El tiempo es tardanza / Javier Fernández Paupy

En la memoria guardás las estaciones

en las que fuiste vos por primera vez

como en una tela de araña microscópica.

La soledad era una vaca ciega en medio del campo.

Quizás porque los calendarios nunca sospechan los días

despertaste soñando que soñabas

que encontrabas un grano de merca en el mar.

El circo vendió leones, perros, gallinas,

caballos y una yunta de bueyes capados

a un rancho pobre en Oberá.

 

¿Tenías miedo de dejar de ser el que eras?

La temeraria iglesia siempre inmóvil y alrededor

miles de teléfonos autistas sonaban para nadie.

Unas gotas caían sobre una superficie

plana y parecía una canilla mal cerrada

que confundiste con la voz de tu padre

muerto desde hace una década infame

murmurando algo débilmente al ritmo

de unos golpes imprecisos como gotas

de lluvia que estallaran sucesivamente

contra el suelo de baldosas grises.

 

Si desconfiabas de la sinceridad tuerta

de los demás y de sus buenas intenciones,

de la idea de uno mismo como producto

social o incluso si la usura de los días

te resultaba grosera y evitabas a los que

alguna vez habían sabido cómo alegrarte

(lo que no es poco, porque ya querría

el titiritero aquel tener la gracia de su muñeco)

fue porque no querías estar en la escucha

de nadie. Porque además, pensabas,

no hay pared por silenciosa que sea

que pueda vivir la vida por nosotros.

Las paredes tienen la ventaja de no hablar.

Y si vos desconfiabas de las emociones fuertes,

de los nervios en el estómago, del desprecio

de los años y de las llamadas inesperadas

que no soñaban los teléfonos.

Y no porque necesitaras conversación

memoria o tiempo ajeno encapsulado.

 

A la noche cantó un grillo o unos chicos

lloraron cuando encendiste la llave del gas

para preparar café y espantar a un mosquito.

Las noticias del día anterior todavía flotaban

estúpidas en tus retinas entre miles de silencios

acusados de hipnosis y absortas de inanidad.

Los líderes políticos a la vinagreta

a esa hora maceraban sus venganzas

en las portadas de las revistas.

Picaba una guerra de nervios, sin embargo,

incluso, competitividad y confabulación

seguían siendo resabios de la vida moderna.

 

El tiempo es, decías, y había que aceptarlo.

Como cambiar de trabajo, las sábanas, de tema

o la radio, como los días y los planes de una vida

que no se puede cambiar de lugar en la memoria.

 

Sonreíste durante la cena y el universo conspiró a tu favor

entre noticias, ondas radiales y estados de ánimo

torrenciales. Llovía parejo y el aire acondicionado

transformaba la temperatura en frío artificial

con el repiqueteo de las gotas sobre el patio

tapado de hojas como un ritmo de fondo

y el perro que dormía entre paredes

cubiertas de imágenes mientras la lluvia

paralizaba el reflejo del día nublado

y sonaba tu respiración fuerte

y la de un zorro cazador de plumas

que ya casi no podía vivir.

 

Javier Fernández Paupy

ph/ Autorretrato, Pablo Suárez