Las traducciones de Fulvio Franchi: Cuadernos de Nijinski (Rara Avis, 2023) y Cuadernos de Vorónezh de Mandelstam (Blatt & Ríos, 2024).

Vencidos son todos aquellos hombres que, al declinar su vida, se encuentran en desacuerdo sentimental con los mejores de sus semejantes. Yo soy uno de esos vencidos (Panait Istrati, “Confesión para vencidos”).
Conozco al público, porque lo estudié bien. Al público le gusta asombrarse, sabe poco y por eso se asombra. Yo sé lo que hace falta para asombrar al público, por eso confío en el éxito (Nijinski, Cuadernos).
¿Quién puede con el libro de un furioso loco razonante[1]? ¿Quién con la poesía de Mandelstam? Solo algún traductor y algún lector perdido. Nijinski: “Entender no significa saber todas las palabras. Las palabras no son el habla. Yo entiendo el habla en todos los idiomas. Yo sé pocas palabras, pero tengo un oído muy desarrollado. Me gusta desarrollar el oído porque necesito comprender todo lo que hablan”.
Traducir locos razonantes, traducir poesía, traducir lo difícil. Anotarla con precisiones de los que la escriben, de los que la viven, de los que la saben. Y solo leer eso.
Cuarta prosa, el texto de Mandelstam, trata sobre estos asuntos. Y sobre dónde situarse para poder hacerlo. Fuera de toda teoría (de estado, de traducción, de lengua de partida y de llegada porque de versiones de los poemas se encarga el propio Mandelstam, como entre nosotros lo hiciera Zelarayán). Porque los que parten de la teoría terminan en la teoría, el rumano del epígrafe en Rusia al desnudo señala que “Todos aquellos que llegan a la rebeldía por la teoría se marchan por la teoría”. Nijinski lo supo: “Necesito sentir, y comprender a través del sentimiento. Los sabios se ponen a pensar en muchas cosas y se rompen la cabeza, porque el pensamiento no les da ningún resultado. Son estúpidos. Son bestias. Son carne. Son muerte. Yo hablo con sencillez, pero sin ningún remilgo (…) La gente piensa que estoy loco, porque piensan que perderé la cabeza. La cabeza la perdió Nietzsche, porque él pensaba. Yo no pienso, por eso no perderé la cabeza. Tengo una cabeza fuerte, y por dentro mi cabeza también es fuerte. Me paro sobre mi cabeza en el ballet Scheherezade, donde tengo que representar a una fiera abatida”.
Cuarta prosa, texto de Mandelstam que la edición de Cuadernos de Vorónezh de Franchi incluye, es el grito de un autor-traductor. Contra el burgués cultural, contra el ladrón del trabajo del que auténticamente lo hace. Y esta edición además se acompaña con Oda a Stalin, otro grito pelado, burla terrible al filo de la muerte. Hacer lo extremo al borde del Gulag, por eso dice Mandelstam que él no escribe, cuando todos tienen mesa -como figura Shklovski los tipos de autores que pueden establecerse si se tienen en cuenta los escritorios con que cuentan[2].
Estos rusos, los difíciles o extremos, escriben lo que importa, Mandelstam escribe ante la muerte la burla descorazonada de la Oda y el ajuste de cuentas, violento discurso de Cuarta Prosa, tanto como Cuadernos de Vorónezh son su último poemario. La fiereza ante la muerte en el aire robado -como califica a las obras sin permiso, la palabra que espera justicia es la de los que no son soplones -como dice el verso de Esenin que allí recuerda. Nijinski también afirma: “no soy un trabajador. Los trabajadores hacen lo mismo que las personas ricas, la única diferencia es que ellos tienen poco dinero. Hoy vi unos trabajadores, por eso quiero hablar de ellos. Hay trabajadores tan disolutos como los aristócratas. Tienen menos dinero. Beben vino barato”. Hay que entender eso que se dice apretando la lengua, eso que incluye lo opuesto a lo dicho, entender la verdad de las palabras bajo las palabras y bajo la locura, bajo la locura del terror soviético.
Las traducciones que hace Fulvio Franchi son potentes esquirlas de cuerpos vivos, cuerpos triturados pero aún vivos que escriben. Son Diarios de un loco, como el de Gógol. ¿Quién puede traer a nuestra lengua el tartajeo lúcido de un loco? Porque el traductor en escritos también se vuelve loco.
Y Franchi anota la presencia de Nadiezdha en el Cuaderno de Mandelstam y Nijinski trae la referencia a su mujer en su torcido discurso claro, que según dice, le cree y no cree al mismo tiempo. La simultaneidad de esto y lo otro en la escritura de un enajenado, de un apartado de lo social que bien sabe Mandelstam en Cuarta Prosa es el peor ardid para seguir vivo. Separarse en una sociedad controlada está penado, Mandelstam afirma justo: “Y yo –en mi desencuentro con el mundo,/ con la libertad– consiento el contagio”.
Nijinski: “Quiero tocar, pero me ha quedado poco tiempo. Quiero vivir mucho tiempo. Mi esposa me quiere mucho. Ella teme por mí, porque hoy actué muy nervioso. Yo actué nervioso a propósito, porque el público me comprende mejor si actúo nervioso. Ellos no comprenden a los artistas que no son nerviosos. Hay que ser nervioso”. El mundo le debe mucho a los nerviosos -dijo un francés algo apartado pero venerado hasta el hartazgo. Estas traducciones de solos y nerviosos, penados sociales, necesitan otra sensibilidad, otra comprensión. Necesitan orejas y parcialidades locas pero reales, verdaderas, la verdad, literal, está dicha en la poesía de Mandelstam. En Nijinski: “Le tengo miedo a la gente, porque ellos no me sienten, sino que me comprenden. Le tengo miedo a la gente, porque ellos quieren que viva la misma vida que ellos llevan. Ellos quieren que baile cosas alegres. No me gusta la alegría. Me gusta la vida”. La distancia entre ´pravda´ y ´Pravda´, sin juegos de palabras, la verdad y la línea del partido debe ser notada en/por la escritura del traductor. La verdad social, la verdad literaria, la verdad política, la verdad histórica, en la escritura de ciertos autores quedan apretadas por lo que el traductor debe volverse un desbrozador. Así Franchi traduce: “¿Qué calle es esta?/ La calle Mandelstam./¡Qué apellido del diablo!/ Ni dándole la vuelta suena directo, va mal.// En él no había nada lineal,/ de carácter no era liliáceo,/ y por eso esta calle/ o, más bien, este bache/se llama así, con el nombre/ de ese Mandelstam”.
Estos Cuadernos (“Ni yo, ni tú; ellos tienen/ toda la fuerza de las desinencias de género” (Mandelstam)) ajustan la vida, la muerte, la geografía (tan presente desde el nombre, Vorónezh: “De todos modos, la tierra es pifia y contrafilo,/ no reces por ella, ni la golpees con tus pies” o “Yo vivo en huertos importantes” y en la Oda. En Nijinski: “A mí me gusta la naturaleza rusa, porque me crie en Rusia. Amo a Rusia”) y el terror de los años ´30 soviéticos donde a algunos los encierran, a algunos los destierran, a todos los matan.
Y el loco sabe: “Yo sé lo que todos dicen: ´Nijinski se ha vuelto loco´, pero me da igual, porque yo ya representé a un loco en casa. Todos lo pensarán, pero no me encerrarán en un manicomio porque yo bailo muy bien y les doy dinero a todos los que me piden. A la gente le gustan los excéntricos, y por eso me dejarán en paz, diciendo que soy un payaso loco. A mí me gustan los locos, porque me gusta hablar con ellos”. Mandelstam, en su primera detención, en el ´34, es enviado a un hospicio: “Un salto. Y el juicio recobré” -anuncia su verso sin igual. En el ´38 lo deportan al Gulag, aguanta menos de tres meses. Como en Morfina de Bulgákov o en Pabellón N°6 de Chéjov, solo se puede hablar con los enfermos por lo que el médico (¿el traductor?, Mandelstam escribe: “ —¡Al lector! ¡Al consejero! ¡Al médico!/ ¡En la escalera de espinas, un diálogo!”) se enferma para poder seguir esa conversación de/con la verdad o la vida, que para estos autores es lo mismo. Una retahíla literaria y una continuidad histórica, Nijinski recuerda: “Cuando mi hermano estuvo en un manicomio, yo lo amaba y él me sentía. Sus amigos me querían. Yo tenía solamente 18 años. Yo comprendía la vida de un loco. Conozco la psicología de un loco. Yo no contradigo al loco, por eso los locos me quieren. Mi hermano murió en el manicomio. Mi madre está viviendo sus últimas horas. Tengo miedo de no verla. Yo la amo, por eso le pido a Dios que le dé largos años. Sé que mi madre y mi hermana huyeron de Moscú, de los maximalistas. Los maximalistas las fastidiaron. Junto con Kochetovski, el marido de mi hermana, y su hija Ira, huyeron, dejando todas sus propiedades”. Estos autores perdieron todas sus bibliotecas, se las regalaron a la Revolución -según escribió Tsvietáieva, pero el estado hizo crítica literaria -según el genial Shklovski, conservó a perpetuidad sus escritos -como decían las sacas que las retuvieron en la Lubianka, en Butirki, en los archivos del KGB.
En estos libros todo gira y da la vuelta, “el perro ladra – el viento sopla”– como cierran casi igual Cuarta prosa de Mandelstam y Viaje sentimental de Shklovski. Pero giran sabiendo, dirá Nijinski: “De nuevo escribo Dios con mayúscula, porque Dios lo quiere, pero cambiaré porque es más fácil escribir con minúscula. No me gusta la escritura sin signos duros y blandos porque ellos complican la escritura y la lectura. Me gustan las letras і, ѣ porque destacan las palabras. La palabra debe ser destacada, por eso le pido al traductor que corrija mis palabras (…) Cristo sufrió, pero no necesitaba sufrir. Cristo no es el anticristo, como dice Merezhkovski. Dostoievski escribió sobre una vara con dos extremos. Tolstói hablaba de un árbol que tenía raíces y ramas. La raíz no es una rama, y la rama no es una raíz. Me gusta la raíz, porque es necesaria. Me gusta el anticristo, porque es el lado opuesto de Cristo. Cristo es Dios, el anticristo no es Dios. Me gusta el anticristo porque no es Dios. Es un desecho sobreviviente”.
Los locos saben y saben literatura, hay que traducirlos, porque hay algo en estas afirmaciones contradichas, cejijuntas (como los neologismos que Mandelstam incrusta en sus poemas) que hacen ritmo, como las frases grandiosas y contundentes, paralelas, de Shklovski. Hay una sequedad rítmica que hace verdad en la escritura sapiente del loco razonante, que los anuda a Chaadáiev. Y para qué comentarlos si ellos se saben muy bien a sí mismos (y al arte todo): “Un desecho sobreviviente son los museos y la historia. No me gustan la historia ni los museos, porque huelen a cementerio. Diáguilev es un cementerio, por eso es una vara del lado opuesto. Dostoievski no es una vara. Dostoievski es un gran escritor que escribió su vida bajo el aspecto de los distintos personajes representados. Tolstói dijo que Dostoievski [se lee] con dificultad. Yo digo que Dostoievski es Dios. Dostoievski hablaba de Dios a su manera. Él amaba a Dios y lo comprendía (…) El árbol de Tolstói es la vida, por eso hay que leerlo. Yo conozco su Karénina, pero me olvidé un poco. Guerra y paz lo leí hasta la mitad. Guerra y paz es su obra, por eso hay que leerla, pero no sus últimas obras. Tolstói es un gran hombre y escritor. Tolstói se avergonzaba de su profesión de escritor porque pensaba que solo era un hombre. Un hombre es un escritor. Un escritor es un periodista. Me gustan los periodistas que aman a la gente. Los periodistas que escriben estupideces son el dinero. El dinero son los periodistas. Yo soy una revista sin dinero. Me gusta la revista. La revista es la vida. Yo soy una revista en la vida. Hombre, revista, vida, escritor, Tolstói, Dostoievski. Merezhkovski y Filosófov son Diáguilevs.” (Nijinski, Cuadernos). Hacen falta estas lecturas, a la literatura argentina le hace falta esta literatura rusa -escribió Hugo Savino sobre una traducción de Irina Bogdaschevski.
El traductor que nos acerca estos textos, el traductor y estos autores son los que verdaderamente saben. Ya lo dije: en ellos la literatura gana la partida: “Quiero que publiquen mis errores. Preferiría la fotografía de mi escrito en lugar del texto impreso, porque la prensa elimina la escritura. La escritura es algo hermoso, por eso hay que imprimirla. Yo quiero que fotografíen mi escritura para explicación de mi mano, porque mi mano es de Dios”. Saben porque aquí la escritura baila, como ya escribí, la escritura salta -piensa en sus Cuadernos Nijinski. El salto, la elipsis, lo extremo y difícil -Mandelstam es un autor muy difícil, por ejemplo, por el mundo que convocan sus referencias- constituyen la mejor literatura.
Nijinski escribe, anota, teme por sus cuadernos, por la verdad allí escrita, quiere su publicación y también afirma mil veces que “los bolcheviques son fieras”. Su hilo cierto apunta: “Yo soy Tolstói, porque lo amo. Yo quiero amor por mi Rusia. Conozco sus defectos. Rusia destruyó los planes de la guerra. La guerra habría terminado antes si Rusia no hubiese permitido al bolchevique. El bolchevique no es el pueblo ruso. El bolchevique no es el pueblo trabajador. El pueblo ruso es un niño. Hay que amarlo y conducirlo bien. Quiero nombrar al líder de los bolcheviques, pero no puedo recordarlo, porque no soy bolchevique. Los bolcheviques destruyen todo lo que no les gusta. Conozco gente que dirá que yo también soy bolchevique porque amo a Tolstói. Yo diré que Tolstói no es bolchevique. El bolchevique es el partido, y a Tolstói no le gustaba el partidismo. Yo no soy un partido. Yo soy el pueblo. Yo quiero como gobernante a Kostrovski, y no a Kérenski. Kérenski es el partido. Sazónov es el partido. No quiero mencionar el nombre del líder de los bolcheviques, porque no lo siento. Conozco su nombre, pero no lo siento, por eso no voy a pronunciarlo. No deseo su muerte, porque es una persona con consciencia. Él no quiere mi muerte, porque soy un ser humano y no una fiera. Conozco sus costumbres. Él asesina a todos sin excepción. No le gustan las contradicciones”. La raza de estos autores no es la de los Dantés -como dice Cuarta Prosa directo, es la que hace falta para escribir libros verdaderos inauditos, los que valen la pena.
Entonces, traducir así poesía (que es entenderla como nadie), lo sabe Nijinski al decir que: “tiene razón aquel que siente y no comprende (…) Escribo como me sale. Yo no finjo. Escribo la verdad porque quiero que todos la sepan. Yo sé que todos dirán que Nijinski se volvió loco porque escribe cosas sin verlas. Yo veo todo. Yo sé todo”. El traductor, el autor, escriben, ven, andan en lo no permitido, lo que señaló Mandelstam en Cuarta Prosa, lo que teme la mujer de Nijinski según él escribe: “Mi esposa teme que escriba cosas no permitidas. Ella llora vertiendo lágrimas. Yo me río de su llanto, porque conozco el significado de su llanto. Quiero calmarla, pero mi mano escribe”.
Así, repito, lo que puede definir estas escrituras es la elipsis, el salto, lo extremo y difícil, lo que no se dice pero queda escrito. Nijinski: “Yo no escribo con claridad, porque no quiero que todos me comprendan”, escribir difícil para que crean que es Góngora -pensó Libertella en estas llanuras como en aquellas Mandelstam, como dice en sus poemas, con las que no sabe qué hacer aunque quiere protegerlas (“y quisiera proteger a esta loca llanura/ y conservarla en un capote de largos faldones”; “¿Qué hacer con la opresión de las llanuras,/ con la extendida hambruna de su milagro?/ Pues lo que en ellas consideramos apertura/ lo vemos, al derramarse, visible,/ y siempre surge la pregunta/ de a dónde van, de dónde vienen,/ y si por ellas no se arrastra lentamente/ aquel por quien gritamos en sueños,/ el Judas de los pueblos futuros”). Entonces son necesarios estos locos razonantes de tan distinta llanura, estos autores y estos traductores que vienen del futuro -según expresión de Tsvietáieva.
Nijinski apunta: “Yo sé que la gente es mala, porque le resulta difícil vivir. Yo sé que los que van a publicar estas páginas llorarán, por eso no hay que sorprenderse de una mala edición. Una mala edición sale de las manos de gente pobre que tiene poca fuerza. Yo sé que la imprenta arruina los ojos, por eso quiero que fotografíen mis escritos. La fotografía arruina un solo ojo, mientras que la imprenta arruina muchos ojos…” Porque el asunto es siempre pan para los vivos como clama Maiakovski en homenaje a Jlébnikov, es decir, hacer las cosas hoy, editar y traducir hoy autores difíciles. A esos que justamente matan -como leemos en Mi Pushkin de Tsvietáieva, porque son negros, judíos -según sus versos, es decir, son autores no permitidos porque dicen lo inconveniente. Nijinski: “Yo no sentía el evangelio. Yo leía a Dostoievski. Dostoievski se me daba más fácilmente, por eso lo leía devorándolo. Devorarme el libro era grandioso, porque cuando leía El idiota sentía que el Idiota no era un “idiota”, sino un hombre bueno. No podía comprender El idiota, porque todavía era joven. No conocía la vida. Ahora comprendo El idiota de Dostoievski, porque me toman por idiota. Me gusta que todos piensen que soy idiota. Me gusta el sentimiento, por eso me hacía el idiota. Yo no era idiota, porque no soy nervioso. Sé que la gente nerviosa está sometida a la locura, y por eso le teme a la locura. Yo no soy loco, y el idiota de Dostoievski no es idiota”. La verdad es diversa pero la verdad se puede escribir con estos modos. Algunos pueden.
¿Para qué escribir esto que leemos si aquello solo, sin nuestro subrayado, ya es genial? Nijinski: “No quiero que piensen que soy un gran escritor. Quiero que piensen que soy un gran artista. No quiero que digan que soy un gran hombre. Yo soy un hombre sencillo que ha sufrido mucho”.
Se trata entonces, acá, de marcar estos escritos que bailan, de señalar estas frases que titilan (Nijinski: “Lloro cuando siento que una persona no titila”) porque “Los críticos siempre piensan que ellos son más inteligentes que los artistas. Frecuentemente, ellos abusan, porque insultan al artista por su interpretación. El artista es pobre, por eso tiembla frente a la crítica. Le resulta doloroso y ofensivo. Llora en el alma (…) Yo diré que él es un papagayo no porque tenga cabeza de papagayo, sino porque todo lo que escribe son papagayerías. Llamo papagayería a esos críticos que repiten cosas que ya son bien conocidas por todos (…) Le temo a la gente inteligente. Ellos huelen a frío. Yo me congelo cuando cerca de mí hay una persona con inteligencia. Le temo a la gente inteligente, porque huele a muerte. Yo no escribo para razonar. Escribo para explicar. No quiero nada por este libro”.
Se trata de atrapar ese decir, lo que se ha querido decir, cuando aún tiembla, titila, ritma, salta, así, los escritos sobre ellos serían solo de citas borboteantes ya que estos locos razonantes componen frases anudadas como por contagio, desplazamiento de verdades, un derrame de saberes.
Para Nijinski, la lectura es un trabajo y los que escriben mucho son mártires. Hay que entender esto. Hay que entender la tragedia del que sabe, del que sabe que está condenado, Mandelstam, y del que está condenado por genio loco, Nijinski, dos inesperados. Y, encima, además, aún, allí, andaba la guerra, los pogroms (literales en estas visiones-escrituras) de la Unión Soviética.
De sí mismo como loco razonante, Nijinski anotó: “Tolstói habló mucho sobre la razón. Schopenhauer también escribió sobre la razón. Yo también escribiré sobre la razón. Yo soy la filosofía racional. Yo soy la filosofía verdadera, no inventada. Nietzsche se volvió loco, porque él comprendió hacia el final de su vida que todo lo que había escrito era una estupidez”.
Y Nijinski y Mandelstam, vaya coincidencia fortuita, son polacos, Nijinski de padre y madre -como él mismo dice, y Mandelstam nació en Varsovia cuando era ciudad rusa. Polacos-rusos, eslavos, sobrevivientes por sus obras y por estas traducciones que los traen de nuevo vivos.
Nota: Fulvio Franchi tradujo hace muchos años Viaje a Armenia de Mandelstam, tal vez el primer libro traspuesto al idioma argentino de este autor ruso muerto en el Gulag. Además de que tiene traducida e inédita su obra lírica completa.
Laura Estrin, 2024
Ph / Vaslav Nijinski
[1] Tomo “loco razonante” de Nicolás Rosa. Él nos lo atribuía, refiriéndolo a quienes lo bancábamos. Sería, quizá, un uso parecido a lo que Hugo Savino llama secuaz. En el caso de Nijinski y Mandelstam las formulaciones de la psiquiatría francesa son pertinentes.
[2] Encuentro semejante referencia también en las Memorias de Solzhenitsin.
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