Peter Weiss / La indagación

LA INDAGACIÓN 

“La indagación*” se estrenó en 1965, marcando los  inicios del llamado teatro- documento. 

*Narración del juicio que realizó el gobierno alemán contra los militares nazis por los hechos acaecidos en el campo de concentración de Auschwitz, durante la Segunda Guerra Mundial. De este juicio, que duró dos años, Weiss seleccionó y resumió algunos pasajes, anécdotas y declaraciones tanto de los testigos, como de los acusados, para componer una obra magistral, en forma de oratorio de 11 cantos. En aquel juicio, celebrado en Frankfurt entre 1963 y 1965, se acusaron a 23 oficiales y trabajadores del campo y testificaron 409 supervivientes.

 

 

1- CANTO DEL ANDÉN

 

I

JUEZ.—Señor testigo, usted era el jefe de la esta­ción a la que llegaban los transportes. ¿Qué dis­tancia había entre la estación y el campo?

TESTIGO 1.—Dos kilómetros hasta la parte situada en el viejo cuartel y unos cinco kilómetros hasta el campo principal.

JUEZ.—¿Tenía usted algún trabajo en los campos?

TESTIGO 1.—No. Sólo tenía que cuidar del buen es­tado de las vías y de que los trenes llegaran y par­tieran conforme al horario.

JUEZ.—¿En qué estado se encontraban las vías?

TESTIGO 1.—Se trataba de una línea excelente y muy bien instalada.

JUEZ.—¿Elaboraba usted los horarios y las instruc­ciones pertinentes?

TESTIGO 1.—No. Sólo tenía que tomar medidas téc­nicas en relación con el horario de tráfico entre la estación y el campo.

JUEZ.—Obran en poder del tribunal instrucciones referentes a los horarios firmadas por usted.

TESTIGO 1.—Quizás en alguna ocasión tuviera que firmar en representación de tercero.

JUEZ.—¿Conocía usted la finalidad de los trans­portes?

TESTIGO 1.—No estaba al corriente del asunto.

JUEZ.—Pero usted sabía que los trenes iban carga­dos de hombres.

TESTIGO 1.—Sólo pudimos enterarnos de que se trataba de traslados llevados a cabo bajo la garan­tía del Reich.

JUEZ.—¿Jamás se hizo usted preguntas sobre los trenes que regularmente regresaban vacíos del campo?

TESTIGO 1.—Los hombres transportados habían ob­tenido allí nuevo alojamiento.

ACUSADOR.—Señor testigo, usted ocupa hoy un puesto directivo en la Jefatura de la Red Federal de Ferrocarriles. Cabe, pues, suponer su pericia en cuestiones de equipamiento y carga de trenes. ¿Qué tal iban equipados y cargados los trenes que llegaban hasta usted?

TESTIGO 1.—Eran trenes cargueros. Según el talón se transportaban unas sesenta personas por vagón.

ACUSADOR.—¿Eran vagones de mercancía o vago­nes para el ganado?

TESTIGO 1.—Eran vagones similares a los que tam­bién se utilizaban para el transporte de ganado.

ACUSADOR.—¿Había instalaciones sanitarias en los vagones?

TESTIGO 1.—Lo ignoro.

ACUSADOR.—¿Con qué frecuencia llegaban estos trenes?

TESTIGO 1.—No puedo decirlo.

ACUSADOR.—¿Llegaban con frecuencia?

TESTIGO 1.—Sí, desde luego. Era una estación.—término de mucho tráfico.

ACUSADOR.—¿No le extrañaba a usted el que los transportes procedieran de casi todos los países de Europa?

TESTIGO 1.—Teníamos tanto trabajo que no podía­mos ocuparnos de esos asuntos.

ACUSADOR.—¿No se preguntaba usted por el futuro de los hombres transportados?

TESTIGO 1.—Eran enviados a ejecutar trabajos di­versos.

ACUSADOR.—Pero no iban sólo gentes aptas para el trabajo, sino familias enteras con viejos y niños.

TESTIGO 1.—No tenía tiempo para preocuparme del contenido de los trenes.

ACUSADOR.—¿Dónde vivía usted?

TESTIGO 1.—En la localidad.

ACUSADOR.—¿Quién más vivía allí?

TESTIGO 1.—La localidad había sido evacuada de la población nativa. Vivían allí los funcionarios del campo y el personal de las industrias circundantes.

ACUSADOR.—¿De qué industrias se trataba?

TESTIGO 1.—Eran factorías de la IG Farben, de las fábricas Krupp y Siemens.

ACUSADOR.—¿Veía usted a los presos que trabaja­ban allí?

TESTIGO 1.—Los veía al llegar y al partir.

ACUSADOR.—¿Qué aspecto ofrecían esos grupos?

TESTIGO 1.—Iban marcando el paso y cantaban.

ACUSADOR.—¿No llegó usted a saber nada sobre las condiciones del campo?

TESTIGO l.—Se decían tantas tonterías que uno no sabía nunca a qué atenerse.

ACUSADOR.—¿No oía usted hablar de la aniquila­ción de seres humanos?

TESTIGO 1.—¡Cómo creer algo de todo eso!

JUEZ.—Señor testigo, usted era responsable de la expedición de mercancías.

TESTIGO 2.—Mi única tarea era entregar los trenes al personal de maniobras.

JUEZ.—¿Cuáles eran los deberes de este personal?

TESTIGO 2.—Enganchaban una locomotora para maniobrar y expedían los trenes al campo.

JUEZ.—¿Cuántos hombres había, según sus cálcu­los, en cada vagón?

TESTIGO 2.—No puedo informar sobre ello. Nos estaba terminantemente prohibido controlar los trenes.

JUEZ.—¿Quién se lo impedía?

TESTIGO 2.—Las brigadas de vigilancia.

JUEZ.—¿Había un talón por cada transporte?

TESTIGO 2.—En la mayoría de los casos carecía­mos de documentación adecuada. Se indicaba, únicamente, la cantidad con tiza en los vagones.

JUEZ.—¿Qué cantidades se indicaban?

TESTIGO 2.—Unas veces sesenta unidades, otras ochenta.

JUEZ.—¿Cuándo llegaban los trenes?

TESTIGO 2.—Generalmente, de noche.

ACUSADOR.—¿Qué impresión le causaban tales car­gamentos?

TESTIGO 2.—No entiendo la pregunta.

ACUSADOR.—Señor testigo, usted es hoy inspector general de la Red Federal de Ferrocarriles, su ex­periencia en cuestiones de viajes es, pues, grande; mirando a través de los respiraderos, o por los rui­dos que se oirían en los vagones, ¿no se preocupó usted por las condiciones aquéllas?

TESTIGO 2.—En una ocasión vi una mujer que sos­tenía un niño junto a un respiradero y que una y otra vez pedía agua a gritos. Fui a buscar una jarra e intenté alargársela. Al levantarla llegó un vigilante y dijo que si no me apartaba inmediata­mente sería fusilado.

JUEZ.—Señor testigo, ¿cuántos trenes, según sus cálculos, llegaban a la estación?

TESTIGO 2.—Un término medio de tren por día. En casos punta, incluso dos o tres.

JUEZ.—¿De qué longitud eran los trenes? 

TESTIGO 2.—Podían llevar hasta sesenta vagones.

JUEZ.—Señor testigo, ¿estuvo usted en el campo?

TESTIGO 2.—Una vez fui con la locomotora de ma­niobras ya que tenía que discutir algo referente al talón de expedición. Bajé al lado mismo de la puer­ta de entrada y fui a las oficinas del campo. Lue­go casi no pude salir, por carecer de carnet.

JUEZ.—¿Qué vio usted del campo?

TESTIGO 2.—Nada. Me sentí contento al marchar de allí.

JUEZ.—¿Vio usted las chimeneas al final de la rampa y el humo y el reflejo del fuego?

TESTIGO 2.—Sí, vi humo.

JUEZ.—¿Y qué pensó usted de todo ello?

TESTIGO 2.—Creí que eran los hornos para el pan. Había oído decir que allí se amasaba día y noche. Era un campo muy grande.

 

II

 

TESTIGO 3.—Viajamos durante cinco largos días. Al segundo, ya se habían agotado nuestras provisio­nes. Eramos ochenta y nueve personas en el vagón, y, además, las maletas y los bultos. Hacíamos nues­tras necesidades en la paja. Había muchos enfer­mos y ocho muertos. En las estaciones veíamos a través de los respiraderos cómo las brigadas de vigilancia recibían comida y café del personal fe­menino. Nuestros hijos habían dejado ya de que­jarse cuando en la última noche cambiamos de dirección, abandonando el terraplén para tomar un empalme lateral. Pasamos a través de un pai­saje llano iluminado por reflectores. Luego nos acercamos a un edificio alargado, parecido a un granero. Había una torre y debajo una puerta abo­vedada. Antes de atravesar la puerta, silbó la lo­comotora. El tren se detuvo y abrieron brusca­mente las puertas de los vagones. Aparecieron presos con trajes rayados gritándonos ¡venga, fue­ra, rápido, rápido! Había un metro y medio hasta el suelo, lleno de guijarros. Los ancianos y los en­fermos cayeron sobre las piedras puntiagudas. Los muertos y equipajes fueron arrojados fuera. Tuvimos luego que abandonarlo todo. Las muje­res y los niños a un lado, los hombres a otro. Perdí de vista a mi familia. Por todas partes gri­taban personas buscando a sus familiares. Les pe­gaban con bastones. Los perros ladraban. Desde las torres de vigilancia, focos y ametralladoras apuntaban hacia nosotros. Al final del andén se veía el cielo teñido de rojo. El aire estaba lleno de humo, un humo de olor dulzón y chamuscado. Era el humo que iba a quedar ya para siempre.

TESTIGO 4.—Oí a mi marido llamarme. Fuimos siendo colocados y ya no podíamos cambiar de si­tio. Éramos un grupo de cien mujeres y niños en filas de a cinco. Luego tuvimos que pasar por de­lante de unos oficiales. Uno de ellos tenía la mano a la altura del pecho y con el dedo iba señalando hacia la derecha o hacia la izquierda. Los niños y ancianas a la izquierda; a mí me tocó a la de­recha. El grupo de la izquierda tuvo que salir atravesando las vías hacia un camino. Por un instante vi a mi madre entre los niños; me sentí tranquilizada pensando que ya nos encontraría­mos luego. A mi lado una mujer dijo: esos van a un campo de descanso. Señaló los camiones del camino y un coche de la Cruz Roja. Vimos cómo se los subía a los coches y nos alegramos de que pudieran marchar. Nosotros, en cambio, tuvimos que seguir a pie por los caminos llenos de barro. Yo llevaba de la mano al hijo de mi cuñada, ella llevaba en brazos al más pequeño. Entonces vino a mí uno de los presos y me preguntó si el niño era mío. Cuando yo lo negué me indicó que lo en­tregara a su madre. Lo hice, pensando que acaso la madre tendría ventajas. Fueron todos por la izquierda, yo, por la derecha. El oficial que nos distribuía era muy amable. Le pregunté a dónde iban los otros y me dijo: van a bañarse, dentro de una hora volveréis a veros.

JUEZ.—Señora testigo, ¿sabe usted quién era ese oficial?

TESTIGO 5.—Supe después que se llamaba el doc­tor Capesius.

JUEZ.—Señora testigo, ¿puede usted señalarme al acusado doctor Capesius?

TESTIGO 5.—Al ver las caras me resulta difícil decir si las reconozco. Pero ese señor de ahí me re­sulta conocido.

JUEZ.—¿Cómo se llama?

TESTIGO 5.—Doctor Capesius.

ACUSADO 3.—La testigo debe confundirme con otro. Yo nunca seleccioné en el andén.

TESTIGO 6.—Conocía al doctor Capesius de mi tie­rra natal. Yo era allí médico y él me había visitado varias veces, antes de la guerra, como representan­te del consorcio Bayer. Le saludé, preguntándole qué iba a ocurrir con nosotros. Dijo: aquí todo irá bien. Le expliqué que mi mujer estaba enferma. Entonces debe quedarse aquí, me dijo. Aquí reci­birá cuidados. Y señaló hacia el grupo de ancia­nos y enfermos. Yo le indiqué a mi mujer: debes ir y colocarte allí. Marchó con su sobrina y algún que otro pariente al grupo de los enfermos. Se fueron luego a los camiones.

JUEZ.—¿No le queda a usted ninguna duda de que éste era el doctor Capesius?

TESTIGO 6.—No, puesto que hablé con él. Enton­ces fue para mí una gran alegría verle de nuevo.

JUEZ.—Acusado Capesius, ¿conoce usted a este testigo?

ACUSADO 3.—No.

JUEZ.—¿Se encontraba usted a la llegada de los transportes en el andén?

ACUSADO 3.—Estaba allí sólo para recoger los me­dicamentos que hubiera en el equipaje de los pre­sos. Tenía que guardarlos en la farmacia.

JUEZ.—Señor testigo, ¿vio usted en el andén a algún otro de los acusados?

TESTIGO 6.—A ése. Puedo decir su nombre. Se lla­ma Hofmann.

JUEZ.—Acusado Hofmann, ¿qué hacía usted en el andén?

ACUSADO 8.—Mantener el orden y el silencio.

JUEZ.—¿Cómo lo hacía?

ACUSADO 8.—La gente era distribuida. Luego los médicos determinaban quién era apto para el tra­bajo y quién no podía ya trabajar. Unas veces ha­bía muchos aptos que separar, otras menos. El porcentaje estaba preestablecido. Se fijaba con­forme a la necesidad de mano de obra.

JUEZ.—¿Qué ocurría con los que no se empleaban para el trabajo?

ACUSADO 8.—Iban al gas.

JUEZ.—¿A cuánto ascendía el porcentaje de los ap­tos para el trabajo?

ACUSADO 8.—A un tercio del transporte, por tér­mino medio. En caso de superpoblación del campo los transportes tenían que ser despachados ínte­gramente.

JUEZ.—¿Seleccionó usted mismo alguna vez?

ACUSADO 8.—Sólo puedo decir a ese respecto que en ocasiones coloqué no aptos entre los aptos cuando lo rogaban y suplicaban.

JUEZ.—¿Podía usted hacerlo?

ACUSADO 8.—No, estaba prohibido, pero se hacía la vista gorda.

JUEZ.—¿Se repartía algún rancho especial duran­te el servicio en el andén?

ACUSADO 8.—Sí, nos daban pan, una ración de em­butido y un quinto de alcohol.

JUEZ.—¿Tuvo que emplear usted la violencia en el ejercicio de su trabajo?

ACUSADO 8.—Siempre se organizaba un gran jaleo y, naturalmente, a veces tenía que darse una bron­ca o algún bofetón. Yo sólo cumplía con mi ser­vicio.

JUEZ.—¿Cómo llegó usted a dedicarse a ese tra­bajo?

ACUSADO 8.—Por casualidad. Pasó lo siguiente: Mi hermano tenía un uniforme de más que podía que­dar para mí sin tener que pagar nada. Fue por cul­pa del negocio. Mi padre era dueño de una fonda muy frecuentada por la gente del partido. Cuando fui destinado no sabía a dónde me llevaban. A mi llegada pregunté: ¿Es adecuado este sitio para mí? Y me dijeron: Aquí siempre estarás bien.

ACUSADOR.—Acusado Hofmann: ¿Sabía usted lo que iba a pasar con los seleccionados?

ACUSADO 8.—Señor fiscal, yo personalmente no te­nía nada contra esa gente. Vivían entre nosotros y antes de que se los llevaran yo siempre decía a mi familia: seguid comprando en sus tiendas que también son personas.

ACUSADOR.—¿Mantenía usted esa postura al cum­plir su servicio en el andén?

ACUSADO 8.—Bueno, prescindiendo de las moles­tias que siempre comporta la vida en común de tanta gente en un espacio reducido, y prescindien­do de las gasificaciones que, naturalmente, eran terribles, todos tenían la oportunidad de sobre­vivir. Yo personalmente me porté siempre con de­cencia. Pero, ¿qué podía hacer? Las órdenes te­nían que ser cumplidas. Y por ello he de soportar ahora este proceso. Señor fiscal, he vivido tran­quilo como todos los demás, y de pronto vienen a buscarme preguntando a gritos por Hofmann. Ése es Hofmann, dicen. Ignoro totalmente lo que pretenden de mí.

TESTIGO 7.—Una vez distribuidos vino uno de los vigilantes y preguntó: ¿Alguien padece algún acha­que? Hubo quienes adelantaron un paso por creer que así obtendrían un trabajo menos duro. Fueron colocados en el grupo de la izquierda. Cuando el vigilante se los llevaba se produjo un tumulto. Entonces, disparó sobre ellos, matando a cinco o seis.

JUEZ.—Señor testigo, ¿se encuentra en la sala la persona de quien usted está hablando?

TESTIGO 7.—Señor presidente, hace ya muchos años que no me veo frente a ellos, y me resulta difícil mirarles a la cara. Ese de ahí le guarda pa­recido, podría ser él. Se llama Bischof.

JUEZ.—¿Está usted seguro o tiene alguna duda?

TESTIGO 7.—Señor presidente, aquella noche esta­ba yo muy despierto.

DEFENSOR.—Discutimos la veracidad del testigo. Es muy posible que reconozca la cara de nuestro cliente por una de las fotos difundidas públicamen­te. La fatiga del testigo no puede servir como base de declaraciones contundentes.

JUEZ.—Acusado Bischof, ¿tiene usted algo que ma­nifestar sobre la acusación?

ACUSADO 15.—Es un enigma para mí lo que afirma el señor testigo. No comprendo tampoco por qué dice el testigo cinco o seis. Si hubiera dicho cinco o hubiera dicho seis resultaría comprensible.

JUEZ.—¿Prestaba usted servicio en el andén?

ACUSADO 15.—Sólo tenía que poner orden en las aglomeraciones. Nunca disparé, señor presidente. Mi deseo es hacer ya tabla rasa. Es algo que desde hace años me persigue. Ha conseguido enfermarme del corazón. Han de venir ahora a amargar con semejantes cerdadas los últimos días de mi vida.

ACUSADOR.—¿Qué quiere decir el acusado con cer­dadas?

JUEZ.—El acusado está nervioso. Sin duda no se refiere al procedimiento incoado por la justicia.

Los acusados ríen.

TESTIGO 8.—Como preso estaba yo destinado al comando de limpieza. Teníamos que retirar el equi­paje de los que llegaban. El acusado Baretzki to­maba parte en las selecciones efectuadas en el andén, y acompañaba los transportes hasta los hor­nos crematorios.

JUEZ.—Señor testigo, ¿reconoce usted al acusado?

TESTIGO 8.—Es el Blockjührer Baretzki.

ACUSADO 13.—Yo sólo pertenecía a las brigadas de vigilancia. Era imposible que un miembro de aquellas brigadas tomara parte en la selección de gentes. Un Blockführer no podía separar a los no aptos para el trabajo. Eso únicamente podía ha­cerlo un médico.

JUEZ.—¿Conocía usted la finalidad de aquella se­lección?

ACUSADO 13.—Llegamos a saberlo, y yo estaba in­dignado. En una ocasión informé a mi madre so­bre ello durante un permiso. No quería creerlo. No es posible, decía. Los seres humanos no pueden ar­der, porque la carne no arde.

TESTIGO 8.—Vi como Baretzki señalaba a la gente con su bastón. Con él nunca se iba demasiado rápi­do. Siempre estaba dando prisas. En una ocasión llegó un tren con tres mil personas. La mayoría eran enfermos. Baretzki nos gritó: Tenéis quince minutos de tiempo para sacarlos de los vagones. Mientras descargábamos nació un niño. Lo en­volví en unos trapos y lo coloqué junto a su madre. Baretzki llegó con su bastón y nos pegó a la mujer y a mí. ¿Qué haces con esa basura?, gritó. Y le dio tal puntapié al niño que fue a parar a unos diez metros de distancia. Luego me ordenó: Trae esa mierda aquí. El niño estaba ya muerto.

JUEZ.—Señor testigo, ¿puede usted jurarlo?

TESTIGO 8.—Puedo jurarlo. Baretzki tenía un mo­do especial de golpear. Era conocido por ello.

JUEZ.—¿Qué clase de golpe era?

TESTIGO 8.—Lo daba con la mano plana, así, con­tra la aorta. Ese golpe producía la muerte la mayor parte de las veces.

ACUSADO 13.—El testigo dijo, sin embargo, que yo llevaba un bastón. Si llevaba un bastón, no necesi­taba pegar con la mano. Y si pegaba con la mano no necesitaba ningún bastón. Señor presidente, es una calumnia. Yo no pegaba de ningún modo es­pecial.

Los acusados ríen.

 

 III

 

JUEZ.—Señor testigo, ¿a qué otras personas vio usted en el andén?

TESTIGO 8.—Todos los médicos estaban allí. Las selecciones eran trabajo suyo. Estaba el doctor Frank y también el doctor Schatz y el doctor Lu­cas.

DEFENSOR.—Señor testigo, ¿dónde se encontraba usted durante las selecciones?

TESTIGO 8.—En varios puntos del andén recogien­do los equipajes.

DEFENSOR.—¿Puede describirnos el aspecto del andén?

TESTIGO 8.—Estaba situado detrás del portón de entrada. A su derecha venía el campo de los hom­bres, a su izquierda, el de las mujeres. Al extremo final se encontraban, a un lado y a otro, los nuevos crematorios, con las cifras II y III. Una vez pasa­do el desvío, los trenes circulaban casi siempre por la vía derecha.

DEFENSOR.—¿Qué longitud tenía el andén?

TESTIGO 8.—Unos ochocientos metros.

DEFENSOR.—¿Qué longitud tenían los trenes?

TESTIGO 8.—Con frecuencia llegaban a ocupar dos tercios del andén.

DEFENSOR.—¿Dónde se llevaban a cabo las selec­ciones?

TESTIGO 8.—En medio del andén.

DEFENSOR.—¿Dónde se distribuía a la gente?

TESTIGO 8.—Tanto en la parte de arriba como en la de abajo.

DEFENSOR.—¿Qué anchura tenía el andén?

TESTIGO 8.—Unos diez metros.

DEFENSOR.—Allí estaban las gentes en dos grupos uno junto al otro. Cada grupo, en filas de a cinco. Dudamos mucho que fuera posible, con aquella aglomeración, y recogiendo paquetes, permanecer junto a los oficiales que seleccionaban.

JUEZ.—Acusado doctor Frank, ¿tomó usted parte en aquellas selecciones?

ACUSADO 4.—Estaba destinado, aunque sólo como suplente, al servicio en el andén. Mi misión era, en primer lugar, recoger su instrumental a los den­tistas que fueran llegando, con el fin de entregarlo al dispensario dental para presos. Tenía, además, que registrar y vestir a los dentistas y técnicos odontólogos. Si llegaba alguien diciendo que era dentista, no le dejaba marchar. Necesitábamos gente para la limpieza.

JUEZ.—¿No intentó usted nunca ser relevado del servicio en el andén?

ACUSADO 6.—Con ese deseo me presenté al mé­dico local, el doctor Wirth. Por toda respuesta se me indicó que el servicio en el campo equivalía al del frente, y que toda negativa era castigada como deserción.

JUEZ.—¿Condujo usted transportes a las cámaras de gas?

ACUSADO 5.—No, las funciones de conducción eran desempeñadas por las brigadas de vigilan­cia. Yo hice todo lo posible para prestar ayuda a los presos. En mi dispensario les hice la estancia lo más agradable posible. Llevaban trajes a la me­dida y no tenían que cortarse el pelo.

JUEZ.—Acusado doctor Schatz, ¿participó usted en las selecciones?

ACUSADO 4.—Jamás tuve nada que ver con ello. Cuantas veces me enviaban al andén para coger medicinas o instrumental médico procuraba, en lo posible, evadirme. Fui llevado al campo ente­ramente a la fuerza. Se me trasladó desde un dis­pensario dental del ejército. Quiero hacer constar que mantuve con los presos una relación marcadamente amistosa.

JUEZ.—Acusador doctor Lucas, ¿cuál era su come­tido en el andén?

ACUSADO 4.—Jamás tuve allí actividad alguna. Siempre he dicho y repetido que, en cuanto a médico, mi tarea es proteger la vida humana y no precisamente destruirla. Tampoco mi fe católica me hubiera permitido otra cosa. Cuantas veces se me quiso forzar alegué imposibilidad física. Fingí enfermedades e intenté regresar lo antes posible al servicio en el ejército. Me dirigí a mi antiguo superior, y éste me respondió que hiciera lo posi­ble para no destacarme demasiado. En un permiso hablé incluso con un arzobispo amigo, así como también con un jurista eminente. Ambos me dije­ron que las órdenes inmorales no deben ser cum­plidas, sin que por ello tenga, no obstante, que lle­garse al extremo de poner en peligro la propia vida, que estábamos en guerra y que por eso sucedían tales cosas.

ACUSADOR.—Doctor Lucas, ¿qué enfermedades fin­gía usted cuando se le ordenaba tomar parte en las selecciones?

ACUSADO 6.—Algún cólico biliar o bien cosas del estómago.

ACUSADOR.—¿Y no extrañaba que siempre le diera a usted un cólico al tener que ir al andén?

ACUSADO 6.—Jamás tuve dificultades en ese senti­do. Mi resistencia pasiva era la única vía para za­farme de las cosas, dentro de lo posible. Aún no llego a ver hoy cómo hubiera podido obrar enton­ces de manera distinta.

ACUSADOR.—¿Y qué hacía usted cuando no tenía más remedio que ocuparse de tales cosas?

ACUSADO 6.—Sólo en tres o cuatro casos no sirvie­ron mis negativas. Recibí la orden de ir al andén bajo amenaza de ser detenido en el acto si no obe­decía. Lo que eso significaba estaba fuera de duda.

ACUSADOR.—¿Participó usted entonces en las se­lecciones?

ACUSADO 6.—Tenía que escoger personas aptas para el trabajo, únicamente, y lo hice de tal modo que muchos no aptos lograron entrar así en el campo.

ACUSADOR.—¿Y los restantes?

ACUSADO 6.—Fueron separados por otros.

DEFENSOR.—En absoluto puede calificarse de acto punible el que médicos de servicio escogieran pre­sos para el campo, puesto que así lograban dismi­nuir la cantidad de víctimas aumentando el núme­ro de los considerados aptos.

ACUSADOR.—¿Qué ocurría con el equipaje de los recién llegados una vez acabadas las selecciones?

TESTIGO 8.—Era llevado al campo de los efectos personales, y, una vez allí, clasificado y almace­nado.

ACUSADOR.—¿Qué dimensiones tenía este campo?

TESTIGO 8.—Constaba de treinta y cinco barraco­nes.

ACUSADOR.—¿Puede dar usted algún dato sobre el valor y la cantidad de los efectos requisados?

TESTIGO 8.—Puesto que a los presos se les acon­sejaba antes de la deportación coger todo cuanto pudieran de sus objetos de valor, ropa, vestidos, dinero e instrumentos, bajo el pretexto de que en el lugar en donde iban a ser instalados apenas se podía conseguir nada, todos cogían hasta lo último que les quedaba. Muchas cosas les eran ya quita­das en el mismo andén, durante las selecciones previas. Los médicos encargados de seleccionar no sólo tomaban los objetos de su propio uso, sino también maletas enteras de joyas y valores, que se guardaban. También los miembros de las brigadas de vigilancia y el personal del tren se quedaban lo suyo. También a nosotros nos caía siempre algo con lo que luego podíamos efectuar intercambios. En la cámara de efectos se entregaron, según ba­lances, valores por un total de miles de millones.

ACUSADOR.—Señor testigo, ¿podría usted indicar­nos algún dato sobre el valor exacto de los bienes requisados a los presos?

TESTIGO 8.—Según un balance del período del 1 de abril de 1942 al 15 de diciembre del 43, los efectos monetarios, divisas, metales nobles y joyas alcan­zaban ciento treinta y dos millones de marcos, a lo que se tenían que añadir mil novecientos vago­nes de tejido de hilo por un valor de cuarenta y seis millones. Y todavía se esperaba entonces el año de los mayores transportes.

ACUSADOR.—¿Quién se hacía cargo de esos valores?

TESTIGO 8.—Los bienes se transferían al Banco del Reich, o bien al Ministerio de Economía. Las joyas se fundían. Los relojes, por ejemplo, iban a parar a las tropas.

JUEZ.—¿No se produjeron nunca movimientos de resistencia en el andén? Los que llegaban eran nu­méricamente muy superiores a los vigilantes. Eran separados de sus familiares, se les quitaba cuanto poseían, y ¿no se defendían?

TESTIGO 9.—No se resistieron nunca.

JUEZ.—¿Por qué no?

TESTIGO 9.—Los que llegaban estaban extenuados y hambrientos. Sólo deseaban poder al fin descan­sar un poco.

JUEZ.—¿Ni siquiera sospechaban lo que les aguar­daba?

TESTIGO 9.—¿Cómo podían imaginarse que ya prác­ticamente no existían? Aún creía cada cual poder sobrevivir.

 

 

2- CANTO DEL CAMPO

 

I

TESTIGO 4.—Una vez cruzados los muelles, cuando aguardábamos ante la entrada del campo, oí como un preso le decía a una mujer: El coche de la Cruz Roja sólo se emplea para llevar el gas a los cre­matorios. Allí morirán vuestros familiares. La mu­jer comenzó a gritar. Un oficial que había oído esas palabras se dirigió a ella diciéndole: Pero, estimada señora, ¿cómo puede usted creer a un preso? Todos son criminales y enfermos menta­les. Mire usted las orejas gachas, las cabezas ra­padas. ¿Cómo puede usted prestar oídos a esas gentes?

JUEZ.—Señora testigo, ¿recuerda usted quién era ese oficial?

TESTIGO 4.—Volví a verle posteriormente. Trabajé de oficinista a sus órdenes en la sección políti­ca. Su nombre es Broad.

JUEZ.—¿Puede usted señalarnos al acusado Broad?

TESTIGO 4.—Ese es el señor Broad.

El acusado 6 saluda con la cabeza a la testigo, amablemente.

JUEZ.—¿Qué le sucedió al preso?

TESTIGO 4.—Oí decir que fue condenado a ciento cincuenta latigazos por difundir noticias alarman­tes. Murió en el castigo.

JUEZ.—Acusado Broad, ¿tiene usted algo que aña­dir?

ACUSADO 16.—No puedo recordar ese caso. Jamás se dieron tantos latigazos en nuestro campo.

TESTIGO 3.—Aunque allí quedaron nuestros equi­pajes y habíamos sido separados de nuestros fa­miliares, atravesamos sin desconfianza el portón, entre alambradas de púas. Creíamos que nuestras mujeres e hijos recibirían comida al otro lado y que pronto volveríamos a vernos. Lo que vimos, sin embargo, fueron cientos de seres harapientos, enflaquecidos muchos hasta los huesos. Y desapare­ció toda nuestra confianza.

TESTIGO 6.—Hacia nosotros se acercó uno gritan­do: Vosotros, presos, mirad ese humo al otro lado de los barracones. Son vuestras mujeres e hijos. También para los que habéis entrado en el campo sólo habrá una salida, a través de las rejillas de las chimeneas.

TESTIGO 3.—Fuimos conducidos a un barracón de aseo. Llegaron vigilantes y presos con grandes montones de papeles. Nos obligaron a desnudarnos y se nos quitó lo poco que aún podíamos ha­ber guardado; relojes, anillos, documentos y fotos fueron anotados en la ficha personal. Acto segui­do se nos tatuó a cada uno un número en el ante­brazo izquierdo.

JUEZ.—¿Cómo se efectuó el tatuaje?

TESTIGO 3.—Con unas agujas nos perforaron la piel marcando unas cifras sobre las que luego ino­culaban tinta china. Nos raparon el pelo, nos me­tieron bajo un ducha fría, y finalmente pudimos vestirnos.

JUEZ.—¿Cuál era su vestido?

TESTIGO 3.—Unos calzoncillos agujereados, una ca­miseta, una chaqueta destrozada, unos pantalones remendados, una gorra y un par de zuecos. Luego, marcando el paso, fuimos hasta nuestro bloque.

JUEZ.—¿Cómo era el bloque?

TESTIGO 3.—Un barracón de madera sin ventanas, con una puerta delante y otra detrás, y unas cla­raboyas en el techo inclinado. A derecha e izquier­da literas de tres pisos. La parte inferior de la lite­ra pegada al suelo. Las partes superiores, sosteni­das por tabiques de ladrillo. El largo del barracón, unos cuatrocientos metros.

JUEZ.—¿Cuántos presos se alojaban allí?

TESTIGO 3.—La sala estaba calculada para quinien­tas personas. Eramos mil hombres.

JUEZ.—¿Cuántos barracones de ese tipo había?

TESTIGO 3.—Más de doscientos.

JUEZ.—¿Qué anchura tenía la litera?

TESTIGO 3.—Aproximadamente, unos ochenta me­tros. En cada litera dormían seis hombres. Tenían que descansar colocándose unas veces sobre el lado izquierdo, otras sobre el derecho.

JUEZ.—¿Había paja o mantas?

TESTIGO 3.—Algunas literas tenían paja. La paja estaba podrida. De la litera de arriba caía la paja sobre la de abajo. Para cada litera había una manta de la que tiraban los que quedaban en las orillas. En el centro se colocaban los más fuertes.

JUEZ.—¿Tenían calefacción los barracones?

TESTIGO 3.—Había dos estufas de hierro de las que salían unas tuberías que iban a la chimenea del centro. Las tuberías eran de obra y nos servían de mesas. Las estufas casi nunca se encendían.

JUEZ.—¿Cómo eran las instalaciones sanitarias?

TESTIGO 3.—En el barracón de aseo había unas cu­bas de madera con una tubería agujereada por en­cima de la que goteaba el agua. En las letrinas había largos retretes de cemento provistos de ta­blas con aberturas redondas. Cabían doscientas personas a la vez. La brigada de letrinas cuidaba de que nadie permaneciera sentado demasiado rato. La gente de esas brigadas golpeaba con palos a los presos para sacarlos de allí. Pero muchos no podían darse tanta prisa y del esfuerzo les salía un trozo del recto. Al ser tirados volvían a colo­carse entre los que aguardaban. No había papel. Algunos se arrancaban jirones de sus vestidos para limpiarse, o se robaban por la noche trozos del uniforme unos a otros para tener así provisión. Había que hacer las necesidades por la mañana. Durante el día no era posible. De sorprender a al­guien le condenaban a la celda de castigo. Los de­sagües del barracón de aseo desembocaban en las letrinas para arrastrar los excrementos. Siempre se producían atascos porque la presión del agua no bastaba. Entonces venían las brigadas de los excre­mentos a extraer los desechos. La peste de las le­trinas se mezclaba con el olor del humo.

TESTIGO 4.—Las escudillas que habíamos recibido servían para un triple fin. Para lavarse, para coger la sopa y para hacer las necesidades por la noche. En el campo de mujeres la única fuente de agua se hallaba en las letrinas. Junto al débil chorro que caía sobre las cubas llenas de excrementos se ponían las mujeres, bebían e intentaban llevarse algo de agua en sus vasijas. Las que desistían de lavarse caían en el desespero.

TESTIGO 5.—Ya al saltar del vagón en el tumulto del andén, supe que allí era preciso ante todo de­fender el propio interés, conformarse a la autori­dad, despertar una impresión favorable y mante­nerse lejos de todo cuanto pudiera hundirnos hasta el fondo. Cuando en la sala de recepción fuimos colocadas sobre las mesas y nos inspeccionaron el ano y los órganos sexuales para ver si ocultá­bamos allí objetos de valor, desaparecieron los últimos restos de nuestra vida normal. Familia, hogar, profesión y propiedad eran conceptos que se extinguieron al marcarnos el número. Y comen­zamos a vivir según nuevos conceptos, adaptán­donos a ese nuevo mundo que para quienes querían existir en él se convirtió en el mundo normal. La norma suprema era conservarse sano y mostrar fuerza física. Yo me colocaba muy cerca de las que estaban demasiado débiles para comer su ración con el fin de apoderarme de ella a la primera oca­sión posible. Estaba siempre al acecho por si al­guna de las que ocupaban uno de los mejores sitios para dormir se acercaba a la muerte. Nuestro ascenso en la nueva sociedad comenzaba en el barra­cón que ahora era nuestro hogar. Desde el agujero en que dormíamos sobre el suelo frío y arcilloso nos peleábamos por los sitios más calientes de las literas de arriba. Si dos tenían que comer en la misma fuente se miraban fijamente las gargantas para vigilar que ninguna de ellas tragara una cucharada de más. Nuestras ambiciones se orienta­ban hacia un único fin: hacernos con algo. Era normal que todo nos hubiera sido robado; era nor­mal que nosotros volviéramos a robar. La suciedad, las heridas y epidemias en torno nuestro eran lo normal. Era normal que por todas partes muriera gente y normal era la inminencia de la propia muerte. Era normal la paulatina extinción de toda nuestra sensibilidad y la indiferencia a la vista de los cadáveres. Era normal que entre nosotros hu­biera quienes ayudaran a los que estaban por en­cima a golpear. La que se convertía en ayudante de la veterana del bloque ya no pertenecía a las inferiores, y aún subía más alto la que lograba granjearse la simpatía de la jefa del bloque. Sólo podía sobrevivir el astuto que todos los días, con atención infatigable, conquistaba un trecho más de terreno. Los incapaces, los apáticos, los débiles, los sensibles y poco prácticos, los tristes y los que se compadecían a sí mismos eran aplastados.

TESTIGO 6.—La primera mañana nos concentramos para pasar revista. Llovía. Estuvimos allí de pie durante largas horas y vimos cómo detrás del alambre de púas, al otro lado de la rampa, apa­leaban a unas mujeres, empujándolas a los camio­nes. Estaban desnudas y gritaban hacia nosotros, los hombres. Esperaban nuestra ayuda, pero nosotros permanecíamos allí, temblando, y no podía­mos ayudarlas.

TESTIGO 4.—.—Yo llegué a un barracón que estaba lleno de cadáveres. Entonces vi que algo se movía entre los muertos. Era una muchacha joven. La saqué fuera, hasta una de las calles del campo, y le pregunté: ¿Quién eres? ¿Desde cuándo estás aquí? No lo sé, dijo ella. ¿Por qué estás entre los muertos? le pregunté. Y dijo: Ya no puedo estar entre los vivos. Por la tarde, murió.

TESTIGO 5.—Tuvimos que cavar unas fosas. Mu­chas mujeres se desmayaron entre las palas y el barro. Estábamos de pie, con agua hasta las cade­ras. Los vigilantes nos observaban. Eran gente muy joven. Una mujer se dirigió al jefe de la brigada: Señor capitán, gritó, yo no puedo trabajar de este modo, estoy embarazada. Entonces aquellas gentes se rieron y uno la aplastó con la pala bajo el agua hasta que se ahogó.

TESTIGO 7.—Oí como un vigilante charlaba con un muchacho de unos nueve años a través de la alam­brada. Ya sabes mucho para tu edad, le decía el hombre. El muchacho le replicó: Sé que sé mucho y sé también que ya no aprenderé nada más. Fue cargado junto con un grupo de unos noventa ni­ños en los camiones. Cuando los niños se resistían, él gritó: Animo, subid, subid al coche, no gritéis así. Ya habéis visto que nuestros padres y abuelos se han marchado. Subid en seguida que pronto los volveréis a ver. Y cuando partían oí cómo gri­taba el vigilante: Nadie os regalará nada.

 

II

 

TESTIGO 8.—Por la mañana cada uno recibía medio litro de caldo, al caldo se unía un suplemento de café y cinco gramos de azúcar. Algunos conserva­ban aún de la tarde anterior un trozo de pan seco. A mediodía se repartía la sopa. La sopa era de pieles de patatas, nabos y berzas con una mínima adición de carne o grasa y con una materia alimen­ticia harinosa que le daba a la sopa el sabor típico de la sopa del campo. Como complemento daban fi­letes de papel y harapos en la sopa. Durante el re­parto los presos no se peleaban por ser los primeros en coger la sopa, sino por estar los últimos en la cola. El primer tercio era agua. Sólo hacia el fondo venía algo de alimento. Por la tarde, después de pa­sar revista, todos recibían su pedazo de pan de tres­cientos a trescientos cincuenta gramos, y distintos complementos, unos veinte gramos de embutido, treinta gramos de margarina o una cucharada sope­ra de mermelada de nabos. Los viernes a veces ha­bía cinco o seis patatas cocidas con piel. Con fre­cuencia sólo se daba la mitad de esos complemen­tos o incluso faltaban por completo porque el per­sonal del campo, desde las brigadas de vigilancia hasta el comandante, impunemente cogían de los almacenes los víveres destinados a los presos.

ACUSADOR.—Señor testigo, ¿cuántas calorías con­tenía por término medio la alimentación diaria?

TESTIGO 8.—De mil a mil trescientas calorías. En estado de reposo, al organismo le bastan mil sete­cientas calorías. Un obrero con un trabajo duro necesita unas cuatro mil ochocientas. Puesto que allí todos trabajaban duramente, pronto eran con­sumidas las últimas reservas. Según el estadio del hambre los movimientos se hacían más lentos porque ya no quedaban fuerzas ni para mover el pro­pio cuerpo. Apatía y somnolencia eran las carac­terísticas típicas de la debilidad. El extenuamiento físico iba acompañado de un agotamiento mental que llevaba a la desaparición total del interés por los acontecimientos. En semejantes condiciones ningún preso podía ya concentrar sus ideas. Su memoria disminuía hasta el punto de que ya ni si­quiera podía decir su propio nombre. Por término medio ningún preso vivía más allá de tres o cinco meses.

DEFENSOR.—Señor testigo, ¿cómo pudo ser enton­ces posible que usted mismo sobreviviera?

TESTIGO 8.—Sólo podía sobrevivir quien durante las primeras semanas lograba obtener algún desti­no en el campo, bien por ser capaz de alguna activi­dad especializada, bien por ser nombrado para al­guna función auxiliar. Cualquier preso con un des­tino que supiera aprovechar su situación privilegia­da podía conseguirlo prácticamente todo en el campo.

DEFENSOR.—¿Qué clase de privilegio tenía usted?

TESTIGO 8.—Era médico ayudante. Primero lo fui en el campo de cuarentena, luego en la enfermería.

JUEZ.—¿Qué condiciones había allí?

TESTIGO 8.—En el campo de cuarentena había ra­tas que roían no sólo los cadáveres, sino también a los enfermos graves. Con frecuencia los pies de los agonizantes aparecían mordidos por la mañana. Los animales cogían por la noche el pan de los bolsillos de los presos. Y éstos con frecuencia se insultaban entre sí: Tú me has robado mi pan. Pe­ro eran las ratas. Millones y millones de pulgas martirizaban el campo. El que tenía botas las aban­donaba porque los bichos le quitaban las ganas de usar aquella prenda tan valiosa. El que sólo llevaba calcetines y harapos podía siquiera rascarse. En la enfermería se estaba mejor. Había vendas de papel rizado, algo de celulosa, un recipiente con ungüento de ictiol y un recipiente con tiza. En las heridas se ponía el ungüento y en los eczemas, tiza, para que no se notaran. Teníamos además unas tabletas de aspirina que se colgaban de hilos. Los enfermos con menos de treinta y ocho de fiebre podían darle una chupada, los que tenían más de treinta y ocho gra­dos, dos.

JUEZ.—¿Cuáles eran las enfermedades más fre­cuentes?

TESTIGO 8.—Aparte de la debilidad general y los daños por malos tratos, teníamos tifus y paratifus, tifus de vientre, erisipela y tuberculosis, así como la enfermedad típica del campo, una disentería rebelde a la terapia. La furunculosis florecía en el campo. Con frecuencia los vigilantes pegaban con varas sobre las úlceras hasta que la carne se separa­ba del hueso. Yo he visto en el campo enfermedades que jamás habría creído llegar a ver en mi vida. Enfermedades de las que sólo se tiene noticia por los li­bros. Allí había noma, una enfermedad que sólo se presenta en hombres totalmente extenuados y forma agujeros en las mejillas a través de los que pueden verse los dientes. O femficus, una enferme­dad muy rara en el curso de la cual la piel se des­hace en pústulas, y que al cabo de pocos días pro­voca la muerte.

TESTIGO 9.—Después de la revista de la tarde, el jefe de nuestro bloque elegía algunos para hacer deporte; teníamos que saltar como ranas, «brincar más rápido, brincar más rápido», gritaba, y si algu­no ya no podía seguir haciéndolo, le golpeaba con un taburete.

JUEZ.—¿Cómo se llamaba ese jefe de bloque?

TESTIGO 9.—Se llamaba Bednarek y puedo seña­larle.

ACUSADO 18.—No tengo noticia de que la gente fue­ra golpeada durante los ejercicios deportivos.

JUEZ.—¿En qué consistían esos ejercicios deporti­vos?

ACUSADO 18.—Los presos débiles sólo tenían que hacer ejercicios corporales fáciles. Izquierda, dere­cha. Eso era todo.

TESTIGO 9.—En invierno, Bednarek mandaba a los presos permanecer durante media hora bajo la ducha fría hasta que quedaban rígidos y helados. Luego eran lanzados al patio, donde morían.

ACUSADO 18.—Esos cargos son invenciones. Yo no podía hacer tal cosa. Yo era un simple preso con un destino y tenía por encima de mí al capo, al jefe de las brigadas de trabajo y al veterano del campo. Yo mismo, y eso puedo decirlo hoy con orgullo, dejé dormir en mi habitación a compañe­ros presos, y entre nosotros, en el bloque, siempre hubo alegría por las noches.

TESTIGO 9.—Cuando Bednarek golpeaba a muerte a algún preso, se marchaba a su habitación y re­zaba.

ACUSADO 18.—He de decir que sí soy creyente. Pero nunca me atreví a rezar, había demasiados soplo­nes. Y nunca maté a nadie a golpes. A lo sumo quizás una paliza al tener que acabar con alguna pelea.

TESTIGO 3.—En el campo había uno sobre todo que siempre estaba el primero allí donde se pegara o matara. Se llamaba Kaduk. Kaduk era un mito.

JUEZ.—Señor testigo, ¿puede usted señalar al acu­sado Kaduk?

TESTIGO 3.—Ese es Kaduk.

El acusado Kaduk son­ríe irónicamente al testigo.

TESTIGO 3.—Kaduk era llamado por los presos profesor o el santo doctor Kaduk por­que hacía selecciones por su cuenta. Con el mango de su bastón pescaba las víctimas por el cuello o la pierna.

ACUSADO 7.—Señor Director, eso es falso.

TESTIGO 3.—Yo vi como Kaduk sacaba cientos de presos de la enfermería. Tenían que desvestirse y marchar en fila delante de Kaduk. Este levantaba su bastón hasta una altura de un metro. Los presos tenían que saltar por encima. El que rozaba el bastón iba al gas. El que lograba saltar por en­cima era azotado hasta desfallecer. Ahora salta otra vez, gritaba Kaduk, y esa segunda vez ya no lo lograba.

ACUSADO 7.—Yo no seleccioné a ningún preso. Yo no decidí nada. Eso no era de mi competencia.

JUEZ.—¿Cuál era entonces su misión?

ACUSADO 7.—Sólo tenía que vigilar en las seleccio­nes. Siempre puse gran atención, como un lince, en que de los seleccionados ninguno se colara al grupo de los aptos para el trabajo.

JUEZ.—¿Prestó usted también servicios en el an­dén?

ACUSADO 7.—Sí, tenía que dirigir la marcha de los grupos.

JUEZ.—¿Cómo lo hacía?

ACUSADO 7.—Todos fuera, equipajes sobre el an­dén, en marcha, en filas de a cinco.

TESTIGO 3.—Kaduk disparaba sin orden ni concier­to a las gentes.

ACUSADO 7.—Sin orden ni concierto jamás se me hubiera ocurrido disparar. Si hubiera querido disparar habría alcanzado al que quisiera alcanzar. Fui duro, tengo que reconocerlo. Pero sólo hice lo que era mi deber.

JUEZ.—Y ¿cuál era su deber?

ACUSADO 7.—Cuidar de que todo marchara bien. Los niños eran inmediatamente apartados, también las madres que no querían separarse de sus hijos. Todo iba sin dificultades. Los transportes llegaban como una seda, no era necesario recurrir a la violencia. Todo lo aceptaban con pasividad. Nunca se resistían porque veían que toda resistencia hubiera sido absurda.

TESTIGO 6.—En una ocasión Kaduk golpeó en nues­tro grupo de trabajo a un preso hasta que cayó al suelo. Luego puso el bastón encima de su cuello y se colocó sobre ambos extremos balanceándose hasta que aquel hombre murió de asfixia.

ACUSADO 7.—¡Mentira, mentira!

JUEZ.—Siéntese, Kaduk, no grite usted al testigo.

ACUSADO 7.—Señor Director, es que no es verdad lo que aquí se dice. A mí sólo me importa la ver­dad. Entre nosotros jamás se mató de ese modo a un preso. Teníamos orden de tratar a los grupos de trabajo con consideración. Pero a veces algunos caían al suelo con sólo levantar yo la mano. Eso es lo que puede haberle confundido.

Los acusados ríen.

ACUSADO 7.—Señor Director, no teníamos interés alguno en pegar. A las cinco y media de la mañana ya está­bamos en pie y por la noche aún teníamos que pres­tar servicio en el andén. Con eso sobraba. Señor Di­rector, no quiero sino vivir en paz. Lo he demostra­do en los años pasados. He sido enfermero y fui querido por mis pacientes. Pueden atestiguarlo. Papá Kaduk me llamaban. ¿No le dice nada esto? ¿Habré de expiar ahora lo que no tuve más reme­dio que hacer entonces? Todos los demás lo hicie­ron también. ¿Por qué precisamente se me atrapa a mí?

 

III

 

TESTIGO 4.—Cuanto mejor uno lograba oprimir a sus subordinados, más segura era su posición. Yo vi cómo cambiaba de cara la veterana del blo­que cuando hablaba con una superiora: entonces se mostraba alegre y obsequiosa, ocultando así su miedo. A veces era tratada por la vigilanta como la mejor de sus amigas y gozaba de muchas liber­tades. Pero si la vigilanta dormía mal, su preferida podía caer en desgracia en cualquier momento. Y ya había pasado por todo, sus familiares habían sido liquidados ante sus ojos, había tenido que ver cómo asesinaban a sus hijos, y se había hecho insensible. Igual que todas nosotras, sabía que si alguna vez se hundía nadie la ayudaría y en su lugar otra cualquiera seguiría maltratando. Así pues nos maltrataba porque quería permanecer arriba a toda costa.

TESTIGO 5.—El dilema entre lo justo y lo injusto ya no existía. Para nosotras sólo contaba lo que pudiera sernos útil en el momento. Sólo nuestros dueños podían permitirse tener humor e incluso mostrar emoción o compasión y hacer planes para el futuro. El doctor Rhode, médico del campo, me permitió trabajar en su departamento. Supo que habíamos estudiado en la misma ciudad y me pre­guntó si no nos habríamos encontrado alguna vez en Ritter donde él solía ir a beber vino. Y yo pensé, está bien, si así lo quieres te lo confirmaré, y le recordé su juventud. Y él me dijo: después de la guerra volveremos a reunimos allí. El doctor Mengele envió flores a una embarazada, y la esposa del comandante envió con un saludo al barracón de los niños, donde otro tuvo la ocurrencia de pintar enanos en las paredes y colocar una caja de arena, una chaquetilla de bebé hecha por ella misma. Los caminos que llevaban a los crematorios eran rastri­llados entre transporte y transporte. Los arbustos estaban podados y entre la hierba que crecía sobre las cámaras subterráneas se plantaban parterres. Mengele llegaba con su aire de orgullo, ocultando el pulgar en el cinturón, y saludaba amablemente a los niños que le llamaban tío antes de ser descuar­tizados en su laboratorio. Pero también había allí uno llamado Flacke en cuyo departamento nadie moría de hambre y los presos llevaban vestidos limpios. Señor funcionario del Cuerpo de sanidad, le dije, para quién y por qué hace usted esto si todos tienen que desaparecer un día u otro puesto que no puede permitirse que quede un solo testigo. Entonces me dijo: Suficientes habrá entre noso­tros que sabrán impedirlo.

ACUSADOR.—¿Quiere usted decir con ello, señora testigo, que, de proponérselo, cada uno de los fun­cionarios del campo podía oponerse a las circuns­tancias y cambiarlas?

TESTIGO 5.—Precisamente eso quería decir.

TESTIGO 1.—Sólo al principio era posible reaccio­nar de manera normal. Una vez se llevaba cierto tiempo allí ya no se podía, se caía en el reglamento, se estaba preso y era preciso someterse.

ACUSADOR.—Señor testigo, en su condición de mé­dico, usted estaba encargado de combatir las epide­mias.

TESTIGO 1.—Entre el personal del campo y sus fa­milias se habían presentado casos de fiebre exan­temática y tifus. Yo tenía que prestar servicio en el campo siguiendo instrucciones del Instituto de Higiene.

ACUSADOR.—Así pues, ¿no se trataba de atender a los presos?

TESTIGO 1.—No.

ACUSADOR.—¿Se hizo usted alguna idea de las cir­cunstancias que reinaban en el campo?

TESTIGO 1.—Nada más llegar, el jefe del laboratorio me dijo: Todo esto es nuevo para ti y no es tan grave, nosotros no tenemos nada que ver con la liquidación de hombres, cosa que, por otra parte, tampoco nos importa. Si al cabo de catorce días de­sistes de permanecer aquí, podrás marcharte. Con la intención de abandonar el campo a las dos sema­nas comencé mi trabajo. Ya al cabo de unos días me ordenó el médico local, doctor Wirth, tomar parte en las selecciones del muelle. Cuando le dije que no estaba dispuesto a hacerlo, contestó: Allí no tendrá usted mucho trabajo. Pero me negué.

ACUSADOR.—¿Qué ocurrió ante su negativa?

TESTIGO 1.—No ocurrió nada. No tuve que parti­cipar en las selecciones.

ACUSADOR.—¿Abandonó usted el campo tras el pe­ríodo de prueba?

TESTIGO 1.—Decidí luego quedarme con el fin de hacer algo contra las enfermedades. Vi que era posible al menos impedir algo aquí o allá sin exponerse uno mismo. Gracias a mi trabajo se consi­guió evitar el peligro de epidemia.

ACUSADOR.—Entre el personal del campo, no entre los presos.

TESTIGO l.—Sí, ésa era mi misión.

JUEZ.—Señor testigo, usted era responsable en aquel tiempo de la línea de centinelas externos e internos, así como de las brigadas de vigilancia de los grupos de trabajo. ¿Qué tenía usted que hacer?

TESTIGO 2.—Mi misión era observar si los soldados vigilaban fiel y adecuadamente.

JUEZ.—¿Qué clase de principios regían en esa vigi­lancia?

TESTIGO 2.—En los intentos de fuga, el soldado te­nía que dar el alto tres veces al fugitivo y luego disparar al aire. Si a pesar de todo el fugitivo no se detenía, tenía que disparar con el fin de impedir la fuga.

JUEZ.—¿Se mató a tiros a algún preso en tales ocasiones?

TESTIGO 2.—Bajo mi mando, no.

JUEZ.—¿Se arrojaron algunos presos a la alam­brada de púas electrificada?

TESTIGO 2.—Bajo mi mando, no.

JUEZ.—Pero ¿ocurrió tal cosa en alguna otra oca­sión?

TESTIGO 2.—Algún caso llegó a mis oídos.

JUEZ.—¿Obedecían las brigadas de vigilancia las instrucciones?

TESTIGO 2.—En la medida de mis conocimientos, sí. Puedo dar mi palabra de honor.

JUEZ.—¿Sabe usted algo de los tiros a las gorras?

TESTIGO 2.—¿De qué?

JUEZ.—De los tiros a las gorras.

TESTIGO 2.—Algo he oído de eso.

JUEZ.—¿Qué ha oído?

TESTIGO 2.—Contaban que echaban las gorras y luego disparaban.

JUEZ.—¿Quién lanzaba las gorras, de quién eran y quién disparaba?

TESTIGO 2.—Lo ignoro.

JUEZ.—¿Qué es, pues, lo que le contaron?

TESTIGO 2.—Sí, se ordenaba a un preso que se qui­tara la gorra y la lanzara lejos y luego se le decía: «rápido, corre y coge la gorra». Y cuando corría, se le liquidaba.

JUEZ.—¿Y si no corría?

TESTIGO 2.—Era fusilado igualmente, puesto que no obedecía una orden.

ACUSADOR.—Señor testigo, ¿se daban primas o per­misos especiales como premio por los presos fusi­lados al intentar fugarse?

TESTIGO 2.—No conozco ningún caso semejante. Además, no lo creo. Iría en contra de la dignidad de un soldado el que tal acción se premiara.

ACUSADOR.—Obran en poder del tribunal documen­tos según los cuales en distintos casos fueron recompensados unos centinelas por fusilar presos en fuga. También se exponían continuamente listas con los nombres de los presos fusilados en intento de fuga.

TESTIGO 2.—Desconozco todo eso.

ACUSADOR.—Señor testigo, según nuestras noticias actualmente ejerce usted la profesión de director de seguros.

DEFENSOR.—Protestamos ante tan inadecuada in­tromisión del fiscal.

ACUSADOR.—Señor testigo, damos por supuesto que conoce usted la importancia de una firma personal.

TESTIGO 2.—Desde luego.

ACUSADOR.—Algunas de esas listas están firmadas por usted.

TESTIGO 2.—Es posible que alguna vez tuviera que hacerlo por simple rutina. No puedo recordarlo.

 

 

3- CANTO DEL COLUMPIO

 

I

JUEZ.—Señora testigo, usted tenía un destino en la sección política. ¿Cuál era su trabajo?

TESTIGO 5.—Primero fui mecanógrafa de la oficina, luego, gracias a mis conocimientos de idiomas, me hicieron intérprete.

JUEZ.—¿Por quién fue usted propuesta?

TESTIGO 5.—Por el señor Boger.

JUEZ.—Señora testigo, ¿reconoce usted al acusado Boger?

TESTIGO 5.—Ese es el señor Boger.

El acusado dos saluda amablemente a la testigo.

DEFENSOR.—Señora testigo, ¿dónde se encontraba la sección política?

TESTIGO 5.—Era un barracón de madera situado inmediatamente detrás de la entrada.

DEFENSOR.—¿Detrás de qué entrada?

TESTIGO 5.—A la izquierda de la entrada del viejo campo del cuartel.

DEFENSOR.—¿A qué distancia se encontraba el campo viejo de los campos exteriores?

TESTIGO 5.—A unos tres kilómetros.

DEFENSOR.—¿Dónde vivía usted?

TESTIGO 5.—En el campo de mujeres.

DEFENSOR.—¿Puede usted describirnos el camino hasta su lugar de trabajo?

TESTIGO 5.—Cada mañana teníamos que salir del campo y caminar por unos llanos. El camino atra­vesaba la vía del tren. Allí maniobraban los trenes de carga. Con frecuencia teníamos que aguardar junto a la barrera. Detrás del terraplén había más tierras y un par de granjas abandonadas. Luego atravesábamos una verja. Allí había árboles y es­taba el viejo crematorio. A su lado se hallaba la sección política.

DEFENSOR.—¿Se encontraba la sección política en terreno propio del campo?

TESTIGO 5.—Se encontraba fuera del campo de castigo. Primero estaban los edificios de la admi­nistración. Luego la doble alambrada y las torres de vigilancia. Detrás venían los barracones de los presos.

DEFENSOR.—¿Qué aspecto tenía el barracón de la sección política?

TESTIGO 5.—Era de una sola planta y pintado de verde.

DEFENSOR.—¿Qué aspecto tenía la oficina?

TESTIGO 5.—Tenía macetas con flores en las ven­tanas y visillos. En las paredes había cuadros y letreros.

DEFENSOR.—¿Qué clase de cuadros y letreros?

TESTIGO 5.—Ya no recuerdo.

DEFENSOR.—¿Quién cuidaba del orden dentro de la oficina?

TESTIGO 5.—El señor Broad. Nosotras, las oficinis­tas, teníamos que presentarnos siempre impeca­bles. Podíamos dejarnos crecer el pelo, llevábamos pañuelos de cabeza y teníamos vestidos y zapatos de verdad. Por la mañana echábamos saliva en los zapatos y con las manos les sacábamos brillo.

DEFENSOR.—¿Cómo se comportaba con usted el se­ñor Boger?

TESTIGO 5.—A mí el señor Boger siempre me trató humanamente. Me daba a menudo un cazo con las sobras de su comida. En una ocasión me salvó la vida al tener que ser yo trasladada a la compañía de castigo. Un «capo» me había denunciado por descuidarme en la limpieza del polvo. El señor Bo­ger hizo que la denuncia no progresara.

JUEZ.—Señora testigo, ¿cuántas oficinistas había en la sección?

TESTIGO 5.—Eramos dieciséis muchachas.

JUEZ.—¿Cuál era su trabajo?

TESTIGO 5.—Teníamos que confeccionar las listas de los muertos, es decir, de las llamadas bajas. Teníamos que registrar las filiaciones, las fechas y las causas de los fallecimientos. Los registros te­nían que ser llevados a cabo con absoluta exactitud. De encontrar alguna errata, el señor Broad se ponía furioso.

JUEZ.—¿Cómo estaban ordenados los archivos?

TESTIGO 5.—Había dos mesas. En una de ellas es­taban los ficheros con los números de los vivos. En la otra, los ficheros con los números de los muertos. Allí podíamos ver cuántos vivían todavía de un transporte. De cien, al cabo de una semana sólo quedaban un par de docenas vivos.

JUEZ.—¿Se inscribían todos los casos de defunción que se presentaban en el campo?

TESTIGO 5.—Sólo se contabilizaban los presos que recibían un número; los que del andén iban direc­tos al gas no constaban en lista alguna.

JUEZ.—¿Qué causas de defunción registraba usted?

TESTIGO 5.—La mayoría de las causas de defunción que registrábamos eran ficticias. Por ejemplo, no podíamos registrar fusilado por intento de fuga, sino ataque al corazón. Y en lugar de depaupera­ción escribíamos disentería. Teníamos que cuidar de que no murieran en el mismo minuto dos presos y de que las causas de defunción se adecuaran a la edad. Así, uno de veinte años no podía morir de debilidad cardíaca. En los primeros tiempos aún se escribían cartas a los parientes.

ACUSADOR.—Señora testigo, ¿recuerda usted el tex­to de las cartas?

TESTIGO 5.—Pese a todos los cuidados médicos no se ha logrado por desgracia salvar la vida del inter­nado. Expresamos con motivo de esa gran pérdida nuestro pésame más sentido. Si ese es su deseo, se le puede remitir la urna contra reembolso de quince marcos.

ACUSADOR.—¿Se encontraban en esa urna las ceni­zas del fallecido?

TESTIGO 5.—En aquellas urnas había ceniza de muchos muertos. A través de la ventana podíamos ver los montones de cadáveres frente al viejo cre­matorio. Eran volcados de los camiones.

ACUSADOR.—¿Puede usted darnos cifras relativas a los casos de fallecimiento registrados por usted?

TESTIGO 5.—Trabajábamos de doce a quince horas al día con los libros oficiales de registro de defun­ciones. Se registraban unos trescientos fallecimien­tos diarios.

ACUSADOR.—¿Se encontraban entre esos casos al­gunos debidos a la intervención directa del depar­tamento político?

TESTIGO 5.—Diariamente morían allí presos por malos tratos y fusilamiento.

DEFENSOR.—Señora testigo, ¿dónde eran fusilados los presos?

TESTIGO 5.—En el bloque once del campo.

DEFENSOR.—¿Podía usted penetrar en el campo?

TESTIGO 5.—No, pero nos enterábamos de todo. Toda comunicación al respecto venía a nuestras manos. Boger nos decía: Lo que ustedes ven y oyen aquí no lo han visto ni oído nunca.

JUEZ.—¿Cómo se realizaban los interrogatorios en la sección política?

TESTIGO 5.—Boger comenzaba los interrogatorios siempre muy tranquilo. Se colocaba muy cerca del detenido y le hacía preguntas que yo tenía que tra­ducir. Si el preso no respondía, Boger agitaba un llavero frente a su cara. Si el preso continuaba ca­llado, le golpeaba en la cara con las llaves. Al final se ponía aún más cerca y le decía: Tengo una má­quina que te hará hablar.

JUEZ.—¿Qué clase de máquina era?

TESTIGO 5.—Boger la llamaba la máquina de ha­blar.

JUEZ.—¿Dónde se encontraba la máquina?

TESTIGO 5.—En la habitación contigua.

JUEZ.—¿Vio usted la máquina?

TESTIGO 5.—Sí.

JUEZ.—¿Qué aspecto tenía?

TESTIGO 5.—Eran palos.

DEFENSOR.—Señora testigo, ¿no se confunde su memoria?

TESTIGO 5.—Era un armazón del que se les colgaba. Oíamos los golpes y gritos. Al cabo de una hora, o incluso de varias horas, los sacaban. Era imposible reconocerlos.

JUEZ.—¿Aún vivían?

TESTIGO 5.—Quien no moría en aquello apenas po­día sobrevivir a las horas siguientes. Una vez Boger vio que yo lloraba. Dijo: Aquí debe usted prescindir de sus sentimientos personales.

JUEZ.—¿Por qué recibían los presos ese castigo?

TESTIGO 5.—A veces porque uno había robado un pedazo de pan o no había seguido de inmediato la orden de trabajar más rápido. Con frecuencia bas­taba un chivato que hubiera denunciado a la per­sona en cuestión. Había un buzón para las cartas de los soplones donde podían echarse como simples papeles.

ACUSADO 2.—Jamás actué por semejantes tonterías. En la sección política sólo teníamos que ocuparnos de los actos de resistencia.

JUEZ.—Señora testigo, ¿con qué frecuencia vio us­ted morir presos luego de salir de la máquina?

TESTIGO 5.—Como mínimo, veinte veces.

JUEZ.—¿Puede usted garantizar que siquiera en veinte casos se produjo la muerte en su presencia?

TESTIGO 5.—Sí.

JUEZ.—Señora testigo, ¿presenció usted la aplica­ción de la pena?

TESTIGO 5.—Sí. Una vez vi allí un hombre colgado cabeza abajo. En otra ocasión vi una mujer atada al palo. Boger nos obligaba a mirar.

ACUSADO 2.—Es verdad que la testigo actuó como intérprete entre nosotros. Sin embargo, nunca es­tuvo presente en los interrogatorios duros. En tales ocasiones, jamás estuvieron damas presentes.

TESTIGO 5.—Damas.

ACUSADO 2.—Bien puedo decirlo hoy.

Los acusados ríen.

JUEZ.—Señora testigo, ¿vio usted a alguno de los acusados aquí presentes dando golpes?

TESTIGO 5.—Vi a Boger en mangas de camisa con el instrumento de golpear en la mano y con fre­cuencia le vi salir manchado de sangre. En una ocasión oí como Broad le decía a Lachmann, un miembro de la sección política: Sabes, Gerhard, ha salpicado como una bestia. Luego me dio su chaqueta para que se la limpiara. Los señores siem­pre miraban mucho la limpieza. Broad se miraba complacido al espejo, sobre todo después de ascender a Sturmann, cuando yo le había cosido ya el galón de cabo. En una ocasión tuve que limpiar las botas de Boger.

JUEZ.—¿Cómo fue eso?

TESTIGO 5.—Había pasado un camión por delante con una carga de niños. Lo vi por la ventana de la oficina. Un niño saltó del camión. Llevaba una man­zana en la mano. Entonces Boger se separó de la puerta. El niño estaba allí con la manzana; Boger fue hacia él y le cogió por los pies aplastándole la cabeza contra el barracón. Luego recogió la manza­na, me llamó y dijo: Limpie esta pared. Y cuando luego estuve en un interrogatorio vi cómo se comía la manzana.

DEFENSOR.—Señora testigo, en las investigaciones seguidas jamás menciona usted este caso.

TESTIGO 5.—No podía hablar de ello.

DEFENSOR.—¿Por qué?

TESTIGO 5.—Hay razones personales.

DEFENSOR.—¿Puede usted indicarnos esas razo­nes?

TESTIGO 5.—Desde entonces, jamás he querido tener hijos.

DEFENSOR.—¿Por qué ahora puede usted hablar de ello?

TESTIGO 5.—Ahora que le veo de nuevo, debo de­cirlo.

JUEZ.—Acusado Boger, ¿qué tiene usted que alegar a esa inculpación?

ACUSADO 2.—Es un invento con el que la testigo paga muy mal la confianza que entonces deposité en ella.

 

II

 

TESTIGO 7.—Junto con otros presos fui llevado a la sala de interrogatorios de la sección política.

JUEZ.—¿Puede usted describir esa sala?

TESTIGO 7.—En el suelo había ricas alfombras que fueron requisadas de un transporte francés. El es­critorio de Boger estaba casi enfrente de la puerta. Se hallaba sentado en el escritorio cuando entré. La intérprete estaba sentada detrás.

JUEZ.—¿Quién estaba además en la habitación?

TESTIGO 7.—El jefe de la sección política, Grabner, y los acusados Dylewski y Broad.

JUEZ.—¿Qué le dijeron?

TESTIGO 7.—Boger dijo: Somos la sección polí­tica, nosotros no preguntamos, sólo escuchamos. Tú mismo has de saber lo que tienes que decir.

JUEZ.—¿Por qué razón fue usted llevado allí?

TESTIGO 7.—No lo sabía. No sabía qué decir y rogué a los señores que me preguntaran. Entonces me pegaron hasta quedar inconsciente. Cuando volví en mí, estaba echado en el pasillo. Boger estaba a mi lado. Ponte de pie, me dijo. Pero yo no podía poner­me de pie. Boger me dio una patada. Entonces me incorporé arrimándome a la pared. Vi que echaba sangre. El suelo y mis ropas estaban llenos de san­gre. Mi cabeza estaba destrozada, la nariz rota. Durante toda la tarde y hasta bien entrada la noche tuve que permanecer de pie, de cara a la pared. Había allí algunos más. El que se volvía era golpeado con la cabeza contra la pared. Al día siguien­te fui nuevamente interrogado. Me condujeron a la habitación junto con los demás presos.

JUEZ.—¿Qué querían saber de usted?

TESTIGO 7.—Durante todo el tiempo yo no supe de qué se trataba. Me golpearon un par de veces en la cabeza con algo, creo que fue con una espiral metá­lica; luego tuve que salir nuevamente al pasillo y el que estaba a mi lado fue llevado por Boger a la habitación contigua. Se llamaba Walter Windmüller.

JUEZ.—¿Sabe usted lo que le sucedió?

TESTIGO 7.—Calculo que estuvo de dos a tres horas allí dentro. Yo seguí en el pasillo de cara a la pared. Luego salió Windmüller. Tuvo que colocarse a mi lado. Chorreaba sangre por las perneras del pan­talón y cayó al suelo un par de veces. Allí apren­dimos a hablar con los labios inmóviles. Cuando le pregunté por el interrogatorio dijo: Me han destro­zado los testículos allí dentro. Murió aquel mismo día.

JUEZ.—¿Fue responsable Boger de la muerte de ese preso?

TESTIGO 7.—Estoy seguro de que por los menos fue golpeado a morir con la colaboración directa de Boger, en el caso de que no fuera él mismo quien lo hiciera.

JUEZ.—Acusado Boger, ¿tiene usted algo que aña­dir?

ACUSADO 2.—Señor Presidente, si me es permitido hacer una aclaración, aquello no ocurrió de ese mo­do.

JUEZ.—¿Cómo fue pues?

ACUSADO 2.—Señor Presidente, yo no he matado a nadie. Sólo tenía que llevar a cabo los interrogato­rios.

JUEZ.—¿Qué clase de interrogatorios?

ACUSADO 2.—A veces eran interrogatorios duros que se practicaban dentro de los límites de las dis­posiciones vigentes.

JUEZ.—¿En qué se basaban esas disposiciones?

ACUSADO 2.—En interés de la seguridad del campo se debía proceder rígidamente contra traidores y otros elementos asociales.

JUEZ.—Acusado Boger, en su calidad de comisario de policía, ¿no sabía usted que un hombre sometido a tal interrogatorio dice todo cuanto se quiere que diga?

ACUSADO 2.—Ahí soy de opinión distinta y, por su­puesto, refiriéndome expresamente a nuestro come­tido. Ante la obstinación de los detenidos sólo la violencia servía para sacar la declaración.

TESTIGO 8.—Cuando fui llamado a la sala de inte­rrogatorios vi en la mesa de Boger un plato de aren­ques. Grabner me preguntó si estaba hambriento. Yo le contesté que no. Pero Grabner me dijo: Sé muy bien cuando hiciste la última comida. Hoy co­nocerás mi buen corazón. Te daré de comer. Boger ha preparado una ensalada para ti. Y me ordenó comérmela. Yo no podía porque llevaba las manos esposadas. Entonces Boger aplastó mi cara contra el plato. Tuve que tragarme los arenques. Estaban tan salados que vomité. Me obligaron a tragar lo vomitado y el resto de los arenques. Al final, aún me quedaba algo en la boca y Boger gritó: Id con cuidado de que no vomite el resto en el pasillo. Luego me llevaron al bloque once y por las manos atadas a la espalda me colgaron del techo. Eso se llamaba colgar en estaca. Se estaba colgado a una altura tal que las puntas de los pies rozaban el suelo. Boger me golpeaba de acá para allá y me daba patadas al vientre. Frente a mí había un cubo lleno de agua. Boger me preguntó si quería beber. Se rió y me balanceó de un lado para otro. Cuando perdí el conocimiento me tiraron el agua encima. Me quedé sin vida en los brazos, las articulaciones casi rotas. Boger me preguntaba, pero mi lengua estaba tan hinchada que no podía responder. En­tonces Boger me dijo: Aún tenemos otro columpio para ti. Y volvieron a llevarme a la sección política.

DEFENSOR.—Señor testigo, ¿fue usted sometido a esa máquina?

TESTIGO 8.—Sí.

DEFENSOR.—Sí que era, pues, posible sobrevivir a aquello.

 

III

 

TESTIGO 8.—Recuerdo una mañana de la primavera de 1942. Un grupo de presos destinados a policías marchaba hacia el barracón de la antigua oficina de correos en donde se había instalado la sección política. Los presos que iban delante llevaban dos armazones de madera semejantes a los postes de una valla. Iban seguidos de unos guardias con ame­tralladoras y de los señores de la sección con car­teras de documentos y porras de cuero secas, es­pecialmente preparadas, tal como se empleaban para las torturas. Esos postes formaban el armazón del columpio.

JUEZ.—¿Fue entonces empleada por primera vez la máquina?

TESTIGO 8.—Ya existía antes en una forma más simple. Al principio era sólo una barra de hierro colocada sobre dos mesas a la que se ataba el pre­so. Pero puesto que el tubo durante los golpes ro­daba de un lado para otro se fabricó el armazón pa­ra conseguir más estabilidad.

DEFENSOR.—Señor testigo, ¿cómo sabe usted esas cosas?

TESTIGO 8.—Nada de lo que ocurría en nuestro sec­tor del campo podía quedarnos oculto. En el viejo campo todo sucedía en un espacio muy reducido. La extensión del campo no era mayor de unos dos­cientos por trescientos metros. Desde cada uno de los veintiocho bloques, podía divisarse todo el campo.

JUEZ.—¿Por qué razón fue usted llamado al inte­rrogatorio?

TESTIGO 8.—Me destinaron a la construcción de las instalaciones de desagüe que se extendían alrede­dor del campo. Durante ese trabajo ayudé a un compañero a encontrar a su madre que estaba de­tenida en el campo de mujeres. Aquel preso se llamaba Janicki. Fue conducido primero a la sala de interrogatorios. Luego fue arrojado al pasillo. Aún vivía. Abrió la boca y sacó toda la lengua la­miendo el suelo de sed. Boger fue hacia él y le giró la cabeza de una patada. Luego me dijo: Ahora te toca a ti. Si no dices la verdad te pasará lo mismo. Entonces fui tensado en el columpio.

JUEZ.—Señor testigo, describa usted aquel pro­cedimiento.

TESTIGO 8.—El preso tenía que sentarse en el suelo con las rodillas dobladas, le ataban las manos por delante, bajándoselas hasta que le quedaran por encima de las rodillas. Traían la barra y se la colo­caban entre sus antebrazos y las corvas. Luego le­vantaban la barra y la ponían en el armazón.

JUEZ.—¿Quién ejecutaba los preparativos?

TESTIGO 8.—Dos presos destinados allí en calidad de ayudantes.

JUEZ.—¿Quién había además en la habitación?

TESTIGO 8.—Vi allí a Boger, Broad y Dylewski. Boger me hacía preguntas, pero yo no podía respon­der. Estaba colgado con la cabeza hacia abajo y aquellos dos presos me balanceaban de un lado para otro.

DEFENSOR.—¿De qué preguntas se trataba?

TESTIGO 8.—Preguntas sobre otros nombres.

JUEZ.—¿Le golpeaban al mismo tiempo?

TESTIGO 8.—Boger y Dylewski me pegaban alter­nadamente con látigos.

DEFENSOR.—¿No eran los mismos presos quienes pegaban?

TESTIGO 8.—Vi a Boger y Dylewski con látigos en la mano.

JUEZ.—¿Dónde pegaban?

TESTIGO 8.—En las nalgas, en la espalda, muslos, manos, pies, y en la nuca. Pero sobre todo los gol­pes iban dirigidos a las partes genitales. Allí apun­taban especialmente. Tres veces perdí el sentido y me echaron agua.

JUEZ.—Acusado Boger, ¿admite usted haber mal­tratado a este testigo?

ACUSADO 2.—Para esa pregunta sólo tengo un claro y rotundo no.

TESTIGO 8.—Aun conservo las señales.

ACUSADO 2.—Pero no mías.

JUEZ.—Acusado Boger, ¿actuó usted con el instru­mento aquí descrito?

ACUSADO 2.—En ciertos casos hube de disponerlo. El castigo fue llevado a cabo por los presos allí des­tinados como auxiliares y bajo mi vigilancia.

JUEZ.—Acusado Boger, ¿juzga usted falsa la expo­sición del testigo?

ACUSADO 2.—La exposición es defectuosa y no co­rresponde a la verdad en todas sus partes.

JUEZ.—¿Cuál es la verdad?

ACUSADO 2.—Cuando el preso confesaba, el castigo se interrumpía inmediatamente.

JUEZ.—¿Y si el preso no confesaba?

ACUSADO 2.—Se le pegaba hasta que salía sangre. Entonces se terminaba.

JUEZ.—¿Se hallaba presente un médico?

ACUSADO 2.—Jamás vi una orden que hablara del requerimiento de un médico. Eso además era inne­cesario puesto que yo paraba cuando salía sangre. La finalidad de un interrogatorio duro quedaba al­canzada cuando la sangre corría por los pantalo­nes.

JUEZ.—¿Se consideraba usted justificado cuando llevaba a cabo interrogatorios duros?

ACUSADO 2.—Se encontraban dentro de mi respon­sabilidad, fijada por unas órdenes concretas. Por lo demás soy de la opinión de que también hoy con­vendría emplear el castigo corporal, por ejemplo en el derecho penal para jóvenes, con el fin de acabar de una vez para siempre con tantos casos de envi­lecimiento.

DEFENSOR.—Señor testigo, se ha informado que nadie podía sobrevivir el tratamiento en el colum­pio. Según parece claramente tal afirmación era exagerada.

TESTIGO 8.—Cuando fui sacado del columpio Boger me dijo: Ahora ya te hemos preparado para un feliz viaje al cielo. Fui llevado a una celda del blo­que once. Allí aguardé durante horas mi fusila­miento. No sé cuántos días pasé allí. Mis nalgas supuraban. Mis testículos estaban verdes y azules y enormemente hinchados. La mayor parte del tiem­po permanecía inconsciente. Luego fui conducido a los lavabos junto con un grupo más grande de gen­te. Tuvimos que desnudarnos y con un lápiz azul nos marcaron nuestros números en el pecho. Aque­llo era la condena a muerte. Cuando estábamos desnudos en fila llegó el jefe de información y pre­guntó cuantos presos tenía que contabilizar como fusilados. Cuando se fue, nos volvieron a contar. Entonces ocurrió que había uno de más. Yo había aprendido a colocarme siempre el último, y gracias a eso me dieron una patada y recibí de nuevo mi ropa. Habría tenido que regresar a la celda para aguardar allí al turno siguiente, pero un preso que hacía de enfermero me llevó al dispensario. Podía suceder a veces que alguien tuviera que sobrevivir y a esos pocos pertenecí yo.

 

 

4- CANTO DE LA POSIBILIDAD DE SOBREVIVIR

 

I

TESTIGO 3.—La atmósfera del campo variaba de un día para otro. Dependía del jefe del campo, del jefe de información, del jefe de bloque y sus humores, y dependía también de las fases de la guerra. Al principio, cuando aún había victorias, podíamos ser provocados grosera y arrogantemente y casti­gados entre burlas. Al compás de los retrocesos y derrotas crecía la efectividad de las acciones. Pero nada podía preverse. Un avance podía significarlo todo, un esperar en vano, o nuevos malos tratos. En nuestra enfermería los presos podían ser bien atendidos e incluso recibir mejores alimentos para, una vez curados, largarlos a través de las chimeneas. Un preso que trabajaba como enfermero fue azotado por el médico del campo por haberse olvidado de incluir una pequeñez en un informe sobre un enfer­mo, y éste ya había sido liquidado hacía tiempo. Yo mismo escapé de ser gasificado sólo por casualidad, porque los hornos aquella tarde estaban atascados. Al retorno del crematorio se enteró el médico acom­pañante de que yo también era médico y me tomó para su sección.

JUEZ.—¿Cómo se llamaba el médico?

TESTIGO 3.—Se llamaba Vetter. Era un hombre de trato muy correcto. También el doctor Schatz y el doctor Frank eran siempre amables con los presos que llevaban a la muerte. No mataban por odio ni por convicción, mataban sólo porque de­bían matar y eso no se podía ni discutir. Sólo unos pocos mataban por pasión. Entre ellos se contaba Boger. Vi presos cuando eran llamados por él y los vi cuando volvían. Y cuando eran llamados para ser fusilados, oí decir a Boger con orgullo: Esa gente es mía. Una vez, un preso herido ingresó en la enfermería con una orden de Boger: Ha de ser salvado para poderlo colgar luego. El preso murió antes, sin embargo.

JUEZ.—Acusado Boger, ¿conoce usted ese caso?

ACUSADO 2.—Los presos heridos en intento de fuga eran siempre enviados a la enfermería para po­derlos interrogar una vez recuperados. En ese sen­tido, los datos del testigo pueden considerarse co­rrectos. En el caso citado, yo di la instrucción de que se conservara la vida del preso. Dije: Ha de ser salvado para poderlo interrogar.

JUEZ.—¿Tenía luego que ser ahorcado?

ACUSADO 2.—Es posible. Pero eso quedaba ya fue­ra de mi competencia.

TESTIGO 6.—Boger y Kaduk llegaron a ahorcar con sus propias manos. En una ocasión tenían que ser ajusticiados doce presos como represalia por la huida de otro de ellos. Boger y Kaduk les colocaron el nudo corredizo en el cuello.

DEFENSOR.—Señor testigo, ¿cómo sabe usted eso?

TESTIGO 6.—Nosotros estábamos en la plaza don­de se pasaba revista obligados a contemplarlo. Los presos gritaban algo. Boger y Kaduk estaban fue­ra de sí de cólera. Les dieron con sus botas y les abofetearon; luego se colgaron de los pies de los presos estirando a golpes hacia abajo.

ACUSADO 2.—De este caso puedo recordar que uno de los delincuentes se quitó las esposas cuando, de acuerdo con las instrucciones, era llevado a la ejecución bajo estrictas medidas de seguridad. Aquel sujeto se lanzó sobre mí rompiéndome una costilla. El hombre fue sometido luego. Le colo­caron de nuevo las esposas y yo leí la condena.

JUEZ.—Señor testigo, ¿oyó usted la lectura de la condena?

TESTIGO 6.—No se leyó condena ninguna.

ACUSADO 2.—Desde luego, la condena resultó di­fícil de escuchar porque los presos alborotaban.

ACUSADOR.—¿Qué gritaban los presos?

ACUSADO 2.—Proclamaban a gritos consignas polí­ticas.

ACUSADOR.—¿De qué tipo?

ACUSADO 2.—Instigaban a los presos contra nos­otros.

DEFENSOR.—¿Cómo se comportaron los presos presentes?

ACUSADO 2.—No se observó ningún incidente. La condena se ejecutó como se ejecutaban todas las condenas. Yo no la ejecuté personalmente. Eso lo hicieron los presos «capos».

DEFENSOR.—Señor testigo, ¿es posible que la lec­tura de la condena le pasara desapercibida?

TESTIGO 6.—La ejecución tuvo lugar inmediata­mente después del intento de fuga. El tiempo fue demasiado breve para que pudiera analizarse el caso desde la oficina central y pudiera emitirse una condena.

JUEZ.—¿Estaba presente el comandante del cam­po o su ayudante?

TESTIGO 6.—En los ajusticiamientos públicos es­taban siempre presentes altos oficiales. Se ponían guantes blancos para tal acontecimiento. Pero no puedo decir con certeza si el ayudante estuvo pre­sente o no en este caso. Sin embargo, es de suponer que así fuera puesto que era responsable de la eje­cución de todas las órdenes dentro del ámbito de la comandancia.

JUEZ.—Señor testigo, ¿reconoce usted al ayudan­te de campo entre los acusados?

TESTIGO 6.—Ese es Mulka.

JUEZ.—Acusado Mulka, ¿presenció usted aquel ahorcamiento u otro cualquiera?

ACUSADO 1.—Jamás tuve nada que ver con muer­te alguna sea del tipo que fuese.

JUEZ.—¿Oyó usted las órdenes pertinentes o las dio usted mismo?

ACUSADO 1.—Desde luego, he oído hablar de tales órdenes, pero nunca las di yo mismo.

JUEZ.—¿Cómo se comportaba usted frente a tales órdenes?

ACUSADO 1.—Me guardé de plantear preguntas a la superioridad acerca de la justicia de esas muer­tes de presos que llegaban a mis oídos. En definiti­va, tenía a mi cargo la responsabilidad de mi fa­milia y de mí mismo.

ACUSADOR.—Acusado Mulka, ¿vio usted la horca?

ACUSADO 1.—¿Cómo dice?

ACUSADOR.—Que si vio usted la horca.

ACUSADO 1.—Jamás puse los pies en el campo.

ACUSADOR.—¿Quiere usted decir que en su car­go de ayudante del comandante nunca estuvo us­ted en el campo?

ACUSADO 1.—Esa es la pura verdad. Mi trabajo era exclusivamente de tipo administrativo. Me mantuve siempre en las oficinas de la Adminis­tración.

ACUSADOR.—¿Dónde se hallaban esas oficinas?

ACUSADO 1.—En los edificios del cuartel, fuera del ámbito del campo.

ACUSADOR.—Y desde allí, ¿no se veía el campo?

ACUSADO 1.—Que yo supiera, no.

ACUSADOR.—Señor testigo, ¿puede usted describir­nos la situación de los edificios exteriores en re­lación con el campo de castigo?

TESTIGO 6.—Desde todas las ventanas posteriores del edificio de la administración podía divisarse el campo. Justo tras ellas se elevaban los postes de cemento con la alambrada cargada eléctricamente. A unos diez metros de distancia se hallaba el pri­mer bloque. Acto seguido venían los demás en filas de tres, separados entre sí por unos diez metros como máximo. La vista sobre las calles alargadas no presentaba obstáculos.

ACUSADOR.—¿Dónde estaba la horca?

TESTIGO 6.—En la plaza frente al barracón de la cocina. Justo a la derecha si se iba desde la en­trada por la calle principal.

ACUSADOR.—¿Qué aspecto tenía la horca?

TESTIGO 6.—Eran tres estacas con una polea de hierro por encima.

ACUSADOR.—Acusado Mulka, usted habitaba en las inmediaciones del campo. En el reglamento del campo se dice que debía usted informar al comandante sobre todos los sucesos y tratar so­bre todas las decisiones secretas; también tenía usted que instruir a los vigilantes ideológicamen­te. Ocupando tal cargo, ¿desconocía usted las con­denas ejecutadas en el campo?

ACUSADO 1.—Sólo una vez vi un escrito de recurso firmado por alguien autorizando los castigos cor­porales.

ACUSADOR.—¿No tuvo usted que investigar nun­ca las razones de los ahorcamientos y fusilamien­tos?

ACUSADO 1.—No era mi misión ocuparme de ello.

ACUSADOR.—¿Cuáles eran, pues, sus funciones co­mo ayudante del comandante del campo?

ACUSADO 1.—Calculaba precios, distribuía fuerzas de trabajo y me ocupaba de las filiaciones de la gente; además, tenía que acompañar al coman­dante en las recepciones y en la presidencia de la compañía de honor.

ACUSADOR.—¿Cuándo ocurría eso?

ACUSADO 1.—En las fiestas o en los entierros. En este caso tenía lugar un desfile de duelo.

ACUSADOR.—¿En qué entierros?

ACUSADO 1.—En los de algunos oficiales.

ACUSADOR.—¿A quién se comunicaban los casos de defunción de presos?

ACUSADO 1.—Eso no lo sé. Quizá a la sección po­lítica.

ACUSADOR.—¿No se enteró usted de que diaria­mente morían cien o doscientos presos?

ACUSADO 1.—No puedo recordar haber visto co­municaciones seguidas indicando semejante canti­dad. Se producían unas diez o quince bajas al día, pero cantidades de la magnitud aquí mencionada, jamás las oí entonces.

ACUSADOR.—Acusado Mulka, ¿no conocía usted las matanzas masivas en las cámaras de gas?

ACUSADO 1.—No sabía nada de eso.

ACUSADOR.—¿No le llamó la atención el humo de las chimeneas de los crematorios que, sin embar­go, podía verse a una distancia de kilómetros?

ACUSADO 1.—Desde luego, era un campo muy gran­de, con bajas naturales. Y los cadáveres eran que­mados.

ACUSADOR.—¿No le llamó la atención el estado de los presos?

ACUSADO 1.—Era un campo de castigo. Allí las gen­tes no estaban para recrearse.

ACUSADOR.—Como ayudante del comandante, ¿no tuvo usted interés en saber cómo estaban alojados los presos?

ACUSADO 1.—No llegó a mis oídos queja alguna al respecto.

ACUSADOR.—¿No hablaba usted nunca con el co­mandante sobre los sucesos del campo?

ACUSADO 1.—No. No ocurrían sucesos especiales.

ACUSADOR.—¿Para qué servía, en su opinión, el campo?

ACUSADO 1.—Era un campo preventivo. Los ene­migos del Estado debían ser educados a otro modo de pensar. No era misión mía poner eso en dis­cusión.

ACUSADOR.—¿Sabía usted lo que significaba la de­nominación «tratamiento especial»?

ACUSADO 1.—Eso era un asunto secreto del Reich. Yo nada podía saber de ello. Quien manifestara algo al respecto estaba amenazado de muerte.

ACUSADOR.—Pero usted tenía noticia de ello.

ACUSADO 1.—A eso no puedo responder.

ACUSADOR.—¿De qué forma cuidaba usted de las tropas?

ACUSADO 1.—Allí había teatro y cine y veladas ar­tísticas. Era un tal señor Knittel quien organizaba todo eso. Estaba también al frente de la enseñanza nocturna para oficiales.

ACUSADOR.—¿Cómo podía hacerlo?

ACUSADO 1.—Era catedrático de enseñanza media y, si no estoy mal informado, actualmente es di­rector de instituto en alguna parte, y muy apto, según parece, para el desempeño de tal actividad.

ACUSADOR.—Y en lo ideológico, ¿orientaba usted a los subordinados?

DEFENSOR.—Indicamos a nuestro cliente que no necesita responder a las preguntas de los acusa­dores no oficiales.

ACUSADOR.—La decisión al respecto compete úni­ca y exclusivamente a los propios acusados. Con semejante intervención la defensa sobrepasa en mucho las prerrogativas que la ley le concede. Es evidente que la defensa intenta, mediante esa tác­tica, impedir el esclarecimiento de la verdad.

DEFENSOR.—Nos vernos obligados a intervenir enérgicamente contra manifestaciones tan sor­prendentes. Resulta evidente que los acusadores no dominan el derecho procesal y desconocen la constitución. Los acusadores han venido a este proceso con una opinión ya previamente formada.

 

II

 

TESTIGO 3.—La cantidad de poder de cualquier miembro del personal del campo era ilimitada. Cualquiera era libre de matar o de perdonar la vida. Vi al doctor Flage con lágrimas en los ojos junto a la alambrada detrás de la cual un grupo de niños era conducido a los crematorios. Tole­raba que yo separase las fichas de algunos presos ya seleccionados para de este modo salvarles la vida. El médico del campo Flage me mostró que era posible encontrar entre tantos miles por lo menos un ser humano; me mostró que hubiera sido posible influir en la maquinaria de haber existido más como él.

DEFENSOR.—Señor testigo, en su calidad de mé­dico de presos, ¿tenía usted influencia sobre la vida y muerte de los enfermos que estaban a su cargo?

TESTIGO 3.—Podía salvar una vida en alguna que otra ocasión.

DEFENSOR.—¿Tenía usted también que seleccio­nar enfermos que habían de ser liquidados?

TESTIGO 3.—Sobre la cantidad total exigida ca­recía yo de toda influencia. Era fijada por la ad­ministración del campo. Sin embargo, tenía la po­sibilidad de confeccionar las listas.

DEFENSOR.—¿De acuerdo con qué principios di­ferenciaba usted cuando tenía que elegir entre dos enfermos?

TESTIGO 3.—Debíamos considerar quién tenía mayores posibilidades de resistir la enfermedad se­gún el diagnóstico. Y luego, otra cuestión mucho más difícil: quién podría ser más útil o valioso para los asuntos internos de los presos.

DEFENSOR.—¿Había algunos especialmente prefe­ridos?

TESTIGO 3.—Desde luego, los activistas políticos se mantenían solidarios entre sí, se apoyaban y ayu­daban mutuamente todo lo que podían. Puesto que yo pertenecía al movimiento de resistencia del campo, era natural que hiciera todo lo posible por conservar sobre todo la vida de los camaradas.

DEFENSOR.—¿Qué podía lograr el movimiento de resistencia en el campo?

TESTIGO 3.—La misión principal de la resistencia era mantener la solidaridad. Además escribíamos documentos sobre los acontecimientos del campo y los sepultábamos en cajas metálicas.

DEFENSOR.—¿Tenían ustedes contactos con gru­pos de partisanos u otros enlaces con el mundo exterior?

TESTIGO 3.—Los presos que trabajaban en indus­trias podían a veces establecer relaciones con los grupos de partisanos y obtenían informaciones so­bre la situación en los escenarios de la guerra.

DEFENSOR.—¿Se hacían preparativos para un le­vantamiento armado?

TESTIGO 3.—Más tarde se logró introducir furti­vamente materia explosiva.

DEFENSOR.—¿Fue atacado el campo alguna vez desde dentro o desde fuera?

TESTIGO 3.—Excepto un levantamiento fallido de la brigada especial de los crematorios en el últi­mo invierno de la guerra, no se produjo acción alguna. Tampoco desde el exterior se emprendie­ron tales intentos.

DEFENSOR.—¿Pidió usted ayuda a través de sus enlaces?

TESTIGO 3.—Siempre se transmitían noticias sobre la situación en el campo.

DEFENSOR.—¿Qué resultados aguardaba usted de la transmisión de esas noticias?

TESTIGO 3.—Aguardábamos un ataque aéreo a las cámaras de gas o un bombardeo sobre los accesos al campo.

DEFENSOR.—Señor testigo, ¿de dónde salía su vo­luntad de resistencia después de ver que estaba abandonado de toda ayuda militar?

TESTIGO 3.—Dada la situación, bastaba con que la resistencia se mantuviera alerta sin abandonar ja­más la idea de que llegaría un tiempo en que po­dríamos revelar nuestras experiencias.

DEFENSOR.—Señor testigo, ¿cómo se comportaba usted respecto al juramento que había prestado como médico?

ACUSADOR.—Protestamos por esa pregunta con la que la defensa intenta equiparar al testigo con los acusados. Los acusados mataban por su propia vo­luntad. El testigo tenía que asistir forzosamente a los asesinatos.

TESTIGO 3.—Deseo responder lo siguiente: Aquellos presos que por su puesto especial conseguían aplazar su propia muerte habían hecho ya con­cesiones a los amos del campo. Para mantener la posibilidad de sobrevivir se veían obligados a sus­citar la apariencia de colaboración. Lo vi clara­mente en mi enfermería. Pronto estuve unido a los médicos del campo no sólo por la comunidad de profesión, sino también por mi participación en los actos del sistema. También nosotros, los presos, desde los mejor situados hasta los que es­taban muriéndose pertenecíamos al sistema. La diferencia entre nosotros y el personal del campo era menor que nuestra común diferencia respecto de los que estaban fuera.

DEFENSOR.—Señor testigo, ¿quiere usted decir con eso que se daba un entendimiento entre la admi­nistración y el preso?

TESTIGO 3.—Cuando hablamos hoy de nuestras ex­periencias con personas que no estuvieron en el campo, todo aquello les parece siempre algo im­pensable. Y, sin embargo, son personas iguales a las que allí fueron presos y guardianes. El hecho de que fuéramos tantos los que llegábamos al campo y el hecho de que fueran otros quienes nos llevaban allí en tan gran cantidad debería hacer que aquel suceso aún resultase hoy comprensible. Muchos de los que estaban destinados a represen­tar el papel de presos habían sido educados en los mismos conceptos que aquellos que se encontra­ron en el papel de guardianes. Se habían puesto a disposición de la misma nación, y por un mismo resurgir y un mismo beneficio; de no haber sido nombrados presos hubieran podido hacer igualmente de guardianes. Hemos de abandonar esa postura de arrogancia con la que pretendemos que aquel mundo del campo nos resulte incomprensi­ble. Todos conocíamos la sociedad de la que sur­gió el régimen que pudo organizar tales campos. El orden entonces vigente nos era familiar en su propio origen, por eso pudimos encontrarnos jus­tificados también en su consecuencia extrema, cuando el explotador podía desarrollar su domi­nio hasta un grado hasta entonces desconocido.

DEFENSOR.—Rechazamos enérgicamente ese tipo de teorías que revelan una imagen ideológica torva.

TESTIGO 3.—Sin embargo, la mayor parte de los que llegaron al andén no tuvieron tiempo de ex­plicarse su situación. Asustados y silenciosos re­corrieron el último camino dejándose matar por­que nada comprendían. Les llamamos héroes y, sin embargo, su muerte fue absurda. Vemos ante nosotros esos millones bajo la luz de los faros del campo, entre insultos y ladridos de perro, y el mundo se pregunta hoy cómo fue posible que se dejaran aniquilar así. Nosotros, que vivimos aún con esas imágenes, sabemos que otros millones de seres pueden esperar igualmente su aniquilación, y que esa aniquilación podrá superar enormemen­te en efectividad a las antiguas instalaciones.

DEFENSOR.—Señor testigo, ¿fue usted activista po­lítico ya antes de su internamiento en el campo?

TESTIGO 3.—Sí. Nuestra fuerza consistía en saber por qué estábamos allí. Eso nos ayudaba a con­servar nuestra personalidad. Pero sólo a los me­nos les acompañaba esa fuerza hasta la muerte.

TESTIGO 7.—Fuimos conducidos mil doscientos presos hasta los crematorios. Tuvimos que espe­rar largo rato ya que había otro transporte de­lante de nosotros. Yo me hice algo hacia un lado. Entonces pasó junto a mí un preso, era un hombre muy joven. Me susurró: Vete de aquí. Entonces tomé mis zuecos y me marché. Doblé una esquina. Allí había otro que me preguntó: ¿Adónde vas? Yo le dije: Me han enviado fuera. Entonces ven conmigo, me dijo. Y así regresé al campo.

DEFENSOR.—¿Tan sencillo era eso? ¿Bastaba con marcharse?

TESTIGO 7.—No sé cómo podría ser para otros. Yo me marché y llegué a la enfermería. Allí me pre­guntó el médico de presos: ¿Quieres vivir? Yo dije que sí. Me contempló un rato y luego me llevó consigo.

DEFENSOR.—Y luego resistió usted la estancia en el campo.

TESTIGO 7.—Yo salí del campo, pero el campo con­tinúa existiendo.

 

III

 

JUEZ.—Señora testigo, usted pasó algunos meses en el bloque número diez de mujeres en el que se realizaban experimentos médicos. ¿Qué puede us­ted informarnos acerca de ello?

TESTIGO 4.—Calla.

JUEZ.—Señora testigo, nos es comprensible que le resulte difícil declarar y que prefiera guardar silencio. Sin embargo, le rogamos que fuerce su memoria en todo cuanto pueda arrojar luz sobre los sucesos que aquí se examinan.

TESTIGO 4.—Eramos allí unas seiscientas mujeres. El profesor Clauberg dirigía los reconocimientos. Los demás médicos del campo proveían de mate­rial humano.

JUEZ.—¿En qué consistían los experimentos?

TESTIGO 4.—Calla.

JUEZ.—Señora testigo, ¿padece usted perturbacio­nes de la memoria?

TESTIGO 4.—Desde mi estancia en el campo estoy enferma.

DEFENSOR.—¿Cuáles son los síntomas de su enfer­medad?

TESTIGO 4.—Mareos y náuseas. En el lavabo, hace poco, tuve que vomitar porque olía a cloro. Sobre los cadáveres se echaba cloro. No puedo permane­cer en salas cerradas.

DEFENSOR.—¿No padece pérdida de memoria?

TESTIGO 4.—Deseo olvidar, pero siempre vuelvo a verlo ante mí. Deseo quitar el número de mi bra­zo. En verano, cuando llevo vestidos sin mangas la gente me mira fijamente y siempre hay la misma expresión en su mirada.

DEFENSOR.—¿Qué expresión?

TESTIGO 4.—De desprecio.

DEFENSOR.—Señora testigo, ¿se siente todavía per­seguida?

TESTIGO 4.—Calla.

JUEZ.—Señora testigo, ¿qué experimentos recuer­da usted?

TESTIGO 4.—Allí había muchachas de diecisiete a dieciocho años. Habían sido seleccionadas entre las presas más sanas. Con ellas se realizaban expe­rimentos con rayos X.

JUEZ.—¿Qué clase de experimentos eran?

TESTIGO 4.—Las muchachas eran colocadas frente al aparato de rayos X. A cada una se le fijaba una placa en el vientre y en las nalgas. Los rayos se dirigían a los ovarios, abrasándolos. En el vientre y en las nalgas aparecían quemaduras graves y llagas.

JUEZ.—¿Qué sucedía con las muchachas?

TESTIGO 4.—En un espacio de tres meses eran operadas varias veces.

JUEZ.—¿Qué clase de operaciones?

TESTIGO 4.—Les eran extraídos los ovarios y las glándulas sexuales.

JUEZ.—¿Fallecían las pacientes?

TESTIGO 4.—Si no morían durante el curso del tra­tamiento morían poco después. Al cabo de pocas semanas las muchachas habían cambiado totalmen­te. Adquirían un aspecto de ancianas.

JUEZ.—Señora testigo, ¿participó alguno de los acusados aquí presentes en las operaciones?

TESTIGO 4.—Todos los médicos se encontraban diariamente en sus salas. Es de suponer que cuando menos estarían enterados de aquellos procedi­mientos.

DEFENSOR.—Nos oponemos con la mayor energía a tales afirmaciones. El hecho de que nuestros clientes se encontraran en las cercanías de los su­cesos aquí mencionados no tiene por qué significar en absoluto que estuvieran enterados.

JUEZ.—Señora testigo, ¿qué otras operaciones se hacían?

TESTIGO 4.—Calla.

DEFENSOR.—Somos de la opinión que la testigo, por su estado de salud, no está en condiciones de dar al tribunal respuestas dignas de crédito.

ACUSADOR.—Señora testigo, ¿puede describir al tribunal otros experimentos que usted llegase a conocer?

TESTIGO 4.—Con una jeringa alargada por una cá­nula se introducía un líquido en la matriz.

JUEZ.—¿Qué clase de líquido?

TESTIGO 4.—Era una masa parecida al cemento, que producía unos dolores abrasadores, como los del parto, y la sensación de que el vientre reven­taba. Las mujeres ya sólo podían ir encorvadas a la mesa de los rayos X, donde les hacían una ra­diografía.

JUEZ.—¿Qué se perseguía con la inyección?

TESTIGO 4.—La obturación del conducto ovárico.

JUEZ.—¿Se repetían esas intervenciones con las mismas pacientes?

TESTIGO 4.—Después de la inyección se introducía un líquido de contraste para facilitar la observación por rayos X. Después se inyectaba a menudo la masa otra vez. En un período de unas tres o cua­tro semanas podía repetirse este procedimiento varias veces. La mayoría de las defunciones se pre­sentaban por inflamación de la matriz o del peri­toneo. Jamás vi que los instrumentos médicos fue­ran desinfectados entre un tratamiento y otro.

JUEZ.—¿Cuántos experimentos de este tipo se lle­varon a cabo según sus cálculos?

TESTIGO 4.—Durante los seis meses que pasé en el bloque diez se realizaron cuatrocientos ensayos de este tipo. También se hicieron inseminaciones artificiales. Cuando se presentaba un caso de em­barazo, se provocaba el aborto.

JUEZ.—¿En qué mes del embarazo?

TESTIGO 4.—En el séptimo. Durante el embarazo se hacían numerosas pruebas con rayos X. Tras el parto prematuro mataban al niño, si es que había llegado con vida al mundo, y le hacían la autopsia.

DEFENSOR.—¿Da usted al tribunal esos datos de segunda mano o por conocimiento propio?

TESTIGO 4.—Hablo por experiencia propia.

DEFENSOR.—¿Qué la libró de una enfermedad mor­tal?

TESTIGO 4.—La evacuación del campo.

 

 

5- CANTO DE LA MUERTE DE LILI TOFLER

 

I

JUEZ.—Señora testigo, ¿le es conocido el nombre de Lili Tofler?

TESTIGO 5.—Sí. Lili Tofler era una muchacha ex­traordinariamente bonita. Fue detenida porque había escrito una carta a un preso. Al intentar pasar furtivamente la carta al preso la encontra­ron. Lili Tofler fue interrogada. Tenía que decir el nombre del preso. Boger dirigía los interroga­torios. Por orden suya fue llevada a los calabozos. Allí tuvo que ponerse muchas veces desnuda con­tra la pared mientras hacían como si fuera a ser fusilada. Las órdenes se daban ficticiamente. Fi­nalmente imploraba de rodillas que la fusilaran.

JUEZ.—¿Fue fusilada?

TESTIGO 5.—Sí.

TESTIGO 6.—Yo estaba arrestado en el calabozo cuando fue encerrada allí Lili Tofler junto con otros dos presos que habían participado en la in­troducción de la carta. Durante aquellos días pude utilizar el lavabo una vez, gracias al preso Jakob que estaba allí destinado y que tenía a su cargo la vigilancia del calabozo. Cuando iba hacia el la­vabo, sin embargo, Jakob me empujó de pronto a una habitación contigua. A través de una rendija de la puerta vi como Lili Tofler era llevada por Boger al lavabo. Oí dos disparos y al marchar­se Boger vi a la muchacha muerta en el suelo. Los otros dos presos fueron liquidados después por Boger en el patio.

JUEZ.—Acusado Boger, ¿conoce usted ese caso?

ACUSADO 2.—El fusilamiento de Lili Tofler concuer­da con la verdad. En su calidad de escribiente del departamento político estaba enterada de secre­tos y no podía tener contactos de ningún tipo con otros presos. Yo nada tuve que ver con su fusila­miento. Me sentí entonces tan conmovido por su muerte como Jakob el del calabozo al que le co­rrían lágrimas por las mejillas.

JUEZ.—¿Puede usted decirnos lo que ponía en la carta?

ACUSADO 2.—No.

JUEZ.—Señora testigo, ¿sabe usted lo que ponía en la carta?

TESTIGO 5.—Lili Tofler preguntaba en la carta si les sería posible volver a vivir después de las cosas que aquí habían visto y que ahora sabían. Re­cuerdo también que en su carta preguntaba pri­mero a su amigo si había recibido la noticia ante­rior. Escribía también sobre algunas buenas noti­cias que había oído contar.

DEFENSOR.—Señora testigo, ¿cómo sabe usted eso?

TESTIGO 5.—Tenía amistad con Lili Tofler. Vivía­mos en el mismo bloque. Me había hablado de esa carta que yo vi luego. Yo trabajaba en la secreta­ría del campo. Allí llegó el certificado de defun­ción de Lili Tofler; adjunta iba la carta.

JUEZ.—¿Conocía usted al preso al que iba dirigida la carta?

TESTIGO 5.—Sí.

JUEZ.—¿Delató Lili Tofler su nombre?

TESTIGO 5.—No. Los presos tuvieron que presen­tarse en la plaza de revistas donde estaba Lili, obligada a delatar a su amigo. Aún recuerdo con exactitud cuando pasó ante él, le miró un instan­te a los ojos y pasó de largo sin decir una sola palabra.

DEFENSOR.—¿Tuvo usted que presentarse también a la revista?

TESTIGO 5.—Sí.

DEFENSOR.—¿Dónde estaba la plaza de revistas?

TESTIGO 5.—Entre la calle y el espacio libre que había ante la cocina, en el viejo campo.

DEFENSOR.—¿Qué aspecto tenía la plaza?

TESTIGO 5.—A la derecha, junto a la horca, estaba la caseta de guardia del jefe de información; era de madera pintada imitando la piedra. En el techo puntiagudo tenía una veleta. Parecía una caja. A ambos lados de la calle había álamos. Los pre­sos estaban en la calle y en todos los caminos entre los bloques. Lili Tofler era conducida por delante de ellos.

TESTIGO 5.—Ese día leí también lo que estaba es­crito en el techo de la cocina con grandes letras de imprenta: HAY UNA SALIDA HACIA LA LI­BERTAD SUS MOJONES DICEN OBEDIENCIA DILIGENCIA LIMPIEZA HONRADEZ LEALTAD Y AMOR A LA PATRIA.

JUEZ.—¿Fue descubierto alguna vez el preso al que iba dirigida la carta?

TESTIGO 5.—No.

 

II

 

JUEZ.—Señor testigo, usted era entonces director de los servicios agrícolas del campo. En el tiempo de su detención, Lili Tofler trabajaba en un cen­tro de plantaciones que estaba bajo su mando. ¿Qué hacía allí Lili Tofler?

TESTIGO 1.—En lo que alcanzo a recordar, era di­bujante o escribiente.

JUEZ.—¿Le fue cedida a usted por la sección polí­tica?

TESTIGO 1.—Eso ya no puedo decirlo hoy. Nuestro servicio no tenía nada que ver directamente con el campo, dependía de la oficina central económica. Por el cultivo de plantas de caucho nuestro traba­jo era de interés para la guerra. En lo fundamental mi misión era de carácter científico.

JUEZ.—Señor testigo, ¿le es conocida la detención de Lili Tofler?

TESTIGO 1.—Recuerdo que había algo en relación con una carta.

JUEZ.—¿Sabe usted que Lili Tofler fue detenida por esa carta?

TESTIGO 1.—Creo que la carta fue hallada en un envío de zanahorias.

JUEZ.—¿Qué zanahorias?

TESTIGO 1.—Habían sido plantadas para la sección médica.

JUEZ.—¿Con qué fin?

TESTIGO 1.—Supongo que como alimento para en­fermos; lo había ordenado el profesor Clauberg.

JUEZ.—¿Qué sabía usted sobre el trabajo del pro­fesor Clauberg?

TESTIGO 1.—Allí se llevaban a cabo investigaciones por encargo de industrias farmacéuticas.

JUEZ.—¿Qué clase de investigaciones?

TESTIGO 1.—Eso no lo sé. Sólo sabía que se tra­taba de una gran planta industrial en cuyas dis­tintas ramas se utilizaba a los presos como fuerzas de trabajo.

ACUSADOR.—Señor testigo, ¿de cuál de esas indus­trias dependía su sección?

TESTIGO 1.—Pertenecíamos a las fábricas Buna de IG.—Farben. Todos trabajábamos con miras a las necesidades de la guerra.

ACUSADOR.—¿Sabía usted que al instalar las in­dustrias ya se había contado de antemano con los presos como fuerzas de trabajo?

TESTIGO 1.—Sí, naturalmente.

ACUSADOR.—¿Pagaban salarios las industrias por los presos obreros?

TESTIGO 1.—Naturalmente, de acuerdo con unas tarifas marcadas.

ACUSADOR.—¿Qué tarifas?

TESTIGO 1.—Por un obrero especializado se pagaba al día seis marcos, por un obrero no cualificado, cuatro.

ACUSADOR.—¿Cuánto duraba la jornada de tra­bajo?

TESTIGO 1.—Once horas.

ACUSADOR.—¿A quién se daba el salario?

TESTIGO 1.—A la administración del campo, ya que ella se encargaba de la alimentación de los presos.

ACUSADOR.—Así pues, los presos estaban bien ali­mentados.

TESTIGO 1.—En mi fábrica, sí.

ACUSADOR.—¿Ignoraba usted que los presos eran explotados al máximo y luego eliminados?

TESTIGO 1.—Siempre me esforcé en hacer por los presos más de lo que estaba en mi mano. Padecía al ver que los presos estaban obligados a reco­rrer diariamente a pie muchos kilómetros desde sus barracones hasta los lugares de trabajo. Puse la máxima influencia a mi alcance en que las brigadas de obreros ocupados en nuestra fábri­ca recibieran mejores cuidados y un calzado co­rrecto.

ACUSADOR.—¿Cuántos presos trabajaban en su fá­brica?

TESTIGO 1.—De quinientos a seiscientos.

ACUSADOR.—¿No le llamaron la atención los fre­cuentes cambios en las brigadas?

TESTIGO 1.—Yo me esforcé por conservar a mi gente.

ACUSADOR.—¿Se presentaban casos de enferme­dad?

TESTIGO l.—Se presentaban, naturalmente. Yo es­taba enterado también, por supuesto, de las epi­demias que padecían los presos en el campo.

ACUSADOR.—¿No le llamó la atención que los en­fermos no volvieran?

TESTIGO 1.—No. Pero con frecuencia volvían de la enfermería.

ACUSADOR.—¿Oyó hablar algo de los malos tratos?

TESTIGO 1.—Oí hablar, sí.

ACUSADOR.—¿Qué oyó?

TESTIGO 1.—Oí decir que se les pegaba.

ACUSADOR.—¿Quién?

TESTIGO 1.—No lo sé. Yo no lo he visto. Sólo lo he oído.

ACUSADOR.—Señor testigo, ¿sabía usted algo de los actos de aniquilación?

TESTIGO 1.—Al cabo de estar allí tres años se fil­traba, naturalmente, alguna que otra cosa. Se sa­bía lo que estaba ocurriendo. Pero cuando luego oí las primeras cifras, casi no podía creerlo.

ACUSADOR.—¿No vio usted personalmente ninguno de esos transportes?

TESTIGO 1.—Como máximo un par de veces.

ACUSADOR.—¿Conoce usted a los acusados de esta sala?

TESTIGO 1.—Conozco a una parte de esos señores. Principalmente a los jefes. Nos tratamos superfi­cialmente en el casino de jefes.

ACUSADOR.—Señor testigo, usted es hoy consejero ministerial. ¿Se encontró usted con esos señores también después de la guerra, después de que la mayoría de ellos regresara a la vida civil?

TESTIGO l.—Puedo haberme encontrado con al­guno.

ACUSADOR.—En tal ocasión, ¿llegaron a hablar so­bre los sucesos de entonces?

TESTIGO 1.—Señor fiscal, para todos nosotros se trataba entonces única y exclusivamente de ganar la guerra.

ACUSADOR.—El tribunal ha llamado como testigos a tres antiguos jefes de las industrias asociadas al campo. Uno de los testigos ha enviado un certifica­do al tribunal de que se ha quedado ciego y por eso no puede venir. El otro testigo sufre fractura de la espina dorsal. Sólo uno de los antiguos presidentes del consejo de administración ha comparecido. Señor testigo, ¿colabora usted actualmente todavía con las industrias que entonces emplearon a los presos?

DEFENSOR.—Protestamos por esa pregunta que no tiene otro fin que minar la confianza en nuestras industrias.

TESTIGO 2.—Ya no soy activo en la vida de los ne­gocios.

ACUSADOR.—¿Percibe usted rentas de esas indus­trias?

TESTIGO 2.—Sí.

ACUSADOR.—¿Ascienden esas rentas a trescientos mil marcos al año?

DEFENSOR.—Rechazamos esa pregunta.

ACUSADOR.—Señor testigo, si usted vive en su cas­tillo y ya no se ocupa de los asuntos del trust que hoy ha pasado a otras industrias, ¿de qué se ocupa usted entonces?

TESTIGO 2.—Colecciono porcelanas, pinturas y gra­bados, así como objetos de artesanía.

DEFENSOR.—Las preguntas de este tipo no tienen lo más mínimo que ver con el propósito de este proceso.

ACUSADOR.—Señor testigo, usted era directamente responsable por parte de las industrias de la utili­zación de presos como obreros. ¿Qué sabe usted acerca de los acuerdos entre las industrias y la ad­ministración del campo en lo que respecta a los presos que ya no eran aptos para el trabajo?

TESTIGO 2.—No sé nada acerca de eso.

ACUSADOR.—El tribunal posee informes semanales en los que se habla de presos considerados como demasiado débiles para el trabajo.

TESTIGO 2.—No sé nada acerca de eso.

ACUSADOR.—¿No le llamó la atención el estado fí­sico de los presos?

TESTIGO 2.—Yo personalmente siempre me resistí al empleo de esas fuerzas de trabajo compuestas en su mayoría por elementos asociales o política­mente dudosos.

ACUSADOR.—Obran en poder del tribunal escritos en los que se menciona la beneficiosa amistad exis­tente entre la administración del campo y las in­dustrias. Se dice allí, entre otras cosas: Con moti­vo de una cena hemos fijado todas las medidas necesarias para la utilización, por las Fábricas Buna, del material, verdaderamente notable, del cam­po. Señor testigo, ¿de qué medidas se trataba?

TESTIGO 2.—Yo sólo tenía que cumplir con mi de­ber y cuidar de que se cumplieran las órdenes de las autoridades del Reich.

ACUSADOR.—Señor testigo, permítanos decirle sin rodeos, confirmando así las declaraciones de un testigo anterior en las que se señalaba el sistema de explotación típico del campo, que usted, señor testigo, así como los otros gerentes de los grandes monopolios, alcanzaron gracias al consumo hu­mano ilimitado beneficios anuales de varios miles de millones.

DEFENSOR.—Protestamos.

ACUSADOR.—Permítanos recordar nuevamente que los sucesores de esos monopolios alcanzan hoy li­quidaciones muy brillantes y que están, según se dice, en una nueva fase de expansión.

DEFENSOR.—Requerimos del tribunal que levante acta de estas difamaciones.

 

III

 

JUEZ.—Señor testigo, ¿qué sabe usted de la deten­ción de Lili Tofler?

TESTIGO 1.—Ignoro lo que ocurrió en detalle. Sólo recuerdo que vinieron a buscarla. Pregunté luego cómo iba aquello y oí que las diligencias continua­ban. Posteriormente oí que habían matado a Lili.

JUEZ.—¿Quién la mató?

TESTIGO 1.—Yo no estuve delante. No lo sé.

JUEZ.—Señor testigo, usted tenía por entonces la graduación de Oberführer, cuyo rango quedaba aproximadamente entre el de un coronel y un ge­neral. ¿No podía usted intervenir cuando le pri­varon de una colaboradora?

TESTIGO 1.—No conocía el caso suficientemente.

JUEZ.—¿No se informó usted sobre el motivo de su detención?

TESTIGO 1.—Eso estaba fuera de mi competencia.

JUEZ.—Sin embargo, se trataba de una intromisión en el terreno personal de su trabajo. Se le quitaba a usted sin más alguien de su laboratorio a quien usted necesitaba para su producción, importante para la guerra.

TESTIGO 1.—Lili Tofler no era una fuerza realmen­te importante.

JUEZ.—Señor testigo, un hombre de la sección po­lítica estaba en un lugar muy inferior al suyo en rango, ¿por qué toleraba usted esa intromisión en su propio campo de responsabilidad?

TESTIGO 1.—Señor presidente, teníamos entonces una convicción válida para todos, que nos decía: Sé prudente al favorecer a los presos. Hasta un determinado límite se podía ir, pero no más allá.

JUEZ.—Llamamos como testigo al preso a quien estaba dirigida la citada carta de Lili Tofler. Se­ñor testigo, ¿cómo logró usted sobrevivir?

TESTIGO 9.—Algunos días después de su encierro en el calabozo fui llevado yo también allí. Creí que Lili me había traicionado, pero fui detenido junto con otros simplemente como rehén. Allí me enteré de que Lili tenía que ponerse cada mañana y cada tarde durante una hora en el lavabo. Boger durante ese tiempo la presionaba con una pistola en la sien. Eso duró cuatro días. Luego, junto con otros cincuenta presos, me llevaron a ser fusilado. Du­rante todo el tiempo pensé que se sabía que la carta iba dirigida a mí. Tuvimos que desnudarnos y ponernos en el pasillo. Vi como el escribiente ponía una cruz junto a mi nombre en la lista. En los papeles estaba ya muerto. Los presos fueron llevados al patio y fusilados. Sólo dos, por una ra­zón cualquiera, pudieron quedarse. Uno de los dos era yo. Aún iba por el pasillo cuando de pronto llegó Jakob, el de los calabozos, y me sacó al pa­tio. Creía que sería fusilado entonces. Pero Jakob me enseñó únicamente el montón de los camaradas muertos. Encima estaban los dos presos que habían pasado furtivamente la carta al campo. Un poco apartada estaba Lili, con dos disparos en el corazón. Pregunté a Jakob quién la había fusila­do. Boger, me dijo.

JUEZ.—Acusado Boger, ¿quiere usted añadir algo?

ACUSADO 2.—No, gracias.

JUEZ.—Señora testigo, ¿de dónde procedía Lili Tofler?

TESTIGO 5.—Lo ignoro.

JUEZ.—¿Cómo era su carácter?

TESTIGO 5.—Siempre que encontraba a Lili y le preguntaba: «¿cómo te va, Lili?», decía: «a mí siem­pre me va bien».

 

 

6- CANTO DEL UNTERSCHARFÜHRER STARK

 

I

 

TESTIGO 8.—El acusado Stark era nuestro jefe en el comando de recepción. Yo trabajaba allí como escribiente. Stark tenía entonces veinte años. En sus horas libres se preparaba para el examen de reválida superior. Para probar sus conocimientos le gustaba dirigirse con preguntas a los presos que tenían el bachiller. La tarde en que ingresaron la mujer polaca con sus dos hijos, nos dio un dis­curso sobre el humanismo de Goethe.

JUEZ.—¿Qué ocurrió con aquel ingreso?

TESTIGO 8.—Luego supimos que el niño de ocho años que la mujer llevaba de la mano había qui­tado un conejo a un funcionario del campo para darlo como juguete a la hija, de dos años, de la mujer. Por eso los tres tenían que ser fusilados. Stark ejecutó el fusilamiento.

JUEZ.—¿Pudo usted verlo?

TESTIGO 8.—Los fusilamientos entonces se reali­zaban en el viejo crematorio. El crematorio estaba justo detrás del barracón de recepción. Por la ven­tana pudimos ver como Stark se dirigía hacia el crematorio con la mujer y los niños. Llevaba col­gada su carabina. Oímos una serie de disparos. Luego Stark volvió solo.

JUEZ.—Acusado Stark, ¿corresponde esa descrip­ción a los hechos?

ACUSADO 12.—Lo niego rotundamente.

JUEZ.—¿Qué rango tenía usted en el campo?

ACUSADO 12.—Era jefe de bloque.

JUEZ.—¿Cómo llegó usted al campo?

ACUSADO 12.—Fui requerido junto con un grupo de Unterscharführer.

JUEZ.—¿Actuó usted en seguida como jefe de blo­que?

ACUSADO 12.—Habíamos sido dispuestos para ello y así fuimos empleados.

JUEZ.—¿Estaba usted preparado para ese cargo?

ACUSADO 12.—Habíamos asistido a la escuela del partido.

JUEZ.—¿Se daban allí directrices prácticas para la actividad en el campo?

ACUSADO 12.—Sólo breves indicaciones.

JUEZ.—¿Qué ocurrió a su llegada al campo?

ACUSADO 12.—Había una comisión para recibirnos.

JUEZ.—¿Quién formaba parte de ella?

ACUSADO 12.—El comandante y el ayudante, el jefe de seguridad del campo y el jefe de información.

JUEZ.—¿Qué misiones se le encomendaron?

ACUSADO 12.—Primeramente fui destinado a un bloque de presos. Allí había predominantemente gente joven, estudiantes de bachiller y universita­rios.

JUEZ.—¿Por qué estaban allí los presos?

ACUSADO 12.—Creo que por sus contactos con el movimiento de resistencia. Existía una inculpa­ción colectiva contra ellos. Habían sido enviados al campo por la comandancia de la policía de seguri­dad.

JUEZ.—¿Vio usted indicaciones escritas sobre esa gente?

ACUSADO 12.—No. Tampoco tenía yo nada que ver con eso.

JUEZ.—¿Con qué tenía usted, pues, que ver?

ACUSADO 12.—Tenía que procurar que la gente fue­ra al trabajo puntualmente, y hacía, además, los recuentos.

JUEZ.—¿Hubo intentos de fuga?

ACUSADO 12.—Bajo mi vigilancia, no.

JUEZ.—¿Recibía la gente comida adecuada?

ACUSADO 12.—Todos recibían su litro de sopa.

JUEZ.—¿Qué sucedía en el caso de que la gente no pudiera o no quisiera trabajar?

ACUSADO 12.—Eso no ocurrió nunca.

JUEZ.—¿Jamás tuvo usted que intervenir por ha­ber hecho los presos algo prohibido?

ACUSADO 12.—No pasó nada de eso. Nunca tuve que hacer ninguna denuncia.

JUEZ.—¿No pegó nunca a nadie?

ACUSADO 12.—No me era necesario.

JUEZ.—¿Cuándo pasó usted al bloque de recep­ción de la sección política?

ACUSADO 12.—En mayo de 1941.

JUEZ.—¿Cuál fue la razón de su traslado?

ACUSADO 12.—Conocí al Untersturmführer Grabner, jefe de la sección política, en la hípica. Me preguntó por mi profesión y al yo decirle que era estudiante y estaba en vísperas de la reválida su­perior me dijo que ése era el tipo de gente que es­taba buscando. Al cabo de unos cuantos días figu­raba mi traslado en la orden de comandancia.

JUEZ.—¿Qué hacía usted en la sección de recepción?

ACUSADO 12.—Primeramente tuve que familiarizar­me con el registro. Los presos recién llegados re­cibían un número. Además, era preciso hacer hojas personales y archivar las fichas.

JUEZ.—¿Cómo llegaban los presos?

ACUSADO 12.—Bien a pie, o en camión, o por tren. Los trenes llegaban regularmente los martes, jue­ves y viernes.

JUEZ.—¿Cómo se realizaba la recepción?

ACUSADO 12.—Yo tenía que estar dispuesto en cuanto se anunciaban transportes. Primeramente los presos eran colocados ante la puerta del cam­po, luego llegaba el jefe del transporte y entregaba a la recepción la documentación del transporte. Los presos formaban en fila para ser recontados y recibir un número. Por entonces los números todavía no se tatuaban. Cada preso recibía su nú­mero en tres cartones. Un número se quedaba él, otro se colocaba en los efectos personales y el ter­cero en los objetos de valor. El preso tenía que conservar su número en cartulina hasta recibir otro escrito en tela.

JUEZ.—¿Qué tenía usted que hacer en tal caso?

ACUSADO 12.—Tenía que distribuir los números y llevar la gente a la cámara de efectos personales. Allí los presos se desnudaban, se bañaban y vestían y se les cortaba el pelo. Luego eran inscritos en la recepción.

JUEZ.—¿Cómo se realizaba esto?

ACUSADO 12.—Se confeccionaban hojas persona­les. Los cuestionarios de ingreso eran enviados a las oficinas de recepción. Luego se confeccionaba una lista de ingresos. Allí se indicaba si se trataba de un preso político, un preso por delitos comunes o un preso racial. La lista iba luego a las distintas secciones.

JUEZ.—¿Qué secciones?

ACUSADO 12.—El jefe de seguridad del campo, la comandancia, la sección política, los médicos. Se distribuían once o doce copias en el correo del día.

JUEZ.—¿Qué tenía usted que hacer luego con los presos?

ACUSADO 12.—Después de la recepción yo ya no tenía nada que hacer con los presos.

ACUSADOR.—Acusado Stark, ¿estaba usted presen­te en todos los transportes que llegaban?

ACUSADO 12.—Tenía que estar allí, obedeciendo ór­denes.

ACUSADOR.—¿Cuál era su misión a la llegada de los transportes?

ACUSADO 12.—Era responsable únicamente de la inscripción.

ACUSADOR.—¿Qué significa eso?

ACUSADO 12.—Una parte de los presos eran trasla­dados. Yo tenía que inscribirlos.

ACUSADOR.—¿Y los demás?

ACUSADO 12.—Los demás eran separados.

ACUSADOR.—¿En qué consistía la diferencia?

ACUSADO 12.—Los presos trasladados entraban en el campo. Los separados, no se admitían ni regis­traban. Esa era la diferencia entre trasladar y se­parar.

ACUSADOR.—¿Qué pasaba con los presos separados?

ACUSADO 12.—Eran enviados inmediatamente para su aniquilación en el crematorio pequeño.

ACUSADOR.—¿Ocurría eso antes de la construcción de los grandes crematorios?

ACUSADO 12.—Los grandes crematorios del campo exterior no fueron puestos en funcionamiento has­ta el verano de 1942. Hasta entonces se empleó el crematorio del viejo campo.

ACUSADOR.—¿Cómo se apartaba a los presos?

ACUSADO 12.—Se comparaban las listas y se com­probaban los nombres. Luego teníamos que ir al pequeño crematorio con la gente no destinada a ingresar en el campo.

ACUSADOR.—¿Qué se decía a esas gentes?

ACUSADO 12.—Se les informaba de que tenían que ser desinfectados.

ACUSADOR.—¿No se mostraban inquietos?

ACUSADO 12.—No. Entraban tranquilos.

 

II

 

TESTIGO 8.—Conocíamos bien el comportamiento de Stark cuando regresaba de alguna matanza. En­tonces todo tenía que estar limpio y ordenado en la oficina y teníamos que ahuyentar las moscas con toallas. Ay, si se descubría aún alguna mosca, se ponía entonces fuera de sí de rabia. Antes in­cluso de quitarse el gorro se lavaba las manos en una jofaina que el encargado de la estufa había colocado ya en el taburete junto a la puerta de entrada. Después de haberse lavado las manos señalaba el agua sucia y el encargado de la estufa tenía que correr y traer agua limpia. Luego nos daba su chaqueta para limpiarla y se lavaba nue­vamente la cara y las manos.

TESTIGO 7.—Durante todos estos años de mi vida veo a Stark, siempre a Stark. Oigo como grita: venga, adentro, perros cochinos, y entonces tenía­mos que entrar en la cámara.

JUEZ.—¿En qué cámara?

TESTIGO 7.—En la cámara de cadáveres del viejo crematorio. Allí estaban echados varios cientos de hombres, mujeres y niños, como paquetes. También había entre ellos prisioneros de guerra. Venga, desnudad los cadáveres, gritaba Stark. Yo tenía dieciocho años y no había visto aún ningún muerto. Me quedé quieto y Stark me pegó.

JUEZ.—¿Tenían heridas los muertos?

TESTIGO 7.—Sí.

JUEZ.—¿Eran heridas de disparos?

TESTIGO 7.—No. Las personas habían sido gasifi­cadas. Estaban amontonados rígidamente unos so­bre otros. A veces los vestidos se rompían. Enton­ces volvían a pegarnos.

JUEZ.—¿No tenían que desvestirse antes?

TESTIGO 7.—Eso fue después, en los nuevos cre­matorios. Allí había salas para desvestirse.

JUEZ.—¿Estaba allí también Stark?

TESTIGO 7.—Stark estaba siempre allí. Le oigo gri­tar: venga, amontonad los trastos. Una vez un hom­bre muy bajo se había ocultado bajo un montón de ropas. Stark le descubrió. Ven aquí, gritó, y le co­locó junto a la pared. Le disparó primero a una pierna y luego a la otra, finalmente tuvo que sen­tarse en un banco y Stark disparó hasta matarlo. Le gustaba disparar primero a las piernas. Oí como una mujer gritaba: señor comandante, si yo no he hecho nada. Entonces él gritó: venga a la pared, Sara. La mujer suplicaba por su vida, en­tonces comenzó él a disparar.

JUEZ.—Señor testigo, ¿cuándo vio usted al acusa­do Stark por vez primera en esas matanzas?

TESTIGO 7.—En otoño de 1941.

JUEZ.—¿Eran ésas las primeras matanzas median­te gas?

TESTIGO 7.—Sí.

JUEZ.—¿Qué aspecto tenía el viejo crematorio?

TESTIGO 7.—Era un edificio de hormigón con una chimenea cuadrada y gruesa. Los muros estaban tapados por adobes oblicuos. La sala de cadáve­res tenía unos veinte metros de largo por cinco metros de ancho. Se llegaba a ella a través de una pequeña antecámara. De la sala de cadáveres, una puerta conducía al primer horno crematorio, y otra, a la sala con los otros dos hornos.

JUEZ.—Acusado Stark, en otoño de 1941 fueron expedidos al campo grandes cantidades de prisio­neros de guerra soviéticos. Según nuestros proto­colos usted era el responsable de esos contin­gentes.

ACUSADO 12.—Sólo tenía que ocuparme de esos transportes conforme a lo encargado.

ACUSADOR.—¿Qué significa conforme a lo encar­gado?

ACUSADO 12.—Tenía que conducirlos exclusivamen­te y hacerme cargo de sus fichas, observando la orden de fusilamiento. Por lo demás, tenía que romper sus marcas de reconocimiento y conservar los números en la ficha.

ACUSADOR.—¿Qué razón se daba para el fusilamien­to de prisioneros de guerra?

ACUSADO 12.—Se trataba de la destrucción de una ideología. Con su fanática postura política aque­llos presos amenazaban la seguridad del campo.

ACUSADOR.—¿Dónde se efectuaban los fusilamien­tos?

ACUSADO 12.—En el patio del bloque once.

ACUSADOR.—¿Tomó usted parte en los fusilamien­tos?

ACUSADO 12.—En un caso, sí.

ACUSADOR.—¿Cómo ocurrió?

ACUSADO 12.—Se había pasado lista a la gente y las formalidades estaban ya cumplidas. Fueron con­ducidos en fila al patio. Era ya el último grupo. Entonces Grabner dijo: ahora continuará Stark. Hasta entonces, los otros Blockführer habían dis­parado alternadamente.

ACUSADOR.—¿Cuántos fusiló usted?

ACUSADO 12.—Ya no me acuerdo.

ACUSADOR.—¿Más de uno?

ACUSADO 12.—Sí.

ACUSADOR.—¿Más de dos?

ACUSADO 12.—Unos cuatro o cinco pudieron ser.

ACUSADOR.—¿No se opuso usted a participar en el fusilamiento?

ACUSADO 12.—Era una orden. Debía actuar como un soldado.

ACUSADOR.—¿Tuvo usted algo que ver con algún otro fusilamiento?

ACUSADO 12.—No. Entonces partí de permiso para terminar mis estudios.

ACUSADOR.—¿Cuándo partió usted de permiso?

ACUSADO 12.—En diciembre de 1941.

ACUSADOR.—¿Cuándo terminó usted sus estudios?

ACUSADO 12.—En la primavera de 1942 pasé la re­válida del bachiller superior.

ACUSADOR.—¿Regresó usted al campo al termi­nar?

ACUSADO 12.—Sí, por poco tiempo.

DEFENSOR.—Deseamos recordar que nuestro de­fendido tenía veinte años cuando fue destinado a trabajar en el campo. Como han confirmado algu­nos testigos, tenía vivos intereses espirituales, y, dado su carácter, las misiones que le habían en­comendado no le resultaban adecuadas. Deseamos subrayar que nuestro cliente, un año después de finalizar el bachillerato, obtuvo un nuevo permiso para estudiar leyes, tras de lo cual, en el último año de la guerra, fue herido en el frente. Inme­diatamente después de la guerra, cuando de nuevo pudo hacerse a una vida normal, se comportó ejemplarmente. Estudió primero agricultura, pasó el examen final, se especializó en cuestiones eco­nómicas y hasta su detención trabajó como pro­fesor en una Escuela de Agricultura.

ACUSADOR.—Acusado Stark, ¿actuó usted en las primeras gasificaciones que se realizaron a co­mienzos de septiembre de 1941 en calidad de prue­ba con prisioneros de guerra soviéticos?

ACUSADO 12.—No.

ACUSADOR.—Acusado Stark, en otoño e invierno de 1941 comenzaron las destrucciones en masa de prisioneros de guerra soviéticos. En esas aniqui­laciones cayeron veinticinco mil hombres. Usted tuvo que ver con el registro de esos prisioneros. Usted conoció su matanza. Usted aprobó su ma­tanza y prestó la colaboración necesaria.

DEFENSOR.—Protestamos enérgicamente contra ese ataque a nuestro defendido. Esas inculpacio­nes globales carecen de sentido. Sólo pueden to­marse en consideración casos claramente demos­trables de actores o coactores en relación con in­culpaciones de tipo criminal. Toda duda, por leve que sea, ha de pesar en favor de los acusados.

Los acusados ríen aprobando.

 

 III

 

JUEZ.—Acusado Stark, ¿no tomó usted parte en las gasificaciones?

ACUSADO 12.—En una ocasión tuve que hacerlo.

JUEZ.—¿De cuántos hombres se trataba?

ACUSADO 12.—Podrían ser ciento cincuenta. En to­do caso, cuatro camiones llenos.

JUEZ.—¿Qué clase de detenidos eran?

ACUSADO 12.—Era un transporte mezclado.

JUEZ.—¿Qué tuvo usted que hacer?

ACUSADO 12.—Me quedé fuera, delante de las esca­leras, después de haber llevado la gente al cre­matorio. Los sanitarios que ayudaban a las gasifi­caciones habían cerrado las puertas y realizaban sus preparativos.

JUEZ.—¿En qué consistían tales preparativos?

ACUSADO 12.—Preparaban las cajas y se colocaban las caretas antigás; luego subían por el declive has­ta el techo plano. En general se necesitaban cuatro personas. Esa vez faltaba uno, y gritaron que ne­cesitaban a alguien más. Puesto que yo era el úni­co que estaba allí, Grabner dijo: Venga, ayude aquí. Pero no fui en seguida. Entonces llegó el jefe de seguridad y me dijo: rápido, adelante, si no sube usted le enviaremos dentro. Entonces tuve que subir y ayudar a llenar.

JUEZ.—¿Dónde se echaba el gas?

ACUSADO 12.—A través de claraboyas por el techo.

JUEZ.—¿Qué hicieron las gentes abajo, en esa sala?

ACUSADO 12.—No lo sé.

JUEZ.—¿No oyó usted nada de lo que pasaba abajo?

ACUSADO 12.—Gritaban.

JUEZ.—¿Cuánto rato?

ACUSADO 12.—Unos diez o quince minutos.

JUEZ.—¿Quién abrió la sala?

ACUSADO 12.—Un sanitario.

JUEZ.—¿Qué vio usted allí?

ACUSADO 12.—No me fijé.

JUEZ.—¿No consideró injusto lo que había visto?

ACUSADO 12.—En absoluto, sólo el modo.

JUEZ.—¿Qué clase de modo?

ACUSADO 12.—Cuando se fusilaba a alguien era dis­tinto. Pero el empleo de gas era indigno y co­barde.

JUEZ.—Acusado Stark, durante sus estudios de ba­chillerato, ¿jamás se le presentó duda alguna so­bre sus acciones?

ACUSADO 12.—Señor presidente, quiero aclararlo ya de una vez. Ya desde nuestros años de escuela, de cada tres palabras una se refería siempre a los que eran culpables de todo y que debían ser exter­minados. Se nos inculcaba que eso era sólo para bien del propio pueblo. En las escuelas del parti­do aprendimos a aceptarlo todo en silencio. Si al­guno preguntaba algo, se le decía: Todo lo que se hace, se hace de acuerdo con la ley. De nada sirve que hoy las leyes sean otras. Se nos decía: De­béis aprender, la instrucción os es más necesaria que el pan. Señor presidente, no nos dejaban pen­sar. Eso ya lo hacían otros por nosotros.

Risas aprobatorias de los acusados.

 

 

7- CANTO DEL MURO NEGRO

 

I

TESTIGO 3.—Los fusilamientos se hacían delante del muro negro, en el patio del bloque once.

JUEZ.—¿Dónde estaba el bloque once?

TESTIGO 3.—A la derecha del viejo campo, al fi­nal.

JUEZ.—Señor testigo, ¿puede usted describirnos el patio?

TESTIGO 3.—El patio estaba entre el bloque diez y el once y ocupaba la superficie de un bloque de unos cuarenta metros. Delante y detrás, el patio estaba cerrado por un muro de ladrillos.

JUEZ.—¿Desde dónde se podía llegar al patio?

TESTIGO 3.—Por una puerta lateral del bloque once y por una puerta en el muro delantero.

JUEZ.—¿Se divisaba el patio?

TESTIGO 3.—Sólo a través de las ventanas delante­ras de la planta baja del bloque once. Cuando la puerta del patio se abría para trasladar a los fu­silados, el campo se cerraba. Las demás ventanas del bloque once estaban tapiadas, salvo una estre­cha rendija en la parte superior. Las ventanas del vecino bloque de mujeres estaban tapadas con ta­blas.

JUEZ.—¿Qué altura tenía el muro?

TESTIGO 3.—Unos cuatro metros de altura.

JUEZ.—¿Dónde estaba el muro negro?

TESTIGO 3.—Frente a la puerta, en la pared poste­rior.

JUEZ.—¿Qué aspecto tenía el muro negro?

TESTIGO 3.—Estaba construido a base de gruesas planchas de madera y tenía a ambos lados un pro­tector contra las balas que sobresalía oblicua­mente. La madera estaba revestida de arpilleras alquitranadas.

JUEZ.—¿Qué tamaño tenía el muro negro?

TESTIGO 3.—Unos tres metros de altura y cuatro metros de ancho.

JUEZ.—¿Desde dónde eran llevados los condena­dos al muro negro?

TESTIGO 3.—Llegaban por la puerta lateral del blo­que once.

JUEZ.—Describa usted ese proceso.

TESTIGO 3.—Aparecía Jakob, el de los calabozos, con dos presos desnudos cada vez.

JUEZ.—¿Quién era ese Jakob de los calabozos?

TESTIGO 3.—Jakob, el de los calabozos, era el pre­so destinado al servicio en el bloque once. Era un hombre alto y fuerte, un antiguo boxeador.

JUEZ.—¿Cómo eran llevados los presos?

TESTIGO 3.—Jakob iba en medio de ellos y les su­jetaba por el brazo.

JUEZ.—¿Llevaban las manos esposadas los pre­sos?

TESTIGO 3.—Hasta el año 1942 se las ataban con alambre a la espalda. Luego se prescindió de ello porque la experiencia demostró que casi todos los presos se comportaban tranquilamente.

JUEZ.—¿Qué distancia había desde la puerta late­ral hasta el muro negro?

TESTIGO 3.—Primero, seis escalones desde la puer­ta, luego, veinte pasos hasta el muro negro. Todo se hacía a paso ligero. Una vez llevados los presos al muro, Jakob se volvía corriendo a buscar otros.

JUEZ.—¿Cómo se efectuaban los fusilamientos?

TESTIGO 3.—Los presos eran colocados de cara a la pared, separados entre sí por uno o dos me­tros. Luego el que disparaba se ponía junto al pri­mero, levantaba la carabina hasta la nuca y dispa­raba a una distancia de unos diez centímetros. El que estaba al lado lo veía. En cuanto caía el pri­mero, le tocaba a él.

JUEZ.—¿Qué clase de arma se empleaba en los fu­silamientos?

TESTIGO 3,.—Una escopeta de pequeño calibre con silenciador.

JUEZ.—¿A quién vio usted en los fusilamientos junto al muro negro?

TESTIGO 3.—Al comandante del campo, al ayudan­te, al jefe de la sección política, Grabner, así como a sus ayudantes. Entre otros vi a Broad, Stark, Boger y Schlage, también Kaduk iba por allí con frecuencia.

DEFENSOR.—¿Está usted seguro de que el ayu­dante estuvo allí?

TESTIGO 3.—Era una personalidad conocida. Igual que se conocía al comandante, se conocía también al ayudante.

DEFENSOR.—Como estudiante de medicina estaba destinado al comando de traslado de cadáveres.

JUEZ.—¿Cuál de los acusados actuaba en los fusi­lamientos?

TESTIGO 3.—Con su propia mano vi disparar a Bo­ger, Broad, Stark, Schlage y Kaduk.

JUEZ.—Acusado Boger, ¿participó usted en los fusi­lamientos ante el muro negro?

ACUSADO 2.—Nunca disparé en el campo.

JUEZ.—Acusado Broad, ¿participó usted en los fu­silamientos ante el muro negro?

ACUSADO 16.—Nunca tuve que realizar tales misio­nes.

JUEZ.—Acusado Schlage, ¿participó usted, en cali­dad de vigilante del bloque once, en los fusila­mientos ante el muro negro?

ACUSADO 14.—No estaba autorizado para eso.

JUEZ.—Acusado Kaduk, ¿participó usted en los fu­silamientos ante el muro negro?

ACUSADO 7.—Jamás fui al bloque once. Lo que aquí se dice sobre mi persona es sencillamente una mentira.

JUEZ.—Señor testigo, ¿se leían antes de los fusi­lamientos las condenas a muerte?

TESTIGO 3.—En la mayoría de los fusilamientos, no. Cuando existía una condena a muerte aparecía un comando de ejecución especial; pero de tal cosa sólo puedo recordar muy pocos casos. En ge­neral los presos eran sacados sin más de las celdas del bloque once.

JUEZ.—¿En qué estado se encontraban los presos?

TESTIGO 3.—La mayoría estaban muy dañados físi­camente después de los interrogatorios y la es­tancia en los calabozos. Había algunos que eran llevados al muro en camilla.

JUEZ.—Llamamos como testigo al superior que entonces daba órdenes a los acusados aquí pre­sentes. Señor testigo, usted era jefe de la central de la policía de seguridad y presidente del conse­jo de guerra. ¿Qué tuvo que ver, dado su rango, con los ajusticiamientos llevados a cabo en el campo por la sección política?

TESTIGO 1.—Mi oficina no tenía que ver lo más mínimo con los asuntos de la sección política del campo. Yo me ocupaba exclusivamente de los ca­sos de partisanos. Estos eran llevados al campo y allí juzgados y condenados en una sala de se­siones.

JUEZ.—¿Dónde se hallaba esa sala?

TESTIGO 1.—En un barracón.

JUEZ.—¿No se encontraba en el bloque once?

TESTIGO 1.—No sabría decirlo.

TESTIGO 6.—Yo estaba de escribiente en el bloque once. Así pude enterarme del trabajo del consejo de guerra. La sala se encontraba delante, a la iz­quierda del pasillo del bloque once.

JUEZ.—¿Qué aspecto tenía aquella sala?

TESTIGO 6.—Había en ella cuatro ventanas que da­ban al patio y una larga mesa.

JUEZ.—Señor testigo, ¿recuerda usted esa sala?

TESTIGO 1.—No.

JUEZ.—¿No estuvo usted nunca en el interior del viejo campo?

TESTIGO 1.—No sabría decirlo.

JUEZ.—¿No pasó usted nunca por la puerta del campo?

TESTIGO 1.—Es posible. Recuerdo que allí una ban­da tocaba música.

JUEZ.—¿No estuvo usted nunca en el patio del blo­que once?

TESTIGO 1.—Quizás alguna vez. Dicen que había un muro allí. Pero ya no lo recuerdo.

JUEZ.—Sin embargo, un muro pintado de negro ha de llamar la atención.

TESTIGO 1.—No lo recuerdo.

JUEZ.—Señor testigo, usted era, pues, el presiden­te. ¿Había también un defensor?

TESTIGO 1.—Si alguien lo deseaba, podía disponer de uno.

JUEZ.—¿Fue deseado alguna vez?

TESTIGO 1.—Raramente ocurría.

JUEZ.—¿Y cuando ocurría?

TESTIGO 1.—Entonces se buscaba uno.

JUEZ.—¿Quién era el defensor?

TESTIGO 1.—Un funcionario de la oficina.

JUEZ.—¿Se hacían interrogatorios duros?

TESTIGO 1.—No había motivos para ello. En todo caso, nunca oí nada acerca de interrogatorios du­ros. Los hechos estaban tan claros que no era ne­cesario ningún interrogatorio.

JUEZ.—¿Cuáles eran los hechos?

TESTIGO 1.—Se trataba exclusivamente de actos de enemigos del Estado.

JUEZ.—¿Confesaban los detenidos?

TESTIGO 1.—No había nada que pudieran negar.

JUEZ.—¿Cómo se llegaba a la confesión?

TESTIGO 1.—Por interrogatorios.

JUEZ.—¿Quién realizaba los interrogatorios?

TESTIGO 1.—La sección política.

JUEZ.—¿En su calidad de juez no tenía usted sos­pechas sobre la forma de obtener esas confesio­nes?

TESTIGO 1.—Yo no soy culpable de que alguno de mis subordinados se extralimitara en sus atribucio­nes. Siempre recomendé a mis colaboradores que se comportaran en todo correctamente.

JUEZ.—¿Se escuchaba en los procesos a testigos?

TESTIGO l.—Normalmente no. Preguntábamos si todo era cierto y ellos decían siempre: sí.

JUEZ.—Así pues, ¿sólo tenía usted que pronunciar penas de muerte?

TESTIGO 1.—Sí. No se absolvía prácticamente nunca. Sólo se abrían procesos cuando todo esta­ba claro.

JUEZ.—¿No reconoció usted nunca señales en los inculpados que permitieran suponer un trato in­correcto?

TESTIGO 1.—No.

JUEZ.—¿Fueron fusilados también mujeres y niños ante el muro negro?

TESTIGO 1.—Nada sé de eso.

TESTIGO 6.—Entre los presos enviados al bloque por condena emitida por el consejo de guerra ha­bía muchas mujeres y menores. Las acusaciones decían contrabando o contactos con grupos de par­tisanos. A diferencia de los presos del campo que eran encerrados en los calabozos, los presos de la policía estaban en la primera planta del bloque. Eran conducidos aisladamente a la sala de vistas. El juez leía la condena, sólo decía el nombre y luego añadía: Está usted condenado a muerte. La mayoría de los condenados no entendía el idioma y no sabían en absoluto por qué se les había de­tenido. De la sala de juicios eran llevados en seguida para desvestirse al lavabo y de allí, sacados al patio.

ACUSADOR.—Señor testigo, ¿cuántas condenas tuvo usted que leer como presidente del tribunal?

TESTIGO 1.—No puedo recordarlo.

ACUSADOR.—¿Cuántas veces fue usted requerido para dictar condena?

TESTIGO 1.—Ya no lo recuerdo.

ACUSADOR.—¿Cuánto duraba una vista del conse­jo de guerra?

TESTIGO 1.—No sabría decirlo.

ACUSADOR.—Señor testigo, usted es actualmente director de una gran empresa comercial. En cali­dad de tal debe estar habituado a las cifras y a los cálculos. ¿Cuántos hombres fueron condenados por usted?

TESTIGO I.—No lo sé.

TESTIGO 6.—En una vista del consejo de guerra se dictaban por término medio de cien a quinientas condenas a muerte. La sesión duraba de una hora y media a dos horas y tenía lugar cada dos sema­nas.

ACUSADOR.—Señor testigo, ¿cuántos hombres fueron fusilados, según sus cálculos, ante el muro ne­gro?

TESTIGO 6.—De los libros de defunciones y de nuestros registros se desprende que junto con las habituales evacuaciones de los calabozos fueron fu­silados ante el muro negro unos veinte mil hom­bres.

 

II

 

TESTIGO 7.—En otoño de 1943 vi una mañana muy temprano en el patio del bloque once una niña pequeña. Llevaba un vestido rojo y una trenza. Estaba sola, con las manos a ambos lados, como si fuera un soldado. Una vez se agachó para lim­piarse el polvo de los zapatos. Luego volvió a quedarse quieta. Entonces vi llegar a Boger al pa­tio. Llevaba el fusil oculto a la espalda. Cogió a la niña de la mano que le siguió obedientemente y se dejó colocar de cara al muro negro. Luego la niña volvió la cabeza de nuevo, Boger se la puso otra vez contra el muro, levantó el fusil y la fusiló.

DEFENSOR.—¿Cómo pudo ver eso el testigo?

TESTIGO 7.—Yo estaba limpiando el lavabo que se encontraba junto a la salida del patio.

JUEZ.—¿Qué edad tenía la niña?

TESTIGO 7.—Seis o siete años. Los que llevaron su cadáver dijeron luego que los padres de la niña también habían sido fusilados allí unos días an­tes.

ACUSADO 2.—Señor presidente, yo no he fusilado a ningún niño, jamás he fusilado a nadie.

TESTIGO 3.—Vi con frecuencia a Boger ante el muro negro. Oigo todavía cómo le grita a un preso: «ca­beza en alto», y luego le dispara a la nuca.

JUEZ.—¿No puede usted haberse engañado y con­fundir a Boger con otro?

TESTIGO 3.—Todos conocíamos a Boger y su paso de pato. Le veíamos con frecuencia, fusil al hom­bro, ir en bicicleta hacia el bloque once. A veces arrastraba a algún preso atado por una cuerda co­mo un perrillo.

JUEZ.—Acusado Boger, ¿no quiere usted meditar nuevamente su declaración de no haber disparado nunca en el campo?

ACUSADO 2.—Me mantengo en mi afirmación hoy y de aquí a mil años. Por otra parte, jamás hubiera tenido miedo de disparar un tiro: habría sido sólo en cumplimiento de una orden del servicio.

TESTIGO 3.—Cada miércoles y viernes había fusila­mientos. Yo vi como Boger el 14 de mayo de 1943 mataba a diecisiete presos. Se me quedó la fecha porque mi amigo Berger estaba entre ellos. Poco antes había sido torturado en el columpio. Berger gritó: asesinos, criminales. Entonces Boger le disparó. Otro estaba frente a él de rodillas; a ése le disparó a la cara. Siempre que se decía: Boger está aquí, sabíamos lo que iba a ocurrir. Entre nosotros se conocía a Boger por la negra muerte.

ACUSADO 2.—Tuve también otros apodos. Todos nosotros tuvimos apodos. Pero eso no demuestra nada.

JUEZ.—Acusado Boger, en este proceso ha sido declarado repetidas veces por testigos que usted mató hombres en el campo. ¿Considera usted que todas esas declaraciones son falsas?

ACUSADO 2.—Yo tuve que asistir con frecuencia a los fusilamientos. Es de suponer que los testigos me confunden con algún otro. Han atrapado a Boger, está claro, pues, que todo el odio se descar­gue sobre mí.

JUEZ.—¿No disparó usted jamás?

ACUSADO 2.—Una vez.

JUEZ.—¿Disparó usted una vez?

ACUSADO 2.—Fue un único caso en el que obede­ciendo una orden tuve que participar en un fusila­miento.

JUEZ.—¿Cómo sucedió?

ACUSADO 2.—En una evacuación de calabozos. Grabner dio la orden: ahora dispara el Oberschar.—führer Boger.

JUEZ.—¿Cuántas veces disparó?

ACUSADO 2.—Dos veces en un único caso. Poste­riormente me negué a participar en tales cosas. Dije: O bien estoy aquí o bien trabajo en el servi­cio de identificación. No puedo hacer ambas cosas a la vez.

JUEZ.—¿A quiénes tuvo usted que fusilar enton­ces?

ACUSADO 2.—Eran de un transporte que no había pasado por el servicio de reconocimiento.

JUEZ.—Eso significa que no se pensó en absoluto en que esas gentes pudieran sobrevivir.

ACUSADO 2.—Así lo creo yo también.

JUEZ.—Acusado Boger, ¿por qué ha dicho usted siempre hasta ahora que ningún hombre en el campo encontró la muerte a sus manos ?

ACUSADO 2.—Señor presidente, es tal la cantidad de cosas que me abruman que me resulta imposi­ble aclararlo todo desde un principio.

JUEZ.—¿Y usted insiste en haber disparado sólo dos veces y en que nadie murió a consecuencia de interrogatorios duros?

ACUSADO 2.—Sí. Eso es cierto bajo sagrado jura­mento.

JUEZ.—Señor testigo, ¿cuándo tenía usted que en­contrarse en el patio del bloque once como miem­bro del comando de transporte de cadáveres?

TESTIGO 3.—Se nos requería más o menos una hora antes de la ejecución.

JUEZ.—¿Dónde estaba usted estacionado?

TESTIGO 3.—En el bloque de la ambulancia.

JUEZ.—¿Dónde se encontraba el bloque de la am­bulancia?

TESTIGO 3.—Frente al bloque de los calabozos, en la parte de delante y a la derecha del campo.

JUEZ.—¿Cómo se les llamaba?

TESTIGO 3.—Un escribiente del bloque once llegaba corriendo. Gritaba: los del transporte de cadáve­res, una camilla, dos camillas. Cuando gritaba una camilla, sabíamos que iba a haber una ejecución de poca importancia. Cuando pedía varias camillas había una ejecución mayor.

JUEZ.—¿Dónde se quedaba el escribiente?

TESTIGO 3.—Se quedaba a la entrada, y nosotros, los del comando, corríamos hacia él. Cuando el es­cribiente decía cuántos portadores se necesitaban, el capo determinaba los que debían ir.

JUEZ.—¿A dónde tenían que acudir entonces?

TESTIGO 3.—Después de que las sirenas hubieran anunciado el cierre del campo, entrábamos en el patio del bloque once por la puerta. Teníamos que colocarnos junto a la puerta y estar dispuestos allí con las camillas.

JUEZ.—¿Qué clase de camillas eran?

TESTIGO 3.—Lona con palos de madera y pies me­tálicos.

JUEZ.—¿Se encontraba presente un médico?

TESTIGO 3.—Sólo en las grandes ejecuciones había un médico presente. De lo contrario se encontra­ban allí sólo los señores de la sección política.

JUEZ.—¿Dónde esperaban los presos destinados a la ejecución?

TESTIGO 3.—Aguardaban en el lavabo y en el pasillo de delante.

JUEZ.—¿Qué clase de preparativos se realizaban?

TESTIGO 3.—Cuando los presos salían del calabozo tenían que dejar sus ropas en el lavabo o en el pa­sillo. Les escribían sus números en el pecho, con un lápiz de anilina humedecido. El preso que tra­bajaba de escribiente los examinaba y tachaba de la lista los números de los que eran llevados al patio.

JUEZ.—¿Qué orden se gritaba a los condenados?

TESTIGO 3.—La orden decía: fuera. Entonces Jakob el de los calabozos corría con los primeros. En cuanto llegaban al muro se nos gritaba la orden a nosotros: Fuera, y corríamos con nuestras cami­llas.

JUEZ.—¿Quién les daba la orden?

TESTIGO 3.—Bien el médico, bien alguno de los oficiales.

JUEZ.—¿Estaban ya fusilados los presos cuando us­tedes llegaban?

TESTIGO 3.—En la mayoría de los casos había caído ya el primero, y el segundo caía en seguida. A veces duraba más rato, entonces nos colocábamos detrás de los hombres que ejecutaban.

JUEZ.—¿Por qué duraba más rato algunas veces?

TESTIGO 3.—Podía ocurrir que las armas se encas­quillaran, entonces aguardábamos mientras el hom­bre reparaba su fusil.

JUEZ.—¿Cómo se comportaban los presos que ha­bían de ser ejecutados?

TESTIGO 3.—Algunos oraban, a otros les oí cantar cantos nacionales o religiosos. Sólo una vez cuando una mujer empezó a gritar se ordenó: disparad primero a la loca.

JUEZ.—¿Cómo sacaban ustedes los cadáveres?

TESTIGO 3.—En cuanto caían sobre la arena que se echó frente al muro, los cogíamos por las manos y las piernas y colocábamos al primero de espaldas sobre la camilla, y al siguiente encima, al revés, de modo que quedaba con la cara entre las piernas del de abajo. Luego corríamos hacia el canal de desagüe y volcábamos allí los cadáveres.

JUEZ.—¿Dónde se hallaba ese canal?

TESTIGO 3.—Al borde izquierdo del patio.

JUEZ.—¿Qué pasaba luego?

TESTIGO 3.—Mientras corríamos con las camillas hacia el lugar de descargue, Jakob corría ya con los dos siguientes hacia el muro, y los otros dos porta­dores corrían con sus camillas detrás de ellos. Co­locábamos los muertos en varias capas, unos enci­ma de otros, de modo que las cabezas estuvieran sobre el canal para que así pudiera correr la san­gre.

JUEZ.—¿Fallecían en seguida los presos fusilados?

TESTIGO 3.—A veces ocurría que el disparo sólo da­ba en una oreja o en la barbilla y entonces aún vivían al ser trasladados. Entonces teníamos que dejar las camillas y el herido recibía otro disparo en la cabeza. El guardián de presos, Schlage, siem­pre examinaba a los que descargábamos y si veía que alguno aún se movía, mandaba sacarlo del montón y le daba el último disparo. Una vez Schla­ge dijo a uno que aún vivía: Ponte en pie. Yo vi como el herido intentaba ponerse en pie. Entonces Schlage dijo: Quédate tumbado y le disparó al co­razón y a ambos lados de las sienes. Pero el hombre aún vivía. No sé cuántos disparos recibió, el pri­mero fue en el cuello y entonces le salió una sangre negra. Schlage dijo: Este tiene más vidas que un gato.

JUEZ.—Acusado Schlage, ¿tiene usted algo que decir a eso?

ACUSADO 14.—Es un enigma para mí. Nada tengo que decir a eso, en absoluto.

 

III

 

TESTIGO 7.—Vi una vez a Schlage en el lavabo con una familia que acababa de ingresar. El hombre tuvo que ponerse frente a él, en cuclillas, y Schlage le disparó a la cabeza. Luego le tocó al niño y luego a la mujer. Al niño tuvo que dispararle varias veces. Gritaba y no murió en seguida.

DEFENSOR.—¿Por qué disparó en el lavabo si el muro de fusilamientos estaba tan cerca?

TESTIGO 7.—Los fusilamientos menores, para ma­yor simplicidad, se realizaban con frecuencia en el lavabo. Luego se abría el agua de la ducha y se lim­piaba así la sangre del suelo.

DEFENSOR.—Señor testigo, ¿qué aspecto tenía el lavabo?

TESTIGO 7.—Era una habitación pequeña con una ventana de la que colgaba una manta. La parte in­ferior de la habitación estaba alquitranada, la su­perior, pintada de blanco. En los ángulos había tuberías negras. En medio de la habitación, a una altura de unos dos metros, había una conducción perforada para la ducha.

JUEZ.—Acusado Schlage, ¿insiste usted aún en que no ha disparado sobre ningún hombre?

ACUSADO 14.—Niego rotundamente lo que aquí se me imputa. No participé en absoluto en matanzas.

TESTIGO 7.—Al lavabo se llevaban también los cadáveres de los que se cortaba carne.

JUEZ.—¿Qué quiere usted decir?

TESTIGO 7.—En el verano de 1944 vi los primeros de esos cadáveres mutilados. Fue descargado un hom­bre que me había llamado ya la atención cuando se desnudaba para ser ejecutado. Era un gigante. Luego le vi echado en el lavabo. Allí había hombres con batas blancas e instrumentos de cirugía. Se le cortó carne del vientre. Primero creíamos que ha­bría tragado algo y lo estaban buscando. Pero luego ocurrió con frecuencia que se extrajera carne de los cadáveres. Posteriormente se hacía sobre todo con las mujeres gruesas.

TESTIGO 3.—En una ocasión fuimos a buscar se­tenta cadáveres de mujeres. Les habían cortado los pechos y tenían cortes profundos en el abdo­men y en los muslos. Unos sanitarios cargaban unos recipientes con carne humana en una moto­cicleta con sidecar. Nosotros teníamos que tapar en los carros los cadáveres con tablas.

TESTIGO 4.—En el bloque diez de ensayos vi, a través de una rendija de los postigos de la ventana, los cadáveres abajo en el patio. Habíamos oído un zumbido. Eran enjambres de moscas. El suelo del patio estaba lleno de sangre. Y entonces vi co­mo los verdugos reían y fumaban paseándose por el patio.

Señala a los acusados.

DEFENSOR.—No podemos permitir semejantes ofen­sas a nuestros clientes. Deseamos que se hagan constar en el protocolo.

Los acusados manifiestan su indignación.

 

 

8- CANTO DEL FENOL

 

I

TESTIGO 8.—Inculpo al jefe del servicio sanitario Klehr de miles de muertes arbitrarias mediante inyecciones de fenol en el corazón.

ACUSADO 9.—Eso es una calumnia. Sólo en algunos casos hube de controlar inyecciones, y aún eso no sin la mayor repugnancia.

TESTIGO 8.—Cada día se mataban en la enfermería un mínimo de treinta presos. A veces llegaban a doscientos.

JUEZ.—¿Dónde se daban las inyecciones?

TESTIGO 8.—En el bloque de infecciosos, al lado mismo, era el bloque veinte.

JUEZ.—¿Dónde estaba el bloque veinte?

TESTIGO 8.—A la derecha, en la serie de bloques del centro, junto al último de los bloques, el veintiuno, que era la enfermería de los presos. Como preso en funciones de enfermero tenía que conducir los en­fermos seleccionados al bloque, a través del patio.

JUEZ.—¿Estaba cerrado el patio?

TESTIGO 8.—Sólo mediante dos verjas bajas.

JUEZ.—¿De qué forma eran trasladados los presos?

TESTIGO 8.—Si es que estaban en condiciones de andar, atravesaban el patio en camisa o semidesnudos. Llevaban sobre la cabeza la manta y los zuecos. Muchos enfermos tenían que ir apoyados o eran llevados. Entraban por la puerta lateral al bloque veinte.

JUEZ.—¿En qué sala se daban las inyecciones?

TESTIGO 8.—En la habitación primera. Era la sala del médico. Estaba al final del pasillo central.

JUEZ.—¿Dónde aguardaban los presos?

TESTIGO 8.—Tenían que situarse en el pasillo. Los enfermos graves se echaban en el suelo. Avanzaban hacia la sala de dos en dos. El médico doctor Entress entregaba a Klehr una tercera parte de los pacientes. Pero eso no le bastaba a Klehr. Cuando el médico se marchaba, Klehr efectuaba selecciones adicionales.

JUEZ.—¿Vio usted mismo eso?

TESTIGO 8.—Sí, yo mismo lo vi. Klehr prefería los números redondos. Si una de las cifras calculadas no le gustaba, buscaba las víctimas que faltaban en las salas de la enfermería. Contemplaba los gráficos de la fiebre que habían de hacerse con la má­xima exactitud siguiendo sus indicaciones, y así hacía él mismo su elección.

JUEZ.—¿Cuáles eran las cifras redondas que Klehr prefería?

TESTIGO 8.—De veintitrés, por ejemplo, pasaba a treinta, de treinta y seis a cuarenta, y así sucesiva­mente. Ordenaba a los presos seleccionados que le siguieran.

JUEZ.—¿Cómo lo ordenaba?

TESTIGO 8.—Venga, tú, tú vienes, tú vienes y tú.

ACUSADO 9.—Señor presidente, esa afirmación es falsa. Yo no estaba autorizado para hacer las selec­ciones.

JUEZ.—¿Qué hacía usted entonces?

ACUSADO 9.—Sólo tenía que procurar que se envia­ran los presos adecuados.

JUEZ.—¿Y qué hacía usted cuando se ponían las in­yecciones?

ACUSADO 9.—Eso me gustaría saber a mí. Andaba de acá para allá. Los tratamientos eran hechos por los presos allí destinados. Yo me mantenía a dis­tancia para no dejarme contaminar por el aliento de aquellos enfermos apestados.

JUEZ.—¿Cuáles eran sus tareas como sanitario del bloque de la enfermería?

ACUSADO 9.—Era responsable A: del orden y la limpieza, B: de los registros.

JUEZ.—¿Cómo era la alimentación?

ACUSADO 9.—En la cocina para dietas se hacía sopa de leche para los recién operados.

JUEZ.—¿Cuántos presos había en la enfermería?

ACUSADO 9.—Normalmente de quinientos a seis­cientos enfermos.

JUEZ.—¿Cómo estaban alojados los enfermos?

ACUSADO 9.—Permanecían en literas de tres pisos.

JUEZ.—¿Cómo eran registrados?

ACUSADO 9.—Cada enfermo inscrito era registrado en un fichero. Por otra parte también eran conta­bilizadas las selecciones hechas entre los enfermos sujetos a inspección médica.

JUEZ.—¿Cuáles eran los enfermos sujetos a inspec­ción médica?

ACUSADO 9.—Aquellos presos cuyo estado de salud era crítico.

JUEZ.—¿Cómo se realizaban esas selecciones?

ACUSADO 9.—El médico del campo miraba a los presos y examinaba su ficha con el diagnóstico. Cuando en lugar de devolverla al preso que traba­jaba allí como médico se la entragaba al escri­biente, eso significaba que ese preso estaba desti­nado a la inyección.

JUEZ.—¿Qué sucedía entonces?

ACUSADO 9.—Las tarjetas se amontonaban sobre una mesa y luego se elaboraban.

JUEZ.—¿Qué significa «se elaboraban»?

ACUSADO 9.—El escribiente tenía que confeccionar una lista con las fichas. La lista era entregada a los sanitarios. De acuerdo con esa lista teníamos que llevar a los enfermos.

TESTIGO 9.—En las navidades de 1942 llegó Klehr a la sala de enfermos y nos dijo: Hoy soy yo el mé­dico del campo. Voy a ocuparme de los enfermos sujetos a revisión médica. Con la punta de su pipa señaló unos cuarenta enfermos de aquellos y los destinó así a la inyección. Después de las navidades se solicitó para el jefe de sanidad Klehr una ración suplementaria. Yo vi ese escrito. Allí se decía: Por el trabajo especial realizado el 24.12.1942 se solicita un quinto de licor, cinco cigarrillos y cien gramos de embutido.

ACUSADO 9.—Eso es verdaderamente ridículo. En navidades siempre me iba de permiso a casa. Mi esposa puede atestiguarlo.

JUEZ.—Acusado Klehr, ¿se reafirma usted en no haber participado en selección alguna, ni tampoco en matanza alguna con inyecciones de fenol?

ACUSADO 9.—Sólo tenía que supervisar el cumpli­miento de las disposiciones dadas.

JUEZ.—¿Consideró usted correctas esas disposicio­nes en todos los casos?

ACUSADO 9.—Al principio me sorprendió oír hablar de que fueran puestas inyecciones a enfermos por los presos que trabajaban de funcionarios. Pero luego comprendí que eran casos incurables que amenazaban a todo el campo.

JUEZ.—¿Cómo se daban las inyecciones?

ACUSADO 9.—El profesor Peter Werl del bloque de la ambulancia, y otro que se llamaba Félix ponían las inyecciones. Al principio se ponían en la vena del brazo. Pero las venas de los presos, dado su enflaquecimiento, eran muy difíciles de coger. Por eso luego se inyectaba el fenol directamente en el corazón. La jeringa aún no estaba descargada cuando el hombre ya había muerto.

JUEZ.—¿No se negó usted nunca a presenciar esos tratamientos?

ACUSADO 9.—En ese caso me hubieran fusilado.

JUEZ.—¿No expuso usted nunca al médico sus re­paros?

ACUSADO 9.—Lo hice varias veces. Pero se me dijo que debía limitarme a cumplir con mi deber.

JUEZ.—¿No podía usted intentar que le trasladaran a otro servicio?

ACUSADO 9.—Señor presidente, todos nosotros lle­vábamos allí una camisa de fuerza y no éramos más que un número, igual que los propios presos. Para nosotros el hombre empezaba sólo con un título uni­versitario. ¡Acaso hubiéramos tenido que atrever­nos a protestar alguna vez por algo!

JUEZ.—¿No fue usted nunca obligado a poner per­sonalmente inyecciones?

ACUSADO 9.—Una vez que me lamenté, el médico me dijo: en el futuro lo hará usted mismo.

JUEZ.—¿Y entonces realizó usted mismo seleccio­nes y matanzas?

ACUSADO 9.—Algunas veces, sí, a la fuerza.

JUEZ.—¿Con qué frecuencia tuvo que poner inyec­ciones?

ACUSADO 9.—Generalmente, dos veces por semana, y concretamente a unos doce o quince hombres. Pero fue sólo durante dos o tres meses.

JUEZ.—Eso haría por lo menos doscientos muertos.

ACUSADO 9.—De doscientos cincuenta a trescientos, quizá. No lo sé exactamente. Era una orden. Yo nada podía hacer contra ello.

TESTIGO 8.—El jefe de Sanidad Klehr participó en la matanza de por lo menos dieciséis mil presos.

ACUSADO 9.—Eso sí que es perder los estribos. Si yo hubiera puesto inyecciones a dieciséis mil, teniendo en cuenta que el campo no contaba con más de dieciséis mil hombres, sólo habría quedado la or­questa.

Los acusados ríen.

 

 II

 

JUEZ.—Acusado Klehr, ¿cómo mató usted a los presos?

ACUSADO 9.—Como estaba prescrito: con una inyec­ción de fenol en el miocardio. Pero no lo hice solo.

JUEZ.—¿Quién le ayudó?

ACUSADO 9.—No puedo recordarlo.

TESTIGO 9.—En las matanzas con fenol partici­paron los acusados Scherpe y Hantl. Pero se com­portaban de otra manera que Klehr. Eran amables con nosotros y decían buenos días al llegar al blo­que, y al marcharse, hasta la vista. Klehr se enfu­recía con frecuencia, Scherpe en cambio era tranquilo y cortés, tenía un modo muy agradable de tratar a las personas. Nunca vi a Scherpe pegar ni ponerse fuera de sí. Los que iban a que los viera solían tener confianza en él y creían que sólo iban a ser tratados de su enfermedad.

JUEZ.—Señor testigo, usted formaba parte de los presos que trabajaban como médicos en la enfer­mería. ¿Qué puede decirnos sobre el comienzo con las inyecciones de fenol?

TESTIGO 9.—Fue el médico del campo, el doctor Entress, quien empezó con las inyecciones. Prime­ro lo hizo con bencina, pero eso resultaba poco práctico ya que la muerte tardaba en sobrevenir unos tres cuartos de hora. Se buscó otro medio más rápido. El segundo fue el hidrógeno. Luego, el fenol.

JUEZ.—¿A quién vio usted dando esas inyecciones?

TESTIGO 9.—Primeramente al mismo doctor En­tress, luego a Scherpe y Hantl. Hantl lo hizo pocas veces. Nosotros le teníamos por una persona hon­rada.

JUEZ.—¿Vio usted que Klehr matara?

TESTIGO 9.—Personalmente no lo vi. Los dos presos Schwarz y Gebhard, encargados de sujetar a las víctimas durante las inyecciones, me lo contaron. Pero no tuvimos que asombrarnos durante mucho tiempo: pronto se trató de algo habitual.

DEFENSOR.—Señor testigo, usted cita otros nom­bres a propósito de los presos que estaban allí des­tinados. ¿No se llamaban esos presos Werl y Félix?

TESTIGO 9.—Fueron varios presos los que hicieron ese servicio.

DEFENSOR.—¿No se encargaban también esos pre­sos de las matanzas?

TESTIGO 9.—Al principio tuvieron que hacerlo.

DEFENSOR.—Así pues, los presos eran matados por sus propios compañeros.

ACUSADOR.—Protestamos contra esa táctica de la defensa que censura unos actos que los presos es­taban obligados a realizar bajo amenaza de muerte.

DEFENSOR.—Esa amenaza pesaba también sobre quienes regían el campo.

ACUSADOR.—No se ha demostrado en ningún caso que al que se negara a colaborar en las matanzas le ocurriera nada.

DEFENSOR.—Según el derecho penal, un subordi­nado sólo es responsable cuando obra en su cono­cimiento que la orden de su superior comporta un acto cuyo fin es un delito civil o militar. Nuestros defendidos actuaron con la mejor buena fe y de acuerdo con el principio de obediencia incondicio­nal. Con su juramento de fidelidad hasta la muerte se inclinaron ante los fines de la jefatura estatal de entonces, del modo mismo en que lo hicieron la administración, la justicia y el ejército.

ACUSADOR.—Repetimos que todo aquel que com­prendiera el criminal fin de las órdenes recibidas podía conseguir el traslado. Nosotros conocemos las razones por las que no pidieron el traslado. En el frente hubiera peligrado su propia vida; por eso se quedaron ahí, donde sólo tenían adversarios in­defensos.

JUEZ.—Llamamos a declarar a uno de los médicos del campo que entonces daba órdenes. Señor tes­tigo, ¿tuvo usted que ver en su servicio con los acu­sados Klehr, Scherpe y Hantl?

TESTIGO 2.—No estuve en contacto con esos seño­res.

JUEZ.—¿No fue usted su superior?

TESTIGO 2.—Su superior era únicamente el médico local. Yo sólo tenía que efectuar trabajos de escri­biente.

JUEZ.—Señor testigo, ¿qué clase de cargo médico ocupaba usted al ser destinado al campo?

TESTIGO 2.—Era profesor de Universidad.

JUEZ.—Y con su destacada formación especializada ¿sólo ejercía usted allí de escribiente?

TESTIGO 2.—A veces tuve que actuar en patología.

JUEZ.—¿No seleccionó usted presos para el acusado Klehr?

TESTIGO 2.—Me negué a ello.

JUEZ.—¿No estuvo usted nunca presente en las se­lecciones?

TESTIGO 2.—Sólo como acompañante de los mé­dicos de servicio.

JUEZ.—Señor testigo, ¿está usted enterado de que a quienes participaron en aquellas acciones les fue­ron asignadas raciones especiales?

TESTIGO 2.—Considero humanamente comprensi­ble que se repartieran raciones de licor y cigarrillos a la gente por su duro trabajo. Estábamos en gue­rra y escaseaban el licor y los cigarrillos, es lógico, pues, que todo el mundo fuera detrás de ellos. Se guardaban los bonos y luego se iba a por la botella.

JUEZ.—¿Usted también?

TESTIGO 2.—Sí, íbamos todos.

JUEZ.—¿Cómo se comportó usted, respecto de las selecciones?

DEFENSOR.—Protestamos por esa pregunta. Nues­tro cliente ha cumplido ya su condena y no es posible hacerle un nuevo proceso.

TESTIGO 2.—Aún hoy me considero inocente. Sólo se escogieron entonces enfermos que, de todos modos, ya no podían vivir.

JUEZ.—¿No veía usted, dada su formación médica, otras posibilidades?

TESTIGO 2.—No en las circunstancias de entonces. Miles de nuestros propios soldados se desangraban en el frente, y en las ciudades bombardeadas pade­cían las personas.

ACUSADOR.—Señor testigo, aquí se trata de perso­nas que, sin tener culpa, fueron hechos presos y asesinados. Debería usted haber visto claro.

TESTIGO 2.—Yo nada podía hacer. Ya a mi llegada el médico de las tropas me dijo: aquí estamos en el último agujero del mundo, y así tenemos que actuar.

ACUSADOR.—Señor testigo, ¿estuvo usted presente cuando se daban las inyecciones?

TESTIGO 2.—Sí. Tuve que presenciarlo en una oca­sión.

ACUSADOR.—¿Qué vio usted entonces?

TESTIGO 2.—Klehr se puso una bata de médico y le dijo a una muchacha: estás enferma del corazón, han de ponerte una inyección. Luego se la dio y yo me marché en seguida.

ACUSADOR.—¿Estaba Klehr solo?

TESTIGO 2.—Sí.

ACUSADOR.—¿No se tuvo que sujetar a la mujer?

TESTIGO 2.—No.

ACUSADOR.—Señor testigo, obra en poder del tri­bunal el diario que usted escribió en el campo. Ahí puede leerse: Hoy hubo para comer liebre asada y una pierna muy gruesa con albóndigas y col. Luego pone: seis mujeres inyectadas por Klehr.

TESTIGO 2.—Seguramente lo oí decir.

ACUSADOR.—Leemos a continuación: Con un tiem­po espléndido, un paseo en bicicleta. Luego: once ejecuciones presenciadas, tres mujeres suplicaban que se les perdonase la vida; material de hígado fresco, bazo y páncreas extraídos después de unas inyecciones de policarpinio. ¿Qué significa eso?

TESTIGO 2.—Tenía orden de hacer autopsias. Esa labor estaba al exclusivo servicio de la ciencia. Na­da tenía que ver con las matanzas.

ACUSADOR.—¿Determinaba usted ya antes de su muerte a los hombres a quienes extraía carne en la autopsia?

DEFENSOR.—Protestamos y recordamos nuevamen­te que nuestro cliente ha cumplido ya su condena.

ACUSADOR.—Señor testigo, ¿por qué empleaba us­ted carne humana para sus investigaciones?

TESTIGO 2.—Porque los guardianes se comían toda la carne de buey y de caballo que nos proporciona­ban para nuestros ensayos bacteriológicos.

JUEZ.—¿Dónde se guardaba el fenol que se em­pleaba para las inyecciones?

TESTIGO 3.—El fenol se guardaba en la farmacia.

JUEZ.—¿Dónde estaba la farmacia?

TESTIGO 3.—En los edificios auxiliares, fuera del campo.

JUEZ.—¿Quién dirigía la farmacia?

TESTIGO 3.—El doctor Capesius.

JUEZ.—¿Quién iba a buscar el fenol?

TESTIGO 3.—La petición que escribía Klehr era entregada al doctor Capesius en la farmacia por un mozo de la sección de enfermería. Este recibía en­tonces el fenol.

JUEZ.—Acusado doctor Capesius, ¿qué puede decir usted a esto?

ACUSADO 3.—Yo no sé nada de tales encargos.

JUEZ.—¿Sabía usted que en el campo se mataban personas con fenol?

ACUSADO 3.—Es la primera vez que oigo hablar de ello.

JUEZ.—¿Guardaba usted fenol en la farmacia?

ACUSADO 3.—Nunca vi allí grandes cantidades.

TESTIGO 3.—El fenol se guardaba en un armario amarillo, en un rincón de la sala de despachos. Más tarde, también en unas grandes garrafas en el sótano.

DEFENSOR.—Señor testigo, ¿cómo sabe usted eso?

TESTIGO 3.—Yo tenía un destino en la farmacia. Allí vi los formularios impresos para las solicitu­des. Habían sido rellenados por el doctor Capesius y también firmados por él. Era fenol puro. Sin em­bargo, ya no me acuerdo si constaban allí las pala­bras PRO INJECTIONE.

JUEZ.—¿Qué cantidades se solicitaban?

TESTIGO 3.—Primero pequeñas cantidades, luego de dos a cinco kilos por mes.

JUEZ.—¿Para qué se emplea normalmente el fenol como medicina?

TESTIGO 3.—Mezclado con glicerina, para gotas en los oídos.

ACUSADO 3.—Ese fue el destino del fenol bajo mi control.

JUEZ.—De dos a cinco kilos por mes, teniendo el kilo mil gramos, y entrando varias gotas en un gramo, se hubieran podido curar los oídos de todo un ejército.

Los acusados ríen.

JUEZ.—Acusado Capesius, ¿insiste usted en no ha­ber visto en la farmacia fenol para inyecciones?

ACUSADO 3.—Ni vi grandes cantidades de fenol, ni supe nada de que con él se matara a nadie.

JUEZ.—¿A quién se entregaba el fenol despachado?

TESTIGO 3.—Al médico de servicio, quien a su vez lo entregaba a los sanitarios de la enfermería.

 

III

 

JUEZ.—¿Qué aspecto tenía la enfermería?

TESTIGO 6.—Era una sala pintada de blanco. Las ventanas que daban al patio estaban encaladas.

JUEZ.—¿Cómo era la instalación de la sala?

TESTIGO 6.—Había algunas alacenas y armarios y una cortina que dividía la habitación.

JUEZ.—¿Qué clase de cortina?

TESTIGO 6.—Tenía unos dos metros de altura y no llegaba hasta el techo. La tela era de un color gris verdoso. Delante se sentaba el escribiente encar­gado de registrar a los enfermos que entraban.

JUEZ.—¿Qué había detrás de la cortina?

TESTIGO 6.—Una mesa pequeña y un par de tabu­retes. En la pared, unas perchas de las que colga­ban delantales de goma y guantes de goma color rosa.

DEFENSOR.—Señor testigo, ¿cómo sabe usted todo eso?

TESTIGO 6.—Formaba parte de los portadores de cadáveres. Nos encontrábamos en la sala de aseo contigua. La puerta estaba abierta y podíamos ver­lo todo.

JUEZ.—¿Qué ocurría con los presos destinados a recibir las inyecciones de fenol?

TESTIGO 6.—Eran conducidos desde el pasillo de dos en dos a la sala. Uno de los dos presos allí des­tinados y que estaban preparados detrás de la cor­tina, iba a buscar a uno de los presos para ponerle la inyección. El otro aguardaba delante de la corti­na. Entretanto, este preso había llenado la jeringa.

JUEZ.—¿Qué clase de jeringa era?

TESTIGO 6.—Al principio, con las inyecciones intra­venosas, eran jeringas de cinco centímetros cú­bicos. Luego, cuando se pinchó directamente al corazón, se empleaban jeringas de dos centímetros cúbicos. Estaban provistas de agujas como las empleadas para las punciones en la columna verte­bral. Las cánulas eran guardadas en una bolsa.

JUEZ.—¿En qué clase de recipientes se encontraba el fenol?

TESTIGO 6.—En unas botellas semejantes a un ter­mo. El fenol se vertía en una pequeña palangana. De allí se tomaba para la inyección. El líquido te­nía un tono rojizo, ya que la aguja se cambiaba muy pocas veces y estaba ensangrentada de los pin­chazos.

JUEZ.—¿Sabían los enfermos lo que les aguardaba?

TESTIGO 6.—La mayoría no lo sabían. Se les decía que iban a recibir una inyección preventiva.

JUEZ.—¿Dejaban los enfermos que se les hiciera todo eso?

TESTIGO 6.—La mayoría se conformaban. Muchos de ellos estaban extenuados al máximo.

JUEZ.—¿A quién vio usted dando inyeccciones?

TESTIGO 6.—Klehr tomaba la jeringa llena. Llevaba un delantal de goma, guantes de goma y botas altas de goma. Las mangas de su bata blanca estaban levantadas.

JUEZ.—¿Qué le sucedía entonces al preso?

TESTIGO 6.—Si aún llevaba camisa tenía que qui­társela, y, con el tórax desnudo, sentarse en el ta­burete. Tenía que levantar el brazo izquierdo y ponerse la mano en la boca. De ese modo se ahogaba el grito y el corazón quedaba libre. Los dos presos le sujetaban.

JUEZ.—¿Cómo se llamaban los presos allí destina­dos?

TESTIGO 6.—Se llamaban Schwarz y Weiss. Schwarz sujetaba al preso por los hombros, Weiss le presio­naba la mano sobre la boca. Y Klehr le hundía la inyección en el corazón.

JUEZ.—¿Se presentaba la muerte instantáneamente?

TESTIGO 6.—La mayoría exhalaban aún un sonido ronco, como si estuvieran ahogándose. En general morían inmediatamente. Pero a veces alguno alarga­ba su agonía y terminaba en el suelo del lavabo. Al­gunos venían con nosotros todavía moribundos. Los demás eran sacados de allí con un lazo corredizo de cuero que les colocábamos en las muñecas. Todo iba muy rápido. Con frecuencia eran liquidados de dos a tres enfermos en el plazo de un minuto.

JUEZ.—¿Qué ocurría con los que habían recibido ya la inyección y aún vivían?

TESTIGO 6.—Recuerdo un hombre que tenía una constitución muy robusta. Se levantó en el lavabo con la inyección puesta ya en el corazón. Recuerdo claramente como fue. Había una caldera y junto a ella, un banco. El hombre se apoyó en la caldera y en el banco y se incorporó. Entonces entró Klehr y le dio la segunda inyección. Otros a veces queda­ban sólo inconscientes, porque la inyección no les alcanzaba el corazón y el fenol penetraba en los pulmones. Al final, Klehr entraba siempre en el lavabo y miraba el montón. Si alguno vivía todavía, le disparaba en la nuca; en otros casos decía: ése ya morirá de aquí al crematorio.

JUEZ.—¿Podía ocurrir que algunos, todavía vivos, fueran sacados entre los muertos?

TESTIGO 6.—Podía ocurrir.

JUEZ.—¿Y eran quemados vivos?

TESTIGO 6.—Sí. O rematados con la pala delante de los hornos.

JUEZ.—¿No ocurrió nunca que algún preso se re­sistiera?

TESTIGO 6.—Una vez hubo un jaleo. Vi la siguiente imagen: sobre un hombre semidesnudo, manchado de sangre, estaban sentados los dos presos. La cabeza del hombre estaba llena de heridas, y en el suelo había un garfio. Klehr estaba a su lado, con la inyección en la mano. Klehr se agachó sobre el hombre que continuaba resistiéndose y movien­do con violencia las piernas, y le clavó la inyección.

JUEZ.—Acusado Klehr, ¿qué tiene usted que decir a esas inculpaciones?

ACUSADO 9.—No sé nada del caso aquí mencionado.

JUEZ.—¿Conoce usted al testigo?

ACUSADO 9.—Señor presidente, es importante el hecho de que yo no conozca en absoluto a ese tes­tigo. En cambio, conozco a todos los presos desti­nados al comando de cadáveres.

JUEZ.—¿Había niños también, entre los cadá­veres?

TESTIGO 7.—En la primavera de 1943 mataron en una ocasión a más de cien niños.

JUEZ.—¿Quién realizó la matanza?

TESTIGO 7.—La matanza fue realizada por los jefes de sanidad Hantl y Scherpe.

JUEZ.—Señor testigo, ¿puede usted decir la cifra exacta de esos niños?

TESTIGO 7.—Eran ciento diecinueve niños.

JUEZ.—¿Sabe usted la fecha exacta?

TESTIGO 7.—Era el veintitrés de febrero.

DEFENSOR.—¿Cómo lo sabe usted?

TESTIGO 7.—Actué de escribiente en esa acción y tuve que tachar a los niños de la lista. Eran mu­chachos de trece a diecisiete años. Sus padres ha­bían sido fusilados anteriormente.

JUEZ.—¿De dónde procedían los niños?

TESTIGO 7.—Procedían de la región de Zamosc que fue evacuada para dejar sitio a los colonos proce­dentes del Reich.

JUEZ.—Acusado Scherpe, ¿participó usted en esa matanza?

ACUSADO 10.—Señor director, deseo subrayar ex­presamente que yo jamás maté a nadie.

JUEZ.—Acusado Hantl, ¿tiene usted algo que aña­dir?

ACUSADO 11.—Que entre nosotros se tratara tam­bién a niños es algo totalmente ignorado por mí. Por favor, señor Scherpe, ¿hice algo a niños jun­tamente con usted?

JUEZ.—No puede preguntar aquí nada a otros acu­sados. Queremos saber por usted mismo si partici­pó en las matanzas mediante inyecciones.

ACUSADO 11.—A eso sólo puedo decir que se trata de unas inculpaciones falsas.

JUEZ.—¿Presenció usted esos actos?

ACUSADO 11.—Al principio me negué. Dije: ¿Es ab­solutamente imprescindible que haya de contem­plar esas escenas? Luego tuve que presenciarlas unas ocho o diez veces.

JUEZ.—¿Cuántos eran matados en cada ocasión?

ACUSADO 11.—No más de cinco u ocho personas. Ahí se acababa.

TESTIGO 7.—Hantl cooperó en las selecciones y en las matanzas. Se ponían inyecciones casi a diario. Sólo se descansaba los domingos.

ACUSADO 11.—Eso es ridículo. Es un absurdo sin parangón. No puedo explicarme por qué ese testigo me denuncia precisamente a mí, que le ayudé en una ocasión en que cometió un sabotaje.

JUEZ.—¿Qué clase de sabotaje?

ACUSADO 11.—Había robado ropa de cama. En fin, yo hice siempre por los presos todo cuanto estuvo a mi alcance. Les instalé calefacción y les buscaba verduras.

JUEZ.—¿Y no participó en las matanzas?

ACUSADO 11.—No, repito que no.

JUEZ.—Señor testigo, continúe usted su informe sobre los niños.

TESTIGO 7.—Los niños habían sido llevados al patio de la enfermería. Durante toda la mañana jugaron allí. Incluso tenían un balón. Los presos de los al­rededores sabían lo que iba a pasar con ellos. Les dieron todo lo mejor que tenían. Los niños estaban hambrientos y temerosos. Decían que les habían pegado. Nos preguntaban repetidamente: ¿Van a matarnos? Por la tarde llegaron Scherpe y Hantl. Durante las horas en que realizaron esa acción reinó un silencio de muerte en todo el bloque veinte.

JUEZ.—¿Sospechaban los niños lo que les aguar­daba?

TESTIGO 7.—Los primeros gritaron. Luego se les explicó que era una vacuna. Entonces penetraron en silencio. Sólo los últimos volvieron a gritar por­que sus compañeros no regresaban. Los entraban de dos en dos, y luego pasaban solos al otro lado de la cortina. Yo sólo oía los golpes al caer las cabezas y los cuerpos en el suelo del lavabo. De pronto Scherpe salió corriendo. Oí como decía: ya no pue­do más. Se marchó corriendo a alguna parte y Hantl cuidó del resto. En el campo se dijo luego que a Scherpe le había dado un ataque.

ACUSADO 10.—El informe del testigo me parece muy exagerado. En todo caso, ya no alcanzo a re­cordar esos sucesos.

ACUSADOR.—¿Cuántos hombres cayeron en conjun­to, según sus cálculos, víctimas de las inyecciones de fenol?

TESTIGO 7.—De acuerdo con los libros del campo y según nuestros cálculos personales, unas treinta mil personas.

 

 

9- CANTO DE LOS CALABOZOS.

 

I

TESTIGO 8.—Yo fui condenado a treinta días de celda de castigo. Eso significaba trabajos forzados durante el día y por la noche la celda.

JUEZ.—¿Cuál fue la causa de la condena?

TESTIGO 8.—Me había puesto dos veces seguidas en la cola para coger comida.

JUEZ.—¿Dónde estaban las celdas de castigo?

TESTIGO 8.—Al final del pasillo de los calabozos, en el bloque once. Había cuatro de esas celdas.

JUEZ.—¿Qué tamaño tenía cada celda?

TESTIGO 8.—Su superficie era de noventa centíme­tros por noventa. La altura, de unos dos metros.

JUEZ.—¿Tenía ventanas?

TESTIGO 8.—No. Sólo había un respiradero arriba, de unos cuatro centímetros por cuatro. El pozo de ventilación recorría los muros y estaba unido al muro exterior a través de una plancha de hierro perforada.

JUEZ.—¿Y la puerta?

TESTIGO 8.—Se tenía que entrar por un agujero de unos cincuenta centímetros de altura. El agujero se cerraba por una pesada plancha de madera, y detrás de ella, una reja de hierro.

JUEZ.—¿Estaba usted solo en la celda?

TESTIGO 8.—Al principio estaba solo. La última se­mana estuvimos allí cuatro.

JUEZ.—¿Había presos obligados a permanecer día y noche en la celda?

TESTIGO 8.—Ese era el tipo más frecuente de con­dena. Los sistemas variaban. Algunos sólo recibían comida cada dos o tres días; otros no recibían nada. Estos eran los condenados a morir de hambre. Mi amigo Kurt Pachala murió en la celda contigua al cabo de quince días. Lo último que comió fueron sus zapatos. Murió el 14 de enero de 1943. Lo re­cuerdo muy bien, era mi cumpleaños. El condenado al calabozo sin comida podía gritar y maldecir cuanto quisiera. La puerta nunca se abría. Durante las cinco primeras noches gritó muy fuerte. Luego el hambre cedió y la sed se hizo insoportable. Ge­mía, rogaba y suplicaba. Se bebió su orina y lamía las paredes. El período de sed duró trece días. Luego ya no se oyó nada de su celda. Tardó más de dos semanas en morirse. De las celdas de casti­go los cadáveres tenían que sacarse con palos.

JUEZ.—¿Por qué razón fue condenado ese hombre?

TESTIGO 8.—Había intentado fugarse. Antes de ser llevado a la celda tuvo que pasar por delante de los presos en la revista de la noche. Le habían colgado una pizarra con la inscripción: HURRA, YA ESTOY AQUÍ DE NUEVO. Le obligaron a gritar esas pala­bras mientras tocaba un tambor. El período más largo que recuerdo lo pasó el preso Bruno Graf. El vigilante de los arrestados, Schlage, se ponía a veces delante de su puerta, y, mientras aquél se quejaba a gritos, le decía: «a ver si revientas ya de una vez». Sólo al cabo de un mes murió Graf.

JUEZ .—Acusado Schlage, ¿dejó usted morir de hambre a presos en las celdas?

ACUSADO 14.—Señor director, les ruego que escu­chen lo siguiente: Yo sólo era un guardián en el bloque once. Recibía las órdenes de mis superio­res, y a eso tenía que ceñirme. De cuanto ocurría en los calabozos no era yo el responsable, sino la administración.

JUEZ.—¿Quién daba la comida a los presos?

ACUSADO 14.—Los presos destinados allí como fun­cionarios.

JUEZ.—¿Quién abría las celdas?

ACUSADO 14.—Esos mismos presos. Nosotros, los guardianes, sólo teníamos que abrir la reja exte­rior cuando venían los de la sección política.

JUEZ.—¿Murieron presos en los calabozos?

ACUSADO 14.—Es posible, pero no puedo recor­darlo.

JUEZ.—¿Quién llevaba el libro de defunciones y señalaba las causas de defunción?

ACUSADO 14.—Siempre lo hicieron todo los presos funcionarios.

JUEZ.—¿Y usted no tuvo que ver con todo aquello?

ACUSADO 14.—Yo tenía que vigilar a nuestra propia gente, arrestada en el piso superior. A veces había hasta dieciocho hombres. Tenía que cuidar de que no se quitaran la vida o hicieran cualquier tontería.

JUEZ.—Así pues, ¿en los calabozos también se in­ternaba a los propios funcionarios?

ACUSADO 14.—Naturalmente. La justicia se exten­día a todos. Señor presidente, toda debilidad debía ser combatida.

 

II

 

JUEZ.—¿Qué tamaño tenían las otras celdas del ca­labozo?

TESTIGO 9 .—Esas celdas eran de tres metros por dos y medio. Algunas eran celdas oscuras, otras tenían una claraboya arriba cerrada por un zócalo de hormigón. El aire sólo entraba por una abertura arriba en la pared. Ese respiradero no era mayor que la palma de la mano.

JUEZ.—¿Cuántas celdas había de ese tipo?

TESTIGO 9.—Veintiocho celdas.

JUEZ.—¿Cuántos presos podían permanecer en esas celdas?

TESTIGO 9 .—En ese espacio había a veces hasta cuarenta presos.

JUEZ.—¿Cuánto tiempo tenían que permanecer allí?

TESTIGO 9.—Muchas veces, varias semanas. El pre­so Bogdan Glinski estuvo incluso más de diecisiete semanas allí dentro, desde el 13 de noviembre de 1942 hasta el 9 de marzo de 1943.

JUEZ.—¿Qué clase de instalaciones sanitarias tenía la celda?

TESTIGO 9.—Simplemente una caja de madera o un cubo.

JUEZ.—¿Bajo qué disposiciones se encerraba a los presos?

TESTIGO 9.—También el castigo podía ser sólo para las noches o para un tiempo más largo. Y también se practicaba el encierro sin comer.

JUEZ.—Señor testigo, ¿qué castigo sufrió usted?

TESTIGO 9.—Pasé dos noches.

JUEZ.—¿Quiere usted describirnos el curso de las mismas?

TESTIGO 9.—A las nueve de la noche tuve que pre­sentarme en el bloque once junto con otros treinta y ocho presos. El veterano del bloque comunicó la cantidad al jefe de servicio. Luego nos llevó a los calabozos donde nos encerró en la celda veinte. A las diez el aire era ya asfixiante. Estábamos amon­tonados unos sobre otros. No podíamos sentarnos ni tumbarnos. Pronto la temperatura alcanzó tal grado que comenzamos a quitarnos chaquetas y pantalones. Hacia media noche ya no era posible seguir de pie. Algunos se desmayaron, otros caían sobre sus compañeros. La mayoría estaban intranquilos, se peleaban entre sí y se insultaban. Los olores que emitían los hombres asfixiados se mez­claban con la peste del cubo. Los más débiles fueron pisoteados. Los más fuertes luchaban por colocarse junto a la puerta, a través de la que penetraba algo de aire. Gritamos y golpeamos la puerta, inten­tamos derribarla, pero no cedió. De vez en cuando se abría el chivato de la puerta y el guardián de turno nos miraba. A las dos de la madrugada la mayoría habían perdido el conocimiento. Por la ma­ñana, después de abrir a las cinco, fuimos sacados al pasillo. Todos estábamos desnudos. De los trein­ta y nueve, sólo vivían ya diecinueve, de estos dieci­nueve, seis tuvieron que ser llevados a la enfermería donde murieron cuatro de ellos.

TESTIGO 3.—Yo pertenecía al comando de cadá­veres encargado de evacuar las celdas. Con frecuen­cia había allí cadáveres con mordeduras en las nal­gas y en los muslos. Los que más tiempo habían aguantado allí estaban, a veces, sin dedos. Pregunté a Jakob el de los calabozos, encargado de vigilar todo aquello: ¿Cómo puedes soportar esto? Y me dijo: Alabado sea lo que da fortaleza. A mí me va bien, me como las raciones de los que están ahí den­tro. Su muerte no me afecta.

 

III

 

TESTIGO 6.—El 3 de septiembre de 1941 comenza­ron en el bloque de los calabozos los primeros ensayos de matanzas masivas a base de gas zyklon B. Jefes de sanidad y guardianes condujeron al bloque once unos ochocientos cincuenta prisione­ros de guerra soviéticos así como doscientos veinte presos enfermos. Una vez encerrados en las celdas, las ventanas fueron tapadas con tierra. Luego se echó el gas por los respiraderos. Al día siguiente se comprobó que algunos aún vivían. A consecuencia de ello se echó más zyklon B. El 5 de septiembre fui destinado al bloque once, junto con otros veinte presos de la compañía de castigo y una serie de en­fermeros. Se nos dijo que habíamos sido llamados para un trabajo especial y que nos quedaba prohi­bido bajo pena de muerte informar a nadie de cuanto allí viéramos. Se nos prometió también una ración extraordinaria para después del trabajo. Recibimos caretas antigás y tuvimos que sacar los cadáveres de las celdas. Cuando abrimos las puer­tas, se nos cayeron encima aquellos hombres, rígidamente apiñados unos contra otros. La mayo­ría estaban tiesos, de pie, con los rostros azulados. Algunos llevaban agarrados en las manos mecho­nes de cabellos. Duró todo el día el trabajo de se­parar los cadáveres unos de otros y amontonarlos fuera en el patio. Por la tarde llegó el comandante y su estado mayor. Le oí decir: Ahora ya estoy tranquilo, tenemos gas y así vamos a ahorrarnos todos esos baños de sangre. De esta manera, las víctimas podrán recibir un buen trato hasta el úl­timo momento.

 

 

10- CANTO DEL ZYKLON B

 

I

TESTIGO 3.—Trabajé durante el verano y el oto­ño de 1941 en el ropero del campo. Allí la ropa su­cia por el gas zyklon B era desinfectada. Nuestro superior era el desinfectador Breitwieser.

JUEZ.—Señor testigo, ¿se encuentra en esta sala la persona que usted menciona?

TESTIGO 3.—Ese es Breitwieser.

El acusado 17 in­clina amablemente la cabeza.

TESTIGO 3.—El 3 de septiembre vi como Breit­wieser, Stark y otros señores de la sección políti­ca iban hacia el bloque once llevando máscaras de gas y unas cajas. Luego sonó la alarma ordenando el cierre. A la mañana siguiente Breitwieser esta­ba de mal humor porque algo no había salido bien. No habían tapado lo bastante y la gasifica­ción tuvo que repetirse de nuevo. Dos días des­pués los camiones salían llenos de cadáveres del patio.

JUEZ.—¿A qué hora del día 3 de septiembre vio usted a Breitwieser dirigirse hacia el bloque once?

TESTIGO 3.—Hacia las nueve de la noche.

ACUSADO 17.—Eso es imposible. Primeramente, ja­más estaba yo en el campo a esa hora, y, por otra parte, hubiera sido imposible reconocerme a esa hora en aquella época del año, ya que por entonces había siempre una espesa capa de niebla en el campo debida a la proximidad del río.

JUEZ.—¿Sabía usted que esa noche tenían que ser matados con gas unos presos en el bloque once?

ACUSADO 17.—Sí. Se habló de eso.

JUEZ.—¿No vio usted cómo eran llevados los pre­sos al bloque?

ACUSADO 17.—Señor presidente, nuestro servicio acababa a las dieciocho horas. Yo nunca estuve en el campo después de esa hora.

JUEZ .—¿No tenía usted que entregar vestidos des­pués de las dieciocho horas si llegaban nuevos transportes?

ACUSADO 17.—Si llegaban presos pasadas las dieci­ocho horas los presos que trabajaban de funciona­rios allí recogían la llave del ropero y les entrega­ban la ropa.

JUEZ.—¿Qué funciones desempeñaba usted en su cargo de desinfectador?

ACUSADO 17.—Por decirlo de alguna manera, yo es­taba encargado de dar las instrucciones adecua­das.

JUEZ.—¿Tenía conocimientos especiales para esa función?

ACUSADO 17.—Fui destinado al departamento de desinfección, junto con diez o quince más, el ve­rano de 1941. Había allí algunos señores de la firma Degesch, suministradora del gas. Ellos nos instruyeron sobre su manejo y el de las caretas antigás, que estaban provistas de unos protectores especiales.

JUEZ.—¿Cómo iba envasado el gas?

ACUSADO 17.—En cajas de medio kilo. Tenían el aspecto de latas de café. Al principio iban tapa­das por un cartón que siempre estaba húmedo y parduzco. Luego se expedía ya con tapas metá­licas.

JUEZ.—¿Qué aspecto tenía el contenido de las ca­jas?

ACUSADO 17.—Era una masa granulosa y desme­nuzada. Resulta difícil de explicar. Algo parecido al almidón, azul.—blanco.

JUEZ.—¿Conoce usted la composición de esa masa?

ACUSADO 17.—Era prusiato solidificado. Cuando los fragmentos entraban en contacto con el aire, se desprendía el gas cianhídrico.

JUEZ.—¿En qué consistía su trabajo con el gas?

ACUSADO 17.—Los presos tenían que colgar la ropa en la cámara del ropero. Luego yo, junto con otro desinfectador, echaba el gas. A las veinticuatro horas podíamos ya recoger las cosas; luego lle­gaban otras, y así sucesivamente. También tuvi­mos que desinfectar salas. Después de cerrar y tapar bien las ventanas, las cajas eran abiertas a golpes de martillo; luego se les ponía una tapa de goma ya que de lo contrario el gas se escapaba y eran varias las cajas que teníamos que abrir. Cuando todo estaba ya preparado, se lanzaba el gas.

JUEZ.—¿Se mezclaba el gas con algo que pudiera advertir de su presencia?

ACUSADO 17.—El zyklon B actuaba muy rápido. Re­cuerdo que el Unterscharführer Theurer llegó en una ocasión a una casa que acababa de ser desin­fectada. Por la tarde había sido aireada la planta baja, y al día siguiente Theurer quiso abrir las ventanas del primer piso. Seguramente respiró algo de gas al entrar y cayó en seguida rodando inconsciente por la escalera hasta llegar a donde había aire fresco. Si hubiera caído de otra forma, no habría podido ni contarlo.

ACUSADOR.—¿No fue usted requerido por sus co­nocimientos técnicos cuando se comenzó a matar personas con zyklon B?

ACUSADO 17.—Realmente sólo digo la verdad. No soportaba el gas, me causaba molestias de estó­mago y rogué por ello que me trasladaran.

ACUSADOR.—¿Fue usted trasladado?

ACUSADO 17.—No inmediatamente.

ACUSADOR.—¿Cuándo?

ACUSADO 17.—Ya no lo recuerdo.

ACUSADOR .—Fue usted trasladado en abril de 1944. Hasta entonces siguió ascendiendo de graduación. Primero a Rottenführer y luego a Unterscharführer.

DEFENSOR.—Protestamos contra esa insinuación. El hecho de que los miembros del personal del campo ascendieran de graduación pertenece ex­clusivamente a la marcha oficial del servicio y no prueba en absoluto su complicidad.

Aprobación por parte de los acusados.

 

 II

 

JUEZ.—¿Dónde se guardaba el gas?

TESTIGO 6.—Envasado en unas cajas, en el sótano de la farmacia.

JUEZ.—Acusado Capesius, ¿sabía usted, como di­rector de la farmacia, que allí se almacenaba zyklonB?

ACUSADO 3.—El testigo debe ser víctima de una confusión. Lo que contenían las cajas del sótano era ovomaltin. Se trataba de un envío de la Cruz Roja suiza.

TESTIGO 6 .—Vi las cajas con ovomaltin y las del zyklon y también las maletas en donde el acusado Capesius guardaba joyas y dientes de oro.

ACUSADO 3.—Eso son invenciones.

TESTIGO 6.—¿De dónde procede el dinero con que el acusado Capesius, inmediatamente después de la guerra, instaló una farmacia y un salón de be­lleza? Sé bella con tratamiento de Capesius, decía la propaganda de la casa.

ACUSADO 3.—Ese dinero lo obtuve mediante un préstamo.

TESTIGO 6.—¿Y de dónde procedían los cincuenta mil marcos que nos fueron ofrecidos a mí y a otros testigos si jurábamos aquí que en el campo Capesius se limitó a administrar la farmacia sin tener nada que ver con el zyklon B ni con el fenol?

ACUSADO 3.—No sé nada de eso.

ACUSADOR.—¿Por quién fueron hechos esos inten­tos de soborno?

TESTIGO 6.—Nos llegaron anónimamente.

ACUSADOR.—¿Sabe usted si alguna de las organiza­ciones legales de exguardianes de campos estaba implicada en eso?

TESTIGO 6 .—No lo sé. Pero quiero entregar al tri­bunal la siguiente carta que he recibido. La carta está encabezada por las palabras: Asociación de trabajo por el derecho y la libertad. Y su conteni­do dice así: Pronto desaparecerá usted de la su­perficie, morirá de forma terrible. Nuestros miem­bros le observan constantemente. Ahora puede us­ted elegir: muerte o vida.

JUEZ.—El tribunal investigará la procedencia de esa carta.

DEFENSOR.—Señor testigo, ¿puede usted indicar lo que estaba escrito en las cajas?

TESTIGO 6.—Estaba escrito: Atención, gas. Y luego, la imagen de una calavera.

DEFENSOR.—¿Vio usted el contenido de las cajas?

TESTIGO 6.—Vi cajas abiertas, con las latas del gas dentro.

DEFENSOR.—¿Qué decían las etiquetas?

TESTIGO 6.—Gas tóxico, zyklon.

DEFENSOR.—¿Decía algo más?

TESTIGO 6 .—Decía también: atención, sin más avi­so ábrase sólo por personal experto.

JUEZ.—Señor testigo, ¿vio usted que esas latas fueran transportadas a las cámaras de gas?

TESTIGO 6.—Teníamos que cargar esas cajas en los coches de Sanidad, que venían a recogerlas.

JUEZ.—¿Quién iba en el coche?

TESTIGO 6.—Vi al doctor Frank y al doctor Schatz, y también al doctor Capesius. Llevaban las másca­ras antigás. El doctor Schatz tenía puesto incluso un casco de acero. Lo recuerdo porque uno de sus acompañantes le dijo: pareces un hongo.

DEFENSOR.—Hemos de recordar que en ciertos pe­ríodos de la guerra era obligatorio llevar caretas. El que nuestros clientes se fueran y volviesen con máscaras no demuestra el lugar a donde habían ido.

JUEZ.—Señor testigo, ¿vio usted talones de entrega de ese gas?

TESTIGO 6.—Al comenzar esos envíos que luego fueron cada vez mayores y tuvieron que ser almacenados en el viejo edificio del teatro, fuera del campo, con frecuencia tuve que llevar la nota de entrega a la administración. El remitente era la sociedad alemana de desinfectación.

JUEZ.—¿Por qué vía llegaban los envíos?

TESTIGO 6.—En parte llegaban en camiones direc­tamente desde la fábrica, o se suministraban por tren, con talones de transporte del Ejército.

JUEZ.—¿Recuerda usted las cantidades?

TESTIGO 6.—Llegaban cada vez entre catorce y veinte cajones.

JUEZ.—¿Cada cuánto, según sus cálculos, llegaban tales envíos?

TESTIGO 6.—Por lo menos una vez a la semana. En el año 1944, varias veces a la semana. Llegaron incluso a utilizarse los camiones del campo.

JUEZ.—¿Cuántas latas contenía cada cajón?

TESTIGO 6.—Cada cajón contenía treinta latas de quinientos gramos.

JUEZ.—¿Vio usted alguna indicación de precio?

TESTIGO 6.—El precio era de cinco marcos por kilo.

JUEZ.—¿Cuántas latas se necesitaban para una ga­sificación?

TESTIGO 6 .—Para una cámara con dos mil personas se utilizaban unas dieciséis latas.

JUEZ .—A cinco marcos el kilo resultan cuarenta marcos.

 

III

 

JUEZ.—Acusado Mulka, en su calidad de ayudante del campo, el parque móvil estaba también bajo su mando. ¿Dispuso usted órdenes de transporte?

ACUSADO 1.—No escribí ninguna de tales órdenes. Nada tuve que ver con eso.

JUEZ.—¿Sabía usted lo que significaban las peti­ciones de material para traslados?

ACUSADO 1.—No.

JUEZ.—Acusado Mulka, obran en poder del tribu­nal órdenes de transporte de material para tras­lados. Esos documentos están firmados por usted.

ACUSADO 1.—Puede ser que alguna que otra vez tu­viera que firmar tales órdenes.

JUEZ.—¿No se enteró usted de que el material a trasladar era gas zyklon B?

ACUSADO 1.—Tal como he manifestado ya, nada sa­bía de eso.

JUEZ.—¿Quién hacía las solicitudes de ese mate­rial?

ACUSADO 1.—Se hacían por teletipo y se entrega­ban al comandante o al jefe de la prevención. De allí eran transmitidos al jefe del parque móvil.

JUEZ.—¿No era ése el cargo de usted?

ACUSADO 1.—Sólo en lo tocante a la disciplina.

JUEZ.—¿No le interesaba saber para qué se em­pleaban los camiones del parque móvil?

ACUSADO 1.—Desde luego, yo sabía que se utiliza­ban para el transporte de material.

JUEZ.—¿Se transportaban también presos en los ca­miones?

ACUSADO 1.—No sé nada de eso. En mis tiempos los presos iban a pie.

JUEZ.—Acusado Mulka, obra en nuestro poder un documento en el que se habla de la necesidad de acabar con urgencia los nuevos crematorios, con la indicación de que los presos ocupados en ello tenían que trabajar también los domingos. El es­crito está firmado por usted.

ACUSADO 1.—Sí, creo que lo dicté yo mismo.

JUEZ.—¿Se reafirma aún en que nada supo de las matanzas masivas?

ACUSADO 1.—Todas mis declaraciones correspon­den a la verdad.

JUEZ.—Hemos llamado a prestar declaración al an­tiguo jefe de talleres del parque móvil del campo. Señor testigo, ¿cuántos camiones había allí?

TESTIGO 1.—El parque de camiones constaba de diez unidades.

JUEZ.—¿De quién recibía usted órdenes para los transportes?

TESTIGO 1.—Del jefe del parque móvil.

JUEZ.—¿Por quién iban firmadas las órdenes?

TESTIGO 1.—Lo ignoro.

JUEZ.—Señor testigo, ¿para qué se empleaban los camiones?

TESTIGO 1 .—Para la recogida de cargas y el trans­porte de presos.

JUEZ.—¿A dónde eran trasladados los presos?

TESTIGO 1 .—No puedo decirlo con exactitud.

JUEZ.—¿No participó usted en esos transportes?

TESTIGO 1.—Alguna que otra vez, sí, como ayu­dante.

JUEZ.—¿A dónde fue usted?

TESTIGO 1.—Al interior del campo, donde eran se­leccionados y no sé qué más.

JUEZ.—¿A dónde iba luego con los hombres?

TESTIGO 1 .—Hasta el final del campo, donde había un bosque de abedules. Allí descargábamos a la gente.

JUEZ.—¿A dónde iban entonces los hombres?

TESTIGO 1.—Al interior de una casa. Luego ya no vi nada más.

JUEZ.—¿Qué ocurría con ellos?

TESTIGO 1.—Lo ignoro. No me quedaba allí.

JUEZ.—¿No sabía usted lo que iba a ocurrirles?

TESTIGO 1.—Serían posiblemente quemados en aquel mismo lugar.

 

 

11- CANTO DE LOS HORNOS CREMATORIOS

 

I

JUEZ.—Señor testigo, usted formaba parte de los conductores de los coches de Sanidad en los que se transportaba el ácido cianhídrico zyklon B a las cámaras de gas.

TESTIGO 2.—Fui destinado al campo como con­ductor de tractor y luego tuve que prestar servi­cio también como conductor de los coches de Sa­nidad.

JUEZ.—¿A dónde iba usted?

TESTIGO 2 .—Estaba encargado de recoger a los médicos y enfermeros.

JUEZ.—¿Quiénes eran los médicos?

TESTIGO 2.—Ya no puedo recordarlo.

JUEZ.—¿A dónde llevaba usted a los médicos y en­fermeros?

TESTIGO 2 .—Desde el viejo campo hasta el andén del campo de barracones.

JUEZ.—¿Cuándo?

TESTIGO 2.—Cuando llegaban transportes.

JUEZ.—¿Cómo se anunciaban los transportes?

TESTIGO 2.—Con una sirena.

JUEZ.—¿A dónde iba usted luego?

TESTIGO 2.—A los crematorios.

JUEZ.—¿Los médicos iban también?

TESTIGO 2.—Sí.

JUEZ.—¿Qué hacían allí los médicos?

TESTIGO 2 .—El médico se quedaba sentado en el coche o a su lado de pie. Los enfermeros se encar­gaban de hacerlo todo.

JUEZ.—¿Qué cosas?

TESTIGO 2.—Las gasificaciones.

JUEZ.—A su llegada, ¿estaba ya la gente en las cá­maras de gas?

TESTIGO 2.—Se estaban desvistiendo.

JUEZ.—¿No se producían alborotos?

TESTIGO 2.—Cuando yo estuve allí todo iba pacífi­camente.

JUEZ.—¿Qué pudo ver usted de la marcha de las gasificaciones?

TESTIGO 2.—Una vez introducidos los presos en las cámaras, los enfermeros iban a los respiraderos, se colocaban las caretas antigás y vaciaban el con­tenido de las latas.

JUEZ.—¿Dónde estaban los respiraderos?

TESTIGO 2 .—Había un terraplén oblicuo sobre la parte subterránea del edificio, con cuatro casetas.

JUEZ.—¿Cuántas latas se vaciaban?

TESTIGO 2.—De tres a cuatro en cada agujero.

JUEZ.—¿Cuánto rato duraba eso?

TESTIGO 2.—Un minuto aproximadamente.

JUEZ.—¿No gritaba la gente?

TESTIGO 2.—Si alguien se había dado cuenta de lo que iba a pasar, sí que se podía oír algún grito.

ACUSADOR.—Señor testigo, ¿a qué distancia estaba su coche de la cámara de gas?

TESTIGO 2.—A unos veinte metros.

ACUSADOR.—¿Y desde allí podía oír lo que ocurría abajo en las cámaras?

TESTIGO 2.—Alguna vez bajaba para esperar.

ACUSADOR.—¿Qué hacía usted entonces?

TESTIGO 2.—Nada. Me fumaba un cigarrillo.

ACUSADOR.—¿Se acercó a los agujeros de la parte superior de la cámara?

TESTIGO 2.—Paseaba a veces un poco para estirar las piernas.

ACUSADOR.—¿Qué oía usted entonces?

TESTIGO 2.—Cuando las tapas de los respiraderos se levantaban se oía un gran rumor subterráneo, como si allí bajo tierra, hubiera mucha gente.

ACUSADOR.—¿Y qué hacía usted entonces?

TESTIGO 2.—Los respiraderos volvían a cerrarse y yo tenía que regresar.

JUEZ.—Señor testigo, usted era un preso que tra­bajaba como médico en el comando especial in­corporado al servicio en los crematorios. ¿Cuántos presos se encontraban en ese comando?

TESTIGO 7.—Un total de ochocientos sesenta hom­bres. El comando de presos fue disuelto al cabo de unos meses y sustituido por un nuevo equipo.

JUEZ.—¿Quién era su superior?

TESTIGO 7.—El doctor Mengele.

JUEZ.—Señor testigo, ¿cómo se efectuaba el envío a las cámaras de gas?

TESTIGO 7.—El silbido de la locomotora ante la puerta de entrada era la señal de que entraba un nuevo transporte en el andén. Eso significaba que en una hora poco más o menos los hornos tenían que estar en plena marcha. Se conectaban los mo­tores eléctricos, éstos impulsaban los ventiladores que avivaban el fuego en los hornos para que al­canzaran la temperatura necesaria.

JUEZ.—¿Pudo usted ver cómo llegaban los grupos del andén?

TESTIGO 7.—Desde la ventana de mi oficina podía ver la parte superior del andén y el camino que llevaba al crematorio. Las gentes llegaban en filas de a cinco. Los enfermos eran trasladados en ca­miones. El terreno del crematorio estaba cerrado por una verja. A la entrada colgaban letreros de advertencia. Los acompañantes debían permanecer fuera y el comando especial se encargaba de la conducción. Sólo podían entrar los médicos y en­fermeros, y los de la sección política.

JUEZ.—¿A cuál de los acusados vio usted allí?

TESTIGO 7.—Vi a Stark y Hofmann, también a Kaduk y a Baretzki.

DEFENSOR.—Advertimos que nuestros clientes han negado su participación en esos sucesos.

JUEZ.—Señor testigo, continúe su información.

TESTIGO 7.—La gente cruzaba la puerta con lenti­tud y cansancio. Los niños iban pegados a las fal­das de sus madres. Había ancianos que llevaban niños en brazos o empujaban cochecitos de niño. El camino estaba cubierto de basura. A derecha e izquierda había algunos grifos de agua en el suelo. Con frecuencia las gentes se echaban encima y el comando les permitía beber, pero les apremiaba para que se dieran prisa. Tenían que recorrer aún cincuenta metros hasta llegar a las escaleras que conducían abajo a las cabinas para desvestirse.

JUEZ.—¿Qué se veía de los crematorios?

TESTIGO 7.—Sólo el edificio con la gran chimenea cuadrada. En el subterráneo estaba a un lado la cámara de gas, y en dirección longitudinal, la sala para desvestirse.

JUEZ.—¿Se veía bien el crematorio?

TESTIGO 7.—Estaba rodeado de árboles y arbustos a una distancia de unos cien metros de la alam­brada del campo. Enfrente quedaban la alambrada exterior y las torres de vigilancia. Detrás venía ya el campo libre.

JUEZ.—¿Qué tamaño tenía la sala para desvestirse?

TESTIGO 7 .—Unos cuarenta metros de largo. Doce o quince gradas bajaban hasta ella. Tenía unos dos metros de altura. En el centro había una serie de pilares.

JUEZ.—¿Cuántos hombres bajaban de una sola vez?

TESTIGO 7.—De mil a dos mil personas.

JUEZ.—¿Sabía la gente lo que les aguardaba?

TESTIGO 7.—Sobre las estrechas escaleras había unos letreros. En distintos idiomas decían: SALA DE BAÑO Y DESINFECCIÓN. Eso sonaba a tran­quilizador y calmaba a muchos que se sentían desconfiados. Con frecuencia vi gentes descender las escaleras con alegría, y madres jugar con sus niños.

JUEZ.—¿Nunca cundía el pánico entre tanta gente en aquella sala tan estrecha?

TESTIGO 7.—Todo se hacía muy rápido y con gran eficacia. Se daba la orden de desvestirse y mientras aquella gente aún se miraba con desconcierto, el comando especial les ayudaba a quitarse la ropa. A los lados había bancos con unas perchas nume­radas encima, y se repetía que las ropas y zapatos habían de colgarse atados y que cada uno tenía que recordar el número de su percha para que al regreso del baño no se produjeran confusiones. La gente se desvestía bajo una luz muy fuerte, hombres, mujeres, ancianos, jóvenes y niños.

JUEZ.—¿Jamás se lanzó esa gente contra sus guar­dianes?

TESTIGO 7 .—Sólo una vez oí como uno gritaba: Quieren matarnos. Pero otro respondió: No puede suceder eso. Quedaron tranquilos. Y si los niños lloraban, sus padres les consolaban y jugaban con ellos mientras eran llevados a la sala contigua.

JUEZ.—¿Dónde estaba la puerta de entrada?

TESTIGO 7.—Al final de la sala para desvestirse. Era una recia puerta de madera de roble con una mirilla y un pomo para abrirla y cerrarla.

JUEZ.—¿Cuánto rato tardaba la gente en desves­tirse?

TESTIGO 7.—Unos diez minutos. Luego todos eran empujados a la otra sala.

JUEZ.—¿No se empleaba jamás la violencia?

TESTIGO 7.—La gente del comando especial grita­ba: rápido, rápido, el agua se enfría. Y también a veces se amenazaba o pegaba o alguno de los guar­dianes disparaba un tiro.

JUEZ.—¿Se disimulaba la finalidad de la otra sala con unas duchas?

TESTIGO 7.—No. Allí no había nada.

JUEZ.—¿Qué tamaño tenía esa sala?

TESTIGO 7 .—Más pequeña que la anterior. Algo más de treinta metros de largo.

JUEZ.—Pero si mil personas o más tenían que apretarse allí dentro, era preciso que se produje­ran alborotos.

TESTIGO 7 .—Ya era tarde. Los últimos eran empu­jados y la puerta se cerraba herméticamente.

JUEZ.—Señor testigo, ¿cómo se explica usted que aquellas gentes permitieran todo eso? Al ver aquella sala tendrían que comprender que se acer­caba su fin.

TESTIGO 7.—Ninguno salió de allí para poder con­tarlo.

JUEZ.—¿Qué había en esa sala?

TESTIGO 7.—Las paredes eran de cemento, con unos respiraderos. En el centro había unos pilares y a derecha e izquierda dos columnas con plan­chas de hierro perforadas. En el suelo había de­sagües. También allí la luz era muy fuerte.

JUEZ.—¿Qué podía oírse fuera?

TESTIGO 7.—Entonces sí gritaban y golpeaban la puerta, pero no era mucho lo que se oía, ya que también sonaba el zumbido de las salas de los hornos.

JUEZ.—¿Qué se veía a través de la mirilla?

TESTIGO 7.—Unos se agolpaban en la puerta y otros trepaban por las columnas. Luego, al ser lanzado el gas, sobrevenía la asfixia.

 

II

 

TESTIGO 7 .—El gas se lanzaba desde arriba por las columnas de hierro perforado. Por el interior de las columnas había un canal en forma de espiral en donde se distribuía la masa. En el aire caliente y húmedo, el gas se deshacía rápidamente y pe­netraba a través de los orificios.

JUEZ.—¿Cuánto duraba hasta que el gas producía sus efectos y se presentaba la muerte?

TESTIGO 7 .—Eso dependía de la cantidad de gas. Por razones de ahorro, muchas veces no se echaba suficiente cantidad, de forma que la muerte podía tardar hasta cinco minutos.

JUEZ.—¿Cuál era el efecto inmediato del gas?

TESTIGO 7.—Provocaba mareos y vómitos y parali­zaba las funciones respiratorias.

JUEZ.—¿Cuánto rato estaba el gas en la sala?

TESTIGO 7.—Veinte minutos. Luego se conectaban los aparatos extractores y el gas era absorbido. Al cabo de treinta minutos se abrían las puertas. Entre los cadáveres aún quedaba gas, en peque­ñas cantidades, que provocaba una irritación segui­da de tos, por eso los miembros del comando de evacuación llevaban caretas.

JUEZ.—Señor testigo, ¿vio usted la sala después de abrirla?

TESTIGO 7.—Sí. Los cadáveres estaban amontona­dos cerca de la puerta y de las columnas, los ni­ños y enfermos debajo, las mujeres encima y arriba de todo los hombres más robustos. Eso se ex­plica porque se pisaban unos a otros y trepaban por encima de los caídos, ya que el gas actuaba al principio con mayor fuerza a la altura del suelo. Aparecían agarrados unos a otros, con la piel ara­ñada. Muchos sangraban por la nariz y por la boca. Las caras estaban hinchadas y sucias. Los montones de gente aparecían salpicados de vómi­tos, orina y sangre menstrual. El comando de eva­cuación llevaba unas mangueras y rociaba los ca­dáveres. Luego eran arrastrados hasta los monta­cargas y conducidos así a los cementerios.

JUEZ.—¿Qué tamaño tenían los ascensores?

TESTIGO 7.—Eran dos montacargas con capacidad para veinticinco cadáveres cada uno. En cuanto uno estaba cargado se daba una señal con un tim­bre. El comando de arrastre estaba ya preparado arriba. Llevaban un nudo corredizo que ponían a los cadáveres en las muñecas. Por un conducto pre­parado para ello, los cadáveres eran enviados al horno. La sangre era lavada por un agua que co­rría constantemente. Antes de quemarlos un co­mando especial se encargaba de quitarles los ob­jetos de valor que pudieran llevar. Cuantas joyas llevaran, cadenas, pulseras, anillos y pendientes les era quitado. Incluso el pelo les cortaban, atán­dolo inmediatamente y metiéndolo en sacos. Fi­nalmente llegaban los extractores de dientes, unos expertos de primera clase formados bajo las ór­denes expresas del doctor Mengele. Sin embargo, al extraer con pinzas e instrumentos especiales los dientes y puentes de oro arrancaban trozos ente­ros de mandíbula y huesos con adherencias de carne que limpiaban inmediatamente en un baño de ácido. En los hornos trabajaban cien hombres ininterrumpidamente en dos turnos.

JUEZ.—¿Cuántos hornos había?

TESTIGO 7.—En cada uno de los dos grandes cre­matorios, II y III, había cinco hornos. Cada hor­no tenía tres cámaras. Además de esos cremato­rios, II y III, al final del andén estaban los cre­matorios IV y V, cada uno de los cuales tenía dos hornos de cuatro cámaras. Esos crematorios es­taban a unos setecientos cincuenta metros de dis­tancia, detrás del bosque de abedules. En pleno funcionamiento podían trabajar hasta cuarenta y seis crematorios.

JUEZ .—¿Cuántos cuerpos cabían en cada cámara de los crematorios?

TESTIGO 7.—La capacidad de una cámara daba para entre tres y cinco cadáveres. Pero no solía ocurrir que todos los hornos trabajaran a un tiempo ya que, dado el exceso de calor, se estro­peaban con frecuencia. El fabricante de esos hor­nos, la firma Toph e hijos, ha logrado mejorar sus instalaciones después de la guerra, en virtud de las experiencias adquiridas, según indica la es­critura de su patente.

JUEZ.—¿Cuánto duraba la cremación en una cáma­ra del horno?

TESTIGO 7.—Aproximadamente una hora. Acto se­guido podía hacerse una nueva carga. En los cre­matorios II y III se quemaban en veinticuatro horas más de tres mil personas. En los casos de exceso de gente se quemaban los cadáveres tam­bién en fosas cavadas junto a los crematorios. Esas fosas tenían unos treinta metros de largo por tres de profundidad. Al final de las fosas había unos canales para la grasa. Esta era recogida en unos cubos y vertida sobre los cadáveres para que ardie­ran mejor. En el verano de 1944, cuando las cre­maciones alcanzaron las cifras máximas, eran ani­quiladas diariamente unas veinte mil personas. Su ceniza se cargaba en camiones y se lanzaba al agua de un río situado a unos dos kilómetros de dis­tancia.

JUEZ.—¿Qué se hacía con los objetos de valor y con los dientes de oro?

TESTIGO 1.—Al recoger las ropas, el dinero y las joyas encontrados se echaban en un cajón cerrado que tenía un corte arriba. Antes, los guardianes ya se habían llenado los bolsillos. Los vestidos y zapatos que los propios presos dejaban ordenada­mente colocados, eran entregados al Reich, el cual los cedía a los habitantes de las ciudades bombardeadas. El oro de los dientes se fundía. Precisamente en mi calidad de juez instructor fui requerido, ya que unos paquetes que se querían enviar fuera y que contenían oro a kilos habían sido confiscados. Descubrí que se trataba de oro procedente de dientes. Cuando calculé el peso de un empaste individual, comprendí que eran ne­cesarias miles de personas para obtener tales can­tidades.

JUEZ.—¿Se solicitó por entonces el concurso de un juez para averiguar lo que ocurría en el campo?

TESTIGO l.—De alguna manera aún supervivían los conceptos propios de un estado de derecho. El comandante quería combatir la corrupción en el campo. Cuando yo le visité se quejó de que su gente no siempre estaba a la altura de aquel tra­bajo tan duro. Luego me condujo a las instala­ciones de los crematorios donde me explicó todos los detalles. En los hornos todo estaba limpio co­mo un espejo. Nada dejaba entrever que allí fue­ran quemadas personas. Ni el más pequeño rastro de ellas podía observarse en los hornos. En la sala de guardias estaban en sus bancos los vigilantes semiborrachos, y en las salas de aseo había unas muchachas muy lindas que guisaban en unos hor­nillos unas tortillas de patata para los hombres a cuyo servicio parecían estar. Cuando registré los armarios de aquella gente resultó que aparecieron llenos de objetos de valor. Elevé entonces una acusación de robo, dada mi condición de juez, y algunos fueron detenidos y condenados.

JUEZ.—¿Cómo se desarrolló la acusación?

TESTIGO 1.—Fue un proceso simulado. No podía detener a los de arriba y no cabía tampoco la acu­sación de crimen masivo.

JUEZ.—¿No veía usted, en cuanto juez instructor, otra posibilidad para dar a conocer lo que había visto?

TESTIGO 1.—¿Ante qué tribunal hubiera podido ele­var mi acusación de las matanzas y de la incauta­ción de objetos de valor llevada a cabo por altos cargos de la administración? No podía emprender un proceso contra la suprema jerarquía del Es­tado.

JUEZ.—¿No podía usted intervenir de alguna otra manera?

TESTIGO 1.—Sabía que nadie me hubiera creído. Habría sido ajusticiado o, en el mejor de los casos, me habrían encerrado por loco. También pensé en huir del país, pero tenía dudas sobre si me cree­rían o no, y me preguntaba qué podría suceder en el caso de que me creyeran, y si me era lícito de­clarar en contra de mi propio pueblo; sólo podía imaginarme que ese pueblo sería aniquilado por sus actos. Por eso me quedé.

 

III

 

JUEZ.—Señor testigo, se procede a informar sobre un levantamiento del comando especial. ¿Cuándo tuvo lugar ese levantamiento?

TESTIGO 7.—El 6 de octubre de 1944. El comando tenía que ser liquidado ese mismo día por los guardianes.

JUEZ.—¿Supo eso el comando con anterioridad?

TESTIGO 7 — Todos sabían que iban a ser liquida­dos. Mucho antes ya se habían procurado, gracias a los presos que trabajaban en las fábricas de ar­mas, cajas de ecrasita. El plan era matar a los vigilantes, volar los crematorios y huir. Pero el crematorio en el que guardaban los explosivos fue tomado antes de lo previsto, y los que estaban dentro se volaron ellos mismos. Aún hubo lucha, pero todos fueron reducidos. Algunos cientos se refugiaron al otro lado del bosquecillo de abedu­les. Se echaron sobre el suelo y los hombres de la sección política los liquidaron apuntándoles a la cabeza.

JUEZ.—¿Cuál de los acusados estuvo allí?

TESTIGO 7.—Boger fue quien dirigió la operación.

JUEZ.—¿Quedó destruido el crematorio por la ex­plosión?

TESTIGO 7 — Al explotar cuatro barriles de pólvora saltó hecho pedazos todo el edificio y quedó des­truido por el fuego.

JUEZ.—¿Qué pasó con los demás crematorios?

TESTIGO 7.—Fueron destruidos al cabo de poco tiempo por el propio personal del campo, ya que el frente se aproximaba.

ACUSADOR.—Señor testigo, ¿considera usted posi­ble que el ayudante del comandante del campo no estuviera al corriente de los sucesos que ocurrían en el crematorio?

TESTIGO 7.—Lo considero imposible. Cada uno de los cinco mil miembros del personal del campo estaba enterado de los sucesos y cada uno rendía desde su puesto lo necesario para que todo fun­cionara. Además, lo sabían todos los maquinistas de los trenes, todos los guardaagujas y todos los funcionarios de la estación que tuvieron algo que ver con los transportes de material humano. To­das las telegrafistas y mecanógrafas por cuyas ma­nos pasaban las órdenes de deportación, lo sabían. Todos los individuos de los cientos y miles de oficinas que se ocupaban de aquellos asuntos sabían de lo que se trataba.

DEFENSOR.—Protestamos contra esas afirmacio­nes dictadas sólo por el odio. Nunca el odio puede constituir razón suficiente para un juicio sobre los detalles aquí expuestos.

TESTIGO 7.—Hablo sin odio. No albergo deseos de venganza contra nadie. Me resulta indiferente cual­quiera de los acusados y sólo pretendo dejar claro que no habrían podido realizar su obra sin el apoyo de otros millones.

DEFENSOR.—Aquí sólo entra en discusión lo que pueda ser atribuido a nuestros clientes según prue­bas irrefutables. Las inculpaciones de carácter ge­neral, y sobre todo las que han sido dirigidas contra nuestra nación entera, empeñada, en el período que aquí examinamos, en una dura lucha, carecen de toda importancia.

TESTIGO 7.—Sólo ruego que se piense en la gran cantidad de espectadores que vieron cómo nos arrojaban de nuestras casas y cómo nos cargaban en vagones de ganado. Los acusados en este pro­ceso que actuaron como peones en el campo, sólo son un eslabón final de la cadena.

ACUSADOR.—Señor testigo, ¿puede decirnos cuál es, en su opinión, y según sus cálculos, la cifra total de los asesinados en el campo?

TESTIGO 7.—De los nueve millones seiscientos mil perseguidos que vivían en los territorios domina­dos por sus perseguidores desaparecieron casi seis millones, y hay que suponer que la mayoría de ellos fueron deliberadamente liquidados. El que no fue fusilado, golpeado, torturado hasta morir, o asfixiado por el gas, encontró su fin por exceso de trabajo, hambre, enfermedad o miseria. Sólo en este campo fueron asesinados más de tres millo­nes. Pero para calcular la cifra total de víctimas indefensas caídas en esa guerra de exterminio de­bemos añadir a los seis millones de asesinados por motivos racistas, los tres millones de prisio­neros de guerra soviéticos fusilados y dejados mo­rir de hambre, así como los diez millones de ciu­dadanos civiles que hallaron la muerte en los paí­ses ocupados.

DEFENSOR.—Aun cuando todos nosotros lamenta­mos profundamente la existencia de aquellas víc­timas, nuestra misión aquí es reaccionar en contra de las exageraciones y de las inculpaciones ofen­sivas procedentes de ciertos lugares. Respecto de ese campo ni siquiera la cantidad de dos millones de muertos puede ser confirmada. Sólo ha sido suficientemente probada la matanza de algunos cientos de miles. La mayoría de los grupos men­cionados procedía del Este, y no pueden contarse como asesinados los que actuaron en bandas y hubieron de ser liquidados, o los desertores que cayeron en los ejércitos enemigos. En este pro­ceso han quedado de manifiesto con suficiente claridad las intenciones políticas que han dictado los testimonios que los testigos han podido emitir y concertar entre sí con harta libertad.

Los acusados ríen aprobando.

ACUSADOR.—Eso constituye un desprecio y una ofensa consciente y deliberada a los muertos en el campo y a los supervivientes que se han mos­trado dispuestos a declarar como testigos. Con esa conducta de la defensa queda patente la prosecu­ción de la mentalidad que convirtió en culpables a los acusados de este proceso. Esto tiene que ser subrayado con todo énfasis y con toda claridad.

DEFENSOR.—¿Quién es ese acusador privado que lleva una ropa inadecuada? Es propio de las for­mas sociales centroeuropeas aparecer togado en las salas de la Audiencia.

JUEZ.—Orden en la sala. Acusado Mulka, ¿quiere decirnos ahora lo que dispuso usted consciente­mente en relación con los actos de exterminio?

ACUSADO 1.—Nada dispuse a ese respecto.

JUEZ.—¿Nada supo de los actos de exterminio?

ACUSADO l.—Hoy puedo decir que me sentí lleno de horror.

JUEZ.—¿Y si se sintió lleno de horror, por qué no se negó a participar en ellos?

ACUSADO 1.—Era oficial del Ejército y conocía el Código de Justicia Militar.

ACUSADOR — Usted no era oficial.

ACUSADO 1.—Sí. Yo era oficial.

ACUSADOR.—Usted no era oficial. Usted pertenecía a un comando de la muerte uniformado.

ACUSADO 1.—Aquí se ataca mi honor.

JUEZ.—Acusado Mulka, se trata de crímenes.

ACUSADO 1.—Nosotros estábamos convencidos de que con aquellas órdenes se trataba de alcanzar un objetivo de guerra secreto. Señor presidente, lle­gué a sentirme anímicamente destrozado. Enfermé por todo eso hasta el punto de que tuve que in­gresar en el hospital. Pero algo he de subrayar aquí: todo lo vi siempre desde fuera y mantuve mis manos limpias. Alto tribunal, yo estuve en contra de todo aquello. Yo mismo fui una víctima del sistema.

JUEZ.—¿Qué es lo que le ocurrió?

ACUSADO 1.—Fui detenido por expresarme derro­tista. Estuve tres meses en prisión. Al ser libera­do caí bajo los terribles ataques aéreos del ene­migo. Entonces pude salvar a muchos ya que tra­bajaba como soldado viejo desescombrando. Mi propio hijo murió. Señor presidente, no se debe­ría olvidar en este proceso tampoco a los millones que perdieron la vida por nuestra patria, y no se debería igualmente olvidar todo lo que ocurrió después de la guerra y lo que continúa haciéndose contra nosotros. Quiero subrayarlo una vez más: no hicimos nada más que cumplir con nuestro de­ber, incluso aún cuando muchas veces nos resulta­ra difícil y tuviéramos que desesperarnos. Hoy que nuestra nación nuevamente ha conseguido for­jarse un puesto rector, deberíamos ocuparnos de otras cosas y no precisamente de unas censuras que hace ya mucho tiempo deberían haber sido superadas.

Fuerte aprobación por parte de los acu­sados.

 

 

Peter Weiss / La indagación* / Círculo de Lectores, Barcelona. 1972.

Traducción:  Ernst-Edmund Keil y Jacobo Muñoz. Keil, Ernst-Edmund. 1938