Gris al fondo (XV) / Hugo Savino

Años como el tiempo deslustrado, en el bolsillo o escondido. Amure de tiempo. Amure de sentimientos. 

Bagayo, rastrojero mañanero y todo terminó. Solo ese campaneo de una historia breve que fue a tarde gris. Todo pasó y no hay olvido. Escuché la confesión. Y no dije nada. 

Bar Ópera. Hora del encuentro: las seis de la tarde. Ella viene de La Plata para visitar al Maestro, el que le faltó durante tanto tiempo. ¿Yo estaba ahí, en esa mesa? ¿Por qué? Ceremonia de transmigración de saberes de la sabiduría. Y a lo quedó en el tintero. Ronda de la memoria con con silencios y amague de silencios. Sagrada. Preguntas de ella y preguntas de él. Y repreguntas. Chucho de preguntas que vienen de la lejanía. Ensanchan y achican el tiempo, lo ponen en la voz. Yo estaba en esa mesa y no hablaba. Tampoco fui testigo. Solo sentí la voz del tiempo y de sus amures. Ella, susurro de queja de abandono. Ese día no anoté nada. No fui testigo. Fue fácil, no quiero ser testigo. Nunca. Hubo tironeo a pasado, a melancolía, a texto sagrado, a sutra, a Biblia desviada, a pasos de felpa por la vida.   

Va de ingenuidad intratable, de caída del catre por educación de algodón, acelerada y radicalizada, la ingenuidad, por frecuentaciones cómplices de lo babieca en sí a maldades de la sordera, destino a traición y a maledicencia.

Hablo, cuento, y me veo metido en frases de aliento que me ponen al borde de la ofensa, y por hablar, voy a imbécil que confiesa, que busca apoyo, el llorón que no puede cerrar la boca, que hace cuaderno, pero que a veces se deja empujar a confesionario. Traidor a su cuaderno pone la cabeza ahí donde nadie escucha. Mierda a las palabras de aliento. 

¿Es derrota, es el fracaso florenciosánchez del sueño Roque Juan para el escolar autodidacta del futuro? Se verá.

Luisa sitúa la casa, o patio de inquilinato a la derecha del depósito de Alpargatas si uno la mira de frente.

Queda así, de izquierda a derecha: casa con ventana a la calle donde vivía doña Inés y familia, el inquilinato grande dividido por una pared, de cada lado cuatro piezas con sus cocinas construidas en el patio que viene desde Viento del Noroeste, el depósito de la fábrica Alpargatas y el otro patio de inquilinato cinco piezas, donde vivía Pipa e’ Moco.

Celia –sola en la plaza Herrera en esa tarde de sol.

Si se escribe no se lo come el tiempo.

Hacer lista de novelas donde aparece el calentador Primus. Y hacer otra lista donde aparece la palabra derrota.

En el patio donde vivía Pipa e’ Moco vivía la chica que comía pastillas de menta.

Luisa: «yo tenía el regusto de sus pastilla de menta de solo verla venir. De su aliento. De su gesto de la pastilla del  paquete a la boca.»

Celia junto a la ventana, yo entro y me siento del otro lado, y los dos ahí, el mejor lugar. Hablamos mucho. Siempre hay libros entre todos nosotros, entre ella y Gloria, entre Gloria y Luis Cardoso, entre Orlando y Celia, entre Lola y yo, entre Gloria, Lola y Celia, entre Orlando y yo. Esta semana En el desierto que me prestó Orlando, y lo comentamos hacia el Obelisco, entre Lola y Luis Cardoso, que leen en otras lenguas libros perdidos lejos del saber choto bajo el peral de la época, entre Orlando y Celia, de judío a provinciana, entre Gloria y yo, nuestras notas y nuestros  cuadernos y todo lo que juntamos de recortes y panfletos y reliquias escritas. 

Entra gato en mi tristeza sale gato en mi tristeza, así, por apenas un rincón de evocación.

Sigue: me como la lengua, me callo, ejercicio de silencio, más discreción, más a rincón, tres líneas de cuaderno antes de abrir la boca.

El ovillo de los silencios que se escriben en la cabeza.

Cuaderno de Luis Cardoso: Ahora, la traición de esos amigos, esa taimada no respuesta, esa manera de poner distancia, repentina, toque a arpía, sea hombre o mujer, toque a teatralero, sea hombre o mujer, toque a re-traidores en el mismo cruce de caminos: marmotas que creen que te honran con su amistad. Tres veces sordos, metidos en la iglesia del eco a sí mismo. (Jueves 25 de julio)  

Legítimo es una palabra que nunca estuvo sobre esta mesa.

Hoy aquí también es un día sofocante, la ropa se te pega al cuerpo y el tiempo flota de calor a calor y nadie sale del mal humor y de lo  abombado de quejoso climático. 

Y Celia no quiere condenarse a la memoria, al relato de su pasado, no quiere, así, como no lo esperaba, leyó lo que tenía que leer y conquistó esa no condena, esa no confesión lastimera que le exige la bestia franelera de la seudo-amistad.

Cuaderno de Luis Cardoso. Es casi obligatorio, para tener espacio, alejarse del vigilar a libros en general, a estética general, a narración, arrimarse a trote de lo que elegís, a mudanza secreta, a amateur que no se deja llenar la cabeza. Tironeo a que no leas, es tironeo a que te calles. Leer y releer tres veces la misma novela infinitamente. O tres novelas con variantes del mismo peregrinaje. Yo me insisto. A Gloria no hace falta decirle nada. Ella hace «báculo de peregrino». (Viernes, 26 de julio)

Mujer con batón que lentifica las mañanas de patio, de mate, de conversación, que planta la quietud hasta convertirse en cuadro, en escena pintada un domingo por ese aficionado de la Escuela nocturna de pintura.

Comedor de pobre semi–ilustrado a no mísero de los años cincuenta: de perro de yeso coloreado a gallo de cerámica con cresta roja sobre estante de madera terciada atornillada al tabique plancha de telgopor que los separa del dormitorio, busto miniatura  Chopin amarillo con felpa verde billar en la base, en otro estante junto a libros de Zola editorial Sopena, y mesa ovalada en el comedor. Sala dividida: comedor/dormitorio. Cocina el el patio.   

Obstinadamente anota día por día. Primer movimiento de la mañana. Fecha y la palabra mate. Mira por la ventana y cuatro árboles verdes o pelados. Cielo azul, o gris azulado, o gris a lluvia. A veces neblina. Y arranca. No es aguantadero. Es habitación que da a la calle. Escritorio muy despejado, solo un lapicero y el  cuaderno cuadriculado. Y el libro que lee hasta agotarlo. Ningún desvío.   

Pipa e´Moco amarró su silla al patio, abajo del naranjo, verano del 54, hace mate, hace lectura, hace meditación, se rumorea pasado, hace pasado, no se duerme, al contrario, cada vez a más despertar, a más desorden, a más silencio, a más clandestinidad.  

Las mudanzas mañaneras son las únicas que conoce. Van de las ocho hasta el mediodía de un verano rabioso. Y se sienta a descansar en el nuevo patio, dos limoneros y pasto todavía sin perro y esa memoria herida, eléctrica, se arrastra hasta el presente, hoy, y piensa todo el tiempo perdido entre otarios y lóricos de la eficacia, sea narrativa, sea la de ganar vento, tengo que repetirme  marmotas de la franela y de la mentira. Ese grupito de íntimos llorones. Todo bien situado en tiempo y espacio. 

Gloria tacha seudo-amigos. No se pone en la cabeza de ellos. No les mendiga explicaciones. Los tacha. ¿Dónde leyó que el aburrimiento se engendra recíprocamente? Tampoco acepta franela de sentimiento –la cima del tedio. Tarde con Luis Cardoso, tarde de caminata por Parque Lezama, por los caminitos y sentarse en los bancos y hablar mucho. Gloria lee una biografía de David Goodis y lee las novelas que no leyó. Le muestra las fotos del libro a Luis Cardoso. Y le cuenta escenas. Gloria es adicta a biografía. 

¿Hay un momento en el que destierro pasa a casita con jardín y patio trasero? Sí, hay. Fue en mil novecientos cincuenta y siete, el culo del tiempo y no tanto.  Lo escribí apenas. Era casa dos piezas, hall, baño, cocina y garage que se usaba como comedor diario.  

La memoria, la mía, vuelve a corralón de gallegos en Barracas, Irma, yo, los Alonso, marido y mujer, más hija, mesita baja, sillas bajas, mate y bizcocho de naranja, mi preferido, y ya está. Hasta ahí. 

Cuaderno de Luis Cardoso. Todavía enredado en la ilusión tipo salvado por batacazo, tipo salvado por la confesión a amigos que hacen que escuchan, de repente y hartos recurren al punto cruel del re-consejo invertido, malditos, que te hacen las cuentas, que se cagan de risa de tu estupidez, coro de  compasivos, impostores y buena conciencia, de burgueses catatónicos. Que te meten en el reino literario. Desertar pico cerrado. (Sábado 27 de julio)

Elia ya se veía esa cara de haber entrado en el túnel del necesitado. Leyó en una de sus novelas predilectas esta advertencia: «Cuidado con el necesitado». Lo afectó y recicló su paranoia. Miró para atrás y ya no tenía con quién hablar. 

Yo también tengo mi cardenal, secuaz absoluto, no tengo gallinero y ninguna Acrópolis. 

Nunca pactó con la fosa de los piojos.

Pipa e´ Moco, viejo de Eugenio Daneri.

Lola vuelve a la ventana, se habla hablándole a Gloria, está en ese punto en el que estaba aquella otra, la admirada, cuando fue conquistada pero no casada, eso no, ahí resistió, nada de papeles, y ahora se pregunta si ella también cambia de cuaderno, de novio o de trabajo, no se queja, solo está harta de este momento. Y de los amigos artistas de Elia, aburridos quejosos del reino del arte.

Aquel imbécil con ese traje té con leche, aquel babieca que todavía no sabía lo ingenuo que era en la selva de los impostores, que miraba pitman el porvenir, ya derrotado desde la tierna infancia,  curso de dibujo por correo, muñeco de aserrín, ese marmota que discutió muchos años con los poetas rentados, qué libro sí, qué libro no, que se sentó con escritores malditos medio monaguillos medio surrealistas, hasta que se soltó, y salió de la fosa de los piojos y aprendió que en esa fosa no se puede hacer el enorme trabajo que hay que hacer. Contra tironeo de piojo, notas, cuaderno, libreta, leer, seguir solo.

Orlando nunca en chancleta, nunca sosegado, siempre saco azul o gris. Camisa blanca o celeste.

A Elia lo metieron en ese archivo el mismo día de la llegada y ahí apiló expedientes y ahí empezó la separación definitiva de la piojera en formación, ese archivo aprendizaje a la distancia, milagroso, que descubriría años después. Cuando deshizo el camino pitman de los deberes del ser. El inicio del empuje a soledad, a elegir contra, a seguir solito tu alma. Y desde siempre atravesó la Plaza Constitución ida y vuelta. Y anotó todos los días a partir de un año, y anota, a veces una línea, a veces más largo, y ya no escucha el reproche de los que dicen no vengarse, de los que dicen que están afuera del resentimiento. Y rememora esa pocilga en la que vivió un tiempo. ¿Qué puede hacer? Estuvo ahí, calles de adoquín, portones de depósitos de herramientas, y nada más. No quiere integrarse a golpes de mitomanía, de reconstrucción del pasado en la sintonía del estudioso, no quiso idénticas horas de la mañana y de la noche, idénticos tedios, idénticas lecturas,  obediencias, chucho de miedo ante las mismas intimidaciones del maestro y su metro,   no quiere. Cada uno sus rincones.

Cuaderno de Luis Cardoso. Los pelotudos, para salir de un clisé corren a los brazos de otro clisé. Hamacada de clisés. O el amigo harto de uno que cae en la ansiedad re-básica de aplicarte ese punto  cruel casi definitivo que lleva en la punta de la lengua hace siglos. Y te vas a llorar al rincón. Y volvés a leer ese capítulo por enésima vez, ese que es el capítulo de sus odios y rechazo de la vida dominguera a la que fatalmente irá de cabeza o aterrizará en patio sarandí, porque cómo eludir un domingo de mate y bizcocho de grasa, y para qué tanto drama porteño con la paja dominguera. Y más tedio de los que declaran todo lo que hacen, toda su puesta en escena de lo que gesticulan. Hoy quiero caminar agarrado a libro, con mi sedimento de melancolía burton. (Miércoles 31 de julio) 

Viene de familia que pelechó hasta casa en calles asfaltadas con jardín al frente, casi un eco-sistema en Avellaneda.

Pelechó: de calle adoquinada a calle asfaltada. 

Chiqui: pero que fue sigue siendo.

No perder de vista que todos los que circulan por estas novelas y crónicas vienen de familias no sindicadas, de rascas de la changa, que no militan en ninguna salvación, no hacen carrera, no le hacen asco al empleo más re-contra chato y tampoco mueven ficha en  carrera oficial, y no se dejan ni filmar ni encuestar por los enamorados de la ruptura y del margen.

El enorme esfuerzo de las lecturas enroscadas.

Y raje a lejos lejísimo de los maníacos de la bohemia pautada, de los gritones de manual. Volver a la cocina de la cucha y no salir por una semana. 

No hubo años heroicos, solo empuje a anonimato, a discreción, a compartimento estanco, a secreto.

Y de repente el mundo se dividió entre los que se van y los que amagan irse. Amague y otra vez ancla. Pero no irse afuera, a otro país, no, hablo de irse de la generación, de no responder a palanca de retardo. Nadezhda Mandelstam para exorcizar tentación a carrera. 

Así como así, a quemarropa, te dicen lo que te dicen, al aire, sin pensar en nada, porque hablar es la mayor de las pasiones, es lo filosofante que invade el terreno, el alma de la bestia consejera, no callarse, hablar hasta por los codos, hablar hasta arrinconarte, hasta que te abrumo, hasta que te aplasto y te quede claro que solo estás para Riachuelo, que tu sedimento de melancolía te come la voz, que tenés que dejar la manera, esa que tenés de escribir raro, y esa precariedad de bolsillo que hincha las pelotas, y aquí hay generación, historia repetida y cocinada de generación legítima,  inflada de respeto, para los bonchas que compran, que la piden, los parásitos que le comen el cuello al caballo, que extienden el libreto de la generación analfabeta, esa que ocupa todos los lugares, que se encadena a joven testigo transcribiente de mitomanía, y todo se acelera y se estanca y da loro en la percha.   Nombrarse es catastrófico.

Y Elia intenta salir de ese foco, ir hacia su propia estupidez, no es fácil, el camino está marcado de consignas de empujones   vejestorio a adecuación con murmullo a impostura responsabilizante, agregados de relato, y acelera todo lo que puede ese conflicto, y Luis Cardoso hace cuaderno y Celia nunca entró en franela y Gloria tampoco integró coro y Lola nunca hizo gallinero más gurú y Orlando tiene Pentateuco.

Hombre sentado con fondo de hojas verdes. Anoté algo en el reverso de la reproducción –idea vaga de otro cuadro– y esa semana la llevaba conmigo y lo cruzo al buchón, educador de cuadros de la policía del pensamiento y estaba ahí, la reproducción, sobre la página de mi cuaderno y la mira de reojo y se contiene, ese espíritu resentido de manco de la escritura, escribe una denuncia en su cabeza, lo único que puede escribir, denuncias de justiciero.

Pipa e´ Moco con calentador Primus.

Celia, sus ojos verdes siguen el surco del rayo de sol de la mañana y vuelven a su taza de café. Sabe que el arpiaje ambiente nunca se calma.

Ese sucucho de infancia, una sala enorme dividida por un tabique,  entrada a la izquierda del llotivenco se le pegó a la suela de los zapatos.

Cuaderno de Luis Cardoso. Tentación de la meada literaria contra el viento, tentación de la meada filosófica contra el viento: ¿qué ve ahí? Pero: orgulloso y mucho sentido de la humillación, ahí, perdido, socialmente perdido el cabeza de zapallo que no llega a su propia imbecilidad. ¿Se entiende? Además todavía se queja de los que  fingen entender. ¿De qué no te quejás? (Jueves 15 de agosto) 

Irma soñaba con hijo abogado. Lo florenciosánchez en el centro de Avellaneda.

Hay también túnel babélico en argentino. Gloria hizo el recorrido de ese camino en movimiento.

Cuaderno de Luis Cardoso: Celia me pasa esta cita de Marina Tsvietáieva: «No me dejaré seducir por mi lengua materna, por su llamado lácteo. Poco importa la lengua en la que seré incomprendida por el que pasa.» (Sábado 19 de agosto)

La palabra crinolina todavía andaba dando vueltas. Y todas las figuras de la soledad se le juntaron esa tarde en la cabeza. Solo anotó: maldita melancolía. Y, malditos traidores. Y recopió su definición preferida de traidor.    

Y sigo solo, los libros te dejan solo y nadie tiene la culpa, solo los libros. Es recíproco, no leemos los mismos libros, vos dejás solo, ellos te dejan solo. Cada uno delira en su rincón.

Estragos de la lectura, algo viejo como el mundo.

Hay que estar cerca de la madriguera, sí, tiene razón, pero nadie debe saber la dirección.

Los personajes, por llamarlos así en el reflujo del tiempo, son bártulo de rincones, aislados, que se sientan en ese café de Barracas, que vienen de otro café en Avellaneda, cruzan el Riachuelo, ida y vuelta, pasan un rato y se van, anotan en libreta  hoja cuadriculada, anti-énfasis de escena de peleas a botellazos, policía del barrio que interviene y calma, trabajan en empleos de mierda, leen mucho, son secretos, no se sabe muy bien quiénes fueron sus padres, que trabajaban en empleos guiñapos, en la miseria de la changa.  

De ese oscuro callejón que sale de Martín García por el que va Orlando a eso de las tres de la mañana y nadie oye sus suspiros y él tampoco sabe que lleva a Celia en la cabeza desde hace mucho, pero mucho tiempo, a Celia con vestido de algodón de un gris azulado –¿desde que llegó valija de cartón andén de  Retiro? 

Y Elia, de familia que no deja rastros, nada voluntario, nada calculado, solo que no deja rastros, ninguno escribió un diario, un cuaderno, una memoria, un poema largo, eso es cosa de argentinos criollos, de provinciano orgulloso, de porteño abogado y político, de gente agarrada a su origen, mierda al brete origen, no, nada de eso, solo lo rasqueta familia a conjunto de familia, a leyenda hasta mi hartazgo, mierda a la leyenda familiar, esa lombriz solitaria que te come la voz.

Mala junta.

Escribe ese cuento impresionante y pone el verbo abdicar: ¿abdicó?

Miró hacia arriba, cielo estrellado, venía de Barracas, bajó por el puente, despacio, dirección sur, solo a más solo, hacia casa materna, el agua amarronada y medio pantano del Riachuelo se  llevaba todos los reflejos de la luna, pensó en la frase que cita mil veces y que Lola le prohibió volver a repetir, entró por Avda. Mitre y dobló en Maipú, pasó por la puerta del cine y se metió por Paláa, no había nadie, recién en Berutti había un poco de gente, los que iban al Mercado Central de Avellaneda. En esta caminata era noche oscurísima, otoño y no había nadie en las esquinas, los dos borrachos noctámbulos ya estaban en la cucha. Fue hasta Paláa hasta la curva y se quedó en la esquina de 9 de Julio. La esperó a Celia.

Era de tercera clase y de familia de tercera clase y todo tenía que salir de ahí. De la tercera clase.

Clásico, gastado y fatal: pez fuera del agua. Tercera clase cocida en la solapa Pascal. Achuche en el origen. Cambia de vereda.

Irma en el rincón del garage transformado en sala, sillón que puso ahí ni bien se mudó, lujo, y estaba sentada con la media y el huevo de zurcir en la mano izquierda, casi terminando los años cincuenta y fui infinitamente testigo de esa escena hooper que se repetía a eso de las cinco de la tarde.

Cuaderno de Luis Cardoso. Tengo que dejar de frecuentar a gente que tiene el brazo más largo que yo, tengo que cerrar la boca cuando los cruzo, tengo que tratar de no cruzarlos. Tengo que cambiar de vereda. Tienen el amor fácil. Tengo que tratar de mantener la distancia. Tengo que hacer lista de mis rechazos. Ponerla en el bolsillo. Como las citas. Yo también tengo tendencia a franela. (Lunes 15 de julio)

Chapoteo de Riachuelo. Luna atorranta que sacó de un poema. Lo que Luis Cardoso oye es esa música que flota mientras cruza el Puente. Estaba metido en la novela, la novela que se escribe en su cabeza, en el sueño del Norte, en la Idea del Norte, ya se había ido de Paláa al fondo, de esa esquina descascarada, de los ruidos conventillo, pieza de colchones en el suelo con una sola cama grande en el medio de la sala. Colchones en las esquinas. Un clásico. Un realismo. Gritos y tentativa de botellazo, bostezos mañaneros de una pieza y que termina camino a baño, se fue, sí, pero algo quedó en algún bolsillo. Resplandor de la luna y sueños del Norte.     

Ruido de llotivenco, lejos y cerca, del presente a pasado en el taconeo de Gloria, aunque no lo quiera.

Grises de fábrica –grisura de la mañana de invierno. Grises de delantales y mamelucos de fábrica, grises de melodrama a lirismo. 

No dejar que venga el sociólogo –ese dictador.

¿Hace personaje en el espejo? Hace.      

Irma le transmitió esa timidez para usar las cosas. Tembleque de   fox-terrier con la columna torcida que viene de la infancia. El sonido de la casa quedó flotando en el oído absoluto.

Y fue una tarde, una tarde fatal y clarísima en la que se perdió el chucho foxterrier porque Irma lo dejó escapar. Y fundó la marca que no desaparece, esa, la de la ausencia, a eso lo bauticé vacío del tiempo, a esa cosa concreta, donde todo se hace y se deshace.

Desde la ventana: anota: tono gris anaranjado del amanecer.

Moulin rouge.

Y otra nota: vivir en pocilga, vivir en ratonera. Irse del callejón. Gloria metida en el irse. 

Luis Cardoso fue el rey del gallinero en Paláa y Lavalle –fue coronado en la pelea de una tarde –aunque derrotado– con el negro Divina Florez (pueden no creerlo). Luis Cardoso chorreaba sangre del labio y de la nariz. Gloria estaba mirando, quizá dos  años antes de que Luis Cardoso le bajara la bombacha atrás de la puerta cancel.

La sorella, Marion Brown, de rodillas. 

Después fuimos los dos a más poco: miembros de la banda de escruchantes un invierno en Mar del Plata. Después, la maldita respetabilidad. Toque a tarados escritores malditos –que duró poco.

Querido Elia,

Meses sin cartas.

¿Indiferencia recíproca? ¿Venganza? ¿Punto de envidia (tuya)?

Te escribí una carta en la cabeza mientras marchaba por este pueblo de ancianos achicados y no tanto, es casi mediodía de otoño y los parques se llenan de esos cochecitos de  bebés que alucinaban a Néstor. Hay mucho sol y no hace frío. Gloria me dijo que sigue metida en las novelas de David Goodis y además lee una biografía escrita por un francés. Me mandó citas y me contó algunas cosas. El resto me escribió pero todo bordea la confesión, así que no te digo nada. Tampoco tengo secretos para no contarte. Mi teoría del compartimento estanco te saca de quicio. Solo te queda, aguantarla.

Todavía no compré la nueva biografía sobre Paul Claudel. Ya te comentaré en cuanto la tenga.

Madre bien.

La llamo de larga distancia. Y le escribo.

Trabajo, aquí, poco. Changas sarmientinamente apostólicas.

Mandá unas líneas.

Tres abrazos contra la tiña que quiere comerse el tapiz.

Darío      

El cielo encapotado y el Riachuelo de marrón a negro.

Aire gris con soplo cálido que viene de las curtiembres y huele fuerte. Elia en Pavón y Mitre,  y no hay nada soleado en ese día de una tarde de otoño de mediados de julio de 1961, año maldito y mes maldito. Entrada de la soledad por la punta de una nube.

Gloria mira por la ventana y ve al vecino con el perro viejo que cruzan la calle. Está al borde de lágrimas. No hay a quién contarle este arrebato. No hay.

Pila de pulloveres abandonados a polilla.

Gloria quiere tener todas las novelas en la cabeza. ¿Las tiene? 

Nota sobre las calles respetables.

Cuaderno de Luis Cardoso. Malditas changas de las que vivo. Me insisto: franeleo changas con gente que tiene el brazo más largo que yo. Me las pagan a las perdidas, al paso de su olvido. No  tengo el don de labia, y estoy cansado, yo también, de la prosa argentina destilada en ensayismo. Resentimiento. Hay que olfatearlos y no dejar que se acerquen, ese tufo de tipos de labia, el don de labia, ese re-tufo de «lectores de diarios», de polillas del tapiz. (Jueves 1 de agosto)

No hago encuadres de fragmentos.

Los que iban adelante de Gloria, o los que caminaban detrás de ella o los que estaban a su lado o los que la llevaban en el cuerpo, Luis Cardoso o Celia, los que le prestaban libros o esos a los que ella les prestaba libros únicos, todo esos susurros de intimidad  secreta que flotaban, de compartimento estanco que se multiplicaban y se perdían en sus notas o en sus silencios, no había confesión de Gloria, no había confidencias, solo la  presencia infinita  de su actividad preferida: la lectura.

Melancólico de gato ausente a perro perdido hace millones de años.

Madre de Gloria: sueños barriales. Vestimenta: de batón mañanero y tempranísimo a vestido de lana y pañoleta para salir de sala a cocina a partir del mediodía. Pasado: no mirarlo, no escucharlo, pura sombra de fragilidades, de tabiques que se mueven, empleos furtivos, maldades de patio reciprocas, venganzas familiares, rapiña de la pobreza. Hoy corre por el mismo tiempo presente de Gloria con intermitencias de mensaje a hija que trata de descorrer ese presente con respuestas cortantes pero canta el amor a madre, fatal, y el melodrama se renueva con fondo de madre a hija. 

A Elia le falta siempre hueco para el recuerdo, siempre tiene historias en el bolsillo. Hilo. O cuerda. Y todos los días toque a nota.

Los pobres y los pobres a rasqueta dicen pieza, no dicen dormitorio, o cuarto de dormir, o cuarto de los niños. Elia dice pieza. O creer o entrar en esa manera del cinismo que sabe todo, o creer o cinismo radical: el Elia de nueve años casi al borde de entrar a niño esclarecido devorando libros de colección tapas amarilla y un año después llegó a colección libros de tapas celestes.

Cuaderno de Luis Cardoso. Hoy no me siento con esa banda de payasos barriales, esos anclados a esquina. Que hacen lista de libros que no leyeron, dispersos, camino a «filosofía definida» (¿cito bien?), hacen manual a generación, canas, cagados en las patas, mancos que juntan discípulos, rondan el núcleo y no entran nunca, caen a libro edificante   Los paso por mi cuaderno y los puteo, hoy los puteo. Gloria no se salva. Y no quemaré ni un papel, ni tiraré mis cuadernos, ni los someteré a juicio de los gritones o de los fama gruñones o malos, el piojo que se gana un lugarcito y hace de juez, tres veces no. Sigo dictándome el cuaderno. Y repito y me repito porque para los sordos siempre es la misma cosa,  y qué se vayan a su refugio de hablar horas con los que hablan horas, loro pide lórico que enmudece a loro. ¿Se entiende? Tengo mis dudas. Barracas natal, Avellaneda natal y me meto en este Verne hacia 1859, rumbo al ártico. ¿Existe el presente, existió para mí? Nací en huelga. Elia también nació en huelga, se lo reconozco. Solo que él no adhiere a ninguna huelga general. No se gasta en la figura división social, no deja de trabajar. Los que no corren la coneja te quieren llevar  a osito peluche, (grandísimo Sunny Murray), los que no leen novelas te quieren atado a poesía y re-manco de poema (mi  Eduardo Wilde siempre ahí), hacen todo lo posible para que seas post y de ahí a neo-clásico y de ahí a estilo, y de ahí te empujan a no existencia. Mis ex-amigos, esa horda de mezquinos y rapiñeros, cuentan que nunca crecí, es lo único en lo que tienen razón. Esta nota de hoy, martes, se las dedico.

Elia solo escribe ese Puente que la gente cruza de ida y de vuelta. (Martes 26 de noviembre) 

Luis Cardoso arrastrado a go-between, entra en el melodrama y se re-convoca a máscara de responsable. Gloria patalea madre y desata infierno hogareño, destila chuchos de rabia y promesa de negar nacimiento. No Gloria, se nace o no se nace. Pasos. No te hagas la otaria. 

Luis Cardoso nunca tendrá ese día negro del abandono, nunca la llorará y no tendrá necesidad de humo azul, de nubes de humo, vive en la hondura de la metida, y no tendrá que entrar en el yugo del olvido. No. Solo volverá al viejo rincón. No habrá jugada del resto.

Viejo rincón sumado a viejos rincones que se hacen y se deshacen en la fábula Roque Juan, que no son objetos, son cosas, una cosa con la que hago y deshago. Viejo rincón único del spinoziano Orlando.

«Buscando olvido» en ese viejo rincón. Contra-olvido que hace agua. Otro intento que en el pasado fue de bacarat a solo mirar por la ventana, a reflujo de la memoria donde solo entra lo no olvidado. Melodrama barato de la secretaria de los sesenta en trajecito gris. Faroles de entre las sombras de la monotonía. Todo pasaba por el sueño.

El río se acaudaló, las ex-chatas de troncos casi salen al adoquinado, lo miro desde la mitad del puente, luna escondida, noche re-oscura, se oyen voces que van a Barracas. Se lo preguntó en una línea: ¿de ofendido a soledad?

Luis Cardoso leyó esa línea de nombres, María Elena, Rosa, Elvira, Margarita en la nota que Gloria dejó sobre la mesa de la cocina. Celia tomaba café en la otra punta.

Esos nombres que pasaron al olvido. María Elena, Rosa, Elvira, Margarita anotados en una línea más abrojo-sombra del pasado solo sos-barriada. Y: olvide su pasado.  Solo tu paso por el sueño. (Nota de Gloria)

Tres citas: «Sí, es para buscar el paso del Noroeste, hay algunos que vuelven.»

«No me interesan las estructuras, me interesa el comportamiento.»

«Tomábamos un café en una terraza, y me dijo que había descubierto que sus cuadros eran mejores si pintaba una serie. Estaba muy contento con ese descubrimiento. Nunca lo había visto tan feliz: trabajaba en una serie, por ejemplo con un cuadro azul, uno rojo, uno amarillo y uno verde, y de golpe se da cuenta de que es preciso modificar ligeramente el verde, luego hay que modificar el amarillo y, entonces, mientras trabaja en una media docena de cuadros al mismo tiempo, cada cuadro mejora al otro.»

Una bata de percal de abuela María colgada en el ropero de Gloria. La lleva a cuestas de una mudanza a la otra.

Casi no disponible esta semana, Gloria vive en su capricho de refugio, de desgano, pereza con cama y enagua, como a prueba de no se sabe qué, mirando muñeco de aserrín desde la ventana, caminan y pasean perros, sola, pero no de soledad, ni de grisura de esos días, no, casi alucinada, perdida de esos días, enganchada a la mirada vacía pero no ausente, metida en el oído absoluto, metida en el ayer, en el río de la nostalgia.

Cuando abrió los párrafos Gloria se metió en el desorden, se acabó la orientación, ese esoterismo, se acabó la noción maestro, esa hambruna de guía, se acabó el amor franela, ese pegote, se acabó la creencia en la amistad, esa miseria, se le acabó todo eso. ¿Alucinada o delirada por esa frase del Cuaderno 6 de 1919: «Nací para mi bella Soledad». A Gloria también le gusta Manon Lescaut. Mira otra vez por la ventana cielo sin nubes, despejado, azulísimo.

Su vida, la de Gloria, va ahora de Barracas a la joyería en Avellaneda, ocho horas de mostrador. Siempre un libro para agarrarse, una libreta para anotar, y nada más. Cierre a las 19hs y dedicación exclusiva a su intimidad. Más libros, libreta, y en los alrededores, Luis Cardoso, Celia, el resto de la banda y rincones secretos que nadie conoce. Mala pinta social Gloria.   

Y el otro, ese moscardón que asoma la cabeza en la otra punta del boliche, que no sabe cerrar la boca, y corre al toque a contarlo. Se lo come el imán de la indiscreción. La mala junta con poetas faltos de poema.

Capricho de amor o Fugitiva. Los dos.

Hoy es miércoles por la tarde y estoy en el Tren Mixto con Orlando. Conversación a bajar marionetas de lo general. Lejos, muy lejos de cualquier territorio sagrado. Hizo bollo de todo su saber y arrancó en ese punto de suspenso, de angustia en el que te deja esa renuncia. Se niega a saber lo que sabe con alfileres, todo lo sé con alfileres, se aburrió de la alternancia fuerte/débil, religión del amor/religión del odio (¿así es el orden?), de la prédica, de leer inútilmente ideas generales, de vigilar errores posibles, de la interpretación, de la noción de regionalismo, de la subjetividad absoluta y babieca, del miedo a repetirse. Cuidado con la vaca poética que te come la voz. Habló toda la tarde, se comió un loro, raro, pero estaba esa necesidad puntual, furiosa, de renuncia, de salir de la pertenencia, de lo pobre sabiduría, de lo trajecito  diccionario, del regusto de la casi mitomanía, del eco de mi eco al infinito, de «los lectores de la prensa», decididamente enroscados en la ausencia de voz. Saca el cuaderno y lee cita que le regaló Gloria: «¡Oh! como se habrían burlado de mí si hubiese sido rica, si se burlan de mí hasta este punto en el Moscú de 1920.» ¿Te  das cuenta Elia? Creo que trole, carnaval y temblor quedaron más o menos atrás.

Gloria decidió no llorar por las amistades perdidas, siguió la vía de Elia que hizo lista y tachó y dejó de dirigirles la palabra. Siguió esa regla de ruptura que figura en el mejor libro de memorias (préstamo de Elia) que alguna vez se escribió. Estrictamente fiel a esa lectura, a esas líneas de otro siglo, activamente actuales. No valía la pena esa banda de escuálidos, yuyos en el jardín.

Voz de Elia que resuena en el fondo del Tren Mixto, porción de muzzarela y fainá, y que intenta responderle a Orlando acerca del tironeo de lo sagrado. Mostrador mármol de ese año lejano, dos tablas gastadas de madera con cuchillo grande muy afilado y porciones listas para calentar. Vieja pizzería leyenda al borde de la estación Constitución (por Lima), bollos y cebollas cortadas más orégano y una cacerola con salsa de tomate. Todo a tiro de bolsillo. Todo golpeado por el tiempo. El local y nosotros. Pero lejos del jardín de la retórica. Orlando estaba furioso con la expresión «la carne de la lengua» que escuchó hoy a la mañana en la radio. Nos fuimos por ahí, un rato,  y después me leyó una carta de Dante. Y se puso a hablar de sus visiones y de la acentuación. De Celia no hablamos. No fue ausencia, no, fue retrato indirecto.

Chucho de frío, lluvia, inclemencia de viento y desajuste de abrigo y falta de paraguas. Voy por Diaz Vélez bajando hacia Montes de Oca. No me acuerdo la calle por que iba. Muchos árboles contra la niebla gris y veredas rotas, mucho silencio y tristes callejones de otoño. Sábado muy tarde. Chucho acentuado, chaparrón a lluvia larga acentuado, uno que corre y se mete en una casa, y de ahí, desierto y falta de refugio hasta Montes de Oca. Hasta el bar –bendito, abierto, a mi espera. 

Y me siento en la ventana a mirar la triste noche de Barracas.

En esa misma ventana: –Elia ¿lees crítica literaria? –No, solo libros.

Leo para adentro, para esta mesa, para mí. ¿Te das cuenta? Ninguna de esa visiones estrambóticas y puritanas de lo marmota pedagógica (¿me repito?). Libros contra el re-babieca mensajero de la angustia.

Elia se paró en ese punto  y miró el camino que lleva de Barracas al mundo. Hacia el Noroeste. De luz estancada a matices de claridad, de amanecer.

Y siempre un Claudel en el bolsillo.

Sí, tratarlos por el amor y el odio.

Y no los escuché más. Había algo de escolar en todos ellos,  mejor leerlos, dejaron de escribir y entraron en su propio eco, yo prefiero ir de leyenda a crónica y pasado a crónica en desorden. Y contra los vigilantes de la lectura que te comen el culo.

Otra nota de Gloria: Mantener activo el contra. Contra esa banda de parásitos. Y mancos. No quiero volverme loca y sé que enloquezco. Palabras que flotan y si no se hacen frase, no sirven.  Todo hacia lo anti-mitomanía. Cierro el negocio y me voy a tomar un café con Rosa Cardoso.

Perro viejo no-perdido al que veo todos los días a través de la ventana. Perro viejo no-perdido que sigue al dueño cruzando la avenida.

No quiero esa manera rapiñera de ir hacia el Norte.  

Hugo Savino, 2024