Einstein e Israel / Isaiah Berlin

 

El principal derecho de Albert Einstein a la fama inmortal es su trascendental genio científico, para hablar del cual —como la gran mayoría de la humanidad— soy absolutamente incompetente. Einstein fue universalmente reverenciado como el innovador más revolucionario del campo de la física desde Newton. El excepcional respeto y atención que por doquier se rindieron a su persona y a sus opiniones sobre otros temas brotaron de tal hecho. Él mismo lo sabía: y aunque era un hombre verdaderamente modesto, que se sentía incómodo por la adulación que despertaba y huía de la publicidad, expresó su placer ante la idea de que si realmente había que rendir homenaje a personas, no era malo que fuese a quienes hubieran realizado logros en el campo del intelecto y la cultura, y no en el del poder y la conquista. En realidad, el que un físico matemático llegase a ser una gran figura mundial es un hecho notable y da crédito a la humanidad.

Si el efecto de las ideas de Einstein fuera del ámbito de la física teórica y, quizás, de la filosofía de la física se compara con el efecto causado por las ideas de otros grandes adelantados de la ciencia, parece surgir de allí una extraña conclusión. El método de Galileo, para no ir más lejos, y su naturalismo, desempeñaron un papel decisivo en el desarrollo del pensamiento del siglo XVII y se extendieron mucho más allá de la filosofía de la técnica. El impacto de las ideas de Newton fue inmenso: fuesen correctamente comprendidas o no, todo el programa de la Ilustración especialmente en Francia, estuvo conscientemente fundado en los principios y métodos de Newton, y derivó su confianza y su vasta influencia de sus espectaculares logros. Y esto, a su debido tiempo, transformó —en realidad, en gran parte creó— algunos de los conceptos y direcciones centrales de la cultura moderna en Occidente, morales, políticos, tecnológicos, históricos y sociales: ninguna esfera del pensamiento o de la vida quedó al margen de las consecuencias de esta mutación cultural.

Esto puede decirse en menor grado de Darwin: el concepto de evolución afectó muchos campos del pensamiento fuera de la biología: escandalizó a los teólogos, influyó sobre las ciencias históricas, la ética, la política, la sociología y la antropología. El darwinismo social, fundado en una aplicación errónea de las ideas de Darwin y de T. H. Huxley, con sus implicaciones eugenésicas y a veces racistas, causó daños sociales y políticos. Quizás vacilaría antes de referirme a Freud como naturalista; mas no hay duda de que sus enseñanzas también afectaron campos muy alejados de la psicología: la historia, la biografía, la estética, la sociología y la educación.

Pero ¿qué decir de Einstein? Su realización científica tocó la filosofía de las ciencias; sus propias opiniones —su temprana aceptación del fenomenalismo de Mach, y su posterior abandono de tales ideas— muestran que poseía las dotes de un filósofo y así lo mostraron en realidad sus opiniones sobre las doctrinas centrales de Spinoza, Hume, Kant y Russell. A este respecto, Einstein y Planck fueron virtualmente únicos entre los más grandes físicos de nuestro siglo. Pero ¿influencia sobre las ideas generales de su época? ¿Sobre la opinión educada? Ciertamente, presentó la imagen heroica de un hombre de corazón puro, espíritu noble, insólito valor moral y político, dedicado a la búsqueda inconmovible de la verdad, que creía en la libertad individual y la libertad social, un hombre que simpatizaba con el socialismo y aborrecía el nacionalismo, el militarismo, la opresión, la violencia y la visión materialista de la vida. Pero aparte de encarnar una combinación de bondad humana con pasión por la justicia social y únicos poderes intelectuales, en una sociedad en que muchos parecían vivir por los valores opuestos, es decir, aparte de su vida ejemplar, de ser y parecer uno de los hombres más civilizados, honorables y humanos de su tiempo, ¿qué repercusión causó Einstein?

Cierto es que la palabra «relatividad» hasta el día de hoy ha sido erróneamente interpretada como relativismo, el rechazo o la duda de la objetividad de la verdad, o de los valores morales y otros. Pero esta herejía es muy vieja y familiar. El relativismo en el sentido en que los sofistas griegos, los escépticos romanos, los subjetivistas franceses e ingleses, los románticos y nacionalistas alemanes lo profesaron, y que en tiempos modernos ha atormentado a los teólogos e historiadores y hombres ordinarios… era lo opuesto de lo que Einstein creía. Era un hombre de convicciones morales sencillas y absolutas, que se expresaban en todo lo que él era y hacía. Su concepto de la naturaleza exterior era el de un orden o sistema racional y científicamente analizable; la meta de las ciencias era el conocimiento objetivo de una realidad que existía independientemente, aun cuando los conceptos en que se le debía analizar y describir fuesen todas creaciones humanas libres y arbitrarias.

¿Qué efecto general tuvieron sus doctrinas? La física teórica moderna, ni aun en sus lineamientos más generales, ha podido ser hasta ahora explicada en el lenguaje popular, como las doctrinas centrales de Newton, por ejemplo, fueron explicadas por Voltaire. Hombres públicos de noble espíritu en Inglaterra, como Haldane y Herbert Samuel, trataron de derivar algunas verdades metafísicas o teológicas generales, habitualmente un tanto trilladas, a partir de la teoría general de la relatividad, pero esto solo mostró que su verdadero talento estaba en otras esferas.

Pero si la repercusión del pensamiento científico de Einstein sobre las ideas generales de su tiempo está en cierta duda, no puede haber ninguna, en cambio, acerca de la pertinencia de sus opiniones no científicas sobre uno de los fenómenos políticos más positivos de nuestros tiempos. Einstein prestó el prestige mondial de su gran nombre, y en realidad dio su corazón al movimiento que creó el estado de Israel. Los hombres y las naciones tienen una deuda con quienes ayudaron a transformar, para bien, su realista autoimagen. Ningún sionista con el mínimo grado de propia estimación puede negarse a rendirle homenaje si encuentra la oportunidad de hacerlo. El apoyo de Einstein al movimiento sionista y su interés en la Universidad Hebrea duraron toda su vida. Tuvo disputas más de una vez con Weizmann; criticó la Universidad Hebrea y, en particular, a su primer presidente; deploró las insuficiencias de la política sionista hacia los árabes, mas nunca abandonó su fe en los principios centrales del sionismo. Si los jóvenes (u otros) de hoy, ya judíos, ya gentiles, que, como el joven Einstein, aborrecen el nacionalismo y el sectarismo y buscan la justicia social y creen en los valores humanos universales, desean saber por qué Einstein, un hijo de los judíos bávaros asimilados, apoyó el retorno de los judíos a Palestina, el sionismo y el estado judío, no sin ojo crítico ni sin la angustia que todo hombre decente y sensible tiene que sentir ante actos hechos en nombre de su pueblo que le parecen erróneos o imprudentes, y lo apoyó sin embargo firmemente hasta el fin de sus días; si desean comprender esto, entonces deben leer sus escritos sobre el tema. Con su habitual lucidez y don para penetrar hasta el núcleo central de cualquier tema, en la ciencia o en la vida, Einstein dijo lo que tenía que decirse con sencillez y verdad. Permítaseme recordar algunas de las cosas que dijo e hizo, y en particular, el camino que a ellas condujo.

Einstein nació en Ulm, hijo de padres irreligiosos. Fue educado en Munich, donde al parecer no tropezó con ninguna discriminación. Si reaccionó enérgicamente contra su escuela y sufrió algo aproximado a un colapso nervioso, esto no parece haberse debido a sentimientos antijudíos. Reaccionó acaso contra la disciplina casi militar y el fervor nacionalista de la educación alemana en el último decenio del siglo pasado. Estudió intermitentemente en Milán y en Zurich, dio clases en Zurich, obtuvo un cargo en la Oficina de Patentes en Berna, luego ocupó cátedras universitarias en Praga y en Zurich, y en 1913 fue persuadido por Nernst y por Haber, así como por Planck, cuyas reputaciones estaban en su cúspide, de aceptar un puesto de investigador en Berlín.

No necesito describir la atmósfera de Prusia en vísperas de la primera Guerra Mundial. En una carta escrita en 1929 a un ministro de Estado alemán, dijo Einstein: «Cuando vine a Alemania hace quince años [es decir, en 1914] descubrí por primera vez que yo era judío. Y debí este descubrimiento más a los gentiles que a los judíos». No obstante, la influencia de algunos de los primeros sionistas alemanes, en particular de Kurt Blumenfeld, apóstol de los judíos alemanes, desempeñó un papel considerable en todo esto, y Einstein se conservó en condiciones de cordial amistad con él durante el resto de sus días. Pero, como en el caso de Herzl, el factor decisivo de su despertar como judío no fue tanto el encontrarse con una doctrina que le era poco familiar (había encontrado partidarios de ella en Praga, pero al parecer no se interesó en ellos por entonces) como el chauvinismo y la xenofobia de los círculos dirigentes, en este caso en Berlín, que le llevaron a comprender la precaria situación de la comunidad judía aun en el civilizado Occidente. Declaró Einstein: «El hombre solo puede florecer cuando se diluye en una comunidad. De allí el peligro moral del judío que ha perdido contacto con su propio pueblo y es considerado como un extraño por su pueblo de adopción». «La tragedia de los judíos es… que les falte el apoyo de una comunidad para mantenerse unidos. El resultado es una falta de fundamentos sólidos en el individuo, que en su forma extrema equivale a una inestabilidad moral».

El único remedio, sostuvo, es desarrollar una conexión íntima con una sociedad viva que capacite a los judíos individuales a soportar el odio y la humillación a que a menudo se ven expuestos por el resto de la humanidad. Se debe admirar a Herzl, nos dice Einstein, por decir «a voz en cuello», que solo el establecimiento de un hogar nacional en Palestina puede curar este mal. No se le puede suprimir mediante la asimilación. Los judíos de los antiguos guetos alemanes eran pobres, privados de derechos cívicos y políticos, aislados del progreso europeo. Y sin embargo,

Este pueblo oscuro y humilde tenía una gran ventaja sobre nosotros: cada uno de ellos pertenecía con todas las fibras de su ser a una comunidad en que había sido totalmente absorbido, en que se sentía un hombre con todos los privilegios, que no le pedía nada que fuese contrario a sus naturales hábitos de pensamiento. Nuestros predecesores de aquellos días eran especímenes bastante pobres en lo físico y en lo intelectual, pero en lo social disfrutaban de un envidiable equilibrio espiritual.

Llegó luego la emancipación: la rápida adaptación al nuevo mundo abierto: los ávidos esfuerzos por ponerse ropajes hechos para otros, con la consiguiente pérdida de la identidad, la perspectiva de su desaparición como grupo. Mas esto no ocurriría:

Por mucho que los judíos se adaptasen en idioma y modales, hasta cierto punto aun en sus formas de religión, a los pueblos europeos entre los cuales vivían, el sentido de extrañeza entre ellos y sus huéspedes nunca se desvaneció. Esta es la causa última del antisemitismo de la que no es posible deshacerse mediante una propaganda bien intencionada. Las nacionalidades desean buscar sus propias metas, no fundirse.

Desentenderse o argüir contra el prejuicio emocional o la hostilidad abierta, declaró Einstein, es totalmente vano; el judío bautizado Geheimrat le resultaba simplemente patético. Consideraba las fronteras y los ejércitos nacionales como malignos, pero no la existencia nacional como tal: la vida de las naciones pacíficas, con respeto entre sí y tolerancia de las diferencias del otro era civilizada y justa. Sigue ahí una declaración de sionismo no distinta de la reacción, a una situación similar, de otro internacionalista y socialista, Moses Hess, en la década de 1860. Permítaseme citar las palabras de Einstein en 1933: «No basta con que desempeñemos un papel como individuos en el desarrollo cultural de la especie humana, debemos intentar también tareas que solo pueden desempeñar las naciones en conjunto. Tan solo así podrán recuperar los judíos la salud social». Por consiguiente: «Palestina no es básicamente un lugar de refugio para los judíos de la Europa Oriental, sino la encarnación del despertar del espíritu común de toda la nación judía».

Esta me parece una formulación clásica del credo sionista, con una afinidad con el nacionalismo cultural apolítico de Ahad Ha’am: lo que Einstein estaba defendiendo era, en esencia, la creación de un centro social y espiritual. Pero cuando la política británica y la resistencia árabe, en opinión de Einstein, hicieron inevitable el Estado, lo aceptó, al igual que el empleo de la fuerza para evitar la aniquilación, quizás, algo como un mal necesario; mas, pese a todo, una carga y un deber que debían soportarse con dignidad y tacto, sin arrogancia. Como todos los sionistas decentes, cada vez le preocupaban más las relaciones con los árabes de Palestina. Deseaba un estado en que judíos y árabes pudiesen cooperar plenamente. Pero con tristeza comprendió que los hechos harían difícil esto, por el momento. Siguió siendo un partidario decidido del estado judío de Israel: allí habían de perseguirse los ideales judíos, y especialmente tres entre ellos: «El conocimiento por sí mismo; un amor casi fanático de la justicia; el deseo de independencia personal».

Casi huelga decir cuán agudamente difería esto de la actitud general de los judíos alemanes educados de su medio, para no hablar de hombres de similar origen y formación social e intelectual de cualquier parte de la Europa occidental. Si recordamos los primeros años de la vida de Einstein, alejado de los asuntos judíos, su continuado internacionalismo idealista, su odio a todo lo que divide a los hombres, me parece a mí que muestra un notable grado de visión, realismo y valor moral, del cual sus compañeros judíos de hoy tienen buenas razones para sentirse orgullosos. Después de todo, otros eminentes científicos judío-alemanes, hombres honorables de impecable integridad personal, como Fritz Haber, Max Born, James Franck, reaccionaron de manera muy distinta. Así lo hicieron también escritores y artistas como Schnitzler, Stefan Sweig, Mahler, Karl Kraus o Werfel, todos los cuales conocieron demasiado bien el antisemitismo en Viena.

No quiero dar a entender que Einstein necesariamente condenara la asimilación a la cultura de la mayoría como algo siempre innoble o destinado al fracaso. Era claramente posible que los hijos de padres judíos se encontraran tan alejados de su comunidad y sus tradiciones que, aun si lo consideraran, fuesen psicológicamente incapaces de establecer nexos genuinos con ella. Veía claramente que en una sociedad civilizada cada quien debe ser libre de seguir su propio camino de la manera que le parezca mejor, siempre que esto no cause un daño positivo a otros. Él no acusó a estos científicos y escritores y artistas de tener móviles deshonrosos y bajos; no estaba en cuestión, para él, su dignidad personal, sino tan solo su grado de entendimiento propio.

Fue su incapacidad de engañarse a sí mismo, o de evadirse, su disposición a enfrentarse a la verdad y —si los hechos lo exigían— a ir contra la corriente de las ideas recibidas, lo que marcó el audaz rechazo einsteniano de los elementos centrales del sistema de Newton, y fue esta independencia la que caracterizó su comportamiento en otras esferas. Rechazó la sabiduría convencional. Dijo una vez: «El sentido común es el depósito del prejuicio establecido en el espíritu antes de la edad de dieciocho años». Si le pareció que algo no «embonaba» en lo moral o en lo político, no menos que en lo matemático, él no se desentendería, no escaparía ni lo olvidaría; no adaptaría, ajustaría, añadiría uno o dos parches con la esperanza de que esto soportara durante el tiempo que viviera; no esperaría a que el Mesías, la Revolución mundial, el reino universal de la razón y la justicia, resolvieran la dificultad. Si el zapato no queda bien, es inútil decir que el tiempo y el desgaste le harán menos incómodo, o que la forma del pie también debe alterarse, o que el dolor es un engaño; que la realidad es armoniosa y que por ello el conflicto, la injusticia y la barbarie pertenecen al orden de las apariencias, por encima del cual pueden elevarse los espíritus superiores. Si Hume y Mach, sus mentores filosóficos, tenían razón, solo había un mundo, el de la experiencia humana; solo éste era real: más allá podía haber misterio; en realidad, consideró el hecho, del que siempre estuvo totalmente convencido, de que el universo era comprensible como el más grande de los misterios; y sin embargo, no era válida ninguna teoría que pasara por alto alguna parte de la experiencia humana directa, en que Einstein incluía la visión imaginativa, a la que se llegaba por senderos que a veces estaban lejos de ser conscientes.

Fue este sentido de la realidad el que lo salvó, pese a sus profundas convicciones, de volverse doctrinario. Cuando aquello que sabía y comprendía directamente entró en conflicto con la ortodoxia doctrinaria, él no pasó por alto la evidencia inmediata de su sentido moral, social o político. Fue un convencido pacifista; durante la primera Guerra Mundial se hizo odiar en Alemania al denunciarla. Pero en 1933 aceptó la necesidad de resistir a Hitler y a los nazis, de ser necesario por la fuerza, lo que horrorizó a sus aliados pacifistas. Fue un igualitario, un demócrata, con una inclinación hacia el socialismo. Y sin embargo, su sentido de la necesidad de proteger del Estado a los individuos fue tan poderoso que Einstein creyó que las Declaraciones de Derechos serían pisoteadas a menos que una élite de personas educadas y experimentadas, con autoridad, a veces se opusieran eficazmente a los deseos de las mayorías. Elogió la Constitución de los Estados Unidos de América y en particular el equilibrio de poderes entre el Presidente, el Congreso y la opinión pública (su primer mentor político, el socialista austríaco Fritz Adler, difícilmente lo habría aprobado). Einstein odió los muros puestos entre seres humanos, la exclusividad. Pero cuando los estudiantes judíos fueron perseguidos por estudiantes nacionalistas en universidades alemanas o polacas, Einstein declaró que Weizmann tenía razón; las resoluciones liberales o socialistas eran inútiles; los judíos debían actuar y crear su propia universidad en Jerusalén.

Einstein aborreció durante toda su vida el nacionalismo; pero reconoció la aguda necesidad que tenían los judíos de alguna forma de existencia nacional; ante todo, no consideró un sentido de identidad nacional y el nacionalismo como una misma cosa. Es claro que tomó en serio la lealtad política. Dos veces renunció a su nacionalidad alemana. Siendo joven, no habría elegido la nacionalidad suiza o, después de Hitler, la norteamericana si no hubiese sentido que podía dar toda su lealtad a estos países democráticos cuando, por obvias razones, le resultó insostenible conservar su pasaporte alemán. Fue esta combinación de sensibilidad social y visión concreta de aquello que es vital para los hombres la que le salvó del fanatismo doctrinario; fue esto lo que le hizo moralmente convincente.

Einstein fue un hombre inocente y a veces, pienso yo, fue engañado por insensatos o canallas. Pero la inocencia tiene sus propios modos de percepción: a veces, ve con sus propios ojos, no a través de las gafas aportadas por la sabiduría convencional o por algún dogma nunca criticado. La misma independencia que le hizo rechazar los conceptos aceptados del espacio-tiempo físico y plantear audazmente la hipótesis de las ondas gravitacionales y los quanta de luz contra la resistencia de físicos y filósofos, también le liberó en lo moral y lo político.

Por consiguiente, este hombre que buscaba la intimidad, que logró sostenerse totalmente incorrupto ante la adulación y la fama sin paralelo en los cinco continentes, que creyó en la salvación por el trabajo y más trabajo para revelar los secretos de la naturaleza —secretos milagrosamente reductibles al análisis y las soluciones de la razón humana—, este hombre apacible, tímido y modesto incurrió en la ira de muchos grupos establecidos: los nacionalistas alemanes, los franceses germanófobos, los pacifistas radicales, los asimilacionistas judíos, los rabinos ortodoxos, los marxistas soviéticos, así como los defensores de los valores morales absolutos en los cuales, en realidad, creía firmemente.

Einstein no fue un subjetivista ni un escéptico. Creyó que los conceptos y teorías de la ciencia son creaciones libres de la imaginación humana, no, como pensaron Bacon o Mill o Mach, abstraídos de los datos de la experiencia; pero lo que el hombre de ciencia trata de analizar o describir por medio de estas teorías y conceptos es una estructura objetiva en sí misma, de la cual los hombres, considerados científicamente, forman una parte. Los valores, reglas, normas, principios morales y estéticos no pueden derivarse de las ciencias, que tratan de lo que es, no de lo que debe ser; pero tampoco son, para Einstein, generados o condicionados por diferencias de clase o cultura o raza. Al igual que las leyes de la naturaleza, de las que no se les puede derivar, son universales, válidos para todos los hombres y en todos los tiempos, fueron descubiertos por una vislumbre moral y estética común a todos los hombres, encarnada en los principios básicos (no en la mitología) de las grandes religiones del mundo.

Einstein, como Spinoza, pensó que quienes niegan esto simplemente están cegados por las pasiones; en realidad, sintió que Spinoza era un espíritu afín al suyo. Como Spinoza, concibió a Dios como la razón encarnada en la naturaleza, en un sentido literal, como la armonía divina, Deus sive Natura; y una vez más como Spinoza, no mostró ninguna amargura hacia sus detractores, ni entró en componendas con ellos: permaneció sereno y razonable, humano, tolerante, lejos de todo dogmatismo. No trató de dominar ni exigió a sus partidarios una fidelidad ciega. Apoyaba todo movimiento —digamos la Sociedad de las Naciones, o los grupos izquierdistas de los Estados Unidos— si pensaba que, en general, hacían bien, o al menos, más bien que mal.

Lo mismo puede decirse de la Palestina judía. Einstein odiaba a los chauvinistas; criticó, a veces hasta un grado irrealista, la actitud de la jefatura sionista hacia los árabes, pero esto no le hizo retroceder ocasionalmente, como a otros; denunció al gobierno de Eisenhower por tratar de complacer a los estados árabes a expensas de Israel, política que atribuyó al imperialismo yanqui. Criticó algunas medidas políticas de la Universidad Hebrea: por ejemplo, pensó que, entre los refugiados académicos de la Europa fascista, debía ofrecerse puestos a algunos estudiosos jóvenes, no a los viejos y famosos. Pero sus lealtades permanecieron intactas. No estuvo dispuesto a abandonar al movimiento sionista por las deficiencias de algunos de sus jefes. Su sionismo estuvo arraigado en la creencia de que las necesidades humanas básicas crean el derecho de satisfacerlas: los hombres tienen un derecho inalienable a liberarse del hambre, la desnudez, la inseguridad, la injusticia y la falta de todo hogar.

A veces, el propio Einstein careció de hogar. En una carta a su amigo Max Born escribió que no tenía raíces, que en todas partes era un extranjero. Según su confesión propia, era un hombre solitario que instintivamente evitaba toda intimidad. Era un pensador solitario, no fácil de conocer como ser humano. Su profunda humanidad y simpatía hacia las víctimas de la opresión política, la discriminación social, la explotación económica fueron centrales en su visión, y no necesitan explicación; en parte, acaso, fueron una compensación de su dificultad para formar relaciones personales íntimas.

Como muchos físicos relacionados de alguna manera con la producción de la bomba atómica, en sus últimos años Einstein se sintió oprimido por el sentido de responsabilidad del hombre de ciencia al introducir un terrible medio nuevo de destrucción en el mundo; y condenó su uso por su país adoptivo, que le pareció proclive a un peligroso curso imperialista. Su odio a la crueldad y la barbarie de los reaccionarios y fascistas le llevó, a veces, a creer que no había enemigos a la izquierda, un engaño de muchas personas decentes y generosas, algunas de las cuales lo pagaron con su vida.

Acaso los dones mismos de Einstein como científico le llevaron a esquematizar, a simplificar en exceso los problemas prácticos, incluso aquellos problemas políticos y culturales complejos que no permiten soluciones claras, a mostrarse generalizador y a pasar por alto las arrugas y desigualdades de la vida cotidiana, que no son susceptibles de un análisis cuantitativo exacto. Me parece que puede existir cierta diferencia entre los dones de los hombres de ciencia y los de los humanistas. A menudo se ha indicado que los grandes descubrimientos e invenciones —al contrario de las demostraciones de su validez— requieren gran poder imaginativo y un sentido intuitivo, no racionalmente analizable, del lugar donde debe encontrarse la solución correcta, y que esto no es distinto de la visión de los artistas o de la vislumbre empática del pasado por parte de los historiadores o sabios talentosos. Esto bien puede ser cierto. Y sin embargo, quienes tratan de los seres humanos y de sus asuntos necesitan cierta conciencia de la naturaleza esencial de toda experiencia y actividad humana, un sentido de los límites de lo que pueden ser o hacer los hombres y las mujeres; sin tal conciencia de los límites impuestos por la naturaleza no hay norma para desechar una infinidad de hipótesis históricas o psicológicas, lógicamente posibles pero sumamente improbables y absurdas.

Aristóteles, Kant, Voltaire y Hume acaso tengan razón al respecto de lo que hace racionales a los hombres: la racionalidad humana, quizás la santidad misma, dependen en la práctica de este sentido de lo que puede ser y lo que claramente no puede ser en asuntos humanos, de la asociación normal de ideas, de conceptos tan básicos como los de pasado, futuro, las cosas, las personas, la secuencia causal, las relaciones lógicas: una apretada red de categorías y conceptos. Apartarse de todos ellos, como lo han intentado, por ejemplo, los pintores o poetas surrealistas o los compositores aleatorios puede ser interesante, pero es deliberadamente antirracional.

Pero en las matemáticas o en la física teórica este sentido de la realidad no parece ser necesariamente requerido. En realidad, a veces se puede necesitar algo cercano a lo opuesto. En el caso de descubrimientos seminales —por ejemplo, de números imaginarios, o de geometría no euclidiana, o de la teoría cuántica— es precisamente la disociación de las ideas comúnmente asociadas, es decir, apartarse de algunas categorías indispensables a la experiencia normal humana lo que parece necesitarse, a saber, un don para concebir lo que en principio no se puede imaginar ni expresar en el lenguaje ordinario que se centra en la comunicación cotidiana, con los hechos y las necesidades de la vida humana. Es este alejamiento, incluso este rechazo de la realidad cotidiana lo que conduce a la imagen popular del pensador abstracto. Tales, que cae en un pozo, el profesor distraído que pone a hervir su reloj en lugar de un huevo.

Esta clase de escape a la abstracción —un mundo ideal de formas puras, expresadas en un simbolismo especialmente inventado, libre de las irregularidades y confusiones, o aun de las suposiciones básicas de la experiencia ordinaria— a veces puede ser conectada a una perturbación psíquica, a una clase de desplazamiento en la vida anterior. El colapso de Einstein siendo escolar, en Munich, tiene paralelos en similares experiencias de infancia de Newton y de Darwin, que también siguieron siendo un tanto inaccesibles en su vida emocional. También estos pensadores hablaron de un tipo de experiencia que Einstein describió como un sentimiento profundamente religioso ante una visión de la divinidad revelada en la unidad y armonía racional (que todo lo abarcan) de la estructura rigurosamente causal de la naturaleza. Esta fue una visión de la realidad que nada pudo conmover: por consiguiente Einstein siguió siendo un inconmovible determinista, y nunca aceptó el principio de incertidumbre como última categoría del conocimiento natural, o como atributo de la naturaleza objetiva, sino tan solo como parte de nuestro provisional e incompleto análisis de ella.

Tal adicción a la abstracción y la generalización puras puede estar conectada, a veces, a una incapacidad de establecer relaciones personales íntimas con otros, de una plena vida social; esta me parece una hipótesis plausible. Bien pudo ser el caso de Albert Einstein. Lo que quitó a la vida privada, lo dio al mundo. No solo la fama de su realización, sino su figura, su rostro, son conocidos de millones de hombres y mujeres. Su apariencia llegó a ser un símbolo visible, un estereotipo de cómo la gente suponía que había de ser un científico de genio, como un idealizado Beethoven llegó a ser la imagen comercializada del artista inspirado. ¿Cuánta gente sabe cuál era la apariencia de otros científicos de genio, como Planck, Bohr o Rutherford? O, para el caso, de Newton, Galileo o Darwin. Los rasgos de Einstein, con su expresión sencilla, bondadosa, a veces divertida y melancólica, conmovieron los corazones de los hombres por doquier. Fue muy famoso, virtualmente un héroe popular, y su apariencia fue tan conocida y amada como la de Charles Chaplin mucho antes de aparecer en estampillas norteamericanas o billetes israelíes.

En conclusión, permítaseme volver brevemente al Estado de Israel. El movimiento sionista, como el Estado de Israel, a menudo ha sido atacado, hoy más que nunca, tanto por países fuera de sus fronteras cuanto desde dentro; a veces con razón y justicia, más a menudo sin ellas. El hecho de que Einstein, que no toleraba ninguna desviación de la decencia humana, y sobre todo de parte de su propio pueblo, creyera en este movimiento y este Estado y los apoyara en las duras y las maduras hasta el fin de su vida, por mucho que a veces criticara a ciertos hombres o algunas medidas políticas, acaso sea uno de los más altos testimonios morales, de que puede enorgullecerse un Estado o un movimiento en este siglo. Un inquebrantable apoyo público por parte de un hombre absolutamente bueno (y razonablemente bien informado), frente a una falta virtualmente completa de simpatía hacia esa causa de parte de los miembros de su medio social e intelectual (cuyas opiniones morales y políticas en general compartía él en gran parte), acaso no baste para justificar por sí mismo una doctrina o una política, pero tampoco se le puede desdeñar; algo vale; en este caso, vale mucho.

De: Isaiah Berlin, Impresiones personales / Fondo de Cultura Económica, 1980
Traducción: Juan José Utrilla