
Hace unos meses le escribí a Pablo Aranda por su texto sobre Savino; un guiño entre secuaces.
Hoy me pasa su Zelarayán, otro guiño.
Y es así, los secuaces nos olemos y vamos tejiendo; así.
Le digo que entré como un caballo a su Zelarayán y le agrego: como yegua sudada.
Sigo tejiendo, entonces – sumo a Lamborghini (Osvaldo) al encuentro.
Pero el que teje posta es Aranda: al zorro y a su abuelo hasta fundirlos en el vaivén que dicta el consorcio de la urgencia y la paciencia.
Su libro es lo que tiene que ser.
Inclasificable.
Solo se puede oír lo que un ritmo ajeno hace en uno porque es propio.
Mismo galope: que cuando es – se huele al toque – ese escribirporquesetienequeescribir o mejor: porque no se puede no hacerlo.
Es así, nos olemos el galope (que también son pasos y trotes, claro, y todos los distintos modos que hay en el medio).
Capricho de decir que viajar por literatura a esos terrenos nombrados en los textos con los que galopamos al unísono es el único viaje admisible / La Posición: ocupación del terreno que nos pertenece desde siempre, por vibración.
Y capricho de agregar que los únicos textos admisibles son los que así como no se pueden no escribir, tampoco se puede decir qué son.
Y que están tejidos: el poema que tajea el texto, la experiencia (vivida y leída) que se enreda en la memoria y escribe.
La escritura que hace, en fin.
(Y por fin).
Ignacio Martín
Montevideo, 2026
Sobre Zelarayan mi abuelo (Ediciones la yunta, 2025) de Pablo Aranda».
Ph / Nikki Burnato 2026, Ano do Cavalo II
Debe estar conectado para enviar un comentario.