Una geografía móvil / Augusto Munaro

Cuando pienso en el concepto de tradición literaria, no imagino una línea de herencias solemnes ni una constelación establecida por academias, premios o instituciones. No creo en esa versión petrificada del canon que pretende ordenar la literatura como si se tratara de un museo de estatuas ilustres. Mi tradición es otra cosa: un conjunto de lecturas que valoro y a las que regreso a lo largo del tiempo. Una geografía móvil, hecha de desvíos, insistencias, retornos. Un paisaje más emocional que histórico, más vitalista que programático.

La tradición puede configurarse a partir de nombres heterogéneos y de intensidades que no responden a jerarquías habituales: A. E. van Vogt, Magdalena Chocano, Hans Richter, Alfredo Armas Alfonzo, Jaroslav Hašek, Gonzalo Escudero, Ira Cohen, Sousândrade, Robbe-Grillet, Vítězslav Nezval, Mariela Laudecina, Elba Fábregas. Ninguno de ellos figura por su cercanía o distancia respecto del canon oficial, sino por la capacidad de producir una transformación en quien los lee: un cambio en el ritmo mental, una alteración perceptiva, un desplazamiento interior. La tradición, entendida así, es una experiencia de lectura que retorna, que se repite con la fuerza suficiente para modificar la imaginación.

De allí surge una desconfianza hacia aquellos escritores que hablan de otros autores como si organizaran un inventario doctrinario, una aduana estética. Se trata de figuras que pasan su vida construyendo un ghetto mental donde todo se filtra por la afinidad, donde solo circulan los textos que confirman sus obsesiones y se excluye aquello que no se ajusta a sus criterios. Esa manera de leer —o de evitar la lectura— tiene un sesgo autoritario, en tanto descarta sistemáticamente la diferencia, la desviación, el ruido. Es una forma de custodiar un territorio reducido y asfixiante, semejante a la vigilancia celosa de un club privado.

Existen autores que se rodean de unos pocos nombres destinados a reforzar sus propias convicciones, escritores que terminan encerrados en su propia estética hasta volverla hermética. Esa autorreferencialidad empobrece el horizonte, lo deforma y lo reduce. La literatura, entendida desde esa lógica, se transforma en un ejercicio de clausura: una repetición de gestos que no permite la irrupción de la sorpresa. Es, en definitiva, una forma de embrutecimiento; cuanto más estrecho es el círculo, más limitado se vuelve el pensamiento.

Una concepción alternativa de tradición se sitúa en el extremo opuesto del organismo blindado: se asemeja a un mapa abierto, un territorio que se despliega sin comienzo ni fin. El canon —si es que aún tiene sentido utilizar ese término— puede entenderse como la suma irregular de aquello a lo que se regresa en la lectura. No importa el relieve institucional de un nombre, ni su presencia en programas universitarios, ni la acumulación de premios; lo decisivo es el modo en que un texto se incorpora a la memoria y comienza a dialogar con la experiencia.

En este marco, un autor menor, incluso fuera de todo radar, puede resultar más atractivo que el centro multipremiado. La literatura que trabaja desde los márgenes no vale por oposición al centro, sino porque en esos márgenes persiste la energía de lo imprevisible, ese temblor capaz de transformar las ideas. Los nombres prestigiosos no garantizan intensidad; con frecuencia funcionan como monumentos que ocultan la potencia viva de los textos. Así entendida, la tradición no es un mausoleo, sino un movimiento continuo.

Incluso regresar a Borges puede darse por motivos que escapan a su consagración. Resulta especialmente significativo, por ejemplo, su modo de impartir las clases de literatura inglesa, su capacidad para elidir, para saltar de siglo en siglo con una naturalidad que condensaba ejemplos y abría perspectivas. En esas clases se advierte su verdadero genio: una combinación de rigor y lateralidad, una intuición para la síntesis que no busca exhibirse. En contraste, textos como El Aleph, tan comentados e incorporados al repertorio de lo obligatorio, suelen ofrecer una revelación menor. Allí adquiere mayor interés el Borges que desplaza el foco, que se mueve con absoluta libertad dentro de la tradición y que encarna su concepción literaria en el propio gesto de leer y transmitir, sin necesidad de explicitar ninguna doctrina.

Algo similar ocurre con Emilio Adolfo Westphalen. Sus poemarios breves —Las ínsulas extrañas o Abolición de la muerte—, surrealistas y excéntricos, crean una vibración que puede sentirse más intensa que la producida por la obra de Oliverio Girondo o Vicente Huidobro, cuyos prestigios consolidados tienden a moderar el efecto de sorpresa. Westphalen aparece como una irrupción lateral, una voz menor solo en términos institucionales pero mayor en su singularidad. Ese desplazamiento hacia la periferia forma parte de una concepción de la tradición que busca la chispa donde menos se espera y permite que lo inesperado reorganice la percepción.

La tradición —al menos aquella que realmente importa— no es un repertorio de nombres canónicos, sino una economía afectiva: un conjunto de textos que se repiten en la vida de un lector, que dialogan con la experiencia y se enriquecen a medida que el mundo modifica la lectura y la lectura modifica la percepción del mundo. Esa circulación constituye la esencia de un canon personal: una aleación inestable entre lo leído y lo vivido.

Cada lector construye su propia constelación. No existe una tradición verdadera que pueda imponerse desde afuera; existe, en cambio, una tradición íntima, formada por repeticiones, retornos y afinidades secretas. Es una tradición que no se hereda, sino que se inventa, y cuya fuerza aumenta cuanto menos obvia resulta, porque refleja con mayor nitidez el recorrido singular de quien la sostiene.

Esta forma de tradición no se aprende: se descubre. No adopta la estructura de una lista, sino la dinámica de un movimiento. Un desvío, una insistencia, una errancia. Un modo de leer que no busca confirmar certezas, sino expandir el territorio. En ese mapa sin bordes, donde lo menor puede resultar más decisivo que lo monumental, se encuentra una manera más honesta de entender la literatura: como una experiencia que se renueva cada vez que una lectura ilumina la vida.

Augusto Munaro, Buenos Aires 2025
Ph / Emilio Adolfo Westphalen retratado por Herman Schwarz Ocampo