Gris al fondo (XVIII) / Hugo Savino

¿Adónde va Celia? ¿Qué hace en Paláa al fondo, apoyada en el paredón?

¿Y los dos conejos atorrantes que vivían en el fondo de la casa de Sarandí?

¿Y la soledad de los crotos del bar de Don Antonio? De  Legui a las diez de la mañana. De Fernet a veces.  De grapa. O de coñac si ese día estaba Mariano. Toda esa esquina es una prueba del tiempo.

Celia llevaba en el bolsillo un papelito con una dirección de Paláa al fondo, pero no se animó a tocar timbre. Se puso a mirar espalda apoyada en el paredón. No salió nadie de esa casa. Solo un re-salir a yugo, a rutina, a siete de la mañana. Todo silencio. Y ese silencio de puerta y atravesar el umbral  le estremeció el alma.

Ruido de tren y gemido de viento.

O tren que te lleva de vuelta a casa o tren que te lleva lejos lejísimo.

Rasca el silencio como en una novela que leyó. Celia lee novela. Detesta los manuales.  La pedagogía. Acelera la ruptura, corre la baldosa y va por su orilla.

Paso del Noroeste. No cumplo las normas de uso. Tengo que pensar más rápido.

Elia, autodidacta barrial, buscaba el color burdeos en ese cuadro de colores raspados.

Sagas del toco del tiempo. Únicas, personales, ponerlas en la clandestinidad. Que la sordera no la intuya, ni eso.

La impostura de escribir en el lenguaje hablado. Populismo precioso. Otra vez: por el odio y el amor. ¿No se entiende?  

Celia hace Mink. Lo que la industria cinematográfica coloniza. Me gusta esta figura. No es mía, obvio. Coloniza casi todo. Pero no pudo  con Mink. Nunca pudo filmar el caminar de esa fragilidad. El movimiento de treinta y ocho años hasta la venganza. Cada vez menos ensayo y ya hace tiempo alergia a los filósofos. La esperanza de Gavin Stevens es un Mimk como un animalito perdido y  medio hambriento que no soporta la libertad y dura pocos días afuera de su jaula después de treinta y ocho años de cárcel. En el capítulo diecisiete Mink  empieza su camino hacia Jefferson. Va a matar a Flem. Ya no es tan frágil como cree Gavin. Es un tipo decidido a vengarse. Algo así como un guerrero aplicado. Mink camina el paso del tiempo, ese que nunca fue pensado hasta salir de la jaula. Arrugas y sol de treinta y ocho años en las vías vigilado. Ahora tiene que evitar las tramperas. Ratón un poco apagado que las esquiva. Mameluco limpio con diez dólares en el peto. Trampa al acecho. De camino de tierra al  asfaltado que se pierde, coches, camiones, ya ni un carro Mink es una especie de marioneta que aprende a controlar sus movimientos en el toco del tiempo. Hoy anota Mink, va hacia Jefferson. Es un capítulo sublime. Ese maniquí flaco y decidido en la ruta, camina y entra en una granja. El dueño es un negro. Le da de comer. Lo deja dormir en una camioneta sobre un hule. Mink tiene miedo de que la tierra lo llame, que se lo trague. Es bíblico Mink. Es un asesino bíblico. Cumple fatalmente su destino. Mink mató a Jack Houston en un arrebato meditado. Azufre de bala y a la bolsa. Es un loco y un asesino. Pero tiene historia. Houston es un abusador, un reverendo hijo de puta sobre en un caballo con un perro que lo acompaña. Mimk es un tipo que sale de la King James Version, de esa sintaxis. Loco y asesino contra poderoso (Houston) que se desprotege. Dante se vengó con un cuchillo en la mano, pero cambiaron los tiempos. Mink se venga con un rifle en la mano. La primera vez. Y después con un revolver que parece un sapo.  Está cerca de Dante.  Poeta provinciano me pide que escriba en provinciano. ¿De qué me habla? Hago Mink en lo que me sale. Ahora vivo en Barracas y camino por Avenida Montes de Oca. Mink está en el toco de los siglos, a su manera. Hasta la aparición de un tren, mecano irreal, quimera, aparición, que siempre se está yendo, hacia el pasado o el futuro. Me repito lo que Mink tiene en la cabeza. Yo también tengo la chifladura de trenes.  Él no tiene punto de llegada, apenas una parada, para asesinar a Flem Snopes. Un tren es apenas ese segundo que pasa. ¿Sueño de trenes? Pero camino de la venganza eran mas visibles, iban más lentos, ya no los miraba desde la jaula de una cárcel.  El tren que se va, tren con locomotora y humo y él que contempla. Mink, alguna vez, no tuvo tiempo ni instrumentos para enfrentar el refranero sociológico del Estado. ¿Lo justifico? No sé. Tampoco me importa. Me siento cerca de sus ganas de trenes, de verlos pasar. ¿Ruido lejano de trenes? ¿Miedo al sueño de trenes? ¿Tren de pasajeros y tren carguero? Sí, los dos. Mink, asesino, loco y pobre en mameluco azul que mira gratis cómo pasar un tren con dirección a «un rincón hermético del mundo». Mink estaba allí.  Vestido con un mameluco limpio. Tenía derecho a ropa y diez dólares al salir de la cárcel. Pachmn. Venganza: preparación y tiempo. 

Mink. Convencido de la «la infinita capacidad para la invención mezquina» de los «le  amargaron la vida». Venganza contra la antigua figura de los que amargan la vida, psicologizada por la narrativa escolar al uso.  Mink, irrevocable y extraño, campesino acoyotado que puede disimularse detrás de un árbol incansablemente. La venganza acumula, junta, información, goteo de detalles. Pero no hay perfección de paciencia hasta la venganza. Los ricos dejan la luz encendida, aunque no la necesiten. Les gusta flotar en la luz. Banqueros sureños junto a una chimenea. Clisé, tal vez. Pero hay que escribirlo hasta hacerlo figura, y volverlo incumplido. Pero Mink también hizo planes por la vía de rumores mentirosos, como siempre con el rumor y sus bocones, y tuvo que reinventar la leyenda de la venganza. Flaco e incoloro entra a la casa donde su banquero de primo está sentado frente a la chimenea. Mink no se mueve por conocimientos aproximados como diría Mansilla. Tampoco lo impresiona «algo tan amorfo como prestigio». 

Para el que no previó la venganza, Gavin Stevens, el problema no era recordar, era olvidar. Olvidar la otra pata de la venganza, Linda Khol, sorda como una tapia.

Mink mata a un primo que lo dejó enjaulado, se venga, mata, de paso, a un tipo que perteneció exclusivamente al dinero.

Retratar únicamente a Mink, culebra o serpiente maldita, como dicen, sesenta y tres años, treinta y ocho de cárcel, único objetivo de vida: pegarle un tiro a su primo. Mink mata al lobo jefe. Al banquero y prestamista cornudo consciente, sin amigos ni amores. Un resto de novela del siglo diecinueve pasado por la Biblia.  Mink finalmente es  libre. Se vengó o vengó lo que había que vengar. Se acostó mirando al este, durmió un rato y después  siguió hacia al oeste. Yo desde aquí, Barracas, lo sitúo en el Norte. Porque me acuesto todas las noches mirando al este pero voy al Noroeste.

Roque Juan tuvo su «Viejo Patrón castigador» que le hizo cambiar la lona del camión tres veces y finalmente no le pagó el día. No hubo venganza, pero no hubo olvido.

Irma me dijo por primera vez la palabra escarcha cuando se mudaron a Avellaneda. Cuando Roque Juan salía a las cuatro de la madrugada, con la  escarcha sobre el techo de los coches y el lomo de los caballos de los carros estacionados.  Y susurro de motores al ralentí. Es un motivo de invierno.

Celia descubre ese momento en el que le habla a gente que olvida en el acto lo que finge escuchar o lo da vuelta o lo quema en su cabeza para siempre. Luis Cardoso le alcanza los samizdat argentinos y se le abre el mundo. La jauría poetizante estaba en otra parte. Ni conocían la palabra.  Celia aprende a esquivar. No-banda es samizdat y compartimento estanco.

Rastrojero y escarcha.

Trote de cabecita negra, caminar de pato de los polacos, melodrama de los italianos pata sucia, martirio del actor cornudo y soltura de la rubia oxigenada, indiferencia fingida de Pipa e´Moco. 

Me gustan las novelas del siglo diecinueve. No dejaré que ningún vanguardista me las prohíba. Que me coma la voz. Mierda a los que no leen novelas. 

Ni Roque Juan ni Irma cobraban por dar de comer. Mesa con mantel de hule, vaso de vidrio grueso, y plato de loza comprado en el bazar. Buñuelos de acelga y guiso de lentejas. En la sobremesa, historias de la década del treinta. ¿No había otra?

Nélida prepara un poco de mostaza y miel en un bol y pinta la tarta de jamón y queso.

Empiezo una novela que no está en el catálogo de moscardones y arranca con el nombre perdido del autor de una saga. Es la misma intensidad que leer a Julio Verne. Hace años que leo libro de navegantes, de crotos, de vagabundos en trenes de carga, de viejos que dialogan sentados en una silla, de historias de conventillos enredadas, de costureras Irma, de exploradores rumbo al paso del Noroeste.

No es el mismo gris. Aquí, en Avellaneda, a pasos de Barracas, no hay nieve. Así que no hay nieve gris. El gris empieza en el saco de trabajo de Roque Juan y después está el gris del amanecer con toques naranja hacia el  rojo y a veces una gota de verde. Está el gris de Elia en el colectivo 95 a las 6 de la mañana camino a la fábrica. Ya está en Viento del Noroeste. Y están los libros al Paso del Noroeste. Saga y leyenda. Chiruseo de escenas y personas.

Nadie más lento que un no-lector de novelas. Y si mi argentino se desintegrara, ¿qué puede pasar? Seguro que me asombra, porque se desintegra desde hace mucho, y ahora me doy cuenta, porque me aburrió tanta vigilancia sobre qué palabra usar, porque me cansó el coro policial de la literatura argentina. Los que la van de no-escritores. ¿Tan excepcionales se creen?

Al fin llegó la madrugada y Roque Juan salió. Las cuatro. Y se fue por Lavalle hasta Avenida Mitre y tomó el tranvía 22 y se bajó en Montes de Oca y Suárez y ahí ya estaba el peón, Vicente, y subieron y el día empezó.

Y Elia se agarró de un libro y nunca lo soltó. En algún momento, unos años, se dejó educar, compró esos manuales franceses jardín de infante, y narrativamente hablando se aburrió, descubrió que ahí había muy poco, maniáticos de las reglas, mancos de poema, los regaló, y después volvió a despreocuparse de la historia literaria y de la época y siguió solo. Leer desde la mañana temprano hasta el mediodía. Hobo de la lectura dijo Rafael.

Entonces, leer: Roque Juan estuvo en la posición de Mink.  Mendigo de un día de trabajo, de la changa. Llovía mucho, era temprano, bajó del tranvía 22 y entró al garaje, le puso la lona al camión, el cuñado, el patrón, le dijo que esperara, que si seguía lloviendo así no salían, y esperaron dos horas y finalmente llegó la orden de retirar la lona de todos los camiones de la tropa, y no salieron, y no le pagaron el día. Esa historia y su sombra cayeron sobre la familia y tal vez de ahí viene su amor por Balzac, y mierda a los surrealistas argentinos y franceses que prohíben leer a Balzac y prohíben y en todos los que tironean para que no lo leas, ¡te pido ayuda Paul Claudel! –y se puso a leer solo y se quedó solo porque pasó la frontera de los libros permitidos y solo conversó en serio con secuaces secretos. Compartimento estanco. 

En Avellaneda el viento olía distinto, olí a humedad, a Riachuelo, y en la calle Paláa a conventillo en las mañanas, y esa línea es marca en el orillo, aunque hizo esfuerzo de educación con los mancos del poema, como dije, y un día se hartó y se rescató,  y  mudado a Barracas, cocina con ventana a la calle Isabel la Católica con mesa y dos sillas y ahí se deseducó solo, tiró lastre,  reaprendió a hablar y a escribir, dejó de pelar saberes y recobró el Kierkegaard de Shestov.

Corto tela con burgueses de la buena conciencia, me dan una changa, dos changas, mi orgullo confiscado con estos becados, el temblor de ser poca cosa, de entrar encogido.   

Tengo que contarme los distintos tonos de grises. Y hacer una lista de las sagas y leyendas que leí. Que me protegieron de los estudios siglo XIX argentino de los años ochenta, pura cretona tradicionalista disfrazada de jerga,  obligada en las mesas de café.

¿Qué y cómo querés que lo escriba? No lo escribiré. ¿Qué y cómo querés que lo lea? No lo leeré como lo lees vos. ¿No sé contar?

Con el nombre de Gloria, la no virgen de alguna misericordia impostada, la que registra nombres y franjas de nombres de posibilidades infinitas, bienvenida sea su aparición en el cosmos avelladenesco, nacida cerca del Arroyo Sarandí, escribiendo su notas al tiempo, al arroyo de su infancia, al viaducto, a la calle O´Higgins, a la casa chorizo con tero en el jardín, pajarera al entrar, a la izquierda, larga entrada con parra de uva negra y parra de uva blancas, galpón y quinta de tomates y limones y algo más.

Siempre está esa tirantez en la mesa de la conversación: todo quiere llevarte a las reglas de la sintaxis. 

Cuaderno de Luis Cardoso. Elia le contó su desdicha berreta y de lluvia neurótica y el hijo de puta pensó que le pedía plata y cambió de tema mientas comía su arroz de serpiente de restaurante caro. Elia no mide la confesión. Pierde el hilo de compartimento estanco. «Angustia» sentenció el Negro parado en el medio de la sala. (Sábado 18 de octubre)

Maneja Luis, pasamos por la casa chorizo abandonada y tapiada. Sigue ahí y las ausencias le hablan a nadie, flotan entre arañas y cascotes. La medianera que la hacía menos conventillo, que la disfrazaba de patio de inquilinato ya no existe, todo se estancó en potrero de barrio, casa vacía lejos lejísimo de cualquier deriva.

Lo remoto vuelve por las novelas, por los poemas, se hace leyenda, y hay relectura, contra la rapiña del realismo. Hay trenes que llegan a Retiro y trenes que salen de Constitución. Yo iba vía Temperley y bajaba en Lomas de Zamora. Había y hay viento del verano.

Cuaderno de Luis Cardoso. Tomaban para estar  juntos, para que la conversación circule. Era una banda que iba de la alegría a borracho solitario. Y después venía el intento de quedarse guardado en la noche. Hasta donde era posible, hasta no dormir. Banda de borrachos con un casi abstemio que ponía el vaso boca abajo y nadie mosqueaba.

Cita: «¿Libros? Básicamente tenía libros prohibidos.» (Sábado 20 de septiembre)

Cruzo tipos sordos, apurados por hablar, por contar lo suyo hasta el hartazgo, gente que solo se puede escuchar y engendramos aburrimiento perfecto, sin aristas. Viven en su monólogo, en su pataleo.      

Cada vez menos gente con la que intercambiar nombres de autores y de libros leídos. Cada vez más mancos de la lectura de novelas. Se aburren, tienen  miedo de perder el tiempo. Cada vez más solo. Cada vez más lejos y más callado. Mucho que contar y nada que decir. La logorrea ambiente. La sordera ambiente. El re-monólogo tedioso de los que se escuchan el eco de fosa de piojos. Me encierro en esa leyenda de una familia y no me dejo encontrar.

Mirada de eremita falso, atormentado de cartón, de estatuita de repisa de los años cincuenta. Cotorro iluminado con lámpara que cuelga de un cable, un colchón muy grueso en el suelo con una colcha floreada por encima y un juego de sábanas limpias en un rincón. Cara de predicador. Vive en una pieza al fondo del docke. En la mesa de luz una antología de leyendas del norte. Habla como un libro de edición limitada, para bibliófilos, sordo a más sordo, re-monólogo de reverendo de la poesía. Le gusta hablarle a los jóvenes. La fosa de los piojos se lo tragó. Me sospecha, no me dejo convertir.

Sigo fiel a compartimento estanco. Refuerzo la figura. Contra-veneno a la banda de las fosa de los piojos. Banda de garroneros de la poesía. Me busco los libros solo, los tengo a mano.

Y está ese camión Ford que hace su ablande de motor por un camino secundario de la provincia con el Elia orejudo sentado entre Roque Juan y  Vicente. Paisaje Carroll de hojas de grande a grandísimas. Niño prodigio lleno de leyendas.  Y abollado desde la cuna, re-abollado hasta el rencor.

El olor a pobre viene del olor a llotivenco, círculo vicioso, a patio de casa chorizo, viene del miedo recontra antiguo, del trabajo sin defensa, de las piezas vacías casi todo el día, olor a pobre, se entiende.

El cara de sapo, el de los ojos de eremita cartón pintado me miraba desde la otra punta del café y le decía algo a su alcahuete de poeta. El de turno. 

Entró por Alsina hasta el fondo, crepúsculo de verano en Avellaneda, voy otra vez a melancolía, y ahí, de frente, contempló, sí esa es la palabra, al tren que se alejaba, su larga hilera de ventanillas iluminadas, efímero y repetitivo, culebra que pasa por los Siete Puentes.

Impresencia de Lola. Imbuscada por Elia.

Coincide en el tiempo con el nacimiento de Luis Cardoso: el personaje llega a 100 kilómetros de su pueblo. Luis Cardoso tenía un año en Barracas. El que iba a ser leído, sesenta y tres años después, derivaba por la región Sur  de ese  Norte, a miles de kilómetros de Barracas. No lo sé contar muy bien. Luis Cardoso lo está leyendo   en traducción.

Ahora, el Juanca solo era un montón de papel de diario para prender el fugo del asado. ¿Fue el paso del tiempo?  ¿El soplo de Dios? ¿Un desengaño amoroso? ¿O fue la víctima de cualquiera?

Fue todo ese Sur que para mí era Norte, pero no Paso del Noroeste, fue todo ese Sur que me cayó en la cabeza de la infancia y me puse a escribir barracas, y avellaneda, y ese fue mi argentino a pesar de los bandazos de la capúa narrativa, porteña, provinciana, académica, y descubrí con asombro que ese sonido de  Olavarría y Patricios a Plaza Alsina se me desintegró. La guerra sigue, no paró nunca. 

A Celia también se le desintegró el tucumano. Lo anotaba todas las mañanas en su cuaderno. Esta banda imprecisa se junta y se desjunta todo el tiempo. No es un acuerdo, es algo que viene de la lectura. No son kardec, ni el lote de intoxicados de algún modelo, son lectores clandestinos, de libros no permitidos. No militan en ningún lado, menos que menos en la policía del pensamiento.  Tampoco son «estructuralistas de servicio».

Compartimento estanco contra el susurro de oveja a oveja..

Cuaderno de Luis Cardoso. El puerto estaba lleno de barcos y remolcadores: el Sarandí, el Diomede, el Mar Chiquita, el Bogotá, el Dharma, y yo miraba el ruido del muelle con esos Fords del cuarenta esperando de culata la carga, los estibadores caminan sobre las planchas que van del barco al camión. Éramos muchos los mirones. No había ningún vacío en esa mañana de Puerto Nuevo. El fondo del aire estaba tirando a tranquilo y poco frío, Roque Juan ponía la lona y la ajustaba. Ese día le pagaron. Escena de 1943 que me contó Elia (perro de la rememoria) cuando saltó la liebre del trabajo sin defensa.  (Lunes 1 de diciembre).

Elia es un cuaderno de citas, unas tras otras, una especie de Talmud, almacenadas en su memoria. Lector de sagas familiares. Leyendas. Novelones.

Almuerzo y café con Terry en el Rut. Evocación incumplida de Pete. Él sabía si era Orizaba 12 0 14. No necesitaba ir a la biografía. Un día dijo, Pete, que Dios le había hablado. Dios, el de los católicos. Pete no admitía discusiones: sus héroes literarios eran católicos casi sin excepción. No estaba para ecumenismos. Exploraba la eternidad. O lo que no estaba, o lo sugerido. Terry pide té negro, yo un café y con eso nos pasamos dos horas en esa mesa de la evocación pete. Guardo sus cartas, sus mensajes de tres líneas y los libros que me regaló. Pete se fue a vivir en las novelas que encontró después de los veintidós año. Las que amaba. Fue mi guía por algunas de ellas y por biografías, los dos compartíamos la pasión por lo imposible biográfico.  

Viejas italianas, esposas grises arrinconadas en patios de inquilinato, metidas en sus chales, invierno y verano. Viejas baqueteadas de la madrugada. Calladas, dejadas de la mano de Dios, ancladas en Paláa y Berutti. 

Y la leyenda, a veces, se junta con la difamación, y venía de la mano del más angustiado del barrio. El barrio y sus vigilantes, su canas, sus delatores, sus  preguntones, sus fraternidad de madera terciada.

Y acá hay mucha gente que nunca  se movió de su lugar. Banquito y vereda. El enorme toco del tiempo se los comió de pronto y ellos no se movieron. Nunca.

La mujeres de color gris, o mujeres grises, o mujeres grises con chal al hombre invierno y verano se fueron de sus casas por el fondo de la casa de Sarabdí. Una alambrada separaba los terrenos. No hubo agujero de cerca por donde se fueron los conejos.

Letanía de los conejos que se esfumaron.    

¿A salvo?: solo en en un agujero personal, desconocido, tengo que construirlo.

Cuaderno de Luis Cardoso. Celia duerme en casa. Gloria no viene. Hoy no. Celia desanda siempre lo relatado que está en el aire moscardón.  Comemos en la cocina.  Y hablamos del desorden. Me cuenta que su pieza ya no es una pocilga, la pintó, compró una cama nueva, dos juegos de sábanas y cambió la mesa de la cocina. Pero todavía no podía arrimar tiempo a su vida, todo se le volvía «figura  y fondo». Celia cita mucho cuando habla pero casi nadie escucha esos rincones, ella va de la memoria a la rememoria, y no cae del trueno al relámpago. No. Su marca: valija de cartón y andén en  Retiro. Tapadito azul y lejanía y distante y desconfianza y no candidata y ojos azules y pelo renegrido hasta casi tópico provinciano y zapatos suela de goma y gorro de lana. Hoy no hago ronda, me quedo aquí, en esta cocina, la escucho a Celia. (Sábado 6 de diciembre)

Y yo, Elia, clavado en los afectos unilaterales. Clown de mi estupidez una vez, clown dos veces.

Sí, tengo que hacerme ese agujero. Llevarme ese libro de Julio Verne  y no salir de ahí. Por ahora me agarro a esta saga del Norte para mí y del Sur para   ellos. Hay una sorda que maneja un coche grande y lleva al padre o camina por las calles o un bosque. Me agarro a estos tres libros. Trilogía. No hablo más de lo que leo, toda esa banda de angustiados que confunden todo, que no escuchan, que no pueden situar ni una fecha. Me repliego. Es acumulación de sagas y leyendas y refuerzo de  compartimento estanco y cerrar la boca para que no entren las moscas, es libro y citan en el bolsillo desde la mañana del mate.

Hasta la rabia y la frustración. Y contra las dos. Del Negro aprendí a concentrarme solo en el libro que leo.   De mí mismo: a no dejarme enroscar por la república de los profesores. Esa maldición.

Me gusta el personaje de ella, habla poco, y eso es una bendición, adonde va se sienta con su mechón blanco y hace lo que tiene que hacer. 

Y fue el desierto de los hijos de esas colinas que llegaron al puerto, iban de piojo de barco a patas sucia, de la Aduana al patio de inquilinato de ese año 1906. Hubo que contar los hijos de Enriqueta y los hijos de María y destinarlos a no conocerse hasta veinte años después. Era un gentío en el desierto de la Boca. 

Las hijas de Enriqueta, tres chancletas, un lugar, Sarandí, más allá del Puente Pueyrredón.  Vía Quilmes. Los hijos de María, una mujer y dos varones, la Boca, y, fatalmente, Vuelta de Rocha. Unos años más tarde, Ángela, a Banfied, casada, Vía Temperley.

El desierto se va poblando. Todos esos raposos, con ropa de invierno, la única, fueron mordidos allá lejos y tomaron el barco, tribus sin jefe que llegaron aquí.

Y en el amasijo de las piezas, de la ropa apilada en el suelo, de colchones en las equinas de la sala, calentador no-Primus, tacho de zinc, y mucho  zapallo y arroz y sopa. Lista de nombres más que de números.

Cuaderno de Luis Cardoso. Veremos si Elia se deja vender algo tan amorfo como el prestigio. Orlando trae ese Verne que varios queremos leer. Lo compró en la librería espiritista de Isabel la Católica. Es de editorial Tor. (Jueves 18 de diciembre)

Fácil entrar al perro, difícil sacarlo.

Hugo Savino
Ph / Elliott Erwitt, 1950