Pinie Wald: Koshmar / Perla Sneh

Leer, seguir leyendo, no dejar de leer – Sobre Koshmar, de Pinie Wald

 

Leer es un modo de ejercer la memoria, aunque la memoria no necesariamente “se ejerce”; a veces, simplemente, nos toma del cuello y no nos suelta. Koshmar también es un nombre para eso. Si bien ha habido lecturas -no muchas- de este texto, éstas suelen ser de corte sociológico, histórico, a veces comunitario (a menudo, en vociferante clave de reproche). Rara vez la lectura es literaria, salvo por una controversia que persiste: a cien años de los terribles sucesos que Wald se empecinó en rescatar del olvido, todavía se discute si Koshmar es novela o crónica o ambas. Hay quien lo considera precursor de Rodolfo Walsh. Hay quien ve en el texto un preludio de la “non fiction”. Hay quienes abordan el texto sin detenerse, siquiera, en el hecho de que fue escrito en ídish.

 

Entonces, subrayemos: Pinie Wald es, ante todo un escritor judío y escribe en ídish. Desconectar el escrito de Wald de la cultura en la que arraiga -y en la que él fue tan activo, no sólo como cronista y periodista, sino como docente y pedagogo- es despojarlo de sustancia viva, momificarlo. Más citada que leída, Koshmar merece una consideración que la redima de los realismos ideológicos de uno u otro tenor, que secuestran -y empobrecen- tantos de sus abordajes.

 

Leer Koshmar desgajado de su contexto lingüístico cultural es, quizás, un modo de repudiar una experiencia que bien podríamos llamar vanguardista: la de un autor comprometido con una lectura que es, en sí, un modo de militancia, una verdadera vanguardia de lectura. No siempre erudito, esclarecido ni ilustrado, el lector al que Wald se dirige es, sí, un lector ávido, que intuye los poderes de la letra y busca en ella las cifras de su existencia.

 

En el mismo año de los sucesos, 1919, Salomón Resnick, sutil hombre de letras que habrá de fundar la revista Davar -una especie de ídishe Sur con ánimo borgeano- vierte al castellano, junto con León Dujovne, “Los cabalistas” de Y. L. Peretz, con prólogo de Gerchunoff. Por esos años, Simón Dubnow gestaba su visión historiográfica del pueblo judío, que será recogida por sus discípulos del movimiento llamado “Di historiker” (los historiadores). Estos eran intelectuales judíos que abrazaron el estudio y el registro de la historia como fundamento de una condición judía que -sin rendirse a la ortodoxia, pero tampoco avenirse a la asimilación- halla en la conciencia histórica un baluarte; por eso deciden tomar la propia historia en sus propias manos. Pero no se apuren a llamarlos “modernos”, a menos que, como dice Amos Oz, incluyan en esa “modernidad” diez siglos de debates acerca de la naturaleza de la conciencia judía como nación. Wald, como ellos, entiende la escritura histórica como arma poderosa y políticamente relevante; y no vacila en ponerla en juego.

 

En esta herencia se inscribe este texto, que permaneció ajeno a la lengua argentina hasta que, en 1987 el escritor Simja Sneh la traduce al castellano —con el título de Pesadilla— como parte de una selección que integra el volumen Crónicas judeoargentinas – Los pioneros en ídish. 1890-1944 [1]. En 1998, el escritor Pedro Orgambide lo reedita bajo el título Pesadilla. Una novela de la Semana Trágica.

 

Wald, como Balzac, se ocupa de asuntos tenebrosos, cosas de las que no queremos saber nada: la pobreza de los inmigrantes, la desconfianza de los nativos, los ecos que llegan de Europa y su efervescencia política, las matanzas, el odio a los judíos, la desesperación de una comunidad incipiente que no sabe para dónde correr. Quizás por eso son pocos los que pueden leer a Wald sin hacer una tesis; leerlo, es decir, dejarse alcanzar por la angustia que transmite:

En mi cabeza resonaban estas frases: “el dictador” … “el presidente” … “la bomba” … yo había bebido sangre… como señal del juramento que había prestado para hacerme cargo del liderazgo del levantamiento… de pronto sentí punzadas, como de agujas, en la parte hinchada de mi rostro: Mi boca ensangrentada había explotado: ¡Estallé en risas! (p.)

Estas palabras hablan de días de salvajismo y atropello que arrancaron en la Sociedad Hierros y Aceros Limitada de Vasena e Hijos, cuyos obreros reclamaban lo mínimo: reducir la jornada de once a ocho horas y un descanso dominical. Pero también hablan de una historia que Wald no desconoce: Buenos Aires no es Lodsz, pero la oscuridad es la misma; los jinetes no son cosacos, pero lo que ocurre ante sus ojos es un pogrom. Beber sangre cristiana: en Europa era el modo en que un judío festeja la Pascua; acá es el modo en que un judío deviene Presidente de un Soviet argentino. Uno que otro detalle puede variar, el núcleo permanece.

 

Para la historiografía anarquista, la Semana trágica es, junto con el ajusticiamiento de Ramón L. Falcón, un jalón imprescindible de su historia, pero las referencias al pogrom son mínimas, apenas un epifenómeno de la represión. Para la derecha nacionalista, la Semana trágica es la prueba más cabal del complot judeo-bolchevique. Todavía en 1986, Rivanera Carlés afirmaba que había sido fruto de una conspiración del “judaísmo internacional”. Señalemos, de paso, que la “actividad” -tal como “La Nación” llamó a la masacre- fue calificada por ese diario como “errada pero bienintencionada”. En los años ’60, se rescata la memoria de la Semana Trágica en el marco de los debates del momento, a la luz de sucesos como el Cordobazo y el resurgimiento del movimiento obrero. Sin embargo, algo inquietante, no del todo definible, permanece silenciado. Quizás, como dicen algunos, se debió a la “identificación de los judíos con una fuerte ideología de clase”. Puede ser, pero no menos asimilables ideológicamente eran los italianos; o incluso los catalanes (al punto que “catalán” era, por entonces, sinónimo de “anarquista”). Y, sin embargo, el pogrom fue en el barrio judío. Ese algo inquietante permanece incluso en abordajes que buscan indagar en la dimensión antijudía de los hechos y que, quizás sin darse cuenta (un lapsus, diríamos) mencionan a la “comunidad judía porteña y su multiforme relación con el país anfitrión”. Leemos: bienvenido o no, un judío es un huésped, no “pertenece”.

 

Nada de esto desconoce la retórica de Wald, que parece invocar, en cambio, una especie de reiterado dejá-vu. Porque si bien Wald no precisa andar explicando en qué consiste su judaísmo -o para el caso, dando muestras de argentinidad- como tantos se ven compelidos a hacer hoy en día, tampoco desconoce lo que el nombre judío implica. Quizás sea precisamente por eso, por ese no desconocimiento, que Wald reivindica -en acto- el valor de la escritura como arma, un arma que permite, en medio de la catástrofe, establecer genealogías que otorguen un sentido a la memoria, que ayuda a retomar la continuidad histórica de una condición amenazada.

 

Ahora que la historia ha agregado nuevos pliegues a esa amenaza, ahora que los caprichos filosóficos decretan giros conservadores, que los eruditos sentencian la caducidad del antisemitismo y que la academia da por finalizada una modernidad cuyas lenguas desconoce ampliamente, el texto de Wald debe leerse con cuidado porque hay miradas que persisten, inalteradas. Si en el siglo XX los judíos eran sospechados de revolucionarios y subversivos, hoy, en el XXI, lo son de ser representantes de las fuerzas más retrógradas. Aún en la diversidad de los escenarios, la sospecha permanece, inalterada: una conjura, todopoderosa, ubicua, impiadosa, cósmica. Si no son Los Protocolos… será el Mossad, pero el complot no cede. No faltan quienes, imbuidos de ese humanismo abstracto que tanto parece imponerse, invisibilizan la figura de los judíos tras la de los ciudadanos, incluyéndolos en la igualdad republicana, al tiempo que excluyen de la retórica nacional la inquietante diferencia judía; esa diferencia –“recalcitrante” la llama Poliakov- con la que nunca se sabe qué hacer; esa diferencia que empapa las palabras de esta Pesadilla.

 

Wald habla de los muertos, los… ¿cuántos fueron? Nadie sabe, pero él no los olvida. No hubo justicia para ellos. Tampoco la hay para los muertos de la Embajada y de la AMIA, que -salvo para los familiares- parecen no ser más que peones en un tablero político donde tirios y troyanos combaten en cámara por un lugar en una escena internacional que los supera.

 

En todo caso, conviene -acá me asiste una insustituible conversación con Alejandro Kaufman- indagar la relación entre el papel del intelectual y la condición judía. Leer a Wald con detenimiento, será una manera, entonces, de vérnoslas con el status peculiar que ha adquirido esa condición en nuestra escena política; ahora, cuando la “cuestión judía” -y pongo a estas palabras muchas comillas- se ha convertido casi en un asunto de estado; ahora, cuando la comunidad judía es la única a la que se le exigen lealtades ideológicas -incluso partidarias- en tanto comunidad; ahora que son tantos los que se pretenden sus representantes “más genuinos”; ahora cuando a los judíos se les exige definirse desde perspectivas esencialistas que los dividen entre “buenos” y “malos”, perspectivas que reclaman ignorar la propia memoria judía, una memoria que, al parecer,  solo puede ser tolerada como un secreto o, incluso, como un espectro, es decir, algo a ser exorcizado o escondido, pero nunca desplegado en sus propios términos. Entonces, ¿cómo podríamos colaborar con ese humanismo abstracto que nuestra sola existencia parece amenazar?

 

No, no me interesa la respuesta; tampoco me interesa que mi condición judía sea sancionada -o no- como “ideológicamente correcta”. Me interesa, sí, situarme; y lo hago: judío, dice Lacan, es el que sabe leer.

 

Leer en medio de la lógica mediática -hecha de espectáculo, inmediatez, clichés y propuestas de identificación fácil- es un modo judío de preservar la memoria, de incluirse en la historia, de combatir la ignorancia. Y acá “ignorancia” no significa mera falta de información, sino ceguera de lectura, denegación, una evitación rayana con el tabú; ignorancia en sentido bíblico: no falta de erudición sino falta de curiosidad, falta de alegría del pensamiento, falta de inspiración como acto fundacional.

 

Porque la condición judía -vuelvo a Amos Oz- no se transmite por una línea de sangre, sino por una línea de textos. Koshmar es uno de ellos. Por eso los invito a leer, a seguir leyendo, a no dejar de leer.

Perla Sneh

[1] (Ricardo Feierstein, comp. Bs.As. AMIA)