Stéphane Mallarmé / Conflicto

Durante mucho tiempo, sí, tiempo –creía– que mi idea de algún accidente incluso verdadero estuvo eximida; prefiriendo de los azares, extraer, en su principio, surgimiento.

Un gusto por una casa abandonada, que parecería favorable a esta disposición, lleva a desdecirme, de tal manera contento semejante, cada año verdeciendo la escalera de piedras exterior, salvo esta, que crecerá contra las murallas un postigo invernal luego conectará como sin interrupción, el guiño de este presente con el espectáculo inmovilizado de otro tiempo. Prueba de retornos fieles, pero resulta que ese latido, agusanado, escande un barullo, canciones, altercados, por debajo: recuerdo cómo la leyenda de la desdichada morada de la que acecho el rincón intacto, invadida por una banda de trabajadores al borde de ofender la región en soledad total, con una línea ferroviaria, sobrevino, me angustió al principio, iría o no iría yo, me hizo casi vacilar– debo reconsiderarlo, ¡paciencia! habrá que defender, como mío, arbitrariamente si es preciso, el local y estoy en eso. Una ternura, exclusiva en adelante, que haya sido él quien, en la supresión relativa a los sitios valiosos, recibiese el peor insulto; huésped, llego a ser, de su decadencia: de manera inverosímilmente, la estadía acariciada para la obsolescencia y la excepción, convertida por los progresos en cantina de obreros del ferrocarril.

Cavador de zanjas, pocero, a través de quienes un terciopelo macilento con piernas, parece que el terraplén se mueve, ellos hacen, durante el descanso, en una zanja, la raya azul y blanca transversal de las camisetas como la napa de agua poco a poco (vestimenta ¡oh! que el hombre es la fuente que él busca): son ellos, mis co-inquilinos en otro tiempo aquellos, espiritualmente, cuando los encontré en los caminos, consentidos como los obreros comunes por excelencia: el rumor de los llamados peones camineros. Cansados y fuertes, pululan por todos los sitios donde la tierra tiene la preocupación de ser modificada, ellos encuentran, en ausencia de fábrica, bajo la intemperie, independencia.

Los dueños si están en otro sitio, libres de molestias, verbo chillón –Soy el enfermo de los ruidos y me asombra que casi todo el mundo tenga aversión por los malos olores, menos por el grito. Este gentío, entra, parte, con el mango, al hombro, del pico y de la pala: ahora bien, él invita, a su favor, a las emociones de detrás de la cabeza y empuja a proceder, directamente, con ideas de las cuales uno se dice ¡es literatura! Más tarde, devoto enemigo, que penetra en una cripta o bodega en común, ante la fila de la herramienta doble, esta pala y este pico, sexuales –cuyo metal, resumiendo la fuerza pura del trabajador, fecunda los terrenos sin labrar, fui presa de religión, además del disgusto, emocionada hasta arrodillarme. Ningún hombre de ley se jacta de desalojar al intruso –alquileres tácitos, usuario locales–establecido por sorpresa y habiendo incluso pagado a los propietarios: debo asumir el papel o restringir, a mis derechos, la injerencia. Algún lenguaje, la suerte de que lo sostenga, incluye desdén, por supuesto, ya que la promiscuidad, habitualmente, me desagrada: ¿o, seré, con una nota justa conducido a discurrir así? – Camaradas– por ejemplo –ustedes no suponen el estado de alguien esparcido en un paisaje éste, donde cualquier multitud se detiene, como espesor de bosque en el aislamiento que quise tutelar del agua; ahora bien mi caso, tal y, cuando uno maldice, hipa, pelea y se lastima, la discordancia produce, como en este suspenso luminoso del aire, el más intolerable si saben, invisible de los desgarramientos. –No es que tema la inanidad, en cuanto a simples, de esta confesión, que los afectaría, seguramente, más que a otros en el mundo y solo exigiría la misma risa inmediata a once señores, por vecinos: con el sentido, borrachines, de lo maravilloso y, sometidos a una ruda faena, de delicadezas en algún sitio superiores, tal vez ellos no verían, en mi doloroso privilegio, ninguna demarcación estrictamente social que les cause molestias, pero personalmente –se observarían por un momento, breve, la costumbre plausible retoma el control; a menos que uno no respondiese, rápidamente, con igualdad. –Nosotros, el trabajo interrumpido por un rato, sentimos la necesidad de confundirnos, entre nosotros: ¿quién aulló, yo, él? su vozarrón me sacudió, y me sacó de la fatiga, también es, ya, beber, gratuitamente, oír gritar a otro. –El coro de ellos, incoherente, es en efecto necesario. Casi rápido aflojo mi defensa, con la misma sensibilidad que la aguzó; e introduzco, mediante la mano, al asaltante. ¡Ah! para el expreso y propio uso del soñador se cierra, en la oscuridad de árboles, en espacioso retiro, la Propiedad, como quiere lo vulgar: es preciso que la haya desaprovechado, con obstinación, durante mis días –omitiendo el medio de adquisición– para satisfacer algún singular instinto de no poseer nada y de pasar solamente, a riesgo de una residencia como ahora abierta a la aventura que no es, completamente, el azar, ya que él me acerca, de acuerdo a lo que me hice, al proletario.

Alternativas, preveo la estación, de simpatía y malestar…

–O desearía, para ir al grano, que aparezca uno que me busque roña: mientras tanto y única estrategia, se trata de cercar un jardín, cubierto de arena, florecido por mi arte, en terraza sobre el agua, el dormitorio en la campiña. Que extraño no atraviese el umbral, como hacia una taberna, los trabajadores irán a su lugar de trabajo por un camino reservado y segado durante la cosechas.

«¡Bosta!» acompañado de sus pies en la reja, insulta violentamente: entiendo que la amabilidad nombra, ¡eh! incluso viniendo de un curda, tipo grandote con la cara en los barrotes, esa cara me ofende a mi pesar; es casta, totalmente, no calculo, individuo a individuo, diferencia, en ese momento, y no llego a no considerar al enajenado, titubeante y vociferante, como un hombre o a negar el resentimiento contra él. Muy rígido, me escruta con animosidad. Imposible anularlo, mentalmente: perfeccionar la obra de la bebida, acostarlo, anticipadamente, en el polvo y que no sea ese coloso repentinamente grosero y malvado. Sin que yo ceda incluso mediante un pugilato que ilustraría, sobre  el  pasto,  la  lucha  de  clases,  con  sus  nuevas provocaciones desbordantes. El mal que lo consume, la borrachera, contribuirá a ello, en mi lugar, al punto que sabiéndolo, sufro a causa de mi mutismo, mantenido indiferente, que me hace cómplice.

Un nerviosismo de estados contradictorios, pájaros, desvirtuados y el contagio hasta mí, mediante disturbios, de alguna imbécil ebriedad.

Incluso la calma, obligatoria en una región de ecos, como uno se empapa en ella, la tengo, particularmente en los atardeceres de domingo, hasta el silencio. Aprensión en cuanto a esta hora, que toma la transparencia del día, antes de las sombras luego la hace fluir lúcida hacia alguna profundidad. Me gusta asistir, en paz, a la crisis y que ella invoque a alguien. Los compañeros aprecian el instante, a su manera, se ponen de acuerdo, entre cena y acostarse, acerca de los salarios o interminablemente discuten, en el decorado tumbados.

Abstraerme ni abandonar, excluidos, la ventana, mirada, yo ahí, de la antigua construcción sobre el sitio que ella sabe; para hacerle al grupo avances , sin efecto. Siempre el caso: ningún motivo para encontrarnos juntos; un contacto puede, lo temo, no intervenir entre hombres. –«Digo» una voz «que trabajamos duro, cada uno aquí, en provecho de otros.» –«Mejor,» yo interrumpiría en voz baja, «ustedes lo hacen, a fin de que se les pague y de estar legalmente, en cuanto a ustedes solos.»– «Sí, los burgueses» oigo, poco aludido, «quieren un ferrocarril». –Yo no, al menos» para sonreír «no los llamé a esta comarca de lujo y sonora, alterada hasta donde estoy molesto». Este coloquio, frecuente, en mudas restricciones por mi parte, se apaga, por encantamiento; ¡qué pedrería, el cielo fluido! Todas las bocas ordinarias calladas al ras del suelo como vomitando allí su vanidad de palabra. Iba a concluir: «Tal vez yo, también, trabajo… –¿Para qué? no hubiese objetado a ninguno, admitiendo, a causa de contables, la ocupación transferida de los brazos a la cabeza. Para qué –calla, en la conciencia sola, un eco– al menos, que pueda servir, entre el intercambio general. Tristeza de que mi producción siga siendo, para estos, por esencia, como las nubes al crepúsculo o a las estrellas, vana.

Verdaderamente, hoy, ¿qué hay?

La brigada del trabajo descansa en la reunión pero vencida. Ellos encontraron, uno después del otro que la componen, aquí tumbados en pasto, el impulso apenas, tambaleándose todos como bajo un proyectil, de llegar y caer en este estrecho campo de batalla: qué sueño de cuerpo contra el montículo sordo.

Así voy libremente a admirar y soñar.

No, mi vista no puede, desde la abertura en la que me acodo, escaparse en la dirección del horizonte, sin que algo mío pase por encima, indebidamente, con falta de consideración y de conveniencia a mi vez, de este cúmulo de un flagelo; del cual en mi calidad, debo entender el misterio y juzgar el deber: porque, contrariamente a la mayoría y a muchos más afortunados, el pan no le fue suficiente –ellos trabajaron duro una parte importante de la semana, para obtenerlo, en primer lugar; y, ahora, aquí está, mañana, no saben, se arrastran por la vaguedad y cavan sin movimiento–que hace en su suerte, un agujero igual a aquel cavado, hasta aquí, todos los días en la realidad de los terrenos (fundación, por cierto, de templo). Ellos reservan, honorablemente, sin dar testimonio de lo que es ni que esta fiesta se ilumine, la parte de lo sagrado en la existencia, mediante una parada, la espera y el momentáneo suicidio. El conocimiento que resplandecería –de un orgullo incluido en el trabajo diario, resistir, simplemente y mostrarse de pie–alrededor magnificado por una columnata de monte alto; algún instinto lo buscó en un número considerable, para torcerlos de esta manera, en vasitos y forman parte del grupo, con el absoluto de una realización ritual, menos oficiantes que víctimas, para figurar al caer el día, el embotamiento de tareas tanto la observancia surge de la fatalidad más que de un querer.

Las constelaciones se inician en su brillar: como yo querría que entre la oscuridad que corre sobre el ciego rebaño, también algunos puntos de claridad, tal pensamiento de hace un rato, lleguen a fijarse, a pesar de esos ojos sellados no distinguiéndolos –por el hecho, por la exactitud, para que se diga. Pensaré, entonces, únicamente, en ellos, los inoportunos, que me cierran, mediante su abandono, el lejano vesperal; mas que antes, mediante su tumulto. Estos artesanos de tareas elementales, me es lícito, vigilándolos, al lado de un río límpido continuo, mirar allí al pueblo–una inteligencia robusta de la condición humana les curva el espinazo diariamente para extraer, sin la intermediación del trigo, el milagro de vida que asegura la presencia: otros hicieron los desbroces en otro tiempo y acueductos o libraron un terraplén a una máquina determinada, los mismos, Louis-Pierre, Martin, Poitou y el normando, cuando no duermen, así se invocan ellos según las madres o las provincias; o más bien algunos nacimientos cayeron en el anonimato y el inmenso sueño con el oído en la generadora, postrándolos, esta vez, padece un desaliento y una amplificación de todos los siglos y, eso en la medida de lo posible, –reducida a las proporciones sociales, de eternidad.

Traducción: Hugo Savino
Ph / Sebastiao Salgado