La muerte es el precio de la libertad / Cornelius Castoriadis

El párrafo que sigue pertenece al capítulo VIII de Sujeto y verdad en el mundo histórico-social, de Cornelius Castoriadis, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 2004, traducido por mí, Sandra Garzonio. Se trata de la transcripción de uno de los seminarios que Castoriadis dictó entre 1986 y 1987 en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, donde enseñó entre 1980 y 1995. Estos seminarios debían servir como base material de su última obra, La creación humana, que no pudo llevar a término.

En Sujeto y verdad en el mundo histórico-social aborda dos cuestiones para él indisociables: qué es el sujeto hoy, y en qué medida es posible la creación histórico-social de la verdad.

Uno de los temas de este capítulo, que atraviesa toda su obra, es el de la autonomía del ser humano y de la sociedad, dos caras de la misma moneda. Para Castoriadis, una sociedad autónoma sólo puede ser realizada por humanos capaces de afrontar su mortalidad, su propia muerte.

S.G.

 

[…] Y luego, el reconocimiento de que, ya sea directa o indirectamente, la muerte es siempre el precio a pagar por la libertad. Pues vivir libremente implica que se sabe de antemano que en el momento de la muerte no hay nada que esperar y que, en cierta manera, todo lo que hemos hecho no tiene ningún sentido, salvo éste, precisamente: el de habernos permitido vivir libres. La muerte es el precio de la libertad en el sentido de la aceptación de este hecho, de que aquí verdaderamente se ha terminado, punto, y no punto y “aparte”. El “aparte” es para los otros. También un tercer elemento, que puede parecer ilusorio, que lo es en un sentido pero no totalmente (los términos disponibles no son buenos): la solidaridad y la deuda con respecto a lo que ha sido. Un individuo libre es profundamente consciente de lo que le debe a los otros, no solamente en un sentido concreto –padre, madre, maestros, amigos-, sino en un sentido mucho más pesado y mucho más profundo: somos seres parlantes porque otros, porque la humanidad entera ha creado el lenguaje, podemos pensar que otros, infinitamente numerosos, pensaron antes que nosotros “-somos enanos encaramados en los hombros de gigantes” [16]. Ser autónomo es ser profundamente consciente de que existe una parte de nosotros mismos, que nos agota casi, y de la que ni siquiera somos conscientes de que no nos “pertenece”, -cuanto mucho, en general, no lo somos más que de una manera puramente teórica: sé que en un 99, 9% me debo a quienes me precedieron, sin poder llegar jamás, no obstante, al punto de partida. Esta conciencia, pues, es conciencia de lo que ha sido hecho, que yo traté de continuar –era esto lo que había que hacer y esta tarea termina para mí con mi muerte, como terminó para aquellos que me precedieron. Deuda y solidaridad como inserción en esta comunidad, tan real y tan fantasmal, que se perpetúa a través de las generaciones a partir de un momento desconocido y hasta otro punto igualmente desconocido, son de la misma índole que la relación que puede tenerse con una obra, con un autor, el famoso “comercio con los grandes espíritus del pasado” (Maquiavelo), este extraño coito in absentia: leemos a un autor, pensamos que lo comprendemos muy profundamente, como nadie antes que uno, y al mismo tiempo no está, todo lo que hay ahí es un texto “frío”. Esto todavía es más cierto con una obra de arte, una pieza musical, cuyo autor ya no está. <Piensen en el final> de El tiempo recobrado, <en esta> extraña relación que establecemos con este autor que está muy enfermo, que va a morir, y lo sabe, pero esto no le impide agregar hojas a las pruebas de su novela, “16 tipógrafos no lograban seguir el tren del moribundo” -¿y quién escribía para quién? Para él, para los demás -¿finalmente para nadie? Hay este ausente presente, mucho más presente que cualquier individuo “realmente” presente –y establecemos con él esta relación enigmática, que está entre las cosas más importantes que tengamos. Esta historicidad especial, sin analogía en la vida habitual, y no obstante constitutiva de nuestra humanidad, está fundada en algo que no puede llamarse una ilusión –no puedo hablar de ilusión cuando leo a Shakespeare o cuando escucho a Bach. Esto se dirige a algo que está más allá del texto, esto apunta a alguien más allá del texto –y este alguien no está y no estará jamás ahí-. Extraño modo de presencia/ausencia, que interviene también en una manera posible de vivir la muerte, dirigiéndose en este modo de presencia/ausencia a los humanos que fueron y a aquellos que van a ser, y, acaso, colocándose uno mismo de antemano en la posición del polo ausente y para siempre incognoscible de esta relación. […]

16 [Origen de la frase, no Newton, sino Edad Media, véase Gourevitch*]

ph / Otto Steinert