Napoleón (Fragmento) / Jean Savant

 

En general, me resulta agradable escuchar, a propósito de Napoleón, las opiniones más opuestas

Goethe (Conversaciones con Eckermann)

 

 

De la cuna a Brienne

 

El 15 de agosto de 1769, en Ajaccio, ciudad francesa desde hace un año, Leticia, la joven y bella esposa del ilustrísimo señor Carlos Bounaparte, da a luz por cuarta vez. El recién nacido recibe un nombre griego, al parecer tradicional en la familia (también de origen griego): Napoleón. Que significa “el león del valle”.

[…]

¿Qué habría sido de Napoleón si, el año anterior a su nacimiento, Francia no hubiera comprado Córcega a los genoveses? Todas las suposiciones, aunque vanas, son lícitas. Pero la isla es ya francesa. Y Carlos Buonaparte, el padre, no  se demora en sacar provecho  de la situación. Asedia al gobernador  y solicita y obtiene cuanto pide para él  y su prole (doce niños, cuatro de los cuales mueren a temprana edad). Los pequeños, cada cual a su turno, ingresan en las escuelas del rey Luis XVI, donde son educados gratuitamente.

Napoleón no se resigna. Si en el hogar paterno se han aliado a Francia, fuera de él se manifiesta una violenta resistencia , y al compartir los juegos de sus camaradas, el hijo de Carlos comparte, también, el sentimiento profundamente antifrancés de sus compatriotas.

Además no habla francés, y apenas sabe leer y escribir en corso cuando lo embarcan para Francia, a fines de 1778. Tiene nueve años. 

 

En la escuela de Brienne

 

Napoleón no entra inmediatamente en la Escuela Real y Militar de Brienne, donde Luis XVI le ha otorgado un sitio gratuito. Antes, permanece tres o cuatro meses de Autun, es admitido José, su hermano mayor, y allí comienza a aprender a leer y escribir en francés. En mayo de 1779 llega por fin a Brienne. Duración de su estada: cinco años.

A esta época se refiere el primer testimonio que la historia posee sobre Napoleón. Procede de Luis de Bourrienne, uno de sus compañeros de estudios y juegos, a quien en adelante veremos figurar muchas veces aún junto a Napoleón. 

 

Ni Bonaparte ni yo teníamos aún nueve años cuando comenzó nuestra amistad. Pronto se hizo muy íntima. Había entre nosotros una de esas simpatías del corazón que se establecen con rapidez. He disfrutado constantemente de esa amistad y de esa intimidad de infancia hasta 1784, época en que él dejó la Escuela Militar de Brienne para pasar a la de París.

Yo era uno de los alumnos que mejor sabían adaptarse a su carácter sombrío y severo. Su recogimiento, sus reflexiones sobre la conquista de su país, las impresiones que había recibido en su primera edad acerca de los males que habían sufrido Córcega y su familia, lo hacían buscar la soledad y lo tornaban, aunque sólo en apariencia, bastante desagradable.

Por razones de edad, nos colocaron juntos en las clases de literatura y de matemáticas. Desde su entrada al colegio manifestó evidentes deseos de adquirir conocimientos. Como no hablaba más que corso, y por esta razón inspiraba ya el más  vivo interés, el señor Dupuis (entonces subdirector), joven tan amable como excelente gramático, se encargó de darle particularmente lecciones de francés. El alumno respondió a sus cuidados en tal manera que luego de cortísimo tiempo le enseñaron las primeras lecciones de latín. El joven Napoleón estudió ese idioma con tanto disgusto que aún en el cuarto curso, cuando ya había cumplido quince años, era todavía muy flojo en dicha materia.

Yo no tardé en dejar esa clase, pero seguí siempre a su lado en la de matemáticas, en la que él me parecía, incontestablemente, el más fuerte de toda la escuela. A menudo le cambiaba las soluciones de los problemas que nos daban a resolver (y que él encontraba inmediatamente, con facilidad que siempre me sorprendía) por ejercicios gramaticales y de traducción de los que ni siquiera quería oír hablar.

En Brienne, Bonaparte se destacaba por el color de su tez, que después cambió mucho con el clima de Francia, por su mirada penetrante e investigadora, por el tono de su conversación con maestros y camaradas. Siempre había aspereza en sus frases. Era muy poco cariñoso.

Los alumnos eran invitados por turno a la mesa del padre Berton, director de la escuela. Habiendo llegado el turno de Bonaparte, algunos profesores que lo sabían admirador de Paoli, fingieron hablar mal de éste.

– Paoli-  replicó Bonaparte-  era un gran hombre.  Amaba a su país. Y nunca le perdonaré a mi padre, que fue su ayudante, el haber contribuido a la unión de Córcega con Francia. Debió seguir su misma suerte y sucumbir con él.

En general, Bonaparte era poco querido por sus camaradas, quienes, en realidad, tampoco eran de su agrado. Los frecuentaba escasamente y era raro que participara en sus juegos. La sumisión de su patria a Francia suscitaba siempre en su joven alma un penoso sentimiento , que lo alejaba de los bullangueros ejercicios de sus camaradas.

Yo estaba casi siempre con él. En cuanto llegaba el momento del recreo, él corría a la biblioteca, donde leía con avidez libros de historia, sobre todo Polibio y Plutarco. También Arriano le gustaba mucho, pero no hacía mayor caso de Quinto Curcio.

El carácter del joven corso estaba todavía agriado por las burlas de los alumnos, que a menudo se mofaban de él, de su nombre, y de su tierra. Muchas veces me dijo con rabia:

-Ya les haré a tus franceses todo el mal que pueda.

Y cuando trataba de calmarlo:

-Pero tú- decía- nunca te burlas de mí. Tú me quieres. [1]

 

 

Jean Savat:  Napoleón según los testigos de su época /  Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1960

Traducción: María Elena Walsh

ph / Henry Wolf, grabado en madera, El emperador de los franceses como cadete en Brienne-le-Chateau Escuela Militar.

[1] Memorias de M. de Bourrienne, ministro de estado de Napoleón durante el Directorio, el Consulado, el Imperio y la Restauración, edición corregida y anotada / Garnier, París.