Comentarios a propósito de Dante / John Ruskin

Estoy convencido de que el hombre definitivo, el que representa en este mundo el perfecto balance de las facultades imaginativa, moral e intelectual —y todas llevadas a un nivel superlativo— es Dante. (Stones of Venice, vol. iii. sec. lxvii.

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Hace falta hacer a un lado a los despreocupados del mundo espiritual y seguir fielmente a los maestros de ese mundo, como lo son Dante y Spenser. (Modern Painters, vol. iii. ch. viii. sec. 7.)

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Ni por un segundo podría ponerse un poeta del norte junto a Dante como exponente de la fe católica. (Aratra Pentelici, Lect. vii. sec. 214.)

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El hombre más sabio que hasta ahora haya hablado de las puertas y rejas de la prisión en que mora el espíritu del hombre. (Fors Clavigera, xxiv.)

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Bajo esta luz, deberíamos ver tres imágenes colosales, de pie, una junto a otra, recortadas sobre una gran basa espiritual por encima del horizonte terrenal: Fidias, Miguel Ángel y Dante; y después, separados de sus grandes tronos religiosos en calidad de su fe, menos plena y sincera, Homero y Shakespeare; y desde aquí podríamos seguir bajando, escalón por escalón, entre los grandes hombres de todas las épocas, seguros y certeros observadores de un brillo que disminuye en cada aparición ansiosa y denodada. (Modern Painters, vol. ii. I. ch. vii. sec. 5.)

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Admito dos órdenes de poetas, pero no tres. Por estos dos órdenes me refiero al Creativo (Shakespeare, Homero, Dante) y al Reflectivo o Perceptivo (Wordsworth, Keats, Tennyson). (Modern Painters, vol. iii. ch. xii. sec. 6, note.)

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Creo que el “Quel giorno più non leggemmo avante” de Francesca de Rimini y el “He has no children” de Macduff son de las mejores frases que un escritor pueda dar. (Modern Painters, vol. ii. II ch. iii. sec. 4, 5.)

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Otro muy importante —aunque no infalible— signo de maestría es, como frecuentemente he dicho, la aparente facilidad con que se hace la cosa. A veces, como sucede con Dante o con Leonardo, el acabado de la obra borra la evidencia de esta cualidad. (Modern Painters, vol. iii. ch. xvi. sec. 27.)

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El tipo de proceso químico con que los sueños ordenan y asocian sus materiales, este proceso he procurado, no digo explicar, puesto que en última instancia es inexplicable, pero ilustrar con un famoso ejemplo —considerado igualmente inexplicable— de la química. Esta ilustración me lleva a un terreno cada vez más firme. Qué tanto podría servir para todos los grandes inventores, no lo sé. Pero con los que he estudiado cuidadosamente (Dante, Scott, Turner y Tintoretto), funciona perfectamente: su imaginación no consiste en una producción voluntaria de nuevas imágenes sino en un recuerdo involuntario, en el momento justo, de algo que efectivamente vieron. (Modern painters, vol. iv. ch. ii. sec. 17.)

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Esforzándose por hablar con la expresión más verdadera, cotejando una palabra con otra, sin malgastar ninguna, el gran escritor trabaja duro hasta la claridad de la frase; después, a medida que su asunto se eleva, llega una enunciación todavía más concentrada y maravillosa y se vuelve ambiguo, como Dante es ambiguo, y con cada palabra suya se iluminan, en diversos destellos, varios sentidos diferentes que, aquí y allá, dan lugar a pobladas discusiones críticas en lo que refiere a su significado original y verdadero. (Modern Painters, vol. iv. ch. sec. 12.)

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Con toda seguridad, la primera característica universal de todo gran arte es la Ternura, así como la Verdad es la segunda. Cada día estoy más convencido de que una infinita ternura es la herencia y el don más importantes de todos los grandes hombres. Cierto, esta ternura implica un desdén relativamente intenso hacia las cosas abyectas y el asomo de la severidad y la arrogancia frente a la gente tosca, vulgar y estúpida (terrorífico para estas gentes si son capaces de terror, odioso para ellas si sólo son capaces de odio). Dante es el mejor ejemplo de este tipo de mente. Digo que la primera herencia es la Ternura; la segunda es la Verdad. Porque la Ternura está en el hacer de la criatura, mientras que la Verdad es una conquista a través de los hábitos y el conocimiento. Además, el amor es primero en dignidad y en tiempo, lo cual lo vuelve siempre puro y completo; la verdad, en el mejor de los casos, es imperfecta. (Two paths, i. sec. 36.)

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Por lo tanto, supongo que los poderes de la imaginación podrían ponerse siempre a prueba a través de la ternura emotiva que los acompaña; y de este modo, como dijo Byron, no hay ternura como la de Dante, ni intensidad o seriedad como la suya, una seriedad incapaz de percibir el lugar común o el ridículo, pero que lo funde todo en su fuego al rojo vivo. (Modern Painters, vol. ii. II. ch. iii. sec. 10.)

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En cuanto a los escritos teológicos de referencia, he elegido siete autores cuyas vidas y obras, en la medida en que las primeras puedan ser repuestas y las segundas corroboradas, deberán ser, mediante la ayuda de los mejores académicos de Oxford, preparadas una por una en perfectas ediciones para la St. George School. Estos siete libros deberán contener, en los volúmenes que fueran necesarios, las vidas y los escritos que han enseñado las más puras verdades teológicas hasta aquí conocidas a los judíos, griegos, latinos, italianos, ingleses; a saber, Moisés, David, Hesíodo, Virgilio, Dante, Chaucer y, el último, agregando al conjunto la visión del juicio, San Juan. (Fors Clavigera, lxi.)

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El siglo XIV es el siglo del pensamiento por excelencia. Empieza con las primeras palabras del poema de Dante, y todos los poemas pictóricos, toda esa poderosa serie de trabajos —donde nada es imitado y todo es puesto en relación— pertenece a este siglo. (Lectures on Architecture and Painting, iii. sec. 83).

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A través de la historia de estas cinco ciudades me gustaría que conocieran, en lo que concierne ciertos asuntos, las opiniones de cinco personas que vivieron en ellas: a saber, Platón, Virgilio, Dante, Carpaccio (cuyas opiniones recolectaré de sus pinturas, puesto que la pintura es el modo en que los venecianos escriben) y Shakespeare. (Fors Clavigera, xviii).

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Shakespeare y Chaucer, Dante y Virgilio, Horacio y Píndaro, Homero, Esquilo y Platón: hombres de varias épocas y países que parecen haber tenido la música del Cielo en los labios. (Time and Tide, xvii.)

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Entenderás mejor a Homero si lo ves reflejado en Dante, de la misma manera que eres capaz de percibir nuevas formas y matices de una ladera cuando la ves aumentada en un lago. (Queen of the Air, i. sec. 18.)

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Cualquiera sea la diferencia, inferioridad incluida, que pueda existir entre Shakespeare y Dante, en sus conceptos de las relaciones entre este mundo y el siguiente, podemos referirlas (como sucede con Bacon y Pascal) al carácter poco noble de las escenas que lo rodearon en su juventud y admitir que, incluso cuando haya sido necesario para el carácter de su obra que le tocara vivir, como sucedió, en esa llanura de Stratford, a un mismo nivel con sus semejantes, debemos ver en esto la prueba, y no la negación, del enorme poder del intelecto humano. A causa de la anchura y perfección de su visión condescendiente, la mente shakesperiana no tiene par; pero en lo que respecta a la visión ascendente, muestra sus límites. La anchura del agarre es innata; el agacharse para ver las cosas pequeñas le fue dado por las propias circunstancias. Y la diferencia entre esas descuidadas máscaras de dioses paganos, de esas inverosímiles aunque magníficamente concebidas visiones de hadas, brujas o espíritus, y la sincerísima fe de Dante en su visión del Paraíso, es la verdadera medida de la diferencia entre las gráciles orillas de Avon y los cerros púrpuras del Arno. (Modern Painters, vol. iv. ch. xx. sec. 38.)

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Por sobre todas las cosas, Shakespeare se diferencia de Dante por fijarse siempre en las últimas causas antes que en las primeras. Dante invariablemente apunta al momento en que un alma fija su destino a través de una decisión, al momento del día en que dejó de leer, el momento en que dio el consejo malvado sobre Penestrino. Pero Shakespeare se fija en la fuerza del Destino. A Shakespeare le urge el mal último, y se fija con infinita amargura en el poder de lo malicioso, en cómo un resultado depende de infinitas y aparentes cosas pequeñas. (Modern Painters, vol. iv. ch. XX. sec. 38, note.)

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Dante y Milton son los dos más grandes escritores que se hayan empeñado, en nuestro tiempo, en esclarecer y poner en relación estas profundas cuestiones cristianas. No hay nadie que se les pueda parar al lado, nadie que iguale la seriedad de sus ideas o la maestría de sus palabras. Y no estoy hablando, ténganlo presente, del oficio del pastor o del sacerdote, que nos lanzan credos o doctrinas, sino de hombres que tratan de descubrir y esclarecer, en la medida en que sea posible para el intelecto humano, los hechos del próximo mundo. La insinuación de cierta inspiración divina tal vez pueda mostrarnos cómo llegar hasta ahí; estos dos poetas, en cambio, han sostenido un esfuerzo decisivo, un intento definido a través de las palabras por descubrir y declarar cómo esos mundos han sido y serán habitados, lo que habremos de ver allí y en lo que allí habremos de convertirnos.

¿Y qué es lo que nos han contado? El relato que Milton hace del acontecimiento central de su sistema, la caída de los ángeles, es a todas luces inverosímil, incluso para él mismo. Y lo es más todavía en la medida en que está completamente fundado en el relato que Hesíodo hace de la guerra decisiva entre los dioses jóvenes y los Titanes, que en parte estropea y degrada. El resto de su poema es un drama pintoresco donde cada artificio es empleado visible y conscientemente, sin que nada de lo narrado sea concebido, ni por un instante, como algo creíble para una fe viva.

La concepción de Dante es mucho más intensa, es una de la cual, podríamos decir, es difícil escapar. Es, de hecho, una de las más salvajes visiones que jamás hayan fascinado un alma: un sueño donde se renuevan y se adornan las fantasías y los elementos grotescos de la tradición pagana, y donde el destino de la Iglesia Católica —y de sus símbolos más sagrados— literalmente se subordina al juicio, sin el cual son incomprensibles, de una dama florentina.

Tenemos que recordar que estos dos grandes maestros tenían un temperamento retorcido y se sentían frustrados en su búsqueda de la verdad. Eran hombres para la guerra del intelecto, incapaces, por la propia oscuridad de la controversia o por el dolor de su pesar, de discernir hasta dónde su ambición entraba en conflicto con sus declaraciones morales, o dónde su agonía se mezclaba con su ira, transgrediendo esa misma ley moral. A hombres más grandes que a estos, sinceros de corazón, el concurso les ha quedado grande. Esas visiones generosas y tolerantes de Homero o de Shakespeare también han visto en la naturaleza humana una patética debilidad que no han querido defender, una fuerza impotente y luctuosa que no han querido halagar. Y toda la civilización, pagana o cristiana, se convierte así en un producto suyo. No importa cuánto hayamos leído Homero o Shakespeare: han moldeado la esencia o la imagen de todo lo que nos rodea. (Sesame and Lilies, Lect. iii. sec. 110).

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Podría pensarse que el poder del gran poeta es, en buena medida, impasible (como cuando la gente superficial piensa que Dante es severo), que recibe todos los sentimientos en su totalidad, pero que tiene al mismo tiempo un centro de gravedad que es la reflexión y el conocimiento donde yace sereno y ve el sentimiento, diríamos, desde lejos.

Incluso en sus arrebatos, Dante tiene un completo control de sí mismo y puede buscar alrededor en calma, cuando lo necesita, la imagen o la palabra que describirá mejor su visión. Keats y Tennyson, y otros poetas de segunda clase, se ven arrebatados por los sentimientos que los invaden cuando escriben, o, por lo menos, eligen escribir de esa manera, y en consecuencia admiten ciertas expresiones y modos de pensamiento que, en cierta modo, son falsos o enfermizos. (Modern Painters, vol. iii. ch. xii. sec. 10.)

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El amor que Turner tuvo por la verdad fue tan serio y paciente como el de Dante. Turner fue lo que Dante hubiera sido sin el bello oville, sin Casella, sin Beatriz y sin Aquel que le dio y más tarde se llevó a todos esos. (Modern Painters, vol. v. IX. ch. xi. sec. 26.)

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Sandro Botticelli fue el único pintor de Italia que sintió y entendió bien a Dante. (Fors Clavigera, xxiii.)

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El retrato que Botticelli hizo de Dante está fechado en 1482. Con la muerte de Savonarola, Sandro debe haber quedado desconsolado y se debe haber sumergido en Dante por completo. Todos los caminos del arte y de la literatura llevan a Dante. (Ariadne Fiorentina, app. ii. 254 note.)

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Es cierto que esa melodía concisa, ese arrullo de Dante se pierden constantemente en la traducción. Pero si leyera sólo en inglés y tuviera que elegir, en una biblioteca breve por falta de dinero, entre nuestro Milton original y la traducción que Cary hizo de Dante, no dudaría ni un momento y elegiría el segundo. (Stones of Venice, vol. ii. ch. vii. sec. xli. note.)

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Toda gran composición artística, toda gran pintura o libro —sin excepción, desde el inicio de la humanidad hasta nuestros días—, es una aserción de la ley moral, que resulta, al observarla, tan estricta como Las euménides o la Divina Comedia. El colapso total del poder del diseño artístico italiano en esta época está señalado y dictado en la producción de un poema épico que alaba al Diablo y declara que Dios es una “larva” maligna. (Fors Clavigera, lxxxiii.)

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Ahora bien, la primera necesidad para hacer algo importante en el terreno del arte es mirar toda asquerosidad con horror, como a un enemigo despreciable pero atroz. Podrán entender fácilmente lo que digo si comparan los sentimientos con que Dante contempla cualquier forma de obscenidad o de baja estofa con los que Shakespeare destina a esas mismas cosas. (Lectures on Art, i. sec. 15.)

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¿Alguna vez observaron el detalle del sexto canto del Infierno, cuando Dante y Virgilio se encuentran con Cerbero? “Il duca mio… / prese la terra; e con piene le pugna / la gittò dentro alle bramose canne”. Observen que canne está en plural. Es una de las innumerables sutilezas que señalan el conocimiento perfecto, inconcebible a menos que fuera una forma de inspiración, que Dante tenía del significado profundo de cada mito, fuera clásico o de la teología cristiana, del que se tuviera noticia en sus días. (St. Mark’s Rest, ch. ii.)

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Hice a un lado el libro que tenía y agarré la traducción que Cary hizo de Dante, que tengo siempre en mi asiento o en mi bolsillo, y que no está destinada exactamente a la lectura, sino a servirme como reserva de quinina mental o antídoto contra las cosas pestilentes o pensamientos en general—; unas pocas líneas me alcanzaron para recuperarme de una de esas fiebres convulsivas que uno se agarra en el miasma de la estupidez o la inmoralidad circundantes. (Deucalion, ch. x. sec. 8.)

De: Comments of John Ruskin on the Divina Commedia, compiled by George. P. Huntington. Cambridge, The Riverside Press, 1903.
Traducción de Nicolás Caresano.