La traición de Jessi James / Luis Thonis

Nada es tan misterioso como un alma simple.
Henry Bremond

Hoy Jessi James volvió a fallarme.

Así llamo a la chica que viene a limpiarme el depto. Supongo que habrá sido por la lluvia, raro porque no es de arredrarse. O por los chicos que cuida de los propios familiares que están en su misma casa. Tiene veintiún años, una energía desbordante: en dos horas hace lo que otra haría en seis. Vino en reemplazo de su madre que tuvo que operarse y se quedó ella.

–La pieza de Beethoven estaba mucho más desordenada que mi depto –le digo, tratando de consolarla ante un caótico panorama a causa de los libros.

–¿Quién es Beethoven? –me pregunta interesada.

–¿A vos qué música te gusta? –retruco.

–La cumbia.

–¿La cumbia villera?

–Sí, yo me acostumbré con eso.

Jessi vive en una casa grande en Lomas de Zamora donde conviven varias familias. Socialmente pertenece a una clase baja pero su cultura es villera. ¿Existen los llamados valores villeros? Cuando los traté gracias al fútbol supe que si se juega bien te convierten en uno de los suyos, pueden darte hasta la mujer pero llegado un momento se ponen muy pesados.

Los valores villeros existen pero no son los que sueñan, suponen o declaman los poetas estatales o sus compadres en el curro. Jessi no lee libros, es cierto, pero eso lo compensa bien al no ver tele ni comprar los buzones que se venden al por mayor con una espontaneidad que es un salto cuántico ante los que giran y giran en calesita. No le sorprendí un solo clisé. Es una de esas chicas que con su sola presencia invitan a volar y que para cada cosa tienen una perspectiva singular. No estoy proponiendo una cultura de cumbia más fútbol, solo me limito a escucharla. Sé que el ideal dominante es hacer de esta gente una masa de analfabetos corderos y si es posible extenderlo a toda la población. Pero ser analfabeto no es contrario a no tener inteligencia. Asombra la seguridad que tiene apenas pasados los veinte con su cara de angelita. Parece que de pronto tuviera cientos de años. Hay en ella una fuerza propia de las mujeres bíblicas que la arranca del contexto y la clase en que vive.

El dueño de la casa era el abuelo pero está fugado porque la poli lo busca por violador y ella fue una de sus víctimas.

El mundo de Jessi se parece al de un cuento de hadas, me refiero a la violencia que contiene bajo una apariencia de calma y una bondad que se le atribuye a las capas populares mediante discursos edificantes que los transforman en seres irreales.

Por momentos parece un culebrón pero el tema del amor es complicado y el abuso y la violencia recurren en sus historias como los principales protagonistas. A medida que los narra desborda los géneros y los va transformando en una novela actualizada del siglo XIX. Los personajes son innumerables y cuando una historia parece cerrada siempre aparece otro, impensable, como su tía evangelista de Río Negro.

–Mi vida es la mitad linda y la mitad fea –me asegura.

–¿Qué cuentos de hadas o dibujos animados te gustaban de chica?

–No sé, yo no tuve infancia. No la pasé bien.

Jessi lo dice sin un matiz de tristeza como si fuera la cosa más normal del mundo.

Para Jessi el mundo se divide en dos clases: los que hinchan las pelotas y los que no y la tía evangelista ocupa el primer puesto.

Le pregunté a qué clase pertenecía yo, si era un hincha pelotas más.

–No, aquí me divierto mucho –me contestó. Supongo que es porque a veces cuando trabaja le cuento historias que la tienen como protagonista para escucharla estallar en una risa que me libera de algo que desconozco. Las aventuras de una Jessi James que nunca imaginó pero que no le es del todo ajena.
A ella le gustan las chicas, lástima que sean tan cargosas, acota. La llaman a veces por celular y les dice que está ocupada.
No acostumbro meterme con la orientación sexual de nadie, pero le pregunto:

–¿Y los muchachos?

–No sirven ni para jugar al fútbol –dice, lapidaria: juega con los varones de wing izquierdo porque con las mujeres se aburre.

Jessi desborda, tira el centro, yo entro con un pique corto que solo tienen los goleadores, toco suave y gol, relato, agradeciéndole con el gesto tradicional del que anota al que le hizo el pase. Sonríe cuando le muestro una número cinco que me llevé de recuerdo en un partido donde hice un gol definitorio. Tiene actitudes masculinas, pero detrás de ella hay una linda muchacha, con una cara de traviesa carasucia que desarma a cualquiera. No tiene un solo matiz de hipocresía y eso se nota cuando habla de sexo. Para ella no es algo “sucio” que haya que esconder y no se opone a su forma de ser. Un personaje popular, sencillo, si no hace no existe, decía Pasolini y todo lo que ella hace está exento de esa vulgaridad que va de la mano de la sobreactuación.

Probablemente la ausencia del padre, el hijo de perra del abuelo y el hijo de este tuvieron que ver con esa hostilidad que tiene con los hombres aunque se va a jugar con los varones.

El primer mes de trabajo tuvo algunos faltazos que me irritaron pero cuando Jessi me tuvo confianza me contó sobre todo lo que le preguntaba, por ejemplo, por el padre que ni registró: silencio y ausencia total, ni visto ni conocido.

–¿Y vos sos celosa? –indago.

–Sí, de mi madre y de mi hermano de dieciocho soy muy celosa. Mi madre se va mucho tiempo con mi hermanastra, que es la hija del marido actual de mi vieja. No me gusta la actitud de esa pendeja. Me busca con la mirada. Cuando me doy vuelta me sigue con su mirada, eso lo detesto.

–Decime más de tu hermanastra. ¿Qué es eso de que te busquen con la mirada? –las frases de Jessi son intrigantes y
contienen relatos.

–Tuvo un hijo a los dieciséis años, ahora tiene dieciocho y no trabaja. Cuando una tiene un hijo tiene que buscar cómo
mantenerlo. Ella todo el día está llamando a mi madre, viene a comer a mi casa. A mi hermano tampoco le gusta lo que hace. A mí no me importa que venga a comer pero me mira mal. ¿Qué está buscando?

–Quiere quedarse con tu madre –meto púa–. ¿Y por qué sos celosa de tu hermano?

–No quiero que ninguna estúpida le haga daño –me dice una Jessi contundente y asaltada por un instinto maternal.

–Vos la querés mucho a tu madre…

–Me peleo mucho, pero con ella pasamos momentos muy difíciles en los tribunales. El padre de ella abusó de Evelin y quiso hacerlo conmigo.

–El padre de ella es tu abuelo.

–Sí, mi abuelo de sangre. Me olvido que era mi abuelo. Evelin tenía cinco años cuando comenzó a abusarla. La penetró a los cinco. Conmigo quiso hacerlo, pero me cuidaba mucho mi abuela, y después la siguió cuando era más grande. Pero nunca pudo agarrarme para hacer eso porque lo arañaba y corría.

Ahora su hermana Evelin tiene once años y me entero cómo su abuelo le jodió la vida. Me cuenta que Evelin tiene miedo a que le hagan algo de nuevo, que llora cuando la abrazan incluso chicas amigas de su edad, está con el psicólogo en tratamiento.

–Yo también fui pero dejé de ir porque te hace muchas preguntas tontas. Si yo quiero estar con veinte mujeres voy a estar con veinte mujeres, si quiero estar con un solo hombre voy a estar con un solo hombre. No me gustan que me estén controlando, hace dos días rompí con la chica que estaba porque no tengo paciencia. Me decía “no fumes, no tomes, no hagas esto ni lo otro”. Tiene diecisiete años y me dice cosas que ni mi vieja se atreve. Todavía soy joven y tengo toda la vida para encontrar a una mujer que va a amarme de veras –concluye.

Como vive en Lomas de Zamora le cuento historias: Insaurralde la ve pasar y se enamora de ella, deja a la modelo, a la otra Jessi plastificada y ella para matar dos pájaros de un tiro lo corresponde y lo aviva, da un salto en su carrera política al perder su cara de títere sonriente. Les dice a los otros pretendientes: “Callate Scioli, sos un sepulturero, enterraste a todos con los que estuviste, ahora te toca hacerlo con vos, Coqui, dejá de decir pavadas que te vamos a encerrar en una gran alcancía para que te alimentes de avaricia y prometé un gobierno que no le hinche las pelotas a la gente. Sin propagandas, basta de culto a la personalidad, eso prueba que nadie la tiene. Mi única propaganda es ella”, dice un inspirado Martín y aparece Jessi como primera dama enamorando al pueblo que cree reconocer en ella un pichón de Evita. “Eso es lo que necesitábamos”, dicen en coro intendentes y gobernadores. Pero el día del casamiento, atención: Jessi cambia de idea, se lleva dos pistolas y termina de una vez con todos los asesores y punteros de punteros que ya la tienen harta. Jessi lo hizo: comienzo canyengue del fin del PJ.

Otra: ella y yo asaltamos un banco, le pido que por favor no mate a nadie, la cosa sale bien, nos vamos con el botín pero Jessi se arrepiente, vuelve al banco para comenzar a los tiros, intento detenerla:

–¿Por qué hacés eso si ya tenemos plata? –le digo.

–Está en mi naturaleza –me responde–, había muchos hincha pelotas.

Jessi festeja estas historias con risotadas. Su risa es una burbuja que aflora de súbito, asciende y explota en el aire como un disparo. No he podido todavía lograr que me haga caso, que me avise cuando no viene, pretexta que a veces no puede ni quiere dejar solos a los chicos no por los ladrones sino por los familiares próximos. Vive en estado de alerta en una casa grande y está rodeada de tantas tías, primas, hijos de hermanos que me confundo en las genealogías. Y siempre aparece alguien más. La confusión viene de que la madre tiene tres hermanos y tres hermanas y el abuelo tuvo tres hijos y todos frecuentan la casa. Ella cuida a tres hijos del hermano más chico de la madre y a ellos se suman otros cinco más que son los hijos de la madre, tres de un solo padre y otros dos de un padre desconocido.

–¿Y vos los cuidás a todos? Qué vida agitada tuvo tu mamá.

–Sí, espero que no me salga con otro martes trece.

Porque a veces aparecen hijos de no sé dónde.

–¿Cuidás a ocho chicos?

–No, los que dan trabajo son los tres del hermano de mi vieja. El bebé tiene cuatro meses, la nena, Candela, tres años y el otro siete. Mi hermano mayor tiene dieciocho, se cuida solo y a veces ayuda.

Me dice que no se lleva con sus primas. Ni bien ni mal, no se lleva. El motivo es que a ellas les gusta la joda, aclara. Me quedo atónito cuando me dice que una de ellas, Anabella, la hija de uno de los hermanos de la madre, tuvo un hijo a los once años sin padre reconocible y sigue de joda. Ella cuenta todo como si se tratara de la cosa más natural del mundo. La joda es irse de baile. Jessi también va pero “así nomás” en pantalones, en cambio Anabella se muestra lo más sexy y provocativa que puede.

Y siempre recurre el tema del abuso. El hijo del abuelo, me dice, intentó hacer lo mismo con ella y esta vez reaccionó amenazándolo con un cuchillo. Se lo fue a decir al otro de los hijos que es policía y no le creyó. Y para colmo su mujer vino a acusarla de provocar a su marido.

Le tengo afecto a Jessi y me tiene atrapado: ni bien la veo comienzo a urdir historias, me inspira. Cuando se despide me estampa un besote infantil, de nena, que me transforma en padre momentáneamente. Golpes bajos, no, Jessie. Muchas historias que inventé tomaron forma en la realidad, le advierto.

A partir de ese momento, Jessi cumplió puntualmente los horarios. Me fui enterando de más detalles de su vida. Era lo contrario a la salteadora de bancos que protagonizaba las aventuras que le inventaba sino una chica muy sacrificada por su familia. Jessi tenía algo que ver con las mujeres que había amado: eran de clase muy alta o muy baja, nunca de clase media. Se podía no ser culta y no ser vulgar. Estas mujeres poco tenían que ver con mujeres que frecuentaba como amigas. Una de ellas no sabía un comino de fútbol, le desagradaba, pero cuando venían los mundiales se ponía la camiseta blanca y celeste y se fanatizaba. No sabía ni de fútbol ni que la selección no tenía nada que ver con la patria o el himno, era una asociación mafiosa que vendía patrioterismo. La selección nacional me parecía un ejemplo evidente del amor apiñando y apilado que iba más allá del deporte hasta convertirse en religión de estado. Y de qué estado. Le pregunté con un lenguaje adecuado qué pensaba de esto a Jessi.

–No, la selección no me interesa, viven pasándose la pelotita y cuidándose las piernas. Yo soy de River, amo a mi club, los jugadores pueden ser malos pero no son figuritas como ese narigón.

Así habla Jessi. Nada que ver con el lenguaje de los paraguayitos que con un toque de desprecio les atribuyen los poetas estatales. Se quejaba de que su madre, sus hermanos y primas le hincharan las pelotas, pero atendía sola la casa, incluso cuidaba a su abuela pese a la hostilidad que tenía en sus tratos con los viejos.

Nunca me pidió que le aumentara un peso. Fui añadiéndole cada dos semanas sumas con un ojo en la inflación para que se comprara lo que quisiera y apareció con un buzo nuevo. Le propuse darle lo que quisiera con tal de que se comprara un vestido y ante su negativa fui subiendo la oferta.

Quería verla vestida de mujer.

–Ni por todo el oro del mundo –respondió incorruptible.

Entre las historias que le contaba por ráfagas mientras tenía tiempo comencé a privilegiar la del romance con un chico de su edad: ella se enamoraba de su ser, no porque fuera hombre, se le entregaba y descubría que el amor no tenía que ver solo con el sexo sino con algo que no podía definir y que le era desconocido.

–El amor es eso Jessi –rematé.

–Con pendejos no quiero nada. Son insoportables –contestó.

Pasaron varias semanas y de pronto la veo a Jessi con pancita.

–¿Qué pasó, Jessi?, estás engordando.

–No, tuve relaciones con un pibe –me contestó secamente.

Me tomé la cabeza.

–No me digas que estás embarazada.

–¿Y qué? Ya soy grande y puedo hacer lo que quiera. La boluda de mi tía evangelista se enteró y vino de Río Negro a darme lecciones.

–Pero si me dijiste que los hombres no te interesaban y menos los pendejos.

–Sí, pero las historias que usted me contó me gustaron mucho y quise probar.

–No, Jessi no –casi rezaba queriendo que el tiempo retrocediera, me olvidé de decirle que tenía que cuidarse porque nada anunciaba una posible cama. Nunca estuve a favor del aborto, tampoco en contra, siempre pensé que debía realizarse o no según cada circunstancia específica y éste era un caso.

A la semana siguiente Jessi me avisó que había echado al marido de su madre porque le daba la plata que ganaba a su ex mujer y con el resto se emborrachaba. Hacía sufrir a su madre, en las reuniones de la casa del hermano la trataba mal delante de los demás, eso no se hace con la mujer que se quiere.

–¿Cómo lo echaste?

–Aproveché que mi vieja no estaba y le puse la ropa afuera.

–Dijiste que era un hombre grande, ¿no tuviste miedo?

–No, cuando me enojo me vuelvo mala, se fue porque sabe que puedo clavarle un cuchillo. Mi vieja no me dijo nada.

Volví al tema del embarazo.

–¿Y no se te ocurre quitártelo?

–Ni loca, si cuido a tantos chicos voy a poder cuidar el mío.

Ahí me di cuenta de que mi propósito era egoísta, no quería perder a mi asaltante de bancos.

–Al parirlo no vas a venir más, me voy a quedar solo, la mugre va a crecer y seguro que moriré de contaminación.
Me volviste a traicionar y esta vez me liquidaste.

–No voy a dejarlo. Ni al bebé ni a usted. No dejo a nadie que quiero en el camino. Yo no lo traicioné, fue involuntariamente. Y fue usted el que me impulsó a eso con sus historias. La próxima vez piense lo que va a contar.

–Me querés decir que yo fui el culpable o el instigador…

–No, nada que ver, la boluda que decidió fui yo, él me invitó a su casa a tomar unos mates y no sé cómo pasó.

Otra en su lugar me hubiera culpado para luego intimidarme. Pero Jessi nunca se victimizaba ni culpabilizaba. De todas maneras, era el momento de una censura preventiva: no tenía que contarle más historias de asaltos de bancos, ninguna donde las armas fueran protagonistas.

–Bueno, por lo menos decime que estás enamorada del futuro padre.

–Para nada. Es un inútil, aparte no me gusta.

–Entonces todo fue doblemente inútil si no te gustan los hombres. ¿Hay un hombre que te guste?

–Sí, usted, por el modo en que me trata. Pero yo soy muy respetuosa cuando trabajo.

El rostro de Jessi irradiaba un toque carmesí que le daba un tono de inocencia y malicia. Un rostro de mujer estaba floreciendo aunque siempre para mí será una nena traviesa.

–Ja, ja, para vos soy muy grande y Jane Eyre ya se escribió. Vos sabés de miradas y yo nunca tuve una pertinaz para vos –elevé el lenguaje.

–La juventud no tiene nada que ver con la edad –Jessi casi repitió a Nietzsche–. Usted tiene un lindo ser, pero los hombres siguen sin gustarme. Lo ideal sería que fuera mujer.

–Soy la mujer que estuviste buscando toda tu vida, pero esa mujer no existe. Ahora –le puse el dedo índice sobre la nariz en señal de un severo reproche–, soy yo el que te traicionó. Involuntariamente…

La risa cantarina de Jessi no se hizo esperar.

–La vida está hecha de imposibles, Jessi. Ahora si vas a ser madre tenés que dejar de asaltar bancos.

–Va a ser difícil –me siguió el juego–, pero lo intentaré.

Jessi no cree en Dios ni en los santos pero en ella hay algo divino.

Luis Thonis

De: Micoficciones, Editores Argentinos, 2016

Ph / Agnès Geoffray, 2016