Celia arrimó tiempo. Hoy no respondió a las ausencias que pedían resurrección en su memoria y salió.
A veces hay tironeo de ausencias. Insistencia. Remache en el tiempo. En el vacío del tiempo. Es una lista de nombres que Celia lleva en la cabeza. Se los anota en la última hoja de cada uno de sus cuadernos 86 hojas cuadriculadas. Para arrancar. Los lee y empieza con esas líneas que revientan la sintaxis. Desanda lo vernáculo paralítico, esa maldición, no se lo pone en el bolsillo como hace con las citas amadas. Chirrido de pataleo, mierda a Maestro, a gurú, a guía.
Elia no sabe dónde está. El viento sopla porque no puede hacer otra cosa. Y sigue como si tuviera los bolsillos llenos, anclado en la sequía.
La luz policial de los que no pueden leer. Te piden tu libro para destruirlo. O de los que solo pueden hablar de lo que leen ellos. Esclavos perfectos de la historia literaria. De la voz de su amo. Sea la tierra o la edad de oro.
Hablamos, pero el diferencial de tiempo mete la cola y la abandono a su loro interior y entonces pongo el oído más allá de la ventana.
Solo con los libros no permitidos.
Nota de Celia. Me agarro a las novelas. La familia de Enriqueta es una familia que siempre se apoyó en poner el dedo en la herida del perro perdido. Banda de angustiados, burlones. Se sienten elegidos. Cada tanto alguno de ellos hace agua y todos ven que el mundo sigue, que ni los mira y entran en melancolía profunda. No puede recurrir a Robert Burton porque hace mucho años que no leen un libro. Son de la raza verbalmente despiadada, «mirones de la debilidad ajena».
Loas alcahuetes te cuelgan etiquetas. No se escuchan hablar.
Celia no cuenta sus lecturas. Regla de oro. Tiene que ser secuaz. Ni alma gemela ni franelas. Secuaz. Tampoco amigo. Secuaz es una práctica. Llegó a Retiro valija de cartón con ese toco en la cabeza. Toco de la novela. Y toco del poema. Contra el filosofema. No hablaba en ensayismo argentino. Tampoco en género. Habla, a secas.
Celia, hasta la anotación íntima.
Pipa e´Moco no siente vergüenza de su soledad. No acepta confesarse para que lo perdonen. ¿Qué leía Pipa e Moco?
Cronología: no puedo. No sé hacerlo.
Sí, el cenicero tenía estampada una cebra.
A lo lejos desde la ventana del bar, las perlas luminosas de Corrientes la iluminaban en esa noche de melodrama. Celia, acurrucada contra el vidrio, por fin, se podía callar.
Solo recuperación de recuerdos que Celia no quería tapar, si venían, venían, y los anotaba. Desde lugares imposibles, por falta de interés, solo desde afuera, de reojo, ahí lo mío nada vale, ahí no hay encuentro posible. Limar patalo a carrera. A esperar algo.
Está el perdido en el tiempo del adoquín y del bloque de es fábrica de Avda. Patricios. Desanclado del pasado arruinado de los patios de inquilinato. Que escribe contra la insoportable re-ficción que lo rodea desde esa cuna de carpintero hasta esos coloquios de mierda a los que iba empujado por su mendicidad de reconocimiento y el mordisco de la ridiculez. «Nadie allí». Ni una mano, tampoco nadie aquí, a la vuelta de la esquina. De repente, así, al volver por la otra vereda uno que lee un Eduardo Wilde.
Y por abajo lo miserable a re-miserable.
Sí May, ahí estuviste. Rafael me pasó su foto, sentada junto a un cuadro con delantal de pintora.
Un día aparecen los que simulan leerte.
En Gris al fondo «las cosas van vienen» pero cuesta dejarlas».
Ejercicio espiritual a posible ex-mendigo del reconocimiento.
El impresionante misterio del fondo del patio de inquilinato a la medianoche de un verano. Re-fondo con paredón y ventana al depósito de la fábrica Alpargatas.
Calle de casas con puerta cancel. Donde una noche, tarde, Gloria le abrió la bragueta a Luis Cardoso y lo hizo más o menos hombre. Lo repito, es una figura de barrio que todos se callan.
¿Y si Elia creyó en exceso en los peces de colores? ¿Y si creyó en artista integral? ¿Se venga de algo? Nunca de sus admiraciones.
Todavía no hablé del gris ceniciento de esos patios llenos de sillas desfondadas, baldes de zinc abollados, macetones sin flores, un patio anti-Lacámera en el que viví, el reino de cosas amontonadas.
Ese poema subrayado hace años vuelve en la relectura y descubro lo extraño que era un extraño. Se lo cuento a Celia. Me escucha. Se lo recito. No me pregunta de quién es.
Hay una franela insistente con el gris, lo reconozco, pesada a veces. Es cierto que hay un gris de la miseria, se lo reconozco a los realistas. Pero hay otro gris, ese con incrustaciones o toques naranja, amarillo o verde. Vayan a ver.
Contra los realistas o los rabiosos del relato duro a matar, que creen que eso existe, que creen que David Goodis escribe con una regla, con métrica de relato, y no, eso no existe, ese cálculo es una ilusión. La frase se enreda, hasta su locura personal.
Celia lee novelas. Retoma las novelas y fábulas que se contaban en las noches de patio tucumano, carga su re-memoria con los cantos que oía en su infancia, esos que les escuchó a los cosos del otro lado de la pared que dividía su patio, y se los canta como vienen, en desorden, una simple historia inventada por Ricardo enredada en líneas más complejas, si naciste en el desorden lo podés entender, y si no te dejaste educar lo entenderás mejor, y seguirás en ese desorden. . De una frase simple a texturas complejas, después de nuevo a gama sencillez y, de ahí, de nuevo hasta frases más complejas, empujando la desintegración de mi argentino despojado y ordenado, hasta lo más enroscado.
Celia viene de tierras color pardo semi-apagado. Domingo, día de la inmovilidad. Inactividad y silencio de avenida desierta. Celia, cada tanto, necesita paisaje solitario. Ninguna manifestación de lo sagrado en la soledad de Celia, nada que ver con ese kitsch, solo aburrimiento de las opiniones, las definiciones, los murmullos e invenciones de la envidia. No creía en nada de lo que se decía de los otros. En nada. Lo sagrado y su franela.
¿Quién de los dos le besó la palma de la mano a Celia, en esa noche oscura de Barracas, hasta estremecerla, en esa cama enorme que daba a la ventana que da a la calle Suárez?
Cabo de vela que Irma saca del último cajón del armario para iluminar la cocina. Noche de invierno y amarillo arlt. El orden camino a olvido de los derrotados con vestidos con capas de cebolla en invierno. No queda nada para tocar y nada para recordar.
Celia y sus ojos de terciopelo, según Gloria. Celia que sabe cómo no recordar, que no se deja imponer la insidia tiñosa de lo que deber ser. No, necesita dejar de creer, no necesita vengarse.
Estremecimiento intensísimo parecido a esa escena de novela que lleva en la cabeza. Y lo tuvo esa misma noche y lo anotó al mediodía.
Falta el toque verde grisáceo.
Aquí no hay tema dado. Solo improvisación.
Los nombres flotan y cada tanto aparecen o reaparecen. Hay flotación de nombres. Hoy reapareció. Pero es solo un nombre en la memoria de un instante en un sótano de un mediodía.
Gorky abrió todas los tonalidades del gris.
La fosa de piojos te quiere encerrar en sus peleas académicas. Es el imán de la máxima impotencia, pero todos quieren ir allí.
Gloria la cruzó en Plaza Constitución. Hablaron un poco. La vio cada vez más metida en el hoyo de su endogamia.
Ponen el huevo en el clisé de la ruptura, cacarean, y fatalmente se van con el gallo de la trama sujeto-verbo-predicado. Poca gallina suelta.
Lo recontramaldito que insiste pide represencia al menos intermitente. No es plegaria, es insistencia de anti-renuncia. Es pugna de movimiento.
Imantados a fosa de piojos.
Cuaderno de Luis Cardoso. No ceder en la cosa Cronos para este cuaderno. Hoy: café con mi primo Ignacio. Evocación de lazos familiares. Foto de May sentada frente a un cuadro que está pintando. Mira a la cámara. Roque Juan nació en Tolve, provincia de Potenza. Origen maldito para escrior argentino. Provinciano o porteño hijo de patricios cotiza más. Gadda no entra aquí. Ensayismo argentino: plomería filosófica alcahueta de frabchutes. (Miércoles 4 de febrero)
Y Celia ni roza ese agujero de esotéricos, ni de lejos, ni por sordera, ni por amplificación de rumores, solo por efecto Nadezhda en el cuerpo. No hay explicación. Hay lectura. Hay aceptación de derrota. Hay camino a soledad. Y ese día sábado escribió en su libreta: «¿Proyecto algo? Casi nada. Como venga. Solo que: nunca preguntas directas. Ni a mí misma».
Celia se anima a mirar y a oír en esta selva de autómatas. Celia se dice cosas y a veces las escribe mientras se las cuenta. Habla con ella. Vive en su trama de libros, amores y caminatas. ¿Trabajo? No habla de eso. Está el color pardo descubierto en un libro editado en 1965 y que le pasó a Elia, coleccionista de esas rarezas y que ahora, como ve torcido (Elia) solo busca tela en algunos pintores específicos que ya eran sus dioses. Mano a politeísmo. Y a lo que viene de los sucesivos re-re-re. Que no es un descubrimiento de Elia. Es un robo. Pero él mete la mano en su bolsillo y está lleno de dedos. No curtir llorones.
Pesados y sus añadidos de resentimiento y queja que terminan dominando la conversación. Ayer comimos en el Bierzo y fue todo lo contrario.
Era y no era el mismo paisaje. Iba por una vereda y volvía por la otra. Y todo se transformaba. Un tedio, decían algunos. Celia vio otra cosa, nunca lo explicó, lo cruzaba casi todos las tardes. Y un día, fatalmente, empezaron a hablar. Y llegó el momento de un café, en el bar de Salta y Garay. La extrema vejez a las cinco de la tarde y la veintena a treinta en dos o tres años.
No es que todos tengan pocas ilusiones. Es que no tienen ninguna. A secas, ninguna.
Varlam Shalamov contra todos los imbéciles de lo impensado.
Me tengo que bajar de ese tren, el de los universos alternativos. Pierdo el tiempo en ese un día sí, un día no. Hay mucho fingir lectura ahí, mucho saber y nada de relectura. Pero me alejo un poco, me bajo del tren al que subí por mi propia idiotez, y escucho argentino, pero en otro rincones, en rincones al que solo él llegó, y descubro que esa desintegración del argentino me abre otra vía, más remota, solitaria, botella al mar. Me desespero, ¿esa vanidad?, por un oído que lea algo más, aunque no entienda.
Cuaderno Luis Cardoso. Mordisco de la angustia mañanera. (Viernes 6 de febrero)
Celia sigue de largo ante la sonrisa superior de las arpías que nunca leyeron al soltero absoluto. La clásica mueca de un creyente siempre a re-creyente. Mientras se ponía las medias en su piel cetrina y Luis Cardso abría la ventana que daba a Montes de Oca para la luz de la mañana. De Tucumán fue de cabeza a la pintura, no hay que olvidar este detalle. Hay alucinación mañanera de cuadros.
El recontra silencio bendito de esa mañana de domingo, con ese medio vestir de todos, olor a tostadas, mermelada de naranja agria, mate o café, la cotidianidad retomada después de lo casi incontable indefinidamente de ese sábado a la noche que sigue por la línea del domingo hasta la madrugada.
También hay noche alucinada, pero es mas frecuente.
Robar en literatura: ¿qué quiere decir eso?
Y Celia estaba allí, casi pensativa, ante una metáfora de lo enroscado cotidiano.
No iba hacia Dios, no, eso era mucho, muy impostado a esta altura, no, solo trataba de salir de esa encerrona que todavía no conocía.
Salto hacia Avenida de Mayo, se metió entre los primeros grupos de la noche, invierno pelado, sin lluvia, entró en Los 36 billares, se sentó en una mesa a esperar a su hermano. Hoy torneo. Banda de ataque, banda de llegada y toda la jerga, Celia refunda desde un sistema, regla de oro. Y su punto de llegada es siempre enganche a seguidilla. También se mueve en tres como Elia. Ella y Orlando, los únicos que escucharon ese rasgo Elia. Sin moral de lectura, no queda aplastada en la anécdota. Sistema. Los marmotas de la oralidad anémica creen que se trata de escuchar y copiar. Celia relee el hilo de Mink y cierra cuaderno de notas.
Se iba a quedar para ver jugar a su hermano. Sótano porteño para provinciana que no cacarea anti-porteño. Celia no practica ninguna retórica del prestigio. Pidió otro café. Se sentó el Mocho y pidió un café doble. Hoy vino sin su pasado. Lo dejó en el ropero. Solo un saludo y hablaron de bueyes perdidos.
¿Por qué leer por el amor y el odio? Yo no lo inventé.
Celia lo escucha, no tener a quién contarle algo. Toda una soledad, toda una figura de la soledad. Solo hay perico o monje del otro lado de la línea.
Celia ponía el oído en ese sótano de tacadas afelpadas y él la hizo corta. Es como Elia, pocas palabras. Un día, Elia, le contó que estuvo en esa mesa de La Ópera cuando se encontraron la discípula y el ex-maestro de esoterismo radical. La discípula había viajado desde Mar del Plata en busca de una señal que le indicara el camino a seguir. Elia estaba ahí y puso toda su capacidad de borrarse en presencia. No abrió la boca. Los escuchó. Elia sabía que ella le hablaba a un ex-creyente que no quería decepcionarla. Era otra de esas tardes de invierno pelado.
Y esos que se sientan en la mesa de la poeteria argentina y después lloran falta de editor. Celia no va. No toma ese colectivo.
Los conoció saliendo del huevo. Van de una credulidad a la otra, y a empobrecimiento obstinado.
Celia le muestra lo que le copió a Mocho: «¿Quién duda en su corazón ya sea que los hechos de la vestimenta femenina están allí todo el tiempo o que la ficción femenina, más extraña que los hechos, están también allí al mismo tiempo, sólo que un poco más atrás?» Es del muñeco irlandés. Dicen que hay que soltarlo. Ni loca. Tres veces carajo a esa propuesta. No lo suelto: ¿y qué? La pongo en el bolsillo por unos días.
Cuaderno de Luis Cardoso. Elia no tuvo juventud. Esa es su ventaja. Mi envidia. (Sábado 24 de enero)
Escritores con ese auto-barniz de marginales.
Y Celia se metió por Lima en la mañana árboles sin hojas del frío y caminó como la «heroína» de la novela que leía y se volvió gris como la calle, gris sin toques verdes o naranja, uniforme, sucia, grelosa, resbaladiza, y su taconeo resonó para los que iban casi pegados, y la sobrepasaban. No seguía a nadie, y nadie la seguía. Entró en la calle Lima hacia Avda. Córdoba. Sola en el gris.
Tarjeta de Rafael, esas rectangulares de cartón grueso que manda por correo: «Bocón lleva a cana. No invitarlo a nuestra mesa.»
Rafael llega al límite de la paranoia, esa que te deja detectar a la policía del pensamiento. Después la recorrió en todo su círculo. Compartimos el mismo olfato de paranoia.
Hace unos años hubo renuncia a grupo, que impone reglas, que te manda de cabeza a esoterismo, le dijo Elia a Celia. A partir de esa renuncia ya no hubo que rendir cuentas, cada uno lee lo que quiere, se junta con el que quiere y no tiene que contar nada. Todos quedan sueltos. A compartimento estanco.
Celia descubre que los bocones siempre fueron bocones, solo que, ir a Nadezhda, un día se muestran. Y Celia ya se decidió por el desorden de lecturas con foto de Nadezhda en la pared.
Ese día el encuentro Elia-Celia se hizo en el bar de Suárez y Patricios y había luz del atardecer.
Elia la convenció por los hechos: es difícil encontrar bocas cerradas.
Ese café del encuentro en Suárez y Patricios no tenía ventanas, apenas un mostrador, seis mesas con cuatro sillas cada una, cuatro banquetas altas pegadas al mostrador, heladera puertas de madera, la máquina de café, una campana de vidrio con la factura y un mozo, el dueño brilla por su ausencia permanente, una especie de agujero en la frontera entre Barracas y la Boca.
No era una familia tartamuda, no, yo era el único tartamudo, y cada tanto arranco y hablo y no estoy loco, y no soy un mono de teóricos de la tartamudez.
¿Realismo? ¿Qué?¿Clase obrera? ¿Qué? Nunca alcahuete de la capúa filosófica. ¿Qué hacen estas preguntan aquí? Casi no queda gente razonable.
Y Celia descubrió en esa banda ocasional que hay tipos que solo están destinados a la noche. Es su única pertenencia. Era noche a re-noche frente a la Plaza Constitución, ese bar desaparecido estaba bastante lleno, tres de la mañana, y ahí sentada, en esa mesa, descubrió otra versión de ella misma. Guillermo le había regalado esa guía de Buenos Aires, mapa incluido y ese Julio Verne, el del viaje al Paso del Noroeste. Y descubrió que salió del marco, o del círculo de la casa. De todas las casas. Da lo mismo el nombre, queda lo sugerido, y vio el camino. Y también que no podría reponer lo perdido, ese paisaje que quedó allá, casa, perro o gato, madre y hermanos, y niña metida en guardapolvo blanco y bandera. Bar iluminado y afuera esa noche que se graba en la memoria.
Y estaba el lastre, siempre ahí, pegado a la suela de los zapatos que ya no usaba, que se quedaron en Tucumán.
Salió del bar sin nombre y ya destruido por la autopista y se le llenaron los ojos de lágrimas de recuerdos, cruzó la avenida y desde un teléfono público llamó a Gloria, solo para llorar y decirle que se iba a su casa. Flotaba en el extravío.
Muchas gallinas. Me pareció una buena lectura con intenciones de destruir lo que escribo.
Hay robo, hay venganza del que roba, se venga de su admiración, se quiere despegar, hay cómplices del robo, que se suman a la difamación. Hay odio al sintaxero.
Celia se acuerda de ese clima. O de un clima. Y no siempre. Pero no es pasado. Y tampoco nada que vengar. Solo ese viento seco.
Cuaderno de Luis Cardoso. Café con Lucía. Me dice que critico demasiado a Elia. Respondo: somos amigos. Hace muecas, silencio. Le agregué: me gustaría ver el cuaderno de Elia. Tampoco dice nada. Seguimos por otro lado. Me pasa todas las referencias sobre esa gallina intrigante. (Miércoles 4 de febrero)
Y un día Celia olvidaría, anclada en una esquina de un barrio de Buenos Aires, mirando la calle desde una ventana de un café, su costumbre, y pasaba algún linyera, o croto, que se metía en la mañana de la rebusca de lo que viniera. Un perdido de los perdidos de la familia de Celia.
Ojo tuerto convoca Robert Creely.
Elia ya te quedaste solo. ¿Ahora te vas a auto-celebrar? ¿La comedia de la soledad?
Hugo Savino, 2026
Ph/ Anne Collier, Cut, 2009