Cuatro cuentos / Lydia Davis

La escapada

Una explosión de ira cerca de la ruta, decir que no a la charla en el camino, un silencio en el bosque de pinos, otro silencio sobre el puente viejo del ferrocarril, intentar una muestra de afecto en el agua, decir que no a terminar la discusión entre las piedras llanas, un grito de bronca en la barranca, un llanto entre los yuyos.

Amor al resguardo

Ella estaba enamorada del pediatra de su hijo. Sola en el campo, ¿alguien la puede culpar?

Había un elemento de inmensa pasión en este amor. También había algo de resguardo. El hombre estaba del otro lado de una barrera. Entre ella y él: el nene en la cama del consultorio, el consultorio mismo, los empleados, su esposa, su esposo, su estetoscopio, su barba, sus pechos, los anteojos de él, los anteojos de ella, etc.

La pecera

Miro cuatro peces en una pecera del supermercado. Están nadando de forma paralela contra una pequeña corriente creada por un chorro de agua, y abren y cierran sus bocas y miran a la distancia con un ojo, al menos los que alcanzo a ver. Mientras los miro a través del vidrio pienso qué tan rico debe ser comerlos, incluso con vida, y pienso si debería comprar uno para la cena. También veo, atrás de ellos o a través de ellos, una gran y oscurísima silueta nublando su tanque, lo que queda de mí sobre el espejo, su depredadora.

Ejemplos de confusión

1

A la noche, mientras vuelvo a casa, miro una cafetería a través de su fachada de vidrio. Es toda naranja, con muchos carteles alrededor, el mostrador y los taburetes vacíos porque el local está cerrado y, muy atrás, en el espejo que abarca la pared del fondo, en la oscuridad de ese reflejo que es o no es la oscuridad de la noche detrás mío, de la calle por la que camino donde el oscuro edificio de Borough Hall con su cúpula está a mis espaldas aunque invisible en el espejo, veo mi campera blanca que flamea sin cuerpo, que se mueve con rapidez porque ya es tarde. Pienso en lo distante que estoy, si esa soy yo. Después pienso en lo distante que es esa cosa blanca que flamea para ser yo.

2

Me siento en el baño que está al lado de mi habitación de hotel. Es casi de día y tomé demasiado, lo suficiente como para que algunas cosas sencillas me sorprendan profundamente. O a lo mejor no son tan simples. El hotel es muy tranquilo. Miro mis pies descalzos sobre las baldosas y pienso: “Esos son sus pies”. Me levanto, me miro al espejo y pienso: “Ahí está. Te está mirando”.

Entonces entiendo y me digo a mí misma: “Tenés que decir ella si está fuera de vos. Si tu pie está ahí afuera, está ahí fuera de vos, es su pie”. En el espejo ves algo así como tu cara. Es su cara.

3

Ese día inundé todo con sentimientos horribles o malvados: la mala voluntad hacia alguien que creo debería amar, mala voluntad hacía mí misma y desagrado por el trabajo que creo debería hacer en este momento. Miro por la ventana de la casa que me prestaron, por la ventana estrecha de la habitación más pequeña. De repente ahí está mi propio espíritu: un perro blanco y viejo con las piernas como arqueadas que balancea su cabeza desde la esquina de la entrada con un ojo enfermo lleno de cataratas.

4

En lo que dura un corte de luz siento que cortaron mi propia electricidad y no voy a ser capaz de pensar. Me asusta que el corte haya borrado no solo el trabajo que hice, sino también una parte de mi propia memoria.

5

Mientras manejo en la lluvia veo una cosa marrón tirada en la mitad de la ruta. Pienso que es un animal. Me pongo triste por eso y por todos los animales que vi en la ruta y en la banquina. Cuando me acerco me doy cuenta de que no es un animal sino una bolsa de papel. Entonces hay un momento en el que mi tristeza anterior está todavía ahí con la bolsa, y parece que siento lástima por una bolsa de papel.

6

Limpio el piso de la cocina. Me da miedo hacer una llamada. Ahora son las nueve y terminé de pasar el trapo de piso. Si suelto este trapo, si lo dejo al lado del balde, no va a haber nada entre mi cuerpo y el teléfono, como pasa en ese sueño de W. en el que él no tenía miedo de su ejecución hasta que fueron a afeitarle la cabeza, y ahí ya no había nada más entre él y su exterminio.

Empecé a dudar a las nueve en punto. Me parece que ya deben ser las y media, pero cuando miro el reloj veo que nada más pasaron cinco minutos: la distancia del tiempo que experimento es nada más la inmensidad de mi duda.

7

Leo unos versos de cierto poeta mientras como mi zanahoria. Entonces, a pesar de haber leído esos versos, a pesar de saber que mis ojos pasaron por esas palabras y las escucharon, estoy segura de que no las leí en serio. Quizás me refiera a entenderlas. Pero digo consumirlas: no las leí en serio porque ya me estaba comiendo la zanahoria. La zanahoria era también un verso.

8

A la tarde estoy mareada de tanto tomar y de todas las vueltas que él me hizo dar por la calle, y ahora me cubre con el brazo y me pregunta si sé en qué parte de la ciudad estoy. No lo sé con exactitud. Me hace subir unas escaleras hasta un departamento pequeño. Me resulta muy conocido. Cualquier habitación puede parecerse a una habitación de algún sueño, igual que cualquier entrada a una pieza, pero la miro mejor y sé que ya estuve acá antes. Fue otro mes, otro año, él no estaba sino que alguien más vivió acá, yo no lo conocía y este departamento era de otra persona.

9

Mientras me siento a esperar en la mesa de un restaurante percibo por mi vista periférica una y otra vez a un gatito que se acerca al umbral de mármol blanco de la entrada del restaurante y después, cada vez que miro, no es un gatito lo que miro sino la sombra proyectada, por un poste de luz, de una rama de hojas enormes que se mueven por el viento del río.

10

Espero una llamada a las diez de la noche. El teléfono suena a las diez menos veinte. Estoy en el piso de arriba. Como no esperaba esa llamada, el teléfono suena fuerte y punzante. Respondo: no es la persona que esperaba y por eso su voz es también más fuerte e intensa.

Ahora son las diez. Me voy afuera, a la entrada de la casa. Pienso que el teléfono va a sonar mientras estoy ahí afuera. Entro, y el teléfono suena justo cuando entro. Pero de nuevo es otra persona, y más tarde voy a pensar que no fue esa persona sino la otra a quien tendría que haber llamado.

11

Su pierna derecha está sobre mi pierna derecha, mi pierna izquierda está sobre su pierna izquierda, su brazo izquierdo sobre mi espalda, mi brazo derecho sobre su cabeza, su brazo izquierdo sobre mi pecho, y mi mano izquierda toca su frente. Ahora se hace difícil diferenciar qué parte del cuerpo es mía y cuál suya.

Acaricio su cabeza mientras la apoya contra la mía, y escucho los mechones de su pelo rozando su piel como si fuera mi propio pelo el que roza mi cabeza, como si ahora escuchara con sus oídos y desde adentro de su cabeza.

12

Decidí llevarme cierto libro conmigo cuando salga. Estoy cansada y no puedo pensar cómo lo voy a llevar, aunque se trate de un libro pequeño. Lo estoy leyendo antes de irme, y veo: “El brazalete antiguo que me regaló junto con docenas de flores grabadas en metal deslustrado”. Ahora siento que cuando salga podré llevar el libro en la muñeca.

13

Miro por la ventana de la cafetería, espero que llegue una amiga. Está demorada. Presiento que no va a encontrar el lugar. Ahora, si toda esta gente que pasa por la calle no se parece a mi amiga, siento que está lejos todavía o realmente perdida. Pero si pasa una mujer que se parece a ella creo que está cerca y que puede aparecer en cualquier momento, y cuantas más mujeres parecidas a ella pasen, más cerca creo que está y es más posible que aparezca.

14

No era la persona más adecuada para venir a esta fiesta y nadie me habla. Siento que la invitación era para otra persona.

Todo el tiempo el reloj responde mis preguntas sobre la hora bastante bien, por lo que, al preguntarme por el título de ese libro, observo la cara del reloj en busca de una respuesta.

Estuve tan cerca de perder el colectivo que todavía siento que no me subí.

Como casi es el final del día siento que es casi el final de la semana.

Eso fue algo tan extraño que no creo que me lo dijeran.

Gracias a que ese especialista me dio información útil sobre su disciplina, que es la horticultura, me parece que puedo pedirle consejos sobre otro tema, que son las relaciones familiares.

Tuve tantos inconvenientes para encontrar este lugar que siento que no lo encontré. Estoy hablando con la persona que vine a conocer, pero me da la impresión de que todavía está sola, esperándome.

15

El techo está tan alto que la luz se desvanece casi hasta llegar al cielorraso. Se precisa de mucho tiempo para atravesar a pie la habitación. Hay polvo por todos lados, una capa fina de polvo, por todos los rincones, una mesa con rueditas con un tablero de dibujo encima, un papel clavado en el tablero. En la otra esquina y de la que sigue, hay un cuadro en la pared a medio terminar, y debajo, en el suelo, baldes de pintura, brochas arriba de los baldes y recipientes de agua con jabón de color rojo o azul. No todas las latas de pintura tienen polvo. No todas las partes del piso tienen polvo.

A primera vista parece claro que este lugar no es parte de un sueño, sino que se trata de un lugar por el que uno se mueve en vigilia. Pero alrededor de la última esquina en la parte más remota, donde el polvo se acumula sobre las cajas de carbón parisino, y una tela de muselina amarillenta está cortada de forma simétrica en dos partes, que muestran un cielo blanco a través de dos polvorientos vidrios pequeños, una parte de este lugar parece haber sido abandonado u olvidado, o al menos permaneció sin tocar por más tiempo que el resto, uno no está seguro de que este lugar no sea un lugar en un sueño, aunque si está del todo en un sueño o no es difícil diferenciar, así solo sea una parte, como permanece a la vez en ese sueño y en esta vigilia, si uno se queda en esta vigilia y mira a través de una puerta esa parte más polvorienta, a ese sueño, o si uno camino desde esta vigilia volteando hacia la parte más cubierta de polvo, hacia la luz más filtrada del sueño, la luz que entra por esa tela amarillenta.

Lydia Davis / Almost no Memory (1997)

Tradución: Eric Hernán Hirschfeld

Ph / Teo Cote