Concéntricas / Claudia Schvartz

-Veníamos discutiendo y no era la primera vez. La discusión se había instalado y era por cualquier cosa que estallaba entre nosotros. Marcelo se había molestado, otra vez… vaya a saber por qué. Volvíamos de una fiesta en el pueblo, no me acuerdo ni en dónde porque era para el fin de año y había fiestas en todas partes y todas las noches.

-Vivíamos, es decir él vivía, bien en las afueras de Cachi, en La Aguada, un paraje hermoso. Finalmente había conseguido la casa con la que tanto había soñado, en medio de los cerros. Había estado varios meses viviendo en el centro y todo el mundo lo conocía ya, dele saludar y presentarme a tanta gente. Habíamos pasado casi un año separados, sosteniendo discusiones más que conversaciones telefónicas.

Elisa es una mujer de habla lenta y prefiere otros temas que no éste, su propia historia. Pero hay un motivo para su relato y quiero descubrirlo. Moja sus labios en la taza de té y continúa hablando.

-Mi memoria es breve, la anécdota no es mi fuerte. Pero sí te digo que volvíamos a toda velocidad por el camino del cerro. Y la noche no tenía luna aunque siempre ese cielo es brillante … brillan mil estrellas… Volvíamos sin decir palabra pero se cortaba el aire dentro del Torino. Sí, un clásico argentino, el Torino original que era su orgullo. Como te decía, había conseguido en alquiler una finca preciosa, importante… y un tanto destruida, para variar… Algo para construir juntos. Muy cerca, como son cerca las cosas en los cerros, había varias casas donde vivía la gente de la zona que trabajaba esas tierras a todo alrededor de la casa. Era demasiado grande para nosotros, eso sí. Tal vez consideraba posible hacer una posada pero no hablaba de proyectos, él, sino del pasado y con rencor.

-A cierta altura de la vida, se hace lo que se puede porque ya se tienen muchas responsabilidades y se sostienen varias columnas… por así decir. Pero seguían las quejas y el pasado era más fértil que el futuro… mientras nuestro breve presente era casi como una mala broma…

-A toda velocidad recorríamos el camino de vuelta a la Aguada, donde el río se había precipitado ese verano con gran fuerza… pero esa es otra historia… En los paseos de la tarde, le gustaba tomar el auto y llegar hasta un punto del río, más arriba de la Aguada, donde crecían sauces y un gran aguaribay. El sonido del agua bajando hacia el valle era una música viva.

-Mirando por la ventanilla, una y otra vez el mismo camino, un montecito llamaba mi atención. Era un lugar amable y singular en el que mi mirada se detenía cada vez… Así que a regañadientes Marcelo concedió detenerse para que yo diera una vuelta por allí.

 -“Un montecito”:  voy a explicarme… se trataba de una altura donde crecían algunos arbustos cuyo nombre yo desconozco todavía… con lo lindos que son esos nombres que significan tantas cosas. Piedras y arena de esas mismas piedras. Prácticamente un lugar cualquiera… pero a mí me daban ganas de quedarme. La tarde se había puesto gris, lenta y el aire estaba lleno de canto de pájaros, tal vez ocultos en la cercanía del río. En eso mi mano – siempre está tocando mi mano alguna cosa, porque son nerviosos mis dedos como si no se detuvieran nunca- se puso a jugar con las piedritas y acuclillada como estaba sintiendo bajo mis pies la pendiente del terreno, descubrí sin verlo un borde, una lisura curva que no parecía de piedra. Claro, siempre añicos de cerámica por todas partes porque en los valles vivía un pueblo enorme, artesano, hacedor de bellezas. Y quedan restos, fragmentos que hablan tan claro de lo que está ausente…

-Pero volviendo al tema porque las ideas se escurren y se confunden los finales… tal vez la edad… La cosa es que así en cuclillas empieza mi mano izquierda a quitar las piedrillas y la arena, tratando de seguir la línea curva de ese borde tan suave al tacto, de alfarería fina. Porque entre los fragmentos siempre se puede determinar lo que era para el uso de carga y cocina cotidiana de lo que tenía otra utilidad, ceremonial quizá, y era de toque delicado, un grosor mínimo y dureza proverbial… Y así mis manos cada vez más rápidas y sabidas, descubrieron la ancha boca íntegra de una urna.  Mi emoción era grande y no hablaba mientras el aire se iba llenando de agua y desde el Cachi bajaban nubes en remolinos. El observaba mi tarea y fumaba ávidamente y tal vez hablara, quizá. Muchas veces lo que se encuentra es una ánfora partida. Y puede ser que en este caso fuera solo la boca y el resto se hubiera deshecho en la erosión del agua y las piedras que bajan y bajan arrastradas por la lluvia. Así que estuve vaciando el contenido de la boca, ancha y perfecta, que ya había dejado limpia. Y entonces él se acercó a ayudarme y con sus enormes manos de artesano fue todo más rápido y no menos emocionante. Porque lo que logramos separar de la tierra, donde dejó una huella que pronto fue cubierta por la arena incontrolable y el pedregullo, era una urna íntegra, delicada, sin duda ceremonial. Yo me sentía exhausta y feliz aunque ahora las manos me latían, bastante lastimadas por las espinas, piedras y la arena misma… Pero qué hermosa pieza nos había devuelto la tierra. Debíamos entregarla al museo, para que los especialistas nos completaran su historia.

-Eso desbordó otra aguda discusión. Sin embargo, esa ofrenda de Pachamama me había devuelto una certeza vital. Me sentía capaz y ufana, si la palabra existe todavía. Ya ni me importaba qué destino le daría Marcelo, que ya la había tomado bajo su tutela, por decirlo con elegancia.

-Por eso, pocos días después, volviendo del pueblo a la velocidad de un bólido, la discusión tampoco tenía ya ningún sentido. Volvíamos por un camino que subía por la otra margen del río y yo me sentía hastiada de la conversación, la bailanta y el falso clima amistoso con gente prácticamente desconocida. El hecho es que debíamos cruzar el río por un vado que se prolongaba en el camino que daba justo atrás de la casa. En esa noche clara, todo se veía nítidamente. Entonces, al atravesar el vado apenas cubierto por el agua del río, el Torino se detuvo. Como en una película.

Y Elisa se sonríe con algo como de gato.

-Se quedó sin nafta- escuché que decía Marcelo, tras varios intentos de encendido. Yo salí del auto y pisé el agua fría del río Cachi, murmurante, y respiré la noche. No tenía nada que decir. El había abierto el capot y medio cuerpo había quedado oculto allí. Solo las piernas sobresalían.

-El camino era una cuesta y por allí subí hacia la casa con el ánimo liviano y alegre, porque parecía rotundo el mundo. Entonces, a mitad de camino, en la intersección del camino y sobre los cerros, en el cielo y llegando de derecha a izquierda, vi una luz no muy grande, redonda,  cálida que se detuvo allí, justo frente a mí… Como un regalo del cielo, esa luz giraba sobre sí misma extraordinariamente  diáfana y despegada del cielo, como en otro espacio. Pura simpatía, eso decía esa luz que me inspiraba confianza… y yo me la quedé mirando sin sorpresa ni miedo, con agradecimiento, un regalo del cielo… Y entonces, tras ese girar (de izquierda a derecha sobre si misma, ahora que lo vuelvo a ver) en la exacta intersección del camino y el cielo, casi próxima pero como en otro espacio, o como si el espacio fuera un velo, la luz penetró, se hundió  en el cielo y desapareció en ese mismo instante.

-Cómo… ¿penetró?

– Sí, como si entrara, no hubo perspectiva, un objeto que se vuelve más pequeño en la distancia… Nada de eso. De repente ya no estaba. Yo sentí una gran simpatía por esa luz, lo confieso. Una especie de diálogo o comentario simpático sobre mi situación, había… Y en ningún momento tuve miedo. Ni idea negativa. Simplemente entré en la casa, hice mi bolsito con mis pocas pertenencias y a la mañana siguiente, al alba, toqué la puerta de los vecinos, los Umano. Le pregunté a la señora Umano si su hijo me podría llevar al pueblo porque el primer bus saldría  en poco más de una hora. Pagué el viaje y el muchacho, inteligente y estudioso, me llevó hasta el centro, conversando de los temas más variados… y así terminaron varias cosas, alegremente.

claudia schvartz, para Bambito
ph/ sara janini