Conversaciones con Jorge Pirozzi / Sofía González Bonorino

I- En realidad, nunca salí de Villa Ortúzar

Villa Ortúzar: uno de los muchos barrios de Buenos Aires. Me fijo en el mapa. Está  entre las calles La Pampa, Av. Forest, Av. Elcano, Vías del F.G.U., Av. Del Campo, Combatientes de Malvinas y Av. Triunvirato.

Me informo: Los primeros en instalarse en esta zona fueron los padres jesuitas, en el año 1614. En 1827, durante el gobierno de Bernardino Rivadavia sus terrenos fueron cedidos a inmigrantes alemanes y en 1862, don Santiago Francisco de Ortúzar compró la chacra 38, trazó las calles y las arboló con eucaliptos.

Nací a siete  cuadras de donde vivo ahora. En Iturri, una calle paralela a Triunvirato, una cortada. A los veintidós años me fui de casa. Con Marita  pasamos por varios lugares. Finalmente  me mudé acá. Este barrio es Villa Ortúzar. Mi barrio. En realidad,  nunca salí de Villa Ortúzar.

Calles silenciosas, al caminar por sus veredas, parece, a veces, estar fuera del tiempo. Calles tímidas, violentadas cada tanto por los sonidos de talleres mecánicos, que abundan en la zona.

Necesito remontarme más atrás en el tiempo.

Le pregunto por su adolescencia.

No tengo fotos de aquella época. No sé si era tan feliz cuando estaba en mi barrio y ya era adolescente, como cuando era chico. Un momento de felicidad, cierta sensación de inmortalidad, tal vez en aquellos primeros años yo era feliz porque estaba lejos de la muerte. Mi vida no era una cosa placentera en ese momento. Tenía responsabilidades, ir al colegio, cargar con culpas, pensar en el futuro, trabajar, estudiar. Pero veía  la muerte como algo que le pasaba a los viejos, y la vejez estaba tan lejos… Era un fenómeno que le ocurría a los otros. No podía concebir la vejez. Vuelvo a lo mismo, un tema que siempre vuelve: el tiempo. El tiempo que transcurre entre que nacés y tenés diez años. ¿Cuántos años? Una eternidad.  Imagínate pensar en un tipo de ochenta o noventa años en ese momento, era como sumar diez eternidades… Nunca pensaba en la inmortalidad, me refiero a  otra cosa… Era lo lejano que uno estaba de morir. De todas maneras, te estoy hablando de un pasado desde hoy, y aunque creo que retrotraerme a esa época es volver a esa sensación de estar lejos de morir, tampoco estoy tan seguro que esto que digo haya sido realmente  así… Adquiere realidad quizá sólo cuando lo digo con palabras como éstas, como te lo estoy diciendo hoy.

Y es que, quizá, pienso, de lo único de lo que podemos dar cuenta realmente es del presente. 

No se crece, uno se  disfraza de otra cosa distinta de niño. Crecer  es empezar a sentirse en falta. Uno va dejando de ser niño en aras de una obligación.

¿Y la pintura? 

Yo era muy, muy chiquito tenía tres años y lo recuerdo…. Verme en una mesa con un cuaderno de acuarelas, las que vienen en pancito, y pintando de manera bastante racional para ser un chico. Es como que hice un camino inverso. Bastante racional en el sentido de que no ensuciaba, no me pasaba de la línea, pintaba bien, me gustaba pintar todo y dibujar cosas lo mejor posible.  Era chiquito y dibujaba. Nunca fui un virtuoso del dibujo pero dibujaba bien, no hacía mamarrachos. Aprendí de escuchar cosas….

Estar a la escucha: un don.

Que el oído, en aguda tensión, reciba las palabras que llegan desde afuera para, a través de los canales auditivos, penetren en la oscuridad más íntima. Y a veces, algo sucede. Un sonido como de campanas que viene no se sabe desde qué lugar desconocido, envuelve las palabras extrañas y las hace suyas con deseo y firmeza. Y el saber viene de ahí, de escuchar, de lo que se aprende ya sabiendo.

Mi convicción venía de otro lado, de ciertas revelaciones. Mi madre no desconocía mi pasión por el dibujo.  No  me acuerdo bien sus primeras opiniones respecto a la pintura, pero  cuando  fui más grande no le gustaba  mucho que yo me hubiese dedicado a esto. En todo caso nunca me alentó. Hubiera preferido que fuera médico, economista, abogado, cualquier cosa, menos pintor. No pudo aceptar realmente el tema de la pintura. Si bien terminó resignándose, jamás fue una cosa que le entusiasmara.

Y tu padre.

Mi papá más o menos,  tampoco.  Mi viejo murió hace bastante tiempo, yo todavía no había ganado premios importantes, porque entonces, como suele suceder,  fue distinto.

Entonces, ¿no tuviste ningún tipo de estímulo de nadie en tu familia?

Mi familia es muy extraña,  la creatividad no era un tema de conversación pero estaba de alguna manera en todos. En mi casa  vivía mi tío Carlitos, que era muy buen dibujante. Y mi viejo también. Él era fabricante de tijeras. Diseñaba máquinas caseras para hacer tijeras. Mi abuelo paterno, un napolitano, un tano de esos que se las saben todas, era peluquero. Cuando vino de Italia, arreglaba radios. Era macanudo, un aventurero. Alguien que se fue de su país, a la deriva, hacia lo desconocido, y todo para ver qué pasaba. Entre el suicido y emigrar, o quedarse y volverse loco, debe haber un límite muy estrecho. Ese límite de alguna manera me fue transmitido. Cuando llego a situaciones límites soy como el inmigrante, el tipo que se tuvo que ir a meter en un barco a ver qué pasaba, una especie de “suicida”… Qué podés esperar, todos mis antepasados son así. Todos llegaron de lugares muy marginales a lugares muy pobres acá, llegaron a instalarse, por ejemplo, en Chacarita donde no había nada. El primero que vino fue mi bisabuelo por vía paterna, el padre de una de mis abuelas,  que se instaló en el barrio de Villa Ortúzar, aunque en aquella época no existía, no había nada, eran quintas de árboles. Mi bisabuelo era sastre, venía con un oficio, a diferencia de otros.  Era un tipo más preparado, de clase media, no sé por qué vino. Se hizo la casa en 1870, y enfrente de su casa estaba la quinta Ortúzar, que era el nombre del dueño de toda la zona.

 

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Investigo un poco:

La casa fue construida entre las calles Giribone, Heredia, 14 de Julio y Alvarez Thomas. Santiago Ortúzar instaló grandes palomares y, por eso, al lugar se lo conocía como “El Palomar de Villa Ortuzar”. 

No la escuchamos llegar: Marita, silenciosa y cálida como un hada, se acerca con una bandeja.

Nos trae una taza de té.

Jorge se la lleva a los labios con distracción. Sigue con el hilo de sus recuerdos, enlazándolos, para entregarme una historia.

 

Ortúzar era  terrateniente. Loteaba los terrenos y los vendía. Era dueño de toda la zona. Mi bisabuelo le hacía los trajes. Se hicieron  muy amigos. Ortúzar, según la historia familiar, lo quería mucho. Le regaló un lote, y,  con los inmigrantes de otras zonas cercanas, ayudado por amigos más cercanos, fue levantando su casa, tan cargada de historia. Entre todos, hicieron los ladrillos, ahí mismo. Mucho tiempo después, cuando desarmamos la casa, vimos unos ladrillos deformados, muy grandes. La casa de mi bisabuelo  fue la primera que se hizo en la manzana. Primero se construyó una pieza, al lado otra…. Se empezó en 1870 y se terminó de construir unos años más tarde. Fue lo que se conoce como casa chorizo… Lo curioso es que tiempo después,  vinieron amigos de mi abuelo de Italia y él les prestó la medianera para que se apoyaran. Me imagino que les dijo: Aprovechen la medianera y apóyense  de este lado para no gastar plata. Así, la casa de los amigos de mi abuelo terminó siendo la única casa chorizo atípica. Mientras todas tienen el frente de sus piezas mirando al este, hacia la salida del sol y son iguales, ésta era muy diferente.  Exactamente a la inversa, con la entrada de las habitaciones mirando hacia el oeste. La casa  contigüa  quedó, efectivamente con el patio invertido. Con el tiempo, Ortúzar le dijo a mi bisabuelo que le regalaba dos manzanas, lo que ahora es 14 de julio, Triunvirato, Guevara, Heredia y Estomba… Ortúzar le regaló  esas cuatro  manzanas y mi bisabuelo no las quiso. Dijo: No, voy a tener que pagar impuestos…. No aceptó nada, sólo aceptó el terreno de al lado, el que después mi abuelo (Pirozzi) les regaló a sus amigos recién llegados de Italia para que construyeran la casa sobre la misma medianera. En aquella época, estaban loteados todos los terrenos, había pocas casas y no había calles. Eran quintas. Estaba la chacrita de los Colegiales,  en Chacarita. Todavía  no existía el cementerio, sino que se hizo después cuando llegó la fiebre amarilla.

El barrio nace del diminutivo de Chácara o Chacra, voz quechua que significa “granja”, “quinta” o “fundo”. En este caso, se trataba de la Chacra del Colegio que la compañía de Jesús  tenía en las afueras de la ciudad hacia mediados del siglo XVIII. Se la conocía como “la chacrita” o “chacarita de los colegiales”.

Chacarita: cien hectáreas. El cementerio más grande de la ciudad.

En 1871, la fiebre amarilla azotó la ciudad. Buenos Aires se dejó vencer por la enfermedad. Los cementerios no daban abasto. El Cementerio del Norte, que hoy se llama de la Recoleta, había prohibido que se inhumaran allí  los cadáveres de los muertos por la epidemia.

Se creó el Tranvía Fúnebre, que fue utilizado para llegar al cementerio. Se inauguró la llamada Estación Fúnebre en la intersección de las calles Bermejo (actualmente Jean Jaurès) y Avenida Corrientes, donde se recibían los ataúdes.

La presencia de los muertos entre los vivos.

 

A mi abuelo se le murieron  cuatro hijos y a mi abuela la mantuvieron  viva como en una cajita de cristal.

 

El cementerio contaba con escasas condiciones higiénicas, y sumado a la gran cantidad de víctimas que causó la epidemia, se llegaron a cremar quinientos sesenta y cuatro cadáveres en un día. Hay testimonios que afirman que en un solo día murieron catorce empelados del cementerio. Los olores y la falta de salubridad molestaban a los vecinos del barrio. Por esta razón el cementerio fue clausurado en 1875, aunque siguió funcionando hasta el 9 de diciembre de 1886, cuando se lo clausuró definitivamente. Al año siguiente, las inhumaciones comenzaron a realizarse en el cementerio Chacarita la Nueva, por lo que los cadáveres fueron exhumados del viejo cementerio y llevados al osario general del nuevo.

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No entiendo a mi familia. Siempre quisieron hacer cosas importantes y nunca les interesó el negocio ni la plata. Es raro. Esa característica familiar, el desinterés por el negocio y la plata. Y creo que eso converge en mí, que soy pintor.

 

No hay un origen. Y, sin embargo, uno busca. Aunque sé, como escribió Brodsky, que la historia, tanto de una nación como de un individuo, consiste más en lo que se olvida que en lo que se recuerda. Pirozzi trae imágenes del pasado, una lectura de épocas que, ante todo, son narraciones familiares. Apenas esbozada, las pone en duda…

“Ni siquiera sé si lo que te digo fue verdaderamente así”, suelta, cada tanto, con voz desapegada, reflexiva.

A pesar de todo, insisto.

¿De dónde viene un pintor?

 

II- Quedate con la casa, te la regalo.  

Mi abuelo materno se llamaba Carlos Moroni. De chiquito me llevaba a pasear al cementerio, yo balbuceaba algunas palabras en piamontés. Mi abuelo paterno Miguel Pirozzi se terminó casando con mi abuela y puso una peluquería en esa casa, que era una pequeña Babel, porque todos pasaban por ahí y hablaban diferentes dialectos. Ante la negativa de mi bisabuelo de quedarse con las cuatro manzanas, Ortúzar le regaló el terreno de al lado y ahí fue cuando le dijo al amigo: Apoyate en la medianera. Pero esto no acaba acá. Más adelante, mi abuelo hipotecó la propiedad, y la perdió. Era un alegre suicida. Terminó siendo inquilino de su propia casa. Con el tiempo la recuperó con ayuda de mi madre.  Mi abuelo merecería un análisis psicológico de un tipo que no existe. Andá a saber en qué se había metido. Si hipotecó la casa es porque no tenía guita. Pero era un tipo que nunca se quedaba quieto. Hacía negocios. Incursionaba en ésto, en aquello. Además de poner una peluquería, arreglaba radios. Los amigos lo cargaban porque le decían que era Marconi. Y es que tenía un taller para arreglar radios y, además,  cortaba el pelo. Un tipo muy ecléctico, hacía un montón de cosas, un tipo raro. Es increíble pensar en alguien como él. Regalar la casa contigua al vecino y terminar hipotecando la suya. Perderla, y terminar pagando el alquiler de su propia casa…

 

Pienso en mis inmigrantes. Mi bisabuelo, desembarcado por la misma época. Un vasco, que en lugar de quedarse por acá, eligió el sur, el desierto patagónico. Una delgada línea, dice Jorge, separa la locura de la máxima lucidez: ir hacia adelante, ese nomadismo alucinado. Promesas de un futuro luminoso.

 

 III- La verdad es que mi viejo era el tipo más extraño que debe haber existido por esta zona.

Años después, en la década del 60, con ahorros de mi vieja, mi tío Carlitos, el hermano de mi vieja que no tenía nada que ver con esta familia,  y mi papá, volvieron a comprar la casa, y por eso yo la heredé.

Mi viejo, era muy inteligente, ya te dije, muy raro, sin preparación, muy audaz y muy extraño, la verdad es que mi viejo era el tipo más extraño que debe haber existido por esta zona.  De chico ya tenía facilidad para arreglar radios y laburaba con mi abuelo. Pero más allá de todo esto, en la década del 40/ 50, mirando las tijeras de peluquería de su padre, pensó en fabricarlas, y con la audacia que lo caracterizaba, se puso a hacerlo. ¿Qué es fabricar tijeras? ¡Es un delirio! ¡Un quilombo terrible! Lo primero que hizo fueron las matrices. Entonces se imaginó como hacer una matriz. Él tenía solo 4°o 5° grado. Compró los materiales con la plata que ganaba haciendo cualquier cosa… Primero laburó en un bazar, después con mi abuelo arreglando radios…. En el fondo de mi casa está el galpón  donde él  hizo luego el taller de tijeras, la fábrica, digamos. Fue el único fabricante de tijeras argentino porque los demás traían la forja para armar y la terminaban acá, y él en realidad las fabricaba todas, completas. Él se hizo dos tipos de matrices: para peluquero y para costura chica, en acero.  Después hizo la máquina para estampar. Lo hizo todo él. Se  imaginó todo el sistema y lo hizo… Iba a la Rural con un lápiz y un cuadernito y decía: ahora vengo, voy a la Rural.

 

Hace mil años en la Rural había una exposición de máquinas importadas y él copiaba la máquina y la hacía casera. Compraba todo a un tipo que vendía fierro viejo, y después, él hacía todas las máquinas. ¡Todas! Lo más impresionante es que de la nada hizo un mundo: hacía las matrices, dificilísimas de hacer,  y también todas las máquinas. Compraba los amortiguadores de resortes de ferrocarril en los galpones del Lacroze. Los amortiguadores de tren  eran espirales de amortiguación de acero y  los traía al taller. Con ese acero, los ponía en un horno que también hizo él,  los calentaba a mil y pico de grados, los estiraba y obre una bigornia que es un yunque para golpear, los cortaba, los ponía en la estampadora y hacía las dos hojas de la tijera, macho y hembra estampadas en sus matrices, las de peluquero y las de costura… Y todo ahí, en el fondo de casa! Después se cortaba, se rectificaba, se templaba,  se armaba, y terminaba siendo una tijera.  Él  hizo todo un taller, lo armó de la nada, y hasta terminó exportando  tijeras. Era bueno. Lo quisieron contratar del Estado. Pero nunca se animó a salir de su mundo. Nunca se animó a nada de eso. Siempre se quedó con mi tío laburando, en soledad. Después, yo laburé con él. Con mi tío, su hermano,  se llevaban bien.  Mi tío seguía las directivas de mi padre, y mi abuelo también laburaba ahí porque seguía siendo peluquero  y afilaba en el taller sus tijeras. Mi tío y mi abuelo afilaban, y mi viejo fabricaba. Exportaban a Chile, Perú, Paraguay y no ganaban un peso porque al principio mi viejo hacía la fundición de los aros y después los soldaba a la hoja, pero como eso no era más negocio, tenía que mandar a estampar todo y como no tenía plata para mandar a comprar máquinas estampadoras modernas, se hizo socio de un tipo que tenía en Pacheco una planta impresionante y le estampaba cualquier cosa, pero le cobraba con tijeras terminadas. Entonces, al final, mi viejo laburaba para el otro. Cuando yo empecé a trabajar con él, intenté hacerle ver la realidad. Casi lo convencí. Le insistía para que se comprara una máquina y la pagara en cuotas, una estampadora, que le hubiera ahorrado un montón de guita, de trabajo, y le hubiese permitido ganar plata, sin depender del otro tipo. Pero nunca lo hizo. Después yo me fui del taller. Empecé a hacer otras cosas.  Tiempo después contrató de ayudante a  un pibe  conocido del barrio, hasta que vino la importación…

 

Estuve muchos años trabajando, haciendo tijeras. Era un trabajo muy primitivo, todo manual.  Mi tío Andrés tenía artritis, las manos deformadas, porque laburaba con frío durante el invierno, sin calefacción. Imaginate en invierno trabajando con una moladora que salpica agua por todos lados y te moja. Era como laburar en una mina. Mi tío se cortó un tendón de la mano iquierda. Esta cicatriz que tengo aquí es de cuando tenía seis años, me entrometí en el taller y tratando de agujerear una tijera me lastimé el brazo .

IV- Los tres: mi tío, él, y yo

Cuando empezó la época del proceso, la importación dejo de existir prácticamente, y la actividad de mi viejo era sólo afilar cuchillos. Después, simplemente se murió. Dejó de laburar y eso lo envejeció un poco, pero no sé. Mi viejo nunca hubiera hecho negocios porque no le importaba. Otro tipo en lugar de él, hubiera hecho mucha plata. Lo recuerdo quejándose a veces porque estaba sin un peso, o por los impuestos.  Laburaba en su taller como si hubiese sido una fábrica del siglo anterior, como lo hubiera hecho un artesano en la Edad Media produciendo sus tijeras, que luego se exportaban, era increíble. Él tenía exportadores mayoristas, yo le manejaba la camioneta a mi viejo, y me ocupaba de los pedidos. Los sábados íbamos a entregar tijeras. Mi viejo las envolvía en papel de diario, y yo llevaba los paquetes. No daba abasto mi viejo, pobre. Vivió hasta los 72, se murió un día que estaba conmigo, de un infarto.

 

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Los tres: mi tío, él y yo.  Yo, que laburaba al mediodía porque  pintaba, eso fue por el 68, de manera más profesional. Me pagaban dos mangos, mi viejo apenas sobrevivía. Mi tío Carlitos era peor todavía para los negocios. A él lo explotaban, hacía unos planos impresionantes y le pagaban una miseria. No ganaba nada, sobrevivía. Era gente que se conformaba con poco. Laburó hasta los noventa y pico, hasta que se murió.

Y tu madre, pregunto.

Mi vieja no quería que a mí me pasara lo mismo. Me mandaba a estudiar inglés, pero tampoco pasa por ahí la cosa. Mi vieja tenía talento. Era muy buena costurera. Hacía ropa y tenía una especie de taller adonde enseñaba, en casa. Y era una excelente cocinera, se carteaba con Doña Petrona. Y escribía, pero mal. A pesar de todo lo que laburaba, ganaba poco. Su sueño era poner un restaurante. Nunca lo pudo concretar. Se puso a fabricar delantales y artículos de cocina, y tenía una socia que era del barrio, pero no llegaron a mucho. Ninguna de las dos tenía plata para invertir.

Pero vos, Jorge, sentís que en ese excesivo trabajo humano, hubo como un derroche de energía, de vitalidad, de todo…

Sí, yo creo que sí. Lo lógico hubiera sido que mi papá hubiera terminado con una empresa, que hubiese progresado, digamos, que hubiese estado mejor  cuando terminó que al comenzar.

¿Hubiese sido otro el destino familiar  en un país diferente?

Otra gente, en las mismas condiciones que él, hizo cosas y tuvo éxito, pero él era un tipo que vivía al límite, no le importaba nada, mi viejo murió sin sufrir, sufriendo, pero no le importó morir. Me dijo: parece que tengo un infarto. Esa es la palabra que le va, sufrido. Le importaba todo un carajo, él se lastimaba y no le importaba, seguía laburando. Era alguien que iba al dentista y no quería que le pusiera anestesia para hacerse un conducto. Y le dolía muchísimo, pero decía: no quiero que me anestesien. Yo no soy así, yo salgo a mi vieja, soy más sensible respecto al dolor. Mi padre fue un tipo muy duro. Torturado, se castigaba. No sé por qué era así. Nunca me puse a analizar eso. Pero era un hombre talentosísimo. Mi viejo me decía que si lo mandaban a Alemania en un tiempo aprendería todo. Él hasta rebobinaba motores eléctricos. Fue una epopeya lo que hizo.  Todo rebuscándoselas con sólo lo que había. Tengo algunas matrices y tijeras en bruto, que me quedé y están en el taller… Fue un mundo muy extraño donde yo crecí. Porque también estaban mis vecinos que vivían en el mismo mundo pero hacían cosas normales. El mío, era rarísimo.

 

Pienso que quizá influya en esta especie de disparatado fracaso el hecho de que, mucho más allá de lo laboral, está el inmigrante, esa realidad indigerible, un exiliado de la propia tierra, de la propia lengua, ¿no será, entonces algo sin objetivar, que se va transmitiendo de padres a hijos, en un mismo discurso sin palabras: en los gestos, en ciertas derrotas que se asumen de antemano?

Somos nuestras pérdidas, sobre todo nuestras pérdidas. A veces, quizá, se trata de un duelo que se prolonga, que no se termina nunca de elaborar.

Para mí el inmigrante es un suicida. Entre matarse y escapar, mi bisabuelo eligió la huida. Siempre pienso en esto. Quizá, si se quedaba, no se moría, como muchos que murieron de fiebre amarilla y otras cosas terribles. Mi viejo nació acá, pero mi abuela era un personaje muy singular, muy hermético. Fue la única sobreviviente de la familia. Los dos hermanos de mi padre eran solteros. Él fue el único aventurero que se casó, que desafió el mandato de mi abuela, que los tenía a todos ahí, con ella, bien agarrados,  sin soltarlos. La época de la fiebre amarilla los marcó. Vivían pegados al cementerio que se iba construyendo al ritmo de esas muertes. Mi abuela vivió siempre medio trastornada, siempre introvertida, encerrada en el ámbito doméstico. A mi bisabuelo, que hizo mi casa, se le murieron todos los hijos menos ella: mi abuela.

Los muertos mancillan  las calles de los vivos, su misma geografía. A diferencia de las culturas antiguas, que temían la cercanía de los muertos y los mantenían aparte, el cementerio crece en la ciudad, la penetra e incorpora, o al revés. Demasiado cerca, las tumbas. En medio de las habitaciones de los hombres, la promiscuidad de hedores y de llanto.

Nací en un barrio que me podría haber transformado en otra cosa, no sé cómo salí así. Se hereda el comportamiento, pienso. Mi viejo era un tipo derecho y laburador. Con él, hablábamos poco. Me quería, aunque me pegaba algunas veces. Era lo que se usaba en la época. Mi vieja fue, por momentos, cómplice, o algo de eso. Le decía: se portó mal. Y mi viejo, que venía cansado y deprimido, se descargaba y me golpeaba. No sucedía siempre; pero a mí me llamaba la atención que mi viejo me pegara. Mi vieja también me pegaba. Ella esperaba mucho de mí, pero no esperaba esto, sino otra cosa: esto de la pintura fue para ella una desilusión. En el colegio me había ido  bien, la maestra le decía que yo era inteligente. Mi madre había puesto muchas expectativas en mí, y me asfixió, y yo tenía como un complejo de genio, y no sabía qué hacer con eso. Quería jugar con los chicos, no quería ser maestro ni profesor de nada. Mi vieja me inculcó que yo tenía que ser profesional, pero yo no quería. Yo siempre dibujé, dibujaba las caras de los amigos, copiaba cosas de láminas que había traído mi abuelo de Italia. Fui a la facultad, por supuesto. Empecé Biología, después dejé. Hice el ingreso a Exactas, y lo aprobé, en la época en que entraba poca gente. Después empecé a estudiar, y dejé dos veces, y seguí pintando y para ellos fue una cosa tremenda. El tema era: vos no seas ignorante como nosotros, tenés que estudiar. Era una enorme responsabilidad ser otra cosa, yo sufrí con mucha intensidad eso, de chico. Después, traté de evitar toda aproximación a lo padecido. No les exijo a mis hijos más de lo que ellos están dispuestos a hacer por sí mismos. Quizá, les tendría que exigir más. No lo sé. Fui permisivo. Marita no, las cosas más o menos se ordenaron por ella, porque si hubiese sido por mí…

Sólo llevar los chicos al colegio, me deprimía.

Conversaciones con Jorge Pirozzi (I) / Sofía González Bonorino

Buenos Aires, 2017