Quiere huir de los reflejos, de las sombras y de los misterios. La palabra misterio hay que aplastarla / como se aplasta una pulga / entre los dos pulgares. / La palabra misterio ya no explica nada. Pero vuelven, las sombras y los misterios. Siempre vuelven. Entonces al pensar en la salina, se puede reemplazar la palabra misterio por una sensación.

Algo que toca la verdad (aunque siempre sea dicha a medias): estremece.

Hay que distraerse mirando y recordando (también hablando y escribiendo). Imágenes que aparecen y desaparecen como un audífono que se prende y se apaga dentro de la oreja. Cada punto, cada coma es ubicado en el espacio de la página marcando un particular modo de hablar, un modo de respirar, una cadencia. La visión del piano colgado como una araña, bamboleándose lento, suspendido en el aire mientras un diario arrastra sus noticias horribles perdido en ese espejo ciego de luz y sal.

No hay peor ciego que el que no quiere ver.

No hay peor sordo que el que no quiere oír.

La sal inagotable hace reverberar un sol abrasador, las cáscaras de naranja chupadas y re chupadas se resecan con la pulpa expuesta por primera vez al sol (si apoyás las manos sobre la sal, la piel se resquebraja como la piel de una vieja). Por las noches la sal brilla de tanto sol que se tragó, como los tilos en otoño que largan una luz amarilla que parece que les sale de adentro por acumulación de sol. Es inexplicable.

Desde tiempos inmemoriales a la sal se le atribuyen poderes malignos, curativos y mágicos, algunos dicen que atrae al dinero, otros que atrae a los demonios, otros que los aleja, fue tomada como moneda de cambio, como motivo de discordia, relacionada con la suerte y considerada capaz de curar el mal de ojo. Dicen que para alejar a las nubes cargadas de lluvia, hay que hacer una cruz de sal gruesa en la tierra y clavar un cuchillo en el centro con el filo apuntando hacia la tormenta.

¡Qué llueva qué llueva… / la vieja no está en la cueva!, escribe Zelarayán en un poema anterior. Nadie está donde parece estar.

¿Cómo imaginar entonces la lluvia cayendo sobre la Gran Salina? Imposible, y menos que menos imaginar su olor. Que sea imposible no le impide intentarlo. Desde chico que intenta lo imposible, nada lo detiene, una sed inmensa lo empuja.

Hay que hacer un minuto de silencio por las muertes absurdas y también un minuto de silencio por las palabras que no dicen nada, que se descuelgan de los labios y caen haciendo un sonido hueco.

El mediodía, la resolana, el post almuerzo: dan sueño. Los párpados caen. Irremediablemente. 

Tengo miedo de quedarme callado, ya se sabe por qué. La obsesión lo carcome. Capturado por ese sueño de inmensidad, tiene que hablar para distraerse. Tiene que escribir poemas. Ajustar la brújula en medio del camino. El que se escapa termina solo, pero al mismo tiempo la proximidad encandila, entonces hay que ajustar la distancia, encontrar la distancia adecuada. Es un saber que está en el cuerpo, es del cuerpo, va mucho más allá de la razón. Cómo moverse en el espacio. Dejar vacío un cuerpo para ocupar otro. Vivir es pasar de un espacio a otro haciendo lo posible para no golpearse, dice Perec en Especies de espacios.

La clave está en el movimiento, el tembleque, el refucilo.

Así como de chico intentaba cortar una gota de agua por la mitad con una tijera, el poema se parte al medio por el almuerzo y la siesta. Se parte al medio con una frase del franchute Lautreamont: Todo el agua del mar no bastaría para lavar / una mancha de sangre intelectual.

Con la siesta post almuerzo no se jode. Cualquier cosa menos que le estropeen la siesta. Ese vacío ensoñado es clave, como la resolana de la Salina Grande, si no te agarrás fuerte de las letras, te diluís en la luz. El misterio de la siesta. La siesta nos dice ahora se tú el deslumbrado que ve…entre los planos de contraluz del día violento, borrado en transparencia por la luz… (Macedonio Fernández).

  • La razón pura o el sueño de la lógica implacable.

Por razones obvias dedica esta sección a Descartes, fundador y patrono del pensamiento analítico. Muchos lo critican por franchute. A él le importa un carajo, lee y escribe lo que quiere, no da explicaciones ni se justifica ante el tribunal de sabelotodos que desenrolla el hilo de lecturas permitidas.

La razón es el instrumento que va contra lo real del cuerpo, mide, clasifica, detesta el exceso y la exuberancia. A la razón cartesiana Zelarayán le contrapone el cuerpo, un cuerpo que caga, mea, coge, sangra, escupe, vomita, se ríe, llora, come, canta un tango y prende un fuego. Y uno puede hacer todo eso en la calle / en las plazas / en los paseos públicos / en los puentes / en los caminos / en la pampa / en la montaña / en el mar / en el maizal / en el trigal / etc, etc, etc.

La voz en el espacio, haciéndose un lugar, un entre, lo más íntimo puesto afuera. El espacio desde otro ángulo. Los lugares. Está lo público y lo privado. Y está lo clandestino.

Hay cosas que se hacen en soledad (nacer y morir por ejemplo) y otras acompañado (reír, porque el que se ríe solo es tildado de loco, en cambio si uno llora solo, nadie se mosquea).

El espacio tiene relaciones variadas. Arriba – abajo, parado – sentado, día – noche, acostado – colgado, casualidad – fatalidad. Y en el centro, ese vacío donde resuenan todas las cosas.

El mundo se divide entre mirones y escuchones. Zelarayán es un escuchón. Y además tiene oído absoluto. El que tiene oído absoluto identifica sonidos sin ayuda de referencias, los produce y además tiene una memoria prodigiosa para recordarlos.  

  • Sombras

En un grupo de poemas anterior a La obsesión del espacio, Zelarayán escribe: capturar, quien pudiera / la sombra de la flecha / los barrios exaltados / la música de las cucharas. Captar eso que pasa. Ponerlo por escrito, prenderse de la sombra el tiempo suficiente como para anotarla. Esa vida nómade que llevaba pasada a la escritura. Soy una mezcla rara. Desciendo de indios analfabetos por el lado paterno. Aunque yo he salido blanco como mi madre. Mi abuelo era peón golondrina. Trabajaba en el sur de Salta y norte de Tucumán. Para liquidar sus changas tenía que tener un apellido. Y, como no quería decir cómo se llamaba, le pusieron Villagra. El apellido que yo llevo, Zelarayán, es un apellido regalado dijo en una entrevista que le hizo Fernando Molle.

Aunque a veces la sombra se lleva encima (entonces ahí la operación es diferente).

Uno puede detenerse, tambalear, no saber cómo seguir pero la cosa siempre recomienza. Que siga, que siga…

La conversación se hace lateral, ojos vacíos, ventanas vacías y vendaval, agarrarse de los bordes, las sombras tienen bordes y los bordes pueden estar en llamas.

Ceguera de luz / y la sombra. Hay sombras quietas y sombras inquietas. Cuando se desenrollan las sombras inquietas, las letras se mueven y los sonidos se descalabran, a la deriva. Ni-si-ta-ta-ta, la los la el mi, sal mi raca raca. Sonidos encadenados. Insiste: que siga que siga…

Risas que se desgajan.

Una sombra puede romperse como un pan y remendarse para armar un cuerpo. Puede esperar (y sabe hacerlo) para seguirnos sin tregua, haciéndonos preguntas, atosigándonos con ellas.

¿Por qué la sombra es luz carbonizada? El fuego siempre, en todas partes. Las voces se apagan más pronto que el fuego, dice en un poema inédito. El fuego siempre tiene la última palabra… / insondable, acariciada.

  • Lo de siempre

No me lo preguntés.

Las ganas no se dan así nomás. Creer no es crear. Hay que seguir. Escuchar el río. La gota de vino se muere por la sal del desierto. La sal mata todo, seca, deshidrata. Quedarse junto al río fumando y mirando y escuchando y tomando tragos de vino fresco. Todo flota, un canasto con frutas, las caricias, la mesa, la hamaca, los cigarrillos, el tiempo.

El silencio se hace. Entonces recién ahí se puede empezar a oír el río. También se oye el volar de los caranchos, el silbido inconfundible de la perdiz y el resoplido de la locomotora a lo lejos.

El silencio siempre vuelve. Como el viento que hace trizas el tiempo y solo quedan los espacios y las sombras y cada tanto unas palabras que resplandecen como los ojos / de los gatos en la oscuridad / o los faros de los coches en la ruta / pavimentada / cuando la noche se hace madrugada / entre Córdoba y Villa María.

Zelarayán se reconoce entrerriano, un poco salteño, con algo de tucumano y de santiagueño, viviendo en Buenos Aires desde los dieciocho años. Trae con él todos los tonos de la provincia, todos los gestos y expresiones, medio canto, medio carajeo, medio risa, medio charla de mate y siesta, medio soliloquio de alguien en pedo. Refranes, apodos, sentencias, frases hechas, palabras fuera de contexto, fragmentos de conversación oídos en la calle. Trabaja con los restos. Verbales y escritos. Sabe escuchar, eso le viene de la música, de su pasión por la música, en la respiración de una frase está todo el equilibrio: o sale la cadencia o la frase se viene abajo.

Lamentablemente los poemas nunca (o casi) / son lo que uno / quiso decir, lo que uno quiere decir lo que / uno querrá / decir (o saber). Lo que se quiere decir, lo que casi se quiere decir, lo que está al costado de lo que se quiere decir o abajo o incluso más allá. Algo se escapa en el intento, no se puede controlar. Entonces soltar una lágrima de cocodrilo por esos poemas (porque tampoco la pavada, nada de llantos solemnes, no hay que olvidarse de reír), desdramatizar y dejar que el silencio vuelva y se instale.

El amor tiene que estar aquí.

Hay una diferencia entre el dormido y el soñador. Los que duermen, duermen. Los insomnes, ¿sueñan? Los insomnes esperan. Algunos son acribillados por el recuerdo de las miradas o atravesados por la palabra trepidar.

  • Posfacio con deudas

Se acerca el final. ¿Cómo sigue? Siguiendo nomás, andando se acomodan los melones.

Zelarayán es hijo de padre matemático que lo quería ingeniero, arranca con el tarareo y la escritura musical, aprende saxo y flauta traversa, se considera un músico fracasado, entonces ese deseo se cuela todo el tiempo entre las letras que anota en cadencias entrecortadas, arma los circuitos eléctricos y se sienta a escuchar los chispazos y zumbidos. Escucha y escribe, escribe y escucha, las palabras vienen para él del lenguaje hablado o cantado, una frase dicha por una señora en el colectivo o por Cuchi Leguizamón en la radio más que de los millones de libros acumulados en los estantes.

Encadena palabras hermosas como flores en el desierto: cuchillas, roñosa, lumbriz, empacado, trepida (¡otra vez! no me la puedo sacar de encima), vendaval, curro, bizcocho son reales, están ahí transformándonos. Hay miles.  

Hago una lista de poetas que nombra, Jacobo Regen, Goppa, Aparicio, Castilla. Leo sus poemas. Me gusta Regen sus versos secos como el paisaje salteño, su austeridad.

No existen los poetas, existen los hablados por la poesía, los que nombran las cosas y al nombrarlas, las transforman. Un poema transforma al que escribe y al que lee. La subjetivación de un lenguaje a través de una vida obliga a pensar el poema como un acto ético, y como un acto ético supone que sujeto es aquello que hace sujeto (cita de otro franchute que se llama Henry Meschonnic). Todo el peso recae en la palabra hacer. La lengua es algo vivo, en continuo movimiento y transformación.

Zelarayán escribe poniendo el máximo de cuerpo en el lenguaje, su energía, su fuerza, su ritmo. Yo no quiero ganarle a nadie, yo sólo quiero. Ese quiero empuja todo. Agradece a toda la gente que habla y es hablada, que gesticula, se ríe, que se reúne con el mate y conversa. Los guasos hablan fuerte, las doñas cotorrean, los chicos pululan e inventan palabras, alboroto de voces. Esos hallazgos verbales son de nadie, están ahí, hay que prestar el oído, escucharlos y agarrárselos. Se lo enseñó Macedonio, para él el más grande de los escritores argentinos. 

Nombrar las cosas es transformarlas.

Lo que más odia: la pedantería, el paternalismo y la solemnidad. Cada verso de este libro va contra eso, contra los pedantes, los solemnes y los poetas. Hay que luchar contra el aburrido mentidero de los Santos salvadores de la Humanidad; escritores, jueces, generales, clérigos, políticos, periodistas…, escribe Macedonio.

Todos hablan de lo cascarrabias que era, irritante e irritable en partes iguales, lo aguantaba un puñado de amigos. Quejoso y gruñón pero qué bien escribe… Algo de esa rabia pasa a las letras, eso también de no conceder. ¿Es una ética? Sordera selectiva. Para los tonos, para seguir la cadencia seca de sus versos tiene el oído más fino del mundo.

Los que se llaman a sí mismos poetas y se creen dueños de lo que nombran son como moscas que revolotean en torno a una canilla seca, dice en algún lado, esas moscas de las que habla Celine, moscas azules en nuestras heridas, chupan, pimplan, hurgan. Hay que aplastarlas. Y nada más. Con las moscas no se discute… Peroran, retoriquean, moralizan, maximizan, pero ni una onza de música. Solo la música es un mensaje directo al sistema nervioso. El resto blablá. Fuimos condenados a un inmenso blablá, a una gigantesca Torre de Blablá.

La cultura no soporta a los cuerpos que escriben, los acribilla con interpretaciones, los quiere encorsetar para que vendan, alinear para construir canones, explicar para que todos entiendan y no haya malentendidos. Las intrigas, los dimes y diretes lo tienen sin cuidado. Zelarayán no cree en los recitales de poesía. No entra en ese juego. La poesía no debe ser cantada, no debe ser recitada: la poesía debe ser leída. El lenguaje es la única realidad. El lenguaje es la carne de la situación, dice. Esa cadencia, esa búsqueda del ritmo es indisoluble del cuerpo, de la piel, como esa piel del caballo -recuerdo de la infancia- que se mueve y tiembla para espantar moscas y tábanos a la vez que la cola se mueve a otro ritmo, en simultáneo pero con otra velocidad.

Las fuentes de la poesía están en la infracción constante de la convención que nos vendieron como realidad. En todo lo gratuito, en el amor, en el lenguaje de los chicos, en las conversaciones sin límite de tiempo.

Las patas en las fuentes para licuar el sol que abrasa y golpea en las cabezas mientras les hacen averiguación de antecedentes, las patas del comisario Hermengildo rajando a Corrientes en el gran sueño del día porque por las noches toman otra dirección, vuelan al boliche y zapatean, se arriman, se mueven al son de una musiquita, las patas pedalean en el aire, pegan saltos para no quemarse con la sal que calcina, se hunden en el río, en el suelo, en el barro y dejan las huellas resecas de los poemas.

Lucía Mazzinghi, 2024
PH / Jirí Kolar