Prior o la escultura del color / Luis Thonis

Música nocturna, la muestra de Alfredo Prior no apela a la noche como a un tema sino como un motivo donde la música acontece, lugar de las transfiguraciones. Prior no ignora la fascinación y el peso temático de la -noche- erótica, metafísica, mística, gótica-, en la tradición occidental como lugar propicio para la aparición -bella unas veces, horrorosa otras-, de una muerte que por una vez pudiera mirarnos a los ojos.
En su caso la noche es mineral, impenetrable, de todos o de nadie. No invita a levantar los ojos; ni deja vislumbrar alguna aurora. Posibilita el accidente, el seísmo, la peripecia sonora y pictórica de unas criaturas que son de la noche en tanto pertenecen a lo innominado, pero se sustraen, se redimen de ella cuando se cuenta una historia nunca escrita: la de los humores del color.
Pueden recibir un nombre en el pasaje de un plano a otro, en el designio que obra cuando la luz genera su propia oscuridad incandescente. El contraste no está dado por la noche ante el día sino por un universo anterior a toda palabra, sopa cósmica de agua, humo y algas, tierra acuática de atlantes extraviados o gnomos que sobreviven gracias a las pesadillas, y la radiante luz del Génesis. La luz de un primer día, que haciendo sonido de la luz enuncia que cualquier objeto puede ser sujeto de una creación. En esta Música nocturna la luz encarna y se transfigura en vibración del color.
Adoptando la forma circular del fondo -común a las texturas renacentistas- y trabajando sobre discos de vinilo, la pintura sintética y los materiales acrílicos confluyen en un punto ideal, desplazado y presente en cada escena. Actúa como un designio insistente que descubre que no es posible concebir ninguna escena sin estar «dentro» de cada fondo, sin desdoblarse en un vértigo donde ver es sorprenderse de cómo ella nos ve mirarla.
Así acontece con la irrupción de esas criaturas lunares, separadas de esa medialuna en forma de alfanje por un corte abrupto que interroga dónde comienza el cuadro.
Muchos críticos han considerado la obra de Prior como inclasificable, indócil a los «ismos». Esto se debe, pienso, a que en Prior se asiste a un uso, a una escultura del color, que es difícil hallar en otro pintor contemporáneo.
Un violeta puede entrar en descarada sucesión consigo misma, generar violetas «inexistentes» para el contraste obligado con el amarillo. El huevo que evoca a Redon gana en grosor, tiene dos pequeños glóbulos que asoman, tímidos pero inquietantes, en una copa que vale por un cáliz. El Atlante es un oxímoron: un enano gigante, La Esfinge tiene forma leonada y su veredicto inaudible se diluye en un campo claro, austero. La penitente expresión del fugitivo que mora en sus grilletes, tiene como fondo estelar un campo de trazos verdes.
El cordero semienterrado y el perrito de la RCA son ejemplos discretos y versátiles de lo que el autor ensaya a mayor escala en otros fondos.
Un follaje de verdes es erosionado por la luz que trae otros innumerables verdes. Lo acuático entra en sintonía con lo vegetal. Una arborescencia de violetas- marrones-azules puede subrayarse como un paisaje o un juego de formas abstractas.
Pero el accidente sonoro tiene lugar: el bosque arde en llamas violetas provocadas por el color, y su verdad no puede concentrarse en ninguna descripción figurativa, sino conjeturarse en el encuentro licencioso del bosque y de la selva por la vía de una danza acuática.
La música en estas obras de Prior es aquello que permite conjugar las sucesivas miradas en el accidente, seísmo de la noche impenetrable, donde los humores del color esculpen por un instante la cifra de nuestro rostro más desconocido.

Luis Thonis / Revista ARTINF,  Año 21 N° 97 Otoño 1997
Ph / Alfredo Prior