Jorge Luis Borges: Diálogos (III) / Néstor J. Montenegro

¿Cómo explicaría la inclinación  -que parece innata-  de los hombres hacia el poder?

 

No puedo explicar una inclinación que no siento y que he observado en pocas personas.  El hombre, por lo general, es muy haragán, y prefiere que otros asuman la responsabilidad de sus actos.  Profesar una religión o afiliarse a un partido o una doctrina es un buen pretexto para no pensar.

 

¿Podría pensarse en el poder como justificación del orden social y de la armonía entre diferentes sectores de la sociedad?

 

Si tal es su propósito, es evidente que ha fracasado, por lo menos aquí.

 

En el mundo hubo una doctrina denominada nacional-socialismo, aún existen movimientos similares diseminados.  ¿Quienes fueron los que inspiraron los fundamentos de esa ideología?

 

La historia se hace con los sueños que soñaron los muertos.  Carlyle y Fichte inspiraron a Hitler.

 

¿Cuál sería en su opinión la función del periodismo?

 

Debería ser ético.  Debería no ser demagógico.  Debería no dejarse arrastrar por muchos o por uno.

 

Oriana Fallaci en su visita a la Argentina hizo algunas acusaciones al periodismo, una de ellas fue la complicidad con distintos regímenes militares; este hecho provocó irritaciones y réplicas…

 

La señora Fallaci es una mujer valiente y juiciosa.  Dijo lo que todos pensamos y no nos hemos atrevido a decir.  Me honró con su visita: una visita íntima y tranquila, sin un fotógrafo.

 

Paul Valéry reclamaba una historia de la literatura concebida “como la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura.  Esta historia podría llevarse a término sin mencionar a un solo autor”.  ¿Comparte hoy este concepto?

 

Sí.  Yo lo aplicaría a toda la literatura y no sólo a la historia.  Pienso en los hebreos, que atribuyeron sus mejores libros, el Pentateuco y el Eclesiastés, el Libro de Job y los Salmos, a un solo autor eterno El Espíritu, y los encuadernaron en un solo volumen, que lleva un título plural; la Biblia, los Libros.

A la larga todo lo escrito será anónimo como sucede con la Ilíada.  Hacia mil novecientos veintitantos, Eduardo González Lanuza, Francisco Piñero y yo proyectamos una revista que no llevara firmas, pero ninguno de los escritores que consultamos quiso renunciar a su nombre, sin duda eufónico y precioso.

 

De toda esa Historia que conforma la literatura, hay algunos autores que usted suele mencionar frecuentemente, cuyas obras han prevalecido y aún hoy tienen vigencia universal, por ejemplo Bernard Shaw.

 

Yo lo equipararía a Voltaire.  No sólo un hombre muy ingenioso sino un hombre muy sabio.  Muy sabio y con el don de sentir lo heroico y lo ético.

 

¿Y Edgard Allan Poe?

 

Un desdichado hombre de genio.  El conjunto de su obra es muy superior a cualquier parte de esa obra.  Sin embargo, ahí está el relato de Arthur Gordon Pym, que prefigura a Moby Dick.

 

¿Y Michel de Montaigne?

 

Mi mejor amigo.  Nuestro mejor amigo.

 

¿Por qué considera a la lengua inglesa con más posibilidades para la creación literaria?

 

La realidad justifica mi parecer.  El inglés es un idioma germánico y un idioma latino.  Para cada concepto hay dos palabras con un leve pero precioso matiz diferencial.  Holy Ghost es un intrincado y oscuro nombre sajón; Holy Spirit, un alto y luminoso nombre latino.  A diferencia del francés y del castellano, el inglés, como el griego puede forjar palabras compuestas.  Así, este intraducible verso de Yeats:

That dolphin torn, that gong tormented sea.

El inglés juega libremente con verbos y con preposiciones.  Recuerdo ahora estas líneas de Kipling:

They have ridden the low moon out of de sky,

           their hoofs drum up the dawn…

Pablo Neruda, la única vez que hablé con él me dijo que pensaba que el castellano es incapaz de literatura.  Creo que exageraba.

 

Publicado por Nemont Ediciones / Buenos Aires, 1983