Traducción, desplazamiento, desvío / Christophe Claro

It is about water: así empieza Mile Zero, una novela de Thomas Sanchez que, allá por 1988, un editor me pidió que la tradujera. Una aclaración: nunca había traducido nada (o lo había hecho y olvidado). El editor me confió la novela para que redactara una ficha de lectura; dado que no tenía idea de cómo hacerla, y pensando que un comité de lectura no habría podido tomar una decisión digna de su título sin juzgar el texto que se sometía para su aprobación o rechazo, me lucí con un largo y sorprendente análisis de la obra —que me habría valido una nota decente en la universidad— y traduje además una docena de páginas del libro, cuyo título, Kilómetro cero, se esforzaba por señalarme, por informarme que, en aquel punto, empezaba para mí un largo camino.

Cuando leyó mi intento de traducción, el editor, Denis Roche, que dirigía la colección Fiction & Cie de la editorial Seuil y consideraba la poesía intolerable, me propuso traducir la novela entera. Me negué. Yo no era traductor. Pensalo durante el verano, me dijo, al tiempo que dejaba caer sobre su suéter la ceniza de su cigarrillo. Me tomé el verano. Lo bien que hice. Estaba cansado del oficio que me ocupaba. Era corrector, un corrector distraído, caprichoso, parcial: poco fiable. Me sorprendí al comprobar que traducir no era sino… ¡escribir en francés! Traducir era pulsar el teclado de la computadora con la esperanza de llegar a glenngouldisarme algún día. En pocas palabras, traducir era lo que ya venía haciendo —y no tan mal, mis fracasos no eran tan resonantes—, pero esta vez me pagarían por escribir en mi propia lengua. A fines de los 80, firmé entonces mi primer contrato. Kilómetro cero. Un nuevo inicio. 

Pero (si no hubiera pero, no habría historia) me trabé de entrada. It is about water: así empezaba, como dije, la espesa novela de Sanchez que transcurre en la isla de Key West, frente a Cuba, donde no iría sino después de completar mi tarea. Y en estas cuatro palabras, aparentemente, no había nada complejo. Pero… Tenía mi primera computadora, una PC lentísima que consumía una factura desorbitante de electricidad, y un diccionario tan grande como la PC que no me sirvió para nada. It is about. Acababa de descubrir el secreto mejor escondido del arte de la traducción: a veces, lo más simple es lo más difícil. It is about. No pasaba nada. No se me ocurría nada. It is about. La frase se negaba a despegar, permanecía anclada al inglés, como si tuviera cinta adhesiva. It is about. Todos mis esfuerzos tambaleaban: es cuestión de, se trata de, hablemos de. El diccionario parecía tener una vaga idea de qué se trataba, de qué hablaba, pero no al punto de ayudarme a poner en práctica su saber inestimable, a proceder con el pertinente desplazamiento de sentido. Empezaba a lamentar mi Larousse. It is about. Había empezado bien; estaba terminando mal. En este agua de la que se decía que it is about, me ahogaba como una piedra.

Pasaban los días. Estaba estancado. Quería rendirme. La sensación de fracaso, como un escarbadientes clavado en la uña, es una de las más punzantes. En pocas palabras, no me salía nada. Mi cabeza me decía que no iba a llegar a ningún lado. Es una de las astucias del fracaso: hacernos creer que no vamos a llegar a nada, que, antes de empezar el viaje, ya estamos en el País de la Nada, donde vamos a pasar el resto de nuestros días. It is about. ¿Qué le había hecho yo al inglés para que se me burlara? It is about translation, me susurraba esa lengua tambaleante, mientras mis ojos se parecían cada vez más a los de una merluza frita (lo cual nos aleja, cierto, de la ballena de Melville, pero nos acerca a la pulsión superviviente de Robinson).

Finalmente, despechado y cada vez más inquieto con este estancamiento que debía darme de comer, “reemplacé” (esta es la tarea del traductor, ese gran reemplazador de operetas) el molesto It is about water por un lapidario: “El agua”. Sí. El-agua-y-punto. El agua. No se diga más. La copa llena y el vaso vacío. ¡El agua y ya! Sin vueltas. El agua: si fue gracias a ella como todo comenzó, entonces mandémosla al frente, al centro de la escena. Que haga el trabajo que no puede hacer ese it is about que mi francés escupía, puaj, no era potable. 

Fue así como Mile Zero, que en la versión original empieza con estas palabras:

It is about water. It was about water in the beginning. It will be in the end. The ocean mothered us all. Water and darkness awaiting light. Night gives birth, una vez convertida en Kilómetro cero —una vez traducida, reemplazada, destrozada, borrada, olvidada, rota, martirizada y liberada—, vuelve a empezar de esta manera:

El agua. Al principio era el agua, al final también será. El océano es nuestra madre. El agua y las tinieblas preceden la luz. De la noche nace todo.

Que no se me malinterprete. No pretendo que mi traducción sea la única solución, la más elegante, la más resolutiva. Para nada. Todavía me abstengo —con gran esfuerzo— de hacerla de vuelta, empezar desde cero, hacer otra cosa. Mi punto es que ese fracaso a fines de los 80, ese fracaso relativo a la frase inaugural, a ese maldito —¿hito?— incipit a cargo del no-traductor que yo era en aquel momento, ese fracaso, consistente en no encontrar una equivalencia, mutó en frustración, y de la frustración surgió una solución. (Una solución por omisión. ¿Pero no es justamente de lo que se trata, de lo que it is about?) Traducir: escribir por omisión, escribir sacándose de encima. En breve: escribir deshaciéndose de una carta inútil que sería peligroso conservar.

La traducción es la gran escuela de los fracasos. Si seguimos a Proust en eso de que los celos son la verdad del amor, es posible que la traducción sea la verdad de la literatura. ¿Qué otra cosa pensar de ese amor desmesurado que empuja al amante a suprimir cada palabra del texto que adora? Como si, de cara al objeto de su amor, el traductor, en vez de tenderle la mano, le diera con la puerta en las narices. Y el texto amado, al recibir caricias distantes, se cierra sobre sí mismo. Pero dejemos a un lado las analogías y hablemos de técnica.

Si la traducción es una escuela de fracasos, es porque su práctica convoca la cuestión de lo intraducible. Reemplazar una palabra por otra es un timo: en lugar de lo mismo, proponemos lo otro, esperando que la diferencia tenga el valor de lo equivalente. De esta manera, machacamos la palabra y sus connotaciones, como si se tratara de un archivo comprimido. Cuando traduzco bread por pan, por ejemplo, hago como si el rectangular pan de miga inglés tuviera el poder de engordar, abultarse y agrietarse para parecerse a la alegre baguette parisina. De paso (o contrapaso), podría traducir “London” por “París”, “Waterloo” por “Austerlitz”, “Shakespeare” por “Molière”. Pero preferiría no hacerlo. Hay límites para el decoro, y para que la traducción los tenga, debe ser apropiada, encajar como es debido. Bien. Disfrazándola de baguette crocante, ya “logré” disimular mi fracaso con la palabra bread. No hace falta tomar riesgos absurdos. El pan. Al principio era el pan, al final también será.

Existe un abismo infranqueable entre las lenguas. La traducción no pretende llenarlo. Lo que propone es otra cosa. La traducción sustituye. Con ese gesto, señala el engaño (y por lo tanto la magia, por no decir la estafa). Hace de su fracaso una operación por omisión; descartando, se vuelve una falsificadora. Hace creer que. Imagina que. Pretende que. Lo hace pasar. Y lo hace muy bien: nadie se da cuenta de nada. Como no puedo traducir el it is about, suprimo por impotencia. Nada muy loable. Pero el hecho es que el fracaso tiene dos caras, dos rostros que hacen al valor de la traducción, que levanta incesantemente el vuelo hacia el cielo de las decisiones (ahí lo tenemos, de vuelta, el cielo metafórico) para volver a aterrizar poco después. El fracaso le dice al traductor: es imposible, no vas a llegar, no es lo mismo Roma que Santiago, una rodaja de pan jamás será, ni siquiera en el contexto más ofuscante, una coqueta tartine francesa. Pero el fracaso también dice: estás obligado a lo imposible, no dudes, cambia la sangre en vino, verás, a todos les conviene (sobre todo si se trata de ése cambio). No pretendo tomarle el pelo a nadie, pero la palabra transubstanciación debería ayudarnos a imaginar la dimensión sacramental de esta jugarreta.
Transformación de la materia, pero también supresión, desplazamiento, cambio, desvío. Distorsión de las formas, reacomodamiento de los espacios. Y reanudación de motivos. Jaque mate, escalera real. Agarrarlo a Edgar Allan Poe hasta que dé el brazo a torcer, como cuando Baudelaire traduce, al comienzo de La caída de la Casa Usher, la palabra “dull” por “fuliginoso”, como si encontrase este “dull”, que puede significar “sin brillo”, demasiado apagado, excesivamente soso, mientras que “fuliginoso”, es decir, “oscurecido por el hollín”, es una palabra que, para el autor de Las Flores del Mal, matiza mejor: esparce graciosamente cenizas por el aire. Y a decir verdad, “dull” es tan monosilábica que la boca la balbucea a duras penas. “Fuliginoso”, en cambio, serpentea. Sí, es un poco carnosa, un poco presumida, pero serpentea. No es dull en absoluto. ¿A Baudelaire se le fue la mano? ¿O vio en este “dull” algo que no funcionaba? Después de todo, tal vez haga falta “tiznar” la palabra que no da la talla, ocultarla bajo las cenizas, como éstas se imponen sobre la frente a causa de un duelo. Después de todo, es de un duelo de lo que it is about: el duelo del original. Aunque todavía resta ver si hace falta considerar la muerte como un fracaso.

De: L’échec. Comment échouer mieux. Editions Autrement, París, 2024.
Traducción: Nicolás Caresano
Ph / Hiroshi Sugimoto