Mi teoría es la de no rendirse; no dejaré de escribir aunque me rechacen toda la vida (Charles Bukowski)
Reivindicar a Bukowski, sacarlo de la figura de maldito, del mito del borracho mujeriego, pendenciero y jugador, figura con la que los adolescentes desencantados pueden identificarse fácilmente, un vago medio mugriento con medias agujereadas que vive aplastando latas de Budweiser y apagando cigarrillos Chesterfield en cualquier lado. Ponerlo en ese lugar es una manera de no leerlo. Quisiera sacarlo de ahí y devolverlo a los libros, para poder reencontrarnos con el Bukowski escritor, principalmente el escritor de poemas que es el que más me gusta. Elegir títulos no es fácil y él tiene algunos títulos que son una maravilla: Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta. Otro: Toca el piano borracho como un instrumento de percusión hasta que los dedos te empiecen a sangrar un poco. Otro: Los días corren como caballos salvajes por las montañas. Otro: El amor es un perro del infierno. Puedo seguir, son muchos los libros que escribió. Los títulos señalan una dirección, la búsqueda, el empeño, el empecinamiento más bien, el amor y el infierno dichos con palabras simples, sin adornos, aporreando, golpeando las teclas de la máquina de escribir y del piano para sacar una música propia.
Lamentablemente el mito pisa fuerte, se come todo. Es cierto que muchas veces fue él quien se encargó de alimentar la leyenda. El anecdotario inmenso de bravuconadas oculta al Bukowski siempre atento a lo que ocurre, astuto, empecinado, que busca alcanzar lo simple y decirlo sin firuletes ni explicaciones, anotando un detalle detrás del otro, pinceladas de recuerdos, el reverso del sueño americano, las costuras que nadie quiere ver. En Los Ángeles gran parte de la vida sucede dentro de los autos pero a él se lo puede encontrar desperezándose al sol, caminando las veredas de su barrio, yendo al súper algo tambaleante o parado en una esquina observando a un vecino que pasea a su perro, prendiendo un cigarrillo y aspirando el fresco de la noche mientras observa lo que sucede en la vereda de enfrente, las huellas que dejó un gato en el capó de un auto estacionado, las piernas de una mujer despareciendo dentro de un taxi.
No todo son borracheras monumentales y noches de juerga. Contra lo que la mayoría supone, Bukowski era un fanático de la música clásica y un lector voraz. Se recuerda de muy niño los sábados por la tarde escuchando discos en un viejo gramófono, ponía el dedo / encima del disco / en movimiento / y ralentizaba el / sonido / eso era lo que más / me gustaba. Leía mucho y variado, no para saber ni para perorar, se mantenía bien lejos de la universidad y cerca de las bibliotecas, desde muy joven traza su propio recorrido de lecturas, un libro lo lleva a otro y a otro y así arma su tejido, su red. La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles / muy probablemente evitó / que me convirtiera en un suicida, / un ladrón de bancos, / un tipo que pega a su mujer, / un carnicero o / un motociclista de la policía… aquella biblioteca estaba / allí cuando yo era / joven y buscaba / algo / a lo que aferrarme / y no parecía que hubiera / mucho. Se aferra a la lectura, a quienes le mostraron tantas cosas / que nunca creí que fueran posibles. / Todos esos amigos bien adentro de mi sangre / quienes cuando no había ninguna oportunidad / me dieron una. Él decide tomar esa oportunidad y dedicarse a escribir desaforadamente -como hacía todas las cosas- escribe sin parar, transforma su vida, le hace algo a esa vida que parecía perdida. ¿Lo critican porque escribe con faltas de ortografía? Le importa un carajo y escribe más. ¿Lo vapulean diciendo que es un viejo borracho que no sabe lo que dice? ¿Lo tildan de misógino, racista y pendenciero? Redobla la cantidad de poemas por semana. ¿Lo rechazan de cincuenta editoriales? Hace caso omiso, mete las cartas de rechazo en un cajón, carga la máquina con papel y teclea durante noches y días para seguir mandando sus textos a las mismas editoriales o a otras.
Nada lo detiene, y menos que menos el rechazo.
Prefiere a Sherwood Anderson que a Hemingway y a Faulkner, ama a Pound, a Dostoviesky y a Li Po. Me acuerdo de Li Po / cuando hace / siglos / bebía su vino / escribía sus poemas / después / los prendía / fuego / y los hacía navegar / río abajo / mientras el emperador / lloraba. John Fante era su héroe. De Celine dice: un puto maestro hablándome al oído. Dios, volví a sentirme como un niño. Escuchando. Celine era un ángel que escupía a los ojos de los ángeles y caminaba por las calles. Y sobre Allen Ginsberg: está claro que hace mucho que aceptó la adulación de las masas y es un error porque cuando las masas te adulan y lo aceptas, comienzan a joderte vivo. Criticaba y lo exasperaban por igual los escritores rock star y los profesores y especialistas que pretenden enseñar a escribir poesía. Escribir es algo que no se sabe cómo se hace. Uno se sienta y es algo que puede ocurrir o puede no ocurrir. Y entonces ¿cómo es posible enseñar a alguien a escribir? No consigo entenderlo.
Decir no es explicar. Es algo muy diferente. Están los que escriben y los que hablan de lo que escriben. Bukowski está en el primer bando, en el de los que escriben sin hablar, en soledad. Contra la culturra (palabra de Leónidas Lamborghini), contra lo snob, lo falso, lo endogámico, escribe y larga, casi sin corregir, si lo publican bien y si no, sigue adelante con la ilusión de captar lo que lo rodea y transcribirlo. Cuando no encuentra las palabras recurre a los viejos amores para que le suelten la mano: Si no escribo me pongo enfermo, dejo de reír y de escuchar música clásica en la radio y cuando me miro en el espejo veo a un hombre mezquino, de ojos pequeños y rostro amarillento… Demacrado, inútil, como un higo seco. Cuando se deja de escribir, ¿qué nos queda? La rutina. Movimientos mecánicos. Pensamientos huecos. No soporto la monotonía. Escuchar a Joyce leyendo el final de la novela, escuchar la llama de la pasión y el valor de Fante me ha sacado del letargo. La botella de vino está abierta y la radio encendida y voy a poner papel en la máquina de escribir… esas palabras que escucha valen más que mil talleres, más que mil cátedras universitarias porque relanzan su deseo y él escribe desde ahí. Escucha, contempla y anota, fuera del Templo y dentro del tiempo. Un escritor no es escritor porque enseña literatura. Un escritor solo es escritor si escribe ahora, esta noche, en este preciso instante… Lo que cuenta es el acto, no el gesto. Siempre escribo con la radio puesta y una botella de un buen vino tinto. Y fumo cigarrillos hindúes (Mangalore Ganesh). Los remolinos de humo, el sonido de las teclas y la música. La mejor manera de burlarse de la muerte y de felicitarla. Sí.
A los diecinueve años, harto de las humillaciones y de la violencia de su padre, Bukowski lo sienta de una trompada y se va de la casa. Tenía una sonrisa / que parecía un montón de mierda de perro, escribe en un poema. Con esa trompada cierra las cuentas con ese padre violento y se va. En Muerte a Crédito Celine relata una escena similar: apabullado por el chorro exasperante de palabras cargadas de una moralina insoportable, con los nervios destrozados por las injurias y quejas, le parte la cara a su padre con una máquina de escribir y se va. Se me nubló la vista…di un salto…¡Encima de él! Levanté su máquina, la pesada…la alcé por los aires. ¡Y plac!…de un golpe, ahí, ¡zas!…¡se la plantifiqué en la cara! ¡No tuvo tiempo de pararla! La ráfaga lo derribó…ya no podía contenerme… ¡Para que no volviera a hablar! Le iba a romper la boca (Muerte a crédito). En ambos: la violencia del padre, el odio y la desesperación por callarlo. Se quedan sin palabras, golpean y se van, y esa salida les permite la escritura.
Algunos tienen que hacer más fuerza que otros para encontrar un lugar.
Bukowski se aleja del malditismo, se aleja de los oledores de tragedia, esas almas infelices furiosas desesperadas (la primera de esas almas es su padre) que te pisan, te insultan, tocan la bocina violentamente, quieren tener siempre la razón y en el fondo están muertos de miedo. Y miro hacia arriba / al viejo calendario / que cuelga de un clavo / y toco / mi cara llena de arrugas / y sonrío / porque / el secreto / se escapa a mi entender. Abraza el misterio, el sin sentido, le pone el lente a la vida cotidiana, a lo que sucede en ese presente continuo en el que se mueve, sale del matadero donde trabaja oliendo a sudor y sangre, no se ducha con los demás, va directo al bar de la vuelta de la esquina y se sienta a tomar una cerveza y a contemplar la puesta de sol por la ventana que da a un baldío. Cuando recupera fuerzas toma el colectivo con las almas de todos aquellos animales muertos acompañándolo en el viaje, llega a su casa y hace un poema. Cuando le dan el alta del Hospital General del Condado de Los Ángeles en el que pasó una temporada gravemente enfermo, llega a su casa y hace un poema. Tirado en la cama mira hacia el baño: Mujer malograda / que lava las bragas / con agua fría y jabón / tienes los ojos furiosos / mientras me miras / y miras al mundo. Otra mujer (¿o la misma?) enojada se marchó / como un torbellino / por la puerta / en una ráfaga de falda / airada. Detrás del Bukowski que pasa tardes lentas en las tribunas del hipódromo con los bolsillos repletos de boletas y fijas, está su pasión temprana por los caballos: aún recuerdo los caballos / bajo la luna / los caballos eran más reales / que mi padre / más reales que Dios / y podían haberme pisado / pero no lo hicieron / yo aún no tenía 5 años / pero me acuerdo. Jugar a los caballos, apostar a los poemas, pasar todo a la escritura, de lo que se trata es de la vida rozándose contra la muerte, se trata de dar batalla. Son relámpagos y suerte y pájaros cantando y apostar, correr riesgos aun sabiendo que al final siempre se pierde. Nadie gana, finalmente; no hacemos más que buscar un aplazamiento, guarecernos un momento del resplandor (que es la muerte al final del camino).
¿Por qué están tan furiosas las moscas? Me atormentan en su agonía, escribe. Logra aplastar a la más grande con el diario enrollado, la destroza a golpes y es ya una mancha de fealdad de mosca aplastada sobre la mesa, entonces la otra se vuelve mansa y silenciosa, retorna la calma, se dejan estar el resto del día, entrelazados en el aire y en el vivir, es tarde para los dos. Es la acción, el ritmo de lo que ocurre, pinceladas de lo que va sintiendo mientras vive, un mero perro / caminando solo por una acera caliente de / verano / parece tener el poder / de diez mil dioses / ¿cómo es eso? Ahí desgrana su desconfianza hacia los hombres, la desesperanza, el filo de su humor, su capacidad de observar lo que lo rodea sin quejas ni melodramas, solo, encorvado sobre su libreta o su computadora, escribiendo lo que ve y escucha. Algunas veces soy amargo / pero en general el sabor ha sido / dulce, sólo que no me he atrevido / a decirlo… Si me ves sonreír en / mi Volkswagen azul / pasándome un semáforo en ámbar / conduciendo rumbo al sol / es que estoy atrapado en / los brazos de una / vida loca / pensando en los artistas del trapecio / en los enanos con grandes puros / en un invierno ruso a principios de los años ´40, / en Chopin, con su bagaje de tierra polaca / en una vieja camarera que me trae una / taza extra de café y / se ríe mientras lo hace.
Sabio Bukowski, amigo del silencio, amigo del misterio. Ejercita el arte de mirar, quieto, a veces emborrachándose lenta y profundamente, otras sobrio y lúcido, mira en silencio, contempla, registra, se deja envolver, escucha con la piel, esa piel marcada por un acné indestructible, que de tanto sangrar y supurar, le hizo aguzar más el oído, escucha la calle, las moscas, los órganos internos, la música de Mozart en la radio, el zumbido persistente que emite la tierra, crujidos y silbidos chirriantes, la inmensa infinita respiración del universo. Me gusta vagar por los lugares cotidianos / y saborear a la gente / a cierta distancia. Me gustan así: / en exhibición. / Me imagino las mejores cosas / de ellos. / me los imagino valientes y locos / me los imagino hermosos. / Siento lástima por todos nosotros o alegría por todos / nosotros / capturados vivos juntos / y de tal suerte violentados. / nada hay mejor que la broma / que somos / la seriedad que somos / la grisura que somos.
Soy / como una chinche / un perro / una flor / el cuchillo corta el / sol / el plato /se rompe / el gato bosteza.
En otro poema: soy la orilla de un vaso que corta, soy sangre / soy este caracol ferviente / que se arrastra a casa.
No doy recitales poéticos no voy a las protestas hippies ni a los bailes del amor ni nada parecido, siempre he sido un lobo solitario. Un lobo solitario a quien le gusta aporrear teclas, contemplar a sus gatos y cantar su desesperanza en la raza humana sin darle el gusto a esa banda de aburridos / balbucientes / prudentes / plomizos / devotos del / carnaval que lo único que quieren es el espectáculo. Si vives en un armario con ratas y / comes pan seco / les caes bien. / Si estás en un manicomio o / en la celda de los borrachos / te llaman genio. Pero paga el alquiler con un mes de / anticipación / ponte un par de calcetines nuevos / ve al dentista / haz el amor con una chica decente y sana / en lugar de una puta / y habrás perdido tu / alma. Con un puñado de frases denuncia la impostura que rodea a los escritores, su pasión absurda por lo maldito, por los héroes trágicos. Se disipa, todo se disipa, mejor pasar por la boca el bucle de la palabra / inesperada / la sensación / de una / palabra / sabrosa / apenas usada / casi virgen. / hay / tantísimas…
Admitir para uno mismo la intuición de cierta contingencia inaferrable que nos pone en estado de pérdida, de disposición, abiertos a una voz que antes no teníamos y que se va organizando en un ritmo, la historia un tanto secreta de una voz sin transcurso organizado por la cultura, dice Néstor Sánchez.
Suicidio. Como una luz que se enciende. En la oscuridad. El hecho de que exista una salida te ayuda a quedarte dentro. ¿Me explico? De lo contrario, no quedaría más que la locura. Y eso no tiene gracia, amigo. La locura no es graciosa, el desierto es real. En este asunto piensa igual que Cioran (Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera; sin la idea del suicido hace tiempo que me hubiera matado): la posibilidad de elegir una salida trae algo de calma y lo pone del lado de la vida.
Bukowski pelea a trompazo limpio, siempre da batalla, todo entero ahí, cambia las peleas familiares y con compañeros de escuela por peleas de borrachos en los bares de los bajos fondos de Los Ángeles, y después se decide por una pelea más solitaria, contra la caída de las ilusiones, contra la vejez y la muerte.
Mientras las sombras cobran formas, / peleo en lenta retirada, / ahora la promesa que fui / mengua, mengua… / ahora enciendo otros cigarrillos, / me sirvo otras copas, / ha sido una hermosa pelea / y aún lo es.
Lucía Mazzinghi, 2023
Ph / Ulf Andersen, Charles Bukowski