Al señor Jacques Maritain
París, 21 de Junio de 1905.
Señores:
O señor y señorita, pues el nombre Raïssa me sorprende y me desconcierta, sabed que he quedado en extremo conmovido con vuestra carta tan sencilla y afectuosa.
Nada me cuesta confesar que los veinticinco francos han sido bienvenidos. Esa mañana me había visto forzado a pedir prestada una pequeña suma a mi peluquero para el almuerzo de mi mujer y de mis niñas.
No hay presunción en el hecho de esperar mi amistad. Si sois almas vivientes, como supongo, este viejo hombre doloroso, os ama ya y se alegrará de veros.
En la lista de libros míos que decís haber leído, no observo «El Mendigo Ingrato» ni «Mi Diario».
Tengo el placer de poder ofrecéroslos y el correo os los llevará sin duda mañana por la mañana.
Notaréis que ambos libros forma una trilogía con ‘Cuatro Años de Cautiverio’.
Es la narración ininterrumpida de doce años de mi pavorosa vida.
Leedlos por tanto y decidme vuestras impresiones. No tengo casi otro salario sino ése: el apoyo de algunos seres amados por Dios, que vienen a mí.
Dentro de un mes tendré 59 años y en realidad todavía estoy buscando mi pan; pero, a pesar de todo, he consolado y socorrido almas, y esto forma un paraíso en mi corazón.
Vuestro
LEÓN BLOY
París, 23 de Junio de 1905.
Queridos amigos:
A pesar de nuestro gran deseo de veros, mi mujer y yo nos vemos obligados a deciros que la cita para mañana, sábado, es completamente imposible. ¿No podríais venir el domingo a cualquier hora de la tarde? En este caso, no es necesario que escribáis. Con toda seguridad nos encontraréis.
Por supuesto que hemos recibido con emoción los 50 francos. Ahora tenéis la explicación de mi extraordinaria vida.
Viviendo en una época enemiga del Arte y del Pensamiento, privado por consiguiente del salario de mis trabajos, me veo forzado a subsistir de lo que Dios me da por una especie de continuo milagro. Así hemos vivido desde nuestro casamiento, en 1890. ¡Ah! pero no sin angustias de muerte.
Lo veréis leyendo mi diario, en tres volúmenes. Mas sabemos que el sufrimiento, y a veces hasta el dolor extremo, es bueno para nuestras almas. Mi arte de escritor es una flor en un remolino. “Cada uno de mis libros es una confesión arrancada por la tortura”. (Prefacio de ‘Mi Diario’)
Un libro como ‘La Mujer Pobre’ ¿podría haber sido escrito por un hombre feliz?
Por ello puedo influir en algunas almas semejantes a las vuestras. Estas almas van volviéndose infinitamente escasas en estos tiempos de deportes y de automóviles. Cuando quedan una o dos, se apresura Dios a enviármelas. Así es, seguramente, como nos hemos conocido nosotros, mis queridos amigos.
Venid pues, el domingo, o cualquier día próximo que os plazca. Sois esperados con amor.
Vuestro
LEÓN BLOY
Itinerario: Tomando el ómnibus del Odeón a Clichy, descended en la plaza Clichy. Desde allí seguid en combinación hasta la plaza Saint-Pierre donde se halla el funicular que en cinco minutos os dejará en el Sacré-Coeur. Una decena de escaleras, atravesad la explanada de la Basílica, y ya estáis en el n° 40 de nuestra calle.
Encuentro con Leon Bloy
El haber conocido a León Bloy se lo debemos a Luis Vauxcelles, que ni lo sospecha siquiera. En una encuesta literaria publicada en Le Matin, si bien recuerdo, citaba, a propósito de León Bloy, una frase notable de Maeterlinck sobre los “relámpagos de profundidad” del genio. Buscábamos nosotros entonces la verdad y el sentido de esta vida, con ansias que todo el escepticismo no podía superar, a pesar de que la Sorbona nos había saturado de él; leímos, pues, algunos libros de este extraordinario testigo, en particular, «La mujer pobre» y «Cuatro años de cautiverio».
Nuestra primera carta le llegó a León Bloy el 20 de junio de 1905, día en que la iglesia celebraba, trasladada ese año, la fiesta de San Bernabé. El día de San Bernabé del año siguiente 11 de junio de 1906, recibíamos el bautismo, en la iglesia de San Juan Evangelista, mi esposa, su hermana y yo. León Bloy era padrino de los tres.
Esa primera carta que le enviamos mi mujer y yo – estábamos casados desde hacía poco y yo preparaba mi agregación de filosofía – contenía una suma mínima. Sólo por ello nos colmó con sus libros, y pidió para nosotros la iluminación bautismal, ofreciendo con esa intención sus oraciones y sus lágrimas. ¿Quién es aquí el deudor? Gracias a él, hemos comprado la vida eterna por veinticinco francos.

El 25 de Junio de 1905, dos jóvenes de veinte años subían la escala sempiterna que conduce al Sacré-Coeur. Llevaban en sí esa angustia que es el único producto serio de la cultura moderna, y una especie de desesperación activa, iluminada solamente, aunque sin fundamento aparente, por la seguridad interior de que un día se les mostraría la verdad de que tanta hambre tenían, y sin la cual les era imposible aceptar la vida. Los sostenía, débilmente, una especie de moral estética, cuya idea del suicidio, tras el fracaso de algunas experiencias demasiado bellas para tener éxito, parecía ofrecer la única solución.
Mientras tanto, gracias a Bergson, depuraban sus espíritus de las supersticiones cientifistas de que la Sorbona los había llenado, pero sin ignorar que la intuición bergsoniana sólo es un refugio demasiado inconsciente contra el nihilismo intelectual, lógicamente preparado por todas las filosofías modernas.
Por otra parte, juzgaban a la Iglesia, que sólo conocían a través de ineptos prejuicios y por la apariencia de muchas gentes religiosas, como un antemural de ricos y poderosos, cuyo interés sería mantener en los espíritus las “tinieblas de la edad media”.
Iban hacia un extraño mendigo, que despreciando toda filosofía proclamaba sobre los techos la verdad divina, y católico íntegramente sumiso, condenaba su tiempo, y a cuantos tienen su consuelo aquí abajo, con más libertad que todos los revolucionarios del mundo.
Tenían horrible miedo de lo que encontrarían, pues todavía no habían frecuentado los genios literarios y buscaban cosa muy distinta. No había en ellos sombra de curiosidad, sino el sentimiento más propio para llenar el alma de gravedad: la compasión para con la grandeza sin refugio.
Atravesaron un jardincito de antaño, entraron luego en una humilde casa de muros ornados de libros y hermosas imágenes, y se encontraron en primer lugar con una especie de gran bondad blanca cuya apacible nobleza impresionaba, y que era la señora de León Bloy; sus dos hijitas, Verónica y Magdalena, los contemplaban con grandes ojos asombrados.
León Bloy parecía casi tímido, hablaba poco y muy bajo, tratando de decir a sus jóvenes visitantes algo importante que no los decepcionara. Lo que les descubría no puede narrarse; la ternura de la fraternidad cristiana, y esa especie de temblor de misericordia y de temor que sobrecoge frente a un alma que lleva el sello del amor de Dios. Bloy se nos mostraba lo contrario de los otros hombres, que ocultan bajo el maquillaje cuidadosamente mantenido de las virtudes de sociabilidad, faltas graves en las cosas del espíritu, y tantos crímenes invisibles. Lejos de ser un sepulcro blanqueado como los fariseos de todos los tiempos, era una catedral calcinada, ennegrecida. El Blanco está dentro, en el hueco del tabernáculo.
Franqueado el umbral de su casa, todos los valores quedaban desplazados como por un trinquete invisible. Se sabía, o se adivinaba, que sólo hay una tristeza, la de nos ser santos. Y el resto se tornaba crepuscular.
JACQUES MARITAIN
DE: León Bloy. ‘Cartas a sus ahijados, Jacques Maritain y Pieter Van Der Meer de Walcheren’. Prólogo de Jacques Maritain. Ediciones Desclée, de Brouwer. Buenos Aires. 1948.
(Transcripción parcial del prólogo de Maritain. Se incluyen dos cartas de León Bloy, previas al encuentro)
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